jueves, 10 de diciembre de 2009

El Español (2)



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Por Rufino Blanco Fombona
La arrogancia española
Acostumbrado por su carácter enérgico y de combate a las decisiones de la fuerza, el español es orgulloso. No cuenta en las grandes ocasiones sino consigo mismo, lo que le infunde conciencia, a menudo exagerada, del propio valer y de la propia personalidad.
El orgullo español, que también puede llamarse arrogancia, porque no es callado, sino expresivo y visual, tiene su culminación en el siglo XVI. Y es natural, porque todo pueblo en sus épocas de esplendor se ensoberbece. Los romanos de Augusto, los franceses de Napoleón, los ingleses de Victoria, los alemanes de Guillermo II y hasta los yanquis de Wilson, ¿no han sido de un orgullo insufrible? Los españoles del tiempo de Carlos V y de Felipe II también lo fueron.
Se ha dicho que en aquella época se creían, como pueblo, superiores a todas las demás naciones. Brantôme ve desfilar a los soldaditos de los tercios castellanos, y admirado prorrumpe: “Los llamaríais príncipes por su arrogancia”.
Esa misma arrogancia la descubren más tarde los tipos de soldados que inmortalizó el pincel de Velázquez en La rendición de Breda. Observación magnífica es la de que, por arrogante, osó España acometer empresas máximas con medios deficientes; aunque la arrogancia puede, en este caso, no ser considerada como factor exclusivo, sino que debe dársele parte a la imprevisión y a la tendencia a conceder puesto al azar en toda empresa. Pero la arrogancia luce patente1.
Individualista y orgulloso, cada español se cree el centro del universo. Imagina que de él brota no se sabe qué fuente de autoridad, superior a la autoridad reconocida. Hoy mismo puede advertirse cómo le cuesta trabajo obedecer al policía en la calle, al cobrador en el tranvía, al juez en el Juzgado, al presidente de la Cámara en el Parlamento.
Lo típico de esta arrogancia, ya personal, ya colectiva, no es que dé al aire penacho altivo y frondoso en épocas de fortuna y excelsitud nacional –que nunca se debieron en España sino a la espada–, sino que jamás declina. Perdura a través de todas las edades y de todas las circunstancias.
—Yo soy Alvar Núñez, para todo el mejor –exclama, desafiador, en presencia del rey Alfonso, un héroe del añejo poema del Cid. Ya el orgullo ahoga a los héroes.
Los españoles del siglo XVI creían una superioridad el haber visto la luz en la Península Ibérica. Con claro sentido de la época, del carácter nacional y del personaje, pone un poeta en boca del conde de Benavente, general de Carlos V y enemigo del condestable de Borbón, también soldado imperial, esta jactancia:

...Que si él es primo de reyes,
primo de reyes soy yo...,
llevándole la ventaja
que nunca jamás manchó
la traición mi noble nombre,
¡Y HABER NACIDO ESPAÑOL!

