2. MITRE – Historia de San Martín. “Las ideas políticas de Pueyrredón, en cuanto a forma de gobierno, que siempre habían tenido un tinte aristocrático, eran entonces acentuadamente monárquicas – como las de mayor parte de los notables contemporáneos -, aun cuando pensase, como San Martín, que era un medio y no un fin”
miércoles, 3 de julio de 2013
UN PLAGIO PERNICIOSO
por Luis
Alberto de Herrera
Compárese aquella prudencia preventiva con la temeridad sudamericana
idéntico caso.
Mientras la colonia británica, familiarizada con las instituciones
libres, se afana en restringir el radio democrático, al extremo de que algún
autor se pregunta a qué capítulo de su legislación lo confina, la colonia
española, ajena en absoluto al aprendizaje de la independencia, sólo acierta a vestirse con las más avanzadas teorías,
sin detenerse a meditar sobre la oportunidad de esa improcedente indumentaria.
¡En proporción a la arrogancia del ímpetu
ha sido la caída!
Pero tan purgado desvarío tiene la triste explicación que prestan a
todas las catástrofes sus mismos antecedentes. América del Sur no estaba
preparada para el desposorio republicano —nadie lo ignora— cuando el destino lo
quiso así. El imperio de sucesos exteriores precipitó el desprendimiento de
España. En la primera jornada de lucha, a brazo partido, heroica, se
disimularon, con abundante contingente de sacrificios, las imperfecciones
políticas del medio social. Pero el día en que fue sellada la independencia, en
la segunda jornada, adquirieron aquellas imperfecciones, que eran
fundamentales, su natural transparencia.
Después de combatir había que organizar, que dirigir, que pensar. ¿Concebible
coronar la luminosa tarea sin levadura de pueblo? Porque el pueblo efectivo,
hábil, capaz de derechos y de deberes republicanos, era una metáfora en nuestro
continente.
¡Suprema injusticia fuera procesar por sus derrotas a nuestras muchedumbres turbulentas!
Lo extraordinario hubiera sido que de su seno, oscuro y amorfo,
brotara en seguida la luz.
Todavía bajo el ardor de la dura brega, rencorosos para el pasado
ibérico que, negativo de la vida, no había labrado hondos amores, nuestros
padres se entregaron ciegos, seducidos, deslumbrados, a los dogmas delirantes
de la Revolución
Francesa.
"Tener siempre en el pensamiento las santas escrituras de los
apóstoles franceses fue en las primeras décadas de nuestra revolución, la
preocupación de los raros técnicos y especialistas de derecho que las conocían
por lecturas de ocasión. Aspiraban entonces a legislar sin violar los
principios del Pacto Social, para erigir con él barreras insalvables al
analfabetismo nacional, a la incapacidad del indígena y del mestizo para el
gobierno representativo y a la barbarie de Quiroga o de !barra y a la
gauchocracia de Bustos y López. ¿Qué pensar de la eficacia de estos finos
instrumentos y delicadas mallas soñados por Montesquieu o Rousseau, meditando
en el silencio del bosque sagrado, para trasladarlos a Sudamérica y domeñar
con ellos la bestia anárquica?” [1]
En el ingenuo entusiasmo de la hora ellos olvidaban que no basta decirse libres para serlo, como no basta, para adquirir derechos, flamear una bandera.
Algunos patriotas eminentes propiciaron la conveniencia de una
transición suave, utilizando el intermedio de la forma monárquica; pero estos
sabios consejos se perdieron en el tumulto clamoroso.
Vale la pena mencionar que, a pesar de la renegación de la herencia
española, ese repudio no pudo sancionarse en la práctica del gobierno, pues las
costumbres, las ideas generales, las tradiciones, la creencia religiosa, los
prejuicios de raza, el analfabetismo, las pasiones desordenadas quedaron en
pío, más poderosos en su arraigo étnico que la soberbia de le nublo de airados
decretos. Se asistió, entonces, al injerto de fórmulas exóticas en el árbol
secular, con la agravante de abrigar los ensayistas la convicción, muy sincera,
de cumplir un cometido redentor.
De dos elementos sociales mutilados se hizo un todo, llamado al mas
irremisible desastre. Porque el gobierno de los pueblos no es una ciencia
exacta; su éxito no se abona, como en geometría, con una democracia dibujada
sobre la pizarra; por el contrario, sus formulas, después de demostradas,
exigen la sanción efectiva de la practica.
Esa práctica confirmatoria no pudo existir en Sudamérica porque su
revolución no modifico en esencia a la unidad hombre; atacó la forma y no el
fondo de las cosas. Libres, continuamos siendo colonos, pues no es tan fácil
como se quisiera defenderse del medio y de sus influencias complejas. Suele
verse a los autores de nuestra raza, después de procesar las incurables
aberraciones de la dominación española y de exhibir a las poblaciones de América
vegetando en el desconocimiento de las más elementales regalías públicas,
aceptar un cambio radical de decoraciones a partir de la independencia,
concediendo ellos gestos de soberanía avanzada a las masas informes, en su
mayor parte compuestas de mestizos, que iniciaron, atónitas, sin saber cómo, un
nuevo capitulo de su historia.
No; no hay benevolencia de criterio capaz de convencer
de esa maravillosa transición del férreo pupilaje a la libertad consciente. La
vida de los organismos se desenvuelve como un efecto lógico,
sin ángulos rectos,
coordinándose los sucesos
unos a otros, para engendrar nuevos sucesos, todos solidarios, ligados entre sí, al igual de
los puntos de una trayectoria.
Estéril empeño, pues, gastar dialéctica en la probanza de fulminantes
capacidades cívicas que no eran posibles. Las cosechas se encargan de hacer el
elogio de la semilla y ahí están de pie en el recuerdo continental los desastres del régimen democrático entre
nosotros, ratificados todos los días por nuevas tristezas.
Claro está que a tan doloroso testimonio se contesta con socorro
imaginativo y casi bendiciendo tales naufragios, por aquello de que el huracán destruye para fecundar.
Víctimas de las declamaciones de 1789, todavía continuamos atados a su
espíritu de sofisma y rebeldes a las más claras evidencias.
Ya, entre las luces de la aurora, Bolívar y San Martín, los dos
grandes libertadores, afianzados por las más eminentes cabezas de la época,
desesperaron de la aptitud libre de las sociedades por ellos redimidas. ¿Acaso
habrían "arado
en el mar'"! [2]
No es cierto que las generaciones siguientes hayan levantado la lápida
de ese descreimiento. Las instituciones republicanas no son en Sudamérica lo
que se jura que sean. En los orígenes surge más desnuda la ficción.
Para contener el desorden popular que se bosquejaba, los organizadores
de 1810 pensaron en el freno regulador de un poder fuerte y constitucional,
siendo asunto secundario que ese poder llevara el nombre de monarquía; pero el
calor de la reyerta y la ideología, ya en auge, inutilizaron esa fórmula de
salvación común levantando, ante el alma ingenua de los pueblos, el fantasma
del absolutismo de Fernando VII, cuando sólo se quería el ensayo de un sistema
de moderación liberal.
Desautorizado por la calumnia este recurso prudente, preliminar de una
república verdadera, quedó el campo por las irreflexiones líricas. Entonces,
como lo hemos dicho, se quiso y se consumó el traslado íntegro, a nuestros
territorios desolados, de los dogmas resplandecientes de la Revolución Francesa ,
olvidando que esas adaptaciones violentas nunca reemplazarán a las fuerzas
fecundas de la naturaleza, sabia y coronada trabajadora dentro de cada clima
moral.
Fue ese el peor ejemplo que pudieron
elegir las colonias españolas. [3]
Para abonarlo así dejamos correr la pluma; porque todos
nuestros defectos orgánicos, en vez de encontrar correctivo, recibieron estímulo y mi ampliación de los mismos
defectos imperantes en Francia y empeorados, | intensidad, por su prestigio
europeo.
Pero es del caso observar que, a no ser un mando inconmovible y de
hierro,
ninguna teoría
constitucional era capaz de apartar a los sudamericanos del abismo, cautivos ellos de su ineptitud democrática.
Ni la sabiduría concreta de las leyes sajonas habría conjurado el peligro. Bien
lo abona así el quebranto político de Colombia, Venezuela, México y Argentina,
organizados bajo la forma federal.
"Los habitantes de México, queriendo
restablecer el sistema federativo , tomaron por modelo y copiaron, casi
enteramente, la
Constitución federal de los angloamericanos, sus vecinos.
Pero, al transportar la letra de la ley, ellos no pudieron
transportar, al mismo tiempo, el espíritu que la vivificaba. Se les vio, pues,
tropezar repetidamente en los rodajes de su doble
gobierno. La soberanía de los Estados y la de la Unión , saliendo del i aculo que la
Constitución les había trazado, chocaron de continuo la una
con la otra. Actualmente todavía México es llevado, sin cesar, de la anarquía
al despotismo militar y del despotismo militar a la anarquía".
[4]
Muy poderoso este comentario, porque es ingenuo crear leyes sin contar
con hombres capaces de comprenderlas y cumplirlas.
"¿No dividimos, desde los primeros estatutos, nuestros gobiernos,
en las tres ramas clásicas? ¿Y acaso por eso alteramos el uti possidetis del poder personal y sórdido del
mandatario colonial, que en su integridad se trasfiere al caudillo? ¿No nos
decretamos el sistema representativo y el sufragio universal? ¿Y acaso por eso
se improvisaron capacidades que el país no pudo crear, entre otras causas,
porque ellas no encontraban elementos en su constitución hereditaria? ¿No
dictamos leyes para asegurar la responsabilidad de los funcionarios
conculcadores? ¿Y acaso por eso se reforzaron los frenos que jamás sirvieron
para contener los abusos extorsiones de los gobernadores de Indias? ¿Existe,
por ventura, alguna ley que sea capaz de salvarnos de nosotros mismos?" [5]
Por eso sería exagerado optimismo suponer que la imitación apasionada
de las instituciones norteamericanas pudo salvarnos de todas las caídas
sufridas, resultando exagerado pesimismo la opinión contraria, según la cual, a
no mediar el plagio de las ideas francesas, navegaríamos ya en mar manso, de
derecho.
Ninguna de esas elecciones poseía el secreto de la enfermedad mortal o
de su curación. En la propia carne estaba la decisión del problema. Pero, de
cualquier modo, no puede dudarse que el entregamiento a los dogmas demagógicos
de 1789 aumentó nuestros males orgánicos; siendo también cierto que la
aproximación al precioso concepto republicano de Estados Unidos habría
atemperado el fuego de nuestros errores.
Caracterizan a nuestra raza, la arrogancia en el
extravío; la preconización permanente de la libertad, desmentida por los
hechos; el sofisma esgrimido con habilidad en todas las encrucijadas del deber,
para rehuirlo; la poesía del desinterés decorando a la prosa interesada;
arrestos de equidad, sin perjuicio de medirla siempre con metro de vencedor;
protestas de respeto a la ley, pero sin disciplina para acatarla cuando ella
decide en contra; una fiebre declamatoria que descompone las mejores
iniciativas, invasora, además, del terreno privado; la malaria politiquera, en
pleno desarrollo, adueñada de todos los ánimos y haciendo costumbre de las
murmuraciones de barrio; el hábito heredado de la desobediencia en lo trivial y
en lo solemne; el encarnizamiento en las pasiones; la ignorancia de las
virtudes tolerantes, aunque vivamos en su incienso; el espíritu leguleyo, que
tranquiliza al despotismo siempre que
encuentre ¡ y la encuentra! nueva fórmula literaria de justificación;
y, culminando esas flaquezas, la peor de todas, o sea lo que consiste en cerrar
los ojos a ese índice adverso y creerse, por ende, en el soberano ejercicio de
las calidades que le faltan.
