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sábado, 19 de abril de 2014

DE LAS ZONCERAS EN GENERAL


por Arturo Jauretche

"Les he dicho todo
esto pero pienso que pa´nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos:
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada."

(A. J., El Paso de los Libres, 1ª edición, 1934.) 

DONDE SE HABLA DE LAS ZONCERAS EN GENERAL 

"Zonzo y zoncera son palabras familiares en América desde México hasta Tierra del Fuego, variada apenas la ortografía, un poco en libertad silvestre (sonso, zonzo, zonso, sonsera, zoncera, azonzado, etc.)", dice Amado Alonso. ("Zonzos y zon­cerías", Archivo de Cultura, Ed. Aga-Taura, Feb. 1967, pág. 49).
Según el mismo, la acepción que les dan los diccionarios como variantes de soso, desabrido, sin sal, es arbitraria porque proviene del "Diccionario de Autoridades" que se escribió cuando ya habían dejado de ser usuales en España. Zonzo, fue en España palabra de uso coloquial pero durante corto tiem­po: "Cosa sorprendente, esta palabra castellana, inexistente antes del siglo XVII y desaparecida en España en el siglo XVIII, vive hoy en todas partes donde fue exportada”, particu­larmente América. También señala Alonso el parentesco con algunos equivalentes españoles, mas agrega que "por pariente que sea el zonzo americano conserva su individualidad". "Aun­que como improperio los americanos dicen a uno (o de uno) zonzo, cuando los peninsulares dicen tonto, los significados no se recubren".
Todo lo cual vale para zoncera. 
*   *   * 
¿Los argentinos somos zonzos?... Esto es lo que nos fal­taba, convencidos como estamos de la "viveza criolla", que ha dado origen a una copiosa literatura que va de la sociología y la psicología a las letras de tango.
Un amigo que hace muchos años percibió la contradicción entre nuestra tan mentada "viveza" y las zonceras, la explicaba así: "El argentino es vivo de ojo y zonzo de temperamento", con lo que quería significar que paralelamente somos inteli­gentes para las cosas de corto alcance, pequeñas, individuales, y no cuando se trata de las cosas de todos, las comunes, las que hacen a la colectividad y de las cuales en definitiva resulta que sea útil o no aquella "viveza de ojo".
A estas zonceras en lo que trata de los intereses del co­mún, es a las que se refiere mi personaje de las letras gau­chescas qué cito en el, copete, porque lo que el cantor ha dicho antes se refiere precisamente a ellas, y su escéptica sentencia surge de la continuidad en su acepción a través de genera­ciones.
Esto no importa necesariamente que la zoncera sea congénita; basta con que la zoncera lo agarre a uno desde el "destete".
Tal es la situación, no somos zonzos; nos hacen zonzos.
El humorismo popular ha acuñado aquello de "¡Mama, haceme grande que zonzo me vengo solo!". Pero esta es otra zoncera, porque ocurre a la inversa: nos hacen zonzos para que no nos vengamos grandes, como lo iremos viendo.
Las zonceras de que voy a tratar consisten en principios introducidos en nuestra formación intelectual desde la más tierna infancia —y en dosis para adultos— con la apariencia de axiomas, para impedirnos pensar las cosas del país por la simple aplicación del buen sentido. Hay zonceras políticas, his­tóricas, geográficas, económicas, culturales, la mar en coche. Algunas son recientes, pero las más tienen raíz lejana y gene­ralmente un prócer que las respalda. A medida que usted vaya leyendo algunas, se irá sorprendiendo, como yo oportunamente, de haberlas oído, y hasta repetido innumerables veces, sin reflexionar sobre ellas y, lo que es peor, pensando desde ellas.
Basta detenerse un instante en su análisis para que la zoncera resulte obvia, pero ocurre que lo obvio pasé con fre­cuencia inadvertido, precisamente por serlo. 
*  *  * 
Jeremías Bentham —pocos filósofos pueden ser tan gratos a los académicos de las zonceras como este maestro de los más preclaros de sus inventores— escribió un "Tratado de los so­fismas políticos", que es un tratado de lógica, según dice Francisco Ayala, prologuista de una de sus ediciones castella­nas (Ed. Rosario, 1944). Al hablar del sofisma en general, Bentham establece la diferencia entre error, simple opinión falsa, y sofisma, con que designa la introducción en el razonamiento de una premisa extraña a la cuestión, que lo falsea.
Le faltó tiempo a Bentham para ver cómo sus discípulos rioplatenses superaban a lo que se proponía combatir. Porque las zonceras de que estoy hablando cumplen las mismas fun­ciones de un sofisma, pero más que un medio falaz para argu­mentar son la conclusión del sofisma, hecha sentencia.
Su fuerza no está en el arte de la argumentación. Simplemente excluyen la argumentación actuando dogmáticamen­te mediante un axioma introducido en la inteligencia —que sirve de premisa— y su eficacia no depende, por lo tanto, de la habilidad en la discusión como de que no haya discusión. Porque en cuanto el zonzo analiza la zoncera —como se ha dicho— deja de ser zonzo.
Trato aquí, pues, de suscitar la reacción de esa tan men­tada "viveza criolla" para que, si en verdad somos vivos de ojo, lo seamos también de temperamento, como decía mi amigo. 
*  *  * 
Este no es un trabajo histórico; pero nos conducirá fre­cuentemente a la historia para conocer la génesis de cada zon­cera. Veremos entonces, que muchas tuvieron una finalidad pragmática y concreta que en el caso las hace explicables aún como errores, y que su deformación posterior, dándole jerar­quía de principios, ha respondido a los fines de la pedagogía colonialista para que actuemos en cada emergencia concreta sólo en función de la zoncera abstracta hecha principio. Esto lo veremos muy particularmente en la increíble zoncera de que la victoria no da derechos, que verdaderamente es un "capolavoro" en la materia.
En otras ocasiones, la zoncera no tiene un origen eventual, sino que es el resultado de una conformación mental. Es el caso de la zoncera el mal que aqueja a la Argentina es la ex­tensión que, erigida en principio como consecuencia de otra zoncera —Civilización y barbarie— llevó directamente a una política de achicamiento del país que fue la que presidió la disgregación del territorio rioplatense. En este caso, la zon­cera no se justifica ni eventualmente pero es susceptible de explicación. Lo que no puede explicarse es que continúe en vigencia hasta cuando ya fueron logrados los objetivos que le dieron origen. Tal vez se la reitere sólo para mantener la so­brevivencia y prestigio de quienes la generaron. En otros ca­sos, como lo veremos al tratarlas, muchas zonceras pueden comprenderse en función de las ilusiones que el siglo XIX en su primera parte provocó en los progresistas "a outrance", pero no ahora que son evidentemente anti-progresistas pues tratan de inmovilizar él país dentro de una concepción perimida, con lo que paradojalmente, los progresistas se vuelven reaccio­narios.
Y ahora tenemos que recordar de nuevo a Jeremías Bentham, porque en la base de los sofismas que puntualizó está el de autoridad, y la zoncera, como aquellos, generalmente reposan en la "autoridad" del que la enunció.
Estas zonceras de autoridad cumplen dos objetivos: uno es prestigiar la zoncera con la autoridad que la respalda, como se ha dicho; y otro reforzar la autoridad con la zoncera. Así los proyectos de Rivadavia se apoyan en el prestigio de Rivadavia. Y el prestigio de Rivadavia en sus proyectos.
Esto nos lleva de nuevo a la historia, cuya falsificación tiene también por objetivo una zoncera: presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre "santos" y "diablos", con lo que los actores dejan de ser hombres para convertirse en bronces y mármoles intangibles. 
*  *  * 
El protagonista de la historia no pierde nada como hom­bre cuando se lo baja del pedestal; ni siquiera como ejemplo. Por el contrario, gana al humanizarse con su carga de aciertos y errores. Pero como el objetivo de falsificación es una política de la historia que alimenta las zonceras, ver el hombre en su propia dimensión relativiza el personaje perjudicándolo como autoridad desde que, en cuanto hombre, no es el dueño de la verdad absoluta con que aparece respaldando a aquellas desde el nicho.
Tomaremos el caso de Sarmiento: primero, porque es el héroe máximo de la intelligentzia, y segundo, porque es el más talentoso de la misma.
Sarmiento es para mí, uno de nuestros más grandes —sino el mejor— prosistas. Narrador extraordinario —aún de lo que no conoció, como sus descripciones de la pampa y el desierto—, sus retratos de personajes, más imaginados que vistos, su pin­tura de medios y ambientes, sus apóstrofes, sus brulotes polé­micos, al margen de su verdad o su mentira, son obras maes­tras. Forman una gran novelística hasta el punto de que lo creado por la imaginación llega a hacerse más vivo que lo que existe en la naturaleza.
A este Sarmiento se lo ha resignado al segundo plano para magnificar el pensador y el estadista, siendo que sus ideas económicas, sociales, culturales, políticas, son de la misma naturaleza que su novelística: obras de imaginación mucho más que de estudio y de meditación, y su labor de gobernante la propia de esa condición imaginativa. Pero insistir sobre la per­sonalidad literaria del sanjuanino iría en perjuicio de su pres­tigio como pensador y del ideario que expresó al colocarlo en otra escala de medida. Entonces, decir el escritor Sarmiento sería como decir el escritor Hernández o el escritor Lugones, cuando opinan sobre el interés general; referencias importan­tes pero no decisorias. Y sobre todo cuestionables. Y la zoncera sólo es viable si no se la cuestiona. 
*  *  * 
Además, al margen de la pedagogía colonialista, se defor­ma al prócer para hacerlo ismo. Juega entonces el interés de la capilla y los capellanes. Así como el locutor Julio Jorge Nelson es la viuda de Gardel, cada prócer tiene sus viudas que administran su memoria, cuidan su intangibilidad y co­bran los dividendos que da el sucesorio. Quizá sea Sarmiento el que tenga más viudas porque hay en el personaje una es­pecie de padrillismo supérstite como para permitir una mul­tiplicada poligamia póstuma. Más difícil es la tarea de los rivadavianos profesionales porque don Bernardino, el pobre, no tiene puntos de apoyo para su explotación: hubo que inven­társelos. Eso lo hizo Mitre, que a su vez es otra cosa, porque su aprovechamiento no es de viudas. Los cultivadores del mitrismo no miran tanto al General, ya finado, como a "La Na­ción", que está vivita y coleando y es la que distribuye el divi­dendo de la fama mientras le cuida la espalda al General. Además practican ese culto todas las viudas de los otros proóceres como actividad, complementaria e imprescindible para el suyo. Aquí operan también matemáticos, poetas, escritores, pintores, escultores, corredores de automóviles, rotarianos, lo­cutores, biólogos, señoras gordas, leones, "señores", otorrinolaringólogos, militares, pedagogos, políticos, economistas, toda clase de académicos, desde que todo el mundo sabe que sin la lágrima por Mitre, lo mismo en el arte o la técnica que en la vida social, deportiva, etc., no hay reputación posible. Así se explican esas largas columnas de felicitaciones en "La Na­ción", que suceden a cada cumpleaños, y la introducción de Mitre en todo discurso, conferencia o escrito, aunque se trate de un estudio sobre las lombrices de tierra o los viajes estra­tosféricos.
Acotaremos que la abundancia de viudas hace que ya sea difícil el acceso a los mármoles y bronces, lo que ha mo­tivado la urgencia de algunos por ampliar el registro de los próceres. Así, a falta de mármoles y bronces aparecen los chupamortajas prendidos a la memoria de óbitos más recientes y aún de muchos insepultos rezagados en las Academias o el Instituto Popular de Conferencias. 
*  *  * 
Este es un manual de zonceras, y no un catálogo de las mismas. Doy, con unas cuantas de ellas, la punta del hilo para que entre todos podamos desenredar la madeja. Y aclaro que yo no soy "uno" más "vivo", sino apenas un "avivado", y aún me temo que no mucho, porque ya se verá cómo he ido descu­briendo zonceras dentro de mí .
Sin ir más lejos en ese "Paso de los Libres" que cito al caso en el copete, se me ha deslizado alguna, a pesar de que para la fecha de su publicación ya tenía la edad de Cristo. Y me las sigo descubriendo —¡y vaya si van años!—, tanto me han machacado con ellas en la época en que estaba des­cuidado.
Precisamente para que no nos agarren descuidados otra vez, y a los que nos sigan, es que se hace necesario un catálogo de zonceras argentinas que creo debe ser obra colectiva y a cuyo fin le pido a usted su colaboración.
Mi editor me dice que hará un concurso de zonceras con premios y todo. Si tal ocurre le ruego al lector que, por el bien común, participe. Haremos el catálogo entre todos. Por si us­ted está dispuesto a colaborar en él, este libro lleva unas pá­ginas suplementarias convenientemente rayadas para que vaya anotando sus propios descubrimientos, mientras lo lee. 
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Además, descubrir las zonceras que llevamos adentro es un acto de liberación: es como sacar un entripado valiéndose de un antiácido, pues hay cierta analogía entre la indigestión alimenticia y la intelectual. Es algo así como confesarse o so­meterse al psicoanálisis —que son modos de vomitar entripa­dos—, y siendo uno el propio confesor o psicoanalista. Para hacerlo sólo se requiere no ser zonzo por naturaleza, con la connotación que hace Amado Alonso —"escasez de inteligen­cia, cierta dejadez y debilidad"—; simplemente estar solamen­te azonzado, que así viene a ser cosa transitoria, como lo se­ñala el verbo.
Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pe­dagogía colonialista. Muchos son excesivamente "vivos" porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zon­ceras que administran; otros no tienen ese propósito avieso sin ser zonzos congénitos: lo que les ocurre es que cuando las zon­ceras se ponen en evidencia no quieren enterarse; es una acti­tud defensiva porque comprenden que con la zoncera se de­rrumba la base de su pretendida sabiduría y, sobre todo, su prestigio.
Las zonceras no se enseñan como una asignatura. Están dispersamente introducidas en todas y hay que irlas entresa­cando. 
*  *  * 
Viendo en Amsterdam la inclinación de los edificios motivada por la blandura del suelo insular en que se asientan, tuve la impresión de una ciudad borracha, pues las casas se sostie­nen apoyándose recíprocamente. Imaginé la catástrofe que sig­nificaría extraer una de cada conjunto. Esto le ocurrirá a usted a medida que vaya sacando zonceras, porque éstas se apoyan y se complementan unas con otras, pues la pedagogía colonia­lista no es otra cosa que un "puzzle" de zonceras. Por eso, a riesgo de redundar, necesitaremos frecuentemente establecer, como dicen los juristas, "sus concordancias y corresponden­cias", porque todas se entrerrelacionan o participan de finali­dades comunes.
Al tratar de las zonceras no es posible, en consecuencia, clasificarlas específicamente, porque en el campo de su apli­cación andan todas mezcladas y, donde menos se espera, salta la liebre. El cazador de zonceras debe andar con la escopeta lista no es otra cosa que un "puzzle" de zonceras. Por eso, a liebre, perdiz o pato, o pato-liebre, indistintamente. Pero todas tienen el carácter común de principios destinados a ser el pun­to de partida del razonamiento de quien la profesa. En cuan­to usted fija su atención sobre ese "principio" y no sobre su desarrollo posterior, ya la identifica, porque para evitar el aná­lisis recurre de inmediato a ocultarse tras la autoridad.
Como están entreveradas y dispersas sólo se intentará agru­parlas; eso y no clasificarlas, es lo que se hace en este trabajo, teniendo en cuenta sus características más importantes o el papel principal que juegan o han jugado, pero sin olvidar nun­ca lo que se dijo de las "correspondencias y concordancias", porque suelen tener variada finalidad. Así, por ejemplo, vere­mos oportunamente que política criolla, o el milagro alemán que aquí se han clasificado respectivamente en las Zonceras de la autodenigración y en las Zonceras económicas, podrían agruparse a la inversa, en cuanto el milagro alemán —utilizada para prestigiar cierta política— encubre una connotación de finalidades disminuyentes y racistas, cosa que se verá a su tiem­po. Del mismo modo política criolla, que es zoncera autodenigratoria, se connota con lo económico.
Con esto quiero advertir al lector que no debe tomar muy al pie de la letra la clasificación que se hace, que obedece a la conveniencia de seguir algún método expositivo. Hay un ca­pítulo titulado Miscelánea de zonceras porque las que allí van son aparentemente de distinto género. En realidad todo el li­bro es una miscelánea pero de la comprobación aislada de cada zoncera llegaremos por inducción —del fenómeno a la ley que lo rige— a comprobar que se trata de un sistema, de elementos de una pedagogía, destinada a impedir que el pensamiento nacional se elabore desde los hechos, es decir desde las com­probaciones del buen sentido.
Con esto dejo dicho que este libro es una segunda parte de "Los profetas del odio y la yapa" —es decir una contribución más al análisis de la pedagogía colonialista—, en el cual se exponen las zonceras, para que ellas conduzcan por su desen­mascaramiento a mostrar toda la sistemática deformante del buen sentido y su finalidad.
Y como las zonceras se revisten de un aire solemne —que forma parte de su naturaleza—, les haremos un "corte de man­ga" tratándolas en el lenguaje del común, que es su enemigo natural, escribiendo a la manera del buenazo de Gonzalo de Berceo en su "Vida de Santo Domingo de Silos":