Ni la propia majestad del rey les hace doblegar el orgullo. La antigua ceremonia de los grandes de España, que se cubren ante el rey, quizá no tenga otro fundamento psicológico. “Cada uno de nosotros vale tanto como vos y todos juntos más que vos –decían, como sabemos, los nobles aragoneses al monarca. Somos iguales al Rey, dineros menos”, decían los castellanos. Los refranes populares confirman esta altivez, que se extiende a todas las clases.
Los bienes materiales suelen sacrificarse de buen grado a una satisfacción de amor propio.
¿No prende fuego a su palacio toledano ese mismo conde de Benavente porque el emperador le obliga a ceder aquella mansión para morada provisoria del condestable?
Ni ante la muerte declina la arrogancia de aquellos españoles del siglo XVI.
Cuando iban a morir, a manos del verdugo, los últimos defensores y mártires de las antiguas libertades comunales de Castilla: Padilla, caudillo de los comuneros de Toledo; Maldonado, de los de Salamanca, y Juan Bravo, de los de Segovia, asesinados por autocracia de los príncipes austríacos, un pregonero precedía la fúnebre comitiva. El pregonero divulgaba: “Esta es la justicia que manda a hacer Su Magestad a estos caballeros, mandándolos degollar por traidores...”. Como lo escuchara Juan Bravo, escupió furioso a la cara del pregonero y a la del rey enérgico mentís: “Mientes tú y quien te lo mandó decir. Traidores, no; defensores de la libertad del reino”. Ya en el patíbulo, frente a frente de la muerte, Juan Bravo, tan digno de su nombre, se encaró con el verdugo y, pensando en Padilla, le dijo: “Degüéllame a mí el primero para que no vea la muerte del mejor caballero que queda en Castilla”2.
En el siglo XVII, ya en carrera tendida hacia una irremediable decadencia, la arrogancia española, que no es ocasional, sino ingénita, asombra a los viajeros. Con una particularidad: esa orgullosa arrogancia no se descubre sólo en las clases favorecidas por el nacimiento, o la política, o la riqueza; extiéndese a todas. Se descubre lo mismo en la insolencia de un favorito poderoso como el condeduque de Olivares o de un cortesano que se enamora de la reina, como Villamediana, y que a trueque de perderse, manifiesta con jactancia, haciendo un equívoco: “Mis amores son reales”; pero también se vislumbra en la apostura del labriego y bajo los harapos del mendigo.
En el siglo XVII, la condesa D’Aulnoy deja, lo mismo que otros muchos viajeros, impresiones de carácter interesante y pintoresco. Refiere la viajera que en un pueblo de Castilla riñó cierto caballero español que la acompañaba al cocinero de la fonda. La señora oía las voces desde su habitación. A los cargos del caballero escuchó, sorprendida, esta respuesta del fámulo: “No puedo sufrir querella, siendo cristiano viejo, tan hidalgo como el Rey y un poco más”. “Así se alaban los españoles –comenta la dama extranjera– cuando se juzgan obligados a defender su orgullo”3.
“Los españoles –observa poco más adelante– arrastran su indigencia con aire de gravedad que impone; hasta los labriegos parece que al andar cuentan los pasos”4. Esta observación la repiten, en una u otra forma, durante el siglo XIX, viajeros de diversas nacionalidades, lo que prueba que a todos les llama la atención: un yanqui, Washington Irving; un francés, Théophile Gautier; una rusa, Maria Bashkirtsev.
Las mujeres de España suelen no ser ni menos arrogantes ni menos corajudas que los hombres. Los ejemplos abundan en todas las épocas. Podrían citarse desde Isabel la Católica, siempre a caballo en su jaca y en su energía, hasta la monja Alférez; desde doña María de Padilla hasta Agustina de Aragón, y desde las mujeres de Medina del Campo y Tordesillas, ciudades que preferían ser abrasadas a rendirse, en la guerra civil de las comunidades, hasta las manolas del 2 de mayo en Madrid.
Tirso de Molina pone en boca de una infanta española esta viril jactancia:

Veréis si en vez de la aguja
sabrá ejercitar la espada
y abatir lienzos de muro
quien labra lienzos de Holanda.

