Mostrando entradas con la etiqueta TERCERA POSICIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta TERCERA POSICIÓN. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de enero de 2014

ESTA NUEVA ARMA SECRETA


Agradecimiento a periodistas brasileños, Buenos Aires, 21 de septiembre de 1947.

Agradezco, conmovido, esta amabilidad que, por venir del Brasil, es para mí, doblemente grata.
Pertenecemos a una generación de hombres jóvenes que valora los sentimientos y los factores espirituales por sobre todo. En ese concepto, hemos establecido ya que en esta parte de la América occidental no existe ni existirá problema alguno mientras el Brasil y la Argentina se encuentren unidos como en el presente, y sus hombres se amen como se aman actualmente.
Esta generación ha buscado en nuestro país, puede decirse, la inspiración de vuestro ¡lustre presidente, que en esta parte de América, es el predecesor de todas nuestras inspiraciones de grandeza, libertad y gloria para nuestro país.
He tenido ya oportunidad de repetir las mismas palabras hace ocho meses al director del Trabajo del Brasil, doctor Do Rego Monteiro, quien nos hizo el honor de visitarnos y justipreciar con nosotros todo el exponente de nuestra moderna industria. Al regresar a su patria, le entregué un disco para que él tuviese la amabilidad de hacerlo escuchar al doctor Vargas, y he recibido después de un tiempo una contestación que me halaga y me halagará por toda la vida.
Brasil es, para nosotros, una prolongación de nuestra propia patria, y la amistad brasileñoargentina no es para nosotros una aspiración, sino que es una realidad, como el día y la noche. Todo cuanto hacemos, todo cuanto trabajamos y todo cuanto aspiramos para nuestro porvenir, será un complemento de esa amistad.
Nuestros países pueden, en el futuro, ser felices si aprenden a complementarse el uno con el otro. Si la naturaleza, sabiamente, ha dado al Brasil lo que la Argentina no tiene, y a la Argentina aquello de lo que el Brasil carece, sería una leccion muy bien aprovechada por los brasileños y por los argentinos, ésta que la naturaleza les ofrece, asegurando un porvenir de paz, de amor y de trabajo, únicos factores que hacen la grandeza de las naciones.
Reitero mi agradecimiento por el obsequio de que me habéis hecho objeto y que guardaré como un hermoso recuerdo. Y os ruego quieran dar un estrecho abrazo al presidente de la Cámara de Comercio de San Pablo, a quien hace poco tiempo tuve ocasión de saludar.

Contesta el periodista doctor Barbosa

Respondiendo a los conceptos del coronel Perón, en nombre de los visitantes pronunció palabras el periodista doctor Barbosa, quien expresó. Quiero pedir licencia para decir a V.E. que cuando me siento en medio del pueblo, como hace unos instantes: cuando oigo los clamores de la masa reivindicando derechos que aquellos que se decían representantes del pueblo nunca les dieron, pese a prometerlo siempre, me he sentido en mi ambiente, porque yo también soy hilo del pueblo.
Cuando días pasados asistimos a un encuentro en el estadio de River Plate, y el locutor anunció nuestra presencia, la sostenida ovaci6n de que fuimos objeto por parte de ese pueblo que coloca a la patria por encima de todo, con un espíritu de independencia dentro de la unión de todos los países, nos hizo llegar a una primera conclusión: que no hay nada en el mundo que hoy pueda separarlos, especialmente cuando se trata de pueblos americanos, como el brasileño y el argentino, unidos no solamente por imperativos geográficos, como lo ha señalado V. E., sino también por imperativos históricos, y por los lazos espirituales que han de privar sobre los demás factores sociales y económicos.
En nombre de mis colegas, de esta representación juvenil que se halla en esta acogedora y hospitalaria tierra, presento a V.E. nuestro saludo y la expresión de nuestro agradecimiento, rogándole transmita a este gran pueblo el sentido homenaje de la nueva generación del Brasil. Y prometemos a VE. llevar al gran brasileño presiden te Vargas, el fraternal abrazo vuestro.

Contesta el Vicepresidente

Hace poco tiempo llegó al país un viejo amigo nuestro, el periodista brasileño Cayo Julio César Vieira. Llegó hasta el despacho del Ministerio de Guerra y me dijo: "Coronel: en algunas partes del Brasil dicen que ustedes están haciendo fortificaciones sobre el río Uruguay." Yo le contesté: "¡Hombre, es la primera noticia que tengo Pero yo quiero que usted vaya a visitar nuestras "fortificaciones" en la frontera y vea todo lo que quiera, cuando lo quiera y durante el tiempo que quiere. Verá usted que no encontrará "fortificaciones" sino "fortalezas", construidas por la extraordinaria unión y camaradería que existe entre los jefes y oficiales brasileños y argentinos, para quienes no hay, en este momento, fronteras que los separen."
Efectivamente, Vieira hizo el viaje y a su regreso me mostró una fotografía en la que aparecía de pie sobre un pilar de la triangulación topográfica de Entre Ríos, diciéndome: "Esta es la fortificación." Pero me trajo algo aun más interesante. El jefe del Regimiento 2 de Cabellería de Uruguayana me mandó, por su intermedio, una botella de champaña brasileño con una dedicatoria que decía: "Le hago llegar al señor ministro esta nueva arma secreta, con la cual comenzamos esta guerra de verdadera confraternidad entre los dos países."
Nuestra orden a las tropas de la frontera es la de vivir todo el tiempo posible en contacto y en unión con los jefes y oficiales brasileños. La consigna de ellos es la misma. Las señoras se reúnen indistintamente a tejer en territorio brasileño o argentino, y los jefes alternan en los casinos de oficiales de los regimientos de ambos países, habiéndose realizado ya una corriente de canje espiritual entre las dos orillas del río Uruguay.
He querido referir este episodio a los periodistas brasileños ofreciéndoles, en las mismas condiciones, que pueden ver lo que quieran, donde quieren y como lo quieran ver. Esto es todo cuanto podemos ofrecerles, puesto que a nuestros corazones, hace mucho que los tienen.