A la
Revolución Francesa debemos el afianzamiento de esas
deficiencias sociales y a Francia contemporánea la continuación de tan perniciosos
extravíos.
Todos nuestros tiranuelos y todas nuestras calamidades políticas
organizadas, han encontrado en aquella fuente de inagotable declamación sobre
el derecho, la libertad, la soberanía, la realeza, el pueblo reivindicados, la
salud social, el sufragio universal, etc., formidable escudo defensivo para sus
atentados.
Los jacobinos de allende el océano, la ínfima minoría del país, se
apoderaron, como de bien propio, de la cosa pública; ellos se dijeron
redentores y mataron para redimir. Cada comuna de Francia tuvo su guillotina,
su delegado sangriento, con facultades extraordinarias; su dueño de vidas y
haciendas. Exterminar al adversario, decían, era obra santa, pues él encarnaba
el error y, ¿acaso el error no debe extirparse? Su credo fue el terrorismo, el
crimen político justificado, ¡qué decimos? glorificado, que tan nutridos
discípulos recogería en el mundo nuevo.
Nuestros jacobinos de la primera época no les van en zaga a sus
maestros, los del extranjero. También ellos se juzgaron siempre instrumentos
de una misión providencial, llamados a ser salvadores de pueblos. Evocando esc
lema, proclamándose rehabilitadores del derecho, ellos hicieron vilipendio de
las naciones y las gobernaron como grandes estancias, "parando rodeo" a los vecindarios despavoridos. Nunca
faltó a su lado una hoja periódica que repitiera, con cargada fraseología, el
estribillo clásico del jacobinismo francés. Como éste, también tuvieron ellos
sus "'sociedades
restauradoras", su
"guerra a muerte a
los emigrados" , sus apelaciones al pueblo para "salvar a la patria en peligro", sus Dantones para contestar, con la
cabeza de un rey, al reto de Europa.
También América del Sur ha derramado torrentes de sangre en homenaje
al Contrato Social que, si en manos de los espíritus sensatos fue palanca
ocasional de reparación humana, explotado por la plebe dictadora, en el seno
de una nación, sirvió de pretexto a los más feroces atentados que registra la
historia moderna.
Véase cómo aprecia Taine a los demagogos de esa adulterada doctrina de
la soberanía del pueblo tan mal practicada por los latinos:
"Que un especulativo, en su
gabinete, haya fabricado esa teoría, se comprende: el papel todo lo tolera y
los hombres abstractos, los simulacros vacíos, las marionetas filosóficas que
aquél inventa se prestan a toda combinación. Que un maniático, en su cueva,
adopte y predique esta teoría, también se explica: él tiene la obsesión de los
fantasmas, él vive fuera del mundo rea- y, por
tanto, en esta democracia incesantemente sublevada él es el eterno denunciador, el
provocador de toda revuelta, el instigador de todo crimen, que, bajo el nombre
de 'amigo del pueblo', se convierte en arbitro de toda vida y en verdadero
soberano. Que un pueblo, abrumado de impuestos, miserable, hambriento,
endoctrinado por declamadores y sofistas, haya aclamado y practicado esta
teoría, esto todavía se comprende: en el extremo sufrimiento se hace arma de
todo y, para el oprimido, una doctrina es verdadera cuando ella le ayuda a
sacudir ¡a opresión. Pero que políticos, legisladores, hombres de Estado, ministros
y jefes de gobierno, se hayan solidarizado con esta teoría, que ellos la hayan
abrazado más estrechamente a medida que ella se hacía más destructiva, que
todos los días, durante tres años, ellos hayan visto desplomarse al orden
social bajo sus golpes, pieza a pieza, y no hayan jamás reconocido en ella al
instrumento de tantas ruinas; que bajo las claridades de la más desastrosa
experiencia, en vez de confesar sus perjuicios, ellos hayan glorificado sus
beneficios; que muchos de entre ellos, todo un partido, una asamblea casi
entera, la hayan venerado como un dogma y la hayan aplicado hasta el fin con el
entusiasmo y la pasión de la fe; que, empujados por ella a un corredor
estrecho, cada vez más estrecho, ellos hayan marchado siempre hacia adelante,
aplastándose los unos a los otros; que llegados al fin, al templo imaginario de
libertad pretendida, ellos se hayan encontrado en un matadero; que en el
recinto de esta carnicería nacional ellos hayan sido, por turnos, verdugos y
víctimas; que, bajo sus máximas de libertad universal y perfecta, ellos hayan
instalado un despotismo digno del Dahomcy, un tribunal semejante al de la Inquisición ,
hecatombes humanas parecidas a las del antiguo México; que, en medio de sus
prisiones y sus cadalsos, ellos no hayan jamás cesado de creer en su buen
derecho, en su humanidad, en su virtud, y que, en su caída, ellos se hayan
considerado como mártires; esto, ciertamente, es extraño: tal aberración de
espíritu y tal exceso de orgullo no se encuentran y, para producirlo, se ha
necesitado un conjunto de circunstancias que sólo una vez se han reunido".[6]
Esta soberbia y autorizada referencia condensa, de manera admirable,
el juicio que comparten los pensamientos elevados.
Difundir en América esa página de proceso vale hacer obra buena,
porque, invocando esa misma explotada soberanía del pueblo, han sido
tiranizadas, una y diez veces, todas y cada una de sus fracciones territoriales,
con excepción de Chile y Brasil, salvados del derrumbamiento, aquél, por su
organización aristocrática, y, éste, por el amparo que le prestara la monarquía
constitucional.
capitulo III de LA REVOLUCIÓN FRANCESA
Y SUDAMERICA
NOTAS
1. AYARRAGARAY -La
Anarquía Argentina
2. MITRE – Historia de San Martín. “Las ideas políticas de Pueyrredón, en cuanto a forma de gobierno, que siempre habían tenido un tinte aristocrático, eran entonces acentuadamente monárquicas – como las de mayor parte de los notables contemporáneos -, aun cuando pensase, como San Martín, que era un medio y no un fin”
2. MITRE – Historia de San Martín. “Las ideas políticas de Pueyrredón, en cuanto a forma de gobierno, que siempre habían tenido un tinte aristocrático, eran entonces acentuadamente monárquicas – como las de mayor parte de los notables contemporáneos -, aun cuando pensase, como San Martín, que era un medio y no un fin”
3. SUMNER MAINE – Popular Government. “Las Colonias españolas en Norte, Centro y Sudamérica se rebelaron y fundaron republicas en las cuales los crímenes y Los desordenes de la Republica Francesa fueron repetidos en caricatura. Las republicas latinoamericanas fueron, con respecto a la francesa, lo que Hébert y Anacarsis Clootz habían sido con respecto a Saltón y a Robespierre”.
4. TOCQUEVILLE. — De la Démocratie en Amérique.
5. AYARRAGARAY. —La Anarquía Argentina.
6. TÁINE. — La Révolution
jueves, 27 de junio de 2013
El Estado Antimperialista
por V. Haya de la Torre
Nuestro doctrinarismo político en Indoamérica es casi todo de repetición europea. Con excepción de uno que otro atisbo de independencia y realismo, filosofía y ciencia de gobierno, jurisprudencia y teorización doctrinaria, no son en nuestros pueblos sino plagios y copias. A derecha o a izquierda hallaremos la misma falta de espíritu creador y muy semejantes vicios de inadaptación y utópico extranjerismo. Nuestros ambientes y nuestras importadas culturas modernas no han salido todavía de la etapa prístina del trasplante. Con ardor fanático hacemos nuestros, sin ningún espíritu crítico, apotegmas y voces de orden que nos llegan de Europa. Así, agitamos férvidos, hace más de un siglo, los lemas de la revolución francesa. Y así, podemos agitar hoy las palabras de orden de la revolución rusa o las inflamadas consignas del fascismo. Vivimos buscando un patrón mental que nos libere de pensar por nosotros mismos. Y aunque nuestro proceso histórico tiene su propio ritmo, su típico proceso, su intransferible contenido, lo paradojal es que nosotros no lo vemos o no queremos verlo. Le adjudicamos denominaciones de prestado o lo interpretamos antojadizamente desde ángulos de visión que no son los nuestros. Esto nos ha llevado a la misma falsa seguridad de los que durante siglos creyeron que la tierra estaba quieta y el sol era el que giraba en torno de ella. Para nuestros ideólogos y teóricos de derecha e izquierda, nuestro mundo indoamericano no se mueve. Es el sol europeo el único que gira. Para ellos, nuestra vida, nuestra historia, nuestro desarrollo social sólo son reflejos y sombras de la historia y desarrollo de Europa. No conciben por eso, sino estimarlos, medirlos, denominarlos y seguirlos, de acuerdo con la clasificación histórica y las normas políticas que dicta el viejo mundo.
Este colonialismo mental ha planteado un doble extremismo dogmático; el de los representantes de las clases dominantes -imperialista, reaccionario y fascista-, y el de los que llamándose representantes de las clases dominadas vocean un lenguaje revolucionario ruso que nadie entiende. Sobre esta oposición de contrarios, tesis y antítesis de una teorización antagónica de prestado, el APRA erige como síntesis realista su doctrina y su programa. Parte esencial de él es la teoría "el Estado Antimperialista" mencionada ya ocasionalmente en las páginas anteriores.
De nuevo la Revolución Mexicana nos ofrece puntos de referencia interesantes. Se oye frecuentemente a los estudiosos de política y a los marxistas europeos o europeizantes formular una pregunta grave: ¿Qué tipo de Estado es el actual Estado mexicano post-revolucionario, dentro de la concepción clasista de su origen y formación? Los ortodoxos marxistas han buscado en la evolución estatal que estudia Engels en su libro sugerente "El Origen de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado", el momento presente del Estado mexicano, después de la revolución, sin encontrarlo. Algunos de los más autorizados portavoces de la Revolución Mexicana han intentado una definición cuando nos dicen: "El Estado Mexicano acepta la división de la sociedad en oprimidos y opresores pero no quiere, considerarse incluido en ningún grupo. Considera necesario elevar y proteger las condiciones actuales del proletariado hasta colocarle en condiciones semejantes al del capital en la lucha de clases; pero quiere mantener intacta su libertad de acción y su poder, sin sumarse a ninguna de las clases contendientes, para seguir siendo el fiel de la balanza el mediador y el juez de la vida social".[63] Empero, si esta opinión confirma que evidentemente el Estado Mexicano post-revolucionario no cabe dentro de las clasificaciones conocidas no explica clasistamente su real y característico significado.
Vencido con la dictadura porfiriana el Estado Feudal representativo de los grandes terratenientes y aliado del imperialismo, el nuevo Estado mexicano no es ni un Estado patriarcal campesino, ni es el Estado burgués, ni es el Estado proletario, exclusivamente. La Revolución Mexicana -revolución social, no socialista- no representa definitivamente la victoria de una sola clase. El triunfo social correspondería, históricamente, a la clase campesina; pero en la Revolución Mexicana aparecen otras clases también favorecidas: la clase obrera y la clase media. El Partido vencedor -partido de espontáneo frente único contra la tiranía feudal y contra el imperialismo- domina en nombre de las clases que representa y que en orden histórico a la consecución reivindicadora, son: la clase campesina, la clase obrera y la clase media.
