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jueves, 1 de mayo de 2014

EL ESPIRITUALISMO ESPAÑOL


por Manuel Gálvez


NUESTRA fuerte y bella patria argentina vive en estos momentos una hora suprema: la hora en que sus mejores inteligencias y sus más sanos corazones reclaman la espiritualización de la conciencia nacional.
Este movimiento, si excluimos a los precursores, data apenas de un lustro. Pasados los primeros tiempos de intrepidez física, de labor casi heroica, hemos sentido la necesidad de atemperar con retoques de espiritualidad la barbarie de las energías materiales. En un principio la prédica pareció extraña; el fervor de unos pocos no era para la gente sino literatura, lirismo inofensivo que se complacía en cosas harto abstractas. El verbo idealista, hablando del alma de los pueblos, afirmando que en la vida espiritual reside la única grandeza durable de las naciones, sonaba, y desgraciadamente suena todavía en estas pampas, a jerigonza insufrible. No se trataba ni se trata, aunque tal es el fin que deseamos, de crear en este momento un peculiar idealismo argentino. Tamaña maravilla no la hará una sola generación. Nosotros pretendemos simplemente atenuar el torpe materialismo que hoy nos agravia y avergüenza. Al par que idealista, esta campana es nacionalista. El idealismo colectivo fue en otros tiempos decoro de la patria, y representa por esto, un valor tradicional. En cambio, el escéptico materialismo de ahora es cosa reciente, pues ha aparecido con la actual fiebre de riquezas y, con ésta, ha venido de Europa. El inmigrante vencedor mediante su éxito enorme en la adquisición de la fortuna, ha introducido en el país un nuevo concepto de la vida. No trata otro propósito sino enriquecerse, y era, pues, natural que contagiase a lo argentinos su respeto exclusivo de los valores materiales. Pronto, al tiempo que se esfumaban lo vestigios románticos en los que se concretaba el alma nacional, el idealismo desaparecía. Por esto ahora queremos, en doble afán patriótico e idealista, infundir a nuestra patria carácter y alma propios, y hacer brotar en la tierra reseca, angustiosamente reseca, que es nuestra vida materialista, surgentes de ideales. De otro modo este pueblo no será sino un cuerpo sin alma, una pobre cosa sin trascendencia. Hemos ya construido fuertes diques de encogía y de riqueza; ahora nos falta introducir, en el estanque enorme formado por aquellos diques, el agua de vida que es la espiritualidad.
Los comienzos de la gran obra de bien no han fracasado. Los que hemos contribuido a la siembra de ideales con nuestro puñadito de semilla, podemos ya recoger la primera cosecha: pequeña si se quiere, pero cosecha de todos modos. Ya vendrán con lo años., cuando aumente el numero de sembradores, las recolecciones asombrosas. Porque yo creo en la fertilidad espiritual de mi país; no comprendería que ella no correspondiese a su prodigiosa fertilidad material. Mientras tanto, he aquí ya un primer triunfo: la necesidad de espiritualizar el país se ha hecho un axioma pera muchas gentes El extraño vocabulario de nuestro idealismo empieza a hacerse inteligible, y los hombres de acción van comprendiendo nuestra verdad.