capitulo primero de TERCERA POSICIÓN Y UNIDAD LATINOAMERICANA 

sábado, 28 de diciembre de 2013

EL ENGAÑO SUDAMERICANO


por Luis Alberto de Herrera

Es curioso que la opinión sudamericana parezca no advertir la enorme distancia que media entre sus ensueños democráticos y la realidad de su timbre republicano.
Ya hemos salido, en verdad, de las dominaciones siniestras, del Imperio de nuestros Saint-Just, pero
no es menos exacto que estamos bajo el yugo de los jacobinos, en su segunda época. Despojados, hoy como ayer, de la esencia libre, con el único distingo de que antes no se perdía el tiempo en decorar el atentado y ahora se cumple, en todas sus partes, un grotesco simulacro de derecho.
Cometimos la insensatez lírica de proclamar el sufragio universal, al independizarnos, en hora en que los Estados Unidos consideraban oportuno restringirlo. Jamás se pensó en abonar su ejercicio. Apenas había tiempo para las cargas a lanza de todos los días. Pero es que, ni después ni ahora, ni nunca, ha conocido América el arraigo orgánico de esa institución madre que es tan necesaria a la libertad como la quilla ai barco.
Y sin embargo, porque los ganados procrean, y porque la inmigración salvadora so filtra por las fronteras, y porque se cotizan a alto precio nuestros productos, y porque empezamos a ocupar sitio, menor que nuestra personería geográfica, en el seno de la familia humana, nos olvidamos de que, así como Norteamérica ha salvado ¡ella sola! el honor de la palabra república, nosotros, los sudamericanos, hemos agotado fuerzas ingentes en la tarea doloroso de llevar al naufragio a  ese mismo honor. Al igual de los sordos, que no oyendo ellos creen que a las demás personas les ocurre lo mismo, los sudamericanos estamos persuadidos de ser la promesa mundial del derecho y, tal vez, ya su realización única; mientras Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Sudáfrica desfilan por nuestro lado y nos aventajan, en mucho, pero sin comprometer su seriedad con declamaciones, con el ruido de parches y clarines.
También, a impulsos de esa infantil vanidad, creemos que no hay montañas como nuestras montañas, ni coraje como nuestro coraje.
Lejos de nuestro pensamiento la inclemencia lapidaria para aquella borrascosa juventud.
Sólo los soñadores pueden concebir a la libertad como una gran dama, irreprochable en su belleza. Fuera de que pedir a los hechos que sean ideales, sin mancha, es como exigir a los ríos que corran en línea recta por la superficie de la tierra que es espléndida y perfecta por ser negación de esa misma recta.
Los sucesos son monstruosos en tiempos anormales, semejantes al estilo incoherente de un Carlyle, sin perjuicio de tener, ellos también, su clave anormal.
Si rendimos la frente ante el soberano principio de causalidad, que preside la caída de una hoja, ¿es posible no acatarlo también cuando él gobierna, implacable, la evolución de los organismos humanos?
Por esc rumbo de criterio sereno y justo, se ilumina el fondo apocalíptico de la historia y todo se perdona porque todo se explica!
Lo que asombra, cuando el raciocinio parle de esa eminencia equitativa, es que después de comprender el carácter irregular de la sociedad sudamericana; después de aquilatarla adolescente y bajo el letargo colonial, ajena a las fecundaciones del derecho, sin sufragio, tolerancia de cultos, hábito de deliberar, sin prensa, sin contacto recíproco, sin comercio, sólo con el desierto a la espalda y al frente; lo que asombra, repetimos, es que, conocidas las imperfecciones enormes de ese linaje, todavía se insista en describir a los pueblos de Sudamérica como aptos para figurar, con éxito, en las luchas cívicas que sucedieron a la independencia, en suponerlos con el instinto libre y las adivinaciones de su cumplimiento victorioso.
Pero todavía asombra más que al internarse en el laberinto de los orígenes y estudiar las sacudidas y catástrofes subsiguientes al primer vagido libre, se empeñen muchos pensadores en exhibir ese pasado como la lucha entre dos tendencias contradictorias, ilustre, la una, ignominiosa, la otra: las virtudes patricias frente a las delincuencias montoneras.
Es indudable que las jornadas de la emancipación contaron con una pléyade de distinguidos apóstoles y servidores que ofrendaron vida, ideales, fortuna y sinceridad a la aventura augusta; pero nadie ignora que esa hermosísima devoción no satisfizo las exigencias turbulentas de la época, viéndose ella muy pronto vencida por el avance de muchedumbres arremolinadas.
El inmenso desencanto sembrado por el desorden irrefrenable; la persuasión adquirida de que no había manera legal de fundar la estabilidad política; el dolor de ver que se confundía con libertad a la licencia y al atentado con la república, colmaron la derrota de los guías intelectuales y soñadores del movimiento. Algunos de esos varones fuertes tuvieron entonces el hermoso coraje de rendirse al ensayo monárquico, sacrificando la popularidad liviana a la voz honorable de su conciencia cívica. Otros, pactaron con la borrasca, acertados también al someterse a la corriente irresistible de los tiempos. En hora de naufragio no se hace cátedra. Ejemplar en esos días la franqueza del general Belgrano, que decía:
"¿Será posible que, después de seis años de revolución, aún no se haya fijado opinión acerca del sistema de gobierno que nos es más conveniente? ¿Qué especie de gobierno hemos vivido después de la recuperación de nuestros derechos en 1S10, a que tan injustamente se da el título de insurrección? No hemos conocido más que el despotismo bajo los gobernadores y virreyes, y bajo las Juntas, los Triunviros y Directores, pero sin el orden que en aquél proporciona el terror y con todo el compuesto de ideas tan brillantemente pintadas por los escritores de la nación que alborotó al mundo, para darle el ejemplo de los tristes resultados de que todos somos testigos y a que vamos marchando con la mayor aceleración". (1)
También al vencedor de Salta le deberá la posteridad saldo de agradecimiento por esta advertencia profética. Ya en 1816 el general Belgrano señalaba la influencia corrosiva, en el escenario indígena, de las demagogias francesas.
Civilización y barbarie, ha dicho Sarmiento. Sin irreverencia al genial ciudadano, ¿no podría afirmarse que todos padecían de incapacidad para el ejercicio verdadero de la democracia, por girondinos, unos, por jacobinos inconscientes, los otros, y que dentro de la civilización suda­mericana había barbarie y dentro de la barbarie vigorosos gérmenes de civilización?
De un extremo al otro del continente ardió la hoguera anárquica, bien alimentada por todas las fracciones. Todos, por igual, renunciaron al precioso pilotaje de la experiencia y enamorados de los dogmas ensorde­cedores de 1789 se batieron, en nombre de una mentida soberanía del pueblo, porque todos los bandos recogían la imagen con la imperfecta fidelidad del espejo que no da relieve propio a las figuras.
En la oposición, se conspiró; en el poder, se abusó de la autoridad. El ideal afiebrado de la época era batir al adversario, quebrarlo, sustituirlo, y, con tal de llegar a ese fin, no se estilaban grandes escrúpulos. Testimonio preciso de esas incurables agitaciones y motines lo ofrece esa Buenos Aires, cuyos escritores fulminan, desde la altura de su soberbia política, al federalismo, a los bárbaros, que dicen.
Antes de 1820, Balcarce, Soler, Alvear, convirtieron a la capital en foco de sediciones diarias, ahogados por el odio recíproco y ocurriendo a lodos los medios para exterminarse. A las huestes artiguistas pedirían ellos alianza y amparo, [1]
Por lo demás, es curiosa la imputación anárquica lanzada por las plumas unitarias al federalismo cuando, serenada la atmósfera crítica, si alguna tendencia destaca inspirada y próxima a la verdad democrática, en el seno de aquella espantosa vorágine, eso privilegio corresponde al clamor federativo que invocó, sin descanso, el derecho de cada región a , condensar sus emociones cívicas, que tuvo la personería de los localis­mos precursores de la comuna inexistente y que recorrió las campañas desiertas echando, en surco ancho, y tal vez sin saberlo, mucha simiente de autonomía.
Pero la demagogia unitaria que, apoyada triunfal, durante casi un siglo, en las declamaciones a priori de la Revolución Francesa, ha ejercido dominio absoluto en el campo de las ideas americanas, negó hasta sombra honrada y fecunda a los anhelos discrepantes con sus decretos soberbios.
Apoderada de la prensa, tenaz en su propaganda calumniosa y gozando de todos los prestigios radicales, ella ha impuesto opinión a la opinión pública. El Uruguay, así intrigado en el culto de su fundador y héroe nacional, ofrece dato elocuente de ese proceso hecho en nombre del sofisma y de exclusivismos de partido. Chile, con su libertador el general Carrera, y sus hermanos, disfrazados de bandidos por el odio unitario, rarifica la probanza, si no bastara, en otro campo, el alud provocado de las invasiones portuguesas.
Habla así el general Mitre:
"Esta palabra es Federación. Pronunciada por la primera vez por Moreno, el numen de la Revolución de Mayo, en 1810, los diputados nombrados par a formar el primer Congreso Nacio­nal la renegaron falseando su mandato. Repelida por e l Paraguay, por es­píritu de localismo y aceptada solemnemente por un tratado público, la segregación de esta provincia fue el primer golpe dado a la antigua unidad colonial. Adoptada, sin comprenderla, por Artigas y los suyos, se convir­tió en sinónimo de barbarie, tiranía, antinacionalismo, guerra y liga de caudillos contra pueblos y gobiernos". [2]
Pero aunque la enorme autoridad de un gran historiador plantee la antítesis infernal: los pueblos y los gobiernos de un lado y, en fila opuesta, socavando sus cimientos nacionales, la tiranía, la barbarie y la liga de caudillos, el sentido lógico se rebela contra esa clasificación caprichosa, irreal, que, por definir mucho, no define nada. Porque si en la actualidad marcamos con estigma a esa fuerza irregular, nacida, como el torrente,
en el fondo de las soledades americanas, no hacemos otra cosa que sellar la infamación de nuestra evolución autonómica. Porque la libertad de un mundo voló en alas de esa titulada barbarie que, rival del viento, venció fronteras y montanas. Porque ese gauchaje, ese artiguismo -orgánico en todas las regiones- de cáscara ruda, inculta, salvó al verbo como defiende a la perla la concha rústica de la ostra. [3]
Así califica un autor mexicano el primer alzamiento, en su país, de los patriotas: "Despoblábanse las rancherías, peones, niños, mujeres, ancia­nos a pie, a caballo, en muía y en asnos, lodos seguían en tropel a ¡os caudillos del pueblo gritando vivas, desfogando caler as, prorrumpiendo en desahogos, no para explicados, contra la dominación española y a favor de Fernando VII; en una palabra, toaos los delirios de la venganza, el fanatismo y la barbarie, y todos los instintos de la libertad y del derecho".[4]
Tarea difícil, imposible, la de sostener en pie aquellas denominaciones antagónicas, en el comentario clínico de la epopeya sudamericana, cuando todos nuestros
despotismos han sido la obra cooperativa de todos, tan solicitados ellos por el exceso doctrinario y atentatorio de los unos como por el exceso activo y también atentatorio de los otros.
Exacto afirmar que la emancipación se honró con la labor selecta de un grupo de hombres de primera fila, superiores a su tiempo y a las dolorosas circunstancias en que actuaron y, por ese preciso mérito, sacrificados por la ingratitud pública. Abren la lista cruel Bolívar y San Martín. Pero, ¿cómo podría extenderse esa calificación excepcional a ésta o a aquélla de las muchedumbres contradictorias que, movidas por la ambición, por el despecho, por el odio, por la revancha -todo eso muy distante del sufragio, de la comuna y de los grandes fueros sociales-, se mataron, se vencieron y volvieron a matarse, para vencerse de nuevo y matarse, otra vez, en el curso de cincuenta años? No; aunque su filo corte,  es necesario someterse a la ley de los hechos y recordar siempre que la América despoblada de 1810, ajena al culto inicial de la democracia y dibujada por el modelo de la España de Felipe II, no la de Carlos III, sólo por obra de milagro sociológico pudo dejar de ser un desastre republica­no; levantisca, anárquica, dictatorial, despótica.
Esas eran las únicas tradiciones doradas a fuego en su memoria. Las multitudes pastoras adquirirían pronto, ensenadas por las ciudades, el gusto de ese desenfreno, pero de sus entrañas saldría también la curación del mal: las crecientes destruyen y construyen.
Injusticia máxima fulminar a la arcilla porque, extendida sobre una superficie, ella repita sus rugosidades. El delito social de los americanos ha estribado sólo en parecerse a América, en ser idénticos, como el destino adverso los hizo, a sus mayores.
Muchas irregularidades democráticas han empalidecido nuestro ensa­yo libre; pero esos contrastes fueron engendrados por causas orgánicas, casi científicas, y ya no se satisfacen las impaciencias de la investigación retrospectiva con la referencia de los agravios sectarios y con el recuerdo iracundo de las épocas muertas. Tomando un ejemplo al caso, ya es recurso baladí presentar como elemento de juicio fundamental, adverso a Rosas, las tablas de sangre de Rivera Indarte, los versos de Juan Cruz Várela, o los artículos de los diarios de entonces.
Con idéntico criterio tampoco hacen volumen, en su favor, la espada enviada por el general San Martín, como obsequio, las notas de don Felipe Arana, ni los escritos cortesanos de Angelis. Para todo espíritu recto presentará siempre carácter odiosísimo aquella sombría dominación personal; pero, basta recordar que ella perduró por espacio de veinticinco años, para comprender su profundo arraigo social y penetrarse de que ella respondió, en ancho concepto, a los vacíos y oscuridades de los tiempos. Fueron sus solidarios, en mayoría, ilustres guerreros de la Independencia; las más distinguidas damas porteñas creyeron honrarse arrastrando en un carruaje el retrato del Restaurador; la religión le prestó hospitalidad en sus altares; las provincias le rindieron acatamiento unificado, como no lo conocieran los gobiernos anteriores, ninguno menos que el de Rivadavia; millares de hombres se sacrificaron, gustosos, en su defensa; otros millares encontraron placer en ser sus instrumentos; las clases inferiores del pueblo estaban de su lado.
¡Tenía muchos poderosos tentáculos la oprobiosa tiranía! Más que la obra de un hombre era aquel el fruto de un sistema, necesitándose el peso de la intervención extranjera -brasileña y oriental- para atacarlo, con éxito, en sus centros vitales.
¿El medio hacía a Rosas, o Rosas hacía al medio?
Sin soñar en decidirlo, basta estudiar los antecedentes de su ascensión despótica para apercibirse de que ella fue la consecuencia obligada de todos los errores acumulados y, sobre todo, de una incurable impotencia republicana.
Porque Rosas, al igual de sus congéneres continentales, no llega al poder por favor de un zarpazo felino, sorprendiendo a sus conciudadanos con la audacia de un inesperado asalto. Si algo puede vaticinarse, al leer la historia de su época, es el crecimiento de su dañina influencia, arrancada a las pampas por el petitorio de la ciudad, que luego lo aclama salvador, agradecida al socorro decisivo prestado en la guerra civil.
Dice Ayarragaray:
"Si recorremos los anales argentinos, después del año 26, se presiente el advenimiento de un gobierno fuerte y personalista, capaz de asegurar mecánicamente, al menos, el orden público y los intereses sociales más rudimentarios. El descrédito de los ensayos institucionales, la extenuación de los sistemas violentos, el cansancio y la displicencia pública, eran factores suficientes para precipitar la evolu­ción. Existía una fuerte aspiración social y el órgano correspondiente no podía faltar; si Rosas no hubiera surgido, cualquier otro caudillo habríalo quizás reemplazado. ..Y se llega a Rosas después de haberse agotado, durante veinte años, los procedimientos más irregulares y monstruosos, sin el precedente de una elección legal, sin la práctica leal de un derecho político, sin una renovación de poderes que no hubiera tenido por origen, o el motín militar o las maquinaciones del fraude; más aun: habiéndose encarnado en los hábitos la legitimidad de lodos los excesos demagógi­cos, Rosas fue confirmado en sus facultades extraordinarias por comicios unánimes de la población de Buenos Aires, con una disidencia de tres votos".
Así, con valentía dolorosa, exhibe la verdad entera un argentino distinguido que se niega a aceptar, sin inventario, el lote de las viejas iracundias.
Si alguna esperanza prometieron las entrañas sudamericanas, después de la independencia, esa esperanza fue la tiranía, que cruza las fronteras de sus nacionalidades como una diagonal de sangre y de vergüenza. La ley de esa fecundación regresiva estaba escrita en sus propios orígenes. De mentidas instituciones y de mentidos derechos y tolerancias debía derivar una mentida república, apoyada en las deficiencias ambientes. Cuando estadistas de la talla de Rivadavia intentan adelantarse a su época, ellos reciben, en premio, la caída fatal, porque ellos interpretan la voluntad avanzada de la minoría. No así los dueños y señores de las provincias, al estilo de Quiroga, López y Bustos, bien comprendidos por la masa y fortificados por sus enormes excesos, porque los días son de exceso.                                                            
Al tirano Rosas lo derroca su teniente Urquiza, también de horca y cuchillo, para ser, a su vez, combatido por la orgullosa provincia liberada. Idéntico espectáculo se desenvuelve desde México hasta el Cabo de Hornos.
Es que todas las fuerzas sociales se agitan en la más pavorosa descomposición y todas llaman al toro, es decir, a las multitudes, con el trapo rojo de la misma demagogia. [5]
Según el pensamiento exacto de Quinet, en el seno de los pueblos sin libertad las palabras juegan el papel inmenso que juegan las cosas en el seno de los pueblos libres.
Todas nuestras tiranías han sido cabezas del cáncer despótico, que recibimos íntegro de los siglos coloniales; la revancha póstuma de las indiadas sacrificadas por la crueldad de los encomenderos; la herencia impuesta de las generaciones que vivieron en el analfabetismo y en la servidumbre, "Profesábase por aquellos tiempos y en todos los dominios españoles, el axioma de que sin la ignorancia, la sujeción de los indios y su esclavitud, no sólo no se sacaría fruto alguno de la conquista, sino que ésta se perdería perjudicando entretanto a la Península". [6]
Arrancados, de súbito, a esas tinieblas, nos abrazamos al ideal ardoro­so, olvidando que él también enceguece como la luz intensa mirada de frente.
Quisimos saltar del pasado al porvenir, sin hacer alto en las escabro­sidades del presente, cuando hasta la sabia naturaleza no viola en vano el curso ordenado de las estaciones, La liquidación de ese vértigo no podía dejar de ser explosiva: el despotismo era el punto de llegada de la loca carrera.. Por eso define el resabio hueco de la historia romántica el estribillo desacreditado de las fulminaciones implacables a nuestro ciclo feudal.
Ahora bien, ¿es creíble que la copia servil, que hiciéramos en 1810, de los principios de la Revolución Francesa fuera la indicada para atenuar el vuelo de nuestros defectos anárquicos y antisociales?
En su primer esfuerzo autonómico América del Sur debía ser soñado­ra, porque en todos los órdenes de la vida la inexperiencia es sonadora y lírica; fuera también de que en la propia sangre bullían su credo las leyendas apasionadas.
Pero ese lirismo que, contenido, se resuelve en lluvia mansa, capaz de las altas fecundaciones, puede degenerar, si exagerado, en verdaderas tempestades.
Los dogmas de 1789 -sin perjuicio de algunos bienes- desempeñaron ese cometido huracanado en el desarrollo de los destinos continentales.
Ellos agregaron, a nuestros defectos orgánicos y de visión, el grueso capital de los ajenos defectos, con la agravante de venir abrillantados por  seductores sofismas.
En medio dé las desorientaciones colectivas cayeron los ejemplos transatlánticos como hechos de medida para resolver las dificultades inmensas del momento histórico.
Se estaba en lucha con la monarquía y esos ejemplos enseñaban a condenar, como maldita, a esa forma de gobierno. Francia había decla­rado guerra a muerte a la realeza; pues América del Sur debía alistarse en esa actitud rabiosa. ¿A qué fin? ¿Con qué resultado útil? ¿En respuesta a qué exigencia pública? Estas interrogaciones estaban de sobra.
Idéntico criterio de cerrada imitación nos llevó a implantar el sufragio universal, a perseguir la conquista inmediata de los más temerarios anhelos políticos, a preparar, por su intermedio, el acceso de todas las demagogias, a aplicar, aquí, en este mundo inocente de vejeces sociales, las doctrinas del Contrato Social, a vestir, con declamaciones deslum­brantes y embriagadoras, el texto de nuestras cartas constitucionales, a hacer bandera legítima de la intolerancia, a recoger agravios seculares que no teníamos; en resumen, a gobernarnos entregados a influencias exóticas, reñidas con nuestro medio.
Porque la Revolución Francesa nos causó el daño positivo que produce, en ciertas ocasiones, el mal consejo: extravió nuestro criterio. Ella nos lanzó en la senda de las ideas generales. Por ella hicimos leyes prescindiendo de los hechos, para precipitarnos de cabeza en el abismo de la anarquía.
Ella nos dijo, y lo creímos, con Rousseau, que era deber humanitario reconstituir a la sociedad suprimiendo jerarquías, convencionalismos y preconceptos y, sobre todo, ella nos empujó al desvarío democrático, con su interpretación descabellada de la soberanía del pueblo.
Fuera de nuestro propósito desconocer el intenso significado de la Revolución, en el escenario europeo, al que concurrió, en mucho, la misma índole de sus agitaciones volcánicas. Localizando opiniones, renunciando al afáncorriente y jactancioso de ser ciudadanos del mundo, consideramos que, en el escenario sudamericano, ese torrente de lava humana sembró muchos desconciertos apartándonos del buen rumbo republicano.
Bien sabemos que este aserto hiere conceptos establecidos entre nosotros. Estamos tan dominados por los sectarismos de 1789 que todavía les guardamos fidelidad de enamorados, más entusiastas por ellos que la sociedad que los engendrara.
Es que, respecto a esa jornada, se nos ha enseñado un culto idolátrico, de intensidad universal. Creemos en América, y nuestras multitudes y nuestros universitarios lo juran a pie juntillas, que todos los bienes democráticos de que gozamos en la actualidad derivan de la Revolución Francesa, siendo deudores a ella de su libertad todas las naciones del orbe, cuyo régimen de derecho cívico parte de allí, como arrancan del mismo punto polar imaginario todos los meridianos que abrazan el haz de la Tierra.
En alas de esa hipérbole, el criterio exagerado vuela hacia las grandes caídas.
Ha acentuado el perjuicio de ese entusiasmo parcial la circunstancia de haber los sudamericanos cristalizado sus ideas políticas en los sucesos de 1789, no queriendo convencerse de que, con posterioridad a aquella borrasca, nuevas ideas han cruzado el ambiente social, exigiendo otras orientaciones. Mientras este ingenuo mundo nuestro continúa repitiendo el credo de la Revolución Francesa, el criterio moderno sólo ve en ella una crisis formidable, lápida de una época: del feudalismo y de la vieja monarquía.
Encarnadas en la realidad inconcusa las aspiraciones libres engendra­das por el espíritu del siglo y surgidos nuevos motivos de preocupación colectiva -ignorados en 1789- Europa ya ha dejado atrás aquel capítulo clamoroso y tiende la mirada hacia debates más militantes. En cambio, nosotros estamos bajo la impulsión anticuada de las lecturas clásicas.
Lo singular es que no declina esa pasión juvenil. Vencedora de la edad y del tiempo, ella continúa inspirando a la opinión continental en lodos los asuntos ligados al ejercicio de la democracia. Vivimos en pleno auge jacobino y, tanto el problema político, como el religioso, como el social y el económico, piden luces de solución turbulenta a los procedimientos violatorios del derecho y de la equidad que recibieron carta de ciudadanía en los días de la Convención.
La Revolución Francesa sigue, pues, desde la tumba, gobernando nuestros destinos independientes. Esa imantación exclusiva señala otro de sus trastornos morales. Con ímpetu sincero, creemos que, como ocurre con la preferencia del italiano para escribir óperas, sólo en idioma francés se ha sabido honrar a la libertad. Esta ofuscación la hemos purgado con muchos desastres internos.
Si hubiéramos sido menos limitados en nuestro horizonte, el pensa­miento habría descubierto más felices perspectivas, otros países gober­nados con alta sabiduría, donde la declamación no usurpa terreno a la autoridad, ni el despotismo se confunde con la soberanía, ni se erige el dogma filosófico en norma de la organización pública, ni se extirpa al adversario como a raíz de veneno, ni se persigue al culto en nombre de la tolerancia, ni se confisca, ni se ahoga en sangre a los disidentes, ni se hace una mentira del derecho y una verdad del crimen y del latrocinio.
La confirmación de estos asertos, que son el eje de nuestra tesis, nos impone entrar en el comentario más preciso de la gran marejada pasional que caracterizó el final de una centuria célebre.
Tenaces en sostener que su ejemplo candente fue pernicioso para el desarrollo cívico de América del Sur, debemos empezar por exhibir al modelo en sus rasgos contradictorios con el prestigio de las instituciones libres.


