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jueves, 27 de marzo de 2014
El libro Azul y Blanco de Perón
por Leonidas C. Lamborghini
Poco antes de las elecciones del 24 de febrero de 1946 tuvo circulación el llamado libro “Azul”, un libelo pergeñado por Spruille Braden con la complicidad del Partido Comunista local para dar “viento” a la Unión Democrática. Fue publicado por la Secretaría de Estado yanqui en la que, luego de sus correrías por la Argentina, Braden se desempeñaba como ayudante. Su cargo inmediato anterior había sido el de embajador de los Estados Unidos en nuestro país, algo que, precisamente, las implicaba y de un modo por demás notorio: la aventura había consistido en anudar los intereses de la oligarquía vernácula con los de la superestructura política liberal y el P.C. de don Victorio Codovilla, contra los de la clase trabajadora, cuyo candidato natural era Perón.
Los dardos tenían por centro, sustancialmente, a este último, al que se caracterizaba como “nazi”, “fascista”, “totalitario”, etc. La maniobra consistía en escindir a la clase media de la clase obrera contraponiéndola a ésta, con los conocidos slogans de “democracia” y “libertad”; de este modo la oligarquía dominante buscaba instrumentar el “colchón” de los sectores medios para neutralizar el empuje revolucionario del peronismo naciente. La patraña “democrática” no dejó de causar impacto en esas capas tradicionalmente confundidas, asimiladas al proyecto colonial, en momentos en que, por lo demás, el esquema aliadófilo funcionaba como fuerte señuelo diversionista.
Lo que se jugaba realmente era —como si ahora saltáramos de pronto al 11 de marzo de 1973 y su ballotage del 15 de abril último— la continuidad en la dependencia o el intento siempre latente de la liberación nacional. En ese entonces la antinomia Dependencia o Liberación tuvo esta otra expresión: Braden o Perón, pero quería decir exactamente lo mismo. Contra la confabulación oligárquica-imperialista las urnas, finalmente, dieron el triunfo al peronismo, que obtuvo 1.527.231 votos contra 1.207.155 de la Unión Democrática; la diferencia fue de 320.076 sufragios, lo que representaba un 11 por ciento de los votos.
El Libro “Azul” de Braden y del P.C. codovillista fue, con todo, una pieza maestra a los fines de la oligarquía nativa y el imperialismo yanqui, unidos en un mismo propósito de perpetuar el statu quo colonial. La presencia del P.C. local confería el necesario tinte “progresista” y, asimismo, ratificaba la alianza entre las dos super-potencias imperiales durante la guerra. La Unión Soviética y Estados Unidos se disponían a repartirse el mundo, tal como en seguida lo hicieron: un connubio perfecto, que tenía su réplica argentina en la alianza P.C. codovillísta-Braden.
La escasa diferencia de votos lograda por el peronismo el 24 de febrero de 1946 debe evaluarse en este contexto donde la clase media virtualmente en masa siguió los sones de flautistas como Braden, Tamborini, Santamarina y Codovilla que la conducían a su propio precipicio. Del otro lado estuvieron los obreros, los peones de campo —esos lumpen, esos descamisados según los llamaban los esclarecidos dirigentes del P.C.— que se habían pronunciado por la Patria y por su Líder. Una vez más la “alpargata” era dueña de la razón histórica frente a los letrados; una vez más la “Civilización” podía usarse como sinónimo de cipayísmo, en tanto la “Barbarie” se erigía como bastión de la resistencia frente a la descarada intervención imperialista.
La publicación del Libro “Azul” provocó la del Libro “Azul y Blanco”, eficaz refutación donde se ponía al desnudo, precisamente, dicha intervención. Desde el lado de la Revolución del 4 de junio de 1943 y lo actuado hasta ese momento, apuntaba a dejar probada de modo irrefutable la descarada intromisión yanqui y la traición de los sectores “nativos” que estuvieron a su servicio. Nuevamente se había tratado de falsificar la realidad con “mentiras a designio” tal como lo quería el gorila Sarmiento, pero sin haber contado con la lucidez y madurez de una clase trabajadora para la que había llegado su hora y que tenía plena conciencia de ello.
En el Libro “Azul y Blanco” se arrancaba la careta a la mascarada “democrática” a través de la simple enumeración de sus dirigentes más conspicuos miembros del “Círculo Braden”: como en una pantalla aparecen retratadas nítidamente en esas páginas las vinculaciones oligárquico-imperialistas de cada uno de estos personajes, pelucones de la era del fraude todos ellos.
Como es sabido, detrás de la Unión Democrática estaba el grupo monopólico de los Bemberg. En la página 33, se detallan pormenores que hacían a la amistad de este último con los Bemberg, sancionados —casualmente— durante el gobierno de la Revolución del 43, por defraudación de impuestos. Respecto de los dos candidatos de la U.D. Tamborini y Mosca —integrantes del elenco—, sus respectivos “curriculum” muestran que el primero de ellos había sido uno de los inspiradores del movimiento anti-yrígoyenista y era socio del Jockey Club, reducto de la más rancia oligarquía (donde se había consagrado como campeón de “rummy” en 1945); en cuanto al segundo, sus antecedentes “democráticos” lo señalaban derogando la Constitución provincial de Santa Fe en 1921; otra gema: diploma rechazado por el Senado de la Nación “por sus orígenes fraudulentos”. Esta era la pareja presidencial de los paladines de la democracia y la libertad que se rasgaban las vestiduras a cada rato en los altares de la U.D.
Pero ni Braden, ni los Bemberg, ni todos los representantes “nativos” de la antipatria pudieron contra la clase trabajadora argentina.
En la ya citada página 33 se dice textualmente: “Debemos comprender que la presencia del pueblo argentino en las calles de Buenos Aires ha sido una de las más graves sorpresas que conmovieron al espíritu del señor Braden. En efecto, el señor Braden, encerrado en el círculo de sus numerosos amigos vinculados con los negocios de nuestro país, no intuyó jamás tras de ellos la existencia de una masa cuyas necesidades más primordiales iban siendo resueltas por el Gobierno de la Revolución. Sólo supo de los hombres de gobierno a través de ese círculo de resentidos que se amparaban en la embajada norteamericana solicitando su apoyo, casi caritativamente, para salvar las migajas que los decretos revolucionarios restaban a sus inmensas fortunas. Para que el lector tenga una idea de quiénes frecuentaban al señor Braden, tendríamos que reproducir ‘in extenso’ la guía de sociedades anónimas que funcionan en el país y agregar a ella lo más conspicuo de nuestra oligarquía terrateniente y sus elencos políticos. Por nuestra parte, transcribiremos al azar algunos nombres y títulos para que no se nos juzgue maldicientes, recomendando al lector que repare que tales títulos nada tienen que ver, ni tienen relación alguna, con esos problemas de cultura en nombre de la cual los aludidos y el señor Braden se permiten menospreciar al pueblo trabajador, atribuyéndole ceguera de juicio y miseria espiritual.” Y a continuación se daban los nombres de algunos de esos caballeros, nómina en la que figuraban —además de los ya nombrados— Joaquín S. de Anchorena, Justíniano Allende Posse, Pablo Calatayud, Luis Colombo, Félix Alzaga Unzué, Octavio Amadeo, Julio A. Noble, Mariano Castex, Alejandro Ceballos.
Y bien, desde entonces, bastante agua ha corrido bajo los puentes. Y sangre también. Esto no hay que olvidarlo; no por revanchismo sino, estrictamente, por un deber que impone la justicia liberadora. El Libro “Azul y Blanco”, en ese sentido, patentiza reveladoramente la situación de un país colonial llegado al límite en que se juega su sumisión total o la tentativa renovada de liberarse de sus cadenas. Como puede verse, una encrucijada recurrente a lo largo de nuestra historia pero cuyas variantes, en cada estadio, señalan un avance cada vez más significativo hacia el logro del objetivo de la liberación nacional.
Para no remitirnos sino al elemento sintomático que proporciona el llamado “veredicto de las urnas”, tenemos que si el 24 de febrero de 1946 el pueblo trabajador ganó por un 11 por ciento, entre el 11 de marzo y el 15 de abril de 1973 se computa —para no tomar más que las cifras oficiales— una ventaja promedio del 55 por ciento entre las dos vueltas.
Al margen de esto, el Libro “Azul y Blanco” ofrece la posibilidad de trazar ciertas comparaciones, cotejamientos. Si para aquellos días se produjo la intervención desembozada de los Estados Unidos a través de su embajador “increíble”, en el presente no hubo necesidad de ello: la penetración imperialista actuando desde el mismo corazón del gobierno “natíve” ha buscado torcer la voluntad popular para salvaguardar, al mismo tiempo, sus intereses de casta y de clase ligados a los intereses de la metrópoli. La antinomia del 11 de marzo y del 15 de abril admitió también esta formulación: Lanusse o Perón, igual a Braden o Perón, igual a Dependencia o Liberación.
En el Libro “Azul y Blanco” se hace por demás evidente el papel que el peronismo y Perón reservan al pueblo en su conjunto y a la clase obrera en particular, erigiéndolos en los verdaderos protagonistas del proceso, en tanto el clan Braden y su Unión Democrática —como queda consignado— no contaban con esa irrupción. Por eso la sorpresa de Mr. Braden, tal como se la alude en la ya citada Introducción. Pero para Perón y el peronismo el pueblo, la clase obrera siempre contó en primer término, y la sorpresa en 1973 fue esta vez de Lanusse, quien creyó que el Gran Acuerdo Nacional podía hacerse en una especie de pulseada entre él y Perón, al margen del pueblo trabajador. Pero eso era apostar al absurdo y Lanusse perdió la apuesta, como un Braden cualquiera. No vio o no quiso ver, más bien, que para Perón se trataba de jugar en el tapete de la historia y con el pueblo interviniendo en la partida, y no en la mesa de los fulleros, con las cartas marcadas y el pueblo como invitado de piedra.
Sobre el papel del P.C. “argentino” como eje de la contrarrevolución, aliado al demoliberalismo vernáculo, su deterioro entre 1946 y 1973 se hace también patente. El P.C. del finado don Victorio Codovilla y del todavía no finado don Rodolfo Ghioldí (esto en el sentido meramente físico, por supuesto) aparecía en 1946 como la verdadera “estrella” de la entente manejada por el señor Braden. En 1973, el P.C. apenas cumple un rol de partenaire venido a menos en las filas de la alianza encabezada por los oportunistas, disfrazados de revolucionarios, Alende y Sueldo. Surge también una constante: el P.C. “native”, con uno y otro pretexto, se ubica eternamente en la vereda de enfrente de la clase trabajadora argentina, en tanto saluda alborozado procesos similares en oíros países de Iberoamérica, los cuales admiten como antecedente la experiencia del peronismo en el Poder. Y esto otro: en tanto los P.C. de esos países velan ya en 1946 la lucha antiimperialista que libraba el pueblo argentino desde el peronismo (P.C. brasileño de Prestes, P.C. venezolano de Juan Bautista Fuenmayor, P.C. chileno), el P.C. local se aliaba, precisamente, con el agente imperialista. Y esto ha vuelto a repetirse, porque los que el 11 de marzo de 1973 dividieron el campo político desoyendo el llamado de Perón a la unidad de las fuerzas de la civilidad, le hicieron el juego a Lanusse, es decir a la Dependencia. Después, y es el caso del P.C, no valen los remilgos acomodaticios de las segundas vueltas. El caso es que “de salida” estuvieron otra vez con el enemigo.
El Libro “Azul” de Braden y sus aliados locales —aunque con resultado distinto— tuvo su equivalente en 1973: fueron las solicitadas aparecidas profusamente en diarios y revistas, bajo los rótulos de “Nadie hizo más que Perón” y “Perón te ama” (o algo por el estilo). A la luz de los cómputos de marzo y abril, muchos pensaron que esas ridículas diatribas no hicieron otra cosa que aportar votos al triunfo popular en las urnas. Y no se equivocaron. Tanto, que don Leónidas Barletta exponía días después en “Propósitos” la teoría de que esas solicitadas eran la prueba más irrefutables del “contubernio” Lanusse-Perón. Pero, grotescos aparte, hay otra explicación que, acaso, resulta más aceptable: por una parte, debe considerarse que la reacción, por su misma naturaleza específica, tiende siempre a repetir los mismos gestos, las mismas actitudes, ajena al marco histórico vigente; por la otra, la situación de la clase media con respecto a 1973 es ahora distinta y distinta también —en términos globales— su posición frente al peronismo. Si bien puede apreciarse que en algún caso hubo polarización con signo gorila, el test eleccionario reciente reveía que las distancias se han acortado.
De todas maneras la clase trabajadora, la juventud, afirman su dinámica como una respuesta que hacen rotundamente suya y que va más allá del “veredicto de las urnas” —sin dejar de tenerlo en cuenta— hacia la conquista del Poder total.
Un capítulo del LIBRO AZUL Y BLANCO de Perón (Respuesta al LIBRO AZUL del Departamento de Estado de los Estados Unidos):
“Braden y la conducta del Partido Comunista”
Una de las más graves desviaciones que ha significado la intromisión del señor Spruille Braden en la Argentina, la pone en evidencia la conducta del Partido Comunista. Del estudio de las actividades de esa agrupación política surgen dos conclusiones: i?) El Partido Comunista, que se había caracterizado por su acción contra el imperialismo capitalista y en especial forma contra el yanqui se ha convertido ahora en su mejor intérprete y está decididamente entregado al plan de sometimiento nacional, de entrega total de la economía argentina y de pauperización moral, económica y política de los obreros y campesinos del país, que está cumpliendo el señor Spruille Braden en el Continente y de manera especial en la Argentina. 2º) El Partido Comunista de la Argentina disiente fundamentalmente con los partidos comunistas de otras naciones del hemisferio, contrastando su acción con la doctrina y con la conducta que sustentan los partidos comunistas de Brasil, Venezuela y otras naciones continentales.
