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jueves, 1 de mayo de 2014

EL ESPIRITUALISMO ESPAÑOL


por Manuel Gálvez


NUESTRA fuerte y bella patria argentina vive en estos momentos una hora suprema: la hora en que sus mejores inteligencias y sus más sanos corazones reclaman la espiritualización de la conciencia nacional.
Este movimiento, si excluimos a los precursores, data apenas de un lustro. Pasados los primeros tiempos de intrepidez física, de labor casi heroica, hemos sentido la necesidad de atemperar con retoques de espiritualidad la barbarie de las energías materiales. En un principio la prédica pareció extraña; el fervor de unos pocos no era para la gente sino literatura, lirismo inofensivo que se complacía en cosas harto abstractas. El verbo idealista, hablando del alma de los pueblos, afirmando que en la vida espiritual reside la única grandeza durable de las naciones, sonaba, y desgraciadamente suena todavía en estas pampas, a jerigonza insufrible. No se trataba ni se trata, aunque tal es el fin que deseamos, de crear en este momento un peculiar idealismo argentino. Tamaña maravilla no la hará una sola generación. Nosotros pretendemos simplemente atenuar el torpe materialismo que hoy nos agravia y avergüenza. Al par que idealista, esta campana es nacionalista. El idealismo colectivo fue en otros tiempos decoro de la patria, y representa por esto, un valor tradicional. En cambio, el escéptico materialismo de ahora es cosa reciente, pues ha aparecido con la actual fiebre de riquezas y, con ésta, ha venido de Europa. El inmigrante vencedor mediante su éxito enorme en la adquisición de la fortuna, ha introducido en el país un nuevo concepto de la vida. No trata otro propósito sino enriquecerse, y era, pues, natural que contagiase a lo argentinos su respeto exclusivo de los valores materiales. Pronto, al tiempo que se esfumaban lo vestigios románticos en los que se concretaba el alma nacional, el idealismo desaparecía. Por esto ahora queremos, en doble afán patriótico e idealista, infundir a nuestra patria carácter y alma propios, y hacer brotar en la tierra reseca, angustiosamente reseca, que es nuestra vida materialista, surgentes de ideales. De otro modo este pueblo no será sino un cuerpo sin alma, una pobre cosa sin trascendencia. Hemos ya construido fuertes diques de encogía y de riqueza; ahora nos falta introducir, en el estanque enorme formado por aquellos diques, el agua de vida que es la espiritualidad.
Los comienzos de la gran obra de bien no han fracasado. Los que hemos contribuido a la siembra de ideales con nuestro puñadito de semilla, podemos ya recoger la primera cosecha: pequeña si se quiere, pero cosecha de todos modos. Ya vendrán con lo años., cuando aumente el numero de sembradores, las recolecciones asombrosas. Porque yo creo en la fertilidad espiritual de mi país; no comprendería que ella no correspondiese a su prodigiosa fertilidad material. Mientras tanto, he aquí ya un primer triunfo: la necesidad de espiritualizar el país se ha hecho un axioma pera muchas gentes El extraño vocabulario de nuestro idealismo empieza a hacerse inteligible, y los hombres de acción van comprendiendo nuestra verdad.

miércoles, 2 de abril de 2014

DISCORDIA ANDINA


por Pedro Godoy

Si hay tres pueblos con raíz, sustancia y problemática comunes son Chile, Bolivia y Perú. Sin embargo, se nutren de triunfalismo los chilenos, de aversionismo los bolivianos y de revanchismo los peruanos. Los tres "ismos" impiden la complementación que supone sepultar el hacha de guerra y fumar la pipa de la paz. El alma de estudiantes y conscriptos -futuros ciudadanos- se envenena de patriotería en cada país. En esa esfera no hay inocentes. Los círculos dirigentes -con intensidades distintas y en momentos diferentes- estimulan ese clima de recíproca desconfianza. Las tres repúblicas, en el siglo XXI, optan por obsoletas estrategias del XIX. Una, la "paz armada" y la otra, la "diplomacia secreta". Las tres cancillerías creen descubrir el hilo negro recurriendo a estos mecanismos empobrecedores del erario fiscal e intoxicadores del alma colectiva. Lo curioso que, en esta esfera, la adscripción doctrinaria de los gobernantes es poco lo que incide en los comportamientos diplomáticos. Esto es nítido, por ejemplo, en las tensiones registradas entre Asunción y La Paz. Lugo protesta por el armamentismo de Evo. En la trastienda está la Guerra del Chaco. La Moneda formula promesas a La Paz de puerto sobre el Pacífico porque está horquillada por ´Torre Tagle en lo atingente a la delimitación marítima. Se sabe: jamás las cumplirá. Tras el forcejeo continúan las recriminaciones por la conflagración del Guano y el Salitre. Apenas ayer, en el conflicto del Cenepa, Santiago -en plena democracia- vende armamento a Ecuador porque su arcaica geopolítica lo juzga "aliado" en la hipótesis de conflicto con Lima. Pinochet afligido por los halcones de la Junta, presidida por el general Videla, a propósito del Beagle, monta el show de Charaña. Así desarticula el peligro que implica la HV3 (hipótesis vecinal 3) que supone "el cuadrillazo", es decir, un Chile con tres fronteras en llamas. En caso de derrota el país es reducido a una franja entre Copiapó y Puerto Montt. Ahora nuestro canciller etiqueta de "provocación" llevar la querella de la frontera oceánica con Perú ante la Corte Internacional Justicia de La Haya. Hasta ayer lo claro es que, de común acuerdo, se recurría a esa instancia. El Presidente Lagos esquiva la doctrina Toledo del control del gasto militar y convierte en arsenal el país. Alguien podría preguntarse ¿no son afiliados al PS ese mandatario y su ministra de Defensa y luego Presidenta Michelle Bachelet? Si, en efecto, lo son y esa tienda es un brote -en suelo mapochino- del APRA y Alan García es aprista. Al final, lo retratado es una "merienda de negros" o "laberinto de Creta". Explicita la condición psicótica de una Suramérica tan pobre como confusa. Hacer claridad en medio de la tiniebla no es fácil, pero intentarlo es un deber de los genuinos discípulos de Felipe Herrera, Haya de la Torre, Soliz Rada y Jorge A. Ramos.


fuente:premionacionaldeeducacion

martes, 28 de enero de 2014

Ayacucho: el nacimiento de Hispanoamérica


Artículo del escritor y periodista español Fernando Díaz Villanueva, publicado en Suplementos de Historia del diario electrónico Libertad Digital el 15 de febrero de 2012


En 1819 América estaba en pie de guerra. Por América se entiende la América española, porque la otra, la de los Estados Unidos, era aún una pequeña e insignificante confederación de granjeros temerosos de Dios que vivían sin meterse con nadie bien pegados a la costa del Atlántico.

Ese mismo año, en la lejana España –que acababa de vender la Florida a los granjeros por cinco millones de dólares– un ejército de 20.000 hombres se dirigía a Cádiz. Los enviaba el rey Fernando VII para sofocar la asonada independentista de los españoles de ultramar.
Pero no pudieron embarcar. Uno de los oficiales del cuerpo expedicionario, Rafael del Riego, que se encontraba al frente del batallón asturiano, se conjuró con otros camaradas y tomaron preso al Conde de Calderón, comandante en jefe de la expedición. A Riego los problemas en los virreinatos americanos le parecían un asuntillo menor al lado del cruel destino que tenía que padecer la Madre Patria por culpa de la reincidente felonía del monarca que había jurado la Constitución de 1812 sólo para recuperar el trono. No contento con sublevar a la tropa e impedir su embarque, obligó al Rey a jurar la Pepa; o, mejor dicho, a tragársela, por utilizar una feliz expresión de aquella época.
Este episodio imprevisto ocasionó que los virreyes, especialmente el de Perú, se quedasen aislados de la metrópoli y a merced de los sediciosos, que año tras año iban haciendo jirones del portentoso edificio colonial. Cuando la noticia del levantamiento de Riego llegó a América, los capitanes rebeldes –libertadores los llamaban, aunque, en rigor, libertar no libertaron mucho, y al crudo malvivir hispanoamericano me remito– advirtieron que aquella era su oportunidad y aceleraron las campañas en marcha.
Tenían, sin embargo, un problema, y no precisamente pequeño. En el virreinato del Perú la población indígena era muy numerosa, y a los indios les había dado por unirse en masa a la causa realista. En el bando que se proclamaba patriota lo único que veían era señoritos criollos atontolinados con la Revolución Francesa, poco amiga de observar ciertas peculiaridades locales, las mismas que los indios querían seguir manteniendo. El virrey, José de la Serna, natural de Jerez y veterano de la Guerra de la Independencia, contaba con ello, de modo que se organizó para resistir los ataques que le llegaban de todas las direcciones hasta que desde España le enviasen un ejército de refuerzo. Entonces, la tornadiza suerte política de la península ibérica volvió a darle un disgusto.
En 1823 Riego cayó y, para que sirviese de escarmiento, el Rey ordenó que fuese ahorcado y decapitado en una plaza de Madrid. Las noticias de España provocaron que en Perú se desatase una guerra civil entre los leales a la Corona. Una descoordinación inexplicable pero algo, por lo demás, muy español. Por un lado estaban los absolutistas, acaudillados por el vizcaíno Pedro Antonio de Olañeta; por el otro, los constitucionalistas, cuya causa representaba De la Serna. Simón Bolívar, un criollo aburguesado de la Capitanía General de Venezuela con estudios en España, aprovechó la circunstancia y se valió de Olañeta para penetrar en Perú y hostigar a los realistas. En octubre de 1824 el virrey se encontraba en situación límite. Los rebeldes, por su parte, habían desplegado sus fuerzas en las tierras altas y preparaban la embestida final.
Bolívar entregó el mando del ejército a su paisano Antonio José de Sucre, que al frente de unos 6.000 rebeldes se dispuso a plantar cara al virrey. Tras tantearse durante unas semanas en las sierras andinas, De la Serna se encaramó a un cerro muy bien situado, hasta donde pensaba atraer a Sucre para masacrar sus tropas a placer. Pero el venezolano no mordió el anzuelo y esperó a que al andaluz se le acabasen las provisiones y se viese obligado a descender. En el llano esperaban los sublevados dispuestos para un combate en el que no pensaban dar cuartel.
El encuentro final se produjo en la pampa de Quinua, junto a la ciudad de Ayacucho, a principios de diciembre. Podríamos decir que la batalla estaba decidida desde antes de empezar y no andaríamos muy desencaminados. De hecho duró muy poco y consistió, básicamente, en una gran carga de las tropas realistas sobre las rebeldes que se habían situado sobre el llano en la posición adecuada. El ejército del virrey estaba cansado, hambriento y falto de efectivos bregados, con experiencia: muchos de los que tenía se habían pasado al enemigo (no olvidemos que en los dos bandos eran igual de españoles: misma lengua, mismos uniformes y misma mala leche) o habían muerto en las sucesivas escaramuzas de la campaña. Además, andaba corto de intendencia y llevaba meses triscando por las sierras, enfrentándose primero a los absolutistas y luego a los independentistas. Era, en definitiva, un ejército condenado a la derrota. Hay incluso una teoría que afirma que el fatal desenlace estaba pactado. De la Serna simpatizaba con las ideas liberales y allí, en las remotas tierras del altiplano peruano, esas ideas las representaba Sucre y no Fernando VII. Evidentemente, es sólo una teoría, pero abunda en la idea de que las guerras americanas fueron, en realidad, una gran confrontación civil entre españoles y no una guerra patriótica de liberación, que es como aquello ha pasado a la historia.
Con o sin pacto, De la Serna no podía rendirse a la primera, así que se lo jugó a doble o nada. Ordenó que las divisiones bajasen ordenadamente del cerro con la esperanza puesta en coger a Sucre desprevenido y sin formar. Pero Sucre lo veía todo desde abajo, de manera que no tuvo más que tensar bien las filas y resistir el embate de las primeras divisiones, a las que no tardó en poner en desbandada. A esas alturas la batalla estaba ya irremediablemente perdida. Sin sucumbir al desánimo, el virrey, que contaba con una ligera ventaja numérica, trató de recomponer la línea de ataque. Fue inútil: el propio De la Serna, sabiéndose protagonista de una ocasión histórica, en la que tenía que quedar a la altura, se metió de lleno en el combate. Resultó herido y cayó preso.
La captura del virrey no provocó que los suyos se rindiesen. El regimiento Fernando VII, al mando de José Carratalá, un alicantino que debía de creerse la reencarnación de uno de aquellos que lucharon en los Tercios de Flandes, siguió combatiendo hasta el último suspiro. La típica resistencia tan nuestra, quijotesca y heroica pero inútil. Los rebeldes condujeron a los prisioneros hasta Ayacucho, donde les hicieron firmar la capitulación que ponía punto y final, después de casi 300 años, al virreinato del Perú. De sus cenizas nacerían las repúblicas de Perú y Ecuador. Pero antes sus próceres tendrían que vérselas con los últimos soldados realistas, que se marcaron una numantinada antológica en la fortaleza del Real Felipe del Callao. Allí resistieron hasta 1826, tras más de un año de asedio por tierra y mar. El 22 de enero la fortaleza se entregó, y con ella el último baluarte de la Corona en el continente sudamericano.
En España, las noticias provenientes de América fueron recibidas con indiferencia; no fue distinto en esto Fernando VII, que poco había hecho por reforzar las tropas realistas. A los veteranos de la guerra se les empezó a conocer, con sorna y desprecio, como ayacuchos. Les acusaban de haberse dejado ganar.
La batalla pronto fue olvidada y los españoles de los dos lados del océano se dedicaron a sus cosas, fundamentalmente a pelearse entre ellos, que es, con diferencia, lo que mejor se nos ha dado a los hispanos desde siempre.