Quiero fer una prosa en roman paladino,
en qual suele el pueblo fablar a su vecino.[1]





NOTAS

1.- Con este propósito, "fablar en roman paladino", se vinculan mis frecuentes redundancias, que han motivado la crítica de algunos lecto­res, tal vez demasiado "aligerados", y que no piensan en que hay otros más lerdos. Las exige el difícil arte de escribir fácil, como ya lo he dicho en otra ocasión. No pretendo ejercer magisterio, pero no puedo olvidar, como la maestra de grado, que se debe tener en cuenta el nivel medio y no el superior, así que pido a los "más adelantados" que sean indulgentes y más bien que ayuden a los otros en esta tarea en que estoy. Además, redundar es necesario, porque el que escribe a "contra corriente" de las zonceras no debe olvidar que lo que se publica o se dice está destinado a ocultar o deformar su naturaleza de tales. Así, al rato nomás de leer lo que aquí se dice, el mismo lector será abrumado por la reiteración de los que las utilizan  como verdades  inconclusas.
También es intencionado el paso frecuente de la primera persona del singular a la primera del plural. Aspiro a no ser más que un instru­mento de una conciencia colectiva que se hace punta en la pluma del que escribe y que la transición se produzca espontáneamente, según me diluyo, al escribir, en la multitud. El escritor, como el poeta —según dijo Bergamin hablando de Machado, si la memoria no me engaña— no habla para el pueblo sino por el pueblo. Se logra, si, diciendo de sí dice de nosotros, y entonces la cuestión se reduce a saber si hay algo más que un  cambio de  pronombres  en este caso.
Además, debe permitírseme esa licencia. En esta lucha larga y no motorizada venimos de un viejo galope... y con caballo de tiro. Cuan­do me apeo del yo, hago la remuda en el nosotros. Y los dos están sudados.

miércoles, 16 de octubre de 2013

CONCLUSIONES de EL MEDIO PELO en la Sociedad Argentina

por Arturo Jauretche

Al que escribe le suele suceder lo que en el juego, según dice un paisano de Javier de Viana: "Se dentra con un rial pa' despuntar el vicio, y cuand'uno acuerda, está metido con caballo ensillao y todo".
Así me pasó con este libro. Pensé primero en unas notas periodísticas inspiradas en el ridículo del "medio pelo". Algo para el humor fácil, y como todo humor, hijo de una amargura encubierta por la risa. Es cosa de varón esto de esconder la queja aunque más no sea porque el "calavera no chilla".
Pero a medida que iba entrando en el tema fui comprendiendo su importancia, sobre todo cuando percibí que la tilinguería absorbiendo a la burguesía reciente, había destruido una de las fuerzas potenciales para la construcción de la Patria Grande.
Toda mi vida se ha concentrado en ese objetivo que ahora consiste en modernizar las estructuras económicas y sociales argentinas, que es lo que modestamente está a nuestros alcances en el limitado tiempo y espacio de que disponemos. Yo sé que esto le parecerá muy poco a los grandes ideólogos revolucionarios de la intelligentzia; pero sé que este programita sencillo y de vuelo corto los tiene en contra cada vez que se intenta, porque como he dicho en otra parte, preocupados por volar muy alto, le sacan la escalera al que quiere subir un poco con la complacencia de los que quieren que no subamos nada.
Y así fue como me encontré que esto del "medio pe­lo" tenía una proyección que no había percibido en el primer momento. Esto me llevó a analizar la evolución de la sociedad en la historia y constaté enseguida que no se acomodaba a los esquemas transferidos desde otras sociedades y desde los cuales se sacan conclusiones. Al mismo tiempo fui percibiendo la importancia de las pautas en los grupos sociales.
Creo que le debía esta explicación al lector, que a pesar de la advertencia del subtítulo, pudo ser atraído exclusivamente por lo del "medio pelo", como por una trampa.