capitulo IV de LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y SUDAMÉRICA

NOTAS

1. AYARRAGARAY, —La Anarquía Argentina, "El Cabildo de Buenas Aires felicitó a Artigas por haber contribuido a libertar la dudad de la 'tiranta ominosa y bárbara de la Asamblea General Constituyente'",
2. MITRE. —Historia de Belgrano.
3. Nota del general Belgrano: "Tampoco deben los orientales al terrorismo la gente que se les une ni las victorias que lo   anarquistas han conseguido sobre las armas del orden: aquélla se les ha aumentado y les sigue, por la indisciplina de nuestras tropas y los excesos horrorosos que han cometido, haciéndose odioso hasta el nombre de patria. La menor parte ha tenido el terror en la agregación de hombres y familias".
4. PRIETO. —Lecciones de Historia Patria.
5. MITRE. —
Historia de Belgrano. "Como única satisfacción de ¡a guerra provocada por las autoridades nacionales (y derribadas por las mismas fuerzas de Buenos Aires) se pedía el juicio público de ellos; en el cual no hacían sino Imitar el ejemplo de los partidos de principios, que, desde al año de 1812 hasta 1815, se habían perseguido implacablemente, unos a otros, procesándose mutuamente con menos motivo y con más crueldad que tos mismos montoneros, según ha podido verse en el curso de esta historia".
6. PRIETO. – Lecciones de Historia Patria. México