Evidentemente si el Partido Comunista de la Argentina sustituyó su posición contra el imperialismo yanqui con una amplia solidaridad con los intereses, las tácticas y la política de amplia penetración que practica ese imperialismo a través de la actividad del señor Spruille Braden, es por alguna razón de indudable importancia. Es evidente, también, que si el Partido Comunista de la Argentina realiza una acción distinta y contraria a la que sobre el mismo problema tienen otros partidos comunistas de América, entre ellos el del Brasil, que es el más importante, mejor organizado y de mayor expansión, debe atribuirse el desacuerdo y la desinteligencia advertidos a alguna circunstancia realmente seria. Demostraremos, a continuación, con documentos y hechos ilevantables, en qué elementos reposan las desviaciones experimentadas por el Partido Comunista de la Argentina, en qué momento se producen y cómo su actual conducta revela la participación de Spruille Braden en la política interna de nuestro país.
Vamos a prescindir de viejos recuerdos para demostrar que el Partido Comunista de la Argentina trató de dirigir la lucha antiimperialista, y se opuso hasta hace poco a toda política de absorción económica para cuyo triunfo es previa y necesaria la dominación política y la pérdida, parcial o total, de la soberanía nacional. La fundación de la Liga Antiimperialista, producida a raíz de una escisión de la “Unión Latinoamericana” presidida por el doctor Alfredo L. Palacios, cuando éste se resistía a convertir a esa institución en un movimiento de masas en el cual participaran activamente los obreros, los campesinos, los empleados y la clase media —la pequeña y la media burguesía—, contó con el auspicio del Partido Comunista. Como éste no pudo controlar a la Liga, después de tres años de inútil presión, intentó conquistarla a balazos, aplicando su estilizada táctica de provocación y de intimidación permanentes y penetrando, merced a la violencia, en la asamblea que se efectuaba en la calle México 2070. Después logró apoderarse de la Liga Antiimperialista y a través de ella, el Partido Comunista denunció que la Revolución del 6 de setiembre, en el cual actuaban como figuras preponderantes numerosos políticos que hoy se mueven de acuerdo con los comunistas argentinos y bajo la fiscalización de las mismas instrucciones emitidas por el señor Braden, era un movimiento preparado, organizado y dirigido por el imperialismo yanqui y por la “Standard Oil Co.”. Desde entonces la Liga Antiimperialista se desenvolvió dentro y bajo las directivas emanadas del C. C. del Partido Comunista de la Argentina, hasta que hace tres años desapareció y no se tienen noticias de ella.
No exhumemos, sin embargo, antecedentes lejanos. Vamos a consignar la posición adversa del Partido Comunista contra el imperialismo norteamericano, expuesta ruidosamente en los últimos años y en forma especial en 1941, cuando Hitler y la Alemania nazi habían adquirido un mayor poder. En el diario “La Hora”, órgano del Partido Comunista, se publicó el 22 de mayo de ese año un documento sensacional que revelaba la “política cínica, hipócrita, brutal de Estados Unidos”, para utilizar las palabras con que Rodolfo Ghioldi definía entonces a la República del Norte, confundiendo en una misma calificación al imperialismo yanqui, al pueblo norteamericano y al gobierno de Roosevelt. Dedicaba el Partido Comunista esta publicación del diario “La Hora”, “a los seudo-cabildantes que realizaban —entonces se efectuaba el “Cabildo Abierto” organizado por Julio A. Noble, Nicolás Repetto, Américo Ghioldi, Coraminas Segura, González Iramain, Carlos Cisneros y otros—, una gran farsa para reclamar la entrada de la Argentina en la guerra”. La dedicaban, también, “a los obreros socialistas honestos que están engañados por jefes que saben perfectamente que la política norteamericana no es democrática, ni liberal, ni de fraternidad americana, sino imperialista y que sin embargo, se postran a sus pies, con servilismo innominable”. La dedicaban, igualmente, “a aquellos, pocos por cierto, que han acogido la idea de la subprensa” (se referían a los diarios “Crítica”, “La Nación” y otros), de crear ‘El Día Americano’ para subrayar la sumisión a Estados Unidos”. La dedicaban, asimismo, “a los elementos sinceros que puedan militar en ‘Afirmación Argentina’, engañados por jefes vendidos al imperialismo nazi, imperialismo que usa la misma astucia, cinismo, brutalidad, corrupción que el yanqui, que el inglés o que cualquier imperialismo que exista sobre la tierra”. En una edición posterior del diario “La Hora”, el Partido Comunista, bajo el título “Admirable Lección de Hipocresía”, decía a los obreros estas palabras: “Las potencias extranjeras, cuando están desarrollando sus siniestros planes de dominación de la economía nacional, siempre lo hacen entonando himnos hipócritas a la soberanía argentina. Y los ‘patriotas cien por ciento’, que desde adentro proyectan y sancionan leyes contrarias al interés nacional, cuando proceden por indicación o bajo la extorsión del capital extranjero, lo hacen siempre considerando que obran soberanamente. En la actualidad, Estados Unidos presiona diplomática, comercial y militarmente; halaga, promete, compra, amenaza a las Naciones sudamericanas para que entren en su órbita con el cuento oriental de la ‘coordinación de tal defensa continental’. Cuando un gobierno resiste se recurre a mil procedimientos visibles e invisibles para obligarlo a ‘jugar a la pelota’, según la manera ‘realista’ de expresión de Mr. Mangan. Y cuando eí gobierno cede y entra en la órbita yanqui, lo hace considerando que obra como nación soberana. Así salva sus prestigios en el interior y así le conviene mejor al imperialismo yanqui”.
En el diario “La Hora” del viernes 23 de mayo de 1941, el Partido Comunista de la Argentina equipara el diario “El Pampero” con los diarios que defienden al imperialismo yanqui (se refiere a “La Prensa”, a “La Nación”, a “El Mundo”, a “Crítica”, a “Noticias Gráficas” y a otros muchos, excluido el diario “La Razón” que todavía interpreta en el país los intereses del nazismo y de Hitler). En la primera página afirma, en efecto: “Porque hay que decirlo con toda claridad: en nuestro país, por ejemplo, ‘El Pampero’ no es el único diario pagado con dinero extranjero; existen otros que, como ‘El Pampero’, defienden la causa de la traición nacional pagados con oro de potencias extranjeras, aunque hipócritamente se cubran con la máscara democrática”. En otra oportunidad, también en el diario “La Hora”, sostiene el Partido Comunista, refiriéndose entonces al “Cabildo Abierto”: “Los inspiradores del ‘Cabildeo’ dirán que esa es la opinión personal de un periodista —alude a las denuncias formuladas por Mangan en la revista aristocrática “Fortune” de Nueva York—, o la opinión de un grupo de millonarios que sueñan con la ‘vieja diplomacia del dólar’. Dirán, mentirosos y farsantes que esa no es la política actual de la Casa Blanca, de Roosevelt, de Cordell Hull. A estos vendepatria, a estos quintacolumnistas, para confundirlos les reproduciremos unas interesantes declaraciones de Cordell Hull…”. El diario “La Hora” publica también, el 23 de mayo, esta interesante manifestación: “¿Sería lógico, para enfrentar el peligro que viene de Estados Unidos, entregarnos en brazos de Alemania? Sería una traición. Pues es igualmente una traición querer prevenir el peligro nazi entregándonos al imperialismo yanqui o inglés”.
En el periódico “Orientación”, órgano oficial del Partido Comunista, el señor Rodolfo Ghioldi, el jueves 17 de abril de 1941 publica un extenso artículo para denunciar los planes que el señor Spruille Braden está desarrollando en América. Asevera el jefe del Partido Comunista en la Argentina que “en los planes norteamericanos, América latina no saldría de su actual degradación económica, continuaría siendo el abastecedor de materias primas y alimenticias. Con esta diferencia, sin embargo: que pasaría a ser exclusivamente fiscalizada por el imperialismo yanqui. El plan económico panamericano no es otra cosa que el espacio vital exigido por los Estados Unidos. No se trata ya de coparticipación en la explotación colonial, sino del monopolio norteamericano sobre América latina”. Añade el señor Rodolfo Ghioldi poco después: “Alentada por la experiencia de sus conquistas en ocasión de la primera guerra imperialista, la clase capitalista de los Estados Unidos aspira ahora a ganancias mayores. Su apetito ha crecido fantásticamente. Desea la hegemonía mundial, como lo dice Wilkie, y necesita la dirección monopolista sobre América latina”. Concluye el dirigente del Partido Comunista de la Argentina con estas palabras: “Nadie deja de ver, en la guerra desatada por el imperialismo —se refiere a la que ha terminado en 1945—, la salida revolucionaria. Nunca como hoy el fantasma de la revolución atormenta a los dirigentes del capitalismo mundial. La combinación de las insurrecciones proletarias en los países avanzados con los levantamientos nacionales antiimperialistas en los países coloniales y semicoloniales, presentase como uno de los más probables caminos. Precisamente por ello, los socialistas argentinos, que siempre negaron la existencia del imperialismo, surgen ahora como sus abanderados, los socialistas chilenos como sus instrumentos y el aprismo como su puntal. Hay que frenar y evitar los movimientos antiimperialistas de masas, y ello puede obtenerse únicamente al precio de pasar franca y directamente al campo del imperialismo yanqui. Cuando las cuestiones de la liberación nacional se colocan agudamente y con carácter de inminencia, hay que despojarse hasta de la hipocresía antiimperialista y exhibirse como heraldos del imperialismo norteamericano. Ese camino, es el mismo recorrido por el señor Haya de la Torre desde su consigna ‘contra el imperialismo yanqui’ a su ‘slogan’ actual: ‘Por la alianza con los Estados Unidos’. Las posiciones activas contra el movimiento de liberación nacional conducen inevitablemente, como ocurre en Argentina y Chile, a la alianza con la oligarquía”.
Muchas son, desde luego, las pruebas semejantes a las expresadas que se podrían acumular para demostrar que el Partido Comunista de la Argentina sostenía, con la virulencia con que acostumbra subrayar su posición, entre otras las siguientes premisas:
lº) Que Estados Unidos representa, mientras favorezca con la protección oficial el desarrollo de los monopolios financieros, de sus trusts y de sus grupos económicos, al imperialismo capitalista.
2º) Que esperaba obtener, de la guerra, el control de la economía mundial.
3º) Que amparaba su política de expansión imperialista en el aprovechamiento cada vez mayor de la materia prima de los países coloniales y semicoloniales, impidiendo que se transformaran en industriales y tratando de mantenerlos dentro de una economía agraria y primitiva.
4º) Que para obtener la materia prima a menor costo necesitaba que el proletariado de los países coloniales y semicoloniales cobrara salarios cada vez más inferiores y soportara condiciones de trabajo que no influyeran en un mayor costo de la producción.
5º) Que siendo la guerra de tipo imperialista, todo país que aspirara a mejorar su suerte y que pudiera, como el nuestro, permanecer al margen del conflicto bélico, debía mantener irreductiblemente la neutralidad.
6º) Que la propaganda de la prensa, practicada venal o desinteresadamente, es tan abominable cuando se practica en favor del nazismo como cuando se realiza en favor del imperialismo yanqui.
7º) Que debía activarse para realizar, en los países coloniales y semicoloniales, la revolución de liberación nacional una vez que terminara la guerra.
8º) Que para frenar los movimientos de masas que persigan la liberación nacional, el imperialismo recurre preferentemente a los partidos tradicionales de izquierda de cada país.
9º) Que cuanto más cerca se colocan los países de la liberación nacional, más abierta y crudamente ciertos partidos tradicionales de izquierda se colocan a su servicio y se convierten con mayor franqueza en los sostenedores del imperialismo yanqui.
10) Que toda posición activa contra los movimientos de liberación nacional adoptada por los partidos tradicionales de izquierda, los conduce a la alianza con las oligarquías locales, en las cuales se sustenta el imperialismo yanqui para tu desarrollo y predominio.
