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jueves, 1 de mayo de 2014
EL ESPIRITUALISMO ESPAÑOL
por Manuel Gálvez
NUESTRA fuerte y bella patria argentina vive en estos momentos una hora suprema: la hora en que sus mejores inteligencias y sus más sanos corazones reclaman la espiritualización de la conciencia nacional.
Este movimiento, si excluimos a los precursores, data apenas de un lustro. Pasados los primeros tiempos de intrepidez física, de labor casi heroica, hemos sentido la necesidad de atemperar con retoques de espiritualidad la barbarie de las energías materiales. En un principio la prédica pareció extraña; el fervor de unos pocos no era para la gente sino literatura, lirismo inofensivo que se complacía en cosas harto abstractas. El verbo idealista, hablando del alma de los pueblos, afirmando que en la vida espiritual reside la única grandeza durable de las naciones, sonaba, y desgraciadamente suena todavía en estas pampas, a jerigonza insufrible. No se trataba ni se trata, aunque tal es el fin que deseamos, de crear en este momento un peculiar idealismo argentino. Tamaña maravilla no la hará una sola generación. Nosotros pretendemos simplemente atenuar el torpe materialismo que hoy nos agravia y avergüenza. Al par que idealista, esta campana es nacionalista. El idealismo colectivo fue en otros tiempos decoro de la patria, y representa por esto, un valor tradicional. En cambio, el escéptico materialismo de ahora es cosa reciente, pues ha aparecido con la actual fiebre de riquezas y, con ésta, ha venido de Europa. El inmigrante vencedor mediante su éxito enorme en la adquisición de la fortuna, ha introducido en el país un nuevo concepto de la vida. No trata otro propósito sino enriquecerse, y era, pues, natural que contagiase a lo argentinos su respeto exclusivo de los valores materiales. Pronto, al tiempo que se esfumaban lo vestigios románticos en los que se concretaba el alma nacional, el idealismo desaparecía. Por esto ahora queremos, en doble afán patriótico e idealista, infundir a nuestra patria carácter y alma propios, y hacer brotar en la tierra reseca, angustiosamente reseca, que es nuestra vida materialista, surgentes de ideales. De otro modo este pueblo no será sino un cuerpo sin alma, una pobre cosa sin trascendencia. Hemos ya construido fuertes diques de encogía y de riqueza; ahora nos falta introducir, en el estanque enorme formado por aquellos diques, el agua de vida que es la espiritualidad.
Los comienzos de la gran obra de bien no han fracasado. Los que hemos contribuido a la siembra de ideales con nuestro puñadito de semilla, podemos ya recoger la primera cosecha: pequeña si se quiere, pero cosecha de todos modos. Ya vendrán con lo años., cuando aumente el numero de sembradores, las recolecciones asombrosas. Porque yo creo en la fertilidad espiritual de mi país; no comprendería que ella no correspondiese a su prodigiosa fertilidad material. Mientras tanto, he aquí ya un primer triunfo: la necesidad de espiritualizar el país se ha hecho un axioma pera muchas gentes El extraño vocabulario de nuestro idealismo empieza a hacerse inteligible, y los hombres de acción van comprendiendo nuestra verdad.
miércoles, 2 de abril de 2014
DISCORDIA ANDINA
por Pedro Godoy
Si hay tres pueblos con raíz, sustancia y problemática comunes son Chile, Bolivia y Perú. Sin embargo, se nutren de triunfalismo los chilenos, de aversionismo los bolivianos y de revanchismo los peruanos. Los tres "ismos" impiden la complementación que supone sepultar el hacha de guerra y fumar la pipa de la paz. El alma de estudiantes y conscriptos -futuros ciudadanos- se envenena de patriotería en cada país. En esa esfera no hay inocentes. Los círculos dirigentes -con intensidades distintas y en momentos diferentes- estimulan ese clima de recíproca desconfianza. Las tres repúblicas, en el siglo XXI, optan por obsoletas estrategias del XIX. Una, la "paz armada" y la otra, la "diplomacia secreta". Las tres cancillerías creen descubrir el hilo negro recurriendo a estos mecanismos empobrecedores del erario fiscal e intoxicadores del alma colectiva. Lo curioso que, en esta esfera, la adscripción doctrinaria de los gobernantes es poco lo que incide en los comportamientos diplomáticos. Esto es nítido, por ejemplo, en las tensiones registradas entre Asunción y La Paz. Lugo protesta por el armamentismo de Evo. En la trastienda está la Guerra del Chaco. La Moneda formula promesas a La Paz de puerto sobre el Pacífico porque está horquillada por ´Torre Tagle en lo atingente a la delimitación marítima. Se sabe: jamás las cumplirá. Tras el forcejeo continúan las recriminaciones por la conflagración del Guano y el Salitre. Apenas ayer, en el conflicto del Cenepa, Santiago -en plena democracia- vende armamento a Ecuador porque su arcaica geopolítica lo juzga "aliado" en la hipótesis de conflicto con Lima. Pinochet afligido por los halcones de la Junta, presidida por el general Videla, a propósito del Beagle, monta el show de Charaña. Así desarticula el peligro que implica la HV3 (hipótesis vecinal 3) que supone "el cuadrillazo", es decir, un Chile con tres fronteras en llamas. En caso de derrota el país es reducido a una franja entre Copiapó y Puerto Montt. Ahora nuestro canciller etiqueta de "provocación" llevar la querella de la frontera oceánica con Perú ante la Corte Internacional Justicia de La Haya. Hasta ayer lo claro es que, de común acuerdo, se recurría a esa instancia. El Presidente Lagos esquiva la doctrina Toledo del control del gasto militar y convierte en arsenal el país. Alguien podría preguntarse ¿no son afiliados al PS ese mandatario y su ministra de Defensa y luego Presidenta Michelle Bachelet? Si, en efecto, lo son y esa tienda es un brote -en suelo mapochino- del APRA y Alan García es aprista. Al final, lo retratado es una "merienda de negros" o "laberinto de Creta". Explicita la condición psicótica de una Suramérica tan pobre como confusa. Hacer claridad en medio de la tiniebla no es fácil, pero intentarlo es un deber de los genuinos discípulos de Felipe Herrera, Haya de la Torre, Soliz Rada y Jorge A. Ramos.
fuente:premionacionaldeeducacion
martes, 28 de enero de 2014
Ayacucho: el nacimiento de Hispanoamérica
Artículo del escritor y periodista español Fernando Díaz Villanueva, publicado en Suplementos de Historia del diario electrónico Libertad Digital el 15 de febrero de 2012
En 1819 América estaba en pie de guerra. Por América se entiende la América española, porque la otra, la de los Estados Unidos, era aún una pequeña e insignificante confederación de granjeros temerosos de Dios que vivían sin meterse con nadie bien pegados a la costa del Atlántico.
Ese mismo año, en la lejana España –que acababa de vender la Florida a los granjeros por cinco millones de dólares– un ejército de 20.000 hombres se dirigía a Cádiz. Los enviaba el rey Fernando VII para sofocar la asonada independentista de los españoles de ultramar.
Pero no pudieron embarcar. Uno de los oficiales del cuerpo expedicionario, Rafael del Riego, que se encontraba al frente del batallón asturiano, se conjuró con otros camaradas y tomaron preso al Conde de Calderón, comandante en jefe de la expedición. A Riego los problemas en los virreinatos americanos le parecían un asuntillo menor al lado del cruel destino que tenía que padecer la Madre Patria por culpa de la reincidente felonía del monarca que había jurado la Constitución de 1812 sólo para recuperar el trono. No contento con sublevar a la tropa e impedir su embarque, obligó al Rey a jurar la Pepa; o, mejor dicho, a tragársela, por utilizar una feliz expresión de aquella época.Este episodio imprevisto ocasionó que los virreyes, especialmente el de Perú, se quedasen aislados de la metrópoli y a merced de los sediciosos, que año tras año iban haciendo jirones del portentoso edificio colonial. Cuando la noticia del levantamiento de Riego llegó a América, los capitanes rebeldes –libertadores los llamaban, aunque, en rigor, libertar no libertaron mucho, y al crudo malvivir hispanoamericano me remito– advirtieron que aquella era su oportunidad y aceleraron las campañas en marcha.
Tenían, sin embargo, un problema, y no precisamente pequeño. En el virreinato del Perú la población indígena era muy numerosa, y a los indios les había dado por unirse en masa a la causa realista. En el bando que se proclamaba patriota lo único que veían era señoritos criollos atontolinados con la Revolución Francesa, poco amiga de observar ciertas peculiaridades locales, las mismas que los indios querían seguir manteniendo. El virrey, José de la Serna, natural de Jerez y veterano de la Guerra de la Independencia, contaba con ello, de modo que se organizó para resistir los ataques que le llegaban de todas las direcciones hasta que desde España le enviasen un ejército de refuerzo. Entonces, la tornadiza suerte política de la península ibérica volvió a darle un disgusto.
En 1823 Riego cayó y, para que sirviese de escarmiento, el Rey ordenó que fuese ahorcado y decapitado en una plaza de Madrid. Las noticias de España provocaron que en Perú se desatase una guerra civil entre los leales a la Corona. Una descoordinación inexplicable pero algo, por lo demás, muy español. Por un lado estaban los absolutistas, acaudillados por el vizcaíno Pedro Antonio de Olañeta; por el otro, los constitucionalistas, cuya causa representaba De la Serna. Simón Bolívar, un criollo aburguesado de la Capitanía General de Venezuela con estudios en España, aprovechó la circunstancia y se valió de Olañeta para penetrar en Perú y hostigar a los realistas. En octubre de 1824 el virrey se encontraba en situación límite. Los rebeldes, por su parte, habían desplegado sus fuerzas en las tierras altas y preparaban la embestida final.
Bolívar entregó el mando del ejército a su paisano Antonio José de Sucre, que al frente de unos 6.000 rebeldes se dispuso a plantar cara al virrey. Tras tantearse durante unas semanas en las sierras andinas, De la Serna se encaramó a un cerro muy bien situado, hasta donde pensaba atraer a Sucre para masacrar sus tropas a placer. Pero el venezolano no mordió el anzuelo y esperó a que al andaluz se le acabasen las provisiones y se viese obligado a descender. En el llano esperaban los sublevados dispuestos para un combate en el que no pensaban dar cuartel.
El encuentro final se produjo en la pampa de Quinua, junto a la ciudad de Ayacucho, a principios de diciembre. Podríamos decir que la batalla estaba decidida desde antes de empezar y no andaríamos muy desencaminados. De hecho duró muy poco y consistió, básicamente, en una gran carga de las tropas realistas sobre las rebeldes que se habían situado sobre el llano en la posición adecuada. El ejército del virrey estaba cansado, hambriento y falto de efectivos bregados, con experiencia: muchos de los que tenía se habían pasado al enemigo (no olvidemos que en los dos bandos eran igual de españoles: misma lengua, mismos uniformes y misma mala leche) o habían muerto en las sucesivas escaramuzas de la campaña. Además, andaba corto de intendencia y llevaba meses triscando por las sierras, enfrentándose primero a los absolutistas y luego a los independentistas. Era, en definitiva, un ejército condenado a la derrota. Hay incluso una teoría que afirma que el fatal desenlace estaba pactado. De la Serna simpatizaba con las ideas liberales y allí, en las remotas tierras del altiplano peruano, esas ideas las representaba Sucre y no Fernando VII. Evidentemente, es sólo una teoría, pero abunda en la idea de que las guerras americanas fueron, en realidad, una gran confrontación civil entre españoles y no una guerra patriótica de liberación, que es como aquello ha pasado a la historia.