viernes, 26 de julio de 2013

Carta del Presidente Perón al General Prats


Buenos Aires, 20 de noviembre de 1973

Señor Gral. Don Carlos Prats, Mi estimado amigo: He recibido su grata carta en momentos de hacerme cargo de la presidencia. Con viva y sincera emoción le agradezco sus cálidas felicitaciones y sus buenos deseos de éxito en mi difícil misión. Le ruego me perdone el haber demorado en contestarle, asuntos impostergables me lo impidieron. Hoy con sumo placer me dispongo a reanudar nuestro diálogo. Tiene usted toda la razón cuando afirma que la historia habrá de ofrecernos más de una sorpresa como la de Chile. Una de las causas de la derrota de una revolución radica en que muchas veces los revolucionarios creen que puede realizarse incruentamente. ¡Craso error! Los ejemplos de México, Argentina, Santo Domingo, Bolivia y últimamente Chile demuestran lo contrario. En todos los países mencionados la reacción demostró a los revolucionarios lo caro que debieron pagar por su humanitarismo. El Presidente Allende me escribía que permanentemente sentía como un contacto físico los tentáculos del imperialismo, que día a día iban paralizando con mayor brutalidad el cuerpo ya enfermizo de la economía nacional, amenazando con asfixiarlo. Esto es corriente en América Latina. Usted me decía que el destino de un país, como o confirma lo sucedido en Chile, en mucho depende de la coordinación y unidad de las diferentes organizaciones y partidos distantes entre sí por sus idearios políticos. Nada más cierto. Desgraciadamente constatamos en América latina, aunque parezca anacrónico, una abundancia de dirigentes empeñados en un mismo objetivo, que no atinan a ponerse de acuerdo para lograrlo, entran en conflicto entre sí, se pelean, siembran la desunión y la discordia debilitando a sus países en beneficio del imperialismo. Es una pena el que tales dirigentes no quieran o no puedan comprender el carácter popular de la revolución y se dediquen a acciones que perjudican a la misma, provocando al pueblo a manifestaciones que acarrean desórdenes e incidentes sangrientos.
Estoy plenamente de acuerdo con usted que tanto en Chile como en la Argentina no podrá detenerse el movimiento revolucionario si las masas presionan con firmeza y decisión para que asi sea. Se observa algo semejante en otros países del continente, lo que atestiguan numerosas declaraciones de dirigentes políticos y sindicales y los comunicados de los acontecimientos que a diario suceden. En las circunstancias actuales esto no es suficiente, todos sabemos que la lucha depende en mucho de las posibilidades materiales y financieras del movimiento revolucionario y del apoyo moral del exterior. Basta recordar que en 1969 nos dedicamos a la tarea de constituir un fuerte movimiento de solidaridad con la revolución boliviana. Hoy vemos la necesidad de unificar las fuerzas revolucionarias, especialmente las latinoamericanas, en un potente movimiento de solidaridad con la lucha del pueblo chileno, movimiento, que a no dudarlo, aportará una contribución importante al triunfo definitivo de las fuerzas populares en ese país. Comparto su juicio de que el destino de un país dependerá principalmente de las relaciones del gobierno con las Fuerzas Armadas, en una palabra de la tendencia que predomine dentro de éstas. Es muy justo lo que usted menciona sobre el proyectado plan de los Estados Unidos de modificar el estatuto de la OEA. Si los altos mandos de las Fuerzas Arma-das latinoamericanas lo apoyan, tendremos que afrontar duras pruebas, ya que estas modificaciones tienden a la formación de bloques militares en América latina. Traerían como consecuencia la desunión y permitirían a los yanquis instaurar en el hemisferio su anhela-do teatro de títeres políticos. Si llegara a suceder, ni imaginarlo quiero. América latina se atrasaría un siglo en el camino de su desarrollo económico y su progreso social. Esta perspectiva debe impulsarnos a poner al descubrimiento los pérfidos planes de los Estados Unidos, sus intenciones inconfesables de "pentagonizarnos", de convertir nuestros territorios en polígonos destinados a probar armas, en plazas de armas que servirían a sus fines estratégicos. Es indudable que el verdadero contenido de la política norteamericana en América Latina debe ser analizado a la luz de los fines globales de su gigantesca maquinaria bélica. En realidad todos los planes de ayuda a nuestros países, la política de exportaciones, el sis-tema de financiación del desarrollo industrial están sometidos a los intereses de los planes estratégicos del Pentágono. Esto explica el gran interés del Pentágono en el perfecciona-miento de nuestro sistema de comunicaciones, en la adquisición de materias primas estratégicas, en el desarrollo acelerado de ciertas industrias, etc.
Reconozcamos que una de las causas principales de los duros reveses sufridos por las fuerzas democráticas de América latina reside en no apreciar debidamente el rol de los Estados Unidos, responsables de la mayoría de los golpes de Estado. Sus manos están manchadas con la sangre de miles y miles de latinoamericanos caídos en la lucha por la libertad y la independencia. No hay un sólo país latinoamericano que no haya sufrido la intromisión descarada de los monopolios norteamericanos, verdaderos ejecutores de la política exterior de su país. Se equivocan los que afirman que respecto a Estados Unidos estamos viviendo un período de calma. Y qué calma es ésta cuando están realizando toda clase de actividades secretas, soborno de políticos y funcionarios gubernamentales, asesinatos políticos, actos de sabotaje, fomento del mercado negro y penetración en todas las esferas de la vida política, económica y social. Sobre nuestros países vuelan los aviones militares norteamericanos, mientras nuestro suelo permanece en poder de sus monopolios, con bases militares. Y a esto se añaden centenas de establecimientos menores, como estaciones meteorológicas, o sismológicas, capaces de convertirse en centros de terrorismo y agresión.
No estamos suficientemente bien informados de las actividades del imperialismo en el derrocamiento de los regímenes democráticos de Brasil, Chile, Bolivia, Uruguay y otros países. Pero poseo informes detallados de la actual arremetida del imperialismo americano en la Argentina. Los yanquis se preparan para un "nuevo diálogo después de Perón". Claramente les decimos que les espera el fracaso. La Nación entera se pondrá de pie. Todos los argentinos se levantarán en defensa de la soberanía nacional. Todos los pueblos hermanos de América nos apoyarán.

Un gran abrazo.