* * *

En la decadencia personal o de patria se mantiene erguido este arrogante y fiero orgullo. Y el contraste entre la persona o la patria venida a menos y la altivez altisonante e intempestiva produce honda impresión, que a un tiempo lastima y mueve a risa.
Ese es precisamente uno de los tesoros que explotó el genio de Cervantes: Don Quijote, desarmado, caído, vapuleado, sin poderse mover, en el colmo de la impotencia, discurre como Hércules y ofrece castigar o perdonar con absoluto desconocimiento de su triste estado. “¿Leoncitos a mí?”, exclama en cierta ocasión, desdeñoso de la fiera y más león que los leones. Esta sublime ceguera, esta heroica y absurda actitud ha sido en ocasiones la de España en cuanto nación.
A promedios del siglo XIX estaba España, como todos sabemos, bien decaída y de pronunciamiento en pronunciamiento acrecentaba su desprestigio. El arrogante patriotismo nada percibía, sino majestad, poderío en la nación –y envidia de la grandeza española en los demás pueblos–. Los poetas loan a su país como un romano del siglo de Augusto pudiera cantar a Roma. “El pueblo que al mundo aterra”, lo llama, en brioso apóstrofe, uno de los más celebrados poetas de entonces, en canto “Al dos de mayo”.
Y no se trata de poetas; esto es, de exaltados e imaginativos: el país entero, y aun ya a fines del siglo, compartía la creencia de una grandeza nacional indeclinable. Eminente sociólogo de España lo confirma: “Por cierto teníamos el dicho de que cuando el león español sacudía la melena, el mundo se echaba a temblar”6.
Muy adelantada la guerra de emancipación de América, establecidas ya repúblicas que funcionaban como entidades internacionales; después de ocho o diez años de incesante combatir, después de haber perecido en los campos del Nuevo Mundo, a manos de los soldados de Bolívar, múltiples expediciones europeas, una de las cuales –la conducida por el general don Pablo Morillo– ha sido considerada por el propio Morillo como la expedición militar más completa, aguerrida y numerosa que en cualquier tiempo hubiera salido a combatir fuera del territorio español, todavía en aquellas circunstancias ordena el gobierno de Madrid o permite que a los caudillos libertadores se les siga juicio personal como a vasallos rebeldes –es decir, como a traidores– aplicándoles el código medieval de Las siete Partidas, y no se les considere como a beligerantes, según el Derecho de Gentes.
Un fiscal del rey, en la Real Audiencia de Caracas, don Andrés Level de Goda, hombre donoso, de agudísima intención y abierto al espíritu de los tiempos nuevos, escribe a S.M. que no se pueden seguir juicios en rebeldía contra aquellos triunfadores caudillos de ejércitos y contra jefes de Estado. “Esto no es tumulto ni cofradía –expone–; es guerra en toda forma, y los que nos la hacen son nuestros enemigos”7.
Respecto de los juicios demuestra con humor de buena ley lo ridículo del procedimiento. Se pregona en algunas de las escasas poblaciones aún sin tomar por los patriotas que tal o cual de aquellos caudillos debe comparecer ante la justicia “bajo el apercibimiento de incurrir en las penas de la ley”. Como factor de alguna operación militar, preséntase algún día ante la ciudad del pregón ese caudillo u otro. ¿Y qué ocurre? “Todos corremos –dice Level–, y el pueblo con nosotros.” “Llamar a un reo –comenta el fiscal en su documento al Monarca–, llamar a un reo por edictos y pregones, venir el reo y huir el juez, escribano y pregonero, porque no le quieren aguardar ni aun ver su cara, la penetración de V.M. no solamente lo encontrará indecoroso a la Real Audiencia, que es viva imagen de V.M., sino también muy cómico y un objeto adecuado a las páginas del famoso romance de Cervantes”8.
Por boca y pluma de aquel magistrado del antiguo régimen, de aquel funcionario del rey, salían las ideas modernas de la revolución de Hispanoamérica: era la filtración de las ideas ambientes en uno de sus opositores. La conmoción revolucionaria había provocado un cambio en aquella conciencia que, a su turno, reaccionaba contra la antigua sociedad.
En Madrid por aquel tiempo, 1819, la reacción triunfante asume la actitud de Don Quijote, molido a palos y hablando de exterminar.
En vísperas de la guerra de España con Yanquilandia, ¿qué decían algunos de los más importantes periódicos de Madrid, diarios serios, rectores de opinión? Les parecía pesadilla irrealizable –y así lo preconizaban– que advenedizos mercachifles de Nueva York y sudados tocineros de Chicago pudiesen encorvar la cerviz del soberbio león ibero. Casi nadie echó cuentas; casi nadie titubeó. A Pi y Margall y a algún otro espíritu clarividente que aconsejaban un poco de liberalismo con la isla de Cuba, alzada en armas por sus libertades y motivo de la guerra, se les desoyó y se les despreció.
En cuanto a los yanquis, nadie pensó en su riqueza, ni en su Marina, ni en sus tropas, ni en sus recursos múltiples de defensa y ataque. El oro solo no obtendría victorias. Los barcos debían ser de madera; las tropas ni la raza sentirían el sentimiento patriótico: ¿no es un pueblo de aluvión, retorta de razas diversas, producto de pueblos múltiples?
Con ideas tan arrogantes como erróneas, España, ciega de cólera y de orgullo, se lanzó a la guerra. ¿Fracasar? ¡Cómo sería posible! El viejo y bravo león de España, ¿no era un bravo y viejo amigo de la tragedia? ¿No había visto y desafiado las naves de Fenicia, los caballos númidas de Cartago, las águilas de Roma? ¿No movió zarpas y dientes contra los invasores de todo tiempo y toda raza? Contra visigodos de Suecia, vándalos del Báltico, suevos del centro de Germania, alanos de la Escitia, claros árabes del Asia y tostados berberiscos del África? Por último, ¿no rechazó triunfante al corso sojuzgador de media Europa?
La ignorancia de las condiciones propias y de las condiciones del adversario sorprende. El orgullo impidió enterarse. No faltaron clérigos o clericales que apabullasen a los yanquis, tildándolos de herejes. ¿Iba a imponerse y a triunfar la herejía contra las milicias de Cristo? Al fin de las cuentas pudieron recordar los milicianos del Sagrado Corazón aquellos antiguos versitos populares:

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos;
que Dios protege a los malos
cuando son más que los buenos.

No los recordaron antes de la molienda, sino después, porque otra de las deficiencias del carácter español consiste precisamente en la incapacidad que lo aqueja para ver la verdad, máxime si la verdad lo ofende, lo mismo que para sacar lecciones provechosas de la experiencia de los demás y de la propia experiencia.
Un pensador hispano de altura y autoridad expone: España entró en la guerra con los Estados Unidos “por un desconocimiento de las circunstancias sin precedente en la Historia8.
El desconocimiento del adversario era completo. El desconocimiento propio no era menor. El orgullo, esa venda impenetrable, impedía ver. El mismo pensador analiza el estado psicológico del país en vísperas de la guerra. Sus palabras tienen la triple autoridad del hombre observador, del hombre verídico y del hombre patriota.