Con o sin pacto, De la Serna no podía rendirse a la primera, así que se lo jugó a doble o nada. Ordenó que las divisiones bajasen ordenadamente del cerro con la esperanza puesta en coger a Sucre desprevenido y sin formar. Pero Sucre lo veía todo desde abajo, de manera que no tuvo más que tensar bien las filas y resistir el embate de las primeras divisiones, a las que no tardó en poner en desbandada. A esas alturas la batalla estaba ya irremediablemente perdida. Sin sucumbir al desánimo, el virrey, que contaba con una ligera ventaja numérica, trató de recomponer la línea de ataque. Fue inútil: el propio De la Serna, sabiéndose protagonista de una ocasión histórica, en la que tenía que quedar a la altura, se metió de lleno en el combate. Resultó herido y cayó preso.
La captura del virrey no provocó que los suyos se rindiesen. El regimiento Fernando VII, al mando de José Carratalá, un alicantino que debía de creerse la reencarnación de uno de aquellos que lucharon en los Tercios de Flandes, siguió combatiendo hasta el último suspiro. La típica resistencia tan nuestra, quijotesca y heroica pero inútil. Los rebeldes condujeron a los prisioneros hasta Ayacucho, donde les hicieron firmar la capitulación que ponía punto y final, después de casi 300 años, al virreinato del Perú. De sus cenizas nacerían las repúblicas de Perú y Ecuador. Pero antes sus próceres tendrían que vérselas con los últimos soldados realistas, que se marcaron una numantinada antológica en la fortaleza del Real Felipe del Callao. Allí resistieron hasta 1826, tras más de un año de asedio por tierra y mar. El 22 de enero la fortaleza se entregó, y con ella el último baluarte de la Corona en el continente sudamericano.
En España, las noticias provenientes de América fueron recibidas con indiferencia; no fue distinto en esto Fernando VII, que poco había hecho por reforzar las tropas realistas. A los veteranos de la guerra se les empezó a conocer, con sorna y desprecio, como ayacuchos. Les acusaban de haberse dejado ganar.
La batalla pronto fue olvidada y los españoles de los dos lados del océano se dedicaron a sus cosas, fundamentalmente a pelearse entre ellos, que es, con diferencia, lo que mejor se nos ha dado a los hispanos desde siempre.
fuente:hispanoamericaunida.com
viernes, 10 de enero de 2014
Los Códigos Nuevos
por José Martí
Interrumpida por la conquista la obra natural y majestuosa de la civilización americana, se creó con el advenimiento de los europeos un pueblo extraño, no español, porque la savia nueva rechaza el cuerpo viejo; no indígena, porque se ha sufrido la ingerencia de una civilización devastadora, dos palabras que, siendo un antagonismo, constituyen un proceso; se creó un pueblo mestizo en la forma, que con la reconquista de su libertad, desenvuelve y restaura su alma propia. Es una verdad extraordinaria: el gran espíritu universal tiene una faz particular en cada continente. Así nosotros, con todo el raquitismo de un infante mal herido en la cuna, tenemos toda la fogosidad generosa, inquietud valiente y bravo vuelo de una raza original fiera y artística.
Toda obra nuestra, de nuestra América robusta, tendrá, pues, inevitablemente el sello de la civilización conquistadora; pero la mejorará, adelantará y asombrará con la energía y creador empuje de un pueblo en esencia distinto, superior en nobles ambiciones, y si herido, no muerto. ¡Ya revive!
¡Y se asombran de que hayamos hecho tan poco en 50 años, los que tan hondamente perturbaron durante 300 nuestros elementos para hacer! Dennos al menos para resucitar todo el tiempo que nos dieron para morir. ¡Pero no necesitamos tanto!
Aun en los pueblos en que dejó más abierta herida la garra autocrática; aun en aquellos pueblos tan bien conquistados, que lo parecían todavía, después de haber escrito con la sangre de sus mártires, que ya no lo eran, el espíritu se desembaraza, el hábito noble de examen destruye el hábito servil de creencia; la pregunta curiosa sigue al dogma, y el dogma que vive de autoridad, muere de crítica.
La idea nueva se abre paso, y deja en el ara de la patria agradecida un libro inmortal; hermoso, augusto: los Códigos patrios.
Se regían por distinciones nimias los más hondos afectos y los más grandes intereses; se afligía a las inteligencias levantadas con clasificaciones mezquinas y vergonzosas; se gobernaban nuestros tiempos originales con leyes de las edades caducadas, y se hacían abogados romanos para pueblos americanos y europeos. Con lo cual, embarazado el hombre del derecho, o huía de las estrecheces juristas que ahogaban su grandeza, o empequeñecía o malograba ésta en el estudio de los casos de la ley.
Los nacimientos deben entre sí corresponderse, y los de nuevas nacionalidades requieren nuevas legislaciones. Ni la obra de los monarcas de cascos redondos, ni la del amigo del astrólogo árabe, ni la buena voluntad de la gran reina, mal servida por la impericia de Montalvo, ni la tendencia unificadora del rey sombrío y del rey esclavo, respondían a este afán de claridad, a este espíritu exigente de investigación, a esta pregunta permanente, desdeñosa, burlona; inquieta, educada en los labios de los dudadores del siglo XVII para brillar después, hiriente y avara, en los de todos los hijos de este siglo. Esa es nuestra grandeza: la del examen. Como la Grecia dueña del espíritu del arte, quedará nuestra época dueña del espíritu de investigación.
Se continuará esta obra; pero no se excederá su empuje. Llegará el tiempo de las afirmaciones incontestables; pero nosotros seremos siempre los que enseñamos, con la manera de certificar, la de afirmar. No dudes, hombre joven. No niegues, hombre terco. Estudia, y luego cree. Los hombres ignorantes necesitaron la voz de la Ninfa y el credo de sus Dioses.
En esta edad ilustre cada hombre tiene su credo. Y, extinguida la monarquía, se va haciendo un universo de monarcas. Día lejano, pero cierto.
Los pueblos, que son agrupaciones de estos ánimos inquietos, expresan su propio impulso, y le dan forma. Roto un estado social, se rompen sus leyes, puesto que ellas constituyen el Estado. Expulsados unos gobernantes perniciosos, se destruyen sus modos de gobierno. Mejor estudiados los afectos e intereses humanos, necesitan el advenimiento de leyes posteriores, para las modificaciones posteriormente advenidas: esta existencia que reemplazó a la conquista: esta nueva sociedad política; estos clamores de las relaciones
individuales legisladas por tiempos en que las relaciones eran distintas; este amor a la claridad y sencillez, que distingue a las almas excelsas, determinaron en Guatemala la formación de un nuevo Código Civil, que no podía inventar un derecho, porque sobre todos existe el natural, ni aplicar éste puro, porque había ya relaciones creadas.
Hija de su siglo, la Comisión ha escrito en él y para él. Ha cumplido con su libro de leyes las condiciones de toda ley: la generalidad, la actualidad, la concreción; que abarque mucho, que lo abarque todo, que defina breve; que cierre el paso a las caprichosas volubilidades hermenéuticas.
Ha comparado con erudición, pero no ha obedecido con servilismo. Como hay conceptos generales de Derecho, ha desentrañado sus gérmenes de las leyes antiguas, ha respetado las naturales, ha olvidado las inútiles, ha desdeñado las pueriles y ha creado las necesarias: alto m rito.
¿Cómo habían de responder a nuestros desasosiegos, a nuestro afán de liberación moral, a nuestra edad escrutadora y culta, las cruelezas primitivas del Fuero Juzgo, las elegancias de lenguaje de las Partidas, las deciones confusas y autoritarias de las leyes de Toro?
¿Poder omnímodo del señor bestial sobre la esposa venerable? ¿Vinculaciones hoy, que ya no existen mayorazgos? ¿Rebuscamientos en esta época de síntesis? ¿Dominio absoluto del padre en esta edad de crecimientos y progresos? ¿Distinciones señoriales, hoy que se han extinguido ya los señoríos? Tal pareciera un cráneo coronado con el casco de los godos; tal una osamenta descarnada envuelta en el civil ropaje de esta época. Ya no se sentarán más en los Tribunales los esqueletos.
La Comisión ha obrado libremente; sin ataduras con el pasado, sin obediencia perniciosa a las seducciones del porvenir. No se ha anticipado a su momento, sino que se ha colocado en él. No ha hecho un Código ejemplar, porque no está en un país ejemplar. Ha hecho un Código de transformación para un país que se está transformando. Ha adelantado todo lo necesario, para que, siendo justo en la época presente, continúe siéndolo todo el tiempo preciso para que llegue la nueva edad social. No hay en él una palabra de retroceso, ni una sola de adelanto prematuro: con entusiasmo y con respeto escribe el observador estas palabras.
A todo alcanza la obra reformadora del Código nuevo. Da la patria potestad a la mujer, la capacita para atestiguar y, obligándola a la observancia de la ley, completa su persona jurídica. ¿La que nos enseña la ley del cielo, no es capaz de conocer la de la tierra? Niega su arbitraria fuerza a la costumbre, fija la mayor edad en 21 años, reforma el Derecho español en su pueril doctrina sobre ausentes, establece con prudente oportunidad, el matrimonio civil sin lastimar el dogma católico; echa sobre la frente del padre, que la merece, la mancha de ilegitimidad con que la ley de España aflige al hijo; y con hermosa arrogancia desconoce la restitución in integrum obra enérgica de un ánimo brioso, atrevimiento que agrada y que cautiva. Fija luego
claramente los modos de adquirir; examina la testamentifacción en los solemnes tiempos hebreos cuya contemplación refresca y engrandece, los de literatura potente y canosa, los de letras a modo de raíces. Ve el testamento en Roma, corrompido por la invasión de sofistas; aquellos que sofocaron al fin la voz de Plinio, y estudiando ora las Partidas, ora las colecciones posteriores, conserva lo justo, introduce lo urgente, y adecua con tacto a las necesidades actuales las ideas del Derecho Natural. Y eso requiere, y es, la justicia; la acomodación del Derecho positivo al natural.
Ama la claridad, y desconoce las memorias testamentales.
Ama la libertad, y desconoce el retracto.
Quiere la seguridad y establece la ley hipotecaria; base probable de futuros establecimientos de crédito, que tengan por cimiento, como en Francia y la España, la propiedad territorial.
Reforma la fianza, aprieta los contratos, gradúa a los acreedores.
Limita, cuando no destruye, todo privilegio. Tiende a librar la tenencia de las cosas de enojosos gravámenes, y el curso de la propiedad de accidentes difíciles. Sea todo libre, a la par que justo. Y en aquello que no pueda ser cuanto amplio y justo debe, séalo lo más que la condición del país permita.
Es pues, el código preciso; sus autores atendieron menos a su propia gloria de legisladores adelantados, que a la utilidad de su país. Prefirieron esta utilidad patriótica a aquel renombre personal, y desdeñando una gloria, otra mayor alcanzan: sólo la negará quien se la envidie.
En el espíritu, el Código es moderno; en la definición, claro; en las reformas, sobrio; en el estilo, enérgico y airoso. Ejemplo de legistas pensadores, y placer de hombres de letras, será siempre el erudito, entusiasta y literario informe que explica la razón de esas mudanzas.