* * *

Que la alta clase propietaria se aferre al país chico, no será patriótico, pero es congruente, como ya se ha dicho. También se ha dicho que es explicable que la imagen de un status seduzca con su jerarquía supuesta a los “primos pobres” y a la alta clase media. Pero que la burguesía desnaturalice su función histórica adoptando las pautas ideológicas de las clases que se oponen a su desarrollo, es una aberración, porque su posición antinacional significa una posición antiburguesa, ya que el desarrollo de un capitalismo nacional dependen exclusivamente de la modernización de las estructuras. Así, sólo la dirección de los trabajadores aparece cumpliendo su función histórica y teniendo que cubrir, además de su tarea en la conducción del proletariado, el claro, la vacante de la función abandonada por la burguesía, en la expansión hacia la Argentina potencia.

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            La historia vista desde la influencia de las pautas lleva necesariamente a la investigación de las élites que las elaboran. Así vemos que en el comportamiento opuesto en las guerras civiles del pasado, un común origen social y la pertenencia de grupo, no impiden la existencia de pautas distintas que corresponden a la visión del pa­pel de la plebe constituyente de las grandes masas del país.
Los Federales las consideran parte de la historia, porque su idea es la construcción del país según su na­turaleza. Los Unitarios las excluyen porque su ideario es la construcción del país al margen de aquella.
Después de Caseros se impusieron las pautas ideo­lógicas de los Unitarios y se empezó a acomodar la ca­beza al sombrero como quería Florencio Varela. La élite vencedora realizó, con todo, una política del país pues cualquiera sea el juicio que nos merezca, su política de grupo social coincidió con la preocupación de buscar su grandeza; ya se ha dicho que por un camino equivocado que tenía el límite a corto plazo. La política fue antina­cional por la ideología que la inspiró, pero los que la realizaron creían que hacían política para la Nación. Su progresismo dio más frutos en la expansión agropecuaria y el nacimiento de un país nuevo al que aportó la inmigración. Fue una política de Patria Chica que creyó que el litoral era toda la Patria. El roquismo tuvo una visión más integral del espacio. Traía también una visión económica nacional que de cumplirse pudo haber adelantado la integración social con la integración económica e incor­porado el criollaje del interior a niveles sociales modernos.
Pero el roquismo que había ganado la batalla en las trincheras la perdió en los títulos de propiedad de la Provincia de Buenos Aires y fue asimilado por la clase alta terrateniente que impuso definitivamente las pautas del país dependiente.
La generación del 80 que pudo constituir la nueva élite para el nuevo país, se incorporó a la oligarquía porteña y se ahogó en el abrazo del acuerdismo. La presidencia Quintana fue el símbolo de esta renuncia a la grandeza. A su vez, esa vieja élite porteña con sus apén­dices del interior, se desarraigó y perdió toda idea de construcción nacional. Dejó de ser élite desde el punto de vista político porque se hizo conservadora y su conciencia de grupo sólo actuó desde entonces y sigue ac­tuando para mantener al país dentro de lo ya logrado. Es el adversario neto de la modernización de las estructuras y además tiene conciencia de su alianza con las fuerzas extranjeras que nos tiene reservado un destino apendicular.

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Desde entonces el país no tiene élite conductora.
No la dio la inmigración y su integración con el país; tuvo que hacerse a través de un caudillo: Yrigoyen.
Caído el caudillo, careció de conciencia histórica y fue cuestión de tiempo que los descendientes de inmigrantes, en su afán de ascenso en el status, fueran absorbidos por la ideología de la vieja clase que no contrariaba fundamentalmente la promoción de su ascenso vinculado al desarrollo de la expansión agropecuaria.
Cuando el país ya no cabía dentro de los límites previstos en el “progreso ilimitado” el Estatuto Legal del Coloniaje de la Década Infame le impuso un lecho de Procusto. Pero la Gran Guerra lo reventó interrumpiendo la ecuación exportación –importación, y obligando al país a potenciarse por sí mismo. Inmediatamente, éste dio un salto –tan contenido estaba en su expansión—y producto de ese salto fue el hecho económico y social que generó a Perón. Mal o bien, este caudillo rigió la nueva integración argentina: la de los criollos que sucedían a la de los gringos, e imposible sin la modernización de las estructuras, que de hecho produjo la guerra mundial.
Pero faltó la élite burguesa correspondiente al momento histórico que la clase obrera por sí sola no podía reemplazar en una sociedad como la nuestra, que necesita la cohesión vertical de las clases de ascenso para vencer al enorme poder de los intereses preexistentes, nacionales y extranjeros, que se oponen a que seamos potencias.

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La Revolución de 1955 —después de la leve vacila­ción Lonardi— concibió la solución suprimiendo un pe­dazo de historia. Quiso volver atrás borrando el parén­tesis de modernización de las estructuras que cubría 10 años de los más intensamente vividos en el país. En lo económico y lo social, intentó restaurar la situación vi­gente en la Década Infame. En lo político, la vieja ordenación de los partidos. Pero el país había crecido y era otro. Si era imposible restaurar aquella economía y aque­lla sociedad, tampoco era posible restaurar su estructura política. La expresión política Perón era el producto de que ya estaba muerta en 1946. ¿Cómo de otra manera pudo ser posible que un hombre desconocido dos años antes rompiera los cuadros de los partidos y absorbiera al mismo tiempo las nuevas promociones sociales que se incorporaban a la historia?
La historia de estos 10 últimos años con sus idas y vueltas no es más que la documentación de que el viejo país está muerto y sólo puede subsistir transitoriamente y por la imposición de la fuerza, pero así y todo, en las apariencias formales y no en la sustancia. El emparchado traje democrático con que se quiere cubrir la ficción de una sociedad organizada, no da para más y hay que re­galarlo al cotolengo.
Las fuerzas armadas asumen el poder y abandonan también la ficción constitucional, porque la Constitución vigente debe adaptarse al Estatuto de la Revolución ema­nado de la comandancia de las tres armas. Las vestales de la Constitución, ahora ni se tapan el rostro con las manos, ni se arrojan cenizas sobre el pelo (ésta es una ficción literaria, porque la mayoría son peladas). Algu­na, como ha dicho otro, es devorada por el Ministerio del Interior. El juez Botet, que procesó a los legisladores peronistas por un supuesto acuerdo de facultades ex­traordinarias, es funcionario de la nueva estructura jurí­dica que condiciona la Constitución al "dictat" de los comandos. Allá ellos, que son los que sostenían que los pue­blos son para las constituciones y no las constituciones para los pueblos. No es problema mío ni de los que pien­san como yo. Es un problema de honradez intelectual que sólo a ellos se les plantea. El país está al margen.
Tampoco es problema de las Fuerzas Armadas.

* * *

La Revolución enuncia como objetivo fundamental de sus tareas, la modernización de las estructuras, pero esto implica fatalmente la revisión de todos los supuestos de la Revolución Libertadora; modernizar las estructuras supone sustituir estructuras, y la única estructura que se puede sustituir modernamente es la del país viejo, conformado dentro de los límites de la economía depen­diente. Supone acelerar el desarrollo capitalista, y esto sólo es posible por la industrialización y la diversificación de los mercados en lo interno, y la ampliación de los ex­ternos. En lo social apareja acelerar la integración, le­vantando el nivel de las masas por la plena ocupación que trae aparejada su actuación política, económica, so­cial y técnica. Pero esto es precisamente aquello a que se opone la estructura económica perimida.
La suerte de esta revolución está ligada a la concien­cia que tenga de lo que significa la función histórica que ha asumido.
Un publicista de mucha gracia dice que las revolu­ciones militares tienen tres etapas: La víspera, el día siguiente, y el día menos pensado. Es una expresión hu­morística que contiene una verdad incontrastable, apli­cable al caso.
La voluntad de modernizar las estructuras pertenece a la etapa de la víspera; ahora estamos en el día siguien­te, que es una etapa de tanteos en la que la concepción teórica empieza recién a percibir las posibilidades de su aplicabilidad y las fuerzas profundas que se oponen. El día menos pensado ocurre cuando ya se tiene la carta de situación, como dicen les militares, y hay que poner en ejecución el pensamiento de la víspera. O tirarlo al ca­nasto de papeles donde se acumulan las intenciones.

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El país carece de élite conductora y la revolución militar significa que las Fuerzas Armadas se constituyen en ella.
Si actúan como élite conductora, asumirán el papel que se han asignado en la víspera, pero eso implica que deben resignarse a no contar con la unanimidad democrática que es una máscara inconciliable con la tarea a cumplir: tendrán inevitablemente que chocar con las mismas fuerzas que se han opuesto en lo interior y en lo exterior a todo proceso de modernización, y serán dictadura, y también tiranía, porque eso no resulta de la mano fuerte o de la mano blanda, sino de los intereses que se lesionan y disponen de toda la superestructura cultural para crear la imagen política del gobierno. Frente a esas resistencias tendrán que buscar el apoyo de los grandes sectores vinculados a la modernización del país, y esto también las caracterizará como antidemocráticas, porque descubrirán que la democracia es una ficción que no debe trascender de los límites convencionales establecidos por la vieja estructura. Al mismo tiempo tendrán que defenderse de restauraciones aun más remotas que les propondrán aquellos a quienes el país actual nunca les viene bien, porque en lugar de caminar hacia el futuro, fugan hacia un pasado imaginario e imposible.
            Las fuerzas de apoyo a la modernización del país no son hijas de una ideología, sino de la realidad artificialmente contenida; están ahí y las etiquetas que las no­minan no tienen importancia porque los nombres son anécdotas y ellas son hijas de un hecho histórico cuya vigencia tampoco depende de nombres sino de hechos.
Si las Fuerzas Armadas entienden que vienen a cumplir la función de élite que está vacante en el país, tienen un largo proceso para cumplir en el ejercicio de la modernización de las estructuras. Si no lo cumplen, y no comprenden el paralelogramo de las fuerzas del que ellas son una, en que la oportunidad histórica les ha dado la función de élite, sus días son cortos: el día menos pen­sado no estará lejos, y las fuerzas del pasado celebrarán el espíritu civilista con que retornarán a los cuarteles, recogiendo del cotolengo el traje que habían regalado.