Juan Domingo Perón

miércoles, 3 de julio de 2013

UN PLAGIO PERNICIOSO

por Luis Alberto de Herrera

Compárese aquella prudencia preventiva con la temeridad sudamericana idéntico caso.
Mientras la colonia británica, familiarizada con las instituciones libres, se afana en restringir el radio democrático, al extremo de que algún autor se pregunta a qué capítulo de su legislación lo confina, la colonia española, ajena en absoluto al aprendizaje de la independencia, sólo acierta a vestirse con las más avanzadas teorías, sin detenerse a meditar sobre la oportunidad de esa improcedente indumentaria.
¡En proporción a la arrogancia del ímpetu ha sido la caída!
Pero tan purgado desvarío tiene la triste explicación que prestan a todas las catástrofes sus mismos antecedentes. América del Sur no estaba preparada para el desposorio republicano —nadie lo ignora— cuando el destino lo quiso así. El imperio de sucesos exteriores precipitó el desprendimiento de España. En la primera jornada de lucha, a brazo partido, heroica, se disimularon, con abundante contingente de sacrificios, las imperfecciones políticas del medio social. Pero el día en que fue sellada la independencia, en la segunda jornada, adquirieron aquellas imperfecciones, que eran fundamentales, su natural transparencia.
Después de combatir había que organizar, que dirigir, que pensar. ¿Concebible coronar la luminosa tarea sin levadura de pueblo? Porque el pueblo efectivo, hábil, capaz de derechos y de deberes republicanos, era una metáfora en nuestro continente.
¡Suprema injusticia fuera procesar por sus derrotas a nuestras muche­dumbres turbulentas!
Lo extraordinario hubiera sido que de su seno, oscuro y amorfo, brotara en seguida la luz.
Todavía bajo el ardor de la dura brega, rencorosos para el pasado ibérico que, negativo de la vida, no había labrado hondos amores, nuestros padres se entregaron ciegos, seducidos, deslumbrados, a los dogmas delirantes de la Revolución Francesa.
"Tener siempre en el pensamiento las santas escrituras de los apóstoles franceses fue en las primeras décadas de nuestra revolución, la preocupación de los raros técnicos y especialistas de derecho que las conocían por lecturas de ocasión. Aspiraban entonces a legislar sin violar los principios del Pacto Social, para erigir con él barreras insalva­bles al analfabetismo nacional, a la incapacidad del indígena y del mestizo para el gobierno representativo y a la barbarie de Quiroga o de !barra y a la gauchocracia de Bustos y López. ¿Qué pensar de la eficacia de estos finos instrumentos y delicadas mallas soñados por Montesquieu o Rousseau, meditando en el silencio del bosque sagrado, para trasladar­los a Sudamérica y domeñar con ellos la bestia anárquica?” [1]
En el ingenuo entusiasmo de la hora ellos olvidaban que no basta decirse libres para serlo, como no basta, para adquirir derechos, flamear una bandera.
Algunos patriotas eminentes propiciaron la conveniencia de una transición suave, utilizando el intermedio de la forma monárquica; pero estos sabios consejos se perdieron en el tumulto clamoroso.
Vale la pena mencionar que, a pesar de la renegación de la herencia española, ese repudio no pudo sancionarse en la práctica del gobierno, pues las costumbres, las ideas generales, las tradiciones, la creencia religiosa, los prejuicios de raza, el analfabetismo, las pasiones desorde­nadas quedaron en pío, más poderosos en su arraigo étnico que la soberbia de le nublo de airados decretos. Se asistió, entonces, al injerto de fórmulas exóticas en el árbol secular, con la agravante de abrigar los ensayistas la convicción, muy sincera, de cumplir un cometido redentor.
De dos elementos sociales mutilados se hizo un todo, llamado al mas irremisible desastre. Porque el gobierno de los pueblos no es una ciencia exacta; su éxito no se abona, como en geometría, con una democracia dibujada sobre la pizarra; por el contrario, sus formulas, después de demostradas, exigen la sanción efectiva de la practica.
Esa práctica confirmatoria no pudo existir en Sudamérica porque su revolución no modifico en esencia a la unidad hombre; atacó la forma y no el fondo de las cosas. Libres, continuamos siendo colonos, pues no es tan fácil como se quisiera defenderse del medio y de sus influencias complejas. Suele verse a los autores de nuestra raza, después de procesar las incurables aberraciones de la dominación española y de exhibir a las poblaciones de América vegetando en el desconocimiento de las más elementales regalías públicas, aceptar un cambio radical de decoraciones a partir de la independencia, concediendo ellos gestos de soberanía avanzada a las masas informes, en su mayor parte compuestas de mestizos, que iniciaron, atónitas, sin saber cómo, un nuevo capitulo de su historia.
No; no hay benevolencia de criterio capaz de convencer de esa maravillosa transición del férreo pupilaje a la libertad consciente. La vida de los organismos se desenvuelve como un efecto lógico, sin ángulos rectos, coordinándose los sucesos unos a otros, para engendrar nuevos sucesos, todos solidarios, ligados entre sí, al igual de los puntos de una trayectoria.
Estéril empeño, pues, gastar dialéctica en la probanza de fulminantes capacidades cívicas que no eran posibles. Las cosechas se encargan de hacer el elogio de la semilla y ahí están de pie en el recuerdo continental los desastres del régimen democrático entre nosotros, ratificados todos los días por nuevas tristezas.
Claro está que a tan doloroso testimonio se contesta con socorro imaginativo y casi bendiciendo tales naufragios, por aquello de que el huracán destruye para fecundar.
Víctimas de las declamaciones de 1789, todavía continuamos atados a su espíritu de sofisma y rebeldes a las más claras evidencias.
Ya, entre las luces de la aurora, Bolívar y San Martín, los dos grandes libertadores, afianzados por las más eminentes cabezas de la época, desesperaron de la aptitud libre de las sociedades por ellos redimidas. ¿Acaso habrían "arado en el mar'"! [2]
No es cierto que las generaciones siguientes hayan levantado la lápida de ese descreimiento. Las instituciones republicanas no son en Sudamérica lo que se jura que sean. En los orígenes surge más desnuda la ficción.
Para contener el desorden popular que se bosquejaba, los organizado­res de 1810 pensaron en el freno regulador de un poder fuerte y constitucional, siendo asunto secundario que ese poder llevara el nombre de monarquía; pero el calor de la reyerta y la ideología, ya en auge, inutilizaron esa fórmula de salvación común levantando, ante el alma ingenua de los pueblos, el fantasma del absolutismo de Fernando VII, cuando sólo se quería el ensayo de un sistema de moderación liberal.
Desautorizado por la calumnia este recurso prudente, preliminar de una república verdadera, quedó el campo por las irreflexiones líricas. Entonces, como lo hemos dicho, se quiso y se consumó el traslado íntegro, a nuestros territorios desolados, de los dogmas resplandecientes de la Revolución Francesa, olvidando que esas adaptaciones violentas nunca reemplazarán a las fuerzas fecundas de la naturaleza, sabia y coronada trabajadora dentro de cada clima moral.
Fue ese el peor ejemplo que pudieron elegir las colonias españolas. [3]
Para abonarlo así dejamos correr la pluma; porque todos nuestros defectos orgánicos, en vez de encontrar correctivo, recibieron estímulo y mi ampliación de los mismos defectos imperantes en Francia y empeorados, | intensidad, por su prestigio europeo.
Pero es del caso observar que, a no ser un mando inconmovible y de hierro, ninguna teoría constitucional era capaz de apartar a los sudamericanos del abismo, cautivos ellos de su ineptitud democrática.
Ni la sabiduría concreta de las leyes sajonas habría conjurado el peligro. Bien lo abona así el quebranto político de Colombia, Venezuela, México y Argentina, organizados bajo la forma federal.
"Los habitantes de México, queriendo restablecer el sistema federativo , tomaron por modelo y copiaron, casi enteramente, la Constitución federal de los angloamericanos, sus vecinos. Pero, al transportar la letra de  la ley, ellos no pudieron transportar, al mismo tiempo, el espíritu que la vivificaba. Se les vio, pues, tropezar repetidamente en los rodajes de su doble  gobierno. La soberanía de los Estados y la de la Unión, saliendo del i aculo que la Constitución les había trazado, chocaron de continuo la una con la otra. Actualmente todavía México es llevado, sin cesar, de la anarquía al despotismo militar y del despotismo militar a la anarquía". [4]
Muy poderoso este comentario, porque es ingenuo crear leyes sin contar con hombres capaces de comprenderlas y cumplirlas.
"¿No dividimos, desde los primeros estatutos, nuestros gobiernos, en las tres ramas clásicas? ¿Y acaso por eso alteramos el uti possidetis del poder personal y sórdido del mandatario colonial, que en su integridad se trasfiere al caudillo? ¿No nos decretamos el sistema representativo y el sufragio universal? ¿Y acaso por eso se improvisaron capacidades que el país no pudo crear, entre otras causas, porque ellas no encontraban elementos en su constitución hereditaria? ¿No dictamos leyes para asegurar la responsabilidad de los funcionarios conculcadores? ¿Y acaso por eso se reforzaron los frenos que jamás sirvieron para contener los abusos extorsiones de los gobernadores de Indias? ¿Existe, por ventura, alguna ley que sea capaz de salvarnos de nosotros mismos?" [5]
Por eso sería exagerado optimismo suponer que la imitación apasio­nada de las instituciones norteamericanas pudo salvarnos de todas las caídas sufridas, resultando exagerado pesimismo la opinión contraria, según la cual, a no mediar el plagio de las ideas francesas, navegaríamos ya en mar manso, de derecho.
Ninguna de esas elecciones poseía el secreto de la enfermedad mortal o de su curación. En la propia carne estaba la decisión del problema. Pero, de cualquier modo, no puede dudarse que el entregamiento a los dogmas demagógicos de 1789 aumentó nuestros males orgánicos; siendo también cierto que la aproximación al precioso concepto republicano de Estados Unidos habría atemperado el fuego de nuestros errores.
Caracterizan a nuestra raza, la arrogancia en el extravío; la preconiza­ción permanente de la libertad, desmentida por los hechos; el sofisma esgrimido con habilidad en todas las encrucijadas del deber, para rehuir­lo; la poesía del desinterés decorando a la prosa interesada; arrestos de equidad, sin perjuicio de medirla siempre con metro de vencedor; protestas de respeto a la ley, pero sin disciplina para acatarla cuando ella decide en contra; una fiebre declamatoria que descompone las mejores iniciativas, invasora, además, del terreno privado; la malaria politiquera, en pleno desarrollo, adueñada de todos los ánimos y haciendo costumbre de las murmuraciones de barrio; el hábito heredado de la desobediencia en lo trivial y en lo solemne; el encarnizamiento en las pasiones; la ignorancia de las virtudes tolerantes, aunque vivamos en su incienso; el espíritu leguleyo, que tranquiliza al despotismo siempre que
encuentre ¡ y la encuentra! nueva fórmula literaria de justificación; y, culminando esas flaquezas, la peor de todas, o sea lo que consiste en cerrar los ojos a ese índice adverso y creerse, por ende, en el soberano ejercicio de las calidades que le faltan.
A la Revolución Francesa debemos el afianzamiento de esas deficiencias sociales y a Francia contemporánea la continuación de tan pernicio­sos extravíos.
Todos nuestros tiranuelos y todas nuestras calamidades políticas organizadas, han encontrado en aquella fuente de inagotable declama­ción sobre el derecho, la libertad, la soberanía, la realeza, el pueblo reivindicados, la salud social, el sufragio universal, etc., formidable escudo defensivo para sus atentados.
Los jacobinos de allende el océano, la ínfima minoría del país, se apoderaron, como de bien propio, de la cosa pública; ellos se dijeron redentores y mataron para redimir. Cada comuna de Francia tuvo su guillotina, su delegado sangriento, con facultades extraordinarias; su dueño de vidas y haciendas. Exterminar al adversario, decían, era obra santa, pues él encarnaba el error y, ¿acaso el error no debe extirparse? Su credo fue el terrorismo, el crimen político justificado, ¡qué decimos? glorificado, que tan nutridos discípulos recogería en el mundo nuevo.
Nuestros jacobinos de la primera época no les van en zaga a sus maestros, los del extranjero. También ellos se juzgaron siempre instru­mentos de una misión providencial, llamados a ser salvadores de pueblos. Evocando esc lema, proclamándose rehabilitadores del derecho, ellos hicieron vilipendio de las naciones y las gobernaron como grandes estancias, "parando rodeo" a los vecindarios despavoridos. Nunca faltó a su lado una hoja periódica que repitiera, con cargada fraseología, el estribillo clásico del jacobinismo francés. Como éste, también tuvieron ellos sus "'sociedades restauradoras", su "guerra a muerte a los emigra­dos" , sus apelaciones al pueblo para "salvar a la patria en peligro", sus Dantones para contestar, con la cabeza de un rey, al reto de Europa.
También América del Sur ha derramado torrentes de sangre en homenaje al Contrato Social que, si en manos de los espíritus sensatos fue palanca ocasional de reparación humana, explotado por la plebe dictado­ra, en el seno de una nación, sirvió de pretexto a los más feroces atentados que registra la historia moderna.
Véase cómo aprecia Taine a los demagogos de esa adulterada doctrina de la soberanía del pueblo tan mal practicada por los latinos:
"Que un especulativo, en su gabinete, haya fabricado esa teoría, se comprende: el papel todo lo tolera y los hombres abstractos, los simula­cros vacíos, las marionetas filosóficas que aquél inventa se prestan a toda combinación. Que un maniático, en su cueva, adopte y predique esta teoría, también se explica: él tiene la obsesión de los fantasmas, él vive fuera del mundo rea- y, por tanto, en esta democracia incesantemente sublevada él es el eterno denunciador, el provocador de toda revuelta, el instigador de todo crimen, que, bajo el nombre de 'amigo del pueblo', se convierte en arbitro de toda vida y en verdadero soberano. Que un pueblo, abrumado de impuestos, miserable, hambriento, endoctrinado por declamadores y sofistas, haya aclamado y practicado esta teoría, esto todavía se comprende: en el extremo sufrimiento se hace arma de todo y, para el oprimido, una doctrina es verdadera cuando ella le ayuda a sacudir ¡a opresión. Pero que políticos, legisladores, hombres de Estado, minis­tros y jefes de gobierno, se hayan solidarizado con esta teoría, que ellos la hayan abrazado más estrechamente a medida que ella se hacía más destructiva, que todos los días, durante tres años, ellos hayan visto desplomarse al orden social bajo sus golpes, pieza a pieza, y no hayan jamás reconocido en ella al instrumento de tantas ruinas; que bajo las claridades de la más desastrosa experiencia, en vez de confesar sus perjuicios, ellos hayan glorificado sus beneficios; que muchos de entre ellos, todo un partido, una asamblea casi entera, la hayan venerado como un dogma y la hayan aplicado hasta el fin con el entusiasmo y la pasión de la fe; que, empujados por ella a un corredor estrecho, cada vez más estrecho, ellos hayan marchado siempre hacia adelante, aplastándose los unos a los otros; que llegados al fin, al templo imaginario de libertad pretendida, ellos se hayan encontrado en un matadero; que en el recinto de esta carnicería nacional ellos hayan sido, por turnos, verdugos y víctimas; que, bajo sus máximas de libertad universal y perfecta, ellos hayan instalado un despotismo digno del Dahomcy, un tribunal semejan­te al de la Inquisición, hecatombes humanas parecidas a las del antiguo México; que, en medio de sus prisiones y sus cadalsos, ellos no hayan jamás cesado de creer en su buen derecho, en su humanidad, en su virtud, y que, en su caída, ellos se hayan considerado como mártires; esto, ciertamente, es extraño: tal aberración de espíritu y tal exceso de orgullo no se encuentran y, para producirlo, se ha necesitado un conjunto de circunstancias que sólo una vez se han reunido".[6]
Esta soberbia y autorizada referencia condensa, de manera admirable, el juicio que comparten los pensamientos elevados.
Difundir en América esa página de proceso vale hacer obra buena, porque, invocando esa misma explotada soberanía del pueblo, han sido tiranizadas, una y diez veces, todas y cada una de sus fracciones terri­toriales, con excepción de Chile y Brasil, salvados del derrumbamiento, aquél, por su organización aristocrática, y, éste, por el amparo que le prestara la monarquía constitucional.

capitulo III de LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y SUDAMERICA  

NOTAS

1. AYARRAGARAY -La Anarquía Argentina
2. MITRE – Historia de San Martín. “Las ideas políticas de Pueyrredón, en cuanto a forma de gobierno, que siempre habían tenido un tinte aristocrático, eran entonces acentuadamente monárquicas – como las de mayor parte de los notables contemporáneos -, aun cuando pensase, como San Martín, que era un medio y no un fin”
3. SUMNER MAINE – Popular Government. “Las Colonias españolas en Norte, Centro y Sudamérica se rebelaron y fundaron republicas en las cuales los crímenes y Los desordenes de la Republica Francesa fueron repetidos en caricatura. Las republicas latinoamericanas fueron, con respecto a la francesa, lo que Hébert y Anacarsis Clootz habían sido con respecto a Saltón y a Robespierre”.
4. TOCQUEVILLE. — De la Démocratie en Amérique.
5. AYARRAGARAY. —La Anarquía Argentina.
6. TÁINE. — La Révolution