Ni ha sido solo el Código el acabamiento de una obra legal. Ha sido el cumplimiento de una promesa que la revolución había hecho al pueblo: le había prometido volverle su personalidad y se la devuelve. Ha sido una
muestra de respeto del Poder que rige al pueblo que admira. Bien ha dicho el Sr. Montúfar: no quiere ser tirano el que da armas para dominar la tiranía.
Ahora cada hombre sabe su derecho: sólo a su incuria debe culpar el que sea engañado por las consecuencias de sus actos. El pueblo debe amar esos códigos, porque le hablan lenguaje sencillo, porque lo libran de una servidumbre agobiadora: porque se desamortizan las leyes.
Antes, éstas huían de los que las buscaban, y se contrataba con temor, como quien recelaba en cada argucia del derecho un lazo. Ahora el derecho no es una red, sino una claridad. Ahora todos saben qué acciones tienen; qué obligaciones contraen; qué recursos les competen.
Con la publicación de estos códigos, se ha puesto en las manos del pueblo un arma contra todos los abusos. Ya la ley no es un monopolio; ya es una augusta propiedad común.
Las sentencias de los tribunales ganarán en firmeza; los debates en majestad.
Los abogados se ennoblecen; las garantías se publican y se afirman.
En los pueblos libres, el derecho ha de ser claro. En los pueblos dueños de sí mismos, el derecho ha de ser popular.
No ha cumplido Guatemala, del año 21 acá, obra tan grande como ésta. ¡Al fin la independencia ha tenido una forma! ¡Al fin el espíritu nuevo ha encarnado en la Ley! ¡Al fin se es lo que se quería ser! ¡Al fin se es americano en América, vive republicanamente la República, y tras cincuenta años de barrer ruinas, se echan sobre ellas los cimientos de una nacionalidad viva y gloriosa!
sábado, 28 de septiembre de 2013
ABC: ANTILLAS HOLANDESAS
por Pedro Godoy
En el Caribe, frente a Venezuela, están las Antillas Holandesas. Las integran tres islas Aruba, Bonaire y Curazao ABC. Son pequeñas en superficie, pero ricas en petróleo y testimonios de la piratería que ejerciera Holanda en el área. El pequeño archipiélago dependió, hasta 1975, de la Guayana Holandesa. Ese año ésta se convierte en República de Surinam con medio millón de habitantes. En Aruba hay una especie de autogobierno tutelado por Amsterdam. Se ha detectado que allí complotan los adversarios del Presidente Chávez. Sin embargo, en Caracas, me desconcierta el desinterés venezolano por recuperar esos tres enclaves insulares equivalentes allá a Malvinas. Una de las ocasiones es la conmemoración del natalicio Nº 200 de Bolívar. La iniciativa de recuperarlos cae en el vacio. Dicho de otro modo, es campana de palo. Se podrá aplaudir al Vietcong en su guerra contra el coloniaje. No obstante, ese coloniaje se tolera en casa.
Este dato quizás sea fruto de la hipnosis generada por Europa. El tema no dispone de eco en Venezuela. Se alega eso si por asuntos limítrofes con Colombia. Hay un fenómeno de fatalismo y deslumbramiento que conduce a exhibir sin chistar un mapa con tres Guayanas que son colonias. Brasil ducho en mutilar al Paraguay, en tragarse el Acre de Bolivia y convertir en provincia Cisplatina a Uruguay nunca intenta desalojar a los europeos de esas factorías que le bloquean el horizonte caribeño ¿Qué geopolítica maneja Itamarati y las FFAA cariocas que jamás las reivindican? Entonces la apatía venezolana equivale al desinterés brasilero. Se despotrica contra la España de la Colonia y festeja la emancipación, pero los tres quistes coloniales no producen ni cosquilla. Ni en la cátedra ni en la prensa hay enjuiciamiento. Menos en los parlamentos. Nuestras cancillerías callan. Se confían a retoños de euroinmigrantes o a "gente linda". Unos y otros se arrodillan ante París, Londres y Amsterdam.
En Argentina hubo quienes impulsan la guerra contra Chile por el litigio austral, pero juzgan locura la epopeya del 2 de abril de 1982. Enfrentarse con chilenos -esos ordinarios "chilotes"- ¡si!, pero recuperar Malvinas, Orcadas y Sandwich del Sur ¡no! El repliegue de la campaña descolonizadora, explican, se debe a que los británicos son superiores. Nuestro gobierno militar y también la oposición entonces en la semiclandestinidad apoyan al Reino Unido. El general Matthei confiesa el apoyo a Londres con el argumento:"el enemigo de mi enemigo es mi amigo". La única voz proargentina es la de CEDECH. Contémplese el mapa suramericano y -a propósito del Bicentenario- reflexionemos sobre la semilla psicocultural de la dependencia externa. De modo muy específico, es sustantivo investigar el por qué de nuestra esterilidad para generar una geopolítica criolla. La apatía venezolana por aquel archipiélago y el desinterés brasilero por asomarse al Caribe son óptimas motivaciones.
fuente:EducaAccion
jueves, 1 de agosto de 2013
La independencia de Hispanoamérica, un proceso singular
Artículo publicado en “Temas
Americanistas”, Número 25 (2010).
Autor: Luis Navarro García, Catedrático
emérito de Historia de América (Universidad de Sevilla)
Para lograr una adecuada comprensión del hecho
de la Independencia pueden seguirse dos vías distintas: la de la comparación
con otros procesos descolonizadores, y concretamente con el de la independencia
de las Trece Colonias, la del análisis de los momentos iniciales y más
significativos del episodio estudiado.
Pero parece conveniente, ante todo,
advertir la impropiedad con que se denomina este hecho, aunque esa denominación
de “Independencia de Hispanoamérica” lo presente bajo una luz favorable y hasta
triunfal. También hay quien desde otra perspectiva lo llama “La pérdida de las
colonias”. El rótulo apropiado para el hecho aquí tratado, el que quizá exprese
su verdadera dimensión, es “La destrucción de la potencia hispánica”.
La independencia de Hispanoamérica
significa la práctica desaparición de aquella potencia hispánica que durante
tres siglos había tenido un peso decisivo en los destinos de Europa y América.
Habían sido tres siglos de expansión continua, aunque atravesando algunas
crisis importantes.
A lo largo de la Edad Moderna tres naciones
europeas atlánticas asumieron en distinta medida el protagonismo histórico:
España, Francia e Inglaterra. Pero en el primer cuarto del siglo XIX la
Monarquía española se hunde, y se hunde no por la fuerza de una presión o de un
ataque exterior, sino por un fenómeno de implosión, de descomposición interior,
provocado por discrepancias ideológicas y rivalidades políticas.
Se ha dicho la potencia hispánica, no
España. Esa potencia, que excedió de manera incalculable a la de los reinos
peninsulares, había sido lentamente construida durante la Edad Moderna y llegó
a ser una suma de hombres, de tierras y de recursos de todo tipo extendida por
todo el mundo. Una potencia capaz de hacer oír su voz y hacer sentir su
presencia en todos los problemas y conflictos internacionales frente a los
otros dos rivales.
Ahora, a principios del XIX, ese mundo
hispánico se disgregó y se sumió en un proceso interminable de inestabilidad
que hizo no solo que desapareciera como tal potencia, sino que pasara a
convertirse en presa del neocolonialismo naciente. Nada ni nadie, ningún otro
miembro de aquella comunidad, pudo sustituir la función dirigente que la vieja
España había ejercido sobre el conjunto durante trescientos años. La fuerza que
emanaba de aquella unión se disipó, se evaporó. Por eso, la aparición de más de
una docena de nuevas naciones, contra lo que cabía esperar, no tuvo ninguna
repercusión en la política internacional. Salvo, precisamente, la de la
desaparición de España del escenario mundial.
Por ello ese proceso largo y terrible que
fue la Independencia de Hispanoamérica viene a ser contemplado hoy como una
simple secuela del ciclo revolucionario atlántico, iniciado en los Estados
Unidos y continuado por Francia. El episodio hispanoamericano sería sólo un
epílogo de escaso interés.
A partir de esta interpretación del hecho,
se comprende el engaño que encubre la denominación de “Independencia de
Hispanoamérica”, que enmascara la realidad de los hechos, que invita a pensar
en unos países sometidos que logran triunfar frente a su dominador. Pero en
este proceso no hubo vencedores. Todos fueron derrotados.
Bajemos ahora a un plano más concreto para
ver los rasgos nada comunes, infrecuentes, singulares, de este proceso. Y es
que la Independencia de Hispanoamérica no es un suceso común. Es uno de esos
hechos singulares de la Historia de España. Como lo son la Reconquista, el
Descubrimiento y la Colonización de América, el levantamiento antinapoleónico,
y alguno más. No hay casos semejantes en la Historia de otros países, aunque
cada uno registre hechos singulares.
Dos independencias, dos procesos
diferentes
Para mostrar la excepcionalidad de este
hecho recurriremos a una comparación con el que más se le asemeja, el de la
Independencia de las Trece Colonias británicas, para lo cual hemos
confeccionado, con la colaboración del Dr. Sigfrido Vázquez Cienfuegos, un solo
mapa en el que se muestra la extensión de las Trece Colonias en 1776 y la de
las Indias españolas en 1808. Al pie de ese mapa, una escala cronológica
permite comparar la diferente duración de ambas independencias.
La Independencia hispanoamericana es
singular por varias razones. En primer lugar, por la condición de los rebeldes
o separatistas: no fueron los indios, ni las “clases oprimidas”, sino algunos
sectores de los grupos blancos dominantes. Como rezaba una paradoja puesta en
circulación hace un siglo, “América la conquistaron los indios y la
independizaron los españoles”, lo que además revela una falsedad, y es que,
contra lo que dijeron algunos insurgentes, la Independencia no la hicieron los
indios, ni se hizo por la libertad de los indios.
Se evidencia así un rasgo peculiar del
caso hispanoamericano. Generalmente las independencias las han hecho los
colonizados contra los colonizadores: los argelinos y los vietnamitas contra
los franceses, los hindúes y los keniatas contra los ingleses, etc. Pero
en nuestro caso la rebelión no es de los indios, que son los colonizados,
sino de los colonizadores europeos contra la metrópoli.
Este punto es el único en que la
independencia hispanoamericana se asemeja a la de las Trece Colonias. También
fueron los pobladores blancos o europeos de esas colonias los que se alzaron
contra la metrópoli inglesa. El parecido termina aquí, porque en los
establecimientos británicos de América del Norte no existía población india,
mientras que en los españoles esta era mayoritaria.
En segundo lugar, una diferencia muy
significativa es la del motivo original del conflicto. En el caso de los
colonos británicos fueron cuestiones relativas a la creación de nuevos
impuestos y monopolios y a la lesión de sus derechos. En el caso hispanoamericano
fue un puro problema político, el de la ausencia y prisión del rey, con la
obligada secuela de la formación de un gobierno improvisado de discutible
legitimidad, y sobre este punto de partida se acumulará luego la disputa entre
absolutistas y liberales.
Una tercera razón fue la magnitud del
fenómeno, en extensión y duración, punto en el que no se encuentra paralelo,
como se advierte en la comparación con las Trece Colonias. La extensión de las
Indias españolas era 15 veces mayor, con la consiguiente diversidad de climas
según la enorme variedad de latitudes y altitudes (Véase mapa adjunto). En
cuanto a la duración (véase la escalilla añadida al mapa), hasta 17 años
(1808-1825) duró la guerra en la América española, y después de la última fecha
la situación bélica continuó, como lo prueba la expedición Barradas a México de
1826, y hasta 1836, muerto ya Fernando VII, no se firmó el primer tratado de
paz entre una nación hispanoamericana, México, y España, a lo que seguiría un
lento goteo de otros reconocimientos.