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Pero a las Fuerzas Armadas como tales, en su ca­rácter específico se les plantea, mejor dicho se han plan­teado ellas, una hipótesis que se refiere a su propio destino.
La República había renunciado a su grandeza. No tenía destino de potencia y eso llevaba implícito que no había destino para las fuerzas armadas. Sin proyección internacional, a lo sumo con una función apendicular en la hipótesis de un alineamiento mundial para la guerra, como cuerpo expedicionario, las Fuerzas Armadas care­cían de objetivo, al carecer de objetivo el país mismo. Sin la finalidad básica de un pensamiento militar, este se transformaba en un pensamiento policial; el instru­mento de la soberanía devenía inevitablemente en solo instrumento del orden interno: del orden interno de las viejas estructuras que se oponen a la modernización.
El simple enunciado de modernización de las estruc­turas importa ya una idea de potencia. ¿Quiere la Re­volución que la Argentina sea potencia?
Sí; lo quiere. Y por eso enuncia su voluntad modernizadora. Esto significa plantear la política del Estado desde un punto de vista totalmente inverso al de las fuer­zas conservadoras, que consideran que hemos llegado al límite de nuestras posibilidades y aceptan para el país un papel secundario y declinante.

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Pero no sólo en el orden interno hay fuerzas que se oponen a la modernización. En el esquema internacional de las fuerzas imperiales, la Argentina tiene que seguir siendo un proveedor de materias primas y es a nuestro vecino Brasil a quien se ha asignado el papel de potencia industrial. Allí es donde debe hacerse la modernización de las estructuras, si es que esto significa otra cosa que aumentar el número de rejas de los arados, la mejora por la genética, etc., en fin ampliar un poco los límites del país agropecuario. Para esto basta con la encomiable labor del INTA, un buen manejo del crédito y... iba a decir una buena comercialización de la producción agropecua­ria, pero esto no está en los papeles de los asociados en ACIEL.
Para semejante viaje no hacen falta estas alforjas.

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Ocurre así que buscando el país real y sus exigen­cias, las Fuerzas Armadas se encuentran a sí mismas. Pensar el país en dimensión de potencia, le restaura a las Fuerzas Armadas el sentido histórico de su misión específica que no es la que le asignaban los "Regimientos de Empujadores" y los "Batallones de Animémonos y Va­yan" de civilacos que merodean por los cuarteles cuando el país real los descarta, y vuelven a merodear cuando consideran que debe terminar la intervención de los mis­mos, para restablecerlos a ellos.
Hay que hacer de la Argentina una potencia y esa es la tarea que asume la élite.
Si la revolución asume la responsabilidad que se ha atribuido, no sólo se la va a combatir de frente. La van a flanquear, y saber estas cosas del "medio pelo" puede ser muy interesante para sus hombres. A medida que se asciende en todos los grados de la sociedad, la búsqueda del prestigio es una legítima preocupación humana. Hay sucedáneos de la gloria y el honor de cumplir con el deber que impone el culto de la verdadera personalidad.
En el principio del capítulo anterior he hablado del orgullo y de la vanidad haciendo un cotejo entre los mis­mos. Ya se ha visto como a través de las pautas del pres­tigio social la burguesía que se inicia con la moderniza­ción de nuestras estructuras traiciona su destino. He mencionado en muchas oportunidades cómo la carrera de las armas fue marginada del status de la alta clase, a la que excepcionalmente tuvieron acceso los hombres de ar­mas. Pero también la alta clase con su fino sentido de su interés como tal, sabe abrir sus puertas ocasionalmente al acceso de quienes no la constituyen, para por los cau­ces del prestigio social subordinarlos a sus pautas, in­culcándolas primero las de comportamiento, para incul­carles después las ideológicas. Este contacto ocasional dura mientras es necesario, pero la asimilación se hace definitiva en el ''medio pelo" que es el resultado fatal de una ilusión frustrada.
Hablando de los medios de propaganda en 1945 y 1946, dije que los periódicos entraban por la puerta de calle mientras "la voz maldita" de la radio entraba por la cocina y por las ventanas. Ahora puede ocurrir al re­vés, y que las pautas destinadas a destruir la posible élite conductora de la modernización de las estructuras, en lu­gar de entrar por la puerta de calle que ellos cierren, entre subrepticiamente a través de los familiares que están menos defendidos por el sentido de la misión.

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List en su "Sistema de economía nacional" había ya teorizado las bases de la grandeza económica y el movimiento del romanticismo alemán había generado el impulso sentimental tendiente a la cons­titución de una nación poderosa. Pero las clases dominantes, una burguesía preindustrial, y sobre todo una nobleza minimizada, con­servadora de los privilegios vigentes en la anarquía del país atomizado por pequeños reductos de intereses locales opuestos a la realización general, se aferraban a la imagen que corresponde a la ideología de la "Patria Chica" entre nosotros. Correspondió a Bismarck la tarea de cumplir el cometido exigido por la grandeza alemana desborda; do los pasos primarios del "zollverein" hasta lograr la unidad alemana.
Lo que importa es señalar que esa política la cumplió apoyán­dose, frente a la incapacidad de la nobleza y la burguesía, en los "junkers" del oeste alemán y en la formación militar nacida de su seno. Ante la carencia de élites que cumplieran su papel la realizó improvisando la élite conductora con los elementos teóricamente me­nos señalados para cumplir el desarrollo capitalista, y en los que la falta de la mentalidad correspondiente fue suplida por la concepción nacional de la potencia: por una voluntad de destino nacional de que las supuestas élites carecían y contra la cual actuaban negativamente. Paralelamente surgió un poderoso movimiento socialista que realizó la integración nacional en las bases populares. De esa conjunción operativa resultó la gran Alemania que pudo absorber en el proceso la contradicción ideológica de las dos fuerzas con una resultante de interés general cuyo signo positivo expresó la potencialización ger­mánica. Hoy y aquí, podríamos llamar a ese proceso modernización de las estructuras absorbiendo los contradictorios en las pautas co­munes de la grandeza nacional, en cuyo amplio horizonte de Patria Grande caben todas las contradicciones menos las que surgen de la aplicación de las pautas de la Patria Chica.     
Frederick Clairmonte (Op. cit.) dice a este propósito: "Alemania, superpoblada y empobrecida a comienzos de la tercera década del siglo, se encontraría subpoblada veinte años más tarde, viéndose obligada a recurrir a las reservas de fuerza laboral de sus vecinos menos desarrollados. La superpoblación, característico azote del subdesarrollo, había desaparecido".[1] Pero nuestros liberales de la "So­ciedad Rural" y "ACIEL" como los ya citados Fano y Hueyo no pue­den comprender que la superpoblación desaparece por aumento de la receptividad, y sólo atinan a la fórmula de la "Patria Chica": adecuar la población a la economía ya existente, es decir despoblando. Hipó­tesis de Patria Chica conforme a la cual Alemania hubiera continuado siendo la miserable nación de que hablaba Voltaire, esa que Stahl —ministro de finanzas de Austria— describía sarcásticamente como el conjunto "de esos territorios que figuran en los mapas con el nom­bre de Alemania".
¿Esperaremos que sea así descripta la Argentina por el ministro de finanzas de algún vecino poderoso?

* * *

Así he venido desde Juan de Garay a parar en esto que llamo "Conclusiones". He querido mostrar en el trans­curso de este libro, a cuyas últimas líneas llegas lector, si has tenido paciencia, la gravitación que las pautas do­minantes en una sociedad tienen sobre su destino. Esta es la única función docente que tiene la historia: ense­ñarnos el presente y el futuro por lo que sucedió ayer. Esa es la razón por la que se la falsificó sistemáticamente en nuestro país, oponiendo a una historia de la política una "política de la historia" como lo digo en "Política nacional y Revisionismo Histórico".

NOTA

1. Conviene recordar aquí lo que dice el mismo autor al hablar de este desarrollo demográfico, y cuáles fueron los factores que lo determinaron : "El zollverein, los ferrocarriles, el intervencionismo estatal y la industrialización". Porque es inútil pensar la gran nación como un sueño y reverenciar las ideas que la limitaron. (Te lo digo Juan, para que lo entiendas Pedro y no intentes pescar... sin mojarte como corresponde).




APÉNDICE

NOTA

El tema de la "relación adversa de los términos del intercambio", requiere mucha mayor extensión para su tratamiento y será abordado en "Política y Economía" con la latitud adecuada. Me he limitado a señalar algunos de los factores determinantes pero podría objetarse que esta explicación es también válida para los países alta­mente industrializados, donde sin embargo la relación materia prima-producto industrial es mucho menos ad­versa, pero sería olvidar que en los países centros los precios de las materias primas son precios políticos, que se practican en mucha mayor escala en las naciones industrializadas que los liberales nos proponen como ejemplos de anti-intervencionismo de Estado que en las dependientes. Así Prebisch ("Hacia una dinámica del des­arrollo Latinoamericano"), nos dice: "En los Estados Unidos, los precios internos de sostén mantienen una paridad variable con los precios de los productos indus­triales adquiridos por los agricultores, y hay el subsidio de las exportaciones en el mercado internacional. En Eu­ropa occidental, existe el aumento de las restricciones a la importación de productos agrícolas, como medio de am­pliar el mercado por la propia producción y amparar precios internos elevados. Así mismo se contempla acudir al subsidio a las exportaciones al mercado mundial en caso de excedentes". Pero parece que esto no es intervencionismo de Estado, como tampoco lo sería la formación de mercados comunes; en cambio lo eran nuestros tra­tados bilaterales, que en definitiva son el mismo perro con distinto collar. (Ahí anda el Sr. Krieger Vasena dan­do vueltas alrededor del Mercado Común Europeo para que nos dejen un agujerito después que con el Sr. Verrier y el Sr. Alemann destruyeron aquellos tratados y convir­tieron en saldos exigibles a corto plazo las cuentas co­rrientes que nos abrían la puerta. ¡Oh los genios de la ciencia aséptica y extranjera!).
Lo que importa es que el deterioro de los precios de las materias primas es un hecho cierto y aceptado como tal en la teoría económica de los países que pretenden que no los tomemos en cuenta, y que por consiguiente sigamos como exclusivos productores de ellos, con el apoyo de sus cómplices, gobernantes locales, los teóricos de la economía de dependencia, y los "prácticos" grupos eco­nómicos ligados a la misma. Este reconocimiento del he­cho lo hizo Lincoln Gordon, embajador de los Estados Unidos en el Brasil en un discurso pronunciado en el Consejo Económico Nacional Brasileño el 29 de Enero de 1963, cuyo texto reproduce Prebisch.
Heilbroner ("El gran ascenso" - Ed. Fondo de Cul­tura Económica - 1964) dice: "Mientras que el precio de las materias primas fluctúa hacia arriba y hacia abajo, en años recientes el valor de los artículos manufactura­dos, por los que aquella se cambia, se ha movido en una sola dirección: hacia arriba. Y así, los términos del co­mercio (el quid pro quo real de las mercancías recibidas a cambio de las ofrecidas) se ha movido en contra de los intereses del exportador de materias primas: ha dado más y más material bruto por menos y menos maquinaria".
Enseguida agrega, para los que lo esperan todo de la ayuda exterior: "El resultado fue que las naciones pobres recibieron 2.000 millones de dólares menos en su poder adquisitivo real, suma mayor que toda la ayuda que recibieron ese año." (Se refiere a 1957). "Efectivamente las naciones subdesarrolladas subvencionaron in­voluntariamente al mundo desarrollado."
Con razón dice Prebisch en el prólogo (Op. cit.), refiriéndose a sus "colaboradores" en la redacción del Informe y Plan de 1955: "No se quiere leer, no se quiere pensar, se siguen repitiendo trasnochados conceptos del siglo XIX sin vigencia alguna con la realidad actual." Es que los "amigos" locales de Prebisch no quieren ente­rarse de lo que les costaría el apoyo de la gran prensa y los intereses económicos que les dan prestigio y los lle­van a las posiciones claves de la economía. Prebisch ahora ha sido silenciado y de genio a pasado a ser un "punto" desconocido, por haberse enterado; sus "amigos" se curan en salud, pues lo que les importa es su triunfo personal aunque el país reviente, y saben que el precio del triunfo es la traición a la verdad argentina.
Ni remotamente con estas anotaciones me aproximo a la totalidad del tema que como he dicho, no cabe en este libro, pero es inseparable de la actualización de la llamada renta diferencial y de la estructura social de pro­ducción así como de la tecnificación que alteró la primera.