Todavía en las postrimerías del siglo XIX –dice– brillaba esplendorosa en la cima de nuestra conciencia la representación de aquel glorioso pasado, llenándonos de fatua presunción; todavía seguíamos creyendo que nuestro Ejército era invencible; nuestros gobiernos, previsores; nuestra magistratura, incorruptible; portento de saber nuestro profesorado; modelo de mansedumbre y caridad nuestro clero. España seguía siendo para nosotros la primera de las naciones; su suelo, el más rico; sus habitantes, los mejor dotados. Por cierto teníamos aún el dicho de que cuando el león español sacudía la melena, la tierra se echaba a temblar.9

Era la gota serena del orgullo que impedía ver claro. Heroica y lamentable ceguera.
Fue la de España, también en aquella ocasión, la actitud de Don Quijote: “¿Leoncitos a mí?”. Pero su quijotismo, aunque tenía por fundamento, como el de la novela, el desconocimiento o el desprecio de la realidad –además del orgullo y sobrestimación de sí–, era de otra naturaleza que el quijotismo del héroe de Cervantes.
El héroe de Cervantes lucha por el bien de los demás; su locura, como la de Cristo, consiste en darse en holocausto, en redimir. Don Quijote es un libertador. E hizo bien el Don Quijote en carne y hueso –Bolívar– cuando, en el lecho de muerte, comentó su trágico destino de redentor inmolado diciendo: “Jesucristo, Don Quijote y yo hemos sido tres grandes majaderos”. Majaderos dijo para no decir redentores10. El quijotismo de España en 1898 fue muy otro: luchó por esclavizar a una isla remota que merecía la libertad a que aspiraba; luchó por encadenar. Y cuando se tropezó con los Estados Unidos, cuya codicia asumía, con suma discreción, un papel de abnegado paladín de la justicia, España no supo, por exceso de orgullo, entenderse directa, generosa y hábilmente con Cuba. Fue a la guerra con los yanquis sin saber a lo que iba. Y la lucha hispano-yanqui se convirtió en rebatiña de apetitos coloniales.
España no supo salir de América.
Su último yerro, antipolítico hasta un grado inimaginable y obra de su orgullo metropolitano arrastrado por los suelos, fue el de querer negociar a Cuba, en el Tratado de París, como una mercancía y oír la respuesta negativa del yanqui, más dura que un bofetón: no se le reconocían a España derechos sobre Cuba; no podía cederla ni enajenarla, ni negociarla en ninguna forma. Cuba era un pueblo libre que había conquistado con las armas en la mano su soberanía.

1. “Es realmente portentoso cómo, con los escasos medios de que disponía, realizase hechos tan grandes, pues fueran cuales fuesen los dominios imperiales de Carlos V, España sola llevó a cabo sus guerras de religión y la conquista y colonización de América. Fue la arrogancia española la que todo lo desafió.” C.O. Bunge. Nuestra América, edición de Buenos Aires, p. 47.
2. ¿Hoy sucede algo diferente? El 16 de marzo de 1921 han fusilado en Valencia a un soldado que hirió a un capitán. El soldado, condenado a muerte, escribe con la mayor serenidad a su padre, a su madre –y probablemente inducido por los jefes– al capitán ofendido, a quien pide perdón; pero ruega al confesor que no entregue la carta al capitán sino después de que se cumpla la ejecución. Eso se llama orgullo.
3. Relación que hizo de su viaje por España la señora condesa D’Aulnoy en 1679 (primera versión castellana), Madrid, 1891, p. 81.
4. Relación..., op. cit., p. 82.
5. M. de Sales y Ferré. Problemas sociales, Madrid, 1911, p. 12.
6. Documentos para la historia de la vida pública del Libertador, Vol. VII, edición oficial. Caracas, 1876, p. 137.
7. Documentos..., Vol. VII, pp. 137-138.
8. M de Sales y Ferré, op. cit., p. 12.
9. M de Sales y Ferré, op. cit., p. 12.
10. Sobre esta frase ha bordado Unamuno su magnífico ensayo Don Quijote Bolívar. Michelet habló de un “Quijote de la libertad”, lo que es redundante. Más penetración alcanzó Unamuno llamando simplemente al héroe de la libertad, al Libertador, Don Quijote Bolívar.
Capítulos III y IV de El conquistador español del siglo XVI, en Obras selectas, Madrid-Caracas: Edime, 1958, pp. 116-130.

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