fuente:hispanoamericaunida.com

viernes, 10 de enero de 2014

Los Códigos Nuevos


por José Martí

Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la ingerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia. Es una verdad extraordinaria: el gran espíritu universal tiene una faz particular en cada continente. Así nosotros, con todo el raquitismo de un infante mal herido en la cuna, tenemos toda la fogosidad generosa, inquietud valiente y bravo vuelo de una raza original fiera y artística.
Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues, inevitablemente el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya revive!
¡Y se asombran de que hayamos hecho tan poco en 50 años, los que tan hondamente perturbaron durante 300 nuestros elementos para hacer! Dennos al menos para resucitar todo el tiempo que nos dieron para morir. ¡Pero no necesitamos tanto!
Aun en los pueblos en que dejó más abierta herida la garra autocrática; aun en aquellos pueblos tan bien conquistados, que lo parecían todavía, después de haber escrito con la sangre de sus mártires, que ya no lo eran, el espíritu se desembaraza, el hábito noble de examen destruye el hábito servil de creencia; la pregunta curiosa sigue al dogma, y el dogma que vive de autoridad, muere de crítica.
La idea nueva se abre paso, y deja en el ara de la patria agradecida un libro inmortal; hermoso, augusto: los Códigos patrios.
Se regían por distinciones nimias los más hondos afectos y los más grandes intereses; se afligía a las inteligencias levantadas con clasificaciones mezquinas y vergonzosas; se gobernaban nuestros tiempos originales con leyes de las edades caducadas, y se hacían abogados romanos para pueblos americanos y europeos. Con lo cual, embarazado el hombre del derecho, o huía de las estrecheces juristas que ahogaban su grandeza, o empequeñecía o malograba ésta en el estudio de los casos de la ley.
Los nacimientos deben entre sí corresponderse, y los de nuevas nacionalidades requieren nuevas legislaciones. Ni la obra de los monarcas de cascos redondos, ni la del amigo del astrólogo árabe, ni la buena voluntad de la gran reina, mal servida por la impericia de Montalvo, ni la tendencia unificadora del rey sombrío y del rey esclavo, respondían a este afán de claridad, a este espíritu exigente de investigación, a esta pregunta permanente, desdeñosa, burlona; inquieta, educada en los labios de los dudadores del siglo XVII para brillar después, hiriente y avara, en los de todos los hijos de este siglo. Esa es nuestra grandeza: la del examen. Como la Grecia dueña del espíritu del arte, quedará nuestra época dueña del espíritu de investigación.
Se continuará esta obra; pero no se excederá su empuje. Llegará el tiempo de las afirmaciones incontestables; pero nosotros seremos siempre los que enseñamos, con la manera de certificar, la de afirmar. No dudes, hombre joven. No niegues, hombre terco. Estudia, y luego cree. Los hombres ignorantes necesitaron la voz de la Ninfa y el credo de sus Dioses.
En esta edad ilustre cada hombre tiene su credo. Y, extinguida la monarquía, se va haciendo un universo de monarcas. Día lejano, pero cierto.
Los pueblos, que son agrupaciones de estos ánimos inquietos, expresan su propio impulso, y le dan forma. Roto un estado social, se rompen sus leyes, puesto que ellas constituyen el Estado. Expulsados unos gobernantes perniciosos, se destruyen sus modos de gobierno. Mejor estudiados los afectos e intereses humanos, necesitan el advenimiento de leyes posteriores, para las modificaciones posteriormente advenidas: esta existencia que reemplazó a la conquista: esta nueva sociedad política; estos clamores de las relaciones
individuales legisladas por tiempos en que las relaciones eran distintas; este amor a la claridad y sencillez, que distingue a las almas excelsas, determinaron en Guatemala la formación de un nuevo Código Civil, que no podía inventar un derecho, porque sobre todos existe el natural, ni aplicar éste puro, porque había ya relaciones creadas.
Hija de su siglo, la Comisión ha escrito en él y para él. Ha cumplido con su libro de leyes las condiciones de toda ley: la generalidad, la actualidad, la concreción; que abarque mucho, que lo abarque todo, que defina breve; que cierre el paso a las caprichosas volubilidades hermenéuticas.
Ha comparado con erudición, pero no ha obedecido con servilismo. Como hay conceptos generales de Derecho, ha desentrañado sus gérmenes de las leyes antiguas, ha respetado las naturales, ha olvidado las inútiles, ha desdeñado las pueriles y ha creado las necesarias: alto m rito.
¿Cómo habían de responder a nuestros desasosiegos, a nuestro afán de liberación moral, a nuestra edad escrutadora y culta, las cruelezas primitivas del Fuero Juzgo, las elegancias de lenguaje de las Partidas, las deciones confusas y autoritarias de las leyes de Toro?
¿Poder omnímodo del señor bestial sobre la esposa venerable? ¿Vinculaciones hoy, que ya no existen mayorazgos? ¿Rebuscamientos en esta época de síntesis? ¿Dominio absoluto del padre en esta edad de crecimientos y progresos? ¿Distinciones señoriales, hoy que se han extinguido ya los señoríos? Tal pareciera un cráneo coronado con el casco de los godos; tal una osamenta descarnada envuelta en el civil ropaje de esta época. Ya no se sentarán más en los Tribunales los esqueletos.
La Comisión ha obrado libremente; sin ataduras con el pasado, sin obediencia perniciosa a las seducciones del porvenir. No se ha anticipado a su momento, sino que se ha colocado en él. No ha hecho un Código ejemplar, porque no está en un país ejemplar. Ha hecho un Código de transformación para un país que se está transformando. Ha adelantado todo lo necesario, para que, siendo justo en la época presente, continúe siéndolo todo el tiempo preciso para que llegue la nueva edad social. No hay en él una palabra de retroceso, ni una sola de adelanto prematuro: con entusiasmo y con respeto escribe el observador estas palabras.
A todo alcanza la obra reformadora del Código nuevo. Da la patria potestad a la mujer, la capacita para atestiguar y, obligándola a la observancia de la ley, completa su persona jurídica. ¿La que nos enseña la ley del cielo, no es capaz de conocer la de la tierra? Niega su arbitraria fuerza a la costumbre, fija la mayor edad en 21 años, reforma el Derecho español en su pueril doctrina sobre ausentes, establece con prudente oportunidad, el matrimonio civil sin lastimar el dogma católico; echa sobre la frente del padre, que la merece, la mancha de ilegitimidad con que la ley de España aflige al hijo; y con hermosa arrogancia desconoce la restitución in integrum obra enérgica de un ánimo brioso, atrevimiento que agrada y que cautiva. Fija luego
claramente los modos de adquirir; examina la testamentifacción en los solemnes tiempos hebreos cuya contemplación refresca y engrandece, los de literatura potente y canosa, los de letras a modo de raíces. Ve el testamento en Roma, corrompido por la invasión de sofistas; aquellos que sofocaron al fin la voz de Plinio, y estudiando ora las Partidas, ora las colecciones posteriores, conserva lo justo, introduce lo urgente, y adecua con tacto a las necesidades actuales las ideas del Derecho Natural. Y eso requiere, y es, la justicia; la acomodación del Derecho positivo al natural.
Ama la claridad, y desconoce las memorias testamentales.
Ama la libertad, y desconoce el retracto.
Quiere la seguridad y establece la ley hipotecaria; base probable de futuros establecimientos de crédito, que tengan por cimiento, como en Francia y la España, la propiedad territorial.
Reforma la fianza, aprieta los contratos, gradúa a los acreedores.
Limita, cuando no destruye, todo privilegio. Tiende a librar la tenencia de las cosas de enojosos gravámenes, y el curso de la propiedad de accidentes difíciles. Sea todo libre, a la par que justo. Y en aquello que no pueda ser cuanto amplio y justo debe, séalo lo más que la condición del país permita.
Es pues, el código preciso; sus autores atendieron menos a su propia gloria de legisladores adelantados, que a la utilidad de su país. Prefirieron esta utilidad patriótica a aquel renombre personal, y desdeñando una gloria, otra mayor alcanzan: sólo la negará quien se la envidie.
En el espíritu, el Código es moderno; en la definición, claro; en las reformas, sobrio; en el estilo, enérgico y airoso. Ejemplo de legistas pensadores, y placer de hombres de letras, será siempre el erudito, entusiasta y literario informe que explica la razón de esas mudanzas.
Ni ha sido solo el Código el acabamiento de una obra legal. Ha sido el cumplimiento de una promesa que la revolución había hecho al pueblo: le había prometido volverle su personalidad y se la devuelve. Ha sido una
muestra de respeto del Poder que rige al pueblo que admira. Bien ha dicho el Sr. Montúfar: no quiere ser tirano el que da armas para dominar la tiranía.
Ahora cada hombre sabe su derecho: sólo a su incuria debe culpar el que sea engañado por las consecuencias de sus actos. El pueblo debe amar esos códigos, porque le hablan lenguaje sencillo, porque lo libran de una servidumbre agobiadora: porque se desamortizan las leyes.
Antes, éstas huían de los que las buscaban, y se contrataba con temor, como quien recelaba en cada argucia del derecho un lazo. Ahora el derecho no es una red, sino una claridad. Ahora todos saben qué acciones tienen; qué obligaciones contraen; qué recursos les competen.
Con la publicación de estos códigos, se ha puesto en las manos del pueblo un arma contra todos los abusos. Ya la ley no es un monopolio; ya es una augusta propiedad común.
Las sentencias de los tribunales ganarán en firmeza; los debates en majestad.
Los abogados se ennoblecen; las garantías se publican y se afirman.
En los pueblos libres, el derecho ha de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de ser popular.
No ha cumplido Guatemala, del año 21 acá, obra tan grande como ésta. ¡Al fin la independencia ha tenido una forma! ¡Al fin el espíritu nuevo ha encarnado en la Ley! ¡Al fin se es lo que se quería ser! ¡Al fin se es americano en América, vive republicanamente la República, y tras cincuenta años de barrer ruinas, se echan sobre ellas los cimientos de una nacionalidad viva y gloriosa!

