por Norberto Ceresole
Naturalmente el Estado de Israel ha incrementado la rejudaización física de Jerusalén, al mismo tiempo que aplica los llamados "Acuerdos de Paz" (Madrid-Oslo), que en su momento fueron jubilosamente consensuados por la totalidad de la llamada "comunidad internacional" (1).
No es casual, obviamente, que esos hechos coincidan con los mayores esfuerzos realizados en Occidente para continuar simulando que la política del Estado de Israel -y de las organizaciones de la judería sólidamente implantadas en muchos países del mundo- se desarrolla en un plano puramente angelical, o "celestial" (en el estricto sentido bíblico de pueblo y Estado "elegidos").
Desde hace muchos años, en el mundo Occidental es imposible realizar cualquier crítica política al Estado de Israel o al judaísmo en general. En estas cuestiones toda crítica se transforma en blasfemia, y el crítico es sencillamente estigmatizado, demonizado y, finalmente, reprimido. Ello tiene una lógica profunda que se explica a partir de la sustitución de lo político por lo teológico, que es lo que está ocurriendo en esta etapa de refundación ideológica del Estado de Israel. A esta etapa la denominamos nacional-judía o hiperjudía (2).
La política del Estado de Israel está ya totalmente inscrita dentro del nacional-judaísmo, o del hiperjudaísmo, lo que significa, en primer lugar, que la ideología hegemónica de ese Estado tiene ahora, en un nivel cualitativamente distinto al de la etapa sionista, un fundamento religioso, es decir, bíblico.
Una ideología -única en su caso- basada en una interpretación sui generis del Antiguo Testamento, lo que incluye la existencia de un proyecto de ley en Israel (aprobado hacia fines del mes de febrero de 1997) que castiga con penas de hasta un año de prisión "...la posesión, la impresión, la difusión y la importación de informes o materiales que contengan elementos que persuadan a un cambio religioso" en el Estado Judío. La Biblia Cristiana o Nuevo Testamento entra dentro de esa categoría bibliográfica. A partir de la aprobación definitiva de la ley la práctica del cristianismo devendrá en un delito en la "Tierra Santa" (3).
En segundo lugar se le asigna -en esa ideología de Estado- a los patriarcas y profetas fundadores de los pueblos judíos, cristianos y musulmanes, un rol exclusivamente judío. Ellos son considerados por los actuales dirigentes de Israel, como los padres exclusivos de la nación judía, hecho que transforma a ese Estado y a esa sociedad en algo totalmente diferente del resto del mundo (4), y al judaísmo nacional israelí (hiperjudaísmo) en algo contradictorio y hasta opuesto a los otros dos grandes monoteísmos abrahámicos.
El hiperjudaísmo, por ejemplo, es lo que ha convertido a uno de los profetas del Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, Josué, en el campeón del nacionalismo judío. Desde 1990 cada soldado judío lleva en su mochila un ejemplar de la Biblia (Antiguo Testamento) donde se ha adjuntado un mapa del Eretz Israel que incluye no solamente Judea y Samaria (Cisjordania), sino Jordania y el famoso espacio del Nilo al Éufrates. El prefacio a esa Biblia Nacional que es para el hiperjudaísmo el Antiguo Testamento fue redactado por el rabino general de las fuerzas armadas judías Gad Navon, quien subraya que Josué es, por así decirlo, el primer jefe militar del nacionalismo judío (5).
Estamos en presencia de una gran complicación teológica y política. Años atrás -durante la etapa de la guerra fría- el concepto sionista era extremadamente útil, porque servía para caracterizar una política, la del Estado de Israel, diferenciada de una religión, el judaísmo. ¿Qué hacer ante el hecho consumado por el cual el judaísmo -una religión- ha sido transformado en ideología oficial de un Estado, es decir, en una política? Toda crítica concreta adquiere así las dimensiones de crítica teológica, que además afecta decisivamente a los otros dos grandes monoteísmos: el cristianismo y el Islam. Las tres religiones aceptan a los mismos patriarcas y profetas con excepción de Cristo y Mahoma -los judíos-, y Mahoma, los cristianos (6).