En cambio, la guerra de Independencia de
los Estados Unidos sólo duró ocho años, desde el levantamiento de 1775 hasta
1783, aunque, en realidad, desde la rendición de Yorktown en 1781 cesaron las
operaciones militares, lo que reduce la guerra a 6 años, habiendo obtenido
inmediatamente la nueva nación el reconocimiento de su independencia por
Inglaterra.
En cuarto lugar, también hay diferencia en
el grado de dureza del enfrentamiento: en el caso hispanoamericano se
produjeron enormes pérdidas en vidas (matanzas de Valladolid y Guadalajara,
guerra a muerte de Bolívar, represalias de Morillo) y despoblación por exilios
de refugiados en Cuba o España; casi todos los países fueron arrasados varias
veces por los movimientos alternativos de los ejércitos (Venezuela, Charcas, el
norte argentino), que además produjeron el desplazamiento de grandes masas (el
éxodo uruguayo de 1811, la huída de Caracas en 1814). Enormes pérdidas en
capitales y bienes de todo tipo, paralización de la minería y el comercio, etc.
Nada parecido se conoció en los días de la
lucha por la independencia de los Estados Unidos, donde no se produjo el
“terror” característico de las revoluciones ni tampoco la espantosa devastación
que asoló a la mayor parte de las Indias españolas.
Por último, una importante diferencia más
con las Trece Colonias fue el fracaso final. Basta recordar a Bolívar: “hemos
ganado la independencia a costa de todo lo demás”, “arar en el mar” (¿y una
independencia así merecía ese altísimo precio?). Añádase el fracaso político de
quienes buscaban libertad y democracia: se dirá que la independencia fue “el
último día del despotismo y el primero de lo mismo”, o que los tres poderes
imperantes serían “infantería, caballería y artillería”.
Pero el principal fracaso fue que la
Independencia se hizo a costa de la unidad política del mundo hispánico.
Independencia que rompe múltiples lazos, no solo con España, sino con las demás
provincias de las Indias, produciéndose una progresiva fragmentación de varios
virreinatos y capitanías generales (1).
Al final resultarán unas naciones aisladas, cuando no enfrentadas entre sí, e
inestables, presas de prolongadas anarquías.
Aquí la diferencia con el caso
norteamericano es notoria, habiendo sido la lucha por la independencia lo que
precisamente fundió a las Trece Colonias en una sola nación.
Clave de la diferencia
Este proceso dramático tiene una
explicación: la Independencia de Hispanoamérica fue una guerra civil, la
primera gran guerra civil del mundo hispánico en la Edad Contemporánea, que
vería después muchas más, y muy destructoras, tanto en Europa como en América.
Este es el fenómeno capital,
singularizador, de nuestras independencias: la resistencia a la separación de
España. Estamos ante una guerra entre españoles. Sólo eso explica la duración.
De ningún modo se trató de una lucha entre peninsulares y criollos, como se ha
dicho y repetido con demasiada facilidad. En América los “peninsulares”, los
españoles nacidos en Europa, sólo eran el 1% de los “blancos”, frente al otro
99 % de “criollos” -españoles nacidos en América- y mestizos. Un conflicto
armado entre estos dos grupos era inconcebible, o sólo hubiera durado minutos.
Por otra parte, los blancos sólo eran el 30 % de la población, compuesta
mayoritariamente por indios y castas.
La guerra de independencia
hispanoamericana no fue, porque no podía serlo, lucha entre peninsulares y
criollos, sino entre los dos bandos de españoles, muy mayoritariamente
criollos, en que se escindió la élite blanca colonial, dispuestos a favor o en
contra de la unión con España, con escasísima participación de fuerzas
peninsulares. Tal escasez se dio entre 1808 y 1814, porque España luchaba en su
propio territorio peninsular contra el invasor francés; y después de 1814,
porque hubo un solo envío de 15.000 hombres, el ejército de Morillo, a América
del Sur. En total, España envió a América 40.000 soldados entre 1808 y 1820, y
después ya no se enviaron más, aunque la lucha, la resistencia a la
independencia, siguió hasta 1825. Menos de 4.000 hombres al año, en
contingentes reducidos, para cubrir desde el norte de México hasta Chile.
El hecho excepcional, por tanto, de este
proceso de independencia es la resistencia a la separación de la metrópoli,
pero ¿de dónde nace esta voluntad de resistencia? La resistencia se explica por
la fuerza de los vínculos políticos y de familia que unían a los españoles
americanos con los peninsulares. Vínculos políticos: el amor al rey y a la
dinastía, profundamente inculcado, junto a la religión católica que unía a todos
los españoles frente a enemigos herejes. Vínculos familiares: millares de
familias españolas vivían, como hoy, divididas en los dos hemisferios, y estas
gentes no querían aceptar la ruptura.
La increíble resistencia a la secesión
explica la dureza de la guerra y tiene, a su vez, una explicación básica: las
condiciones peculiares de la colonización realizada por España en América. La
Corona española buscó desde el principio, desde el tiempo de los Reyes
Católicos, reforzar la unidad nacional. A América sólo se permitió ir a
españoles (no a extranjeros), y españoles selectos: cristianos católicos y de
buenas costumbres (no moriscos, judíos, luteranos, etc.). La población colonial
resultante, sintiéndose profundamente española, cuando perciba los primeros
pasos hacia la independencia, se manifestará refractaria hacia tal movimiento,
y sólo los sucesos de distinto signo que se van acumulando en el prolongado
proceso siguiente harán que resulte finalmente derrotada.
En las Trece Colonias Británicas no existe
esa unidad nacional y religiosa: las colonias se conciben como penitenciarías,
mentalidad que durará hasta el siglo XIX en la colonización de Australia. A las
colonias americanas van los castigados por la justicia, o los que huyen de
ella; las minorías políticas perseguidas (puritanos, católicos), y los enemigos
del imperialismo inglés (escoceses, irlandeses) o gentes procedentes de otras
naciones (holandeses, alemanes, suecos, etc.). Gentes en su inmensa mayoría
indiferentes cuando no hostiles hacia la Monarquía británica (2).
Eso explica la benignidad de la Guerra de
Independencia norteamericana. Cuando se planteó la rebelión, nadie se opuso.
Los pocos fieles a la Corona inglesa se refugiaron en los barcos de la flota o
emigraron al Canadá. Las tropas británicas que se enfrentaron a los rebeldes
fueron enviadas desde Europa, y en gran medida eran regimientos de mercenarios
alemanes, que entraron desde Canadá (victoria de los colonos en Saratoga) o
desembarcaron y evolucionaron sin éxito en el sur (sitio y rendición de
Yorktown, 1781).
Naturalmente, otro dato a tener en cuenta
en la comparación que venimos haciendo es que a la brevedad de la Guerra de
Independencia de los angloamericanos contribuyó, en el marco de una gran guerra
internacional, la intervención de varias potencias tan importantes como Francia
y España, aunque en diversa forma y medida, a favor de los rebeldes. Ahí están
las figuras de Lafayette y Bernardo de Gálvez, entre otros, para simbolizar ese
apoyo a los colonos.
Los insurgentes hispanoamericanos, en
cambio, nunca tuvieron un aliado exterior. Bolívar no se explica en la Carta
de Jamaica el silencio de las potencias europeas, y menos aún el de los
“hermanos del norte”, todos los cuales no podían obtener sino ventajas de la
desaparición del dominio español. Pero cada uno de ellos tenía importantes
razones particulares para mantenerse al margen de la contienda, dejando así que
ambas partes se fuesen desangrando en una guerra de desgaste.
Nunca se debe olvidar que el proceso de la
Independencia Hispanoamericana se salda con un fracaso. Un fracaso de todas las
partes enfrentadas. Es la gran unidad política hispánica la que entonces se
fracturó, quedando todas las partes aisladas entre sí, sin que hasta hoy se
haya restablecido la unión de manera efectiva, y lo que es más, quedando
aquejada cada una de las naciones resultantes, empezando por España, de un
grave problema de inestabilidad política, secuela del conflicto entre liberales
y conservadores y de la prolongada incapacidad experimentada para erigir una
autoridad consensuada y legítima.
Ahora bien, sobre lo hasta aquí tratado
cabe hacer dos importantes consideraciones. La primera es que la Independencia
de Hispanoamérica es un proceso genuinamente español. Es decir, un problema que
se origina en España y entre españoles, y que evoluciona durante años hasta
producir el resultado conocido. En torno a ese proceso habrá muchas
circunstancias cambiantes -el curso mismo de la guerra, la influencia de
algunas potencias- pero el núcleo central será exclusivamente español hasta el
final.
La cohesión entre las distintas partes de
la Monarquía era muy fuerte. Por eso España, aunque debilitada, conservó sus
dominios continentales en América medio siglo más que Inglaterra sus Trece
Colonias. Y ni el ejemplo de estas Colonias, ni el de la Revolución Francesa
movieron a los españoles de América a la insurrección, como tampoco los
movieron los diversos motivos de disgusto que desde luego existían, pero que
nunca hubieran justificado el tomar las armas contra el rey. La crisis que dio
origen al proceso de independencia hispanoamericano no consistió en un
enfrentamiento entre metrópoli y colonias, sino que se debió a la invasión de
la metrópoli por el ejército de Napoleón.
A los efectos desastrosos de esta invasión
se sumará luego la revolución política que se vivirá en España buscando pasar
de un régimen absolutista a otro de carácter liberal y constitucional, con los
consiguientes enfrentamientos internos, que se reproducirán igual en América, y
con bruscos virajes causados por golpes de estado que generan la consiguiente
inestabilidad política.
La segunda consideración es que el
desprestigio de España, y particularmente de su labor colonizadora desarrollada
en América durante tres siglos -probablemente la mayor y más bella empresa
colonizadora de la Historia-, alimentado desde siglos atrás por potencias
rivales, se agrava también ahora desde la misma España. Esta será una secuela
de las luchas políticas e ideológicas del momento en que, para promover el
cambio del Antiguo al Nuevo Régimen, alguien considere oportuno, incluso desde
el mismo gobierno, impugnar y desacreditar la obra de varias generaciones. De
ello ofreceremos más adelante algunas muestras.
El inicio del proceso independentista en
América
Hasta aquí hemos visto la comparación de
dos importantes procesos de “descolonización”. Pasemos ahora a considerar los
reveladores y olvidados comienzos del proceso en la América española, los
primeros pasos del proceso, los que se dieron entre 1808 y 1810, atendiendo
sólo a los principales escenarios americanos. Y es que interesa precisar cómo
ocurrieron las cosas, cómo se fueron moviendo los espíritus y se fueron
adoptando posiciones que condujeron al rompimiento (3).
Los sucesos de creciente gravedad que
ocurren en América entre 1808 y 1810 fueron motivados por la gravísima crisis
que entonces vivió la Monarquía y constituyen un periodo de incubación o
maduración en las distintas provincias indianas de la idea de separación de la
metrópoli peninsular. Idea que algunos pudieron acoger con gran deseo y la
mayoría aceptaron por necesidad.
Podemos distinguir en este bienio de 1808
a 1810 tres momentos. El de 1808, en que se da el primer movimiento juntista,
de creación de gobiernos provisionales. El de 1809, cuando en varios lugares
concretos del continente se producen serios disturbios, señal de desconcierto o
descontento con el gobierno peninsular. Y el de 1810, cuando con un segundo
movimiento juntista triunfa definitivamente la tendencia a establecer la autonomía
que a corto o medio plazo desembocará en las sucesivas independencias.