sábado, 15 de junio de 2013

INSTITUCIONES DEL ESTADO


por Jaime Maria de Mahieu

62. Importancia de las instituciones
El ejercicio de la soberanía exige de parte del Estado una organización interna cuyas constantes estructurales hemos estudiado en el capítulo III. Sabemos que el órgano rector de la Comunidad, por lo menos tan pronto como ésta sobrepasa el nivel político elemental de la tribu, siempre comporta un gobierno y una administración. Pero también tenemos que comprobar que estos rodajes necesarios pueden adoptar formas institucionales diversas, por lo demás debidamente clasificadas por los teóricos.
A menudo se ha querido ver en los distintos regímenes meras variaciones accidentales de un tema único, todas igualmente valederas aunque más o menos adaptadas a los pueblos y a las circunstancias, haciendo de la moralidad de los hombres (Platón, Aristóteles), o del carácter representativo de la capa dirigente (Palacio), el único criterio del orden social. Quienes opinan de este modo se olvidan de la naturaleza funcional del Estado, que sólo existe para desempeñar una misión claramente definida.
No basta, pues, que los individuos que lo encarnan en un momento de la historia sean honestos ni “característicos”  de una situación social dada: deben, sobre todo, ser políticamente capaces, estar obligados por posición a usar su capacidad según el interés comunitario y poseer los medios técnicos que les son imprescindibles. Ahora bien: si la existencia misma del Estado depende de una estructura fundamental invariable, de sus instituciones cambiantes dependen la elección de los hombres, su orientación general y los instrumentos políticos de que disponen para llevar a cabo su tarea.
Por cierto, cualquiera sea el régimen, siempre hay un Estado, una capa dirigente y el pueblo de los gobernados. Pero semejante comprobación es anatómicamente exacta: no lo es biológicamente. El Estado no tiene la misma eficacia cuando sus atribuciones están limitadas por una constitución que cuando su jefe es rey o dictador. La capa dirigente no le suministra, un personal de idéntica eficacia si su criterio de selección es la riqueza o si es el valor funcional. EI pueblo no obedece tan bien si el régimen le atribuye la soberanía como si lo mantiene en su lugar de subordinado.
Eso no significa que tal sistema constituya una panacea política, ni que tal otro dé para, todos los pueblos y en todas las épocas resultados igualmente deplorables. Las mejores instituciones teóricas serán impotentes para devolver a una raza degenerada las cualidades biopsíquicas que le faltan, mientras que una Comunidad en plena expansión podrá acomodarse mejor que otra de un régimen inferior. Ciertas condiciones étnicas, geopolíticas o históricas pueden imponer la unidad a un pueblo que su sistema de gobierno tiende a descomponer, o a la inversa. Pero no por eso deja de ser verdad que el fin buscado por cualquier Estado exige, teniendo en cuenta la naturaleza del hombre y la de la Comunidad, un conjunto de instituciones que bien podrán variar en sus matices y sus relaciones, pero que siempre se imponen ineludiblemente so pena de fracaso.
Por supuesto, sólo hablamos aquí de las instituciones reales y no de aquellas que proclama, en forma de leyes escritas, una constitución eventual. Esta última, sin duda alguna, tiene importancia: ejerce una presión sobre el Estado real, que se ve constreñido, si le falta la fuerza o el propósito de abrogarla, a respetar su letra. Su espíritu resulta más maleable. Bástenos notar, después de muchos, que los Estados Unidos liberales y las colonias camufladas de la América Central poseen constituciones idénticas desde el punto de vista institucional, como también Bolivia, que pudo hacer su revolución nacional sin modificar su sistema teórico de gobierno. Ningún observador, sin embargo, se atrevería a identificar las instituciones políticas reales de Bolivia con las de los Estados Unidos.

viernes, 12 de abril de 2013

Mensaje a la nación en el primer aniversario de la revolución


por Juan Velasco Alvarado

3 de octubre de 1968

Compatriotas:

Al cumplir el primer año de Gobierno, en representación institucional de la Fuerza Armada, hablo aquí esta noche no sólo como Jefe del Estado, sino principalmente como Jefe de la Revolución. Pero esta jefatura conlleva un sentido radicalmente distinto de otras a cuyo amparo se han entronizado en la vida política del país formas de poder omnímodo y de eterno control indiscutido de algunas agrupaciones ciudadanas. Muy lejos de nosotros este sentido caciquil de abominable endiosamiento que prostituye y deforma la esencia misma de una dirección responsable y constructiva. Ser Jefe de la Revolución es ser dirigente de un equipo de hombres profundamente identificados con el espíritu revolucionario de la Fuerza Armada y que, en su representación, inició hace un año el proceso de transformación de nuestro país.
Este no es un gobierno personalista. Entre nosotros no existen predestinados ni seres insustituibles; nadie tiene aquí el monopolio de la sabiduría ni del poder. Somos un equipo que está haciendo la revolución que el Perú necesita, esa revolución que otros pregonaron sólo para traicionarla desde el poder. No constituimos, pues, un movimiento al servicio de un hombre, sino al servicio del país. Pero comprendemos que nada de esto puedan entender quienes, en realidad, no son más que simples caciques de nuevo cuño, extremistas del personalismo, de la vanidad, de la estafa política.
Durante el año que hoy termina se ha dado comienzo al proceso de transformación nacional que la Fuerza Armada prometió al país el 3 de octubre de 1968. En este breve lapso hemos cumplido una tarea gigantesca. Pero ella ha sido únicamente la iniciación del proceso revolucionario. Queda por delante un inmenso quehacer, que requerirá largos años de esfuerzo y de lucha. Lo cumpliremos por encima de todos los obstáculos. Porque eso es lo que demandan las apremiantes necesidades de nuestro pueblo y porque eso es lo que la Fuerza Armada se comprometió a realizar cuando asumió la responsabilidad de gobernar al país.
Frente a un deber, en cuyo cumplimiento se juega el destino mismo del Perú, poco debe importarnos la grita interesada y la falsa protesta de quienes siempre gozaron del poder solo para hacer de él negociado y prebenda. Hoy se levanta un coro de voces por todos conocido que reclama la vuelta inmediata a la constitucionalidad; que pretende alentar una vanidad que nosotros no tenemos, para sugerir nuestra "bajada al llano" y nuestra participación en una justa electoral de la que esperan restaurar esa democracia formal que ellos envilecieron hasta convertirla en la gran hipocresía que significó hablarle de libertad a un pueblo victimado por la explotación, por la miseria, por el hambre, por la corrupción, por el entreguismo y la venalidad.
Quiero, por eso, reiterar que ninguno de nosotros tiene ambiciones políticas. No nos interesa competir en la arena electoral. No hemos venido a hacer politiquería. Hemos venido a hacer una revolución. Y si para lograrlo se requiere actuar políticamente, esto no quiere decir que se nos puede confundir con los políticos criollos que tanto daño le hicieron al país.
Pierdan, pues, la esperanza quienes crean que puedan inducirnos al engaño de volver a esa falsa democracia a través de la cual se perpetuó la injusticia social en el Perú. ¿Es a esa democracia que se quiere volver? Para sus defensores siempre pegó jugosos dividendos. Pero: ¿qué significó en realidad para el pueblo peruano?
Ciertamente, estas gentes no quieren entender lo que ha pasado en el Perú. Estamos viviendo una revolución. Ya es tiempo de que todos lo comprendan. Toda revolución genuina sustituye un sistema político, social y económico por otro cualitativamente diferente. Del mismo modo que la Revolución Francesa no se hizo para apuntalar la monarquía, la nuestra no fue hecha para defender el orden establecido en el Perú sino para alterarlo de manera Fundamental en todos sus aspectos esenciales.
Algunos esperaron cosas muy distintas y confiaron en, que, a la vieja usanza, ascenderíamos al poder sólo para convocar a elecciones y devolverles todos sus privilegios. Quienes así pensaron, estuvieron y están equivocados. A esta revolución no se le puede pedir que respete las normas institucionales del sistema contra el cual insurgió. Esta revolución tiene que crear, está creando ya, su nuevo ordenamiento institucional. Que esto lo sepan los defensores del pasado, directamente de quienes estamos construyendo el futuro del Perú.
Una revolución profunda y verdadera no podía surgir de un ordenamiento político que, en los hechos, discriminó y siempre puso de lado a las grandes mayorías nacionales. La realidad de una revolución así, sólo podía concretarse rompiendo ese ordenamiento tradicional. La legitimidad de este Gobierno Revolucionario no puede, pues, estribar en el respeto por las reglas de un juego político decadente que sólo benefició a los grupos privilegiados del país. Nuestros propósitos nada tienen que ver con las formas tradicionales de la política criolla que hemos ya desterrado para siempre del Perú.
Por eso, nuestra legitimidad no viene de los votos, de los votos de un sistema político viciado de raíz porque nunca sirvió para defender los auténticos intereses del pueblo peruano. Nuestra legitimidad tiene su origen en el hecho in-controvertible de que estamos haciendo la transformación de este país, justamente para defender e interpretar los intereses de ese pueblo al que se engañó con impudicia y por un precio. Esta es la única legitimidad de una revolución auténtica como la nuestra. ¿De qué valía para el verdadero hombre del pueblo que le hablaran de una libertad con la que después se traficaba en las tiendas políticas de quienes gobernaron este país desde el Ejecutivo y desde el Parlamento? ¿Qué hicieron estos defensores de la democracia formal y de los derechos constitucionales para resolver a fondo los problemas fundamentales que afectaban al Perú y a su pueblo? ¿Sería, acaso, la vergüenza y el escarnio de esa farsa que fue el negociado con la Internacional Petroleum y su más vergonzante epílogo del escándalo de la página once? ¿O la impudicia de una reforma agraria destinada a defender a los poderosos y a engañar a los campesinos? ¿Dónde están las reformas profundas que tanto se prometieron en los períodos eleccionarios y que una vez en el poder se escamotearon para servir a la oligarquía? ¿Por qué ahora se pretende exigir que todo se haga de una vez, cuando bien poco o nada se hizo durante largos años, pudiendo por lo menos haber propuesto y defendido esas reformas cuya paternidad ahora se reclama, pero que no se tuvo ni la honradez ni el coraje de plantear en años anteriores? La paternidad de una revolución es de quienes la realizan, no de quienes hablaron de ella para luego olvidarla desde el poder.
Sin embargo, que no se crea que tenemos interés fundamental alguno en levantar los cargos que se hacen contra la revolución. La mejor defensa de la revolución es su obra cumplida. Pero conviene de tarde en tarde, en horas de enjuiciamiento y de balance como éstas, poner las cosas en su sitio y despejar los confusionismos y los engaños con que otra vez se trata de mentir al pueblo. Nosotros no hablamos de una revolución: la estamos haciendo. Ella es nuestra mejor justificación ante el Perú y ante la historia. En la conciencia de todos los peruanos honrados está la evidencia de que por primera vez se han empezado a atacar a fondo los problemas fundamentales del país.
Allí está la rotunda probanza de los hechos. Allí está ese puñado de realizaciones trascendentales que con mucho superan a todo in realizado por los gobiernos anteriores. Allí está la recuperación del petróleo de las manos de una empresa extranjera, ante cuyos intereses se prosternaron, por paga o por terror, los políticos que efectivamente gobernaron este país desde el Ejecutivo y desde el Parlamento. Allí está la nueva Ley de Reforma Agraria, que beneficia al campesino y que rompe el espinazo de una oligarquía hasta ayer prepotente. Allí está la Ley General de Aguas, que al fin concreta el sueño de cientos de miles de agricultores cuyos derechos siempre fueron pisoteados en beneficio de los latifundistas. Allí está la nueva política minera, con la coal acabarán las viejas prácticas lesivas a los intereses del Perú. Allí está la ley que pone término a la abusiva especulación de las tierras de expansión de las ciudades y que contribuirá, de manera muy importante, a resolver el problema de la vivienda urbana. Allí está la iniciación de una política de control estatal sobre el Banco Central de Reserva, que ya no representa los intereses privados sino los intereses de la Nación. Allí está, en fin, la nueva política internacional, no de sumisión, sino de dignidad y cuyo rumbo determinan tan sólo los intereses del Perú.
Todo esto, y mucho más, se ha logrado en apenas un año de gestión gubernativa. Hay quienes dicen que es muy grande el poder de la propaganda. Es posible que esto sea así. Pero ninguna propaganda podrá borrar del conocimiento de todos los peruanos la convicción de que este Gobierno está haciendo las cosas que ningún otro se atrevió a realizar, por intereses o por temor. Sin embargo, resulta por entero comprensible que aún persistan la incredulidad y el escepticismo en este país donde tanto se traficó con las promesas y donde la politiquería sustituyó a la política. Aquí precisamente radica una de las grandes culpas y responsabilidades de quienes contribuyeron deliberadamente a la corrupción de nuestras instituciones representativas y de esa democracia en cuyo nombre se comerció con las aspiraciones de un pueblo abnegado cuyo único delito fue creer en quienes habrían de engañarlo.
Mucho más de lo que hemos hecho hemos querido hacer por el bien del Perú. Pero existen poderosas limitaciones que la ciudadanía debe conocer. Nosotros encontramos al Perú en una profunda crisis económica. No heredamos una situación de bonanza. El régimen anterior dejó una deuda externa de más de treintisiete mil millones de soles. ¿Qué de verdaderamente grande o importante para nuestro pueblo se hizo con esta inmensa suma de dinero? ¿Para qué grandes transformaciones sirvió esa deuda enorme que el gobierno anterior contrajo con otros países? Hay que decirlo claramente: buena parte de esos treintisiete mil millones de soles fue derrochada en la corrupción sin paralelo que asoló a este país durante el régimen anterior. ¿Dónde se encuentran ubicados quienes así traficaron con la miseria de los pobres? Es necesario que se sepa que parte de ellos huyeron de la justicia para cobijarse en organismos internacionales a los cuales siempre sirvieron sin importarles ni el nombre ni el futuro de su Patria. Día llegará en que saldemos cuentas con quienes no sólo robaron la confianza del pueblo. No tenemos por que hablar con eufemismos. Una revolución implica también un lenguaje diferente, sin medias tintas y sin tapujos.
Pero las limitaciones que la revolución tiene que superar no estriban solamente en la pesada carga de esa deuda cuantiosa que el gobierno anterior contrajo en el extranjero y que el Perú tiene que pagar. Hay otra limitación muy importante. La oligarquía que ha visto afectados sus intereses por la Ley de Reforma Agraria, no invierte su dinero en el país. Este es el gran complot de la derecha económica, su gran estrategia anti-revolucionaria, su gran traición a la causa del pueblo peruano. Se persigue de este modo crear una ficticia crisis económica que vulnere la estabilidad del gobierno. La excusa para no invertir, es que no existe en el país un "clima de confianza". Esta frase manida es el estribillo, pero también el arma sicológica, que día a día utiliza la reacción para cubrir con cortina de humo su verdadera intención anti-patriótica.
¿Qué "confianza" reclaman los grandes propietarios del dinero? ¿Una confianza que les permita mantener las gollerías y los privilegios que nada justifica, excepto sus malas costumbres de explotadores inveterados del pueblo peruano? ¿Una confianza basada en el mismo orden de cosas contra el cual insurgió la revolución? ¿Una confianza como aquella que se creaba cuando eran los dueños del país? Este tipo de confianza no van a tener mientras nosotros gobernemos. Y no por odio, sino porque estamos convencidos de que este tipo de confianza es la negación total de las posibilidades de transformación en el Perú; porque en este tipo de confianza se basaron las injusticias que hundieron en la miseria y en la explotación a la gran mayoría de nuestro pueblo.
Hay, sí, condiciones de auténtica confianza para todos aquellos que comprendan que el dinero debe también cumplir una constructiva responsabilidad social. Hay confianza y respaldo gubernamental para la inversión que promueve el desarrollo económico del país, dentro de un marco de respeto por las justas expectativas del capital y por los legítimos derechos de los trabajadores. Hay confianza, porque en el país existe plena estabilidad política. Hay confianza, porque no existe violencia social y porque claramente el pueblo respalda a este Gobierno. Hay confianza, porque el país está sentando las bases de su desarrollo integral en beneficio del pueblo y de todos los que intervienen en el proceso de la producción económica. Hay confianza, porque la inversión privada tiene todas las garantías que cualquier empresario moderno puede exigir.
Desde un comienzo, el Gobierno Revolucionario declaró su respaldo y su estímulo a la inversión privada, incluyendo la extranjera que se sometiera a las leyes del país. Existen, pues, todas las condiciones de confianza legítima que requiere el inversionista honrado. Muchos hombres de empresa lo están comprendiendo así y ya surgen indicios muy claros de una nueva y positiva tendencia en el campo de la inversión. Pero los sectores oligárquicos del capitalismo nacional, complotan contra la revolución, a través de su control del aparato económico y amparados en una prensa ultra-reaccionaria que ha hecho del mito de una mal entendida atmósfera de "confianza", su instrumento de verdadero chantaje contra los intereses del país. El pueblo peruano debe tener muy clara idea de esa verdadera conspiración económica de la oligarquía. Porque el Gobierno Revolucionario no mantendrá eternamente la serena actitud de esperar que esta gente recobre el sentir de las cosas y abandone su perniciosa posición anti-peruana.
Toda la inmensa tarea de realizaciones efectivas de este gobierno se está llevando a cabo sin violencia y sin sangre. La nuestra es la única revolución que, habiendo ya logrado poner en marcha transformaciones profundas, se está cumpliendo en paz. En otros países, reformas agrarias menos avanzadas que la nuestra costaron miles de muertos a lo largo de varios años de cruentas luchas fratricidas. Hasta hoy el Perú ha escapado a este sino de sangre y de muerte. Confiemos en que así seguirá aconteciendo en el futuro. Pero comprendamos que la experiencia que hoy vive nuestra patria representa una conquista sin precedentes. Sin duda alguna, esta revolución es un fenómeno radicalmente nuevo. No se le puede comprender a partir de es-quemas tradicionales. Por eso, el ejemplo peruano concita interés, expectativa, admiración en el resto del mundo y particularmente en nuestro continente latinoamericano.
Inclusive pareciese que más allá de nuestras fronteras se aquilata mejor la significación histórica de este gran movimiento revolucionario del Perú. Porque algunos periódicos, algunos de nuestros "honrados y objetivos" periódicos criollos, creen que es honrado y objetivo ocultarle al pueblo lo mucho y lo bien que se habla hoy del Perú en el mundo. Pero no importa. Día vendrá en que aquí se sepa cuanto y con cuánta perfidia ocultaron la verdad los dueños de ese periodismo cuya única preocupación es la defensa de inconfesables intereses y un malevolo sensacionalismo. Y todo esto, bajo el manto piadoso de una pretendida libertad de prensa, tras la cual se oculta un turbio mundo de apetitos feriseos y de insidia, cuando no de calumnia cotizable.
Detrás de la campaña de confusionismo contra la revolución en marcha hay, por cierto, muy poderosos intereses. Ellos dictan el sentido de esa propaganda que, de un lado, exige demagógicamente ilusos extremismos y, de otro, insinúa que nuestra revolución ha entrado en una cara de ablandamiento. Ambas posturas de la anti-revolución, tienen una misma fuente de inspiración y es una la bolsa que las paga. Estas dos estrategias son claramente perceptibles. Una de ellas, persigue que la revolución se acelere demasiado y se precipite. Pero no cometeremos este error. La otra estrategia de la anti-revolución, persigue presentarnos como un movimiento ya ganado por la complacencia, sin empuje e incapaz de ir más allá de donde ya ha llegado. Naturalmente, detener la marcha de la revolución cuando ella recién ha comenzado sería otro funesto error que tampoco vamos a cometer. Sabemos muy bien que para tener éxito las reformas iniciadas deben necesariamente complementarse con otras que son igualmente indispensables. Para nosotros, la transformación de este país es un proceso complejo e integral que tiene que atacarse desde distintos frentes y en diferentes planos de acción. Por eso, la revolución tiene un programa. Y ese programa sera cumplido metódicamente y en su totalidad.