sábado, 28 de septiembre de 2013

ABC: ANTILLAS HOLANDESAS


por Pedro Godoy

En el Caribe, frente a Venezuela, están las Antillas Holandesas. Las integran tres islas Aruba, Bonaire y Curazao ABC. Son pequeñas en superficie, pero ricas en petróleo y testimonios de la piratería que ejerciera Holanda en el área. El pequeño archipiélago dependió, hasta 1975, de la Guayana Holandesa. Ese año ésta se convierte en República de Surinam con medio millón de habitantes. En Aruba hay una especie de autogobierno tutelado por Amsterdam. Se ha detectado que allí complotan los adversarios del Presidente Chávez. Sin embargo, en Caracas, me desconcierta el desinterés venezolano por recuperar esos tres enclaves insulares equivalentes allá a Malvinas. Una de las ocasiones es la conmemoración del natalicio Nº 200 de Bolívar. La iniciativa de recuperarlos cae en el vacio. Dicho de otro modo, es campana de palo. Se podrá aplaudir al Vietcong en su guerra contra el coloniaje. No obstante, ese coloniaje se tolera en casa.

Este dato quizás sea fruto de la hipnosis generada por Europa. El tema no dispone de eco en Venezuela. Se alega eso si por asuntos limítrofes con Colombia. Hay un fenómeno de fatalismo y deslumbramiento que conduce a exhibir sin chistar un mapa con tres Guayanas que son colonias. Brasil ducho en mutilar al Paraguay, en tragarse el Acre de Bolivia y convertir en provincia Cisplatina a Uruguay nunca intenta desalojar a los europeos de esas factorías que le bloquean el horizonte caribeño ¿Qué geopolítica maneja Itamarati y las FFAA cariocas que jamás las reivindican? Entonces la apatía venezolana equivale al desinterés brasilero. Se despotrica contra la España de la Colonia y festeja la emancipación, pero los tres quistes coloniales no producen ni cosquilla. Ni en la cátedra ni en la prensa hay enjuiciamiento. Menos en los parlamentos. Nuestras cancillerías callan. Se confían a retoños de euroinmigrantes o a "gente linda". Unos y otros se arrodillan ante París, Londres y Amsterdam.

En Argentina hubo quienes impulsan la guerra contra Chile por el litigio austral, pero juzgan locura la epopeya del 2 de abril de 1982. Enfrentarse con chilenos -esos ordinarios "chilotes"- ¡si!, pero recuperar Malvinas, Orcadas y Sandwich del Sur ¡no! El repliegue de la campaña descolonizadora, explican, se debe a que los británicos son superiores. Nuestro gobierno militar y también la oposición entonces en la semiclandestinidad apoyan al Reino Unido. El general Matthei confiesa el apoyo a Londres con el argumento:"el enemigo de mi enemigo es mi amigo". La única voz proargentina es la de CEDECH. Contémplese el mapa suramericano y -a propósito del Bicentenario- reflexionemos sobre la semilla psicocultural de la dependencia externa. De modo muy específico, es sustantivo investigar el por qué de nuestra esterilidad para generar una geopolítica criolla. La apatía venezolana por aquel archipiélago y el desinterés brasilero por asomarse al Caribe son óptimas motivaciones.


fuente:EducaAccion

jueves, 1 de agosto de 2013

La independencia de Hispanoamérica, un proceso singular

Artículo publicado en “Temas Americanistas”, Número 25 (2010).
Autor: Luis Navarro García, Catedrático emérito de Historia de América (Universidad de Sevilla)

Para lograr una adecuada comprensión del hecho de la Independencia pueden seguirse dos vías distintas: la de la comparación con otros procesos descolonizadores, y concretamente con el de la independencia de las Trece Colonias, la del análisis de los momentos iniciales y más significativos del episodio estudiado.
Pero parece conveniente, ante todo, advertir la impropiedad con que se denomina este hecho, aunque esa denominación de “Independencia de Hispanoamérica” lo presente bajo una luz favorable y hasta triunfal. También hay quien desde otra perspectiva lo llama “La pérdida de las colonias”. El rótulo apropiado para el hecho aquí tratado, el que quizá exprese su verdadera dimensión, es “La destrucción de la potencia hispánica”.
La independencia de Hispanoamérica significa la práctica desaparición de aquella potencia hispánica que durante tres siglos había tenido un peso decisivo en los destinos de Europa y América. Habían sido tres siglos de expansión continua, aunque atravesando algunas crisis importantes.
A lo largo de la Edad Moderna tres naciones europeas atlánticas asumieron en distinta medida el protagonismo histórico: España, Francia e Inglaterra. Pero en el primer cuarto del siglo XIX la Monarquía española se hunde, y se hunde no por la fuerza de una presión o de un ataque exterior, sino por un fenómeno de implosión, de descomposición interior, provocado por discrepancias ideológicas y rivalidades políticas.
Se ha dicho la potencia hispánica, no España. Esa potencia, que excedió de manera incalculable a la de los reinos peninsulares, había sido lentamente construida durante la Edad Moderna y llegó a ser una suma de hombres, de tierras y de recursos de todo tipo extendida por todo el mundo. Una potencia capaz de hacer oír su voz y hacer sentir su presencia en todos los problemas y conflictos internacionales frente a los otros dos rivales.
Ahora, a principios del XIX, ese mundo hispánico se disgregó y se sumió en un proceso interminable de inestabilidad que hizo no solo que desapareciera como tal potencia, sino que pasara a convertirse en presa del neocolonialismo naciente. Nada ni nadie, ningún otro miembro de aquella comunidad, pudo sustituir la función dirigente que la vieja España había ejercido sobre el conjunto durante trescientos años. La fuerza que emanaba de aquella unión se disipó, se evaporó. Por eso, la aparición de más de una docena de nuevas naciones, contra lo que cabía esperar, no tuvo ninguna repercusión en la política internacional. Salvo, precisamente, la de la desaparición de España del escenario mundial.
Por ello ese proceso largo y terrible que fue la Independencia de Hispanoamérica viene a ser contemplado hoy como una simple secuela del ciclo revolucionario atlántico, iniciado en los Estados Unidos y continuado por Francia. El episodio hispanoamericano sería sólo un epílogo de escaso interés.
A partir de esta interpretación del hecho, se comprende el engaño que encubre la denominación de “Independencia de Hispanoamérica”, que enmascara la realidad de los hechos, que invita a pensar en unos países sometidos que logran triunfar frente a su dominador. Pero en este proceso no hubo vencedores. Todos fueron derrotados.
Bajemos ahora a un plano más concreto para ver los rasgos nada comunes, infrecuentes, singulares, de este proceso. Y es que la Independencia de Hispanoamérica no es un suceso común. Es uno de esos hechos singulares de la Historia de España. Como lo son la Reconquista, el Descubrimiento y la Colonización de América, el levantamiento antinapoleónico, y alguno más. No hay casos semejantes en la Historia de otros países, aunque cada uno registre hechos singulares.