Las inquietudes de 1808
El proceso se desencadena con las
abdicaciones de Bayona, que tienen lugar en los primeros días de mayo de 1808,
por las que Carlos IV y Fernando VII ceden sus derechos a la corona española a
Napoleón, que designará a su hermano José para el trono de España. Pero la
inmensa mayoría de los españoles entendieron que tales abdicaciones eran nulas
y se rebelaron y enfrentaron con las tropas francesas invasoras.
El mismo rechazo a Napoleón se vivió en
las provincias americanas, incluso más firme que en España, porque en América
no hubo “afrancesados“. En todas las capitales americanas Fernando VII,
prisionero en Francia, fue proclamado y jurado Rey con toda solemnidad. La
fidelidad quedaba acreditada.
Había, sin embargo, otro problema, el de
la legitimidad. Ausente el rey, ¿quién asumiría el gobierno de la
Monarquía? La solución improvisada en la península fue la creación de diversas
Juntas, que procuraron eliminar a los godoyistas, los hombres puestos en cargos
de gobierno por el odiado valido Manuel Godoy reinando Carlos IV, y a los
afrancesados dispuestos a admitir el gobierno de los Bonaparte. La más
importante de las Juntas de 1808 fue la de Sevilla, presidida por D. Francisco
de Saavedra, que obtuvo dos éxitos militares -la rendición de la escuadra francesa
refugiada en Cádiz y la derrota de un ejército francés en Bailén- y envió
comisionados a varias capitales americanas, logrando ser reconocida y obedecida
en toda América (4). Pero
esto no se hizo sin dificultad.
El caso es que en varias provincias americanas,
al tenerse noticia de lo ocurrido en Bayona, algunos grupos dirigentes
pretendieron crear sus respectivas Juntas de Gobierno a semejanza de las
peninsulares, mientras que otros sostuvieron que lo conveniente era no alterar
nada, permaneciendo los mismos gobernantes al frente de los virreinatos y
capitanías generales. De aquí derivarán los primeros conflictos y división de
las élites en las capitales indianas. Veamos solo los casos más importantes de
México y Buenos Aires.
En México la propuesta para la formación
de una Junta partió del ayuntamiento de la capital, y pronto contó con la
aquiescencia del virrey, el gaditano D. José de Iturrigaray. Pero los
magistrados de la audiencia –oidores y fiscales, que eran los asesores directos
del virrey— se manifestaron abiertamente en contra, apoyándose en las leyes de
Indias y alegando que, a diferencia de lo que ocurría en la península invadida
por el enemigo, allí nada había cambiado y el virrey seguía ejerciendo toda su
autoridad. Pero el mismo virrey se había hecho sospechoso en México y en España
por ser un notorio “godoyista”, es decir, adicto al ministro y valido de Carlos
IV, el odiado déspota D. Manuel Godoy contra quien se habían pronunciado las
Juntas peninsulares. México vivió desde el 16 de julio días de incertidumbre
debido a este enfrentamiento entre partidarios y adversarios de la constitución
de una Junta, hasta que llegaron los comisionados de la Junta de Sevilla, que
llevaban instrucciones de destituir al virrey si se negaba a reconocerla como
gobierno supremo de la Monarquía. Eso fue lo que se resolvió el 16 de
septiembre, cuando un pequeño contingente de tropas de las milicias de la
ciudad arrestaron al virrey, que luego fue embarcado para España (5). Este golpe de estado -grave
incidente- permitió a la Junta Central, erigida en septiembre bajo la
presidencia del conde de Floridablanca y refugiada a finales de año en Sevilla,
empezar a recibir importantes remesas de dinero de México, que era el
virreinato más importante de todo el imperio.
Caso distinto fue el de Buenos Aires,
donde había un prestigioso virrey interino, D. Santiago Liniers, sospechoso por
su ascendencia francesa y por haber mantenido correspondencia directa con
Napoleón. Más aún, Liniers recibió en agosto de 1808 un emisario del Emperador
que le propuso que reconociera a José I Bonaparte como rey de España. También
aquí un comisionado enviado por la primitiva Junta de Sevilla recibió poderes
para deponer al virrey si hubiese dudas acerca de su fidelidad. También aquí se
vivieron largos días de intensa incertidumbre y de tensión entre el virrey y el
ayuntamiento de Buenos Aires que culminaron el 1º de enero de 1809 cuando,
habiendo finalmente Liniers aceptado renunciar el cargo, lo impidió la
intervención de varias compañías milicianas que respaldaron la autoridad
virreinal. Liniers sería finalmente relevado por un nuevo virrey en julio de
1809.
Las revueltas de 1809
En dos regiones de América del Sur -el
Alto Perú o Charcas, actual Bolivia, y Quito, hoy Ecuador- se produjeron en 1809
levantamientos motivados, en un caso, por sospechas de afrancesamiento o
carlotismo, en el otro, por el sentimiento de agravio causado por una decisión
adoptada por la Junta Central.
En dos poblaciones de Charcas -Chuquisaca
o La Plata y La Paz- fueron depuestas las autoridades que se habían hecho
sospechosas de favorecer los planes de la infanta española Carlota, esposa del
príncipe regente de Portugal, a la sazón instalado en Brasil. También aquí
influyó la permanencia en Buenos Aires del virrey Liniers, tenido por amigo de
Napoleón. Ambos levantamientos fueron prontamente dominados, aunque para ello
fue precisa la intervención de tropas enviadas por los virreyes de Buenos Aires
y de Lima.
Un año antes, la Junta Central Suprema,
constituida en septiembre de 1808 en Aranjuez, se había dado a conocer mediante
un manifiesto que debió producir el estupor de muchos españoles, a los que
pretendía anunciar grandes cambios que los harían felices. “Volved los ojos
-decía el Manifiesto de 26 de octubre de 1808- al tiempo en que vejados,
opresos y envilecidos, desconociendo vuestra propia fuerza y no hallando asilo
contra vuestros males ni en las instituciones, ni en las leyes, teníais por
menos odiosa la dominación extranjera que la arbitrariedad mortífera que interiormente
nos consumía” (6). En solo
cuatro líneas de falsedades encadenadas -a contraponer con la edad de oro que
harían nacer los revolucionarios- se daba la más negativa e injusta imagen de
la empresa americana de España, y la daba el mismo gobierno español.
Poco después, el 22 de enero de 1809, la
Suprema Junta Central de España, ya instalada en Sevilla, resolvió convocar a
algunos diputados de los virreinatos y capitanías generales de América para que
se incorporaran a la misma Junta, con lo que, por primera vez en la Historia
-no solo de España, sino Universal- representantes de las antiguas colonias,
que con esto empezaban a dejar de serlo, entraban a formar parte del gobierno
de la Monarquía. Esta Proclama suponía una gran paso hacia la equiparación de
las Indias con los reinos peninsulares: “Considerando que los vastos y
preciosos dominios que la España posee en las Indias no son propiamente
colonias o factorías como los de otras naciones, sino una parte esencial e
integrante de la Monarquía española, y deseando estrechar de un modo indudable
los sagrados vínculos que unen a unos y otros dominios… se ha servido S. M.
declarar… que los reinos, provincias e islas que forman los referidos dominios…
deben tener representación nacional e inmediata a su Real Persona y constituir
parte de la Junta Central Gubernativa del Reino por medio de sus
correspondientes diputados” (7).
El buen propósito de la Junta Central se
torció porque, habiéndose previsto la elección de 9 diputados americanos
-cuatro por los cuatro virreinatos y cinco por las capitanías generales-, más
uno por Filipinas, se sintieron agraviados los habitantes de Quito, que no
podrían enviar un agente directo a Sevilla por estar su distrito comprendido en
la circunscripción del virreinato de Santa Fe. Se añadía así a las quejas
generalmente suscitadas por la desigual representación que se asignaba a la
España europea (35 diputados) y a las Españas americanas (9 diputados) en la
Junta Central la del importante reino quiteño. Éste se sintió, al parecer,
marginado o postergado frente a una provincia tan pequeña como Puerto Rico, que
sí tendría un diputado por ser Capitanía General.
Los levantamientos de Quito y de las
ciudades de Chuquisaca y La Paz, que crearon sus propias Juntas de gobierno,
fueron hechos tumultuarios y sangrientos, que al cabo fueron sometidos por la
intervención de tropas enviadas desde Lima y Buenos Aires, produciéndose
entonces los primeros enfrentamientos armados y represiones sangrientas. Estas
revueltas fueron dominadas, pero indudablemente estos episodios predispusieron
los ánimos de muchos ante los conflictos que habrían de sobrevenir.
El nuevo juntismo de 1810
Llegamos al momento en que definitivamente
se va a romper la obediencia de las Indias españolas a la metrópoli. Hecho
originado por la desastrosa situación militar que a lo largo de 1809 se ha
venido produciendo en la península. En 1808 la resonante victoria de Bailén
había hecho retroceder a los franceses y José I llegó a abandonar Madrid camino
de Francia. Pero eso mismo obligó a Napoleón a venir personalmente al frente de
nuevos y mayores ejércitos con los que recuperó la capital y dejó abierto el
camino para ir poco a poco dominando toda la península.
La Junta Central se vio obligada por el
avance francés a refugiarse en Sevilla, desde donde procuró en vano contener el
avance francés, cosechando una serie de derrotas que culminaron con la de Ocaña
el 23 de noviembre de 1809, quedando desde ese momento abierta a los franceses
la entrada en Andalucía. Esto obligó a la Junta Central a huir de Sevilla al
último rincón de la península, la isla de León, donde el 23 de enero la misma
Junta se disolvería encomendando el gobierno a una Regencia de cinco miembros,
que se constituyó el 31 enero 1810.
Ahora bien, el paso del gobierno de la
Junta a la Regencia fue la causa de las primeras resistencias a la obediencia
de algunas provincias indianas. Desde 1808 se venía debatiendo con furia en
España la conveniencia de establecer una Regencia, conforme dictaban leyes
antiguas, desde la Siete Partidas, en vez de la Junta formada con
improvisación. Y la Junta Central venía defendiéndose de esos ataques mostrando
los inconvenientes que tendría una Regencia. La Regencia podría incluso, había
dicho la Junta, venderse a Napoleón, pactar con él. “Pretendíase -dice el
Manifiesto de la Junta de 28 de octubre de 1809- que el gobierno presente se
convirtiese en una Regencia… y esta opinión se apoyaba en una de nuestras leyes
antiguas… Mas el caso en que se vio el Reino (tras las abdicaciones) no pudo
ser previsto en nuestras instituciones”. Y lanza su condena: “Debiéranse
estremecer los partidarios de esa institución (la Regencia) del riesgo inmenso…
y advertir que con ella presentaban al tirano (Napoleón) una nueva ocasión de
comprarlos o venderlos” (8).
Y sin embargo, la misma Junta hará nacer
la Regencia en Cádiz. Regencia que será la que convoque las Cortes, en la que
estarán presentes los diputados americanos, lo que da pie a otra exaltación del
nuevo gobierno por contraposición a las deplorables circunstancias en que hasta
entonces, por lo visto, habían subsistido. En el Manifiesto de la Regencia
fechado en Cádiz el 14 de febrero de 1810 se pueden leer estas increíbles
frases que pretenden describir la situación del español colonial: “Desde este
momento, Españoles americanos, os veis elevados a la dignidad de hombres
libres: no sois ya los mismos que antes, encorvados bajo un yugo mucho más duro
mientras más distantes estabais del centro del poder: mirados con indiferencia,
vejados por la codicia y destruidos por la ignorancia” (9).