Conviene, sí, distinguir bien los elementos activos y representativos del partido revolucionario vencedor que en México -como en la lucha revolucionaria de Indoamérica contra España- han sido casi exclusivamente hombres de armas, verificadores de la acción libertadora y aprovechadores temporales de las ventajas de la fuerza victoriosa. Este aspecto meramente episódico y necesariamente transitorio de lo que se puede denominar "el militarismo revolucionario"[64] complica aparentemente el cuadro histórico de la Revolución Mexicana. No es extraño que algunos comentaristas interesados o poco agudos, hayan juzgado ese gran movimiento social como un mero cambio de posiciones oligárquicas o una primitiva y sangrienta disputa de caudillos y facciones. Contrariamente, muchos simplistas, del otro extremo, han creído ver también en la Revolución Mexicana la aparición ya definida de un auténtico movimiento socialista obrero. Mas es necesario recordar -punto de vista insistentemente sostenido en el Capítulo III- que la Revolución Mexicana, sin un programa científico previo, sin una definida orientación doctrinaria -movimiento biológico, instintivo, insurreccional de masas-, no ofrece a primera vista un panorama claro que precise clasificadamente su contenido social.
En la Revolución Mexicana se ubica bien el período inicial de la lucha por los derechos electorales suprimidos brutalmente por la larga dictadura porfiriana[65]. Pero a la etapa de romanticismo democrático -ahogado en la propia sangre de sus apóstoles- sucede el violento empuje social de las masas campesinas, aprovechando las condiciones objetivas favorables a un movimiento de franca reivindicación económica. Las masas obreras secundan el movimiento y contribuyen a dar a la revolución sus verdaderos perfiles sociales. Distinguiendo lo que hay de meramente militar -rivalidades, caudillismo, barbarie-, o de exclusiva política personalista o de grupo -elementos adjetivos-, la Revolución Mexicana aparece y queda en la historia de las luchas sociales como el primer esfuerzo victorioso de un pueblo indoamericano contra la doble opresión feudal e imperialista[66]. Confuso, aparentemente, por la tremenda fascinación de sus grandes episodios trágicos, el movimiento social mexicano es, en esencia: primero, el estallido ciudadano contra la dictadura feudal, supresora despótica de los derechos democráticos; después, el alzamiento campesino contra la clase que ese gobierno representaba, y, finalmente, acción conjunta de las masas de la ciudad y del campo --campesino, obrero y clase media- que cristaliza jurídicamente en la Constitución de Querétaro de 1917.[67] El contenido social-económico de esa ley fundamental de la Revolución Mexicana es antifeudal y antimperialista en el artículo 27, obrerista y meso-clasista en el artículo 123, y demo-burgués o liberal en su inspiración total[68].
Un Estado constituido por este movimiento victorioso de frente único para mantener y cumplir las conquistas revolucionarias que sumariza la Constitución Mexicana, encuentra -como primera y más poderosa barrera para verificarlas- el problema de la soberanía nacional que plantea la oposición imperialista. México post-revolucionario halla que ninguna conquista social contra el feudalismo puede ir muy lejos sin que se le oponga la barrera imperialista en nombre de "los intereses de sus ciudadanos", derecho legado por el estado feudal, instrumento del imperialismo. De nuevo nos encontramos con el argumento formulado en el Capítulo III: la Revolución Mexicana no ha podido avanzar más en sus conquistas sociales porque el imperialismo, dueño de todos los instrumentos de violencia, se lo ha impedido. Consecuentemente, los programas revolucionarios han debido detenerse ante una gran valla: la oposición imperialista. La lucha de diez años, tras la promulgación de la Constitución revolucionaria, nos presenta claramente este conflicto: de un lado el Estado post-revolucionario mexicano tratando de aplicar, con acierto o sin él, las conquistas traducidas en preceptos constitucionales, y, del otro, el imperialismo, ya abiertamente, ya usando de los vencidos sedimentos reaccionarios, oponiéndose siempre a la total aplicación de los principios conquistados. Ejerciendo en gran parte el contralor económico, resultado de su penetración en el período pre-revolucionario, el imperialismo usa de todas sus formas de presión, provoca y ayuda movimientos faccionarios de reacción para recapturar el gobierno estatal y desviarlo de su misión revolucionaria. México, aislado, tiene la posición desventajosa en esta lucha palmariamente desigual.
¿Cuál es, pues, en principio, el rol primordial del Estado post-revolucionario en México? ¿Cuál su verdadero tipo clasista? Constituido como resultado del triunfo de tres clases que han conquistado beneficios en proporciones graduales, el adversario histórico no es únicamente el casi vencido poder feudal. Es el imperialismo que reencarna en el enemigo agonizante impidiendo el usufructo de la victoria. El Estado deviene, así, el instrumento de lucha, bien o mal usado, de esas tres clases, contra el enemigo imperialista que pugna por impedir la consumación revolucionaria. El Estado es, pues, fundamentalmente un instrumento de defensa de las clases campesina, obrera y media unidas, contra el imperialismo que las amenaza. Todo conflicto posible entre esas clases queda detenido o subordinado al gran conflicto con el imperialismo, que es el peligro mayor. El Estado, consecuentemente, se ha convertido en un "Estado Antimperialista".
No importa que esta misión histórica del Estado no se vea, cumplida, fija y absolutamente, en México. No importa que el carácter instintivo e improgramado de la Revolución Mexicana no permita distinguir una clara manifestación permanente de este rol del Estado, haciéndole aparecer a las veces como desviado o como sirviendo alternativamente intereses opuestos. Conviene no confundir Estado con gobierno. Institucionalmente, jurídicamente, el Estado mexicano tiene sus principios normativos en la Constitución de Querétaro, que es antifeudal, antimperialista y democrática.
¿Cuáles los resultados de la experiencia histórica?
Los estudiosos del movimiento emancipador antimperialista indoamericano -al aprovechar la gran lección mexicana- tienen que distinguir y separar dos elementos importantes para un certero análisis: de un lado, los principios jurídicos del Estado enunciados en la Constitución, que lo caracterizan como un Estado Antimperialista, instrumento de defensa de tres clases simultáneamente amenazadas, que luchan por mantener sus conquistas; y de otro lado, el método o praxis de su verificación política. Los principios jurídicos proclamados por la Revolución Mexicana son inobjetablemente antimperialistas. Su aplicación práctica supone la instauración de un sistema económico y político que concuerde con el nuevo tipo estatal. Es imposible coordinar la teoría de un Estado Antimperialista con la vieja aplicación de un concepto económico, político y social que no corresponda a aquél. Lo más trascendental de la experiencia histórica que México ofrece al presentar el nuevo tipo de Estado, es la contradicción entre sus enunciados teóricos antimperialistas y sus sistemas de aplicación prácticos, parcialmente inconexos. Es de esa contradicción de la que pueden inferirse con mayor claridad los verdaderos lineamientos de todo el gran problema mexicano post-revolucionario. Para algunos, la gran cuestión podría radicar en el conflicto de los intereses, más o menos antagónicos, de las tres clases que han alcanzado su representación en el Estado y que luchan por el predominio de una sobre las demás. O en la lucha de éstas contra la reacción feudal que, perdido el poder político, conserva aún otros elementos de dominación. Pero examinando detenidamente la realidad histórica mexicana encontramos bien pronto que tales antagonismos están subordinados absolutamente a la presión común que el Estado soporta del imperialismo, el que, claro está, se alía a la reacción feudal. El conflicto radica, pues, fundamentalmente, en la inconformidad entre la contextura política del Estado y su estructura económica. En el segundo acápite del breve prefacio a la edición alemana de su Manifiesto, Marx y Engels, refiriéndose a la lección histórica de la revolución de París de 1848, insisten en que ésta ha demostrado que las clases trabajadoras no pueden sencillamente apoderarse del mecanismo que les presenta el Estado tal como existe y hacerlo servir así para sus propios fines. La Revolución Mexicana ha demostrado, también, que la revolución antifeudal y antimperialista triunfante no puede utilizar tampoco el viejo aparato del Estado para hacerlo servir a sus propósitos. Al producirse el movimiento antimperialista que captura de las clases dominantes el Estado -instrumento de opresión del imperialismo-, aquél debe transformarse. La nueva arquitectura del Estado -del que vemos sólo un intento incumplido en México, pero del que aprovechamos la experiencia incomparablemente valiosa para nuestros pueblos- nos sugiere los fundamentos del verdadero Estado Antimperialista indoamericano.
Un Estado Antimperialista no puede ser un Estado capitalista o burgués del tipo del de Francia, Inglaterra o los Estados Unidos. Es menester no olvidar que si aceptáramos los antimperialistas como objetivo post-revolucionario el tipo característicamente burgués del Estado, caeríamos inexorablemente bajo el rodillo del imperialismo. La cualidad del Estado antimperialista tiene que ser, pues, esencialmente, de lucha defensiva contra el enemigo máximo. Conseguida la derrota del imperialismo en un país dado, el Estado deviene el baluarte sostenedor de la victoria, lo que supone toda una estructuración económica y política. El imperialismo no cesará de atacar y sus ataques tenderán a buscar una nueva adaptación o ensamblaje en el flamante mecanismo estatal erigido por el movimiento triunfante. El Estado Antimperialista debe ser, pues, ante todo, Estado de defensa, que oponga al sistema capitalista que determina el imperialismo, un sistema nuevo, distinto, propio, que tienda a proscribir el antiguo régimen opresor.
Así como la ofensiva imperialista es aparentemente pacífica durante el período de "penetración económica" -y la lucha no se percibe ostensiblemente sino cuando la garra aprieta, cuando la fuerza viene en defensa del interés conquistado-, así, la lucha defensiva, después de producido el derrocamiento del antiguo Estado feudal, instrumento del imperialismo en nuestros países, habrá de ser una lucha aparentemente pacífica, quizás, pero una lucha implacable en el campo económico. Por eso, después de derribado el Estado feudal, el movimiento triunfador antimperialista organizará su defensa estableciendo un nuevo sistema de economía, científicamente planeada y un nuevo mecanismo estatal que no podrá ser el de un Estado democrático "libre", sino el de un Estado de guerra, en el que el uso de la libertad económica debe ser limitado para que no se ejercite en beneficio del imperialismo.
La nueva organización estatal tendría evidentemente algo del llamado Capitalismo de Estado que alcanzó gran desarrollo en la época de la guerra imperialista de 1914-1918 y que en Alemania consiguió un grado de organización verdaderamente extraordinario. Pero precisa establecer diferencias. El Capitalismo de Estado del tipo aludido es una defensa del propio capitalismo concentrado en los momentos de peligro en su instrumento de opresión y de defensa. Durante la guerra europea las potencias imperialistas beligerantes establecieron los llamados monopolios de Estado. La producción y el comercio fueron puestos totalmente o casi totalmente bajo su contralor. La clase burguesa reconcentró su fuerza económica en torno del Estado y le hizo entrega de su soberanía económica[69]. Pero pasado el conflicto, el capitalismo privado recuperó el dominio de la producción y de la circulación de la riqueza y el Capitalismo de Estado- medida de emergencia-, no ha servido sino para reafirmar el poder de su propio sistema. En el Estado Antimperialista, Estado de guerra defensiva económica, es indispensable también la limitación de la iniciativa privada y el contralor progresivo de la producción y de la circulación de la riqueza. El Estado Antimperialista que debe dirigir la economía nacional, tendrá que negar derechos individuales o colectivos de orden económico cuyo uso implique un peligro imperialista[70]. Es imposible conciliar -y he aquí el concepto normativo del Estado antimperialista- la libertad absoluta individual en materia económica con la lucha contra el imperialismo. El propietario nacional, de una mina o de una hacienda, que vende su propiedad o negocio a un empresario yanqui, no realiza una acción contractual privada, porque el comprador no sólo invierte dinero en una operación, sino que invierte soberanía, llamémosle así. Tras el nuevo interés creado por esta operación económica, aparentemente sencilla, está el amparo político, la fuerza de la potencia imperialista que respaldará -con un punto de vista distinto y hasta opuesto al del país que recibe la inversión-, los intereses del extranjero. ¿Será esa una operación privada? Ciertamente, no. El Estado Antimperialista limitará, pues, el ejercicio de uso y abuso -jus utendi, jus abutendi-, individuales, coartará la libertad económica de las clases explotadoras y medias y asumirá, como en el Capitalismo de Estado, el contralor de la producción y del comercio progresivamente.