De esta forma la política del Estado de Israel pretende lograr el blindaje religioso y cultural más invulnerable. ¿Cómo decir, por ejemplo, que ese Estado ha cometido y comete acciones criminales? De hecho ya no estamos hablando de sionistas sino de judíos, los "hermanos mayores", como indica oficialmente la Iglesia Católica Romana desde hace casi una década, del monoteísmo del mundo antiguo.
Dentro de la Iglesia Católica la polémica sobre los "hermanos mayores" es muy antigua. En determinados momentos ella tuvo relación con la existencia de numerosos cuadros eclesiásticos de origen converso. Julio Caro Baroja, en el Cap. 10, Vol. 2 de Los Judíos en la España Moderna y Contemporánea, hace relación al problema en "los jesuitas y los conversos" (p.227).
El hecho es que una lectura sin prevenciones -sin "interpretaciones" previas - de los principales libros que componen la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento nos muestra a patriarcas y a profetas judíos sosteniendo proyectos políticos y métodos de acción que corresponden exactamente a las interpretaciones que en la actualidad hace el hiperjudaísmo en esta refundación ideológica del Estado de Israel (7). Y esta realidad es la que mejor explica la unidad de acción estratégica que hoy existe entre los Estados Unidos de América e Israel, que surge y se fundamenta en dos lecturas similares del Antiguo Testamento (la judía y la evangélico-calvinista).
Aunque con diferencia de grado e intensidad, el Estado de Israel y los Estados Unidos de América (EUA) son los únicos poderes fácticos del mundo cuyas acciones se sustentan en "grandes principios". Los (norte)americanos son maestros en proclamar la moralidad perenne de su política exterior; y ello emerge de una lectura muy especial -evangélico-calvinista- de la Biblia Hebrea (Antiguo Testamento) (8). Por esa razón el mito del "Holocausto" se convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana a partir de su derrota militar en Vietnam, y en la base de un chantaje permanente de Israel a Occidente en su conjunto (Ver: Capítulo 7, El Mito del Holocausto y la Conciencia Occidental).
De una lectura sin interpretaciones del Antiguo Testamento surge un indudable sentimiento de superioridad nacional y racial: "Se es más hombre en tanto que se es más judío". "Lo judío es lo que más próximo está de la humanidad". Y así sucesivamente. El origen de esta lectura es ciertamente talmúdico, pero recién en esta contemporaneidad pos-sionista existen las condiciones militares para que la misma se transforme en un hecho estratégico de gravitación extraordinaria.
El Talmud es el gran libro sagrado del judaísmo, donde se ponen por escrito, a partir del siglo II d.C., sus tradiciones orales. La Ley oral es indispensable en el judaísmo, tanto o más que la Torah o Biblia Hebrea, ya que esa tradición (oral) pretende extraer su legitimidad del propio Moisés. En los dos libros del Talmud y en la Mishnah (9) es donde se manifiesta con toda su claridad la violencia anticristiana del judaísmo. Jesús es un traidor que merece eterna condenación ("Cuál es el castigo de este hombre?: excrementos en ebullición -B. Guit 56b-57a). Toda la historia del judaísmo pos-talmúdica es una militancia anticristiana. Es por ello que no se debe entender al cristianismo como "antisemitismo", como propone la hermenéutica católica posmoderna, sino a la inversa, al judaísmo como anticristianismo, como ya sostuvo Lutero en 1543 (ver nota 33).
Por eso es que hoy todo ataque a la política del Estado de Israel, se convierte en una escisión trascendente, en una fractura teológica entre el crítico y lo criticado: se abre un foso insalvable entre un "nosotros" y un "ellos". El crítico se transforma así en "extranjero", en el sentido del Libro de Josué, lo que significa: en enemigo.