Conocida de manera confusa en América la
situación -el desastre militar y el vuelco político originado por el tránsito
de la Junta a la Regencia en la península- se produjo la natural conmoción. La
idea más difundida fue la de que España estaba perdida: había dejado de existir
dominada por Napoleón, que en ese momento se hallaba en el apogeo de su gloria
y poderío, habiendo derrotado a todas las potencias de continente europeo y
concertado su boda con una hija de su gran adversario el Emperador de Austria.
Esta realidad llevó a muchos americanos a pensar que estaban de nuevo, como
después de Bayona, amenazados de caer en poder de Bonaparte y que, en todo
caso, faltando España, debían empezar a pensar en cuidar de sí mismos para no
quedar sometidos a los franceses.
Además, también como en 1808, se negó
ahora legitimidad al gobierno de la Regencia, mirada con desconfianza, es
decir, como una fórmula que debía facilitar el pacto de los españoles con el
rey José. Todo esto originó el segundo movimiento juntista, que esta vez cubrió
a casi toda América, desde México hasta Chile. De este momento de 1810
consideraremos, en orden cronológico, cuatro casos: los de Caracas, Buenos
Aires, Santa Fe de Bogotá y México.
En Caracas se supo a mediados de abril de
1810 que los franceses habían llegado hasta las murallas de Cádiz, junto con la
formación de la Regencia. Casi inmediatamente, el 19 de abril, tiene lugar una
sesión del cabildo municipal que rechaza como ilegítima la Regencia y desautoriza
al capitán general Emparán, que ya no representa a ninguna autoridad de la
Monarquía, mientras que se pide la formación de una Junta. Efectivamente, se
formará la Junta Conservadora de los Derechos de Fernando VII -hasta ahí llega
el fidelismo o su apariencia-, pero se expulsa al capitán general y a los
miembros de la audiencia embarcándolos hacia los Estados Unidos. Así se
establece un gobierno autónomo en nombre de Fernando VII que, sin embargo, a
corto plazo, en 1811, proclamará la Independencia.
El segundo escenario está en Buenos Aires.
La noticia de la situación desesperada de Cádiz se conoció en mayo de 1810. El
hundimiento de España y el rechazo de la Regencia -¿si no hay rey y la Regencia
es ilegal, a quién representa el virrey?- lleva a proponer una Junta presidida
por Hidalgo de Cisneros, que tomó posesión el 24 de mayo. Pero la noche
siguiente se vive con gran agitación en los cuarteles de las milicias, y el 25
se impone una segunda Junta ya sin virrey, Junta que inmediatamente pide se le
incorporen representantes de las provincias y despacha tropas para someter a
las que no se le unan. Movimiento antipeninsular, pero en defensa de los
derechos de Fernando VII: independiente de hecho desde 1810, la independencia
plena sólo será proclamada en 1816.
El tercer escenario está en Santa Fe de
Bogotá, la capital del virreinato de Nueva Granada, entonces gobernada por el
virrey D. Antonio José Amar y Borbón, que venía resistiendo la formación de una
Junta. Esta resistencia se desfondó cuando en mayo de 1810 llegaron no solo las
noticias de la triste situación de la península, sino unos comisionados de la
Regencia -Montúfar y Villavicencio- que a su llegada a Cartagena de Indias
favorecieron el establecimiento el 22 de mayo de una Junta presidida por el
gobernador, del que prescindirían pocas semanas después. Este ejemplo se
propagó rápidamente a otras ciudades del virreinato, y el 20 de julio alcanzó a
la misma Bogotá, cuando se celebró un cabildo abierto que resolvió la formación
de una Junta que sería presidida por el virrey. Pero el 25 el virrey y la
virreina fueron apresados y luego enviados a Cartagena, donde embarcarían para
España. A continuación, la Junta empezó a crear un ejército y a preparar un
Congreso que mantuviera unidas a las provincias del virreinato, lo que supone
el comienzo de la autonomía e inmediata disgregación de las provincias,
fragmentación del virreinato.
El cuarto escenario está en México, donde
el curso de los acontecimientos sería muy distinto al de los tres casos
anteriores. Los sucesos de abril de Caracas se conocieron en Veracruz el 20 de
mayo de 1808. En México, dominado el virreinato por las autoridades derivadas
del golpe de 1810, la inquietud fue amortiguada, pero se reactivaron
conspiraciones que se venían preparando en Valladolid y Querétaro. Cuando
algunas delaciones revelaron esta última conjura, algunos de los implicados
acudieron al cura Manuel Hidalgo, que improvisó un levantamiento el 16 de
septiembre de 1810, a los gritos de ¡Viva la Religión católica!¡Viva
Fernando VII! ¡Viva y reine siempre en este Continente Americano nuestra
sagrada patrona la santísima Virgen de Guadalupe! Hidalgo, que contaba con
escasos seguidores criollos, movilizó a los indios prometiéndoles el fin de la
opresión y de los tributos. Los indios entendieron que se abría la guerra
contra los blancos, fuesen peninsulares o criollos, y así comenzó la más
sangrienta página inicial de la Independencia, que se escribió en Guanajuato,
Valladolid y Guadalajara, hasta la derrota de Hidalgo en Puente Calderón (17
enero 1811).
El estallido de México tuvo lugar el 16 de
septiembre. Un mes después, casi exactamente, el 15 de octubre, las Cortes
gaditanas daban a conocer los primeros importantes acuerdos que habrían de
figurar en la Constitución. Véase la Proclama de 15 de octubre de 1810: “los
dominios españoles en ambos hemisferios forman una sola y misma Monarquía, una
misma y sola nación y una sola familia y… por lo mismo los naturales que sean
originarios de dichos dominios europeos o ultramarinos son iguales en derechos
a los de esta península” (10).
Pero para entonces, casi todas las provincias españolas de la América
conti-nental estaban en pie de guerra y se había vertido sangre española por
ambos bandos desde Venezuela hasta Chile.
A partir de ahora nos hallamos ante la
Guerra de Independencia de Hispanoamérica, que se desarrolla en un inmenso
escenario, desde Sonora, en el norte de México, hasta Chiloé, en el sur de
Chile, y que no concluirá hasta 1825 con la independencia de Bolivia.
Terrible guerra de más de quince años,
guerra civil entre españoles, verdaderamente entre españoles americanos o
criollos. En la última célebre batalla, en Ayacucho (1824), se enfrentaron por
ambas partes unos 15.000 hombres. En el bando realista sólo 500 eran
peninsulares, nacidos en España. Pero españoles eran todos los que lucharon por
romper la unión o por defenderla.
fuente:HispanoamericaUnida
–
NOTAS
1 Además de las naturales conexiones
familiares o comerciales que serían entorpecidas por la disgregación, muchas
provincias dependían de otras de las que recibían “situados” sin los que no
podrían subsistir, y la organización eclesiástica de diócesis u órdenes
religiosas se vería afectada por la nueva ordenación política.
2 También Francia se sirvió de proscritos
para poblar su colonia de Luisiana, practicándose las redadas de prostitutas de
París que narró el abate Prevost en Manon Lescaut.
3 Seguimos en términos generales la visión
dada por Demetrio Ramos Pérez, España en la independencia de América.
Madrid: Editorial MAPFRE, 1996.
4 Manuel Moreno Alonso, La Junta
Suprema de Sevilla. Sevilla: Ed. Alfar, 2001.
5 Luis Navarro García, Umbral de la
Independencia: El golpe fidelista de México en 1808. Cádiz: Universidad de
Cádiz, 2009.
6 “Primer manifiesto de la Suprema Junta
Gubernativa del Reino de la Nación Española”, Aranjuez, 26 de octubre de 1808,
en Antonio Ferrer del Río, Obras originales del conde de Floridablanca. Madrid:
Rivadeneyra, 1867, pp. 509-512.- Joaquín Ruiz Alemán, Escritos políticos de
Floridablanca: la instrucción y el memorial. Murcia: Academia Alfonso X el
Sabio, 1982, pp. 417-428.
7 “Decreto de la Junta Central”, Sevilla,
22 de enero de 1809. Gazeta de Caracas, nº 35 (14 de abril de
1809).
8 “Proclama de la Junta Central”, Sevilla,
28 de octubre de 1809. Gazeta de Caracas, nº 77 (29 de diciembre de
1809).- Manuel Fernández Martín, Derecho parlamentario español. Madrid:
Imprenta de Hijos de J. A. García, 1885, vol. II, pp. 562-570.
9 “El Consejo de Regencia de España e
Indias a los Americanos Españoles. Instrucciones para las elecciones por
América y Asia”, Cádiz, 14 de febrero de 1810. Fernández Martín, ob. cit., vol.
II, pp. 594-600. También en http://www.cervantesvirtual.com/sevlet/Sirve
Obras/c1812.
10 “Decreto de las Cortes. Igualdad de
derechos entre los españoles europeos y los americanos. Olvido de lo ocurrido
en las provincias de América que reconozcan la autoridad de las Cortes”, Cádiz,
15 de octubre de 1810. Fernández Martín, ob. cit., vol. II, pp.
630-531.
lunes, 15 de julio de 2013
Con todos y para el bien de todos
por José Martí
Cubanos:
Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba, para ofrendarle nuestra vida, y no de pedestal, para levantarnos sobre ella. Y ahora, después de evocado su amadísimo nombre, derramaré la ternura de mi alma sobre estas manos generosas que ¡no a deshora por cierto! acuden a dármele fuerzas para la agonía de la edificación; ahora, puestos los ojos más arriba de nuestras cabezas y el corazón entero sacado de mí mismo, no daré gracias egoístas a los que creen ver en mí las virtudes que de mí y de cada cubano desean; ni al cordial Carbonell, ni al bravo Rivero, daré gracias por la hospitalidad magnífica de sus palabras, y el fuego de su cariño generoso; sino que todas las gracias de mi alma les daré, y en ellos a cuantos tienen aquí las manos puestas a la faena de fundar, por este pueblo de amor que han levantado cara a cara del dueño codicioso que nos acecha y nos divide; por este pueblo de virtud, en donde se aprueba la fuerza libre de nuestra patria trabajadora; por este pueblo culto, con la mesa de pensar al lado de la de ganar el pan, y truenos de Mirabeau junto a artes de Roland, que es respuesta de sobra a los desdeñosos de este mundo; por este templo orlado de héroes, y alzado sobre corazones. Yo abrazo a todos los que saben amar. Yo traigo la estrella, y traigo la paloma, en mi corazón.