La diferencia entre el Estado Antimperialista y el Capitalismo de Estado europeo radicará fundamentalmente en que mientras éste es una medida de emergencia en la vida de la clase capitalista, medida de seguridad y afirmación del sistema, el Estado Antimperialista desarrollará el Capitalismo de Estado como sistema de transición hacia una nueva organización social, no en beneficio del imperialismo -que supone la vuelta al sistema capitalista, del que es una modalidad-, sino en beneficio de las clases productoras, a las que irá capacitando gradualmente para el propio dominio y usufructo de la riqueza que producen.
Si el Estado Antimperialista no se apartara del sistema clásico del capitalismo, y alentara la formación de una clase burguesa nacional, estimulando la explotación individualista insaciable -amparada en los enunciados clásicos del demoliberalismo-, caería pronto en el engranaje imperialista del que ningún organismo nacional burgués puede escapar. Por eso ha de ser indispensable en el nuevo tipo de Estado la vasta y científica organización de un sistema cooperativo nacionalizado y la adopción de una estructura política de democracia funcional basada en las categorías del trabajo. Así, por ambos medios, realizará el Estado Antiimperialista la obra de educación económica y política que necesita para consolidar su posición defensiva. Y así, también, canalizará eficiente y coordinadamente el esfuerzo de las tres clases representadas en él. Hacia otro sistema económico que niegue y se defienda del actual por el contralor progresivo de la producción y la riqueza -nacionalización de la tierra y de la industria dice el programa del APRA-, orienta y dirige su camino histórico el Estado Antimperialista. Él ha de ser la piedra angular de la unidad indoamericana y de la efectiva emancipación económica de nuestros pueblos.
Notas
[63] Vicente Lombardo Toledano, La Libertad Sindical en México, op. cit., cap. II, págs. 84 y 85.
[64] El libro de Blasco Ibáñez, Militarismo Mexicano, acusa esa tendencia de interpretación arbitraria y falsa de la Revolución Mexicana. Muchos otros, en inglés y castellano, podrían llenar un catálogo numeroso.
[65] "El proletariado y el peón participaron en la Revolución de Madero, ciegamente, sin objetivo definido, comprendiendo sólo que eso era contra el explotador. Ellos no lucharon por fines políticos o, directamente, para mejorar su situación económica; ellos lucharon sola y exclusivamente para recuperar la dignidad que se les había negado". Cita del discurso de Carlos Glacidos en la Convención Constitucional de Querétaro de 1917, que demuestra las exageraciones y limitaciones para explicar el fenómeno de la participación de las masas mexicanas que, en verdad, no aparece claro para muchos. (Tomado del libro de Carleton Beals, México. An Interpretation. B. W. Huebsch Inc. New York. 1923, pág. 132).
[66] México, bajo la presidencia de Venustiano Carranza, intentó un movimiento de acercamiento hacia los demás pueblos de Indoamérica. Esa gestión de Argentina, Brasil y Chile (ABC) para impedir la intervención armada del imperialismo en México, estimuló esta política de Carranza. Pero sólo fue un intento. Sobre él se han escrito algunos libros: México y la Solidaridad Americana - La Doctrina Carranza, por Antonio Manero. Edit. América, Madrid. La Herencia de Carranza, por el Lic. Blas Urrea, Imp. Nacional, México, 1920. La Revolución Constitucionalista, los EE.UU. y el A.B.C. (Recopilación de documentos y artículos notables, referentes a la intromisión de elementos extranjeros en los asuntos de México y a la patriótica actitud asumida por el Primer Jefe Venustiano Carranza). Talleres de "Revista de Revistas", México, 1916. "El Imperialismo de los Estados Unidos y otros Ensayos". Biblioteca Popular, Veracruz, 1927, etc.
[67] "La Revolución Mexicana, iniciada en 1910, culminó en la reunión de un Congreso Constituyente que aceptando la estructura de la antigua Constitución, formuló una nueva" Vicente Lombardo Toledano. "La Libertad sindical en México", pág. 14.
[68] Vale citar los comentarios de un reaccionario al art. 27 de la Constitución de Querétaro: "En el fondo lo que el artículo 27 se propone es erigir la propiedad privada, estableciendo un principio que parece transplantado de la Europa feudal". C. Díaz Dufoo, La Cuestión del Petróleo. E. Gómez de la Puente Editor, México, 1921, pág. 219. Véase en el Apéndice el texto del artículo 27 y del artículo 123 de la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos del 31de Enero de 1917.
[69] "The hastly improvised State Socíalism of the war..." John A. Hobson. The Evolution of Modern Capitalism. London & New York, 1927. Op. cit., pág. 484.
[70] En Indoamérica ya tenemos algunos casos de estatización parcial de la economía. Argentina nacionalizó y administra estatalmente su petróleo. En el Uruguay el insigne hombre de gobierno D. José Batlle y Ordóñez, jefe del Partido Colorado y uno de los más grandes espíritus creadores y constructivos de su país y del Continente, ha logrado el monopolio y administración estatal desde 1911, 12 y 14 de las Compañías de Seguros, del Banco Hipotecario, del Banco de la República -con sección de crédito rural-, de la Electricidad en todo el país, de los ferrocarriles, etc. El ex presidente de la República del Uruguay, Dr. Baltazar Brum, sostuvo en un discurso pronunciado ante los empleados del Banco Hipotecario del Estado, el 7 de julio de 1927, que "...aun cuando fuera cierto que el Estado es un mal administrador por el encarecimiento que comporta en los servicios, siempre sería preferible desde el punto de vista de la economía nacional una mala administración por el Estado a una excelentemente ahorrativa por cuenta de capitalistas extranjeros". Defendiendo en el mismo discurso el Dr. Brum el programa de total nacionalización y estatización económicas de su partido, decía: "¿Cuáles son, por lo tanto, las causas de que algunas veces, en la práctica, una y otra administración (la extranjera y la nacional) conduzcan a resultados diferentes? Es fácil indicarlas: Primero, el Estado-industrial no busca dividendos; segundo el Estado-industrial se interesa por el mejoramiento del servicio público que atiende; tercero, el Estado-industrial paga sueldos y jornales que permiten vivir a los empleados y obreros que lo sirven, a los que siempre debería hacer participar también de 1as ganancias que pudieran producirse. En este sentido al Estado corresponde ser un patrono altruista y humano que se complazca con la felicidad de sus servidores y que trate de hacerles todo el bien que esté a su alcance". En 1919 Batlle y Ordóñez y su Partido presentaron un proyecto de ley cuyo artículo 1º decía: "Se destinará hasta las dos terceras partes de las utilidades que se obtengan en cada una de las empresas industriales del Estado, cuyos servicios se hagan con obreros principalmente, a elevar los salarios y sueldos de sus obreros y empleados hasta el doble, por lo menos, del promedio de los salarios de los obreros particulares de la localidad en que funcione la empresa, debiendo aumentarse todos los sueldos y salarios en una cantidad igual a la que sea necesario agregar a los menores sueldos y salarios en cumplimiento de esta disposición". Véase la obra de Roberto B. Giudici, Batlle y el Batllismo, Imp. Nacional Colorada. Montevideo, 1928, págs. 767 a 829 y 957 a 969.
sábado, 15 de junio de 2013
INSTITUCIONES DEL ESTADO
por Jaime Maria de Mahieu
El ejercicio de la soberanía exige de parte del
Estado una organización interna cuyas constantes estructurales hemos estudiado
en el capítulo III. Sabemos que el órgano rector de la Comunidad, por lo menos
tan pronto como ésta sobrepasa el nivel político elemental de la tribu, siempre
comporta un gobierno y una administración. Pero también tenemos que comprobar
que estos rodajes necesarios pueden adoptar formas institucionales diversas,
por lo demás debidamente clasificadas por los teóricos.
A menudo se ha querido ver en los distintos
regímenes meras variaciones accidentales de un tema único, todas igualmente
valederas aunque más o menos adaptadas a los pueblos y a las circunstancias,
haciendo de la moralidad de los hombres (Platón, Aristóteles), o del carácter
representativo de la capa dirigente (Palacio), el único criterio del orden
social. Quienes opinan de este modo se olvidan de la naturaleza funcional del
Estado, que sólo existe para desempeñar una misión claramente definida.
No basta, pues, que los individuos que lo
encarnan en un momento de la historia sean honestos ni “característicos”
de una situación social dada: deben, sobre todo, ser políticamente capaces,
estar obligados por posición a usar su capacidad según el interés comunitario
y poseer los medios técnicos que les son imprescindibles. Ahora bien: si la
existencia misma del Estado depende de una estructura fundamental invariable,
de sus instituciones cambiantes dependen la elección de los hombres, su
orientación general y los instrumentos políticos de que disponen para llevar a
cabo su tarea.
Por cierto, cualquiera sea el régimen, siempre
hay un Estado, una capa dirigente y el pueblo de los gobernados. Pero semejante
comprobación es anatómicamente exacta: no lo es biológicamente.
El Estado no tiene la misma eficacia cuando sus atribuciones están limitadas
por una constitución que cuando su jefe es rey o dictador. La capa dirigente no
le suministra, un personal de idéntica eficacia si su criterio de selección es
la riqueza o si es el valor funcional. EI pueblo no obedece tan bien si el
régimen le atribuye la soberanía como si lo mantiene en su lugar de
subordinado.
Eso no significa que tal sistema constituya una
panacea política, ni que tal otro dé para, todos los pueblos y en todas las
épocas resultados igualmente deplorables. Las mejores instituciones teóricas
serán impotentes para devolver a una raza degenerada las cualidades
biopsíquicas que le faltan, mientras que una Comunidad en plena expansión podrá
acomodarse mejor que otra de un régimen inferior. Ciertas condiciones étnicas,
geopolíticas o históricas pueden imponer la unidad a un pueblo que su sistema
de gobierno tiende a descomponer, o a la inversa. Pero no por eso deja de ser
verdad que el fin buscado por cualquier Estado exige, teniendo en cuenta la
naturaleza del hombre y la de la
Comunidad, un conjunto de instituciones que bien podrán
variar en sus matices y sus relaciones, pero que siempre se imponen
ineludiblemente so pena de fracaso.
Por supuesto, sólo hablamos aquí de las
instituciones reales y no de aquellas que proclama, en forma de leyes escritas,
una constitución eventual. Esta última, sin duda alguna, tiene importancia:
ejerce una presión sobre el Estado real, que se ve constreñido, si le falta la
fuerza o el propósito de abrogarla, a respetar su letra. Su espíritu resulta
más maleable. Bástenos notar, después de muchos, que los Estados Unidos
liberales y las colonias camufladas de la América Central
poseen constituciones idénticas desde el punto de vista
institucional, como también Bolivia, que pudo hacer su revolución
nacional sin modificar su sistema teórico de gobierno. Ningún observador, sin
embargo, se atrevería a identificar las instituciones políticas reales de
Bolivia con las de los Estados Unidos.
martes, 4 de junio de 2013
EL ESTADO DE ISRAEL:ORIGEN DEL TERRORISMO JUDÍO
por Norberto Ceresole
Naturalmente el Estado de Israel ha incrementado la rejudaización física de Jerusalén, al mismo tiempo que aplica los llamados "Acuerdos de Paz" (Madrid-Oslo), que en su momento fueron jubilosamente consensuados por la totalidad de la llamada "comunidad internacional" (1).
No es casual, obviamente, que esos hechos coincidan con los mayores esfuerzos realizados en Occidente para continuar simulando que la política del Estado de Israel -y de las organizaciones de la judería sólidamente implantadas en muchos países del mundo- se desarrolla en un plano puramente angelical, o "celestial" (en el estricto sentido bíblico de pueblo y Estado "elegidos").