NOTA

Para los "cabecitas negras" no hubo Hotel de Inmi­grantes y la Villa Miseria cumplió las funciones de aquel hotel y del conventillo, respecto de los extranjeros. Vista con los ojos "urbanísticos" de la gran ciudad es efecti­vamente Villa Miseria. Visto con los ojos del economista o del sociólogo es Villa Prosperidad. También con los ojos del "cabecita negra" porque no emigraron de un campo idílico, ni abandonaron cómodas residencias sino rancheríos tan precarios y pobres como las viviendas en que se hacinaron en la gran ciudad, pero con trabajo, es decir con pan, ropa y diversiones que antes no conocían.
Además con medios de cultura accesibles. Hace po­cos días viajando con Carlos Seeber, de Añatuya a Pinto, al pasar por Icaño recogimos un grupo de "changuitos" que salían de la escuela: había dos Corias, un García, un Bazán y tres Rojas (el Almirante es también de Icaño) y los llevamos hasta sus ranchos, el más cercano de los cuales está a una legua de la escuela adonde van todos los días a pie y bajo el sol santiagueño. Lo recuerdo por­que los hijos de los "cabecitas negras" de las villas mi­serias tienen la escuela más a mano.
La Villa Desocupación de la Década Infame, sí era Villa Miseria. La ciudad tenía miles de habitaciones des­ocupadas cuyos avisos se leían por todos los barrios y ocupaban un amplio espacio en los clasificados de los dia­rios. Había habitaciones pero no medios para pagarlas. El caso de la Villa Miseria es inverso: hay medios pero no hay habitaciones que pagar. Además, nadie sabe me­jor que el interesado dónde se está mejor, si en la Villa Miseria con trabajo, o en el Barrio de las Latas pueble­rino, sin ocupación, y la elección de las villas miserias es un plebiscito decisivo.
Pero casi toda la literatura periodística, o de conver­sación entre canasta y canasta, o copa y copa, y conmi­seración que expresa revelan hipocresía: no es la pobreza de la Villa Miseria la que molesta sino su vista. Por eso, cuando algún intendente rodeó con un tapial las Villas Miserias del bajo Belgrano, muchos de estos conmiserativos dieron el problema por resuelto: lo que no se ve no existe o, mejor dicho, lo que no se ve no molesta.
La verdad es que la Villa Miseria es un hogar de trán­sito y que la mayoría de sus habitantes han ido emigrando de las mismas, a medida que el lote en mensualidades y la prefabricada les iba permitiendo realizar la casa propia. (Alguna vez habrá que averiguar quién inventó la prefabricada y dio la solución más positiva que se ha dado a nuestro problema de la vivienda en la forma que he descripto en la "Advertencia preliminar" de este libro).
La población de las Villas Miserias se renueva constantemente y prácticamente hoy, quedan en ellas pocos de sus primeros ocupantes que en los últimos años han sido sustituidos en gran número por bolivianos, paraguayos y chilenos, que van ocupando las vacante, ya que el problema de la desocupación rural es común a toda esta parte de América. Esto no excluye que haya un porcentaje de población permanente, constituido por sectores de extrema pobreza sin posibilidades de ascenso. Por otra parte el fe­nómeno es de carácter universal y está en relación con el progreso industrial. Así en España —que en los últimos quince años ha dado un salto del siglo XVIII cuando Car­los III fracasó en su propósito de construir una España de tipo capitalista— con el desarrollo industrial, se ha gene­rado un fenómeno similar al del "cabecita negra" con to­das sus implicancias; en Bilbao se llamó barrios de "co­reanos", a los equivalentes, porque "coreano" se le dice al trabajador estacional del mediodía español que emigra a los centros de producción industrial.
También irrita a las "señoras gordas" que se vean las antenas de los televisores y la sospecha de que haya heladeras y cocinas a gas, pues no pueden comprender que la búsqueda del confort es una necesidad humana, y que el que no consigue casa adecuada, se provea de lo que está a su alcance dentro de sus recursos.
Afortunadamente, desde que escribí "Los profetas del odio", hace diez años, la actitud de los intelectuales y es­pecialmente los periodistas ha ido cambiando bastante y ahora muchos contribuyen a poner los puntos sobre las íes. Para quien quiera tener una visión aproximada del mundo de la Villa Miseria, visto con otros ojos que los que se ponen detrás de un hipotético "impertinente", y arru­gando la nariz para no sentir olores presumidos, recomien­do la lectura de la novela de Bernardo Verbistky, "Villa Miseria, también es América", que ha incorporado el te­ma, con inteligencia y amor, a su excelente producción novelística. Podrá ver allí un mundo de hombres como cualquier otro, y eliminar esa actitud corriente de obser­vador de infusorios en un estanque de agua putrefacta.

NOTA

"El camino de Buenos Aires" de Albert Londres, tu­vo gran resonancia en el momento de su aparición, pues señalaba Buenos Aires como uno de los centros más im­portantes de la trata de blancas a cargo de los "macró" —versión porteña del término "maquereux", marsellés— que designaba una forma capitalista de la estructura del comercio de mujeres que superaba al primitivo y "artesanal" sistema del "cafishio" criollo.
Estas cosas sólo podían suceder con la divisa fuerte, y así, mientras la alta clase argentina emigraba a Europa en busca del placer, un sector femenino de la baja clase europea emigraba a la Argentina para satisfacer a los argentinos que, por su pobreza, no estaban en condicio­nes de divertirse "in situ". El poder de la divisa se refleja hasta en el amor. Recuerdo que siendo muy joven, en Santiago de Chile, cuya divisa era muy baja, le pregun­tamos a un carabinero por un sitio de diversión, y éste nos indicó uno, diciendo para marcar su calidad excep­cional: —"¡Hay francesas!".
Lo mismo pasa con la clientela de los grandes hote­les internacionales, donde las categorías no están dadas por la jerarquía social de su clientela, sino por la calidad de la divisa del país de donde provienen.

NOTA

Me dicen que la anécdota de Borges no se refiere a Beatriz Guido sino a Mercedes Levinson. Tanto da, por­que no hay mucha diferencia y la ingeniosa ocurrencia de Jorge Luis Borges conserva todo su valor. "Se non é vero é ben trovato". También me dicen que la publica­ción de "Bomarzo" es posterior a "El incendio y las vís­peras", y entonces no habría pastiche, como lo imagino más adelante, y así Bagatelle sería una creación total­mente de la autora. ¡Peor para ella!

NOTA

Mucho se ha batido el parche sobre el éxodo de los trabajadores rurales a las ciudades industriales porque a la clase propietaria de la tierra y a la economía depen­diente, le conviene el estado de desocupación endémico de una masa de trabajadores rurales que sólo cuentan con los trabajos estacionales para subsistir en la semi-ocupación que provoca a miseria rural por la competen­cia de excesiva mano de obra en oferta, y la desocupación industrial, por el achicamiento del poder adquisitivo de los trabajadores. Se añora un estado típico del subdesarrollo que permite bajar los costos de producción creando en la clase patronal rural la ilusión de un mayor margen, cuando en realidad este mayor margen es ab­sorbido por el aparato exterior de comercialización y por los menores precios internacionales que origina la producción argentina a bajo costo. Se olvida que, al aumen­tar el margen la diferencia se transfiere al exterior. Se intenta así, restablecer las bases de la renta diferencial, haciendo absorber al país los efectos de la relación ad­versa de los términos del intercambio, con el achicamiento del costo-hombre, en la pretensión de fundar la prospe­ridad de un grupo en la miseria popular y en la disminu­ción del país. Y al mismo tiempo se habla de tecnificación y diversificación agraria, que son incompatibles con la mano de obra a vil precio.
En cambio, no se habla para nada de la emigración de los propietarios rurales a Buenos Aires. Bastaría una elemental investigación sobre las unidades de vivienda construidas después de 1955 y concentradas casi todas en el Barrio Norte y sus aledaños, para comprobar como, a consecuencia de la transferencia de la renta operada desde entonces, se ha radicado en la Capital una enorme masa de los llamados productores rurales, que antes vi­vían en el campo o en los pueblos cercanos a sus estable­cimientos. El pretexto más usado es la necesidad "de edu­car los chicos", que antes se internaban como pupilos en los colegios, o cumplían su enseñanza secundaria en los colegios de las localidades rurales.
De tal manera el propietario medio, de cuatrocien­tas a mil hectáreas, ha triplicado sus gastos de consumo con la diferencia que va de vivir en Buenos Aires —a ni­vel estanciero— a vivir en el propio campo o en el pueblo cercano, y así los efectos de la transferencia de la renta y las exoneraciones fiscales, que debían traducirse teóricamente en mayor inversión, se traducen en mayores con­sumos superfinos que excluyen la reinversión. Además esta forma de ausentismo implica la imposibilidad de la tecnificación que requiere la conducción de un experto que no puede ser, en el caso de las pequeñas fortunas, otro que el interesado o sus hijos, a diferencia de los grandes establecimientos cuyas condiciones económicas permiten tener un experto a sueldo. Así mismo, las inversiones en máquinas, aprovechando los beneficios dados por réditos, resultan excesivas desde que no son aprovechadas al má­ximo, cuando no se han traducido en automóviles y ca­mionetas de alto precio, en las que la utilización para las necesidades reales de la producción es subsidiaria de la necesidad de “hacer pinta”, y de trasladarse a la lejana base de producción siquiera una vez cada quince días. (Se hace imprescindible determinar qué se entiende por productor rural, que no lo es el rentista de la tierra, aun­que esté eliminado el arrendatario, si el propietario no concentra su vida y su actividad en llevar al máximo la producción del predio. El estudio de la mentalidad del "medio pelo" es imprescindible para conocer la influencia de las pautas porteñas en la actividad agropecuaria, pues este llamado "productor rural" que estoy señalando, se complace en imaginar las posibilidades de desenvolverse como un farmer norteamericano o europeo, pero no ad­mite ni por broma sujetarse a su disciplina de trabajo y de consumo, que es exclusivamente agraria. Porque ese "productor rural" envidiado no vive en las grandes ca­pitales, ni dilapida sus bienes: engorda personalmente el chancho y el vacuno, siembra y cosecha su cereal, etc.