No nos reúne aquí, de puro esfuerzo y como a regañadientes, el respeto periódico a una idea de que no se puede abjurar sin deshonor; ni la respuesta siempre pronta, y a veces demasiado pronta, de los corazones patrios a un solicitante de fama, o a un alocado de poder, o a un héroe que no corona el ansia inoportuna de morir con el heroísmo superior de reprimirla, o a un menesteroso que bajo la capa de la patria anda sacando la mano limosnera. Ni el que viene se afeará jamás con la lisonja, ni es este noble pueblo que lo reciba pueblo de gente servil y llevadiza. Se me hincha el pecho de orgullo, y amo aún más a mi patria desde ahora, y creo aún más desde ahora en su porvenir ordenado y sereno, en el porvenir, redimido del peligro grave de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio; creo aún más en la república de ojos abiertos, ni insensata ni tímida, ni togada ni descuellada, ni sobreculta ni inculta, desde que veo, por los avisos sagrados del corazón, juntos en esta noche de fuerza y pensamiento, juntos para ahora y para después, juntos para mientras impere el patriotismo, a los cubanos que ponen su opinión franca y libre por sobre todas las cosas, -y a un cubano que se las respeta.
jueves, 23 de mayo de 2013
Orígenes hispánicos de la Revolución de Mayo
por Pablo
Yerman
Es casi un
lugar común escuchar, a medida que nos acercamos a un aniversario de la
Revolución de Mayo, que aquel suceso habría pretendido trasladar hasta
nosotros los principios de la Revolución Francesa de 1789, cual gajito
de “igualdad-libertad-fraternidad” que se pretendía hacer brotar en
otros sitios sometidos a crueles tiranías. Como uno de los padres espirituales
del movimiento de Mayo se suele invocar a Juan Jacobo Rousseau y cuanto
filósofo pactista de fines del siglo XVIII aparece en escena.
La realidad
de aquellas jornadas, y fundamentalmente su documentación, rebate
lo antes afirmado. Nuestro movimiento emancipador no se fundó –dicho
esto con el mayor respeto- en los apotegmas de la Revolución Francesa,
sino en la teoría del origen del poder elaborada más de dos siglos antes
por el sacerdote Francisco Suárez junto con sus colegas y discípulos
de la Escuela de Salamanca, alentada durante los reinados de Carlos
I y Felipe II.
Como recuerda
Héctor Petrocelli: “[Ni] el pueblo español ni sus doctrinarios admitieron
nunca que el poder lo discierne directamente Dios al soberano, ni que
el único papel a jugar por el pueblo es obedecerlo ciegamente. Esto es
de origen francés, de la época de Luis XIV, cuando el absolutismo fue
sistematizado por Bodin o Bossuet, y de procedencia inglesa, en tiempos
de los Estuardos … Fue de la cultura política del pueblo español, que
si el rey era rey, era porque la comunidad así lo consentía.”
Así se entiende
mejor, entonces, que en la Francia de los monarcas absolutistas hubiera
suficientes motivos para una revolución, y que en cambio en los dominios
españoles lo que hiciese falta fuera, paradójicamente, ir al rescate
de una antigua concepción acerca del poder y la soberanía.
Todo ello confluiría
en las jornadas de Mayo.
El cabildo como reunión vecinal
Nuestro imaginario
colectivo atesora el recuerdo, a veces de modo difuso, de las discusiones
ocurridas durante el famoso Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 que
antecedió al 25 de mayo y que, si se lo analiza con detenimiento desde
el punto de vista institucional y político, fue incluso el día más importante
de aquella semana revolucionaria.
El cabildo
era la entidad de gobierno municipal existente en estas tierras desde
la llegada de los primeros españoles. Si algo había caracterizado a
los primeros habitantes y luego, a sus hijos nacidos en América, los
criollos o “mancebos de la tierra”, fue su profundo localismo y amor a
la propia tierra. Precisamente, esos sentimientos autonómicos van
a estar en parte representados en el cabildo, institución que bajo el
nombre de ayuntamiento o concejo había surgido en las duras jornadas
de la reconquista de la península hispánica a mano de los moros que la
habían invadido varios siglos atrás.
Todos los cabildos
contaban con distintos tipos de funcionarios que mantenían regularmente
reuniones en las que se decidía sobre las más diversas medidas de gobierno.
Esas reuniones habituales se llamaban “cerradas” porque en ellas participaban
solamente los funcionarios que integraban el cuerpo, sin público.
Pero cuando el cabildo debía tratar un asunto de mucha importancia para
la ciudad, se consideraba que debía darse intervención al vecindario,
es decir, a los vecinos de la ciudad (aunque cabe aclarar que no todo residente
de la ciudad era automáticamente vecino), y por lo tanto se invitaba
a participar de un cabildo “abierto”.
Esto fue lo
que sucedió en mayo de 1810: ante la gravedad del tema convocante, es
decir, el cautiverio del rey y la posible ausencia del gobierno central
en España, el Cabildo de Buenos Aires, capital del virreinato y lugar
de residencia de la máxima autoridad colonial de entonces, el virrey,
decidió llamar a un cabildo abierto o congreso vecinal, como también
se lo llamó.
Una de las primeras
diferencias entre el virrey, Baltasar Hidalgo de Cisneros, y el Cabildo,
tuvo que ver con la cantidad de invitaciones que se iban a imprimir y a
enviar: según el virrey había que mandar invitaciones a aproximadamente
3.000 vecinos. En cambio, el Cabildo pensaba distinto y mandó imprimir
alrededor de 600 esquelas. No obstante, y a pesar de lo que pueda suponerse,
hubo un cierto desinterés por concurrir a la reunión extraordinaria
ya que asistieron, o al menos votaron, 251 vecinos. Es decir, menos de la
mitad de quienes habían recibido invitación.
Reinos de Indias o simples
colonias
En el interior
del edificio del Cabildo la discusión se centró en establecer si habiendo
desaparecido el gobierno español residente en la península también
había cesado la autoridad del virrey Cisneros. Los primeros en tomar
la palabra tenían compromisos con Cisneros, o incluso estaban convencidos
de que su autoridad no había concluido.
Luego tomó intervención
Juan José Castelli. Aún hoy admira su discurso, que pareció rescatar
la vieja y oficialmente olvidada visión española de América, vigente
de 1500 a 1700 mientras la casa de los Austria o Habsburgo gobernó en España,
pero abandonada adrede al acceder la familia de los Borbones al trono
español. Expresó que los Reinos de Indias no eran colonias del Estado
Español, sino que en sus mismos orígenes, mucho antes de 1810, habían
sido incorporados a la Corona de Castilla, pero como posesión personal
del Rey y, en consecuencia, en caso de ausencia del monarca, podían
darse a sí mismos un gobierno autónomo.
Y lo más importante,
recordó la vieja teoría de Francisco Suárez acerca del origen del poder
político conforme lo dicho más arriba.
La intervención
de Castelli en el Cabildo Abierto suscita el agudo comentario de Vicente
Sierra: “La posición de Catelli fue netamente legalista, si bien la
revolución estaba implícita en sus palabras, como lo estuvo en la
formación de las Juntas de España en 1808, pues en ambos casos se afirmaron
normas jurídicas tradicionales que se oponían a los principios del
absolutismo borbónico. Ésta es la cuestión esencial del 22 de mayo
de 1810, como lo había sido la de los alzamientos juntistas de las provincias
de España. Se proclamó que la soberanía habia revertido sobre el
pueblo desde el momento que había desaparecido quien la poseía legítimamente,
o sea, se afirmó un principio que venía del Fuero Juzgo y que justifica
lo que dice el historiador inglés J.M. Carlyle, de que toda libertad proviene
del Medioevo.”
Volviendo al
debate de aquél Cabildo Abierto, tras la oratoria impecable del abogado
Castelli, tocó el turno de hacer uso de la palabra al Fiscal de la Real Audiencia,
Manuel Villota, quien si bien coincidió con lo afirmado por Castelli,
vino a poner el dedo en la llaga con una variante importantísima en los
años venideros, al afirmar que el Cabildo de Buenos Aires era un ente municipal
que no tenía jurisdicción sobre todo el Virreinato y en consecuencia,
si el poder retrovertía en todo el Pueblo, debía conocerse la opinión
del resto de los pueblos del interior, a quienes debía invitarse a mandar
diputados a Buenos Aires.
Le retrucó
Juan José Paso, quien dijo que efectivamente había que invitar a los pueblos
a que dieran su opinión, pero como eso llevaría meses, provisoriamente
debía ser Buenos Aires quien asumiera, en la urgencia que se vivía, el gobierno
a través de una Junta Provisoria. Sus palabras fueron cerradas con una
gran ovación de todos los presentes, incluso por la gente congregada en
la plaza.
Debe tenerse
en cuenta que como la sesión se extendió demasiado, hacía frío y la
reunión se desarrolló en la galería externa que daba a la plaza, algunos
invitados se fueron antes de la votación. Por eso los resultados fueron:
161 votos por la destitución del virrey y porque el Cabildo eligiera
una Junta de Gobierno; 54 votos por que el virrey continuara en el
ejercicio; 21 personas invitadas y registradas se retiraron sin
votar. La votación terminó alrededor de las doce de la noche.
Pero todavía no estaba
dicha la última palabra y habría que esperar otros tres días hasta el 25
de mayo, pero lo cierto es que atribuir orígenes franceses a la Revolución
de Mayo es, como diría un amigo, “más falso que guión de la película Ágora”.
fuente:MovCondor
lunes, 1 de abril de 2013
¿PUEBLOS ORIGINARIOS?
por Pedro Godoy
La expresión se usa a menudo. Está superando a aquella otra: “minorías étnicas”. Vale la pena analizarla. Implica evaluar como raigal sólo lo amerindio. Lo otro, el 95% de la población –como he escuchado a líderes indigenistas- es un collage, es decir, una suerte de mezcolanza sin pie ni cabeza. La chilenidad, por ejemplo, sería una invención tardía y advenediza. Lo único nativo es –en el continente- ese 5% de población autóctona. Incluso lo de “autóctono” es discutible. Sin embargo, quedemos por ahora en eso de “originario” que convierte, de “golpe y porrazo” a 400 millones de mestizos en extranjeros.
Iberoamérica –tal cual hoy la conocemos- con todas sus cualidades y defectos es producto del choque entre la Península y el Nuevo Mundo. Aquí ingresan los conquistadores y exploradores que bajan de carabelas y galeones. No son turistas ni circunstanciales mercaderes. Vienen y para quedarse. Convierten el gigantesco espacio en domicilio. No traen familia, son célibes y ajenos a los prejuicios raciales. Generan una tromba demótica: los mestizos. Como son el grupo dominante privan a las tribus de las muchachas. En ellas engendran estos “terceros en discordia”. Son los “hijos de la mezcla”, según feliz expresión de Rubén Blades.
Los intereses forasteros, la arcaica leyenda negra y la sensiblería juvenil favorecen este marbete –“pueblos originarios”- que es mendaz. Ello porque en esta América –de Tierra del Fuego a Alaska- no es fácil establecer quien primero se radica. Cazadores siberianos, canoeros polinesios o maories australásicos serían el abolengo de las heterogéneas colectividades indígenas con las cuales, de modo gradual irán entrando en contacto -bélico o pacífico- el otro pueblo originario –hispanos y lusitanos- que también plasma nuestro ser nacional. Ello sin olvidar el contingente de afronegros.
Nuestro sello es la mixtura. Los iberos ostentan vocación de mestizaje. A los pocos años de fundado Santiago de Chile, narra un cronista, “la quietud de la plaza es alterada por mozuelos con sus juegos y bregas”. Jamás esos adustos vecinos “importan“ infantes desde España ¿Cómo es posible que -en el eje urbano central- aparezca ese enjambre de chavales con sus travesuras y riñas. Lo explico: es el fruto del “mestizaje florido”, dicho de otro modo, ya no son los que estaban ni los que llegan. Se trata de los protosantiaguinos, los primeros chilenos y como tales tan “originarios“ como sus madres picunches. Vía ius sanguis y ius soli son nacionales.
fuente:EducAccion
miércoles, 23 de enero de 2013
Nuestra América
por José Martí
Cree el aldeano
vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o
le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los
ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que
llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la
pelea de los cometas en el cielo, que van por el aire dormido engullendo
mundos. Lo que quede de aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son
para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada, como
los varones de Juan de Castellanos: las armas del juicio, que vencen a las
otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje
una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para,
como la bandera mística del juicio final, a un escuadrón de acorazados. Los
pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a
pelear juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos, que quieren
los dos la misma tierra, o el de casa chica, que le tiene envidia al de casa
mejor, han de encajar, de modo que sean una, las dos manos. Los que, al amparo
de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus
mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de
sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus
tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a
tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el
aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el
capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de
poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del
recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la
plata en las raíces de los Andes.