La lectura que hoy hace el hiperjudaísmo del Antiguo Testamento no es una lectura tribal. En realidad es una lectura imperial acorde con el papel que aspira a jugar el Estado de Israel y una gran parte de la comunidad judío (norte)americana en la construcción de un nuevo orden mundial globalizado, con un cristianismo institucional que ya actúa como el hermano menor del judaísmo.
Sólo falta reducir a los núcleos "duros" del Islam y del nacionalismo árabe. Y ello está planificado como una operación militar que puede provocar una catástrofe irreversible. Invito a los lectores a leer a Moisés explicando a sus tribus cómo conquistar la tierra prometida, imaginándolo de pie sobre un arsenal nuclear, táctico y estratégico. Imaginemos la metodología política de Moisés realizada con las tecnologías militares actuales, "armas de destrucción masiva", casi todas a disposición del ejército judío.
Este proceso de refundación ideológica del Estado de Israel hace que toda investigación crítica se convierta en algo "abominable" que proyecta al autor hacia la clandestinidad y hacia la "blasfemia" y, en el campo puramente terrenal, hacia la cárcel, o por lo menos hacia la marginalidad más absoluta. No obstante, Israel sigue siendo un Estado criminal, cualquiera sea la ideología con que se recubra, pertenezca ésta al reino de lo terrestre o al reino de lo "celeste". Un Estado criminal desde su misma fundación sionista -es decir, nacionalista, europea, blanca, laica, racionalista y "civilizadora"- en un territorio usurpado y ocupado a sangre y fuego. Al mejor estilo "Antiguo Testamento".
La cobertura ideológica de base religiosa (talmúdica) que hoy explicita ante el mundo el Estado de Israel es de una gravedad aterradora. Los otros dos grandes monoteísmos originariamente pos-judíos quedan, en principio, atrapados en la red. Salvo que se sostenga, como lo hacen los musulmanes a partir del Corán, que los textos bíblicos en sus actuales versiones son, en su mayor parte, apócrifos. Por lo demás resulta francamente artificial la anterior pretensión "progresista" -es decir, infantil- pretender escindir sionismo y judaísmo, y definir "malo" a uno y "bueno" a otro.
La Biblia judía es un discurso ideológico que emite la propia divinidad. Por lo tanto su texto es un texto sagrado. A partir del propio texto Dios se dirige al lector. Él es el destinatario del mensaje. Si esto es cierto hay, por lo tanto, en la lectura nacionalista del judaísmo, un núcleo irreversible de perversidad. Esa perversidad, esa "abominación" que produce "desolación" (San Juan, Apocalipsis), es la que provoca los sucesivos choques de la comunidad judía contra el resto del mundo en estos últimos 32 siglos, si aceptamos como válida la mitológica datación bíblica por la cual la aparición de las primeras tribus hebreas en Palestina (tierras cananeas) ocurre hacia el siglo XII-XI aC.
Ahora, por primera vez desde sus mismos orígenes, el judaísmo ha adquirido una posición geoestratégicamente dominante en la historia, por lo menos en las grandes áreas de la política occidental y del mundo antiguo. Esa posición dominante comienza con la victoria Aliada en la "segunda guerra mundial" y la inmediata fundación del Estado de Israel. En la actualidad el poder judío se sustenta internacionalmente desde el control de los principales órganos de poder del Estado Norteamericano, y a partir del lobby judío-norteamericano, que es hegemónico en el plano cultural, político y financiero. El supuesto esplendor de la etapa davidiana de la prehistoria mítica de Israel queda totalmente opacado ante la situación actual, ya que, supuestamente, el poder político del Rey David sólo llegó a significar, en el mejor de los casos, la existencia de un pequeño espacio geográfico periférico totalmente ignorado por las grandes civilizaciones de la época.
El poder fáctico de que hoy dispone el Estado de Israel -y que en gran parte le ha sido transferido y conquistado por -y dentro de- esa otra gran potencia bíblica que son los Estados Unidos de América, a través de ese "Tercer Estado" que es el lobby judío (norte)americano- tiene como lógica contrapartida una dimensión ideológica a escala "religión fundadora". Por primera vez, la ideología se engancha con el poder y la palabra con los hechos. Ahora el judaísmo es una política de Estado, sustentada por una potencia que dispone de un poder de alcance global.