Dos independencias, dos procesos diferentes

Para mostrar la excepcionalidad de este hecho recurriremos a una comparación con el que más se le asemeja, el de la Independencia de las Trece Colonias británicas, para lo cual hemos confeccionado, con la colaboración del Dr. Sigfrido Vázquez Cienfuegos, un solo mapa en el que se muestra la extensión de las Trece Colonias en 1776 y la de las Indias españolas en 1808. Al pie de ese mapa, una escala cronológica permite comparar la diferente duración de ambas independencias.
La Independencia hispanoamericana es singular por varias razones. En primer lugar, por la condición de los rebeldes o separatistas: no fueron los indios, ni las “clases oprimidas”, sino algunos sectores de los grupos blancos dominantes. Como rezaba una paradoja puesta en circulación hace un siglo, “América la conquistaron los indios y la independizaron los españoles”, lo que además revela una falsedad, y es que, contra lo que dijeron algunos insurgentes, la Independencia no la hicieron los indios, ni se hizo por la libertad de los indios.
Se evidencia así un rasgo peculiar del caso hispanoamericano. Generalmente las independencias las han hecho los colonizados contra los colonizadores: los argelinos y los vietnamitas contra los franceses, los hindúes y los keniatas contra los ingleses, etc. Pero en  nuestro caso la rebelión no es de los indios, que son los colonizados, sino de los colonizadores europeos contra la metrópoli.
Este punto es el único en que la independencia hispanoamericana se asemeja a la de las Trece Colonias. También fueron los pobladores blancos o europeos de esas colonias los que se alzaron contra la metrópoli inglesa. El parecido termina aquí, porque en los establecimientos británicos de América del Norte no existía población india, mientras que en los españoles esta era mayoritaria.
En segundo lugar, una diferencia muy significativa es la del motivo original del conflicto. En el caso de los colonos británicos fueron cuestiones relativas a la creación de nuevos impuestos y monopolios y a la lesión de sus derechos. En el caso hispanoamericano fue un puro problema político, el de la ausencia y prisión del rey, con la obligada secuela de la formación de un gobierno improvisado de discutible legitimidad, y sobre este punto de partida se acumulará luego la disputa entre absolutistas y liberales.
Una tercera razón fue la magnitud del fenómeno, en extensión y duración, punto en el que no se encuentra paralelo, como se advierte en la comparación con las Trece Colonias. La extensión de las Indias españolas era 15 veces mayor, con la consiguiente diversidad de climas según la enorme variedad de latitudes y altitudes (Véase mapa adjunto). En cuanto a la duración (véase la escalilla añadida al mapa), hasta 17 años (1808-1825) duró la guerra en la América española, y después de la última fecha la situación bélica continuó, como lo prueba la expedición Barradas a México de 1826, y hasta 1836, muerto ya Fernando VII, no se firmó el primer tratado de paz entre una nación hispanoamericana, México, y España, a lo que seguiría un lento goteo de otros reconocimientos.
En cambio, la guerra de Independencia de los Estados Unidos sólo duró ocho años, desde el levantamiento de 1775 hasta 1783, aunque, en realidad, desde la rendición de Yorktown en 1781 cesaron las operaciones militares, lo que reduce la guerra a 6 años, habiendo obtenido inmediatamente la nueva nación el reconocimiento de su independencia por Inglaterra.
En cuarto lugar, también hay diferencia en el grado de dureza del enfrentamiento: en el caso hispanoamericano se produjeron enormes pérdidas en vidas (matanzas de Valladolid y Guadalajara, guerra a muerte de Bolívar, represalias de Morillo) y despoblación por exilios de refugiados en Cuba o España; casi todos los países fueron arrasados varias veces por los movimientos alternativos de los ejércitos (Venezuela, Charcas, el norte argentino), que además produjeron el desplazamiento de grandes masas (el éxodo uruguayo de 1811, la huída de Caracas en 1814). Enormes pérdidas en capitales y bienes de todo tipo, paralización de la minería y el comercio, etc.
Nada parecido se conoció en los días de la lucha por la independencia de los Estados Unidos, donde no se produjo el “terror” característico de las revoluciones ni tampoco la espantosa devastación que asoló a la mayor parte de las Indias españolas.
Por último, una importante diferencia más con las Trece Colonias fue el fracaso final. Basta recordar a Bolívar: “hemos ganado la independencia a costa de todo lo demás”, “arar en el mar” (¿y una independencia así merecía ese altísimo precio?). Añádase el fracaso político de quienes buscaban libertad y democracia: se dirá que la independencia fue “el último día del despotismo y el primero de lo mismo”, o que los tres poderes imperantes serían “infantería, caballería y artillería”.
Pero el principal fracaso fue que la Independencia se hizo a costa de la unidad política del mundo hispánico. Independencia que rompe múltiples lazos, no solo con España, sino con las demás provincias de las Indias, produciéndose una progresiva fragmentación de varios virreinatos y capitanías generales (1). Al final resultarán unas naciones aisladas, cuando no enfrentadas entre sí, e inestables, presas de prolongadas anarquías.
Aquí la diferencia con el caso norteamericano es notoria, habiendo sido la lucha por la independencia lo que precisamente fundió a las Trece Colonias en una sola nación.

Clave de la diferencia

Este proceso dramático tiene una explicación: la Independencia de Hispanoamérica fue una guerra civil, la primera gran guerra civil del mundo hispánico en la Edad Contemporánea, que vería después muchas más, y muy destructoras, tanto en Europa como en América.
Este es el fenómeno capital, singularizador, de nuestras independencias: la resistencia a la separación de España. Estamos ante una guerra entre españoles. Sólo eso explica la duración. De ningún modo se trató de una lucha entre peninsulares y criollos, como se ha dicho y repetido con demasiada facilidad. En América los “peninsulares”, los españoles nacidos en Europa, sólo eran el 1% de los “blancos”, frente al otro 99 % de “criollos” -españoles nacidos en América- y mestizos. Un conflicto armado entre estos dos grupos era inconcebible, o sólo hubiera durado minutos. Por otra parte, los blancos sólo eran el 30 % de la población, compuesta mayoritariamente por indios y castas.
La guerra de independencia hispanoamericana no fue, porque no podía serlo, lucha entre peninsulares y criollos, sino entre los dos bandos de españoles, muy mayoritariamente criollos, en que se escindió la élite blanca colonial, dispuestos a favor o en contra de la unión con España, con escasísima participación de fuerzas peninsulares. Tal escasez se dio entre 1808 y 1814, porque España luchaba en su propio territorio peninsular contra el invasor francés; y después de 1814, porque hubo un solo envío de 15.000 hombres, el ejército de Morillo, a América del Sur. En total, España envió a América 40.000 soldados entre 1808 y 1820, y después ya no se enviaron más, aunque la lucha, la resistencia a la independencia, siguió hasta 1825. Menos de 4.000 hombres al año, en contingentes reducidos, para cubrir desde el norte de México hasta Chile.
El hecho excepcional, por tanto, de este proceso de independencia es la resistencia a la separación de la metrópoli, pero ¿de dónde nace esta voluntad de resistencia? La resistencia se explica por la fuerza de los vínculos políticos y de familia que unían a los españoles americanos con los peninsulares. Vínculos políticos: el amor al rey y a la dinastía, profundamente inculcado, junto a la religión católica que unía a todos los españoles frente a enemigos herejes. Vínculos familiares: millares de familias españolas vivían, como hoy, divididas en los dos hemisferios, y estas gentes no querían aceptar la ruptura.
La increíble resistencia a la secesión explica la dureza de la guerra y tiene, a su vez, una explicación básica: las condiciones peculiares de la colonización realizada por España en América. La Corona española buscó desde el principio, desde el tiempo de los Reyes Católicos, reforzar la unidad nacional. A América sólo se permitió ir a españoles (no a extranjeros), y españoles selectos: cristianos católicos y de buenas costumbres (no moriscos, judíos, luteranos, etc.). La población colonial resultante, sintiéndose profundamente española, cuando perciba los primeros pasos hacia la independencia, se manifestará refractaria hacia tal movimiento, y sólo los sucesos de distinto signo que se van acumulando en el prolongado proceso siguiente harán que resulte finalmente derrotada.
En las Trece Colonias Británicas no existe esa unidad nacional y religiosa: las colonias se conciben como penitenciarías, mentalidad que durará hasta el siglo XIX en la colonización de Australia. A las colonias americanas van los castigados por la justicia, o los que huyen de ella; las minorías políticas perseguidas (puritanos, católicos), y los enemigos del imperialismo inglés (escoceses, irlandeses) o gentes procedentes de otras naciones (holandeses, alemanes, suecos, etc.). Gentes en su inmensa mayoría indiferentes cuando no hostiles hacia la Monarquía británica (2).
Eso explica la benignidad de la Guerra de Independencia norteamericana. Cuando se planteó la rebelión, nadie se opuso. Los pocos fieles a la Corona inglesa se refugiaron en los barcos de la flota o emigraron al Canadá. Las tropas británicas que se enfrentaron a los rebeldes fueron enviadas desde Europa, y en gran medida eran regimientos de mercenarios alemanes, que entraron desde Canadá (victoria de los colonos en Saratoga) o desembarcaron y evolucionaron sin éxito en el sur (sitio y rendición de Yorktown, 1781).
Naturalmente, otro dato a tener en cuenta en la comparación que venimos haciendo es que a la brevedad de la Guerra de Independencia de los angloamericanos contribuyó, en el marco de una gran guerra internacional, la intervención de varias potencias tan importantes como Francia y España, aunque en diversa forma y medida, a favor de los rebeldes. Ahí están las figuras de Lafayette y Bernardo de Gálvez, entre otros, para simbolizar ese apoyo a los colonos.
Los insurgentes hispanoamericanos, en cambio, nunca tuvieron un aliado exterior. Bolívar no se explica en la Carta de Jamaica el silencio de las potencias europeas, y menos aún el de los “hermanos del norte”, todos los cuales no podían obtener sino ventajas de la desaparición del dominio español. Pero cada uno de ellos tenía importantes razones particulares para mantenerse al margen de la contienda, dejando así que ambas partes se fuesen desangrando en una guerra de desgaste.
Nunca se debe olvidar que el proceso de la Independencia Hispanoamericana se salda con un fracaso. Un fracaso de todas las partes enfrentadas. Es la gran unidad política hispánica la que entonces se fracturó, quedando todas las partes aisladas entre sí, sin que hasta hoy se haya restablecido la unión de manera efectiva, y lo que es más, quedando aquejada cada una de las naciones resultantes, empezando por España, de un grave problema de inestabilidad política, secuela del conflicto entre liberales y conservadores y de la prolongada incapacidad experimentada para erigir una autoridad consensuada y legítima.
Ahora bien, sobre lo hasta aquí tratado cabe hacer dos importantes consideraciones. La primera es que la Independencia de Hispanoamérica es un proceso genuinamente español. Es decir, un problema que se origina en España y entre españoles, y que evoluciona durante años hasta producir el resultado conocido. En torno a ese proceso habrá muchas circunstancias cambiantes -el curso mismo de la guerra, la influencia de algunas potencias- pero el núcleo central será exclusivamente español hasta el final.
La cohesión entre las distintas partes de la Monarquía era muy fuerte. Por eso España, aunque debilitada, conservó sus dominios continentales en América medio siglo más que Inglaterra sus Trece Colonias. Y ni el ejemplo de estas Colonias, ni el de la Revolución Francesa movieron a los españoles de América a la insurrección, como tampoco los movieron los diversos motivos de disgusto que desde luego existían, pero que nunca hubieran justificado el tomar las armas contra el rey. La crisis que dio origen al proceso de independencia hispanoamericano no consistió en un enfrentamiento entre metrópoli y colonias, sino que se debió a la invasión de la metrópoli por el ejército de Napoleón.
A los efectos desastrosos de esta invasión se sumará luego la revolución política que se vivirá en España buscando pasar de un régimen absolutista a otro de carácter liberal y constitucional, con los consiguientes enfrentamientos internos, que se reproducirán igual en América, y con bruscos virajes causados por golpes de estado que generan la consiguiente inestabilidad política.
La segunda consideración es que el desprestigio de España, y particularmente de su labor colonizadora desarrollada en América durante tres siglos -probablemente la mayor y más bella empresa colonizadora de la Historia-, alimentado desde siglos atrás por potencias rivales, se agrava también ahora desde la misma España. Esta será una secuela de las luchas políticas e ideológicas del momento en que, para promover el cambio del Antiguo al Nuevo Régimen, alguien considere oportuno, incluso desde el mismo gobierno, impugnar y desacreditar la obra de varias generaciones. De ello ofreceremos más adelante algunas muestras.