A los sietemesinos
sólo les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son hombres de
siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás. No
les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y
pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el
árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso
a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de
faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se
avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se
avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y
reniegan, ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las
enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se queda con la madre, a
curadle la enfermedad, o el que la pone a trabajar donde no la vean, y vive de
su sustento en las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo del
seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la espalda de la casaca de
papel? ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va
de menos a más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que
ahoga en sangre a sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son
hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les
hizo esta tierra ¿ se fue a vivir con los ingleses, a vivir con los ingleses en
los años en que los veía venir contra su tierra propia? ¡Estos
"increíbles" del honor, que lo arrastran por el suelo extranjero,
como los increíbles de la
Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban las
erres!
Ni ¿en qué patria
puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de
América, levantadas entre las masas mudas de indios, al ruido de pelea del libro
con el cirial, sobre los brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De
factores tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han creado
naciones tan adelantadas y compactas. Cree el soberbio que la tierra fue hecha
para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores,
y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no le dan sus
selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de gamonal famoso, guiando jacas
de Persia y derramando champaña. La incapacidad no está en el país naciente,
que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren
regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes
heredadas de cuatro siglos de práctica libre en los Estados Unidos, de
diecinueve siglos de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le
para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca
la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay
que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que
sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué
elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar,
por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible
donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para
todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El
gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país.
La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El
gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país.
Por eso el libro
importado ha sido vencido en América por el hombre natural. Los hombres
naturales han vencido a los letrados artificiales. El mestizo autóctono ha
vencido al criollo exótico. No hay batalla entre la civilización y la barbarie,
sino entre la falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno, y
acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no se vale de su
sumisión para dañarle, o le ofende prescindiendo de él, que es cosa que no
perdona el hombre natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de
quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés. Por esta
conformidad con los elementos naturales desdeñados han subido los tiranos de
América al poder; y han caído en cuanto les hicieron traición. Las repúblicas
han purgado en las tiranías su incapacidad para conocer los elementos verdaderos
del país, derivar de ellos la forma de gobierno y gobernar con ellos.
Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere decir creador.
En pueblos compuestos
de elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su hábito de
agredir y resolver las dudas con la mano, allí donde los cultos no aprendan el
arte del gobierno. La masa inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la
inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el gobierno le lastima,
se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han de salir de las Universidades los
gobernantes, si no hay Universidad en América donde se enseñe lo rudimentario
del arte del gobierno, que es el análisis de los elementos peculiares de los
pueblos de América? A adivinar salen los jóvenes al mundo, con antiparras yanquis
o francesas, y aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de la
política habría de negarse la entrada a los que desconocen los rudimentos de la
política. El premio de los certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para
el mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el periódico, en
la cátedra, en la academia, debe llevarse adelante el estudio de los factores
reales del país. Conocerlos basta, sin vendas ni ambages: porque el que pone de
lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae a la larga por la
verdad que le faltó, que crece en la negligencia, y derriba lo que se levanta
sin ella. Resolver el problema después de conocer sus elementos, es más fácil
que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre natural, indignado y
fuerte, y derriba la justicia acumulada de los libros, porque no se la
administra en acuerdo con las necesidades patentes del país. Conocer es
resolver. Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único
modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de ceder a la
universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de
enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra
Grecia es preferible a la
Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria. Los políticos
nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras
Repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y
calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda tener el hombre más
orgullo que en nuestras dolorosas repúblicas americanas.
Con los pies en el
rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y criollo, venimos,
denodados, al mundo de las naciones. Con el estandarte de la Virgen salimos a la
conquista de la libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan en
México la república en hombros de los indios. Un canónigo español, a la sombra
de su capa, instruye en la libertad francesa a unos cuantos bachilleres
magníficos, que ponen de jefe de Centro América contra España al general de
España. Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron a levantar
pueblos los venezolanos por el Norte y los argentinos por el Sur. Cuando los
dos héroes chocaron, y el continente iba a temblar, uno, que no fue el menos
grande, volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es
menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con
honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y
unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos
diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los poderes arrollados en la
arremetida épica zapaban, con la cautela felina de la especie y el peso de lo
real, el edificio que había izado, en las comarcas burdas y singulares de
nuestra América mestiza, en los pueblos de pierna desnuda y casaca de París, la
bandera de los pueblos nutridos de savia gobernante en la práctica continua de
la razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de las colonias
resistía la organización democrática de la República , o las capitales de corbatín dejaban en
el zaguán al campo de bota-de-potro, o los redentores bibliógenos no
entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la tierra, desatada a la
voz del salvador, con el alma de la tierra había de gobernar, y no contra ella
ni sin ella, entró a padecer América, y padece, de la fatiga de acomodación
entre los elementos discordantes y hostiles que heredó de un colonizador
despótico y avieso, y las ideas y formas importadas que han venido retardando,
por su falta de realidad local, el gobierno lógico. El continente descoyuntado
durante tres siglos por un mando que negaba el derecho del hombre al ejercicio
de su razón, entró, desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían
ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la razón; la razón de
todos en las cosas de todos, y no la razón universitaria de uno sobre la razón
campestre de otros. El problema de la independencia no era el cambio de formas,
sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos
había que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a los intereses y
hábitos de mando de los opresores. El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de
noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas
al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Guando la
presa despierta, tiene al tigre encima. La colonia continuó viviendo en la
república; y nuestra América se está salvando de sus grandes yerros—de la
soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos
desdeñados, de la importación excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del
desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen,—por la virtud superior, abonada
con sangre necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El tigre
espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada esquina. Morirá, con las
zarpas al aire, echando llamas por los ojos.
Pero "estos
países se salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó de
finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de seda, ni en el país que
se ganó con lanzón se puede echar el lanzón atrás, porque se enoja, y se pone
en la puerta del Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al
rubio". Estos países se salvarán, porque, con el genio de la moderación
que parece imperar, por la armonía serena de la Naturaleza , en el
continente de la luz, y por el influjo de la lectura crítica que ha sucedido en
Europa a la lectura de tanteo y falansterio en que se empapó la generación
anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos reales, el hombre real.
Eramos una visión, con
el pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño. Eramos una
máscara, con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de
Norteamérica y la montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas
alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a bautizar sus hijos. El
negro, oteado, cantaba en la noche la música de su corazón, solo y desconocido,
entre las olas y las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de
indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura. Eramos charreteras
y togas, en países que venían al mundo con la alpargata en los pies y la vincha
en la cabeza. El genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón y
con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la toga; en desestancar al
indio; en ir haciendo lado al negro suficiente; en ajustar la libertad al
cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el
general, y el letrado, y el prebendado. La juventud angélica, como de los
brazos de un pulpo, echaba al Cielo, para caer con gloria estéril, la cabeza
coronada de nubes. El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba,
ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo, ni el libro
yanqui, daban la clave del enigma hispanoamericano. Se probó el odio, y los
países venían cada año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del
libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la ciudad contra el
campo, del imperio imposible de las castas urbanas divididas sobre la nación
natural, tempestuosa o inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor.
Se ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se
preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando aparece en Cojímar
un problema, no va a buscar la solución a Danzig. Las levitas son todavía de
Francia, pero el pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América
se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la levantan con la
levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está
en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano;
y si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas de gobierno de un
país han de acomodarse a sus elementos naturales; que las ideas absolutas, para
no caer por un yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la
libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena; que si la república
no abre los brazos a todos y adelanta con todos, muere la república. E1 tigre
de adentro se entra por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en
la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a la zaga a los
infantes, le envuelve el enemigo la caballería. Estrategia es política. Los
pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un
solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y alzarlos en los
brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar la América coagulada! ¡Echar,
bullendo y rebotando por las venas, la sangre natural del país! En pie, con los
ojos alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a otro, los hombres
nuevos americanos. Surgen los estadistas naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen
para aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la dificultad en
sus orígenes. Los oradores empiezan a ser sobrios. Los dramaturgos traen los
caracteres nativos a la escena. Las academias discuten temas viables. La poesía
se corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el chaleco colorado.
La prosa, centelleante y cernida, va cargada de idea. Los gobernadores, en las
repúblicas de indios, aprenden indio.
De todos sus peligros
se va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo el pulpo.
Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a la mar, a recobrar, con
prisa loca y sublime, los siglos perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba
en un coche de mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de jabón;
el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la
puerta al extranjero. Otras acendran, con el espíritu épico de la independencia
amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra rapaz contra el vecino,
la soldadesca que puede devorarlas. Pero otro peligro corre, acaso, nuestra
América, que no le viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e
intereses entre los dos factores continentales, y es la hora próxima en que se
le acerque demandando relaciones íntimas, un pueblo emprendedor y pujante que
la desconoce y la desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí
propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los pueblos viriles;
como la hora del desenfreno y la ambición, de que acaso se libre, por el
predominio de lo más puro de su sangre, la América del Norte, o el que pudieran lanzarla sus
masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y el interés de un
caudillo hábil, no está tan cercana aún a los ojos del más espantadizo, que no
dé tiempo a la prueba de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera
encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la América del Norte, ante
los pueblos atentos del Universo, un freno que no le ha de quitar la provocación
pueril o la arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra América,
el deber urgente de nuestra América es enseñarse como es, una en alma e
intento, vencedora veloz de un pasado sofocante, manchada sólo con sangre de
abono que arranca a las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que
nos dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino formidable, que no la
conoce, es el peligro mayor de nuestra América; y urge, porque el día de la
visita está próximo, que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no
la desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella la codicia. Por
el respeto, luego que la conociese, sacaría de ella las manos. Se ha de tener
fe en lo mejor del hombre y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a
lo mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no, lo peor
prevalece. Los pueblos han de tener una picota para quien les azuza a odios
inútiles; y otra para quien no les dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas,
porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores de lámparas,
enhebran y recalientan las razas de librería, que el viajero justo y el
observador cordial buscan en vano en la justicia de la naturaleza, donde
resalta, en el amor victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal
del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos diversos en forma y
en color. Peca contra la humanidad el que fomente y propague la oposición y el
odio de las razas. Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la
cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y activos, de ideas y
de hábitos, de ensanche y adquisición, de vanidad y de avaricia, que del estado
latente de preocupaciones nacionales pudieran, en un período de desorden
interno o de precipitación del carácter acumulado del país, trocarse en amenaza
grave para las tierras vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara
perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de suponerse, por antipatía
de aldea, una maldad ingénita y fatal al pueblo rubio del continente, porque no
habla nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se nos parece en
sus lacras políticas, que son diferentes de las nuestras; ni tiene en mucho a
los hombres biliosos y trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún
mal segura, a los que, con menos favor de la historia, suben a tramos heroicos
la vía de las repúblicas; ni se han de esconder los datos patentes del problema
que puede resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio oportuno y la
unión tácita y urgente del alma continental. ¡Porque ya suena el himno unánime;
la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres
sublimes, la América
trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran
Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del
mar, la semilla de la América nueva !
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