El esquema que describimos, en consecuencia, demuestra, con las propias argumentaciones expuestas por el Partido Comunista de la Argentina, que esta agrupación política, como el socialismo y la Unión Cívica Radical (Mesa Directiva), están sirviendo al imperialismo yanqui. Demuestra, también, que el imperialismo yanqui, según la previsión del Partido Comunista de la Argentina, se sirve en nuestro país de los partidos tradicionales de izquierda. Demuestra, finalmente, que el Partido Comunista de la Argentina, en su trayectoria desde el antiimperialismo al imperialismo, se ha colocado al frente del movimiento de sumisión, al grado de que además de servirlo, propicia, como ha quedado demostrado por las declaraciones que formulara y en especial forma por la conferencia que en el último Congreso del Partido pronunciaron Victorio Codovilla, Arnedo Alvarez y Rodolfo Ghioldi, una alianza con la oligarquía específicamente representada por el Partido Conservador. La consigna comunista de “Unidad Nacional”, en cuyo seno las fuerzas oligárquicas puedan actuar con los demás partidos, y la relación existente entre el Partido Comunista de la Argentina y los conservadores más recalcitrantes, no ocultan a la opinión pública la inmensidad de la alianza y según las propias palabras del señor Ghioldi, cuando acusaba en 1941 a Haya de la Torre señalando que “las posiciones activas contra el movimiento de liberación nacional conducen inevitablemente a la Alianza con la oligarquía” (Orientación, abril 17 de 1941), confirman la doble traición del Partido Comunista de la Argentina: contra la liberación nacional y por la entrega al imperialismo, y contra las masas trabajadoras y por la alianza incondicional con la oligarquía. También evidencia la situación actual, siguiendo siempre las palabras del señor Ghioldi, que la capitulación de los partidos tradicionales de izquierda y de masas y su decidida conversión hasta constituirse en instrumentos del imperialismo yanqui, se ha operado tal como lo había previsto y que en la misma forma APRA en el Perú, los partidos Radical (Mesa Directiva), Socialista, Demócrata Progresista, Comunista y Concentración Obrera, están sirviendo plenamente y a satisfacción los designios imperialistas. Entre ellos, por otra parte, existían rencores y repulsas tales y tan grandes eran las diferencias dialécticas y tácticas que los separaban, documentadas todas a través de treinta años de mutua acusación y de impugnaciones recíprocas, que no había posibilidad alguna de que se unieran alguna vez, como no fuera gracias a la imposición dictada por un amo común. El imperialismo, pues, al colocarlos a su servicio, ha realizado en la Argentina, con la cooperación de todos los partidos tradicionales, el milagro del “Frente Nacional”. Comunistas, socialistas, conservadores, radicales (mesa directiva), antipersonalistas, concentraciones, demócratas progresistas y otros grupos electorales menores, trabajan juntos detrás del mismo mostrador y sirven al mismo patrón.
La explicación de la desviación comunista
¿Qué razones, sin embargo, han inducido al Partido Comunista de la Argentina a entregarse al imperialismo yanqui; a bregar por el sometimiento de las masas trabajadoras, poniéndolas a merced de los grandes monopolios y del régimen de explotación local; a luchar, inclusive, contra el aumento de los salarios, renegando de aquel principio de que “una mala posición táctica entraña asimismo desviaciones teóricas” expuesto por el mismo señor Rodolfo Ghioldi (La Internacional, septiembre 27 de 1924)?
He aquí, la explicación. Ninguna revelación más importante podría formularse en estos momentos. Si se reconstruyen y articulan denuncias serias, cuya verificación se está activando, llégase fácilmente a la conclusión de que el Partido Comunista ha pactado con el imperialismo yanqui por intervención del señor Braden, ante quien el señor Gustavo Duran, su agregado civil en la Embajada de Estados Unidos y secretario privado antes, durante y después de esa época, ha intercedido más de una vez. La participación del señor Duran en la alianza entre el Partido Comunista de la Argentina y el imperialismo yanqui no puede ser objeto de grandes dudas, sobre todo si se recuerda que, por una parte, el señor Duran se vinculó al señor Codovilla durante la guerra española, cuando ambos eran oficiales de enlace entre unidades sovietizadas del ejército republicano y la Embajada de la URSS, y por la otra, es la persona de confianza del señor Braden. Lo cierto es que el Partido Comunista habiendo abandonado sus viejas ideas y participando en la lucha en condiciones contrarias al pueblo argentino, de abandonar su actual posición se pondrá en evidencia, una vez más, a través de sus hondas y graves contradicciones. Y lo cierto es también que el Partido Comunista de la República Argentina, arrasado por el nuevo movimiento de liberación nacional y de justicia social que encarna en las masas que confiaron a la Revolución su destino, ha pactado con los más grandes y encarnizados enemigos de la Nación y de su pueblo para tratar de impedir que se cumplan los postulados del 4 de Junio.
Orientación y táctica distintas de otros partidos comunistas
Se explica, por lo expuesto, que los Partidos Comunistas de América disientan con la conducta del Partido Comunista de la Argentina. No han intervenido en pactos como el denunciado, no hubiesen intervenido en ellos, sin duda, más respetuosos de la doctrina propiciada y menos dispuestos a claudicar ante el imperialismo yanqui contra el cual están luchando. En Brasil, en Venezuela, en Cuba y en otras naciones hondamente sacudidas por la tensión imperialista de los consorcios y los monopolios norteamericanos, Partidos Comunistas expresan su repudio a la política de Braden. A las reiteradas manifestaciones del señor Prestes, que denuncia, entre otras cosas, la preocupación que suscita la acción del imperialismo yanqui al promover una guerra entre Argentina y Brasil con posibilidades de extensión en el resto del hemisferio meridional, deben unirse las afirmaciones del señor Juan Bautista Fuenmayor, ya citado secretario general del Partido Comunista de Venezuela, quien dijo en Caracas, al inaugurar el 27 de enero último la convención partidaria, estas palabras: “El imperialismo norteamericano tiene choques en toda América latina con el imperialismo británico, especialmente en la Argentina, lo cual constituye la verdadera razón de la política antiperonista de Spruille Braden”. Estas declaraciones demuestran que para justificarse en su política de claudicación absoluta ante el imperialismo yanqui, el Partido Comunista de la Argentina pretende denunciar al coronel Perón como representante del imperialismo británico. El pueblo argentino sabe que se trata de otro infundio. A falta de mejores razones que expliquen su sometimiento, el Partido Comunista de la Argentina transmite, al extranjero y a América, absurdas patrañas. Pero no interesan las patrañas que no interpretan la verdad y a las cuales la verdad destruye totalmente. Lo útil y lo definitivo es que con el pacto celebrado con el señor Braden, el Partido Comunista de la Argentina demuestra a los Partidos Comunistas del continente que está luchando en el mismo frente del imperialismo yanqui, para sostenerlo, para facilitarle su expansión y para asegurar la dominación sin condiciones de las masas laboriosas de América.
Finalmente, unas palabras más sobre este interesante y triste capítulo. Spruille Braden, por los elementos que se han consignado y por la copiosa información que al respecto le han proporcionado sus propios organismos, entre ellos la “Asociación de Difusión Interamericana” instalada en la avenida Roque Sáenz Peña 567, sabe perfectamente que el Partido Comunista de la Argentina bregó por la neutralidad, que acusó de “vendepatrias” y de “quintacolumnistas” a los que pretendían la ruptura de relaciones con la Alemania nazi, que llamó subprensa a la que defendía y tramitaba la ruptura de relaciones y denunció el origen venal de las campañas que en tal sentido realizaban con insistencia sospechosa. Ni aun los auténticos espías del Eje, dijeron tanto como los miembros del Partido Comunista de la Argentina en favor de Alemania y para alentar a los argentinos que no ocultaban su interés en que el país permaneciera neutral, “al margen del conflicto bélico”, como dijo el ex canciller José María Cantilo, gran amigo e intérprete del señor Spruille Braden, al saludar el 20 de enero de 1940 a su colega del Brasil, doctor Osvaldo Aranha.
lunes, 23 de septiembre de 2013
La cosa fue así
por Cesar F. Marcos
En 1955 fue la caída. Entonces el cielo entero se nos vino encima. El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el aire, el sol, la vida se dio vuelta. De repente entramos en un mundo de pesadilla en que el peronismo no existía. Todo fue anormal. Como fue anormal, absurda, alucinada, la odisea de la Resistencia. Eramos pigmeos que debíamos luchar centra gigantes. Y una vez más el mosquito debió luchar contra el elefante.
Unos cuantos locos sueltos comenzamos a escribir en las paredes y a llenar los mingitorios de grafitos. Claro que no éramos ni Lugones ni Borges, pero creamos un logotipo tan fascinante y poderoso como el perfil del pez de los primitivos cristianos. Así fue el “Perón Vuelve”.
La dictadura de la “libertadora” se había propuesto barrernos totalmente de la historia y de la geografía. Nosotros enfatizamos la propaganda callejera mural y escrita. Luchamos contra el decreto 4161, una disposición tan insensata como la mentalidad de quienes lo impusieron. Una disposición tan monstruosa y aberrante que sólo hubiera podido ocurrírsele a un Stalin o a un emperador de la tercera dinastía Han.
Incansablemente, sin tregua, sin pausa, nos aplicamos a emborronear paredes. Después, cuando se alcanzó la etapa superior del mimeógrafo, pasamos a los volantes, a los panfletos, los pequeños pasquines, los informativos. La dictadura, naturalmente, tenía todos los medios masivos de opinión. Estaba empeñada en desmantelar al país
de todas sus defensas y reservas y en derogar el artículo 40 de la Constitución Justicialista de 1949.
Además, y no era el menor de sus empeños, la “libertadora” se había encaprichado en “desterrar el mal gusto impuesto por los peronistas” y substituirlo por la cultura de las señoras gordas.
Pero la tiza y el carbón vencieron una vez más. Y ésta obra fue realizada por el pueblo anónimo que, como Martín Fierro, figura en todas las listas pero en las de pago no. Ya se sabe que en la hora del triunfo y la victoria, primero los ventajeros. Desde el 55 hasta el 58 luchó el pueblo, sólo el pueblo. Después hubo otras aperturas que permitieron que otro tipo de gente subiera a la superficie.
¿Cómo fue descabezado el Movimiento en el 55? Desde un punto de vista estrictamente formal, la mecánica fue muy simple: la “libertadora” detuvo y encerró a todos los que pudo, de los entonces llamados dirigentes. El resto, lisa y llanamente, desaparece de circulación negándose a toda actividad. Salvo muy escasas y muy honorables excepciones las figuras de primera y aún de segunda línea no se ven en la resistencia. Nadie: ni sindicalistas, ni políticos, ni militares. Los que no están presos están exilados y el resto, la mayoría, no quieren lola.
Y hasta los que están presos, muchos de ellos tratan de hacer buena letra. Los que estuvieron en Caseros deben recordar a una de las más altas autoridades partidarias, un mozo grandote, bien plantado, dueño de un gran apellido y de toda la guita del mundo. Habitualmente usaba boina. Cuando era requerido por un celador, se ponía de pie, se sacaba la boina, las manos en la espalda y “sí, señor” y “sí, señor”. Hacía buena conducta. En el conocido libro de Jacinto Oddone, su familia aparecía entre las primeras grandes poseedoras de latifundios.
Naturalmente, los duros y grasunes si estábamos parados nos sentábamos; si estábamos sentados nos acostábamos. Ninguno lo hacía para seguir el proverbio árabe pero era norma no llevar el apunte al carcelero.
Por lo demás, es una ley histórico-social. En toda gran causa nacional la que se juega entera, siempre, es la gente más humilde, los pobres, los estamentos más vinculados a la tierra, al país real. Cuando los romanos invaden las Galias, la aristocracia no tarda en plegarse a los vencedores y adaptar con entusiasmo sus usos y costumbres; es el pueblo el que resiste con Vercingetorix. Lo mismo pasa en Grecia. Los llamados eupátridas —los bien nacidos, los decentes— son los que se rinden primero, hasta expresando simpatía al dominador.
El patriotismo siempre está en el pueblo. La montonera gaucha resista y derrota catorce invasiones godas mientras la oligarquía salteña negocia en nombre del orden y la autoridad. Es la misma oligarquía que asesina a Güemes y que después se llena la boca con su nombre y le levanta una estatua. Este sí que es verdadero “contrabando ideológico. . .”
Lo que resulta incomprensible es cómo todavía hay boludos para los cuales no existe ninguna diferencia entre el terror blanco, que proviene de los privilegiados, con la cólera reivindicativa del pueblo. El terror blanco asesina sin piedad, con violencia perversa. Es una mezcla de odio y temor, como puede comprobarse en los ojos de los represores. Es el odio y el miedo mezclados el que produce esa morbosidad sádica que es el terror blanco. Saben que, a la larga, van a ser desplazados inexorablemente, que tienen el futuro en contra. Por eso siempre destruyen sin sentido, estérilmente. Destruyen lo grande y lo pequeño. Destruyen.
No hay como la propia experiencia que se vive en la lucha para comprender la historia. La práctica concreta, vale más que una biblioteca o, por lo menos, la complementa exhaustivamente. No hay distingos entre la masacre de Villamayor y la masacre de José León Suárez. En Villamayor, 130 gauchos mal montados y mal armados siguen al coronel don Gerónimo Costa, el héroe de Martín García. Es una pequeña montonera rosista recién desembarcada. Mitre, ministro de guerra, con todos los medios y recursos en sus manos, disponiendo de una enorme superioridad en hombres y potencia de fuego, los busca, los aplasta y los degüella implacablemente. Debe ser la única batalla que gana en su vida. Y luego es agasajado y festejado como un paladín por los eupátridas miembros del Club del Progreso.
La historia es siempre eso: una eterna lucha entre la opresión y la liberación. Ni siquiera cambia el lenguaje. Cuando el oprimido se defiende y lucha” y pelea, además de vago y mal entretenido es un cobarde emboscado, carente de valor para dar la cara, él solo, a una fuerza regular especialmente entrenada y sólidamente armada. El valor, la altivez, la guapeza, siempre la tuvo el Remington cuando enfrentó la tacuara. Así fue ayer y así es hoy. Es igual en Villamayor, en 1856, que cien años después, en 1956, en los basurales de José León Suárez y en los fusilamientos de Lanús y la Penitenciaría.
En esa época nos costó comprender que ya no corrían ni las aventuras militares, ni las chirinadas, ni los golpes de Estado, sino la rebelión de todo un pueblo. Tuvimos que entender que una insurrección auténtica no nace en los cuarteles sino en el seno del pueblo. Las revoluciones legítimas no se improvisan ni surgen sin un proceso previo de maduración y de preparación.
Todo eso debimos aprenderlo en la dura y áspera experiencia diaria. Como también aprendimos que, en el camino de la liberación, hasta los errores también suman y la sangre derramada nunca es estéril, siempre es fecunda y constituye el único ligamento conque se construye firmemente el porvenir.
Ya entonces recorríamos las zonas del Gran Buenos Aires, donde los peronistas comenzaban a estar como el pez en el agua. Allí siempre había una cocina amiga donde tomar unos mates y un sitio seguro donde poder aguantarse si era necesario. ¡Las cocinas que hemos conocido! En esos años, el que más o el que menos, los trabajadores ya tenían su casita y su cocina hospitalaria, abrigada en invierno y fresca en verano. Cocinas alegres, limpitas, con su heladera en un rincón, la mesa con el hule, las sillas acogedoras. Y el mate o una cervecita helada y, a veces —en ese entonces, claro—, la carne para el asadito en el fondo. No sé hacer poemas, pero sugiero ese pequeño homenaje que todavía no se ha rendido a las cocinas humildes, de nuestras barriadas, que fueron verdaderos fortines del Movimiento Peronista.
Allí se realizaban las reuniones con los compañeros barriales, se distribuía la propaganda, se establecían enlaces, se programaban las pintadas, se planeaba la acción. Allí nos reuníamos, en el ámbito mimético de las cocinas, donde todos son iguales y se confunden, donde nadie llama la atención, como en una gran familia.
¿Cómo hacíamos para encontrarnos, reconocernos, hablarnos? En aquel tiempo todos éramos otros y nadie decía nada. Eramos como ostras cerradas hasta que un algo leve, un mutismo expresivo, una manera especial del silencio o un no sé qué difícil de explicar, como si fuera un código esotérico para iniciados únicamente, nos hacía reconocer como compañeros. Y entonces nos agarrábamos fuertemente y nos sentíamos como si fuéramos una fortaleza.
A veces nos llegaba una información. En Villa Crespo o en Mataderos, en algún lado, existía un compañero o un grupo que quería “trabajar” o estaba “trabajando”. Ir, encontrarnos, conversar, entendernos. Así se iban formando los llamados Comandos de la Resistencia, tan frágiles de medios y de recursos pero tan fuertes en la voluntad y en la decisión.
Comenzaron a surgir algunos signos de reconocimiento a través de expresiones pintorescas, por ejemplo, los emblemas de nomeolvides en la solapa del saco, cuando todavía se llevaba saco. El silbido de “fumando espero”, un viejo tango que hicimos resurgir. Así, a veces, reconocíamos un cumpa, un hermano, un peronista.
Otro sistema consistía en “pescar” frente a las pizarras de los diarios, que siempre estaban llenas de gente comentando las noticias. Era cuestión de estarse allí y esperar el momento de largarse con una reflexión o un comentario. O, de repente, salía un tipo que no había abierto la boca para nada y de golpe se despachaba con una sola frase, seca como un puñetazo, para decir lo justo. Era una peronista y no nos equivocábamos.
Solía ser una manera de no decir nada, a veces, diciéndolo todo para los que estábamos en la cosa. Entonces al personaje en cuestión se lo abordaba con todo el ritualismo necesario.
Había personajes extraordinarios. Recuerdo a una compañera desconocida que, en plena calle Florida, frente a “La Nación”, exasperaba a los contreras que la increpaban, con su silencio rebelde y medido. Hasta el momento oportuno en que, hábilmente, se soltaba con alguna expresión aparentemente tangencial pero tan contundente que dejaba sin respuesta a sus interlocutores. Y era una simple mujer de pueblo, una compañera peronista, para la cual el 4161 era joda.
Recuérdese que ninguno de nosotros tenía experiencia conspirativa. Jamás habíamos trabajado en la clandestinidad. Tampoco teníamos una auténtica tradición de lucha. Las masas obreras de nuestro Movimiento tenían su origen en la emigración interna de los trabajadores del campo, que se habían desplazado a la ciudad y se habían transformado en obreros industriales. Eran los “cabecitas negras” que habían nacionalizado, acriollado al movimiento obrero, pero carecían, naturalmente, de una tradición de lucha en centros urbanos fabriles. La límpida trayectoria montonera de sus antepasados había sido borrada después de cien años de régimen cotidiano cipayo y entreguista.
La caída del 55, realizada violentamente desde arriba, arrasando con todo, fue nuestra gran prueba: fue como un Juicio de Dios. Fue entonces cuando tuvimos que aprender muchas cosas. Saber quiénes éramos y dónde y cómo encontrarnos. No buscamos en absoluto alianza con nadie. Sabíamos que seguíamos siendo la mayoría del pueblo, aunque en ese momento éramos muy pocos, férreamente compartimentados en ínfimos grupúsculos.
Por lo demás, esa férrea compartimentación fue necesaria. Eramos sectarios y dogmáticos. Fue la mejor manera de defendernos y pervivir. Cada grupo o conjunto creyó ser el primero, el único, el inventor exclusivo de las consignas que se lanzaban a la calle.
La verdad es que nadie inventa una terminología. Surge un poco de todos. La primer divisa, el primer lema —y recuerdo que pensando en las pintadas me pareció largo— fue LA VUELTA INCONDICIONAL E INMEDIATA DEL GENERAL PERON. Larga o no prendió en todos. La repetimos, la reiteramos, la afirmamos. Salió como pie en todos los volantes, en todos los panfletos, en todas las proclamas. La escribimos en todas las paredes. Se difundió en el país.
Bueno, compañero, todo esto es bastante incoherente y, además, es seguro que no dije todo lo que quería, o dije mucho o dije poco. Y terminaré con una reflexión: después de Caseros pasaron más de ochenta años de escamoteo histórico, de falseamiento de la verdad nacional, de ignorancia premeditada de la época de Rosas el Grande.
A la Primera Resistencia, la que va del 55 al 58, no me corresponde juzgarla. Le reivindico un mérito que nadie podrá discutirlo. NOSOTROS, LAS PERONISTAS DE LA PRIMERA RESISTENCIA, EVITAMOS LA REPETICIÓN DE CASEROS. Sin permitir que se apagara, mantuvimos encendida la llama sagrada de Perón. Y esa llama fue la que, al final, floreció en la gran hoguera del 25 de mayo de 1973.
En 1955 fue la caída. Entonces el cielo entero se nos vino encima. El mundo que conocíamos, el mundo cotidiano, cambió por completo. La gente, los hechos, el trabajo, las calles, los diarios, el aire, el sol, la vida se dio vuelta. De repente entramos en un mundo de pesadilla en que el peronismo no existía. Todo fue anormal. Como fue anormal, absurda, alucinada, la odisea de la Resistencia. Eramos pigmeos que debíamos luchar centra gigantes. Y una vez más el mosquito debió luchar contra el elefante.
Unos cuantos locos sueltos comenzamos a escribir en las paredes y a llenar los mingitorios de grafitos. Claro que no éramos ni Lugones ni Borges, pero creamos un logotipo tan fascinante y poderoso como el perfil del pez de los primitivos cristianos. Así fue el “Perón Vuelve”.
La dictadura de la “libertadora” se había propuesto barrernos totalmente de la historia y de la geografía. Nosotros enfatizamos la propaganda callejera mural y escrita. Luchamos contra el decreto 4161, una disposición tan insensata como la mentalidad de quienes lo impusieron. Una disposición tan monstruosa y aberrante que sólo hubiera podido ocurrírsele a un Stalin o a un emperador de la tercera dinastía Han.
Incansablemente, sin tregua, sin pausa, nos aplicamos a emborronear paredes. Después, cuando se alcanzó la etapa superior del mimeógrafo, pasamos a los volantes, a los panfletos, los pequeños pasquines, los informativos. La dictadura, naturalmente, tenía todos los medios masivos de opinión. Estaba empeñada en desmantelar al país
de todas sus defensas y reservas y en derogar el artículo 40 de la Constitución Justicialista de 1949.
Además, y no era el menor de sus empeños, la “libertadora” se había encaprichado en “desterrar el mal gusto impuesto por los peronistas” y substituirlo por la cultura de las señoras gordas.
Pero la tiza y el carbón vencieron una vez más. Y ésta obra fue realizada por el pueblo anónimo que, como Martín Fierro, figura en todas las listas pero en las de pago no. Ya se sabe que en la hora del triunfo y la victoria, primero los ventajeros. Desde el 55 hasta el 58 luchó el pueblo, sólo el pueblo. Después hubo otras aperturas que permitieron que otro tipo de gente subiera a la superficie.
¿Cómo fue descabezado el Movimiento en el 55? Desde un punto de vista estrictamente formal, la mecánica fue muy simple: la “libertadora” detuvo y encerró a todos los que pudo, de los entonces llamados dirigentes. El resto, lisa y llanamente, desaparece de circulación negándose a toda actividad. Salvo muy escasas y muy honorables excepciones las figuras de primera y aún de segunda línea no se ven en la resistencia. Nadie: ni sindicalistas, ni políticos, ni militares. Los que no están presos están exilados y el resto, la mayoría, no quieren lola.
Y hasta los que están presos, muchos de ellos tratan de hacer buena letra. Los que estuvieron en Caseros deben recordar a una de las más altas autoridades partidarias, un mozo grandote, bien plantado, dueño de un gran apellido y de toda la guita del mundo. Habitualmente usaba boina. Cuando era requerido por un celador, se ponía de pie, se sacaba la boina, las manos en la espalda y “sí, señor” y “sí, señor”. Hacía buena conducta. En el conocido libro de Jacinto Oddone, su familia aparecía entre las primeras grandes poseedoras de latifundios.
Naturalmente, los duros y grasunes si estábamos parados nos sentábamos; si estábamos sentados nos acostábamos. Ninguno lo hacía para seguir el proverbio árabe pero era norma no llevar el apunte al carcelero.
Por lo demás, es una ley histórico-social. En toda gran causa nacional la que se juega entera, siempre, es la gente más humilde, los pobres, los estamentos más vinculados a la tierra, al país real. Cuando los romanos invaden las Galias, la aristocracia no tarda en plegarse a los vencedores y adaptar con entusiasmo sus usos y costumbres; es el pueblo el que resiste con Vercingetorix. Lo mismo pasa en Grecia. Los llamados eupátridas —los bien nacidos, los decentes— son los que se rinden primero, hasta expresando simpatía al dominador.
El patriotismo siempre está en el pueblo. La montonera gaucha resista y derrota catorce invasiones godas mientras la oligarquía salteña negocia en nombre del orden y la autoridad. Es la misma oligarquía que asesina a Güemes y que después se llena la boca con su nombre y le levanta una estatua. Este sí que es verdadero “contrabando ideológico. . .”
Lo que resulta incomprensible es cómo todavía hay boludos para los cuales no existe ninguna diferencia entre el terror blanco, que proviene de los privilegiados, con la cólera reivindicativa del pueblo. El terror blanco asesina sin piedad, con violencia perversa. Es una mezcla de odio y temor, como puede comprobarse en los ojos de los represores. Es el odio y el miedo mezclados el que produce esa morbosidad sádica que es el terror blanco. Saben que, a la larga, van a ser desplazados inexorablemente, que tienen el futuro en contra. Por eso siempre destruyen sin sentido, estérilmente. Destruyen lo grande y lo pequeño. Destruyen.
No hay como la propia experiencia que se vive en la lucha para comprender la historia. La práctica concreta, vale más que una biblioteca o, por lo menos, la complementa exhaustivamente. No hay distingos entre la masacre de Villamayor y la masacre de José León Suárez. En Villamayor, 130 gauchos mal montados y mal armados siguen al coronel don Gerónimo Costa, el héroe de Martín García. Es una pequeña montonera rosista recién desembarcada. Mitre, ministro de guerra, con todos los medios y recursos en sus manos, disponiendo de una enorme superioridad en hombres y potencia de fuego, los busca, los aplasta y los degüella implacablemente. Debe ser la única batalla que gana en su vida. Y luego es agasajado y festejado como un paladín por los eupátridas miembros del Club del Progreso.
La historia es siempre eso: una eterna lucha entre la opresión y la liberación. Ni siquiera cambia el lenguaje. Cuando el oprimido se defiende y lucha” y pelea, además de vago y mal entretenido es un cobarde emboscado, carente de valor para dar la cara, él solo, a una fuerza regular especialmente entrenada y sólidamente armada. El valor, la altivez, la guapeza, siempre la tuvo el Remington cuando enfrentó la tacuara. Así fue ayer y así es hoy. Es igual en Villamayor, en 1856, que cien años después, en 1956, en los basurales de José León Suárez y en los fusilamientos de Lanús y la Penitenciaría.
En esa época nos costó comprender que ya no corrían ni las aventuras militares, ni las chirinadas, ni los golpes de Estado, sino la rebelión de todo un pueblo. Tuvimos que entender que una insurrección auténtica no nace en los cuarteles sino en el seno del pueblo. Las revoluciones legítimas no se improvisan ni surgen sin un proceso previo de maduración y de preparación.
Todo eso debimos aprenderlo en la dura y áspera experiencia diaria. Como también aprendimos que, en el camino de la liberación, hasta los errores también suman y la sangre derramada nunca es estéril, siempre es fecunda y constituye el único ligamento conque se construye firmemente el porvenir.
Ya entonces recorríamos las zonas del Gran Buenos Aires, donde los peronistas comenzaban a estar como el pez en el agua. Allí siempre había una cocina amiga donde tomar unos mates y un sitio seguro donde poder aguantarse si era necesario. ¡Las cocinas que hemos conocido! En esos años, el que más o el que menos, los trabajadores ya tenían su casita y su cocina hospitalaria, abrigada en invierno y fresca en verano. Cocinas alegres, limpitas, con su heladera en un rincón, la mesa con el hule, las sillas acogedoras. Y el mate o una cervecita helada y, a veces —en ese entonces, claro—, la carne para el asadito en el fondo. No sé hacer poemas, pero sugiero ese pequeño homenaje que todavía no se ha rendido a las cocinas humildes, de nuestras barriadas, que fueron verdaderos fortines del Movimiento Peronista.
Allí se realizaban las reuniones con los compañeros barriales, se distribuía la propaganda, se establecían enlaces, se programaban las pintadas, se planeaba la acción. Allí nos reuníamos, en el ámbito mimético de las cocinas, donde todos son iguales y se confunden, donde nadie llama la atención, como en una gran familia.
¿Cómo hacíamos para encontrarnos, reconocernos, hablarnos? En aquel tiempo todos éramos otros y nadie decía nada. Eramos como ostras cerradas hasta que un algo leve, un mutismo expresivo, una manera especial del silencio o un no sé qué difícil de explicar, como si fuera un código esotérico para iniciados únicamente, nos hacía reconocer como compañeros. Y entonces nos agarrábamos fuertemente y nos sentíamos como si fuéramos una fortaleza.
A veces nos llegaba una información. En Villa Crespo o en Mataderos, en algún lado, existía un compañero o un grupo que quería “trabajar” o estaba “trabajando”. Ir, encontrarnos, conversar, entendernos. Así se iban formando los llamados Comandos de la Resistencia, tan frágiles de medios y de recursos pero tan fuertes en la voluntad y en la decisión.
Comenzaron a surgir algunos signos de reconocimiento a través de expresiones pintorescas, por ejemplo, los emblemas de nomeolvides en la solapa del saco, cuando todavía se llevaba saco. El silbido de “fumando espero”, un viejo tango que hicimos resurgir. Así, a veces, reconocíamos un cumpa, un hermano, un peronista.
Otro sistema consistía en “pescar” frente a las pizarras de los diarios, que siempre estaban llenas de gente comentando las noticias. Era cuestión de estarse allí y esperar el momento de largarse con una reflexión o un comentario. O, de repente, salía un tipo que no había abierto la boca para nada y de golpe se despachaba con una sola frase, seca como un puñetazo, para decir lo justo. Era una peronista y no nos equivocábamos.
Solía ser una manera de no decir nada, a veces, diciéndolo todo para los que estábamos en la cosa. Entonces al personaje en cuestión se lo abordaba con todo el ritualismo necesario.
Había personajes extraordinarios. Recuerdo a una compañera desconocida que, en plena calle Florida, frente a “La Nación”, exasperaba a los contreras que la increpaban, con su silencio rebelde y medido. Hasta el momento oportuno en que, hábilmente, se soltaba con alguna expresión aparentemente tangencial pero tan contundente que dejaba sin respuesta a sus interlocutores. Y era una simple mujer de pueblo, una compañera peronista, para la cual el 4161 era joda.
Recuérdese que ninguno de nosotros tenía experiencia conspirativa. Jamás habíamos trabajado en la clandestinidad. Tampoco teníamos una auténtica tradición de lucha. Las masas obreras de nuestro Movimiento tenían su origen en la emigración interna de los trabajadores del campo, que se habían desplazado a la ciudad y se habían transformado en obreros industriales. Eran los “cabecitas negras” que habían nacionalizado, acriollado al movimiento obrero, pero carecían, naturalmente, de una tradición de lucha en centros urbanos fabriles. La límpida trayectoria montonera de sus antepasados había sido borrada después de cien años de régimen cotidiano cipayo y entreguista.
La caída del 55, realizada violentamente desde arriba, arrasando con todo, fue nuestra gran prueba: fue como un Juicio de Dios. Fue entonces cuando tuvimos que aprender muchas cosas. Saber quiénes éramos y dónde y cómo encontrarnos. No buscamos en absoluto alianza con nadie. Sabíamos que seguíamos siendo la mayoría del pueblo, aunque en ese momento éramos muy pocos, férreamente compartimentados en ínfimos grupúsculos.
Por lo demás, esa férrea compartimentación fue necesaria. Eramos sectarios y dogmáticos. Fue la mejor manera de defendernos y pervivir. Cada grupo o conjunto creyó ser el primero, el único, el inventor exclusivo de las consignas que se lanzaban a la calle.
La verdad es que nadie inventa una terminología. Surge un poco de todos. La primer divisa, el primer lema —y recuerdo que pensando en las pintadas me pareció largo— fue LA VUELTA INCONDICIONAL E INMEDIATA DEL GENERAL PERON. Larga o no prendió en todos. La repetimos, la reiteramos, la afirmamos. Salió como pie en todos los volantes, en todos los panfletos, en todas las proclamas. La escribimos en todas las paredes. Se difundió en el país.
Bueno, compañero, todo esto es bastante incoherente y, además, es seguro que no dije todo lo que quería, o dije mucho o dije poco. Y terminaré con una reflexión: después de Caseros pasaron más de ochenta años de escamoteo histórico, de falseamiento de la verdad nacional, de ignorancia premeditada de la época de Rosas el Grande.
A la Primera Resistencia, la que va del 55 al 58, no me corresponde juzgarla. Le reivindico un mérito que nadie podrá discutirlo. NOSOTROS, LAS PERONISTAS DE LA PRIMERA RESISTENCIA, EVITAMOS LA REPETICIÓN DE CASEROS. Sin permitir que se apagara, mantuvimos encendida la llama sagrada de Perón. Y esa llama fue la que, al final, floreció en la gran hoguera del 25 de mayo de 1973.
martes, 26 de marzo de 2013
Organización nacional y liberación nacional
por Guillermina Camuso y Nelly Schnaith
La reivindicación de Rosas no responde a meros intentos justicieros de los intelectuales. De ser así, no trascendería el ámbito restringido de los cenáculos cultos. La justicia histórica se confirma en la conciencia de las masas que surge, ante todo, de la injusticia que padecen los oprimidos. En nuestros países, la opresión está marcada por la dependencia. De allí que todo proyecto nacional deba recuperar en el pasado los eslabones que marcan su propia trayectoria.
La primera forma en que las masas se reconocen como revolucionarias —sin requerir una acabada elaboración intelectual— se da en el plano de la sensibilidad que, lacerada por la injusticia, emprende intuitivamente su propio revisionismo histórico. Los valores que orientan esta revisión se contraponen, casi “naturalmente”, a los de la clase que sancionó las condiciones de la opresión. Así, mientras la historia liberal es una historia de minorías para minorías, representadas por sus héroes individuales; la historia popular es la historia de las reivindicaciones políticas y sociales de la mayorías trabajadoras que no reconocen otras pautas de valoración que las que expresan sus luchas revolucionarias, donde no se exaltan las formas tradicionales del heroísmo individual.
Por eso, las “lecciones” de la historiografía oficial no encontraron eco colectivo en la conciencia de las masas que, oponiéndose a las fórmulas condenatorias o laudatorias consagradas, señalaron a sus propios traidores y conductores.
Los sectores liberales vieron en todo movimiento nacional un peligro para sus intereses de clase, no vacilando en condenar a sus representantes como enemigos de las “libertades humanas”. El pueblo comprendió de qué libertades se trataba y el sentido oculto detrás de las acusaciones empecinadas que la prensa oficial endilgó, antes a Rosas, después a Perón. Comprendió que el punto irritativo era, desde siempre, la propia lucha por su libertad social que, en los dos casos, había alcanzado el mayor nivel político.
Esta lucha no está destinada a erigir héroes de mármol, sino que identifica a sus conductores con un proceso cuyo último e inapelable sujeto son las mayorías nacionales. Sólo a partir de Es unidad política de las grandes masas podrá plantearse como alternativa un socialismo nacional auténticamente revolucionario, sobre la base del poder popular.
La primera forma en que las masas se reconocen como revolucionarias —sin requerir una acabada elaboración intelectual— se da en el plano de la sensibilidad que, lacerada por la injusticia, emprende intuitivamente su propio revisionismo histórico. Los valores que orientan esta revisión se contraponen, casi “naturalmente”, a los de la clase que sancionó las condiciones de la opresión. Así, mientras la historia liberal es una historia de minorías para minorías, representadas por sus héroes individuales; la historia popular es la historia de las reivindicaciones políticas y sociales de la mayorías trabajadoras que no reconocen otras pautas de valoración que las que expresan sus luchas revolucionarias, donde no se exaltan las formas tradicionales del heroísmo individual.
Por eso, las “lecciones” de la historiografía oficial no encontraron eco colectivo en la conciencia de las masas que, oponiéndose a las fórmulas condenatorias o laudatorias consagradas, señalaron a sus propios traidores y conductores.
Los sectores liberales vieron en todo movimiento nacional un peligro para sus intereses de clase, no vacilando en condenar a sus representantes como enemigos de las “libertades humanas”. El pueblo comprendió de qué libertades se trataba y el sentido oculto detrás de las acusaciones empecinadas que la prensa oficial endilgó, antes a Rosas, después a Perón. Comprendió que el punto irritativo era, desde siempre, la propia lucha por su libertad social que, en los dos casos, había alcanzado el mayor nivel político.
Esta lucha no está destinada a erigir héroes de mármol, sino que identifica a sus conductores con un proceso cuyo último e inapelable sujeto son las mayorías nacionales. Sólo a partir de Es unidad política de las grandes masas podrá plantearse como alternativa un socialismo nacional auténticamente revolucionario, sobre la base del poder popular.
miércoles, 17 de octubre de 2012
Los trabajadores argentinos y la defensa del país frente al imperialismo
por Juan José Hernández Arregui
La intervención activa de los trabajadores en la historia nacional modificó para siempre el ordenamiento previo a 1945 e iba a impedir la institucionalidad estable de la restauración colonial intentada en 1955. En este artículo escrito dos meses después del derrocamiento de Perón, en momentos en que aviones de combate aterrorizaban barrios obreros como Avellaneda, amenazando con una masacre, vibra ese convencimiento. Los 18 años posteriores de la Resistencia confirmaron para nuestro país la tesis de que los intereses del imperialismo resultan inconciliables con los del proletariado nacional de los países dependientes, o sea que la unidad política y de organización de los trabajadores, a escala nacional, es la columna fundamental de las fuerzas de la Liberación Nacional.
Por su importancia, incluimos este texto inédito (escrito para el periódico El 45, el cual no lo publicó) que anticipaba valientemente el proceso argentino que habría de legrar el retorno de Perón a la patria.
Hablemos con claridad. A dos meses de la caída del gobierno constitucional, el país busca a tientas su rumbo. La pacificación nacional no le entrevé. Y un interrogante sombrío se cierne sobre el destino nacional. A sesenta días del triunfo de la revolución libertadora, que contó con el apoyo de importantes sectores sociales —oligarquía, clases medias, Iglesia y parte de las fuerzas armadas— el panorama es el siguiente: esas fuerzas que antes de la victoria estuvieron unidas tras la consigna de la lucha de la libertad contra la tiranía, por la heterogeneidad y confusión de sus Objetivos económicos, políticos y sociales, manejados desde el exterior, una vez conquistado el poder asisten a un proceso de descomposición ideológica, en el que se conjugan no sólo esos intereses antagónicos, sino concepciones opuestas sobre los fines proclamados por la revolución de 1955.
La Revolución Libertadora
La revolución encabezada por el general Lonardi ha desatado fuerzas que amenazan su existencia misma, a través de la pugna interna de los grupos militares por el poder, y tras la cual se mueven intereses extranjeros invisibles, en medio de un país desgarrado por el odio entre hermanos, y en consecuencia, desarmado ante lo ofensiva imperialista. La segunda conclusión es que frente a la revolución, cuyos grupos se enrrostran mutuamente errores y traiciones, se levanta otro hecho al que se hace necesario analizar y valorar en toda su importancia nacional. Este hecho está dado por la unidad de las fuerzas vencidas, concentradas alrededor de un partido nacional, y que en la derrota, mantiene vivas las banderas de la independencia económica y la soberanía política.
¿Cómo explicar que un partido desalojado del poder por un golpe militar victorioso, convierta simultáneamente a ese partido, en árbitro de un pleito nacional que no podrá resolverse sin su participación? Tal hecho se explica por la presencia de una clase obrera organizada en escala nacional.
En efecto, las sucesivas crisis del gobierno provisional han girado, directa o indirectamente, alrededor de la Confederación General del Trabajo, y de la táctica a seguir frente a ella. Pero este hecho nuevo, al mismo tiempo prueba que la solución del problema nacional no podrá alcanzarse, sin la participación de la clase trabajadora en nuestra historia. Clase trabajadora argentina, convertida en un factor decisivo, aunque no único, del destino nacional.
Es indispensable, por eso, examinar las nuevas condiciones creadas por esta presencia de las masas trabajadoras en la Argentina actual, y calcular sobre esta base el desarrollo de los próximos acontecimientos.
La clase trabajadora entra en la historia
El 17 do octubre de 1945 podrá ser una fecha odiosa para muchos. De hecho lo es. Pero los procesos históricos son más fuertes que las pasiones humanas y los intereses de las clases reaccionarias.
Esa fecha significa la aparición de la clase trabajadora en el escenario de la historia nacional. Las masas han sido siempre actores de la Historia. Y hoy conocen su misión. Esta es la diferencia entre el pasado y el presente argentino. Quienes pretendan impedir la gravitación de la clase trabajadora argentina en el proceso histórico contemporáneo, imitan al filósofo del cuento, que creía refutar la existencia del mundo exterior con sólo cerrar los ojos.
Es por eso una utopía reaccionaria, intentar reducir a los trabajadores —como lo proclama el gobierno provisional— a la mera acción gremial. Gremialismo y política son la doble faz de un mismo fenómeno. Es verdad, que una de esas fases, el sindicalismo, importa la defensa de intereses comunes asociados a reivindicaciones salariales. Pero la manifestación de este defensismo económico es siempre política, por ser política la naturaleza del hombre y social la función del proletariado dentro del proceso de la producción y de la lucha nacional.
No es casual que las clases conservadoras y el socialismo reformista aliado a ellas, sostengan la tesis del gremialismo puro. Esta tesis as defendida, sobre todo, en los países dependientes, justamente porque los intereses de todo proletariado nacional son inconciliables con los del imperialismo opresor.
El movimiento sindical argentino
Por esta causa, la organización de los trabajadores en escala nacional, como en el caso argentino, es la mejor defensa del país. Y esto explica la tendencia de los partidos reaccionarios y pequeñoburgueses, a dividir las organizaciones obreras centralizadas por Perón, a fin de mediante esta táctica, debilitar los frentes antiimperialistas nacionales de base popular liberadora, particularmente en América latina.
La Confederación General del Trabajo —y tal fue el objetivo central de la revolución que derrocó a Perón— para muchos debe ser destruida o por lo menos debilitada, por aquello de que muerto el perro se acabó la rabia. Pero los trabajadores argentinos, aunque sufran derrotas parciales, no entregarán esa unidad del movimiento sindical, pues esa unidad de los trabajadores implica la defensa de ellos, no sólo como clase productora, sino de la industria nacional, es decir, de la economía y la soberanía argentinas.
Esta intervención activa de los trabajadores argentinos en el proceso histórico, no ha caído del cielo. Es el efecto de la transformación operada en la Argentina de los últimos diez años, vinculada al creciente proceso industrial. Tal cambio, a su vez, ha modificado para siempre ordenamiento político del país. Dicho de otro modo, el orden político, en la Argentina, depende hoy de la clase obrera organizada Se entiende así que la amenaza de desarticulación de la economía a través del Plan Prebisch haya convulsionado al país. A quienes propugnan el retorno al pasado, con la vuelta al campo de los trabajadores industriales, conviene recordarles que, en realidad, están preparando en la actual contingencia mundial y nacional, las condiciones necesarias de una revolución social más avanzada que la que representó Perón.
ES peronismo como partido nacional
El gran partido que agrupa a los trabajadores argentinos no se lo puede disolver con decretos. Pues ese partido, que en su momento concilio a las diversas clases sociales contra el imperialismo angloyanqui, hoy sigue representando, frente al avance de las fuerzas antinacionales del pasado, la voluntad nacional al servicio del país.
Se equivocan quienes piensan que a los trabajadores argentinos se los puede reducir a la mera actividad gremial; se engañan si subestiman el heroísmo de las masas que se hará cada día más patente; yerran quienes creen posibles anestesiar la conciencia histórica de los trabajadores.
Este error de perspectiva —y de clase— explica el fracaso de una campaña periodística a la que millones de argentinos asisten con vergüenza, destinada a borrar la influencia de Perón en las masas. La importancia de Perón es proporcional a los odios y adhesiones de clase que encarnó y encarna, en un momento de la: liberación nacional. Lucha que venía del fondo de la Historia Nacional. Y el error consiste en creer que destruida la imagen desaparecerá la lucha de las masas contra la opresión extranjera.
Además, 1945 libró a vastos sectores populares de la miseria, de la humillación cívica y moral. Ni la miseria será aceptada sin cruentas luchas, ni la humillación sufrida con la resignación de antaño. La Revolución Nacional de 1945 fue simultáneamente económica y política. Fue una revolución de masas. De ahí su fuerza. El hombre argentino se sintió reconciliado con la tierra. Y es abominable que esa prensa amarilla, dirigida desde afuera, acuse de esclavos a millones de argentinos por haber votado libremente a un hombre que concentró la voluntad defensista y nacional de la patria. No son esclavos esos trabajadores argentinos. Son hombres libres. Y es por eso, que el destino nacional gira alrededor del movimiento obrero organizado por Perón. Quien pretenda gobernar el país, sin comprender este hecho gigantesco y nuevo, actúa al margen de la Historia, y al ignorar al proletariado nacional prepara, como ya se ha dicho, una revolución más avanzada que la que representó Perón. Por eso, el 17 de octubre de 1945 no puede ser extirpado de la Historia Argentina.
lunes, 21 de mayo de 2012
Proyecto de Perón o guerra civil
1º La política del general Perón y el nuevo encuadramiento mundial
Si bien toda política nacional es en lo fundamental expresión de las condiciones objetivas internas del país, ella se debe desarrollar en un marco internacional que expresa las tendencias generales de la marcha de la humanidad.
Es parte fundamental del proyecto político peronista el enfrentamiento con las pretensiones de hegemonía de los Estados Unidos. Desde el “Perón o Braden” hasta la ruptura del cerco comercial a la hermana república de Cuba, el Movimiento expresó siempre en lo concreto la conciencia nacional antiimperialista y en especial frente a los yanquis. Fueron los enemigos de Perón, con cualquier enmascaramiento político o ideológico, colaboracionistas concretos de la acción neocolonialista, rapaz y proscriptiva del imperialismo yanqui y sus agentes internos.
Sobre la concepción Tercermundista de nuestro Movimiento, sostenida en condiciones adversas, tales como las existentes cuando salió al mundo, durante la Segunda Guerra interimperialista, en verdad la historia ya reconoce el papel precursor del peronismo. Siendo hoy el dilema “liberación o neocolonialismo” como dice Perón, vemos agruparse en una solidaridad combativa a todos los pueblos del Tercer Mundo, constituyendo la principal fuerza que conmueve la estabilidad del sistema capitalismo-imperialista, sostenido precisamente en la explotación colonial.
En el presente al auge y consolidación del movimiento de Liberación Nacional, se suma la ruptura del bloque capitalista-imperialista y la pérdida creciente de hegemonía por parte de los Estados Unidos, lo cual no es un fenómeno independiente de lo primero. Es evidente en los últimos años la rivalidad creciente entre los renacientes capitalismos de Europa occidental y el Japón con los Estados Unidos. La pérdida de unidad política de los países imperialistas es una realidad. El deterioro de la anterior posición dominante de los Estados Unidos tiene uno de sus signos, entre otros muchos, en la crisis del dólar, a la que podríamos agregar la pérdida de reservas, la crisis de su comercio exterior, el menor desarrollo relativo de sus fuerzas productivas, la dificultad creciente de exportar su inflación, la disminución de su primacía tecnológica, la reducción de su ritmo de exportación de capitales y el incremento de la desocupación obrera.
La crisis del sistema capitalista-imperialista fue caracterizada como de “multipolaridad”, pero siempre dentro del esquema de dominación de las burguesías monopolistas. El retiro derrotado de Vietnam por parte de los gendarmes de los imperialistas norteamericanos es un signo decisivo de la evolución de fuerzas entre el campo de la reacción mundial y las fuerzas de la Liberación y el socialismo. La etapa de ascenso de la revolución nacional árabe desemboca en hostilidades económicas con los países capitalistas adelantados que han fabricado su opulencia apoyados en el saqueo de los recursos y el trabajo de los países coloniales y atrasados. El petróleo abundante y a vil precio, manejado por las empresas monopolistas, se ha terminado. Las luchas de Liberación del Tercer Mundo y en particular la de la nación árabe han sostenido esta política de independencia económica que conmovió toda la estructura productiva del imperialismo. La división internacional del trabajo impuesta por el capitalismo imperialista a los pueblos del Tercer Mundo, que lleva a concentrar la riqueza en un puñado de naciones poderosas y arrojar a la miseria a las grandes masas de la población del mundo colonial, es cuestionada por la Revolución Nacional que recorre todo el Tercer Mundo.
Los precios de los principales productos básicos en los últimos 18 meses se han más que duplicado en promedio y algunos se incrementaron en tres o cuatro veces. Las reservas de los países del Tercer Mundo han aumentado en forma acelerada, sobre todo a partir de 1973; van camino de triplicar el total alcanzado diez años antes.
El peso político del Tercer Mundo es mayor, día a día las naciones y movimientos que luchan contra el imperialismo por su Liberación extienden y consolidan sus filas. El peso en el terreno militar de los pueblos del Tercer Mundo también es creciente; el imperialismo y sus agentes encuentran cada vez más la justa respuesta de los pueblos a su política de guerra. La repercusión en el campo económico, la respuesta a la política imperialista donde más le afecta, la de las riquezas y el trabajo de los pueblos, agrava las contradicciones de los países imperialistas entre sí, conmueve su estructura productiva y social, debilitando su posición ante las luchas del Tercer Mundo por liberarse.
Dentro de este encuadramiento mundial, que favorece el desarrollo de las luchas de Liberación, la política del Movimiento Nacional Peronista, bajo la conducción de Perón, se orienta a conformar dentro del Tercer Mundo, una concertación de intereses entre las naciones iberoamericanas para hablar con una sola voz ante la potencia dominante de esta área, los Estados Unidos. La política de Perón en el orden internacional, política soberana y peronista, defensora leal de los intereses de Argentina, si bien tiene sus raíces en la propia realidad nacional, posee un marco internacional favorable, quizá sin paralelo en su historia —pese a retrocesos importantes para nosotros, como los de Chile y Bolivia— que corresponde a la nueva posición de los pueblos del Tercer Mundo frente al capitalismo imperialista.
La política de Perón tiende a aprovechar la actual coyuntura para acentuar el cambio en la correlación internacional de fuerzas, a los fines de colocar la demanda y el comercio internacional, la cooperación técnica y financiera, junto a las inversiones posibles del Tercer Mundo, países socialistas y países capitalistas-imperialistas en oposición al imperialismo yanqui, como un factor dinámico que apuntale el desarrollo de las fuerzas productivas internas, sostenido naturalmente en el desarrollo de nuestro propio mercado Interno.
El proyecto político-económico de Perón en ejecución, nacido de las condiciones objetivas y de conciencia de las clases sociales que integran el campo nacional, conserva “como eje de aglutinamiento a la clase obrera peronista” tal como sucedió en estos 30 años de existencia del Movimiento. Pero es evidente que el proyecto de Perón no se lo puede definir integralmente ni profundizarlo si no se lo encuadra en la nueva coyuntura que impulsa la Revolución Colonial del Tercer Mundo.
2º La política económica de la dictadura militar y la del gobierno de Perón
Es sumamente ilustrativo establecer comparaciones entre la política económica que impulsó, sin mayores variantes, la dictadura militar, con la aplicada por el gobierno del general Perón.
En pocas palabras, la dictadura militar se ajustó plenamente al modelo neocolonialista del imperialismo yanqui, a su plan de división del trabajo a escala iberoamericana, que tiene en el sistema brasileño su ejemplo. Concentrar la economía en, el desarrollo monopolista, asociado a la gran burguesía nativa, desnacionalización progresiva, aumentando la rentabilidad de los sectores más “eficientes”, con lo que se generaba en un mercado interno deprimido, una creciente dependencia de factores externos. Restringir el salario y por este medio, achicar el mercado interno de consumo, mientras se elevaban las tasas de ganancia del capitalismo en el sector monopolista, acompañándolo por una promoción del desarrollo tecnológico “eficientista”, provocando un mayor desempleo al asimilar una tecnología imperialista con mínima utilización de mano de obra. El cierre de empresas calificadas de antieconómicas, desde el punto de vista estrictamente financiero, sin atender a su papel en la producción ni al costo social de la desaparición de fuentes de trabajo, encuentra en el cierre de ingenios de Tucumán su mejor ejemplo.
La pérdida de salarios en virtud de su congelación, pero no de los precios, la eliminación de conquistas sociales, como la calificación de trabajos insalubres, edad para jubilación, desprotección ante despidos, liquidación de reglamentos de trabajo, etc., hizo recaer sobre los hombros de la clase obrera el peso principal del Plan Krieger Vasena.
Pero lo que se pudo aplicar en Brasil fue barrido con las rebeliones obreras y populares de 1968 y 1969, que encuentran su punto más alto en el Cordobazo. La existencia de un Movimiento Nacional como el peronista y una organización de la clase obrera peronista de carácter masivo aunque defensista (los sindicatos), convirtieron a esa clase obrera en el eje social del agrupamiento de todas las fuerzas del frente de resistencia antidictatorial, que tomó al Movimiento Nacional Peronista como su expresión de vanguardia y a su jefe el general Perón como barrera ante las maniobras de la dictadura militar.
En la articulación concreta de tocias las fuerzas que iban colocándose al lado del peronismo en el frente dé resistencia antidictatorial, hubo un solo conductor, Perón, poro la historia dirá lo que la Nación les debe a los hombres y mujeres anónimos que integraron la CGT de los Argentinos, la Regional CGT de Córdoba, los Gremios del Peronismo Combativo y en la última etapa la Juventud Peronista y sus “formaciones especiales”. También habrá que escribir la verdadera historia del participacionismo, vandorismo, neo-peronismo y otras malas yerbas que se integran total o parcialmente a los planes de la dictadura militar.
La política de Perón de darse la más amplia base de sustento posible para accionar no es nueva, sino que constituye una constante, remarcada en toda la última etapa de la dictadura militar. La sucesión de las instancias Hora del Pueblo, Frente Justicialista de Liberación, Pautas de coincidencia programática de las organizaciones políticas y sociales (CGT-CGE) del Niño, los “10″ puntos para la Reconstrucción Nacional —planteados a las Fuerzas Armadas durante el gobierno de Lanusse—, el documento “Apreciación de la situación para el año 1972″, etc., confirma lo que decimos.
La salida institucional que buscó la dictadura militar, como mal menor, frente a una guerra civil inminente si persistía en proscribir al Mov. Nacional, lleva al triunfo del peronismo y el Plan Krieger Vasena naufraga definitivamente.
El Pián económico que actualmente aplica el gobierno de Perón es una de las versiones posibles, que inspiradas en la concepción política-ideológica peronista, existían dentro del Movimiento y sus aliados, en la etapa de constitución del Frente Justicialista de Liberación.
La política económica del gobierno de Perón tiene como factor dinámico el aumento de la capacidad adquisitiva del mercado interno, tal como él lo ha explicado reiteradamente, precisamente lo contrario del Plan Krieger Vasena. En el último trimestre de 1973, el consumo interno se incrementó por encima del 10 %, en comparación al mismo período del año anterior. La tendencia a extender el mercado interno va acompañada con una reducción del margen de rentabilidad empresaria, que no obstante todos los aumentes especulativos realizados antes del 25 de Mayo y al incremento del conjunto de las ventas han reducido sus beneficios en un 4,2 %. La limitación de la tasa de ganancia de las empresas imperialistas, no su nacionalización, es un objetivo expreso de la actual política económica, reformulando las condiciones de operación del capital extranjero, desde la ley de radicación, los contratos de provisión de tecnología y marcas, el reconocimiento de la dependencia de la casa matriz por parto de la sucursal desde el punto de vista de las deudas y toda responsabilidad legal consiguiente, la nueva política de créditos que excluye la provisión de fondos a las empresas extranjeras, etc., todas medidas que en su conjunto tienden a rescatar la mayor proporción del mercado interno para el empresariado nacional.
Colocar el mercado interno como un factor coadyuvante a la par de la ampliación del mercado interno, liquidando todas las barreras que el imperialismo yanqui ha colocado en el comercio internacional, es otra característica sustancial de este plan.
Desde el punto de vista de la clase obrera esta es una política dura de tragar; tal como lo admite la propia conducción burocrática de la CGT, “el movimiento obrero puede hacer un nuevo sacrificio”, juicio que avala Perón cuando el 1º de Mayo agradece a los trabajadores el haber “sostenido” el Pacto Social. Los asalariados en conjunto acrecentaron un 4,5 % su parte en la distribución del ingreso en el año 1973 en relación a 1972. Este aumento de por sí modesto se debe reducir pues el 1,7 % corresponde al aumento registrado en el número de trabajadores y sólo el 2,8 % al incremento medio de las remuneraciones, si bien corresponde aclarar que ha sido mayor el aumento para las categorías peor pagas. Mejoran parcialmente este cuadro, los grandes beneficios otorgados a jubilados y pensionados, la asistencia a la salud pública y la inminente aplicación del Plan de Salud integral de Liotta, el restablecimiento de condiciones de trabajo y reglamentos anulados por la dictadura militar, y la próxima ley de Contrato de Trabajo.
El aumento de salarios que flexibilizó antes de lo previsto la política económica con un incremento nominal del 15,2 % (es mayor para los que cobran el salario mínimo) revela claramente uno de los puntos débiles de la política económica, que precisamente alivia en muy escasa medida la situación de quienes más producen, los trabajadores en relación de dependencia, y quienes sufran los dramas sociales de una nación dependiente, llámese mortalidad infantil, superexplotación, desocupación, etc.
Perón es quien ha elegido este camino, confiando la conducción económica a los empresarios de la CGE. Es una política económica nacionalista que se concreta por medio de la concertación social. Si bien se vuelca el peso del aparato estatal en apoyo de esta política, no se instrumenta fundamentalmente por medio de la violencia, sino por acuerdo de las partes, aunque se cuestione la representación de la conducción obrera. En todos los frentes en que se desarrolla la política económica de Perón en esta etapa, rige el principio de concertar, con el apotegma “la situación de la Argentina es de tal gravedad que la arreglamos entre todos o no la arregla nadie”.
Si bien se trata de una política económica de contenido nacional, y en esa medida es una política revolucionaria para un país dependiente como nosotros, se trata de una política de corte “neo-capitalista” como la ha calificado el propio Perón, y es la clase obrera la que hace el principal sacrificio aunque mejore parcialmente su situación. Por otra parte es evidente que no hay desde las filas obreras una opción de corrección del pacto social, y mucho menos una estrategia sustitutiva de anti-Pacto Social. El papel de la burocracia sindical, pre-existente al gobierno popular es el del instrumento que usa Perón para frenar la acción de la clase obrera que podría desbordar el Pacto Social y derrumbar toda la política económico-social del Movimiento. Este Pacto Social es concebido como el fundamento de la etapa de Reconstrucción Nacional, especialmente en el aspecto económico, como condición previa para una modificación de la estructura económica dependiente, creciente desarrollo de las fuerzas productivas, de la ocupación y la redistribución social de ingresos.
La ampliación del área estatal es una condición de inexorable cumplimiento para enfrentar el poder monopolista extranjero en nuestra economía, un verdadero cáncer al servicio de la dependencia. Paradójicamente no se percibieron aún señales evidentes de cambio en la estructura, cuadros y rendimiento del deteriorado aparato del Estado. El marco político prestado por el Movimiento Nacional Peronista está por ahora insuflándole el oxígeno faltante. El Plan Trienal provee que las inversiones estatales deberán crecer hasta 1977 en un 21,9% mientras que la inversión privada aumentará en sólo el 5%. La constitución de empresas mixtas con los países socialistas, junto con su aporte tecnológico y financiero, sumado a la cooperación de los países del Tercer Mundo, posibilitará desde el punto de vista económico, avanzar en este proyecto nacional del peronismo. De la participación activa de la clase obrera, sus formas de cogestión, control de precios y calidad de la producción y su avance a la par en conciencia de clase y organización dependerá en lo fundamental la construcción de la Argentina Liberada.
3º Balance de la situación del Movimiento Nacional Peronista (acción de los enemigos y respuesta)
Si bien sólo el proyecto político nacional de Perón ha expresado el campo popular durante treinta años y la clase obrera siempre actuó dentro de sus líneas generales, como hoy lo sigue haciendo, hay factores que determinan reacciones diferentes ante el proceso político actual y sus requerimientos.
La burocracia vandorista-participacionista le resta a Perón prestigio. Una de las principales críticas que recibe Perón por parte de los trabajadores es la de que les permite a esos burócratas traidores estar al lado de él. Por eso la burocracia sindical es también una fuerza divisionista del peronismo y un factor aislante entre las bases y el conductor del movimiento. Esta es sin duda una de las causas que explican el 1º de mayo, ocasión en que no hubo una concurrencia masiva de la clase trabajadora a Plaza de Mayo. No la llevaron en ese momento ni Perón a través de la burocracia, ni los Montoneros, las principales fuerzas orgánicas que participaron del acto.
La concurrencia peronista estuvo entre un juego de pinzas, de un lado el aparato vandorista y del otro la organización política Montoneros. La clase obrera peronista sindicalmente organizada, la del Cordonazo, Rosariazo, Mendozaro, 17 de noviembre, 20 de junio, ausente.
Sin embargo, también es evidente que la acción desmovilizadora de la burocracia también la envuelve a ella misma. Pareciera afirmarse la tendencia a la parálisis político gremial de la CGT, Regionales y principales sindicatos que gobierna. Su retroceso ante las bases de cada gremio, pese a las recomposiciones parciales y a las crisis de improvisados oponentes, es permanente. Refluye hacia tareas administrativas del manejo sindical, se dedica a la acción de copamiento del aparato estatal. La oposición a ella parte de la propia clase obrera peronista, tuvo origen y desarrollo dentro de ella, de ahí el irremediable retroceso de esa alianza participacionista-vandorisía, que sólo se podrá hacer más lenta con la coraza legal proporcionada por algunos artículos de la ley de Asociaciones Profesionales.
La convocatoria hecha por Perón el 12 de junio, encuadrada en una situación política modificada, donde el desborde del Pacto Social y la amenaza a toda la política puesta en práctica proviene realmente de los enemigos, muestra otra cara Bien distinta del Movimiento. Ante esa amenaza el apoyo de la clase trabajadora se vuelve activo; la continuidad de Perón en el gobierno resulta lo más importante y se recupera la iniciativa frente a la acción gorila manifestada en las formulaciones de la prensa venal —tradicional enemiga de la causa nacional—, el desabastecimiento y el mercado negro promovido por los monopolios y la oligarquía (con la tolerancia de la propia burguesía nacional) las declaraciones críticas de la Iglesia, de la Sociedad Rural, del lanussismo en el ejército.
O sea aparecen los enemigos constantes del peronismo y Perón los señala al pueblo, que sale sobre la marcha, desde las fábricas, dispuesto a enfrentar a los que “empiezan a mostrar las uñas”.
El histórico 12 de junio fue de Perón y de los trabajadores. Los apresurados llegaron tarde porque para sostener su castillo de naipes político han “inventado” un Perón no peronista, repudiado por el pueblo y desmovilizador. La burocracia sindical participacionista-vandorista, por su parte —como tuvo la rara honradez de reconocerlo uno de sus voceros—, “nada que ver” con la movilización.
En la Plaza de Mayo hubo sólo peronismo; por las consignas, los participantes y los enemigos (no ya internos). De ahí el fortalecimiento de Perón que, dejando atrás el antecedente del lº de mayo, reafirmó la necesidad de la participación activa de los trabajadores para proseguir la tarea iniciada. En esta etapa el punto crítico de la política de Perón, que la clase trabajadora respaldó el 12 de junio, es sin duda la política salarial. Sin la vigencia de la Justicia Social no hay peronismo y no hay verdadera justicia social sin salarios justos. Mas la lucha de los trabajadores se deberá dar en los términos de la política que se avaló, o sea dentro del Pacto Social, poniendo el acento en la Justicia Social.
Un salario justo es lo principal, pero no es el único componente de la Justicia Social y el papel que Perón requirió de los trabajadores es el de la participación activa en la fiscalización y en el control económico (a nivel de la producción y distribución), donde junto a las exigencias de cumplimiento de condiciones de trabajo dignas, se impida el acaparamiento y el mercado negro, facilitando la plena producción y con ella la mayor ocupación.
Poniendo el eje en lo político, obrero y peronista, sin retroceder en ningún momento al campo de un sindicalismo revolucionario siempre mechado de antiperonismo, se facilitará mantener la unidad de la clase obrera, la de cada gremio, lo cual dará margen para avanzar, consolidando el peso de la clase trabajadora en el Movimiento y en el gobierno, al par que se va construyendo así un futuro de Liberación.
Frente a esa unidad y solidaridad orgánica de la clase trabajadora, manifestada activamente dentro del proyecto de Perón, y que es necesaria para garantizar el cumplimiento de los objetivos de la Reconstrucción y Liberación Nacional, se estrellará lo que constituye el instrumento principal de la reacción gorila-imperialista, o sea la promoción de la violencia en el campo de las fuerzas que integran la Unidad Nacional, como un primer escalón para desatar la guerra civil. Toda violencia parapolicial, foquista, de comandos civiles, etcétera, atenta —deliberadamente o no, pero con igual efectividad— contra el proceso de concertación e institucionalización sostenido en la soberanía popular, base del proyecto nacional de Perón y único camino ante la guerra civil que buscan las fuerzas irrepresentativas del Pueblo.
martes, 27 de diciembre de 2011
La liberación nacional y las definiciones socialistas

La fuerza política que utilizó en nuestro país el nombre Socialista para definirse, fue el socialismo amarillo, la tradicional ala izquierda de la oligarquía terrateniente que después de Caseros hizo de un país soberano una colonia. Esa oligarquía vendepatria que tuvo originalmente por lema “no ahorrar sangre de gauchos”, luego con el surgimiento del proletariado tampoco economizó sangre del peón de campo ni de obreros de la industria.
El socialismo cipayo del “maestro” Juan B. Justo, para quien el imperialismo era un invento, contribuyó inicialmente a hacer de esa palabra “socialismo” sinónimo del desprecio a las masas nativas y a toda lucha nacional. Socialista y amarillo fueron durante años sinónimos para nuestro pueblo. Aún hoy, en gremios como los de ferroviarios, socialista equivale a antiperonista.
Las masas sólo pueden valorar una política o ideología por su traducción concreta en la práctica y el socialismo fue no sólo expresión del derrotismo, como lo ha calificado Perón recientemente, sino que más allá constituyó la expresión de una concepción antinacional enmascarada tras un ropaje reformador. Social-imperialismo es su justo nombre.
Las excepciones, que las hubo, fueron sólo eso, y desde que el Movimiento Nacional Peronista existe, encontraron en él su encauzamiento natural, como el precursor Ugarte y los dirigentes sindicales que se sumaron al coronel Perón en 1945.