El inicio del proceso independentista en América

Hasta aquí hemos visto la comparación de dos importantes procesos de “descolonización”. Pasemos ahora a considerar los reveladores y olvidados comienzos del proceso en la América española, los primeros pasos del proceso, los que se dieron entre 1808 y 1810, atendiendo sólo a los principales escenarios americanos. Y es que interesa precisar cómo ocurrieron las cosas, cómo se fueron moviendo los espíritus y se fueron adoptando posiciones que condujeron al rompimiento (3).
Los sucesos de creciente gravedad que ocurren en América entre 1808 y 1810 fueron motivados por la gravísima crisis que entonces vivió la Monarquía y constituyen un periodo de incubación o maduración en las distintas provincias indianas de la idea de separación de la metrópoli peninsular. Idea que algunos pudieron acoger con gran deseo y la mayoría aceptaron por necesidad.
Podemos distinguir en este bienio de 1808 a 1810 tres momentos. El de 1808, en que se da el primer movimiento juntista, de creación de gobiernos provisionales. El de 1809, cuando en varios lugares concretos del continente se producen serios disturbios, señal de desconcierto o descontento con el gobierno peninsular. Y el de 1810, cuando con un segundo movimiento juntista triunfa definitivamente la tendencia a establecer la autonomía que a corto o medio plazo desembocará en las sucesivas independencias.
Las inquietudes de 1808
El proceso se desencadena con las abdicaciones de Bayona, que tienen lugar en los primeros días de mayo de 1808, por las que Carlos IV y Fernando VII ceden sus derechos a la corona española a Napoleón, que designará a su hermano José para el trono de España. Pero la inmensa mayoría de los españoles entendieron que tales abdicaciones eran nulas y se rebelaron y enfrentaron con las tropas francesas invasoras.
El mismo rechazo a Napoleón se vivió en las provincias americanas, incluso más firme que en España, porque en América no hubo “afrancesados“. En todas las capitales americanas Fernando VII, prisionero en Francia, fue proclamado y jurado Rey con toda solemnidad. La fidelidad quedaba acreditada.
Había, sin embargo, otro problema, el de la legitimidad. Ausente el rey, ¿quién asumiría el gobierno de la Monarquía? La solución improvisada en la península fue la creación de diversas Juntas, que procuraron eliminar a los godoyistas, los hombres puestos en cargos de gobierno por el odiado valido Manuel Godoy reinando Carlos IV, y a los afrancesados dispuestos a admitir el gobierno de los Bonaparte. La más importante de las Juntas de 1808 fue la de Sevilla, presidida por D. Francisco de Saavedra, que obtuvo dos éxitos militares -la rendición de la escuadra francesa refugiada en Cádiz y la derrota de un ejército francés en Bailén- y envió comisionados a varias capitales americanas, logrando ser reconocida y obedecida en toda América (4). Pero esto no se hizo sin dificultad.
El caso es que en varias provincias americanas, al tenerse noticia de lo ocurrido en Bayona, algunos grupos dirigentes pretendieron crear sus respectivas Juntas de Gobierno a semejanza de las peninsulares, mientras que otros sostuvieron que lo conveniente era no alterar nada, permaneciendo los mismos gobernantes al frente de los virreinatos y capitanías generales. De aquí derivarán los primeros conflictos y división de las élites en las capitales indianas. Veamos solo los casos más importantes de México y Buenos Aires.
En México la propuesta para la formación de una Junta partió del ayuntamiento de la capital, y pronto contó con la aquiescencia del virrey, el gaditano D. José de Iturrigaray. Pero los magistrados de la audiencia –oidores y fiscales, que eran los asesores directos del virrey— se manifestaron abiertamente en contra, apoyándose en las leyes de Indias y alegando que, a diferencia de lo que ocurría en la península invadida por el enemigo, allí nada había cambiado y el virrey seguía ejerciendo toda su autoridad. Pero el mismo virrey se había hecho sospechoso en México y en España por ser un notorio “godoyista”, es decir, adicto al ministro y valido de Carlos IV, el odiado déspota D. Manuel Godoy contra quien se habían pronunciado las Juntas peninsulares. México vivió desde el 16 de julio días de incertidumbre debido a este enfrentamiento entre partidarios y adversarios de la constitución de una Junta, hasta que llegaron los comisionados de la Junta de Sevilla, que llevaban instrucciones de destituir al virrey si se negaba a reconocerla como gobierno supremo de la Monarquía. Eso fue lo que se resolvió el 16 de septiembre, cuando un pequeño contingente de tropas de las milicias de la ciudad arrestaron al virrey, que luego fue embarcado para España (5). Este golpe de estado -grave incidente- permitió a la Junta Central, erigida en septiembre bajo la presidencia del conde de Floridablanca y refugiada a finales de año en Sevilla, empezar a recibir importantes remesas de dinero de México, que era el virreinato más importante de todo el imperio.
Caso distinto fue el de Buenos Aires, donde había un prestigioso virrey interino, D. Santiago Liniers, sospechoso por su ascendencia francesa y por haber mantenido correspondencia directa con Napoleón. Más aún, Liniers recibió en agosto de 1808 un emisario del Emperador que le propuso que reconociera a José I Bonaparte como rey de España. También aquí un comisionado enviado por la primitiva Junta de Sevilla recibió poderes para deponer al virrey si hubiese dudas acerca de su fidelidad. También aquí se vivieron largos días de intensa incertidumbre y de tensión entre el virrey y el ayuntamiento de Buenos Aires que culminaron el 1º de enero de 1809 cuando, habiendo finalmente Liniers aceptado renunciar el cargo, lo impidió la intervención de varias compañías milicianas que respaldaron la autoridad virreinal. Liniers sería finalmente relevado por un nuevo virrey en julio de 1809.
Las revueltas de 1809
En dos regiones de América del Sur -el Alto Perú o Charcas, actual Bolivia, y Quito, hoy Ecuador- se produjeron en 1809 levantamientos motivados, en un caso, por sospechas de afrancesamiento o carlotismo, en el otro, por el sentimiento de agravio causado por una decisión adoptada por la Junta Central.
En dos poblaciones de Charcas -Chuquisaca o La Plata y La Paz- fueron depuestas las autoridades que se habían hecho sospechosas de favorecer los planes de la infanta española Carlota, esposa del príncipe regente de Portugal, a la sazón instalado en Brasil. También aquí influyó la permanencia en Buenos Aires del virrey Liniers, tenido por amigo de Napoleón. Ambos levantamientos fueron prontamente dominados, aunque para ello fue precisa la intervención de tropas enviadas por los virreyes de Buenos Aires y de Lima.
Un año antes, la Junta Central Suprema, constituida en septiembre de 1808 en Aranjuez, se había dado a conocer mediante un manifiesto que debió producir el estupor de muchos españoles, a los que pretendía anunciar grandes cambios que los harían felices. “Volved los ojos -decía el Manifiesto de 26 de octubre de 1808- al tiempo en que vejados, opresos y envilecidos, desconociendo vuestra propia fuerza y no hallando asilo contra vuestros males ni en las instituciones, ni en las leyes, teníais por menos odiosa la dominación extranjera que la arbitrariedad mortífera que interiormente nos consumía” (6). En solo cuatro líneas de falsedades encadenadas -a contraponer con la edad de oro que harían nacer los revolucionarios- se daba la más negativa e injusta imagen de la empresa americana de España, y la daba el mismo gobierno español.
Poco después, el 22 de enero de 1809, la Suprema Junta Central de España, ya instalada en Sevilla, resolvió convocar a algunos diputados de los virreinatos y capitanías generales de América para que se incorporaran a la misma Junta, con lo que, por primera vez en la Historia -no solo de España, sino Universal- representantes de las antiguas colonias, que con esto empezaban a dejar de serlo, entraban a formar parte del gobierno de la Monarquía. Esta Proclama suponía una gran paso hacia la equiparación de las Indias con los reinos peninsulares: “Considerando que los vastos y preciosos dominios que la España posee en las Indias no son propiamente colonias o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e integrante de la Monarquía española, y deseando estrechar de un modo indudable los sagrados vínculos que unen a unos y otros dominios… se ha servido S. M. declarar… que los reinos, provincias e islas que forman los referidos dominios… deben tener representación nacional e inmediata a su Real Persona y constituir parte de la Junta Central Gubernativa del Reino por medio de sus correspondientes diputados” (7).
El buen propósito de la Junta Central se torció porque, habiéndose previsto la elección de 9 diputados americanos -cuatro por los cuatro virreinatos y cinco por las capitanías generales-, más uno por Filipinas, se sintieron agraviados los habitantes de Quito, que no podrían enviar un agente directo a Sevilla por estar su distrito comprendido en la circunscripción del virreinato de Santa Fe. Se añadía así a las quejas generalmente suscitadas por la desigual representación que se asignaba a la España europea (35 diputados) y a las Españas americanas (9 diputados) en la Junta Central la del importante reino quiteño. Éste se sintió, al parecer, marginado o postergado frente a una provincia tan pequeña como Puerto Rico, que sí tendría un diputado por ser Capitanía General.