Desde hace muchos años, en el mundo Occidental es imposible realizar cualquier crítica política al Estado de Israel o al judaísmo en general. En estas cuestiones toda crítica se transforma en blasfemia, y el crítico es sencillamente estigmatizado, demonizado y, finalmente, reprimido. Ello tiene una lógica profunda que se explica a partir de la sustitución de lo político por lo teológico, que es lo que está ocurriendo en esta etapa de refundación ideológica del Estado de Israel. A esta etapa la denominamos nacional-judía o hiperjudía (2).
La política del Estado de Israel está ya totalmente inscrita dentro del nacional-judaísmo, o del hiperjudaísmo, lo que significa, en primer lugar, que la ideología hegemónica de ese Estado tiene ahora, en un nivel cualitativamente distinto al de la etapa sionista, un fundamento religioso, es decir, bíblico.
Una ideología -única en su caso- basada en una interpretación sui generis del Antiguo Testamento, lo que incluye la existencia de un proyecto de ley en Israel (aprobado hacia fines del mes de febrero de 1997) que castiga con penas de hasta un año de prisión "...la posesión, la impresión, la difusión y la importación de informes o materiales que contengan elementos que persuadan a un cambio religioso" en el Estado Judío. La Biblia Cristiana o Nuevo Testamento entra dentro de esa categoría bibliográfica. A partir de la aprobación definitiva de la ley la práctica del cristianismo devendrá en un delito en la "Tierra Santa" (3).
En segundo lugar se le asigna -en esa ideología de Estado- a los patriarcas y profetas fundadores de los pueblos judíos, cristianos y musulmanes, un rol exclusivamente judío. Ellos son considerados por los actuales dirigentes de Israel, como los padres exclusivos de la nación judía, hecho que transforma a ese Estado y a esa sociedad en algo totalmente diferente del resto del mundo (4), y al judaísmo nacional israelí (hiperjudaísmo) en algo contradictorio y hasta opuesto a los otros dos grandes monoteísmos abrahámicos.
El hiperjudaísmo, por ejemplo, es lo que ha convertido a uno de los profetas del Antiguo Testamento o Biblia Hebrea, Josué, en el campeón del nacionalismo judío. Desde 1990 cada soldado judío lleva en su mochila un ejemplar de la Biblia (Antiguo Testamento) donde se ha adjuntado un mapa del Eretz Israel que incluye no solamente Judea y Samaria (Cisjordania), sino Jordania y el famoso espacio del Nilo al Éufrates. El prefacio a esa Biblia Nacional que es para el hiperjudaísmo el Antiguo Testamento fue redactado por el rabino general de las fuerzas armadas judías Gad Navon, quien subraya que Josué es, por así decirlo, el primer jefe militar del nacionalismo judío (5).
Estamos en presencia de una gran complicación teológica y política. Años atrás -durante la etapa de la guerra fría- el concepto sionista era extremadamente útil, porque servía para caracterizar una política, la del Estado de Israel, diferenciada de una religión, el judaísmo. ¿Qué hacer ante el hecho consumado por el cual el judaísmo -una religión- ha sido transformado en ideología oficial de un Estado, es decir, en una política? Toda crítica concreta adquiere así las dimensiones de crítica teológica, que además afecta decisivamente a los otros dos grandes monoteísmos: el cristianismo y el Islam. Las tres religiones aceptan a los mismos patriarcas y profetas con excepción de Cristo y Mahoma -los judíos-, y Mahoma, los cristianos (6).
De esta forma la política del Estado de Israel pretende lograr el blindaje religioso y cultural más invulnerable. ¿Cómo decir, por ejemplo, que ese Estado ha cometido y comete acciones criminales? De hecho ya no estamos hablando de sionistas sino de judíos, los "hermanos mayores", como indica oficialmente la Iglesia Católica Romana desde hace casi una década, del monoteísmo del mundo antiguo.
Dentro de la Iglesia Católica la polémica sobre los "hermanos mayores" es muy antigua. En determinados momentos ella tuvo relación con la existencia de numerosos cuadros eclesiásticos de origen converso. Julio Caro Baroja, en el Cap. 10, Vol. 2 de Los Judíos en la España Moderna y Contemporánea, hace relación al problema en "los jesuitas y los conversos" (p.227).
El hecho es que una lectura sin prevenciones -sin "interpretaciones" previas - de los principales libros que componen la Biblia Hebrea o Antiguo Testamento nos muestra a patriarcas y a profetas judíos sosteniendo proyectos políticos y métodos de acción que corresponden exactamente a las interpretaciones que en la actualidad hace el hiperjudaísmo en esta refundación ideológica del Estado de Israel (7). Y esta realidad es la que mejor explica la unidad de acción estratégica que hoy existe entre los Estados Unidos de América e Israel, que surge y se fundamenta en dos lecturas similares del Antiguo Testamento (la judía y la evangélico-calvinista).
Aunque con diferencia de grado e intensidad, el Estado de Israel y los Estados Unidos de América (EUA) son los únicos poderes fácticos del mundo cuyas acciones se sustentan en "grandes principios". Los (norte)americanos son maestros en proclamar la moralidad perenne de su política exterior; y ello emerge de una lectura muy especial -evangélico-calvinista- de la Biblia Hebrea (Antiguo Testamento) (8). Por esa razón el mito del "Holocausto" se convierte en la piedra angular de la política exterior norteamericana a partir de su derrota militar en Vietnam, y en la base de un chantaje permanente de Israel a Occidente en su conjunto (Ver: Capítulo 7, El Mito del Holocausto y la Conciencia Occidental).
De una lectura sin interpretaciones del Antiguo Testamento surge un indudable sentimiento de superioridad nacional y racial: "Se es más hombre en tanto que se es más judío". "Lo judío es lo que más próximo está de la humanidad". Y así sucesivamente. El origen de esta lectura es ciertamente talmúdico, pero recién en esta contemporaneidad pos-sionista existen las condiciones militares para que la misma se transforme en un hecho estratégico de gravitación extraordinaria.
El Talmud es el gran libro sagrado del judaísmo, donde se ponen por escrito, a partir del siglo II d.C., sus tradiciones orales. La Ley oral es indispensable en el judaísmo, tanto o más que la Torah o Biblia Hebrea, ya que esa tradición (oral) pretende extraer su legitimidad del propio Moisés. En los dos libros del Talmud y en la Mishnah (9) es donde se manifiesta con toda su claridad la violencia anticristiana del judaísmo. Jesús es un traidor que merece eterna condenación ("Cuál es el castigo de este hombre?: excrementos en ebullición -B. Guit 56b-57a). Toda la historia del judaísmo pos-talmúdica es una militancia anticristiana. Es por ello que no se debe entender al cristianismo como "antisemitismo", como propone la hermenéutica católica posmoderna, sino a la inversa, al judaísmo como anticristianismo, como ya sostuvo Lutero en 1543 (ver nota 33).
Por eso es que hoy todo ataque a la política del Estado de Israel, se convierte en una escisión trascendente, en una fractura teológica entre el crítico y lo criticado: se abre un foso insalvable entre un "nosotros" y un "ellos". El crítico se transforma así en "extranjero", en el sentido del Libro de Josué, lo que significa: en enemigo.
La lectura que hoy hace el hiperjudaísmo del Antiguo Testamento no es una lectura tribal. En realidad es una lectura imperial acorde con el papel que aspira a jugar el Estado de Israel y una gran parte de la comunidad judío (norte)americana en la construcción de un nuevo orden mundial globalizado, con un cristianismo institucional que ya actúa como el hermano menor del judaísmo.
Sólo falta reducir a los núcleos "duros" del Islam y del nacionalismo árabe. Y ello está planificado como una operación militar que puede provocar una catástrofe irreversible. Invito a los lectores a leer a Moisés explicando a sus tribus cómo conquistar la tierra prometida, imaginándolo de pie sobre un arsenal nuclear, táctico y estratégico. Imaginemos la metodología política de Moisés realizada con las tecnologías militares actuales, "armas de destrucción masiva", casi todas a disposición del ejército judío.
Este proceso de refundación ideológica del Estado de Israel hace que toda investigación crítica se convierta en algo "abominable" que proyecta al autor hacia la clandestinidad y hacia la "blasfemia" y, en el campo puramente terrenal, hacia la cárcel, o por lo menos hacia la marginalidad más absoluta. No obstante, Israel sigue siendo un Estado criminal, cualquiera sea la ideología con que se recubra, pertenezca ésta al reino de lo terrestre o al reino de lo "celeste". Un Estado criminal desde su misma fundación sionista -es decir, nacionalista, europea, blanca, laica, racionalista y "civilizadora"- en un territorio usurpado y ocupado a sangre y fuego. Al mejor estilo "Antiguo Testamento".
La cobertura ideológica de base religiosa (talmúdica) que hoy explicita ante el mundo el Estado de Israel es de una gravedad aterradora. Los otros dos grandes monoteísmos originariamente pos-judíos quedan, en principio, atrapados en la red. Salvo que se sostenga, como lo hacen los musulmanes a partir del Corán, que los textos bíblicos en sus actuales versiones son, en su mayor parte, apócrifos. Por lo demás resulta francamente artificial la anterior pretensión "progresista" -es decir, infantil- pretender escindir sionismo y judaísmo, y definir "malo" a uno y "bueno" a otro.
La Biblia judía es un discurso ideológico que emite la propia divinidad. Por lo tanto su texto es un texto sagrado. A partir del propio texto Dios se dirige al lector. Él es el destinatario del mensaje. Si esto es cierto hay, por lo tanto, en la lectura nacionalista del judaísmo, un núcleo irreversible de perversidad. Esa perversidad, esa "abominación" que produce "desolación" (San Juan, Apocalipsis), es la que provoca los sucesivos choques de la comunidad judía contra el resto del mundo en estos últimos 32 siglos, si aceptamos como válida la mitológica datación bíblica por la cual la aparición de las primeras tribus hebreas en Palestina (tierras cananeas) ocurre hacia el siglo XII-XI aC.
Ahora, por primera vez desde sus mismos orígenes, el judaísmo ha adquirido una posición geoestratégicamente dominante en la historia, por lo menos en las grandes áreas de la política occidental y del mundo antiguo. Esa posición dominante comienza con la victoria Aliada en la "segunda guerra mundial" y la inmediata fundación del Estado de Israel. En la actualidad el poder judío se sustenta internacionalmente desde el control de los principales órganos de poder del Estado Norteamericano, y a partir del lobby judío-norteamericano, que es hegemónico en el plano cultural, político y financiero. El supuesto esplendor de la etapa davidiana de la prehistoria mítica de Israel queda totalmente opacado ante la situación actual, ya que, supuestamente, el poder político del Rey David sólo llegó a significar, en el mejor de los casos, la existencia de un pequeño espacio geográfico periférico totalmente ignorado por las grandes civilizaciones de la época.
El poder fáctico de que hoy dispone el Estado de Israel -y que en gran parte le ha sido transferido y conquistado por -y dentro de- esa otra gran potencia bíblica que son los Estados Unidos de América, a través de ese "Tercer Estado" que es el lobby judío (norte)americano- tiene como lógica contrapartida una dimensión ideológica a escala "religión fundadora". Por primera vez, la ideología se engancha con el poder y la palabra con los hechos. Ahora el judaísmo es una política de Estado, sustentada por una potencia que dispone de un poder de alcance global.
De esa confluencia entre poder ideológico y poder fáctico surge una gran capacidad de acción, que no se corresponde ciertamente ni con la cantidad de judíos que habitan hoy en el planeta -unos 15 millones de personas, es decir, una pequeña "mancha" demográfica- ni con las insignificantes dimensiones espaciales del Estado de Israel, ni con ninguna otra medición fáctica del poder, en términos estrictamente sociológicos, geopolíticos y/o económicos.
En definitiva, existe una mutación política, cultural y estratégica que sufre el judaísmo en estos tiempos, desde la existencia del Estado de Israel. El nacional-judaísmo ha reemplazado al sionismo (en su versión nacional-revisionista y/o en su versión socialdemócrata) como ideología fundacional de un hecho político. Es esa cosmovisión ultraviolenta del judaísmo pos-sionista quien está organizando el estallido de una guerra mundial de exterminio con epicentro en Oriente Medio y con proyecciones sobre Asia Central.
Esta nueva ubicación de Israel en un mundo al que se intenta globalizar, se corresponde con la lógica de una guerra civil interior potencial que está ocurriendo dentro de la sociedad israelí -incluyendo en ese concepto (sociedad israelí), por supuesto, a las ramas más importantes de la judería en el mundo. Esta guerra civil potencial tiene, lógicamente, una relación muy estrecha con la evolución de lo que se había llamado hasta este momento "Plan de Paz".
El asesinato del señor Rabin y las investigaciones que sobre él se realizaron y aún se realizan, fueron revelando una trama increíblemente compleja. Los sectores judíos que pueden ser definidos como fundamentalistas no sólo conspiraron -con prolongada anterioridad al asesinato propiamente dicho- contra la concepción original del "Plan de Paz" ("paz por territorios"): están asimismo estructurando una fuerza -ideológica y física- a escala internacional, con el objeto de desatar una guerra "definitiva", una guerra de exterminio que tendrá por escenario principal el Oriente Medio (Siria, en primer lugar) y "zonas contiguas" del Asia Central (Irán). Esa "guerra definitiva" es una "solución final" para exterminar y/o transferir a la población palestina y árabe del Eretz Israel (Gran Israel, o territorio de Israel, con fronteras definidas -"desde el Nilo al Éufrates"- a partir de relatos bíblicos considerados "sagrados" por los fundamentalistas judíos) y lograr así una pureza étnica que el nacional-judaísmo considera imprescindible para la realización de su Plan Mesiánico.
A partir de esa guerra, el lobby judío (norte)americano pretende alcanzar un espacio económico ampliado -en Oriente Medio y Asia Central- según objetivos globalizadores. Lo intentó alcanzar bajo gobierno social-sionista, que pretendió convertir al Estado de Israel -vía "plan de paz"- en el cerebro tecnológico y financiero de un espacio árabe-musulmán totalmente domesticado, por medios "pacíficos" (políticos y diplomáticos) (10). Ese proyecto social-sionista ya no es viable porque la sociedad israelí -incluidos los sectores más poderosos de la diáspora judía- no es una sociedad occidental normal, como ingenuamente pensó el propio Occidente hasta hace muy poco tiempo. En su interior se produjo una mutación profunda que tendrá alcances estratégicos trascendentes que afectarán a la totalidad del "mundo occidental".
Esa guerra ya está pre-diseñada a partir de numerosos ensayos sobre el terreno. El exterminio y la expulsión de grandes masas poblacionales de árabes y de musulmanes será un elemento constitutivo esencial en el nuevo conflicto que se está diseñando. Habrá asimismo una fuerte represión en el interior de la sociedad israelí, en la dirección de eliminar del mapa político y físico a todas las versiones del "liberalismo laico judío".
Este conflicto interior no es nada nuevo en la historia del judaísmo. Se planteó en Alemania entre sionistas y "asimilados" con anterioridad y durante la "segunda guerra mundial". Fracciones del sionismo, especialmente las "revisionistas" (así llamadas posteriormente porque querían "revisar" el mapa de Palestina luego de la "partición" de 1947) negocian con la jefatura del Tercer Reich, por lo menos hasta 1942, la transferencia a Palestina sólo de judíos sionistas, dejando a los judíos asimilados para su posterior traslado a campos de concentración de la Europa del Este. Paralelamente miles de alemanes de origen judío, pero no asumidos como tales, pelearon valientemente en la Wehrmacht por la victoria del III Reich.
Como veremos en el capítulo siguiente, la llamada "solución final" no consistió en el exterminio físico y planificado de los judíos europeos. Por supuesto que hubo asesinatos en masa de judíos y de no judíos. Ello sucedió en todos los frentes y en todos los bandos en pugna. Lo que pretendemos señalar es que todos los documentos existentes hasta el día de hoy demuestran con claridad que el objetivo del nacional-socialismo era excluir a la población judía del Tercer Reich, y no exterminar a esa población, como sostiene la teoría del Holocausto o el Mito de los "seis millones".
No se niega la existencia de crímenes cometidos por el nacional-socialismo alemán. Se sostiene que esos crímenes no son de naturaleza distinta a otros crímenes cometidos por otros Estados o grupos humanos a todo lo largo de la historia humana, incluyendo la segunda guerra mundial. En ese sentido no hubo "Holocausto", es decir, un plan ritual de exterminio -por parte del victimario- y una aceptación (necesidad teológica) de ser exterminados, por parte de las víctimas.
Posteriormente, la "teoría del Holocausto" se constituyó en el gran elemento mítico e ideológico justificativo no sólo de la creación del Estado de Israel; sobre todo propició -muy enfáticamente- la "necesariedad" de los crímenes continuos, sistemáticos y progresivos cometidos por ese Estado, contra Palestina, Líbano y el mundo árabe-musulmán en general. Se pretendió fijar en la conciencia mundial la idea de que el "Holocausto" era superior e irreductible a cualquier otro sufrimiento o sacrificio humano en la historia. Ello permitió sostener que "la creación del Estado de Israel era la respuesta de Dios al Holocausto", y que sus crímenes eran un acto de fidelidad al "gran elector". Al Dios que señala e identifica a su pueblo.
Ahora ese "Estado Divino", habitado por un "Pueblo Elegido", planea y ejecuta una guerra de destrucción y de exterminio, un verdadero genocidio contra los pueblos musulmanes (en principio, árabes y persa), siempre protegido por el escudo ideológico del "mito de los seis millones".
Esa guerra de exterminio, en la escala regional, implicará, en primer lugar, al ejército de Siria, y a los movimientos políticos y militares de resistencia nacional como Hezbollah (Líbano) (11). El objetivo de los mandos fundamentalistas del ejército judío -que en ningún momento fueron ajenos a ninguna de las crisis relacionadas con el llamado "Plan de Paz"- será destruir con la mayor rapidez posible a las fuerzas de Damasco y, luego de tener las manos libres -en un tiempo muy corto- arrasar -utilizando armas nucleares, si fuese necesario- a la República Islámica de Irán. Los territorios bíblicos del Eretz Israel estarían así disponibles para el "pueblo elegido".
El nacional-judaísmo o hiperjudaísmo es, en verdad, una combinación sanguinaria entre mesianismo religioso pos-sionista, militarismo de alta tecnología y capitalismo globalizante. La realización plena y efectiva de cada uno de los elementos de ese trípode pasa inexorablemente por el desarrollo de una guerra ya iniciada cuyas líneas principales podrían ser las señaladas anteriormente. En estos días estamos viendo, en Palestina, algunos aspectos preliminares de esa guerra. Algunos ensayos en pequeña escala, como lo son asimismo los bombardeos cotidianos al Líbano.
Que exista ese plan mesiánico-militar orientado a crear una gran zona de globalidad capitalista en lo que hoy es uno de los grandes "agujeros negros" (12) de la política mundial (grandes "vacíos" que desestabilizan la concepción globalista del "Nuevo Orden Mundial"); que exista ese Plan no quiere decir que el mismo se realizará indefectiblemente. Son numerosas y activas las fuerzas resistentes que actuarán en dura oposición a su desarrollo.
Shimon Peres vuelve a la carga con una de las ideas más peligrosas para la supervivencia del pueblo palestino y, también, para la del mundo árabe-musulmán: el proyecto laborista de la "confederación judío-palestina". El proyecto pretende constituirse en el núcleo de un programa de gobierno alternativo al de la coalición Likud-partidos religiosos, actualmente gobernante. Se trata de hacer efectiva la "alternancia en el poder", mecanismo común en las llamadas "democracias normales" occidentales y, con ello, continuar simulando que la sociedad israelí es una "sociedad normal", según parámetros occidentales.
¿En qué consiste la idea de la "confederación judío-palestina"?
En esencia plantea la necesidad de construir un mercado económico en todo el espacio árabe musulmán del Oriente Medio. Ese espacio económico tendría como centro o núcleo al propio Estado de Israel, quien sería el encargado de suministrar su "capacidad tecnológica", entendida como motor de la totalidad de ese espacio económico. La "confederación judío-palestina" hubiese sido la conclusión lógica de los Acuerdos de Oslo, de no haber mediado la victoria electoral de Netanyahu y la creciente hegemonía del fundamentalismo judío, dentro de las fronteras del Estado de Israel. La totalidad del proyecto está expuesta en un libro firmado por Shimon Peres cuyo título en castellano es: Oriente Medio, Año Cero (Grijalbo, Barcelona, 1993).
Dado que las cuestiones económicas están en el centro del proyecto, europeos y norteamericanos siguen convencidos que la "solución" de la cuestión palestina está dentro de la idea de "confederación". Ello significa que la "confederación" sería el mecanismo adecuado para impulsar la dinámica de la paz. Una vez que israelíes, palestinos y árabes desarrollen la confianza mutua, a partir de un desarrollo económico concreto y ordenado dentro de un mismo espacio, los problemas políticos más espinosos quedarían resueltos casi automáticamente.
La "confederación" deberá, naturalmente, poseer un centro o eje: la unidad de intereses entre israelíes y palestinos, primero, y entre israelíes, palestinos y jordanos, de inmediato. Una especie de Benelux medio-oriental para el desarrollo de proyectos económicos conjuntos. Así, la paz será la consecuencia de un acuerdo sobre cuestiones económicas de fondo. Una vez pactada la cooperación económica, todos los demás problemas (soberanía, tierra, Jerusalén, Estado Nacional Palestino, etc.) encontrarían el marco adecuado de solución.
Para los laboristas israelíes -que cuentan con el apoyo de los europeos y, en parte, de los norteamericanos- la idea de la "integración económica" es la base y la condición de la "seguridad". Exactamente lo contrario a como lo ve Netanyahu. La integración económica es el principal componente del proceso de paz. La seguridad de Israel se ampliaría de esta manera a un marco regional: se habla de una "seguridad regional" para combatir al "terrorismo". La lucha por la reconquista de la dignidad del hombre es una cuestión que no puede ser separada del actual combate mundial de los pueblos -de todos los pueblos- contra una globalidad indiferenciadora y crecientemente perversa. El hiperjudaísmo es una parte constituyente esencial del globalismo que separa a la población mundial trazando una frontera infranqueable entre "elegidos" y humillados. Pero dentro de la "confederación" los palestinos encontrarían, por fin, un lugar en el mundo, aceptando la soberanía judía en lo económico, lo tecnológico y lo político. Ya no sería necesario desangrarse en esas luchas estúpidas por la dignidad, como diría el señor Shimon Peres.
miércoles, 29 de mayo de 2013
Diálogo entre Jose Artigas y Manuel Sarratea
JOSE ARTIGAS AL GENERAL DEL EJERCITO DE OPERACIONES DEL NORTE, MANUEL DE SARRATEA
AYUI, JULIO 16 DE 1812
Excelentísimo señor:
Hoy mismo será vuestra excelencia dado a reconocer en la orden por General en Jefe del Ejército de Operaciones del Norte, en cumplimiento de la determinación superior del Gobierno que vuestra excelencia me manifiesta en oficio de ayer, la hora en que lo recibí ha causado esta demora. Entretanto ya tengo la honra de felicitar a mi Patria, a vuestra excelencia y a mi, no dudando se admitirá en las gracias de este día mi total separación, objeto único de mis anhelos, a este efecto devuelvo a vuestra excelencia esos despachos con que el Gobierno representativo de
Nada resta a mis desvelos por llenar los deberes que me impuse, sólo me queda un corazón para el reconocimiento de aquellos honores, dígnese vuestra excelencia recibirlo con la sinceridad con que se lo presento, ella es bastante para garantir esta conducta y ella puede dar una idea de mi gozo al yerme ya como un Ciudadano particular.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años,
Ayuí, 16 de julio de 1812. Excelentísimo Señor José Artigas al Excelentísimo Señor Representante Don Manuel de Sarratea General del Ejército de Operaciones del Norte.
MANUEL DE SARRATEA A JOSE ARTIGAS
SALTO CHICO, JULIO 16 DE 1812
Devuelvo a vuestra señoría los Despachos queme ha dirigido con oficio de esta data. Yo no puedo deferir a la total separación que vuestra señoría solicita. Si vuestra señoría insiste en ella debe dirigirse para conseguirla al Gobierno Superior de las Provincias unidas, elevándose al efecto
Dios guarde a vuestra señoría muchos años.
Salto Chico, julio 16 de 1812.
Manuel de Sarratea. Señor General Don José Artigas.
JOSE ARTIGAS A MANUEL DE SAREATEA
AYUI, JULIO 17 DE 1812
EXCELENTISIMO Señor:
Yo he respetado y respeto en vuestra excelencia la autoridad representativa de
Bajo ese mismo concepto repito lo mismo ahora. Dígnese vuestra excelencia a admitir esa muestra; mi desinterés. Yo he salvado a mi Patria. Esta es la lisonja más digna de mi honor. Sólo me resta para llenar mis desees, y recoger el fruto de mis fatigas poner a mis conciudadanos en la tranquilidad de sus hogares. Si vuestra excelencia hace un mérito de mis servicios, y quiere dignarse demostrar su aprecio, permítame repasar con ellos el Uruguay, puesto que las tropas portuguesas han emprendido ya su retirada. Este movimiento asegurará a vuestra excelencia la campaña para sus proyectos ulteriores, al paso que excitará el reconocimiento universal de estos hijos de los trabajos, después de ver nacido por ellos el día venturoso, que fija el período de nuestras glorias.
Tengo el honor de ser de vuestra excelencia afectísimo venerador. Ayuí, 17 de julio de 1812,
Excelentísimo Señor José Artigas al Excelentísimo Señor don Manuel de Sarratea Representante Presidente y General en jefe.
MANUEL DE SARRATEA A JOSE ARTIGAS
SALTO CHICO, JULIO 17 DE 1812
EL RESPETO a la autoridad representativa de
Cuando en el oficio de esta data veo insistir a vuestra señoría en la misma separación que le reproché ayer; no puedo en verdad conciliar esta conducta con los principios que vuestra señoría proclama en el mismo oficio. Si el haberme vuestra señoría remitido sus Despachos, y ocurrido a mí oficialmente para que accediese a su separación omnímoda, fue producido por el conocimiento que manifiesta tener vuestra señoría de que en mi persona residía la autoridad representativa de
Yo reproduzco a vuestra señoría en esta parte mi oficio del día de ayer, con la circunstancia de ser este un asunto concluido, que no debe dar lugar a ulteriores discusiones.
Me dice vuestra señoría que ha salvado su Patria, y que esta es la lisonja más digna de su honor. Prescindiendo de la inconducencia de este recuerdo con el negocio de que se trata, yo por ahora no podré decir otro tanto, no porque desconozca los recomendables servicios que ha practicado vuestra señoría en obsequio de ella, sino porque creo que no está salvada aún, y porque preveo que no se salvará sin los esfuerzos unidos de todos sus hijos. El conseguir esa concurrencia simultánea, y dar una prudente dirección a La gran masa de recursos, que proporcionarán aquellos esfuerzos unidos, debe ser en verdad nuestra mayor vanagloria, y la lisonja más digna de nuestro honor. EL restituir a vuestros conciudadanos la tranquilidad de sus hogares, aliviar sus desgracias y mejorar su suerte son objetos dignos de la primera consideración del Gobierno de las Provincias Unidas. Si es evidentemente notorio que nunca los ha perdido de vista, no lo es menos, que ese mismo Gobierno es ciánico que se halla en posesión de los medios necesarios para conseguir los objetos preferentemente indicados.
No puedo acceder a la solicitud de vuestra señoría de pasar el Uruguay en la forma que me propone. Así que yo reúna los auxilios necesarios para marchar, y que esas Divisiones de Patriotas voluntarios se hayan arreglado del modo que exige el personal interés de los individuos que las componen, y el general del Estado, me moveré con todo el Ejército hasta las Murallas de Montevideo, donde se proporcionarán a vuestra señoría nuevas ocasiones de arrostrar peligros y adquirir laureles.
Últimamente no puedo dejar de poner en la consideración de vuestra señoría que el modo que no se malogren sus recomendables servicios es el que no se retraiga vuestra señoría de continuarlos. Nunca más que ahora reclamala Patria por el imperio de las circunstancias actuales. Esta se halla amenazada por todas partes de horribles maquinaciones, que tienen por objeto el exterminio total. Una combinada unidad de ideas y esfuerzos de todos sus hijos es la única áncora que puede libertarla de este naufragio político. Estas consideraciones deben aquietar el ánimo de vuestra señoría cuyo patriotismo interpela por mi boca la salud pública, para que contribuya conmigo a la consolidación de la obra grande, objeto de nuestros comunes desvelos,
Me dice vuestra señoría que ha salvado su Patria, y que esta es la lisonja más digna de su honor. Prescindiendo de la inconducencia de este recuerdo con el negocio de que se trata, yo por ahora no podré decir otro tanto, no porque desconozca los recomendables servicios que ha practicado vuestra señoría en obsequio de ella, sino porque creo que no está salvada aún, y porque preveo que no se salvará sin los esfuerzos unidos de todos sus hijos. El conseguir esa concurrencia simultánea, y dar una prudente dirección a La gran masa de recursos, que proporcionarán aquellos esfuerzos unidos, debe ser en verdad nuestra mayor vanagloria, y la lisonja más digna de nuestro honor. EL restituir a vuestros conciudadanos la tranquilidad de sus hogares, aliviar sus desgracias y mejorar su suerte son objetos dignos de la primera consideración del Gobierno de las Provincias Unidas. Si es evidentemente notorio que nunca los ha perdido de vista, no lo es menos, que ese mismo Gobierno es ciánico que se halla en posesión de los medios necesarios para conseguir los objetos preferentemente indicados.
No puedo acceder a la solicitud de vuestra señoría de pasar el Uruguay en la forma que me propone. Así que yo reúna los auxilios necesarios para marchar, y que esas Divisiones de Patriotas voluntarios se hayan arreglado del modo que exige el personal interés de los individuos que las componen, y el general del Estado, me moveré con todo el Ejército hasta las Murallas de Montevideo, donde se proporcionarán a vuestra señoría nuevas ocasiones de arrostrar peligros y adquirir laureles.
Últimamente no puedo dejar de poner en la consideración de vuestra señoría que el modo que no se malogren sus recomendables servicios es el que no se retraiga vuestra señoría de continuarlos. Nunca más que ahora reclama
Dios guarde a vuestra señoría muchos años Salto Chico, julio 17 de 1812.
Manuel de Sarratea - Al Señor Coronel don José Artigas.
JOSE ARTIGAS A MANUEL DE SARRATEA
AYUI, JULIO 18 DE 1812
Yo se muy bien, que el respeto a la autoridad representativa de
Si el reconocimiento de vuestra excelencia por General en Jefe no fue transmitido al Campo de Vanguardia, sólo ha podido ser porque creí a su jefe bastante militar, y que sin haberlo ya reconocido, no se abstendría de darme el Parte diario, ni de venir a buscar los Santos desde anteayer. Con esta fecha va ya la orden competente.
Dios guarde a vuestra excelencia muchos años
Ayuí, 18 de julio de 1812.
excelentísimo señor José Artigas. —Al excelentísimo señor don Manuel de Sarratea Representante Presidente y General en jefe.
jueves, 23 de mayo de 2013
Orígenes hispánicos de la Revolución de Mayo
por Pablo
Yerman
Es casi un
lugar común escuchar, a medida que nos acercamos a un aniversario de la
Revolución de Mayo, que aquel suceso habría pretendido trasladar hasta
nosotros los principios de la Revolución Francesa de 1789, cual gajito
de “igualdad-libertad-fraternidad” que se pretendía hacer brotar en
otros sitios sometidos a crueles tiranías. Como uno de los padres espirituales
del movimiento de Mayo se suele invocar a Juan Jacobo Rousseau y cuanto
filósofo pactista de fines del siglo XVIII aparece en escena.
La realidad
de aquellas jornadas, y fundamentalmente su documentación, rebate
lo antes afirmado. Nuestro movimiento emancipador no se fundó –dicho
esto con el mayor respeto- en los apotegmas de la Revolución Francesa,
sino en la teoría del origen del poder elaborada más de dos siglos antes
por el sacerdote Francisco Suárez junto con sus colegas y discípulos
de la Escuela de Salamanca, alentada durante los reinados de Carlos
I y Felipe II.
Como recuerda
Héctor Petrocelli: “[Ni] el pueblo español ni sus doctrinarios admitieron
nunca que el poder lo discierne directamente Dios al soberano, ni que
el único papel a jugar por el pueblo es obedecerlo ciegamente. Esto es
de origen francés, de la época de Luis XIV, cuando el absolutismo fue
sistematizado por Bodin o Bossuet, y de procedencia inglesa, en tiempos
de los Estuardos … Fue de la cultura política del pueblo español, que
si el rey era rey, era porque la comunidad así lo consentía.”
Así se entiende
mejor, entonces, que en la Francia de los monarcas absolutistas hubiera
suficientes motivos para una revolución, y que en cambio en los dominios
españoles lo que hiciese falta fuera, paradójicamente, ir al rescate
de una antigua concepción acerca del poder y la soberanía.
Todo ello confluiría
en las jornadas de Mayo.
El cabildo como reunión vecinal
Nuestro imaginario
colectivo atesora el recuerdo, a veces de modo difuso, de las discusiones
ocurridas durante el famoso Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 que
antecedió al 25 de mayo y que, si se lo analiza con detenimiento desde
el punto de vista institucional y político, fue incluso el día más importante
de aquella semana revolucionaria.
El cabildo
era la entidad de gobierno municipal existente en estas tierras desde
la llegada de los primeros españoles. Si algo había caracterizado a
los primeros habitantes y luego, a sus hijos nacidos en América, los
criollos o “mancebos de la tierra”, fue su profundo localismo y amor a
la propia tierra. Precisamente, esos sentimientos autonómicos van
a estar en parte representados en el cabildo, institución que bajo el
nombre de ayuntamiento o concejo había surgido en las duras jornadas
de la reconquista de la península hispánica a mano de los moros que la
habían invadido varios siglos atrás.
Todos los cabildos
contaban con distintos tipos de funcionarios que mantenían regularmente
reuniones en las que se decidía sobre las más diversas medidas de gobierno.
Esas reuniones habituales se llamaban “cerradas” porque en ellas participaban
solamente los funcionarios que integraban el cuerpo, sin público.
Pero cuando el cabildo debía tratar un asunto de mucha importancia para
la ciudad, se consideraba que debía darse intervención al vecindario,
es decir, a los vecinos de la ciudad (aunque cabe aclarar que no todo residente
de la ciudad era automáticamente vecino), y por lo tanto se invitaba
a participar de un cabildo “abierto”.
Esto fue lo
que sucedió en mayo de 1810: ante la gravedad del tema convocante, es
decir, el cautiverio del rey y la posible ausencia del gobierno central
en España, el Cabildo de Buenos Aires, capital del virreinato y lugar
de residencia de la máxima autoridad colonial de entonces, el virrey,
decidió llamar a un cabildo abierto o congreso vecinal, como también
se lo llamó.
Una de las primeras
diferencias entre el virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, y el Cabildo,
tuvo que ver con la cantidad de invitaciones que se iban a imprimir y a
enviar: según el virrey había que mandar invitaciones a aproximadamente
3.000 vecinos. En cambio, el Cabildo pensaba distinto y mandó imprimir
alrededor de 600 esquelas. No obstante, y a pesar de lo que pueda suponerse,
hubo un cierto desinterés por concurrir a la reunión extraordinaria
ya que asistieron, o al menos votaron, 251 vecinos. Es decir, menos de la
mitad de quienes habían recibido invitación.
Reinos de Indias o simples
colonias
En el interior
del edificio del Cabildo la discusión se centró en establecer si habiendo
desaparecido el gobierno español residente en la península también
había cesado la autoridad del virrey Cisneros. Los primeros en tomar
la palabra tenían compromisos con Cisneros, o incluso estaban convencidos
de que su autoridad no había concluido.
Luego tomó intervención
Juan José Castelli. Aún hoy admira su discurso, que pareció rescatar
la vieja y oficialmente olvidada visión española de América, vigente
de 1500 a 1700 mientras la casa de los Austria o Habsburgo gobernó en España,
pero abandonada adrede al acceder la familia de los Borbones al trono
español. Expresó que los Reinos de Indias no eran colonias del Estado
Español, sino que en sus mismos orígenes, mucho antes de 1810, habían
sido incorporados a la Corona de Castilla, pero como posesión personal
del Rey y, en consecuencia, en caso de ausencia del monarca, podían
darse a sí mismos un gobierno autónomo.
Y lo más importante,
recordó la vieja teoría de Francisco Suárez acerca del origen del poder
político conforme lo dicho más arriba.
La intervención
de Castelli en el Cabildo Abierto suscita el agudo comentario de Vicente
Sierra: “La posición de Catelli fue netamente legalista, si bien la
revolución estaba implícita en sus palabras, como lo estuvo en la
formación de las Juntas de España en 1808, pues en ambos casos se afirmaron
normas jurídicas tradicionales que se oponían a los principios del
absolutismo borbónico. Ésta es la cuestión esencial del 22 de mayo
de 1810, como lo había sido la de los alzamientos juntistas de las provincias
de España. Se proclamó que la soberanía habia revertido sobre el
pueblo desde el momento que había desaparecido quien la poseía legítimamente,
o sea, se afirmó un principio que venía del Fuero Juzgo y que justifica
lo que dice el historiador inglés J.M. Carlyle, de que toda libertad proviene
del Medioevo.”
Volviendo al
debate de aquél Cabildo Abierto, tras la oratoria impecable del abogado
Castelli, tocó el turno de hacer uso de la palabra al Fiscal de la Real Audiencia,
Manuel Villota, quien si bien coincidió con lo afirmado por Castelli,
vino a poner el dedo en la llaga con una variante importantísima en los
años venideros, al afirmar que el Cabildo de Buenos Aires era un ente municipal
que no tenía jurisdicción sobre todo el Virreinato y en consecuencia,
si el poder retrovertía en todo el Pueblo, debía conocerse la opinión
del resto de los pueblos del interior, a quienes debía invitarse a mandar
diputados a Buenos Aires.
Le retrucó
Juan José Paso, quien dijo que efectivamente había que invitar a los pueblos
a que dieran su opinión, pero como eso llevaría meses, provisoriamente
debía ser Buenos Aires quien asumiera, en la urgencia que se vivía, el gobierno
a través de una Junta Provisoria. Sus palabras fueron cerradas con una
gran ovación de todos los presentes, incluso por la gente congregada en
la plaza.
Debe tenerse
en cuenta que como la sesión se extendió demasiado, hacía frío y la
reunión se desarrolló en la galería externa que daba a la plaza, algunos
invitados se fueron antes de la votación. Por eso los resultados fueron:
161 votos por la destitución del virrey y porque el Cabildo eligiera
una Junta de Gobierno; 54 votos por que el virrey continuara en el
ejercicio; 21 personas invitadas y registradas se retiraron sin
votar. La votación terminó alrededor de las doce de la noche.
Pero todavía no estaba
dicha la última palabra y habría que esperar otros tres días hasta el 25
de mayo, pero lo cierto es que atribuir orígenes franceses a la Revolución
de Mayo es, como diría un amigo, “más falso que guión de la película Ágora”.
fuente:MovCondor
sábado, 11 de mayo de 2013
Palabras del Presidente de la República en el acto de Inauguración del "Museo de la Solidaridad" en Quinta Normal
por Salvador Allende
" Señoras, estimados
compañeros: Mario
Pedrosa, Pedro Miras y José Balmes. Señores Embajadores,
representantes de países amigos. Señores Delegados a la Tercera UNCTAD. Autoridades
civiles, militares y eclesiásticas."
" Muy estimadas compañeras y
estimados compañeros:"
" Es para mí un honor, muy
significativo, recibir a nombre del pueblo de Chile estas muestras, estos cuadros,
estas obras que nos envían, como expresión solidaria, artistas de los
distintos continentes. "
" Quiero destacar que en la
profundidad de las palabras y en la belleza de la forma, como corresponde a un artista, el
compañero Mario
Pedrosa, ha señalado que
éste es el único museo de mundo que
tiene un origen y contenido de tan profundo alcance. "
" Es la expresión solidaria
de hombres de distintos pueblos y razas que, a pesar de la distancia, entregan su capacidad
creadora, sin reticencias, al pueblo de Chile, en esta creadora de su lucha. Y lo
hacen en los momentos en que también mi Patria es distinguida al
señalársele como el lugar para que se reúnan representantes de 141 países en la
Tercera Conferencia de Comercio y Desarrollo. "
" No sólo el pueblo de Chile,
sino nuestros visitantes comprenderán, como comprendemos todos, lo que
representa para nosotros este estímulo, esta expresión fraterna, esta
manifestación comprensiva de los artistas del mundo. "
" Comprendo, perfectamente
bien, que no puede dar sencillamente las gracias, aunque esta palabra tiene un
contenido tan profundo que podría con ella expresar mis sentimientos y los
sentimientos agradecidos de los trabajadores chilenos. "
" Pero siempre entendí el contenido,
el alcance y la significación que han tenido y tendrán estas demostraciones de
los creadores de la belleza, de los plasmadores de la inquietud, en sus telas, en sus
estatuas, en sus obras.
" Y, es por ello que el 1° de
Mayo, en un acto de masas de honda importancia para nosotros, cuando se congregaban
los trabajadores de Chile, para rememorar a aquellos que cayeron para hacer
posible - entre otras cosas - que los nuestros se reunieran siendo Gobierno, anuncié
que se iba a inaugurar este Museo
de la Solidaridad y leí los nombres de aquellos que estimé,
representaban, no por jerarquía tan sólo, de sus
condiciones de creadores, sino por haber sido los primeros, los nombres - repito -
de aquellos que enviaron al Comité
de Solidaridad, con más premura, su expresión de afecto a
nuestro pueblo y a nuestros trabajadores. "
" Hoy, quiero, no cumpliendo
ritualmente, y en forma protocolar, sino porque estimo que es justo hacerlo,
recordar aquí al comité que integraban Louis
Aragón, Jean Lamarie, Rafael
Alberti, Carlo Levi, Aldo Pellegrini, Mariano Rodríguez y José María Moreno
Galván."
" Quiero destacar a aquellos
que como Mario Pedrosa y Danilo Tréllez fueron los representantes de nuestros artistas para coordinar la entrega
y a los compañeros José
Balmes y Miguel Rojas y, además, al Decano de la
Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile, Pedro Miras Contreras, quienes también con su ascendiente, sus
vínculos, con sus contactos han hecho posible la
materialización de los que hoy día podemos contemplar. "
" ¡Qué bien lo ha expresado
el compañero Pedrosa! : este no será un Museo más. Este debe ser el Museo de los
Trabajadores, porque para ellos fue donado y cuando el Gobierno Popular que presido,
luchó, porque así fue, para que la UNCTAD III pudiera realizarse en Chile,
cuando el espíritu de UNCTAD, por así decirlo, sacudió a nuestro pueblo y se hizo posible
lo que muchos no creyeron, que íbamos a materializar la construcción de la
placa y de la torre que ha servido de edificio material para los delegados de
tantos países, entonces, avizoramos lo que será mañana esa torre y lo que será
mañana esa placa. "
" Queremos que esa torre sea
entregada, y así lo propondré, a las mujeres y a los niños chilenos, y queremos que esa
placa sea la base material del gran Instituto Nacional dela Cultura y, dónde
mejor que allí estarán estos cuadros, estas telas y estas obras. "
" Allá donde van a ir los
trabajadores entendiendo que aquí, en una nueva concepción de los derechos del
hombre, y trabajando fundamentalmente para el hombre, poniendo la economía a su
servicio, queremos que la cultura no sea el patrimonio de una élite, sino que
a ella tengan acceso -y legítimo- las grandes masas pretéridas y postergadas
hasta ahora, fundamentalmente, los trabajadores de la tierra, de la usina, de las
empresas o el litoral. "
" Por eso, compañero Pedrosa,
yo le aseguro a usted que este Museo no se va a desmembrar, que este Museo se
mantendrá en su integridad y creo que sus palabras señalan también, la
posibilidad que se amplíe, no porque nosotros lo pidamos, sino porque, seguramente,
muchos artistas que no tuvieron oportuna
información o tiempo necesario,
harán la entrega generosa que usted mismo nos ha anunciado ya, para acrecentar
este patrimonio que desde ahora y por mandato de los artistas progresistas del
mundo integra el patrimonio cultural del pueblo de Chile. "
" Quiero, finalmente, señalar
que en un hombre, que por sus años, por su prestancia y por su vida, merece
que en él exprese mi reconocimiento a los artistas progresistas del mundo, me refiero
a Joan Miró, al maestro, o a don Joan, como lo llaman los que así tienen derecho
a hacerlo. "
" El quiso, no entregar un
cuadro de los muchos o de los pocos que tiene en su casa, o en su galería de trabajo,
él quiso crear algo para Chile. Fue más generoso aún, él puso su inteligencia, sus
pinceles, su mente a trabajar para materializar este gallo, que como ha dicho el
compañero Pedrosa: "canta una nueva alborada" a una nueva alborada, que es una
vida distinta, en un país dependiente que rompe las amarras para derrotar el
subdesarrollo y con ello la ignorancia, la miseria, la incultura, la enfermedad. "
" En Joan Miró, anciano respetado y respetable, pintor
sin fronteras rindo el homenaje agradecido del pueblo de
Chile, por la actitud de tantos y tantos que han comprendido lo que aquí hecemos,
las metas que queremos alcanzar, nuestra dura lucha, frente a intereses
poderosos - nacionales y extranjeros - que quisieran que el pueblo siguiera aherrojado y al
margen de la instrucción y la cultura. "
" Este Museo será la
expresión del estímulo más hondo que sentirán desde más cerca los trabajadores. Y yo puedo
decirles que el pueblo de Chile hace suyas las palabras del gran poeta nuestro, Pablo Neruda, cuando pensamos que en el mundo no debe haber fronteras y
cuando él dice que "su casa sin puertas es la
tierra, y las estrellas del
mundo son su patria". "
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