El “socialismo” de quienes estuvieron durante estos 25 años de lucha por la liberación al lado de la oligarquía o del brazo con Braden es repudiado por el pueblo, en razón de que apoyaron a la Unión Democrática en 1945/6, estuvieron con el “Cristo sí, Perón no” en la acción golpista de 1955, elogiaron la fracción “democrática y liberal” de Isaac Rojas, levantaron como consigna ante la proscripción peronista de 1957 “No vote en blanco, vote en rojo”, …hasta presentar su fórmula propia en las elecciones de marzo de 1973 restándole votos al peronismo, con lo que favorecieron objetivamente los planes de la camarilla militar, al darles la posibilidad de una segunda vuelta, que el pueblo hizo imposible, y hoy pretenden denunciar al plan Trienal como proimperialista.
Sólo cuando para los intereses políticos internacionales es conveniente apoyar las fuerzas de liberación en Iberoamérica, ellos, mitristas, liberales y antiperonistas desde la médula, varían su posición de 30 años. Los pocos meses de forzado giro hacia el peronismo no alcanzan a redimirlos de una trayectoria que se definió a sí misma al calificar el 17 de Octubre de 1945 como una acción provocada por lumpen proletariado y bandas fascistas.
Pero las malandanzas de estas expresiones del colonialismo mental, no pueden alterar el curso de la historia, aunque sí complicarlo y atrasar su avance. Todas las Revoluciones Nacionales de los pueblos de nuestro Tercer Mundo, como la que en la patria encabeza el peronismo, son parte del campo socialista mundial, porque enfrentan al imperialismo, al capitalismo de las burguesías monopolistas de las naciones explotadoras. El peronismo no pudo llamar socialista a su doctrina política en 1945, por el equívoco que provocaría en el pueblo, dado su uso por fuerzas que servían objetivamente al colonialismo. Ello llevó a Perón cuando hubo de darle nombre a escoger el de Justicialismo. A partir de entonces el Movimiento ha sido el canal concreto por donde avanzan políticamente las masas de nuestro proletariado nacional y con ellas marcha toda la historia de nuestra liberación.
El desarrollo de las luchas de nuestra clase obrera peronista en estos últimos 18 años hizo avanzar más aún al Movimiento. El cierre de toda perspectiva de legalidad política luego del golpe militar de 1966 para mejor servir a la orientación económica promonopolista de Krieger Vasena se combinaron con la mayor ofensiva destinada a quebrar la ciase obrera peronista y liquidar la jefatura de Perón. En este intento, no por inconfesable menos real, estuvieron comprometidos el participacionismo y vandorismo. Esta acción del enemigo tanto externa como interna, obligaron a la clase trabajadora peronista, a sus organizaciones y a Perón a la adopción de programas, métodos de acción y definiciones de carácter estratégico que nos encuadran expresamente en un contenido socialista. Para diferenciarnos del socialismo cipayo en plena descomposición, se le dio por parte de Perón el nombre de Socialismo Nacional, bandera con la cual se llevó adelante la última etapa de lucha contra la dictadura militar.
Lo que se consolidó en esa definición era la continuidad de un desarrollo que ya se perfilaba en el peronismo resistente. Los programas de Huerta Grande, La Falda, Movimiento Revolucionario Peronista, 62 de Pie Junto a Perón, CGT de los Argentinos, Agrupaciones, Sindicatos y Regionales del peronismo combativo y la Juventud Peronista hasta el 25 de mayo de 1973, todos tienen un desarrollo que apunta definidamente hacia un socialismo de características nacionales, fruto del avance en conciencia de las masas peronistas.
Pero este largo último año nos ensenó, una vez más, que el curso histórico no discurre siempre en permanente avance revolucionario, apresuradamente, ni en línea recta. El Movimiento ha recuperado el gobierno y con él la posibilidad de conducir la Nación, en un punto muy atrasado en la lucha de liberación. “La reacción interna y su apoyo exterior son muy poderosas”, como ha dicho Perón. La definición de los objetivos inmediatos de la etapa como de Reconstrucción Nacional evidencia cuán lejos estamos aún de una política peronista que pueda definirse como socialista. El Pacto Social y la nueva cuota de sacrificio que se le pide a los trabajadores son una evidencia de lo anterior. Pero hoy es Perón quien pide el sacrificio y dentro de una política nacional que tiende a mejorar gradualmente las condiciones sociales de la clase obrera.
La incomprensión de esta realidad, aunque nos disguste, por encima de las buenas intenciones que se puedan tener, coloca a quienes se equivocan con “los pies fuera del plato”. Y el enemigo de la Liberación es quien puede instrumentar todas las oposiciones a Perón. La clase obrera peronista, y peronista de la única clase de peronismo que conoció y reconoció, el peronismo de Perón, ve entonces en definiciones y consignas políticas “socialistas” una concepción ajena a la suya, que se expresó masiva y fervorosamente en el histórico 12 de junio de 1974, cuando “los obreros de Perón” se concentraron en Plaza de Mayo para ratificar la mutua lealtad soldada el 17 de octubre de 1945.
Hoy nos encontramos con que las fuerzas del antiperonismo de la ultraizquierda tienen todas, como en el pasado, una definición que de nombre es “socialista”. Estas banderas “socialistas” las levanta una pequeña burguesía revolucionaria, aún colonizada tras el velo del marxismo dogmático. También es preciso señalar que fuerzas definidas como peronistas pero que alzan un proyecto y una conducción alternativa de la de Perón, cuestionan el Movimiento y el gobierno popular desde definiciones que de palabra también son “socialistas”.
No habrá alternativas pretendidamente socialistas frente a la política peronista. El peronismo tiene en su seno todo el socialismo posible, al poseer un programa liberador, único eje de la unidad nacional contra el imperialismo, y por sostenerse fundamentalmente en el apoyo que le da nuestra clase obrera. Al margen de la política de la clase obrera peronista y de la Unidad Nacional construida en torno de su eje social, con la conducción de Perón, ¿qué desarrollo político hacia el socialismo es posible?
Con el gobierno popular la clase trabajadora ha conquistado un ancho margen de libertad política, aumentó su gravitación social y en el aparato estatal, aunque sea en muchos casos por intermedio de la burocracia sindical vandorista. Luego del 12 de junio comienza a participar orgánicamente en el control económico. Se va avanzando en ese largo camino histórico que deberá colocar al proletariado nacional como conductor de todo el pueblo. Esa hegemonía, sin la cual no puede hablarse de socialismo, se va construyendo lenta y dificultosamente, pero siempre dentro del cauce histórico en que desarrolla sus luchas la clase obrera peronista.
En estas condiciones, las definiciones socialistas se prestan a interpretaciones equivocas. Si bien durante un lapso comenzó a no haber en el Movimiento Nacional Peronista contraposición entre las dos definiciones, otra vez —como dijimos— se hace antiperonismo en nombre del socialismo.
Este hecho determina que políticamente sean de nuevo divergentes, aunque el peronismo llena realmente en nuestra patria de contenido definido y propio la marcha del mundo hacia el socialismo. Por otra parte, nuestra política peronista de hoy es de Liberación Nacional y no tiene objetivos inmediatos que sean socialistas.
Decir Peronismo es decir Liberación Nacional. Pero el peronismo no se agota en la Liberación Nacional tanto por ser nuestra Revolución Nacional parte del campo de las fuerzas que luchan por el socialismo —el futuro de la humanidad— como por el peso de la clase trabajadora, su base fundamental, en la que ya existe un desarrollo socialista, incipiente y fraccionado, pero no por ello menos real. Ya el peronismo no se agota en los objetivos de Liberación de la Patria, sino que se orienta hacia el Socialismo Nacional.
martes, 13 de septiembre de 2011
“...el único sucesor de Perón será el pueblo argentino, que en el último análisis, será quien debe decidir.”

La política de Perón es resultante y síntesis de treinta años de practica social dentro de un mismo cauce histórico, el cauce histórico cada vez más definido y ambicioso de lo nacional, que latía en el interior del país y en las clases populares, coincidentemente hasta ahí lo más castigado y postergado.
Perón se constituyó en uno de los polos de la relación especial líder-masas. Pudo comunicarse, Interpretar e Impulsar más allá de un lazo aparentemente primario los más recónditos anhelos, necesidades y potencialidades de masas que con él pasarían de un estado inorgánico a formas más organizadas.
Sufrimos hoy la muerte de nuestro Líder, la falta de una relación tan vital y prolongada como la propia experiencia política de las mayorías obreras y populares, hasta ahí sin poder ser protagonistas del proceso histórico.
Obviamente ya no va a ser lo mismo. Y el dolor de todo un pueblo expresándose masivamente el 19 de julio también nacía de esa certeza. Las excepcionales y reconocidas cualidades personales de Perón sumadas a toda su trayectoria histórica le otorgaban un lugar decisivo; a muchos de nos. otros —ante la tremenda pérdida del jefe del Movimiento— nos pudo parecer por un momento que su desaparición acarreaba la del Movimiento entero.
Se piensa en una tendencia general a la dispersión. Se teme el papel futuro del Ejército. Aparecen inciertas las acciones próximas de la cúpula sindical y de sectores del Movimiento que la autoridad de Perón mantenía enmarcados. Pero Perón fue la expresión de fuerzas sociales profundas del país. Su proyecto político demostró tener el aval de los trabajadores. Su fruto es el Movimiento, con la extremadamente rica experiencia de los últimos treinta años. La perspectiva de anarquía en nuestras filas realmente no está a la vista. Podrán existir desmembramientos por ambos extremos, quizá de aquellos a los que sólo la autoridad de Perón mantenla dentro. Pero esa línea de dispersión no puede alcanzar el cuerpo central del Movimiento: la clase trabajadora peronista. Tenemos sin embargo la responsabilidad de reforzar las corrientes peronistas las que apoyan, defienden y tienden a profundizar el proyecto del jefe del Movimiento. Ellas tienen que dar un paso al frente y sustituir como pueden, como podamos, el tremendo vacío que nos deja la muerte de Perón.
La tarea es posible. Hay una línea histórica que está trazada y cosas que no se van a romper. El proyecto peronista en sus aspectos sociales se ha hecho carne y cuerpo en forma masiva. No fue yana en ese sentido la lucha que compartió con Perón la compañera Evita. En los aspectos políticos y económicos quedaron claras también muchas concepciones. El principio de solidaridad con el Tercer Mundo, la necesidad de unión latinoamericana, el vínculo con los países socialistas y el rompimiento de las barreras ideológicas ya son hechos indiscutibles para todo peronista. El aparato sindical a nivel de sus conducciones está, con todos sus contactos, sus tramoyas, su aburguesamiento jugado dentro de una política nacional. No tendría capacidad, por otra parte para mantener a la clase obrera pasiva frente a una política antinacional en la que eventualmente podría intervenir.
Habrá que llegar pues en el plano interno a una política que pueda continuar la línea histórica en la que Perón ha expresado a la clase obrera. Así se encontrará un punto de convergencia de todas las fuerzas peronistas que en lo fundamental son leales al proyecto de Perón. Todo esto implica necesariamente un grado de democracia, consulta y acuerdo mayor, y esto por simples razones prácticas: hay que sustituir ahora con una fuerza colectiva lo que representaba Perón en confianza para todos los peronistas. Las fuerzas del Movimiento van a tender a expresiones de carácter más activo.
Perón ha buscado la institucionalización del proyecto nacional. Previó evidentemente su desaparición física, eligiendo a la compañera Isabel como vicepresidente y con eso también como presidente de los argentinos convencido de que proporcionaría la máxima garantía política, más allá de las parcialidades.
Así lo entendió el pueblo argentino respaldado con 7 millones de votos la fórmula en esa oportunidad y ahora apoyando sin ninguna vacilación la gestión de Isabel al frente de la nación lo cual conserva legítimamente el peronismo en el gobierno.
Desde el particular punto de vista obrero peronista, habrá que buscar la unidad y organización política de nuestra clase porque ésta será el eje decisivo para el mantenimiento del proyecto nacional de Perón. Dentro de la propia diversidad que existe en la clase obrera y con todas las contradicciones que se tienen con el aparato vandorista, habrá que mantener el máximo grado de organización y unidad posibles. El proyecto nacional de Perón tendrá así el marco máximo de garantías que nosotros le podamos dar.
Hay que apostar, pues, no a la confianza en los radicales, en el ejército, sino a nuestra propia clase obrera que es peronista y es nacional, tiene poderosas organizaciones de masas y está unida en la política de Perón y en el apoyo al gobierno peronista de la compañera Isabel.
La política de unidad nacional y de desarrollo del proyecto de Perón no la podemos plantear en forma independiente de lo que es nuestra principal misión, garantizar la unidad del desarrollo político de la clase obrera dentro del proyecto. Esto significa un solo sindicato, una sola CGT, una sola 62, un solo proyecto político, el máximo grado de democratización dentro del Movimiento, la no escisión, la no ruptura.
Se perdió fisicamerite el jefe del Movimiento, pero no el Movimiento. La corriente histórica, con su política, sus organizaciones, su propio gobierno, todo esto está. Falta desde el punto de vista individual la expresión más grande del Movimiento. Pero Incluso esa pérdida de Perón se produce cuando nos deja tras él la Unidad Nacional, siendo indiscutido incluso por enemigos enconados de ayer, en la culminación de su fuerza política. ¿Y quién puede cerrar la brecha que se produjo sino el Movimiento y la clase social que ha mantenido una total comunidad con Perón desde el 17 de octubre de 1945 hasta el 12 de junio del 74? Esa continuidad indica que ese Movimiento y esa clase trabajadora son los señalados para cubrir la dolorosa brecha.
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