NOTA

Del discurso del Ministro de Hacienda de la Nación, Dr. Federico Pinedo en el Senado Nacional el 17 de No­viembre de 1940:
"He sido o he colaborado en las grandes compañías navieras, las grandes casas financieras, las más impor­tante y se me pagó por él, como correspondía, honorarios portantes compañías de transportes urbanos... porque de todas ellas soy abogado.
"Hoy se ha publicado en los diarios un plan refe­rente a reorganización ferroviaria que yo he dado a mu­chas personas, a todo el que me lo ha pedido, y haciendo presente que ese plan había sido elaborado por mí, en mi calidad de abogado de todas las empresas del país, que me habían consultado sobre esa materia cuando estuve en Londres y después en el país. El trabajo era muy importante y se me pagó por él, como correspondía, honorarios muy importantes: 10.000 libras esterlinas".
El Dr. Pinedo se adelantó a manifestar esto madrugándolo a un senador opositor que le estaba por lanzar el dardo, en el mismo recinto en que fue asesinado el se­nador Bordabehere durante el debate de las carnes, por un guardaespaldas ministerial.
La memoria de la gente suele ser muy flaca y a ve­ces se pregunta por qué esa época se llamó Década Infa­me. Creo que en estos dos hechos, que no son más que modestos botoncitos para muestra, está explicado todo. El Dr. Pinedo escribió después un libro ponderativo de esa época ejemplar que llevó el nombre de "Tiempos de la República". Toda la gente que añora aquella supuesta Jauja coincide con Pinedo en que aquellos eran los tiem­pos de la República, y no la Década Infame: hasta mu­chos que fueron amigos de Bordabehere y de de la To­rre y gran parte de los opositores apaleados para que existiera esa clase de gobierno grato a la evocación del "medio pelo". Y todos son campeones de la moral, de una moral que no exigió el fusilamiento del Dr. Pinedo, sino que permitió que fuera después ministro en dos oportu­nidades, con los resultados que se conocen, y que continúe siendo consejero "in extremis" en los momentos críticos de la economía cuyos males provienen de esos procedi­mientos.
Y no es que el fenómeno imperialista y sus conse­cuencias sea una invención exclusiva de cripto-comunistas y de cripto-nazis, que es la técnica usada para des­prestigiar el patriotismo positivo, que se asienta en la realidad y no en la declamación a fecha y ceremonia fija.
El Dr. Enrique Uriburu, hermano del General Uriburu y Presidente del Banco de la Nación en la presiden­cia de aquel, es autor de una de las más precisas defini­ciones del imperialismo, en el caso concreto, mucho mejor que las de Marx y Lenin:
"El imperialismo tiene dos formas: una es la ane­xión pura y simple, el imperialismo por kilómetro cua­drado. La otra forma es la colocación o infiltración de capitales, su empleo en la producción, transportes, ser­vicios públicos, y luego un banco que corona el edificio con su bandera ajena. Uno de ]os ejemplos más claros de esta forma es nuestro país. Nosotros no vendemos trigo y carne como cree la gente, vendemos un compuesto de intereses, fletes y amortizaciones. Las estadísticas de la comisión de cambios son de una gran claridad a este res­pecto. Deben tenerla los argentinos muy presente: NUES­TRA COSECHA ES LA MASA DE UN CONCURSO".

NOTA

También que la dedicatoria, "murió de delicadeza" puede ser una reminiscencia de Rimbaud. De todos mo­dos, es una forma de exculpar el peronismo paterno y justificarlo ante el "medio pelo'". El Sr. Pradere acep­tando la embajada en el Uruguay para salvar su obra de arte, Bagatelle, sería el sustitutivo del arquitecto Gui­do haciéndose peronista para terminar el monumento a la bandera. ¡Las cosas que hay que hacer por amor al arte!

NOTA

A poco más de un mes de la aparición de este libro, parece que el Dr. Mercier ha querido ratificar lo que digo respecto a la utilización de los neófitos. Es así como en La Nación del día 9 de diciembre de 1960, se manifiesta lesionado por un documento de la Sociedad Rural que pres­cinde del recuerdo de su liderazgo ruralista. Se creía de­finitivamente parte de la alta clase y resulta que lo olvi­dan cuando no lo necesitan. Se había "pillado" en serio lo del liderazgo y resulta que era un préstamo circunstan­cial; en consecuencia renuncia como socio de la Sociedad Rural, seguramente para dedicarse a sus actividades es­pecíficas.

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miércoles, 24 de abril de 2013

LAS PAUTAS DEL “MEDIO PELO”

por Arturo Jauretche

LAS PAUTAS DEL “MEDIO PELO”

Por su misma ambigüedad y lo equívoco de la situación, las pautas que rigen la conducta de la gente del "medio pelo", son más numerosas y de observancia más prolija que las que corresponden a los status consolidados.
En esto del prestigio es de aplicación la diferencia que hay entre orgullo y vanidad; parecen la misma cosa y son opuestas, por cuanto a la vanidad sólo le interesa parecer, y al parecer sacrifica el ser. El orgullo en cambio es una afirmación del ser en que lo subsidiario es pare­cer, y en todo caso, es esto lo que se sacrifica.
Las pautas que corresponden al grupo de pertenen­cia están en el subconsciente de los individuos que lo componen, y el comportamiento se rige por ellas en razón del hábito sin que generalmente intervenga la voluntad; hay el asentamiento que los españoles llaman tolera, como en los vinos; por lo mismo, poco preocupa una infracción accidental, porque no hay el temor de descolocarse. Pero cuando se trata de un falso status, cuando en realidad se trata de aplicar pautas de imitación de otro grupo de pertenencia, la observación de las pautas es religiosa. Como no hay autenticidad, las pautas no nacen del grupo; será más acertado decir que el grupo nace de las pautan porque estas crean la imagen del status, y lógicamente sólo por éstas se logra la apariencia de per­tenecer al mismo: es la apariencia de una apariencia.
Con lo dicho basta para señalar que la práctica pun­tillosa de las pautas es esencial al "medio pelo". El colchón no tiene lana y existe en la medida en que se lo crea colchón.
De las dos vertientes que proveen el material humano que concurre a la formación de este falso status, la primera, constituida por los que se han llamado “primos pobres” y la alta clase media, no necesita contrariar profundamente su íntima naturaleza, ya que el filo de clase en que está ubicada, de por sí le asigna una situación equívoca pero aproximada; para este grupo el equívoco surge del pie forzado del “quiero y no puedo”; no proviene del estilo sino de la escasez de recursos para mantener el tren.
La que se desnaturaliza profundamente es la que proviene de la burguesía reciente, porque sustituye las pautas burguesas del prestigio que son su fuerza, por las de imitación en que se degrada.

viernes, 16 de noviembre de 2012

LA COMPOSICIÓN SOCIAL DEL “MEDIO PELO”. PERMEABILIDAD Y FILTRO


por Arturo Jauretche

La estatua de Garibaldi en Plaza Italia, que desde el principio del siglo ha presenciado sucesivamente la so­ciabilidad dominical de las parejas inmigratorias, y las de cabecitas negras, preside también el ingreso a la alta sociedad porteña, pues ya se ha dicho que se entra a ésta por las puertas de la Sociedad Rural y llevando el toro del cabestro; ella ha visto llegar los aspirantes a las exposi­ciones, primero como espectadores, después como compra­dores y ¡al fin! después de largos años, como expositores. Después como miembros de la directiva, ya prestigiados en las crónicas sociales.
Esto es lo que Imaz refiere, en otros términos, cuando habla de los descendientes de la burguesía inmigratoria de principios de siglo —aquellos burgueses indiferentes al "reconocimiento", según Germani— que en su casi totalidad optaron por la incorporación a la alta clase propietaria de la tierra: si la primera generación practicó el aforismo burgués de que el dinero no tiene olor, la segunda percibió que, socialmente, en la Argentina perfuma y que el aroma del estiércol es más "bien" que el del aceite y los combus­tibles. En alguna otra parte ya había señalado la distinta actitud que a este respecto se tiene en Europa o en EE.UU., donde un banquero o un industrial consideran a un ganadero un "juntabosta". Aquí la actitud es inversa por ­las dos partes.
Este orden en la preeminencia social ocasiona que la alta burguesía termine por adoptar conjuntamente con las pautas de comportamiento de la alta clase tradicional, las pautas ideológicas que la ponen a su servicio en per­juicio y oposición de las que correspondían a su condición originaria y a las necesidades de modernización económica y social.[1]
Se ha visto oportunamente la permeabilidad de la alta clase porteña. Pero este proceso de integración de los nuevos lo hace paulatinamente, lo que le permite recibir­los, generalmente en segunda generación, cuando ya han limado la guaranguería original de los triunfadores y absorbido las normas de comportamiento que les permite cubrir los claros de los que se desplazan por los accidentes de la fortuna o por la división hereditaria de los patri­monios.
No basta comprar campo para ser estanciero. Esto requiere una adecuación al modo rural en que los estancieros vecinos de más modes­ta posición social que la alta clase, y de mucho más débil situación económica que el nuevo propietario, son los que dictan cátedra; es un curso preparatorio como el de las escuelas británicas en que los futuros gentlemen deben someterse al ablandamiento que imponen los alum­nos de los años superiores, con pullas y humillaciones de toda clase.
El estanciero “Gath & Chaves” tiene que ir renunciando al atuendo deslumbrante, usando más frecuentemente la bombacha que los breeches de corte impecable y hasta la alpargata en lugar de la bota de polo; debe archivar la silla inglesa reemplazándola con un recado de pato aunque el caballo se pase el día en el palenque y ol­vidar el respeto que se merece el coche último modelo, dejándolo embarrado. Debe ajustar por lo menos en apariencia, su mentalidad de giro diario en los negocios al obligado giro anual de la producción y en lugar de ser terminante en sus conclusiones debe hacerse elu­sivo acostumbrándose a la idea de que su voluntad e inteligencia no son el factor decisivo, sino Dios y el Gobierno que siempre están con­tra el ganadero, y llorar siempre porque las cosas andan mal, cuando no son perfectas, y siguen mal cuando lo son, porque podrían ser mejores. Debe frenar su afán de iniciativa, que es un arrastre de la época industrial, y antes de aplicarlas averiguar qué ganadero im­portante ya lo ha hecho, para que no se le rían si fracasa y para que le perdonen el éxito, si acierta, pues los ganaderos de la zona saben todo lo que puede saberse y algunas cosas más como Pico de la Mi­rándola.
También debe aprender mil detalles como por ejemplo que no es imprescindible que el personal en pleno lo esté esperando cuando llega de la Capital, como ha visto en alguna película, y que no ne­cesita dar varias tarjetas, una por estancia, cuando es presentado a alguien. En una palabra debe aprender la cazurronería campesina en la que embotará la estridencia guaranga del triunfador urbano, para desde ahí perfilarse para empezar el aprendizaje del buen tono, que le permitirá el ascenso social.
El aprendizaje técnico es secundario porque como tiene el há­bito y las aptitudes de dominar técnicas más difíciles, y que exigen mayor velocidad en la decisión en poco tiempo sabrá mucho más que sus vecinos, pero a condición de que lo disimule, y que sean ellos los que lo descubran. Así debe adoptar una actitud dramática frente a los cinco o seis vencimientos anuales del crédito rural, aunque en sus actividades de la ciudad haya aprendido a tapar diez o doce agujeros diarios en su malabarismo bancario; y aunque está acostumbra­do a llevarse por delante a todo el mundo según lo exigen sus ne­gocios, debe mantener una conducta de correcta amabilidad con el gerente local, el comisario, el intendente, el feriero y los modestos doctores que concurren al club pueblerino, y hasta con el jefe de estación y los contratistas de máquinas agrícolas, pues el descrédito del "fanfa", que corresponde por nacimiento a todo porteño, y más a los porteños con plata, lo está acechando en veinte leguas a la redonda, y después se corre, de estancia a estancia de lugareños, por un misterioso sistema de comunicaciones que el porteño no descu­brirá jamás.
Paralelamente adquirirá las normas reverenciales por los grandes rematadores y consignatarios, que lo presti­giarán cobrándole sus comisiones, y a través de los cuales irá aprendiendo paulatinamente, así como en las ferias y exposiciones locales, las tablas de valores correspondientes a las cabañas y sus propietarios, así como el conocimiento de las razas que dan más prestigio social. Llegará un día en que no necesitará remitir a plaza y el frigorífico le mandará el revisor.
Entonces ya estará maduro, cuando en una exposición Don Narciso, Miguel Alfredo o Don Silvestre, según la época (Don Faustino no viste tanto) lo saluden desde lejos con la mano, o se acerquen y lo reconozcan por el nombre.[2]
Entretanto la familia, con los chicos en el colegio que corresponde y escalonando paulatinamente relaciones en los veraneos reiterados en la playa indicada, las canastas y las fiestas de beneficencia, se irá capacitando poco a poco, al adquirir las pautas de comportamiento social necesarias en el nuevo status que también exigen esfuerzos porque las mujeres son más “difíciles” que los hombres en esto del “reconocimiento”.
Nada de esto significa que alguien, grupo o persona regule la filtración ascendente. La aceptación se hace subconsciente por el propio status de la clase que hace el proceso selectivo fisiológicamente, como una cuestión de hecho que se va cumpliendo por etapas.
Sin embargo, deduzco de lo observado por Imaz, que en muchos casos hay un discernimiento que revela con­ciencia del proceso. Así cuando analiza la composición por apellidos de las sucesivas comisiones directivas de la So­ciedad Rural; el número de los antiguos y los recientes está inteligentemente dosificado, y los antiguos saben poner en el primer plano los líderes nuevos que aportan el empuje del neófito para lograr las mayores ventajas posibles, cuando las circunstancias son muy favorables. Se percibe por ejemplo, que en el momento en que el grueso de la renta nacional fue transferido a la clase ganadera, en el gobierno del General Aramburu, asumió el liderazgo de la misma Dr. Mercier, ganadero consorte, que le resultó muy eficaz. En otras circunstancias a este desco­nocido le hubieran aprovechado a lo sumo sus aptitudes de ginecólogo para un curso de tacto rectal, tan beneficio­so para aumentar el porcentual de las pariciones.
El actual presidente de la Sociedad Rural, Faustino Fano pasó, ya hace muchos años, del comercio de tejidos a la ganadería, donde desde luego se ha destacado por sus aptitudes. Ha dado el mejor examen de adopción de la ideología económica agroimportadora, pues lo que le queda de burgués está radicado en Inglaterra, que es donde corresponde; con más precisión en Manchester, en sus fábricas de tejidos, para rentar en la Argentina como ex­clusivo productor rural, libre de todo pecado industrialista. S.M.B. lo debe mirar con ojos tiernos, recordando aquello que escribió el economista inglés W. H. Dawson en el siglo pasado, frente al surgimiento de la Alemania industrial: "—Hubiéramos preferido, que Alemania hubiera continuado concentrando su atención en la producción de música, poesía y filosofía, dejándonos el cuidado de proveer al mundo de máquinas, telas y algodón" (Friederick Clairmonte - Liberalismo Económico y Subdesarrollo. Ed. Ter­cer Mundo. Bogotá, 1963). Póngase novillos y cereales en lugar de disciplinas "tan cultas y germánicas" y la expre­sión de deseos conservará todo su sentido.
En cambio, en los momentos difíciles, con igual inteligencia se recurre a los apellidos tradicionales, cuyos por­tadores conocen mejor que los neófitos la flexibilidad ne­cesaria para capear los temporales. Es lo que ocurrió ba­jo el gobierno de Perón.
También la alta clase suele tener sus herejes.
A veces algunos individuos de la alta clase se dejan contagiar por el virus de las innovaciones y se resbalan hasta el campo ar­tístico o industrial contrariando las pautas vigentes.
Así, a Victoria Ocampo, durante mucho tiempo no le perdona­ron su modernismo, oponiéndole la reticencia de la gazmoñería, y tardaron bastante en comprender en qué medida la culta dama, por el simple hecho de transferir su visión europeizante y formar nú­cleo en su redor era —al margen de sus propósitos que conceptúo generosos— un aliado tácito del sector de donde provenía, y que vino a cumplir en el terreno de las letras la tarea que la Sociedad Rural cumplía respecto de la burguesía, rigiendo en forma parecida el prestigio de los literatos arribistas que, como la burguesía, buscaban el sello de lo que es "bien" tradicionalmente: un prestigio con el sello de "las formas tradicionales". Actitud parecida es la adoptada con algunos industriales de apellido tradicional —tal el caso de al­gunos Pereyra Iraola. Si triunfan se los ignora, pero si vuelven derrotados al redil se los aplaude, cuando les queda como volver. No le quedó a Nemesio de Olariaga, que aunque no de origen tan anti­guo, estaba en el nivel de la gran ganadería.

miércoles, 30 de mayo de 2012

PARTIDA DE NACIMIENTO DEL "MEDIO PELO"

por Arturo Jauretche

            En el capítulo anterior se han mencionado las dos vertientes que concurren a la formación del medio pelo. Antes habíamos visto que también dos corrientes confluyeron en el origen de la clase media paralelas a aquellas.
            La primera –los primos pobres de la oligarquía—constituye el elemento básico que hace viable la constitución del grupo: apellidos relativamente antiguos y entre los cuales, usando varios es posible enganchar alguno de alta clase; un estilo, en cierto modo más tradicional que el de aquella, en cuanto menos influido por la europeización de su época ausentista; una religiosidad formal, de buen tono y poco ecuménica pues se condiciona a la calidad del lugar y feligresía de la parroquia. En resumen un ritualismo social que tiene marcados con minuciosidad los límites de lo que es “bien” y lo que no es “bien”, y da con eso la apariencia de un grupo cerrado. Cerrado, pero no tanto que no se pueda abrir con una llave de oro; lo suficiente para hacer apetecible la incorporación, pero no tanto para que sea difícil.
            Los nuevos constituyen la segunda vertiente y concurren desde variadas procedencias que iremos viendo, pero que fundamentalmente está constituida por elementos de la clase media alta, la “intelligentzia” y la burguesía de los últimos ascensos.
            En esta segunda vertiente del medio pelo, particularmente en la incorporación de los burgueses, el factor tiempo tuvo mucha importancia pues ya se ha visto que su equivalente anterior realizó su ascensión con un ritmo menos acelerado que el de la industrialización brusca, porque correspondía a la primera modernización de la sociedad, nacida de la expansión agropecuaria, en una ciudad más reducida y con sus sectores sociales menos con¬fundidos porque la alta clase, más distante del resto del país, se perfilaba más neta e individualizada. Además los apellidos extranjeros conservaban todavía una reso¬nancia exótica que se perdió con el acostumbramiento. En cuanto a la alta clase media empezaba a confundirse con los primos pobres de la oligarquía a través de una larga convivencia en las mismas funciones de nivel secun¬dario: profesores, altos funcionarios, jueces y secretarios, profesionales, altos grados de las fuerzas armadas.
En una sociedad en que las dignidades primeras estaban dadas por la propiedad de la tierra, todas esas jerarquías de segunda se igualaban en poco tiempo; daba tono también cualquier ante¬cedente anterior al 900, hasta el punto de que llegó a ser importante descender de un conscripto de Curumalal.
En este sentido, y hasta que el medio pelo se caracterizó por sus propias pautas, en el nivel básico de los primos pobres los criterios de aceptación fueron más amplios y modernos que los de la clase alta, y estuvieron más en relación con la sociedad real: estaban referidos al género de actividades desempeñadas que eran las de esa segunda línea de la sociedad tradicional.
A ese nivel, las actividades científicas, el ejercicio de la ma¬gistratura, la política, las letras, la espada, el sacerdocio, etc., repre¬sentaban jerarquías sin cotización en la alta sociedad, donde eran más bien signos de posición, pues a medida que se refinaban las razas ganaderas se producía un refinamiento social paralelo y la marca de la estancia y el nombre de la cabaña cons¬tituían escudos heráldicos que daban más lustre que los antepasados, que en ocasiones hasta se disimulaban. La única actividad no ganadera bien considerada era la de abogado de las grandes empresas extranjeras.

martes, 3 de enero de 2012

LAS CLASES MEDÍAS, LA NUEVA BURGUESÍA Y LA APARICIÓN DEL "MEDIO PELO"


por Arturo Jauretche

EL PAPEL DE LAS CLASES MEDIAS EN LA REVOLUCIÓN NACIONAL

Las clases intermedias fueron las precursoras del mo¬vimiento político-social que correspondió a la tentativa del país para marchar por la industrialización hacia la inte¬gración de su economía. En "Los profetas del odio" seña¬lo que esas clases intermedias fueron las que primero tu¬vieron conciencia del hecho nacional; las que nutrieron en los años preparatorios del año 1945, desde el nacionalismo, desde F.O.R.J.A. y desde los sectores más capaces y tradi¬cionales de la intransigencia radical la siembra de la con¬ciencia emancipadora. En las instituciones armadas, en el clero, entre los profesionales, los estudiantes, los pequeños comerciantes e industriales, se formaron los primeros cua¬dros de la lucha. Mucho después llegó el proletariado a la misma para nutrirla con el elemento básico que le faltaba. Recuerdo que en 1941, celebrando el 6° aniversario de F.O.R.J.A. dije a mis camaradas: Día por día hemos visto cre¬cer el público alrededor de nuestras tribunas callejeras; sin prensa, porque nos está cerrada la información que no se le niega al más insignificante comité de barrio; sin radiotelefonía, porque a ningún precio se nos ha permitido el acceso a ella. El idioma que hablamos, que era sólo el de una pequeña minoría y hasta parecía exótico, hoy es el lenguaje del hombre de la calle. Puedo decirles en este ani¬versario, que estamos celebrando el triunfo de nuestras ideas. Pero estamos constatando al mismo tiempo nuestro fracaso como fuerza política: no hemos llegado a lo social, la gente nos comprende y nos apoya, pero no nos sigue. Hemos sembrado para quienes sepan inspirar la fe y la confianza que nosotros no logramos. No importa con tal que la labor se cumpla”.
Pero a pesar de haber correspondido a las clases intermedias la primera toma de conciencia de los proble¬mas nacionales y ser las beneficiarias más directas, es¬pecialmente la burguesía naciente, del cambio de condi¬ciones, no hubo una correlación en la marcha con la toma de conciencia de su papel histórico en la oportunidad que el destino les brindaba.
Cierto es que el peronismo cometió indiscutibles torpezas en sus relaciones con ellas. Por un lado lesionó, más allá de lo que era ine¬vitable conceptos éticos y estéticos incorporados a las modalidades adquiridas por las clases medias en su lenta decantación. Por otro las agobió con una propaganda masiva que si podía ser eficaz respecto de los trabajadores, era negativa respecto de ellas porque no supo destacar en qué medida eran beneficiarias del proceso que se estaba cumpliendo, como compensación de las lesiones que suponía. No supo tampoco comprender el individualismo de esas clases constituidas por sujetos celosos de su ego, proponiéndoles una estructura política burocrática, organizada verticalmente de arriba a abajo y en la que la personalidad de los militantes no contaba; así se convirtió la doctri¬na nacional cuya amplitud permitía la colaboración, o por lo menos el asentimiento desde el margen del hecho político en una doctrina de partido que exigía la sumisión ortodoxa y la disciplina de la obediencia más allá del pensamiento, a la consigna y hasta el slogan.
Esto mucho antes que esos errores culminaran con la pérdida de la cohesión en las Fuerzas Armadas que a través de episodios adjetivos se distanciaban de los objetivos nacionales que las habían hecho factores básicos del proceso, y se permeabilizaban a la penetración de las propagandas adversarias y extranjeras. Todo esto culminó en el inexplicable conflicto con la Iglesia que terminó por aislar al movimiento de los trabajadores, de los importantes sectores de clase media y burguesía que lo habían acompañado.
Es necesario hablar de errores de conducción. Otra cosa, sería si el propósito deliberado hubiera sido establecer una estructura fundada en un gobierno clasista. Pero eso no estaba ni estuvo aun después de la caída, en el ánimo de la conducción que tenía clara conciencia de las necesidades policlasistas del movimiento nacional que expresaba, y ni siquiera estaba en los mismos sectores del trabajo que lo acompañaron. El movimiento era, y no pretendió nunca ser otra cosa, un frente nacional para la formación de una Argentina moderna retomando el camino de la Patria Grande y abierto a la coincidencia de todos los grupos sociales no ligados a la situación de dependencia de la Patria Chica y sus intereses.
También existía la perturbación ideológica que desde el principio del movimiento, y conforme a la tradición de la “intelligentzia” colonialista había desorientado a gran parte de la clase media con la transferencia de la temática y los esquemas agitados por los partidos políticos y la gran prensa, destinados a confundir nuestros propios problemas con los de los bandos imperiales en lucha durante la guerra; ella gravitó sobre todo en los medios estudiantiles donde se produjo la paradoja de que un cacareado anti-imperialismo teórico se convirtió en el momento crítico en un instrumento exclusivamente dedicado a obstaculizar el desarrollo del movimiento nacional, sirviendo las políticas contra las que siempre adoctrinó.
Pero todo esto puede explicar una toma de posición accidental más dirigida contra los modos de ejecución de una política que contra la política en sí, ya que los intereses sociales y económicos de la clase como tal, coincidían con los del proceso que se estaba realizando salvo en el caso del sector relativamente reducido de la gente de entradas fijas: pequeños rentistas, jubilados, etc., que recibían el impacto del cambio de situación sin las amplias compensaciones que permitían al resto de las clases intermedias la multiplicación de sus actividades, el aumento de sus recursos y la ampliación de sus consumos hasta niveles inconcebibles pocos años antes.

sábado, 17 de septiembre de 2011

UNA ESCRITORA DE MEDIO PELO PARA LECTORES DE MEDIO PELO


por Arturo Jauretche

La burguesía en riesgo de frustración a que me he re¬ferido en la última parte del capítulo anterior no consti¬tuye por sí sola el “medio pelo”; es sólo uno do los aportes al mismo. Corresponde determinar qué sectores sociales lo componen y cuáles son las pautas que lo rigen. Por con¬cretas que sean las bases donde reposa, el status expresa una serie de situaciones en que juegan normas éticas, estéticas, ideológicas, creando una serie de relaciones imponderables. Esto con mayor razón cuando se trata de un grupo definido más cultural que económicamente, y que desborda hacia la frontera de status superiores e infe¬riores. Sus límites son imprecisos por cuanto la posesión del status no es concreta, de naturaleza material ni materializable, sino un hecho anímico, una actitud más vinculada con la subjetividad del agente, que con la objetiva posesión del mismo.
Hay una expresión vernácula, "pillársela", que expre¬sa esa desvinculación entre el hecho objetivo y la subjeti¬vidad: cuando el tipo "se la pilla" actúa en función del status que se "ha pillado", aun a pesar de las circunstan¬cias que lo contradicen: y el estar ''pillado'' —creerse lo que no se es— tipifica al "medio pelo", mucho más que la expresión status.
Aquí un estudiante de sociología me apunta el con¬cepto técnico: es la disociación entre el "grupo de refe¬rencia" y el "grupo de pertenencia". Gracias, y adelante.
Digo status, también por aproximación, pues no puedo decir clase, que es concepto más limitado sobre todo en el orden socio-económico, pero debe tenerse presente que con status expreso más la actitud del "pillado" que su realidad objetivamente apreciada. Es lo que los marxistas llaman "falsa conciencia", refiriéndose a la clase media, (Peter Heintz - "Curso de Sociología" - Ed. Eudeba - 1965, como también me apunta el estudiante).
En esta tarea de aproximación, el libro de Beatriz Guido, "El incendio y las vísperas" me ha proporcionado una excelente cantera para la individualización de los "pi¬llados", que constituyen el "medio pelo" y el origen de mu¬chas de las pautas que los rigen.
Es el único interés del mismo ya que, como lo he dicho en al¬gún artículo periodístico, se trata de una autora marginal a la literatura, de un subproducto de la alfabetización. El lector debe com¬prender que el espacio que voy a dedicarle sólo se justifica por el interés del disector frente a la pieza anatómica.
Tampoco interesaría sin su éxito editorial, que es el que nos advierte de la existencia de un vasto sector para esa clase de mercadería.
Corresponde identificarlo. Como se verá enseguida, este libro no pudo suscitar ningún interés, sino todo lo contrario, en la clase alta a la que se pretende cortejar ignorando las pautas de la misma y la falsedad injuriosa de las que le atribuye la autora. Mucho menos en la clase obrera de presencia incidental y aun en la clase media como tal, de la que la autora fuga —una de las actitudes más definitorias del "medio pelo", propias de la simulación da status—, que con todo no evita las reminiscencias denunciadoras.
Sin la existencia de las "gordis" este éxito editorial sería incomprensible. Requiere un público en que se dé en las mismas medidas que en su libro, la ignorancia y la petu¬lancia intelectual, la falsedad en la posición y el aplomo para actuar del que la ignora, y que participe de una visión del país completamente sofisticada a través de una lente de convenciones deformantes y tenidas por ciertas. Entién¬dase, pues, que el análisis no es más que el pretexto para poner en evidencia la calidad de los lectores que son los que interesan; ellos son el objeto de la investigación a través de su proveedor intelectual. Por eso digo: una escri¬tora de "medio pelo" para lectores de "medio pelo".
Como el grupo se constituye en relación con los otros grupos sociales es esencial saber qué idea tiene de esos otros y particularmente los del propuesto como arquetipo: en este caso la clase alta.