Los levantamientos de Quito y de las ciudades de Chuquisaca y La Paz, que crearon sus propias Juntas de gobierno, fueron hechos tumultuarios y sangrientos, que al cabo fueron sometidos por la intervención de tropas enviadas desde Lima y Buenos Aires, produciéndose entonces los primeros enfrentamientos armados y represiones sangrientas. Estas revueltas fueron dominadas, pero indudablemente estos episodios predispusieron los ánimos de muchos ante los conflictos que habrían de sobrevenir.
El nuevo juntismo de 1810
Llegamos al momento en que definitivamente se va a romper la obediencia de las Indias españolas a la metrópoli. Hecho originado por la desastrosa situación militar que a lo largo de 1809 se ha venido produciendo en la península. En 1808 la resonante victoria de Bailén había hecho retroceder a los franceses y José I llegó a abandonar Madrid camino de Francia. Pero eso mismo obligó a Napoleón a venir personalmente al frente de nuevos y mayores ejércitos con los que recuperó la capital y dejó abierto el camino para ir poco a poco dominando toda la península.
La Junta Central se vio obligada por el avance francés a refugiarse en Sevilla, desde donde procuró en vano contener el avance francés, cosechando una serie de derrotas que culminaron con la de Ocaña el 23 de noviembre de 1809, quedando desde ese momento abierta a los franceses la entrada en Andalucía. Esto obligó a la Junta Central a huir de Sevilla al último rincón de la península, la isla de León, donde el 23 de enero la misma Junta se disolvería encomendando el gobierno a una Regencia de cinco miembros, que se constituyó el 31 enero 1810.
Ahora bien, el paso del gobierno de la Junta a la Regencia fue la causa de las primeras resistencias a la obediencia de algunas provincias indianas. Desde 1808 se venía debatiendo con furia en España la conveniencia de establecer una Regencia, conforme dictaban leyes antiguas, desde la Siete Partidas, en vez de la Junta formada con improvisación. Y la Junta Central venía defendiéndose de esos ataques mostrando los inconvenientes que tendría una Regencia. La Regencia podría incluso, había dicho la Junta, venderse a Napoleón, pactar con él. “Pretendíase -dice el Manifiesto de la Junta de 28 de octubre de 1809- que el gobierno presente se convirtiese en una Regencia… y esta opinión se apoyaba en una de nuestras leyes antiguas… Mas el caso en que se vio el Reino (tras las abdicaciones) no pudo ser previsto en nuestras instituciones”. Y lanza su condena: “Debiéranse estremecer los partidarios de esa institución (la Regencia) del riesgo inmenso… y advertir que con ella presentaban al tirano (Napoleón) una nueva ocasión de comprarlos o venderlos” (8).
Y sin embargo, la misma Junta hará nacer la Regencia en Cádiz. Regencia que será la que convoque las Cortes, en la que estarán presentes los diputados americanos, lo que da pie a otra exaltación del nuevo gobierno por contraposición a las deplorables circunstancias en que hasta entonces, por lo visto, habían subsistido. En el Manifiesto de la Regencia fechado en Cádiz el 14 de febrero de 1810 se pueden leer estas increíbles frases que pretenden describir la situación del español colonial: “Desde este momento, Españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres libres: no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro mientras más distantes estabais del centro del poder: mirados con indiferencia, vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia” (9).
Conocida de manera confusa en América la situación -el desastre militar y el vuelco político originado por el tránsito de la Junta a la Regencia en la península- se produjo la natural conmoción. La idea más difundida fue la de que España estaba perdida: había dejado de existir dominada por Napoleón, que en ese momento se hallaba en el apogeo de su gloria y poderío, habiendo derrotado a todas las potencias de continente europeo y concertado su boda con una hija de su gran adversario el Emperador de Austria. Esta realidad llevó a muchos americanos a pensar que estaban de nuevo, como después de Bayona, amenazados de caer en poder de Bonaparte y que, en todo caso, faltando España, debían empezar a pensar en cuidar de sí mismos para no quedar sometidos a los franceses.
Además, también como en 1808, se negó ahora legitimidad al gobierno de la Regencia, mirada con desconfianza, es decir, como una fórmula que debía facilitar el pacto de los españoles con el rey José. Todo esto originó el segundo movimiento juntista, que esta vez cubrió a casi toda América, desde México hasta Chile. De este momento de 1810 consideraremos, en orden cronológico, cuatro casos: los de Caracas, Buenos Aires, Santa Fe de Bogotá y México.
En Caracas se supo a mediados de abril de 1810 que los franceses habían llegado hasta las murallas de Cádiz, junto con la formación de la Regencia. Casi inmediatamente, el 19 de abril, tiene lugar una sesión del cabildo municipal que rechaza como ilegítima la Regencia y desautoriza al capitán general Emparán, que ya no representa a ninguna autoridad de la Monarquía, mientras que se pide la formación de una Junta. Efectivamente, se formará la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII -hasta ahí llega el fidelismo o su apariencia-, pero se expulsa al capitán general y a los miembros de la audiencia embarcándolos hacia los Estados Unidos. Así se establece un gobierno autónomo en nombre de Fernando VII que, sin embargo, a corto plazo, en 1811, proclamará la Independencia.
El segundo escenario está en Buenos Aires. La noticia de la situación desesperada de Cádiz se conoció en mayo de 1810. El hundimiento de España y el rechazo de la Regencia -¿si no hay rey y la Regencia es ilegal, a quién representa el virrey?- lleva a proponer una Junta presidida por Hidalgo de Cisneros, que tomó posesión el 24 de mayo. Pero la noche siguiente se vive con gran agitación en los cuarteles de las milicias, y el 25 se impone una segunda Junta ya sin virrey, Junta que inmediatamente pide se le incorporen representantes de las provincias y despacha tropas para someter a las que no se le unan. Movimiento antipeninsular, pero en defensa de los derechos de Fernando VII: independiente de hecho desde 1810, la independencia plena sólo será proclamada en 1816.
El tercer escenario está en Santa Fe de Bogotá, la capital del virreinato de Nueva Granada, entonces gobernada por el virrey D. Antonio José Amar y Borbón, que venía resistiendo la formación de una Junta. Esta resistencia se desfondó cuando en mayo de 1810 llegaron no solo las noticias de la triste situación de la península, sino unos comisionados de la Regencia -Montúfar y Villavicencio- que a su llegada a Cartagena de Indias favorecieron el establecimiento el 22 de mayo de una Junta presidida por el gobernador, del que prescindirían pocas semanas después. Este ejemplo se propagó rápidamente a otras ciudades del virreinato, y el 20 de julio alcanzó a la misma Bogotá, cuando se celebró un cabildo abierto que resolvió la formación de una Junta que sería presidida por el virrey. Pero el 25 el virrey y la virreina fueron apresados y luego enviados a Cartagena, donde embarcarían para España. A continuación, la Junta empezó a crear un ejército y a preparar un Congreso que mantuviera unidas a las provincias del virreinato, lo que supone el comienzo de la autonomía e inmediata disgregación de las provincias, fragmentación del virreinato.
El cuarto escenario está en México, donde el curso de los acontecimientos sería muy distinto al de los tres casos anteriores. Los sucesos de abril de Caracas se conocieron en Veracruz el 20 de mayo de 1808. En México, dominado el virreinato por las autoridades derivadas del golpe de 1810, la inquietud fue amortiguada, pero se reactivaron conspiraciones que se venían preparando en Valladolid y Querétaro. Cuando algunas delaciones revelaron esta última conjura, algunos de los implicados acudieron al cura Manuel Hidalgo, que improvisó un levantamiento el 16 de septiembre de 1810, a los gritos de ¡Viva la Religión católica!¡Viva Fernando VII! ¡Viva y reine siempre en este Continente Americano nuestra sagrada patrona la santísima Virgen de Guadalupe! Hidalgo, que contaba con escasos seguidores criollos, movilizó a los indios prometiéndoles el fin de la opresión y de los tributos. Los indios entendieron que se abría la guerra contra los blancos, fuesen peninsulares o criollos, y así comenzó la más sangrienta página inicial de la Independencia, que se escribió en Guanajuato, Valladolid y Guadalajara, hasta la derrota de Hidalgo en Puente Calderón (17 enero 1811).
El estallido de México tuvo lugar el 16 de septiembre. Un mes después, casi exactamente, el 15 de octubre, las Cortes gaditanas daban a conocer los primeros importantes acuerdos que habrían de figurar en la Constitución. Véase la Proclama de 15 de octubre de 1810: “los dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y misma Monarquía, una misma y sola nación y una sola familia y… por lo mismo los naturales que sean originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos a los de esta península” (10). Pero para entonces, casi todas las provincias españolas de la América conti-nental estaban en pie de guerra y se había vertido sangre española por ambos bandos desde Venezuela hasta Chile.
A partir de ahora nos hallamos ante la Guerra de Independencia de Hispanoamérica, que se desarrolla en un inmenso escenario, desde Sonora, en el norte de México, hasta Chiloé, en el sur de Chile, y que no concluirá hasta 1825 con la independencia de Bolivia.
Terrible guerra de más de quince años, guerra civil entre españoles, verdaderamente entre españoles americanos o criollos. En la última célebre batalla, en Ayacucho (1824), se enfrentaron por ambas partes unos 15.000 hombres. En el bando realista sólo 500 eran peninsulares, nacidos en España. Pero españoles eran todos los que lucharon por romper la unión o por defenderla.