Las dos estrategias de la oligarquía se mueven al unísono, en perfecto concierto, desde aquí y desde el extranjero. La acción confabulada de los adversarios de la revolución funciona a estos dos niveles. Uno de sus principales instrumentos es la sincronizada propaganda deformadora de la verdad, que opera, a través de ciertas agencias noticiosas extranjeras, de algunas revistas de circulación internacional y de la mayoría de periódicos que se imprimen en el Perú que representan y defienden los intereses de la oligarquía peruana y sus cómplices foráneos.
En esta insidiosa campaña de mentiras, bien poco o nada tiene que ver la inmensa mayoría de los periodistas peruanos, que no son responsables de la línea de acción que impone la mayor parte de los propietarios de los medios de prensa. En general, esa inmensa mayoría de periodistas simpatiza realmente con la Revolución. Pero quienes controlan y monopolizan la propiedad de esos órganos de prensa son miembros de la oligarquía enemiga de la transformación nacional que estamos realizando.
Las excepciones son pocas y muy honrosas. Esos diarios y revistas sufren en carne propia las represalias económicas de la oligarquía a quien se niegan a servir. La honradez de su posición independiente frente al Gobierno Revolucionario los hace acreedores al respeto y a la gratitud del pueblo peruano. Por ello, les expresamos nuestra solidaridad frente a la campaña de que son víctimas. Esta es la verdad. Y nadie lo sabe mejor que quienes trabajan en los órganos de prensa del Perú.
La revolución seguirá adelante hasta cumplir sus objetivos, sin precipitaciones y sin desmayos, por su propio camino, con sus propios métodos. Hemos sabido resistir todas las presiones. A nosotros no se nos provocará. Pero seremos implacables en la defensa de esta revolución de cuyo éxito depende el futuro del Perú. Que no se confunda la tolerancia con impunidad. En el Perú de hoy los campos están ya claramente marcados. Esta revolución será defendida hasta las últimas consecuencias. Sus adversarios de dentro y de fuera deben saberlo sin posibilidad de error. La Fuerza Armada del Perú la sustenta y el pueblo día a día la defenderá más porque la sentirá más suya.
Sabemos que frente a la revolución hay una conjure tenebrosa manejada por elementos externos, que persigue detener el proceso de cambio en el Perú. Sabemos que los hilos de esa conjura se mueven también con el dinero de la oligarquía y la complicidad cotizable de dirigentes políticos que insurgieron como revolucionarios para después servir a la reacción de ultraderecha. La Nación debe saber que el gobierno permanece alerta. Que defenderá la revolución y que mantendrá las conquistas ya entregadas al pueblo. Esta será una lucha sin cuartel. Estamos dispuestos a correr todos los riesgos. Poco en realidad importan nuestras vidas, porque ellas ya han sido entregadas a la revolución. Y reiteramos que si nosotros caemos en la lucha, otros la continuarán hasta el final, con más denuedo, más fuerza, más vigor.
Si la oligarquía y los caciques políticos que la sirven, quieren violencia, habrá violencia en el Perú. Pero quienes la desaten no quedarán ilesos. Sobre ellos caerá el castigo ejemplarizador de la revolución. Esta revolución será defendida en todos los terrenos y contra todos sus enemigos, a cualquier costo.
Quedan todos claramente notificados de cual es la posición del Gobierno Revolucionario. No es una amenaza. Pero sí una categórica advertencia. Es preciso recordar, sin embargo, que antes de ahora hemos dicho que el Gobierno Revolucionario nada tiene contra las ideologías renovadoras, ni contra las masas populares de cualesquiera de los partidos políticos del país. A ellas, el Gobierno Revolucionario les tiende la mano para defender en común la causa del pueblo. Pero no a los dirigentes que fueron cómplices del gran engaño que significó convertirse en defensores de los enemigos del pueblo del Perú. Con esos dirigentes, nada tenemos en común. Con ellos no hay entendimiento posible, porque representan el brazo político de la oligarquía anti-revolucionaria. Hablamos sin eufemismos. Abiertamente ponemos las cartas sobre la mesa. No es nuestro el lenguaje sibilino de los políticos criollos. Por eso hablamos en la forma directa y clara que el pueblo comprende.
Los grandes objetivos de la revolución son superar el subdesarrollo y conquistar la independencia económica del Perú. Su fuerza viene del pueblo cuya causa defendemos y de ese nacionalismo profundo que da impulso a las grandes realizaciones colectivas y que hoy, por primera vez, alienta en la conciencia y en el corazón de todos los peruanos. Esta revolución se inicia para sacar al Perú de su marasmo y de su atraso. Se hizo para modificar radicalmente el ordenamiento tradicional de nuestra sociedad. El sino histórico de toda verdadera transformación es enfrentar a los usufructuarios del status quo contra el cual ella insurge. La nuestra no puede ser una excepción. Los adversarios irreductibles de nuestro movimiento serán siempre quienes sienten vulnerados sus intereses y sus privilegios: la oligarquía
Esa oligarquía, sus aliados de dentro y sus amos de fuera son, pues, y serán siempre, nuestros adversarios implacables. Tengamos conciencia de que hemos sido los únicos que en este país han afectado sus intereses. Esta es la primera vez que esa oligarquía carece de influencia política, la primera vez que no gobierna. Por eso, no perdona ni jamás perdonará a quienes se han atrevido a desafiar su poder, su dinero, su fuerza. Ella permanecerá at acecho, aguardando el momento propicio para lanzar una ofensiva frontal contra el Gobierno de la Revolución.
No creemos, pues, que el adversario de la revolución ha sido ya vencido definitivamente. Ha sufrido algunas serias derrotas, pero la guerra no ha concluido aún. Terminará cuando la Revolución Nacional haya afianzado profundamente sus raíces; cuando el pueblo pueda sentirse absolutamente seguro de que esa oligarquía, que con sus cómplices lo hundió en la pobreza y en el engaño, ya no puede intentar su retorno al control del país. Nosotros no podemos cometer el grande y trágico error de creer que la revolución ha sorteado ya todos los peligros. En realidad, ella recién está comenzando a confrontarlos. No nos durmamos sobre los laureles de victorias iniciales. Mantengámonos vigilantes, alertas, decididos. Nuestro compromiso no es con un ordenamiento político tradicional, formalista, básicamente inoperante y obsoleto. Nuestro compromiso es con el pueblo y con la revolución que ese pueblo demanda. A nada ni a nadie debemos lealtad, sino al Perú y a su causa de justicia social que la revolución encarna y representa.
Por eso, este gobierno tiene también el deber de asegurar la continuidad de la revolución. Sería pueril e indefensible que, en el futuro, permitiéramos la destrucción de la obra revolucionaria a manos de un nuevo gobierno conservador, que trabajaría para restablecer ese pasado contra el cual nosotros insurgimos. Por todo esto, la vuelta al orden constitucional, que tanto reclaman nuestros adversarios, se producirá únicamente cuando se haya garantizado la permanencia de la revolución y su continuidad; únicamente cuando en una nueva Constitución se consagren las conquistas de la revolución; y únicamente cuando no exista posibilidad de que el Perú sea otra vez llevado al sistema ominoso que abolimos el 3 de Octubre de 1968.
Cumplidos estos requisitos, el Perú podrá escoger el camino de futuro que decida el concurso de todos sus ciudadanos, el camino que quiera la auténtica voluntad popular. Entonces, y sólo entonces, nosotros consideraremos que hemos cumplido por entero nuestro deber y nuestro compromiso con el Perú, con su pueblo, con su historia. Con nadie más tenemos compromiso alguno; hacia nadie más tenemos un deber. Esperamos que todos entiendan claramente lo que esto significa. Confiamos en que quienes aún abrigan ilusas esperanzas de volver a disfrutar las prebendas y privilegios de un ayer para siempre cancelado, las abandonen definitivamente.
Y que no se diga que estamos rompiendo la armonía entre todos los peruanos. Ella nunca ha existido en realidad. En el pasado, porque la concordia fue imposible entre un pueblo explotado y sus explotadores. Y en el presente, porque la armonía no puede existir entre quienes defienden los intereses de la oligarquía y quienes defendemos los intereses del pueblo. No puede haber armonía entre la revolución y la antirevolución. El desarrollo, entendido como proceso transformador y revolucionario, tiene un precio que debe ser pagado y que, en gran parte, consiste en la liquidación de todos los privilegios que los pocos tuvieron a expensas de los muchos. Bien poco valdría esta revolución si ella simplemente aspirara a modernizar el país, a introducir cambios secundarios en sus instituciones tradicionales. Para nosotros el desarrollo necesariamente implica alterar de modo fundamental las bases de relación política y económica que hasta hace un año prevalecieron en el ordenamiento social del país. Entre quienes respaldamos esta revolución y quienes a ella se oponen no hay entendimiento posible. La verdadera armonía, la verdadera union nacional, tiene que construirse de ahora en adelante entre los peruanos que apoyan y defienden la necesidad de transformar al Perú. Toda concepción de la unidad nacional en base a poner del mismo lado a los sostenedores de la revolución y a sus enemigos es, por to tanto, falsa y anti-histórica. Aceptarla sería desnaturalizar la revolución.
Transformar una sociedad tan compleja como la nuestra, no es tarea sencilla ni de pronta culminación. Esta revolución apenas ha cumplido un año de existencia. Los peligros más grandes aún no han aparecido. Debemos esperar días difíciles. Y crear en nuestro pueblo conciencia responsable de que tendrán inevitablemente que venir días así. A medida que la revolución se afiance y nuevos privilegios sean abolidos para bien del pueblo, la oligarquía y sus felipillos redoblarán esfuerzos pare frustrarla.
A esa oligarquía empecinada en defender la sinrazón de su propio egoísmo y todos sus agentes declarados o encubiertos, peruanos o extranjeros, hoy les volvemos a decir que no les tememos, que la Revolución no bajará la guardia, que ella continuará su obra de transformación nacional y que seremos implacables en castigar cualquier intento de entorpecer su camino.
Si sentimos así nuestro deber y nuestro compromiso con la revolución, tenemos que velar porque ella sea siempre ejemplo de limpieza, de honradez, de eficiencia, de sacrificio, de entrega generosa. Tenemos que crear conciencia de la inmensa tarea que una revolución entraña. Será necesario enmendar día a día los errores que inevitablemente se cometen en el diario quehacer de la revolución. Seamos capaces de rectificarlos. Tengamos la honestidad, la humildad, la sabiduría y el valor que otros nunca tuvieron para reconocer errores y enmendarlos. Esto, lejos de debilitar a la revolución, le dará mayor fuerza porque le dará mayor autoridad moral. Pero seamos supremamente exigentes con nosotros mismos, aspiremos a ser cada día mejores, estimulemos la crítica honesta que es un aporte invalorable en toda obra de creación. Más, por sobre todo, no olvidemos nunca el sagrado deber de ser siempre leales con esta revolución de la que pende el porvenir de nuestra Patria.
Nuevas tareas nos aguardan en este segundo año que hoy se inicia. Ellas serán otros pasos en el cumplimiento del programa revolucionario, que todo el Peru conoce ya. El balance de estos primeros tiempos es positivo. Pero no nos sintamos satisfechos, porque en verdad mucho queda por hacer en el Perú. Que este segundo año de la revolución nos encuentre más fuertes y mas unidos y que este movimiento siga obedeciendo a su inspiración primera: la conquista que el Pueblo y la Fuerza Armada del Perú, unidos, hagan del ideal de lograr una nación con justicia social para todos sus hijos.
Creo mi obligación hacer público nuestro reconocimiento al gran sector de ciudadanos que, identificados con el espíritu y la obra de la revolución, laboran en diversos campos de actividad; principalmente al selecto grupo de técnicos y profesionales que con patriotismo y desinterés trabajan por la causa de la transformación nacional. Al hacerlo, muchos de ellos atraen sobre sí los odios y la injuria de los grupos reaccionarios. Esos ciudadanos que enfrentan riesgos y peligros por su identificación con el espíritu revolucionario, merecen de nosotros respeto y gratitud, porque sabemos muy bien con cuanto desprendimiento están trabajando por el Perú. Con ellos nos sentimos solidarios y la revolución, de la cual son parte importante por la calidad del trabajo que realizan, los defenderá contra todas las amenazas y todos los peligros. Al igual que nosotros, ellos son también soldados de la revolución.
En un país donde muy pocos supieron ser consecuentes con sus propios principios, donde muchos se doblegaron ante los halagos o las amenazas, esos ciudadanos han dado a todos un ejemplo de coraje al apoyar decididamente una revolución que encarna los ideales nacionalistas y revolucionarios por los cuales ellos, con valor, supieron luchar en el pasado. Por eso, yo quiero esta noche reliever el significado de un gesto así, patriótico y valiente. Y reiterar a esos dignos ciudadanos el reconocimiento y el respaldo de la Fuerza Armada que nunca olvidará el esforzado aporte que ellos están dando a la causa sagrada del Nuevo Perú.
Quiero, para terminar, dirigirme en primer lugar a quienes hasta hoy no militan en la revolución y, en segundo lugar, a los campesinos del país. A los primeros, quiero decirles en nombre del Gobierno Revolucionario, que en esta gesta nacional hay un lugar para todos los peruanos que sinceramente deseen un cambio profundo en nuestro país. Sólo están excluidos de la revolución, los que de una manera u otra se sientan comprometidos con la oligarquía o con el pasado de oprobio contra el cual insurgimos. Esta es una minoría del Perú. La inmensa mayoría, los obreros, los empleados, los intelectuales, los hombres de industria, los estudiantes, los profesionales, es decir, el verdadero pueblo del Perú, no tiene por qué sentirse solidario con el pasado, ni por qué defender los intereses de los enemigos de la revolución. Para ellos y con ellos queremos hacer esta revolución.
Mis palabras finales de esta noche serán para los campesinos, porque la revolución ha comenzado por la reforma agraria; por esta reforma agraria que muchos soñaron, pero que muy pocos creyeron ver realizada algún día en nuestra Patria; por esta reforma agraria que está despertando al campesino y que concita la admiración y el respeto del mundo entero. Sin embargo, como lo previmos el día en que ella fue promulgada hace sólo tres meses, ya es blanco de los intentos de sabotaje y entorpecimiento.
A esos campesinos, para los cuales se hizo la reforma agraria, hoy les decimos que no se dejen engañar; que piensen en lo poco que por ellos hicieron quienes desde el poder dieron una ley de reforma para defender a los poderosos de la tierra; que comprendan que no puede ser sincera la propaganda de quienes hoy tratan de confundir y crear desconcierto; y que estén listos a defender con sus propias vidas si fuera necesario las tierras y las aguas que son y serán suyas.
Mucho del destino de la revolución depende del esfuerzo y responsabilidad de los campesinos para hacer exitosa la reforma agraria. Existen y existirán problemas en su implementación. Esto es inevitable. Pero los campesinos deben estar alertas contra todos los enemigos de su reformas, que son los enemigos de su revolución. No deben olvidar jamás que esta reforma y esta revolución se está hacienda para todo el pueblo, para todos los pobres del Perú. Los beneficios de la reforma agraria, también deben alcanzar a otros sectores de nuestra sociedad que fueron igualmente explotados por la misma oligarquía que hundió a los campesinos en la miseria. La revolución comenzó por el campo pero no se detendrá en él. El horizonte de la revolución es el horizonte mismo de la Patria.
Si tenemos el poder, debemos aceptar la responsabilidad de triunfos y derrotas. De nosotros depende el futuro de la revolución. Pero ella vencerá. Tenemos de nuestro lado la fuera de la razón, pero también la razón de la fuerza.