De esa confluencia entre poder ideológico y poder fáctico surge una gran capacidad de acción, que no se corresponde ciertamente ni con la cantidad de judíos que habitan hoy en el planeta -unos 15 millones de personas, es decir, una pequeña "mancha" demográfica- ni con las insignificantes dimensiones espaciales del Estado de Israel, ni con ninguna otra medición fáctica del poder, en términos estrictamente sociológicos, geopolíticos y/o económicos.
En definitiva, existe una mutación política, cultural y estratégica que sufre el judaísmo en estos tiempos, desde la existencia del Estado de Israel. El nacional-judaísmo ha reemplazado al sionismo (en su versión nacional-revisionista y/o en su versión socialdemócrata) como ideología fundacional de un hecho político. Es esa cosmovisión ultraviolenta del judaísmo pos-sionista quien está organizando el estallido de una guerra mundial de exterminio con epicentro en Oriente Medio y con proyecciones sobre Asia Central.
Esta nueva ubicación de Israel en un mundo al que se intenta globalizar, se corresponde con la lógica de una guerra civil interior potencial que está ocurriendo dentro de la sociedad israelí -incluyendo en ese concepto (sociedad israelí), por supuesto, a las ramas más importantes de la judería en el mundo. Esta guerra civil potencial tiene, lógicamente, una relación muy estrecha con la evolución de lo que se había llamado hasta este momento "Plan de Paz".
El asesinato del señor Rabin y las investigaciones que sobre él se realizaron y aún se realizan, fueron revelando una trama increíblemente compleja. Los sectores judíos que pueden ser definidos como fundamentalistas no sólo conspiraron -con prolongada anterioridad al asesinato propiamente dicho- contra la concepción original del "Plan de Paz" ("paz por territorios"): están asimismo estructurando una fuerza -ideológica y física- a escala internacional, con el objeto de desatar una guerra "definitiva", una guerra de exterminio que tendrá por escenario principal el Oriente Medio (Siria, en primer lugar) y "zonas contiguas" del Asia Central (Irán). Esa "guerra definitiva" es una "solución final" para exterminar y/o transferir a la población palestina y árabe del Eretz Israel (Gran Israel, o territorio de Israel, con fronteras definidas -"desde el Nilo al Éufrates"- a partir de relatos bíblicos considerados "sagrados" por los fundamentalistas judíos) y lograr así una pureza étnica que el nacional-judaísmo considera imprescindible para la realización de su Plan Mesiánico.
A partir de esa guerra, el lobby judío (norte)americano pretende alcanzar un espacio económico ampliado -en Oriente Medio y Asia Central- según objetivos globalizadores. Lo intentó alcanzar bajo gobierno social-sionista, que pretendió convertir al Estado de Israel -vía "plan de paz"- en el cerebro tecnológico y financiero de un espacio árabe-musulmán totalmente domesticado, por medios "pacíficos" (políticos y diplomáticos) (10). Ese proyecto social-sionista ya no es viable porque la sociedad israelí -incluidos los sectores más poderosos de la diáspora judía- no es una sociedad occidental normal, como ingenuamente pensó el propio Occidente hasta hace muy poco tiempo. En su interior se produjo una mutación profunda que tendrá alcances estratégicos trascendentes que afectarán a la totalidad del "mundo occidental".
Esa guerra ya está pre-diseñada a partir de numerosos ensayos sobre el terreno. El exterminio y la expulsión de grandes masas poblacionales de árabes y de musulmanes será un elemento constitutivo esencial en el nuevo conflicto que se está diseñando. Habrá asimismo una fuerte represión en el interior de la sociedad israelí, en la dirección de eliminar del mapa político y físico a todas las versiones del "liberalismo laico judío".
Este conflicto interior no es nada nuevo en la historia del judaísmo. Se planteó en Alemania entre sionistas y "asimilados" con anterioridad y durante la "segunda guerra mundial". Fracciones del sionismo, especialmente las "revisionistas" (así llamadas posteriormente porque querían "revisar" el mapa de Palestina luego de la "partición" de 1947) negocian con la jefatura del Tercer Reich, por lo menos hasta 1942, la transferencia a Palestina sólo de judíos sionistas, dejando a los judíos asimilados para su posterior traslado a campos de concentración de la Europa del Este. Paralelamente miles de alemanes de origen judío, pero no asumidos como tales, pelearon valientemente en la Wehrmacht por la victoria del III Reich.
Como veremos en el capítulo siguiente, la llamada "solución final" no consistió en el exterminio físico y planificado de los judíos europeos. Por supuesto que hubo asesinatos en masa de judíos y de no judíos. Ello sucedió en todos los frentes y en todos los bandos en pugna. Lo que pretendemos señalar es que todos los documentos existentes hasta el día de hoy demuestran con claridad que el objetivo del nacional-socialismo era excluir a la población judía del Tercer Reich, y no exterminar a esa población, como sostiene la teoría del Holocausto o el Mito de los "seis millones".
No se niega la existencia de crímenes cometidos por el nacional-socialismo alemán. Se sostiene que esos crímenes no son de naturaleza distinta a otros crímenes cometidos por otros Estados o grupos humanos a todo lo largo de la historia humana, incluyendo la segunda guerra mundial. En ese sentido no hubo "Holocausto", es decir, un plan ritual de exterminio -por parte del victimario- y una aceptación (necesidad teológica) de ser exterminados, por parte de las víctimas.
Posteriormente, la "teoría del Holocausto" se constituyó en el gran elemento mítico e ideológico justificativo no sólo de la creación del Estado de Israel; sobre todo propició -muy enfáticamente- la "necesariedad" de los crímenes continuos, sistemáticos y progresivos cometidos por ese Estado, contra Palestina, Líbano y el mundo árabe-musulmán en general. Se pretendió fijar en la conciencia mundial la idea de que el "Holocausto" era superior e irreductible a cualquier otro sufrimiento o sacrificio humano en la historia. Ello permitió sostener que "la creación del Estado de Israel era la respuesta de Dios al Holocausto", y que sus crímenes eran un acto de fidelidad al "gran elector". Al Dios que señala e identifica a su pueblo.
Ahora ese "Estado Divino", habitado por un "Pueblo Elegido", planea y ejecuta una guerra de destrucción y de exterminio, un verdadero genocidio contra los pueblos musulmanes (en principio, árabes y persa), siempre protegido por el escudo ideológico del "mito de los seis millones".
Esa guerra de exterminio, en la escala regional, implicará, en primer lugar, al ejército de Siria, y a los movimientos políticos y militares de resistencia nacional como Hezbollah (Líbano) (11). El objetivo de los mandos fundamentalistas del ejército judío -que en ningún momento fueron ajenos a ninguna de las crisis relacionadas con el llamado "Plan de Paz"- será destruir con la mayor rapidez posible a las fuerzas de Damasco y, luego de tener las manos libres -en un tiempo muy corto- arrasar -utilizando armas nucleares, si fuese necesario- a la República Islámica de Irán. Los territorios bíblicos del Eretz Israel estarían así disponibles para el "pueblo elegido".
El nacional-judaísmo o hiperjudaísmo es, en verdad, una combinación sanguinaria entre mesianismo religioso pos-sionista, militarismo de alta tecnología y capitalismo globalizante. La realización plena y efectiva de cada uno de los elementos de ese trípode pasa inexorablemente por el desarrollo de una guerra ya iniciada cuyas líneas principales podrían ser las señaladas anteriormente. En estos días estamos viendo, en Palestina, algunos aspectos preliminares de esa guerra. Algunos ensayos en pequeña escala, como lo son asimismo los bombardeos cotidianos al Líbano.
Que exista ese plan mesiánico-militar orientado a crear una gran zona de globalidad capitalista en lo que hoy es uno de los grandes "agujeros negros" (12) de la política mundial (grandes "vacíos" que desestabilizan la concepción globalista del "Nuevo Orden Mundial"); que exista ese Plan no quiere decir que el mismo se realizará indefectiblemente. Son numerosas y activas las fuerzas resistentes que actuarán en dura oposición a su desarrollo.
Shimon Peres vuelve a la carga con una de las ideas más peligrosas para la supervivencia del pueblo palestino y, también, para la del mundo árabe-musulmán: el proyecto laborista de la "confederación judío-palestina". El proyecto pretende constituirse en el núcleo de un programa de gobierno alternativo al de la coalición Likud-partidos religiosos, actualmente gobernante. Se trata de hacer efectiva la "alternancia en el poder", mecanismo común en las llamadas "democracias normales" occidentales y, con ello, continuar simulando que la sociedad israelí es una "sociedad normal", según parámetros occidentales.
¿En qué consiste la idea de la "confederación judío-palestina"?
En esencia plantea la necesidad de construir un mercado económico en todo el espacio árabe musulmán del Oriente Medio. Ese espacio económico tendría como centro o núcleo al propio Estado de Israel, quien sería el encargado de suministrar su "capacidad tecnológica", entendida como motor de la totalidad de ese espacio económico. La "confederación judío-palestina" hubiese sido la conclusión lógica de los Acuerdos de Oslo, de no haber mediado la victoria electoral de Netanyahu y la creciente hegemonía del fundamentalismo judío, dentro de las fronteras del Estado de Israel. La totalidad del proyecto está expuesta en un libro firmado por Shimon Peres cuyo título en castellano es: Oriente Medio, Año Cero (Grijalbo, Barcelona, 1993).
Dado que las cuestiones económicas están en el centro del proyecto, europeos y norteamericanos siguen convencidos que la "solución" de la cuestión palestina está dentro de la idea de "confederación". Ello significa que la "confederación" sería el mecanismo adecuado para impulsar la dinámica de la paz. Una vez que israelíes, palestinos y árabes desarrollen la confianza mutua, a partir de un desarrollo económico concreto y ordenado dentro de un mismo espacio, los problemas políticos más espinosos quedarían resueltos casi automáticamente.
La "confederación" deberá, naturalmente, poseer un centro o eje: la unidad de intereses entre israelíes y palestinos, primero, y entre israelíes, palestinos y jordanos, de inmediato. Una especie de Benelux medio-oriental para el desarrollo de proyectos económicos conjuntos. Así, la paz será la consecuencia de un acuerdo sobre cuestiones económicas de fondo. Una vez pactada la cooperación económica, todos los demás problemas (soberanía, tierra, Jerusalén, Estado Nacional Palestino, etc.) encontrarían el marco adecuado de solución.
Para los laboristas israelíes -que cuentan con el apoyo de los europeos y, en parte, de los norteamericanos- la idea de la "integración económica" es la base y la condición de la "seguridad". Exactamente lo contrario a como lo ve Netanyahu. La integración económica es el principal componente del proceso de paz. La seguridad de Israel se ampliaría de esta manera a un marco regional: se habla de una "seguridad regional" para combatir al "terrorismo". La lucha por la reconquista de la dignidad del hombre es una cuestión que no puede ser separada del actual combate mundial de los pueblos -de todos los pueblos- contra una globalidad indiferenciadora y crecientemente perversa. El hiperjudaísmo es una parte constituyente esencial del globalismo que separa a la población mundial trazando una frontera infranqueable entre "elegidos" y humillados. Pero dentro de la "confederación" los palestinos encontrarían, por fin, un lugar en el mundo, aceptando la soberanía judía en lo económico, lo tecnológico y lo político. Ya no sería necesario desangrarse en esas luchas estúpidas por la dignidad, como diría el señor Shimon Peres.