fuente:HispanoamericaUnida
NOTAS

1 Además de las naturales conexiones familiares o comerciales que serían entorpecidas por la disgregación, muchas provincias dependían de otras de las que recibían “situados” sin los que no podrían subsistir, y la organización eclesiástica de diócesis u órdenes religiosas se vería afectada por la nueva ordenación política.
2 También Francia se sirvió de proscritos para poblar su colonia de Luisiana, practicándose las redadas de prostitutas de París que narró el abate Prevost en Manon Lescaut.
3 Seguimos en términos generales la visión dada por Demetrio Ramos Pérez, España en la independencia de América. Madrid: Editorial MAPFRE, 1996.
4 Manuel Moreno Alonso, La Junta Suprema de Sevilla. Sevilla: Ed. Alfar, 2001.
5 Luis Navarro García, Umbral de la Independencia: El golpe fidelista de México en 1808. Cádiz: Universidad de Cádiz, 2009.
6 “Primer manifiesto de la Suprema Junta Gubernativa del Reino de la Nación Española”, Aranjuez, 26 de octubre de 1808, en Antonio Ferrer del Río, Obras originales del conde de Floridablanca. Madrid: Rivadeneyra, 1867, pp. 509-512.- Joaquín Ruiz Alemán, Escritos políticos de Floridablanca: la instrucción y el memorial. Murcia: Academia Alfonso X el Sabio, 1982, pp. 417-428.
7 “Decreto de la Junta Central”, Sevilla, 22 de enero de 1809. Gazeta de Caracas, nº 35 (14 de abril de 1809).
8 “Proclama de la Junta Central”, Sevilla, 28 de octubre de 1809. Gazeta de Caracas, nº 77 (29 de diciembre de 1809).- Manuel Fernández Martín, Derecho parlamentario español. Madrid: Imprenta de Hijos de J. A. García, 1885, vol. II, pp. 562-570.
9 “El Consejo de Regencia de España e Indias a los Americanos Españoles. Instrucciones para las elecciones por América y Asia”, Cádiz, 14 de febrero de 1810. Fernández Martín, ob. cit., vol. II, pp. 594-600. También en http://www.cervantesvirtual.com/sevlet/Sirve Obras/c1812.
10 “Decreto de las Cortes. Igualdad de derechos entre los españoles europeos y los americanos. Olvido de lo ocurrido en las provincias de América que reconozcan la autoridad de las Cortes”, Cádiz, 15 de octubre de 1810. Fernández Martín, ob. cit., vol. II, pp. 630-531.

lunes, 15 de julio de 2013

Con todos y para el bien de todos

por José Martí 

Cubanos:

Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación; ahora, puestos los ojos más arriba de nuestras cabezas y el corazón entero sacado de mí mismo, no daré gracias egoístas a los que creen ver en mí las virtudes que de mí y de cada cubano desean; ni al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré gracias por la hospitalidad magnífica de sus palabras, y el fuego de su cariño generoso; sino que todas las gracias de mi alma les daré, y en ellos a cuantos tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar, por este pueblo de amor que han levantado cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide; por este pueblo de virtud, en donde se aprueba la fuerza libre de nuestra patria trabajadora; por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan, y truenos de Mirabeau junto a artes de Roland, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo; por este templo orlado de héroes, y alzado sobre corazones. Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón.
No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como a regañadientes, el respeto periódico a una idea de que no se puede abjurar sin deshonor; ni la respuesta siempre pronta, y a veces demasiado pronta, de los corazones patrios a un solicitante de fama, o a un alocado de poder, o a un héroe que no corona el ansia inoportuna de morir con el heroísmo superior de reprimirla, o a un menesteroso que bajo la capa de la patria anda sacando la mano limosnera. Ni el que viene se afeará jamás con la lisonja, ni es este noble pueblo que lo reciba pueblo de gente servil y llevadiza. Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, -y a un cubano que se las respeta.

jueves, 23 de mayo de 2013

Orígenes hispánicos de la Revolución de Mayo


por Pablo Yerman

Es casi un lugar común es­cu­char, a me­di­da que nos acer­ca­mos a un aniver­sa­rio de la Re­vo­lu­ción de Mayo, que aquel su­ce­so ha­bría pre­ten­di­do tras­la­dar hasta no­so­tros los prin­ci­pios de la Re­vo­lu­ción Fran­ce­sa de 1789, cual ga­ji­to de “igual­dad-li­ber­tad-fra­ter­ni­dad” que se pre­ten­día hacer bro­tar en otros si­tios so­me­ti­dos a crue­les ti­ra­nías. Como uno de los pa­dres es­pi­ri­tua­les del mo­vi­mien­to de Mayo se suele in­vo­car a Juan Ja­co­bo Rous­seau y cuan­to fi­ló­so­fo pac­tis­ta de fines del siglo XVIII apa­re­ce en es­ce­na.
La reali­dad de aque­llas jor­na­das, y fun­da­men­tal­men­te su do­cu­men­ta­ción, re­ba­te lo antes afir­ma­do. Nues­tro mo­vi­mien­to eman­ci­pa­dor no se fundó –dicho esto con el mayor res­pe­to- en los apo­teg­mas de la Re­vo­lu­ción Fran­ce­sa, sino en la teo­ría del ori­gen del poder ela­bo­ra­da más de dos si­glos antes por el sa­cer­do­te Fran­cis­co Suá­rez junto con sus co­le­gas y dis­cí­pu­los de la Es­cue­la de Sa­la­man­ca, alen­ta­da du­ran­te los reina­dos de Car­los I y Fe­li­pe II.
Como re­cuer­da Héc­tor Pe­tro­ce­lli: “[Ni] el pue­blo es­pa­ñol ni sus doc­tri­na­rios ad­mi­tie­ron nunca que el poder lo dis­cier­ne di­rec­ta­men­te Dios al so­be­rano, ni que el único papel a jugar por el pue­blo es obe­de­cer­lo cie­ga­men­te. Esto es de ori­gen fran­cés, de la época de Luis XIV, cuan­do el ab­so­lu­tis­mo fue sis­te­ma­ti­za­do por Bodin o Bos­suet, y de pro­ce­den­cia in­gle­sa, en tiem­pos de los Es­tuar­dos … Fue de la cul­tu­ra po­lí­ti­ca del pue­blo es­pa­ñol, que si el rey era rey, era por­que la co­mu­ni­dad así lo con­sen­tía.”
Así se en­tien­de mejor, en­ton­ces, que en la Fran­cia de los mo­nar­cas ab­so­lu­tis­tas hu­bie­ra su­fi­cien­tes mo­ti­vos para una re­vo­lu­ción, y que en cam­bio en los do­mi­nios es­pa­ño­les lo que hi­cie­se falta fuera, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, ir al res­ca­te de una an­ti­gua con­cep­ción acer­ca del poder y la so­be­ra­nía.
Todo ello con­flui­ría en las jor­na­das de Mayo.

El ca­bil­do como reunión ve­ci­nal

Nues­tro ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo ate­so­ra el re­cuer­do, a veces de modo di­fu­so, de las dis­cu­sio­nes ocu­rri­das du­ran­te el fa­mo­so Ca­bil­do Abier­to del 22 de mayo de 1810 que an­te­ce­dió al 25 de mayo y que, si se lo ana­li­za con de­te­ni­mien­to desde el punto de vista ins­ti­tu­cio­nal y po­lí­ti­co, fue in­clu­so el día más im­por­tan­te de aque­lla se­ma­na re­vo­lu­cio­na­ria.
El ca­bil­do era la en­ti­dad de go­bierno mu­ni­ci­pal exis­ten­te en estas tie­rras desde la lle­ga­da de los pri­me­ros es­pa­ño­les. Si algo había ca­rac­te­ri­za­do a los pri­me­ros ha­bi­tan­tes y luego, a sus hijos na­ci­dos en Amé­ri­ca, los crio­llos o “man­ce­bos de la tie­rra”, fue su pro­fun­do lo­ca­lis­mo y amor a la pro­pia tie­rra. Pre­ci­sa­men­te, esos sen­ti­mien­tos au­to­nó­mi­cos van a estar en parte re­pre­sen­ta­dos en el ca­bil­do, ins­ti­tu­ción que bajo el nom­bre de ayun­ta­mien­to o con­ce­jo había sur­gi­do en las duras jor­na­das de la re­con­quis­ta de la pe­nín­su­la his­pá­ni­ca a mano de los moros que la ha­bían in­va­di­do va­rios si­glos atrás.
Todos los ca­bil­dos con­ta­ban con dis­tin­tos tipos de fun­cio­na­rios que man­te­nían re­gu­lar­men­te reunio­nes en las que se de­ci­día sobre las más di­ver­sas me­di­das de go­bierno. Esas reunio­nes ha­bi­tua­les se lla­ma­ban “ce­rra­das” por­que en ellas par­ti­ci­pa­ban so­la­men­te los fun­cio­na­rios que in­te­gra­ban el cuer­po, sin pú­bli­co. Pero cuan­do el ca­bil­do debía tra­tar un asun­to de mucha im­por­tan­cia para la ciu­dad, se con­si­de­ra­ba que debía darse in­ter­ven­ción al ve­cin­da­rio, es decir, a los ve­ci­nos de la ciu­dad (aun­que cabe acla­rar que no todo re­si­den­te de la ciu­dad era au­to­má­ti­ca­men­te ve­cino), y por lo tanto se in­vi­ta­ba a par­ti­ci­par de un ca­bil­do “abier­to”.
Esto fue lo que su­ce­dió en mayo de 1810: ante la gra­ve­dad del tema con­vo­can­te, es decir, el cau­ti­ve­rio del rey y la po­si­ble au­sen­cia del go­bierno cen­tral en Es­pa­ña, el Ca­bil­do de Bue­nos Aires, ca­pi­tal del vi­rrei­na­to y lugar de re­si­den­cia de la má­xi­ma au­to­ri­dad co­lo­nial de en­ton­ces, el vi­rrey, de­ci­dió lla­mar a un ca­bil­do abier­to o con­gre­so ve­ci­nal, como tam­bién se lo llamó.
Una de las pri­me­ras di­fe­ren­cias entre el vi­rrey, Bal­ta­sar Hi­dal­go de Cis­ne­ros, y el Ca­bil­do, tuvo que ver con la can­ti­dad de in­vi­ta­cio­nes que se iban a im­pri­mir y a en­viar: según el vi­rrey había que man­dar in­vi­ta­cio­nes a apro­xi­ma­da­men­te 3.000 ve­ci­nos. En cam­bio, el Ca­bil­do pen­sa­ba dis­tin­to y mandó im­pri­mir al­re­de­dor de 600 es­que­las. No obs­tan­te, y a pesar de lo que pueda su­po­ner­se, hubo un cier­to de­sin­te­rés por con­cu­rrir a la reunión ex­tra­or­di­na­ria ya que asis­tie­ron, o al menos vo­ta­ron, 251 ve­ci­nos. Es decir, menos de la mitad de quie­nes ha­bían re­ci­bi­do in­vi­ta­ción.

Reinos de In­dias o sim­ples co­lo­nias

En el in­te­rior del edi­fi­cio del Ca­bil­do la dis­cu­sión se cen­tró en es­ta­ble­cer si ha­bien­do des­a­pa­re­ci­do el go­bierno es­pa­ñol re­si­den­te en la pe­nín­su­la tam­bién había ce­sa­do la au­to­ri­dad del vi­rrey Cis­ne­ros. Los pri­me­ros en tomar la pa­la­bra te­nían com­pro­mi­sos con Cis­ne­ros, o in­clu­so es­ta­ban con­ven­ci­dos de que su au­to­ri­dad no había con­clui­do.
Luego tomó in­ter­ven­ción Juan José Cas­te­lli. Aún hoy ad­mi­ra su dis­cur­so, que pa­re­ció res­ca­tar la vieja y ofi­cial­men­te ol­vi­da­da vi­sión es­pa­ño­la de Amé­ri­ca, vi­gen­te de 1500 a 1700 mien­tras la casa de los Aus­tria o Habs­bur­go go­ber­nó en Es­pa­ña, pero aban­do­na­da adre­de al ac­ce­der la fa­mi­lia de los Bor­bo­nes al trono es­pa­ñol. Ex­pre­só que los Reinos de In­dias no eran co­lo­nias del Es­ta­do Es­pa­ñol, sino que en sus mis­mos orí­ge­nes, mucho antes de 1810, ha­bían sido in­cor­po­ra­dos a la Co­ro­na de Cas­ti­lla, pero como po­se­sión per­so­nal del Rey y, en con­se­cuen­cia, en caso de au­sen­cia del mo­nar­ca, po­dían darse a sí mis­mos un go­bierno au­tó­no­mo.
Y lo más im­por­tan­te, re­cor­dó la vieja teo­ría de Fran­cis­co Suá­rez acer­ca del ori­gen del poder po­lí­ti­co con­for­me lo dicho más arri­ba.
La in­ter­ven­ción de Cas­te­lli en el Ca­bil­do Abier­to sus­ci­ta el agudo co­men­ta­rio de Vi­cen­te Sie­rra: “La po­si­ción de Ca­te­lli fue ne­ta­men­te le­ga­lis­ta, si bien la re­vo­lu­ción es­ta­ba im­plí­ci­ta en sus pa­la­bras, como lo es­tu­vo en la for­ma­ción de las Jun­tas de Es­pa­ña en 1808, pues en ambos casos se afir­ma­ron nor­mas ju­rí­di­cas tra­di­cio­na­les que se opo­nían a los prin­ci­pios del ab­so­lu­tis­mo bor­bó­ni­co. Ésta es la cues­tión esen­cial del 22 de mayo de 1810, como lo había sido la de los al­za­mien­tos jun­tis­tas de las pro­vin­cias de Es­pa­ña. Se pro­cla­mó que la so­be­ra­nía habia re­ver­ti­do sobre el pue­blo desde el mo­men­to que había des­a­pa­re­ci­do quien la po­seía le­gí­ti­ma­men­te, o sea, se afir­mó un prin­ci­pio que venía del Fuero Juzgo y que jus­ti­fi­ca lo que dice el his­to­ria­dor in­glés J.M. Carly­le, de que toda li­ber­tad pro­vie­ne del Me­dioe­vo.”
Vol­vien­do al de­ba­te de aquél Ca­bil­do Abier­to, tras la ora­to­ria im­pe­ca­ble del abo­ga­do Cas­te­lli, tocó el turno de hacer uso de la pa­la­bra al Fis­cal de la Real Au­dien­cia, Ma­nuel Vi­llo­ta, quien si bien coin­ci­dió con lo afir­ma­do por Cas­te­lli, vino a poner el dedo en la llaga con una va­rian­te im­por­tan­tí­si­ma en los años ve­ni­de­ros, al afir­mar que el Ca­bil­do de Bue­nos Aires era un ente mu­ni­ci­pal que no tenía ju­ris­dic­ción sobre todo el Vi­rrei­na­to y en con­se­cuen­cia, si el poder re­tro­ver­tía en todo el Pue­blo, debía co­no­cer­se la opi­nión del resto de los pue­blos del in­te­rior, a quie­nes debía in­vi­tar­se a man­dar dipu­tados a Bue­nos Aires.
Le re­tru­có Juan José Paso, quien dijo que efec­ti­va­men­te había que in­vi­tar a los pue­blos a que die­ran su opi­nión, pero como eso lle­va­ría meses, pro­vi­so­ria­men­te debía ser Bue­nos Aires quien asu­mie­ra, en la ur­gen­cia que se vivía, el go­bierno a tra­vés de una Junta Pro­vi­so­ria. Sus pa­la­bras fue­ron ce­rra­das con una gran ova­ción de todos los pre­sen­tes, in­clu­so por la gente con­gre­ga­da en la plaza.
Debe te­ner­se en cuen­ta que como la se­sión se ex­ten­dió de­ma­sia­do, hacía frío y la reunión se desa­rro­lló en la ga­le­ría ex­ter­na que daba a la plaza, al­gu­nos in­vi­ta­dos se fue­ron antes de la vo­ta­ción. Por eso los re­sul­ta­dos fue­ron: 161 votos por la des­ti­tu­ción del vi­rrey y por­que el Ca­bil­do eli­gie­ra una Junta de Go­bierno;  54 votos por que el vi­rrey con­ti­nua­ra en el ejer­ci­cio; 21 per­so­nas in­vi­ta­das y re­gis­tra­das se re­ti­ra­ron sin votar. La vo­ta­ción ter­mi­nó al­re­de­dor de las doce de la noche.
Pero to­da­vía no es­ta­ba dicha la úl­ti­ma pa­la­bra y ha­bría que es­pe­rar otros tres días hasta el 25 de mayo, pero lo cier­to es que atri­buir orí­ge­nes fran­ce­ses a la Re­vo­lu­ción de Mayo es, como diría un amigo, “más falso que guión de la pe­lí­cu­la Ágora”.

fuente:MovCondor

lunes, 1 de abril de 2013

¿PUEBLOS ORIGINARIOS?


por Pedro Godoy

La expresión se usa a menudo. Está superando a aquella otra: “minorías étnicas”. Vale la pena analizarla. Implica evaluar como raigal sólo lo amerindio. Lo otro, el 95% de la población –como he escuchado a líderes indigenistas- es un collage, es decir, una suerte de mezcolanza sin pie ni cabeza. La chilenidad, por ejemplo, sería una invención tardía y advenediza. Lo único nativo es –en el continente- ese 5% de población autóctona. Incluso lo de “autóctono” es discutible. Sin embargo, quedemos por ahora en eso de “originario” que convierte, de “golpe y porrazo” a 400 millones de mestizos en extranjeros.

Iberoamérica –tal cual hoy la conocemos- con todas sus cualidades y defectos es producto del choque entre la Península y el Nuevo Mundo. Aquí ingresan los conquistadores y exploradores que bajan de carabelas y galeones. No son turistas ni circunstanciales mercaderes. Vienen y para quedarse. Convierten el gigantesco espacio en domicilio. No traen familia, son célibes y ajenos a los prejuicios raciales. Generan una tromba demótica: los mestizos. Como son el grupo dominante privan a las tribus de las muchachas. En ellas engendran estos “terceros en discordia”. Son los “hijos de la mezcla”, según feliz expresión de Rubén Blades.

Los intereses forasteros, la arcaica leyenda negra y la sensiblería juvenil favorecen este marbete –“pueblos originarios”- que es mendaz. Ello porque en esta América –de Tierra del Fuego a Alaska- no es fácil establecer quien primero se radica. Cazadores siberianos, canoeros polinesios o maories australásicos serían el abolengo de las heterogéneas colectividades indígenas con las cuales, de modo gradual irán entrando en contacto -bélico o pacífico- el otro pueblo originario –hispanos y lusitanos- que también plasma nuestro ser nacional. Ello sin olvidar el contingente de afronegros.

Nuestro sello es la mixtura. Los iberos ostentan vocación de mestizaje. A los pocos años de fundado Santiago de Chile, narra un cronista, “la quietud de la plaza es alterada por mozuelos con sus juegos y bregas”. Jamás esos adustos vecinos “importan“ infantes desde España ¿Cómo es posible que -en el eje urbano central- aparezca ese enjambre de chavales con sus travesuras y riñas. Lo explico: es el fruto del “mestizaje florido”, dicho de otro modo, ya no son los que estaban ni los que llegan. Se trata de los protosantiaguinos, los primeros chilenos y como tales tan “originarios“ como sus madres picunches. Vía ius sanguis y ius soli son nacionales.


fuente:EducAccion 

miércoles, 23 de enero de 2013

Nuestra América


por José Martí

Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a curadle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo esta tierra ¿ se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos "increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las erres!
Ni ¿en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de agredir y resolver las dudas con la mano, allí donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las Universidades los gobernantes, si no hay Universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages: porque el que pone de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en México la república en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias resistía la organización democrática de la República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores bibliógenos no entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando, por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Guando la presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros—de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen,—por la virtud superior, abonada con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Pero "estos países se salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni en el país que se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja, y se pone en la puerta del Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al rubio". Estos países se salvarán, porque, con el genio de la moderación que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Eramos una visión, con el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Eramos charreteras y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba, ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar un problema, no va a buscar la solución a Danzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. E1 tigre de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o el que pudieran lanzarla sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas, porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y en color. Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.  Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal segura, a los que, con menos favor de la historia, suben a tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva !