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viernes, 1 de febrero de 2013
MI MENSAJE
por Eva Perón
1. MI MENSAJE
En estos últimos tiempos, durante las horas
de mi enfermedad, he pensado muchas veces en este mensaje de mi corazón. Quizás
porque en "La Razón
de mi Vida" no alcancé a decir todo lo que siento y lo que pienso, tengo
que escribir otra vez. He dejado demasiadas entrelíneas que debo llenar; y esta
vez no porque yo lo necesite. No. Mejor sería acaso para mí que callase, que no
dijese ninguna de las cosas que voy a decir, que quedase para todos, como una
palabra definitiva, todo lo que dije en el primero de mis libros, pero mi amor
y mi dolor no se conforman con aquella mezcla desordenada de sentimientos y de
pensamientos que dejé en las páginas de "La Razón de mi Vida".
Quiero demasiado a los descamisados, a las mujeres, a los trabajadores de mi
pueblo, y por extensión quiero demasiado a todos los pueblos del mundo,
explotados y condenados a muerte por los imperialismos y los privilegiados de
la tierra. Me duele demasiado el dolor de los pobres, de los humildes, el gran
dolor de tanta humanidad sin sol y sin cielo como para que pueda callar. Si,
todavía quedan sombras y nubes queriendo tapar el cielo y el sol de nuestra
tierra, si todavía queda tanto dolor que mitigar y heridas que restañar, cómo
será donde nadie ha visto la luz ni ha tomado en sus manos la bandera de los
pueblos que marchan en silencio, ya sin lágrimas y sin suspiros, sangrando bajo
la noche de la esclavitud! Y como será donde ya se ve la luz, pero demasiado
lejos, y entonces la esperanza es un inmenso dolor que se rebela y que quema en
la carne y el alma de los pueblos sedientos de libertad y justicia! Para ellos,
para mi pueblo y para todos los pueblos de la humanidad es "Mi
Mensaje". Ya no quiero explicarles nada de mi vida ni de mis obras. No
quiero recibir ya ningún elogio. Me tienen sin cuidado los odios y las
alabanzas de los hombres que pertenecen a la raza de los explotadores. Quiero
rebelar a los pueblos. Quiero incendiarlos con el fuego de mi corazón. Quiero
decirles la verdad que una humilde mujer del pueblo -¡la primera mujer del
pueblo que no se dejó deslumbrar por el poder ni por la gloria!- aprendió en el
mundo de los que mandan y gobiernan a los pueblos de la humanidad. Quiero
decirles la verdad que nunca fue dicha por nadie, porque nadie fue capaz de
seguir la farsa como yo, para saber toda la verdad. Porque todos los que
salieron del pueblo para recorrer mi camino no regresaron nunca. Se dejaron
deslumbrar por la fantasía maravillosa de las alturas y se quedaron para gozar
de la mentira. Yo me vestí también con todos los honores de la gloria, de la
vanidad y del poder. Me dejé engalanar con las mejores joyas de la tierra.
Todos los países del mundo me rindieron sus homenajes, de alguna manera. Todo
lo que me quiso brindar el círculo de los hombres en que me toca vivir, como
mujer de un presidente extraordinario, lo acepté sonriendo, "prestando mi
cara" para guardar mi corazón. Sonriendo, en medio de la farsa, conocí la
verdad de todas sus mentiras. Yo puedo decir ahora lo mucho que se miente, todo
lo que se engaña y todo lo que se finge, porque conozco a los hombres en sus
grandezas y en sus miserias. Muchas veces he tenido ante mis ojos, al mismo
tiempo, como para compararlas frente a frente, la miseria de las grandezas y
las grandezas de la miseria. Yo no me dejé arrancar el alma que traje de la
calle, por eso no me deslumbró jamás la grandeza del poder y pude ver sus
miserias. Por eso nunca me olvidé de las miserias de mi pueblo y pude ver sus
grandezas. Ahora conozco todas las verdades y todas las mentiras del mundo.
Tengo que decirlas al pueblo de donde vine. Y tengo que decirlas a todos los
pueblos engañados de la humanidad. A los trabajadores, a las mujeres, a los
humildes descamisados de mi Patria y a todos los descamisados de la tierra y a
la infinita raza de los pueblos! como un mensaje de mi corazón.
lunes, 27 de agosto de 2012
SEXTA CLASE DICTADA EL 10 DE MAYO DE 1951
por Eva Perón
Tomaré algunas consideraciones hechas en mi clase anterior sobre el capitalismo, para seguir estudiando las causas del peronismo.
En esa oportunidad dije que el peronismo nació en la historia el día en que los obreros, los primeros obreros, vale decir, el pueblo, se encontraron con Perón, después del 4 de Junio y antes del 17 de Octubre; y vieron en él la esperanza que habían perdido después de un siglo de oligarquía.
Ese encuentro se realiza por primera vez, el 27 de noviembre de 1943, cuando Perón decide crear la Secretaría de Trabajo y Previsión, y deseo dejar bien claro esto por varias razones. Primero porque yo debo enseñar la historia del peronismo; la verdadera historia, y además porque esto nos demuestra que el general Perón siguió, desde el primer momento de la revolución del 4 de Junio, un camino distinto del que siguieron los demás hombres de la revolución. Para él la revolución no consistía en cambiar un gobierno por otro, sino en cambiar la vida de la Nación.
En mi clase anterior dije que el peronismo no había nacido el 4 de Junio y que aquella fecha era el telón que se levantaba sobre el escenario donde se iba a desarrollar uno de los acontecimientos más destacables en la historia del mundo; y lo dije muy bien, porque ustedes conocen las razones que tengo para decir que el 17 de Octubre es una revolución tal que en el mundo no ha habido otra igual.
No puede compararse a ninguna otra revolución que la humanidad haya realizado.
La revolución del 4 de Junio no tiene de peronista nada más que la proclama, porque para nosotros, lo quiero dejar bien aclarado, la verdadera revolución es el 17 de Octubre.
viernes, 30 de marzo de 2012
QUINTA CLASE DICTADA EL 19 DE ABRIL DE 1951

por Eva Perón
La historia de peronismo, como todo episodio histórico, tiene sus actores, tiene sus causas y tiene su escenario. Una vez conocidos estos tres capítulos, recién podemos estudiar el desarrollo de los acontecimientos y de sus efectos en la historia. Cuando yo acepté dictar este curso en esta Escuela, creí inicialmente que sólo iba a tener que relatar los acontecimientos, cosa que no me traería ningún inconveniente dado que yo los he vivido y que también los he sufrido. ¿Qué dificultad podría tener en narrarles a ustedes todas las luchas del genera Perón, si yo, directa o indirectamente las he compartido siempre? Yo me dije: éste es mi gran tema. Pero cuando tuve que sentarme a esbozar el programa, advertí que eso no era todo y me di cuenta que no se trataba solamente de relatar los episodios de la historia del peronismo, sino de hacerla comprender, de hacerla sentir y de inculcarla, como dice el general Perón. En ese momento fue cuando comprendí que el problema no era tan simple, y menos para una mujer humilde cuyo único título es nada más que su gran voluntad y su gran amor por la causa del General y de su pueblo. Por eso me han visto ustedes andar por caminos que si no son desconocidos para mí –ya he dicho en otra oportunidad que siempre me ha gustado el tema de la historia, porque he estado buscando en él una medida que no encuentro para el general Perón y nuestro pueblo-, son caminos menos conocidos o poco frecuentados para mí. En estos años de lucha no he podido alcanzar todavía a medir la importancia que tiene nuestro pueblo, nuestro movimiento y su líder en relación con los grandes acontecimientos de la historia.
viernes, 18 de noviembre de 2011
CUARTA CLASE DICTADA EL 12 DE ABRIL DE 1951

por Eva Perón
En mis clases anteriores he hablado de la historia universal, refiriéndome a las dos historias: la de los hombres y la de las masas en su afán por convertirse en pueblo, y a la historia de los grandes hombres hasta llegar a Perón. Aquí nos hemos detenido, como quien se detiene luego de haber recorrido la noche, contemplando en las estrellas la aurora que luego llega con el sol.
Recorrimos la historia de las masas, en su afán por convertirse en pueblo, o sea en sus luchas de superación, hasta llegar al 17 de Octubre, que tal vez es la historia más formidable de un pueblo defendiendo su propio destino.
¿Qué es el pueblo para un peronista? Yo creía que había agotado el tema en la clase anterior y había dispuesto hablar hoy de la historia del capitalismo, pensando que así, por contraste de luz y sombras, nos entenderíamos mejor y entenderíamos mejor al peronismo, pero meditando el tema de mi última clase, advertí que todavía no había terminado y que quedaban muchos puntos, para mí de fundamental importancia. No quiero dejar de insistir sobre el tema de las masas y los pueblos en la historia, porque, para mí, quien no entienda y sienta bien lo que es el pueblo, no podrá ser jamás un auténtico peronista.
Yo siempre digo que los tres grandes amores de un peronista son el pueblo, Perón y la Patria, y vean ustedes, si un peronista puede ser peronista sin tener esos tres grandes amores, tal como lo siento yo, y no solamente como una linda palabra.
El amor es sacrificio, y aunque parezca esto el título de una novela sentimental, es una verdad grande como el mundo y como la historia. No hay amor sin sacrificio, pero nadie se sacrifica por algo que no quiera y nadie quiere algo que no conoce. Nosotros decimos muchas veces que estamos dispuestos a morir por el pueblo, por la Patria y por Perón, pero cuando llegue ese momento, si llega –y no seamos traidores, desleales y vendepatrias-, tenemos que sentir verdaderamente esos tres grandes amores, y por eso debemos conocerlos íntima y profundamente.
Es necesario conocer, sentir y servir al pueblo para ser un buen peronista. Hay muchos peronistas, ya lo son; pero nosotros queremos peronistas en la práctica y no teóricos.
Es urgente que insistamos, dentro de nuestro movimiento, en la necesidad que tenemos de hacer conocer y amar al pueblo –y ustedes verán más adelante por qué es urgente, y más en nuestro movimiento- si es que no queremos perder y malograr esta maravillosa doctrina que nos ha dado el General Perón. Tal vez sea más necesario esto para hacerlo conocer y querer más profundamente a Perón.
El General tiene una grandeza espiritual tan extraordinaria, que está siempre muy presente en nuestros sentimientos y en nuestro corazón; pero mucho me temo que no suceda lo mismo con el pueblo, y a veces pienso que no todos los peronistas me entienden y me creen cuando yo digo que Perón es el pueblo.
No se han dado cuenta todavía de lo que eso significa; no han advertido que eso significa que para quererlo a Perón hay que quererlo al pueblo; que no se puede ser peronista sin conocer, sin sentir y sin querer al pueblo –pero quererlo profundamente- y, sobre todo, servir la causa del pueblo. Un peronista que no conozca, que no sienta y que no sirva al pueblo, para mí no es peronista.
Yo voy a demostrar en esta clase de hoy que la mejor manera de conocer si un peronista es verdaderamente peronista consiste en establecer si tiene un concepto peronista de lo que es el pueblo; si se siente él mismo parte del pueblo y no tiene ambiciones de privilegios; si sirve lealmente al pueblo.
Ustedes dirán que en lugar de dar mi clase de historia del peronismo yo estoy dictando más bien moral peronista. No es eso. Había dicho en la clase anterior que iba a hablar de capitalismo, pero creí que era necesario primero dar una clase sobre ética peronista y, especialmente, sobre oligarquía, para después pasar al capitalismo. Y para no ser oligarca y ser un buen peronista, tenemos que basarnos en un amor profundo por el pueblo y por Perón, sustentado en valores espirituales y en un gran espíritu de sacrificio y de renunciamiento, no proclamados sino hondamente sentidos.
Todas estas cosas no las digo porque sí, ni porque me gusta el tema. Ustedes saben que decir la verdad me ha costado muchos dolores de cabeza, y puedo decir con orgullo que nunca he sido desleal con los que han sido leales a Perón.
Pero también puedo decir con orgullo que jamás he mantenido mi amistad en un círculo ni en un grupo, sino nada más que hacia la lealtad, y la lealtad no me compromete nada más que mientras se es leal a Perón, que es ser leal al pueblo y al movimiento.
Si hablo de estas cosas, es porque sé que al mismo General le preocupa el tema, y nos debe preocupar a todos los que queremos profundamente al movimiento y anhelamos que sea un movimiento permanente. Le preocupa, sobre todo, que todavía haya peronistas que, por su afán de obtener privilegios, más bien parecen oligarcas que peronistas. Mis ataques a la oligarquía ustedes los conocen bien, porque los habrán oído no una, sino muchas veces en mis discursos.
Y estoy segura que algunos de ustedes habrán pensado lo que otros ya me han dicho tantas veces: ¿"Por qué se preocupa tanto, señora, si esa clase de gente no volverá más al gobierno?".
No; yo ya sé que la oligarquía, la del 17 de Octubre, la que estuvo en la plaza San Martín, ésa ya no volverá más al gobierno, pero no es ésa la que a mí me preocupa que pueda volver. Lo que a mí me preocupa es que pueda volver. Lo que a mí me preocupa es que pueda retornar en nosotros el espíritu oligarca. A eso es a lo que le tengo miedo, mucho miedo, y para que eso no suceda he de luchar mientras tenga un poco de vida –y he de luchar mucho- par que nadie se deje tentar por la vanidad, por el privilegio, por la soberbia y por la ambición.
Yo le tengo miedo al espíritu oligarca, por una simple razón. El espíritu oligarca se opone completamente al espíritu del pueblo. Son dos cosas totalmente distintas, como el día y la noche, como el aceite y el vinagre.
Vamos a demostrar el espíritu oligarca en la historia, trayendo algunos ejemplos. Yo, en mis luchas diarias –y ustedes lo habrán visto- para ser una buena peronista, trato de ser más humilde, trato de arrojar fuera de mí cualquier vanidad que pudiera albergar mi corazón. Yo no podría ser la esposa del General Perón, ni buena peronista, si tuviera vanidad, orgullo y, sobre todo, ambición, porque la ambición es el espíritu oligarca que perdería completamente a nuestro movimiento.
Yo no sé qué pensarán de mi los historiadores y los que comentan la historia, pero yo creo firmemente –y de esta idea no me podrán sacar- que la causa de todos los males de la historia de los pueblos es, precisamente, el predominio del espíritu oligarca sobre el predominio del espíritu del pueblo.
¿Cuál es el espíritu oligarca? Para mí, es el afán de privilegio, es la soberbia, es el orgullo, es la vanidad y es la ambición; es decir, lo que hizo sufrir en Egipto a millares y millares de esclavos que vivían y morían construyendo las pirámides; es el orgullo, la soberbia y la vanidad de unos cuantos privilegiados que hacían sufrir en Grecia y en Roma a los ilotas y a los esclavos; es el espíritu de oligarca de unos pocos espartanos y aristócratas y de unos pocos patricios que gobernaban a Esparta, a Atenas y a Roma; el sufrimiento de millones y millones de hindúes se debió al orgullo de las sectas dominantes; el dolor de la Edad Media se debió a la soberbia de los señores feudales, de los reyes y de los emperadores ambiciosos, que sólo pensaban en dominar a sus iguales; el sufrimiento que provocó la rebeldía del pueblo francés en 1789, la Revolución Francesa, tiene su causa en los privilegios de la nobleza y del alto clero; la Rusia de los zares, que hizo nacer en el mundo la revolución comunista, es otra expresión más de los sufrimientos que ha provocado el espíritu oligarca, la vanidad, la ambición, el egoísmo y el orgullo de unos pocos aplastando a las masas.
El peronismo que nace el 17 de Octubre es la primera victoria real del espíritu del pueblo sobre la oligarquía. La Revolución Francesa, tal como la historia lo atestigua –y yo trato de profundizarla y de leer mucho de lo que se ha escritono fue realizada por el pueblo, sino por la burguesía. Esto no lo recordamos muy frecuentemente.
La burguesía explotó el desquicio real en ese pueblo hambriento, desposeído y es por eso que preferimos recordar de la Revolución Francesa tres palabras de su lema: Libertad, Igualdad y Fraternidad, tres hermosas palabras de los intelectualoides franceses que decían cosas muy hermosas, pero que realizaban muy poco. Y es por eso que nos olvidamos de algo extraordinario. Nos olvidamos que la Constitución de 1789 prohibía la agremiación. ¿Puede una revolución ser del pueblo, cuando dicta una Constitución prohibiendo la agremiación?
El pueblo siguió a la burguesía, pero ésta no respondió honrada y lealmente a ese pueblo, que se jugó la vida en la calle.
La Revolución Francesa quiso suprimir, y lo consiguió, hasta con la guillotina, al privilegio aristocrático, pero trajo al mundo el concepto de la libertad individual absoluta, creando con ese concepto otros privilegios, como el de la riqueza, que condujo luego rápidamente al capitalismo.
La revolución rusa también quiso suprimir a la oligarquía aristocrática, utilizando para ello al pueblo, cuya reacción violenta provocó también la muerte de los zares. Pero después se creó en Rusia una nueva oligarquía: la de unos cuantos hombres que no consultan al pueblo, sino que simplemente lo llevan hacia donde quieren. Ellos no hacen lo que el pueblo quiere, sino que el pueblo tiene que hacer lo que ellos quieren. Creo que hay una pequeña diferencia...
Tan oligárquico es el sistema feudal como el absolutismo de los reyes, como el sistema de casta que imperó en nuestro país, sistema cerrado con la "Yale" de los apellidos ilustres que nosotros conocemos. Tanto más ilustres esos apellidos cuanto más dinero tenían en el Banco. Tan oligárquico es el sistema capitalista que domina desde Wall Street como el sistema comunista imperante en Rusia.
Por ello, afirmo que el peronismo nacido el 17 de Octubre es una victoria del auténtico pueblo sobre la oligarquía. Y para que esa victoria no se pierda, como se perdió la Revolución Francesa y la revolución rusa, es necesario que los dirigentes del movimiento peronista no se dejen influenciar por el espíritu oligarca.
Es necesario, para ello, que todas estas cosas que decimos no caigan en el vacío. Yo a veces observo que cuando se dicen cosas importantísimas, nos las aplauden, si tenemos razón, pero en la práctica hacen esos mismos que aplaudieron todo lo contrario. Hay que aplaudir y gritar menos y actuar más. Claro que al decir esto hablo en general.
Nuestro movimiento es muy serio, porque tenemos un hombre, el General Perón, que está quemando su vida por legarnos consolidada su doctrina y por entregarnos y depositar en nuestras manos la bandera justicialista y una Patria socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.
Eso era para nosotros un sueño. Era un sueño para los argentinos pensar que algún día, en nuestro país, un hombre, con sentido patriótico, un hombre extraordinario, y sobre todo con una gran valentía, pudiera anunciarlo y realizarlo.
Pero es que hay que reconocer que el hombre que ha creado su doctrina y que ha realizado esa obra tan extraordinaria, es un hombre de unos valores morales extraordinarios.
Nosotros vemos en Perón a la humildad, a un hombre sencillo, a un hombre que no es vanidoso ni orgulloso, a un hombre que siente alergia por los privilegios.
Entonces nosotros, que lo queremos a Perón, tratamos de acercarnos, tratamos de igualarnos a él, tratamos de sentirnos humildes, de no ser ambiciosos, de no sentir orgullo ni vanidad.
En esto es en lo único en que podemos tratar de igualarnos a Perón, y, si lo logramos, va a ser tan grande que habremos desterrado del peronismo el peligro del espíritu oligarca que, de lo contrario, terminaría con nosotros. Perón no ha venido a implantar otra casta; él ha venido a implantar al pueblo, para que sea soberano y gobierne. Por eso, nosotros tenemos que sentirnos humildes y consultar al pueblo en todo, pero consultarlo también en su humildad. No sentirnos, cuando el movimiento nos llama a una función, importantes ni poderosos.
A mí me preocupa extraordinariamente esta cuestión. He tenido una gran desilusión con gente a la que aprecio, cuando la he visto envanecerse como pavos reales, cuando las he visto sentirse importantes. No hay más importancia, más privilegio, ni más orgullo, que el sentirse pueblo. Pero algunos se sienten señores; ¡y el señor no se siente, el señor se nace, aun en los más humildes! Cuando los he visto en personajes, me ha entrado frío, miedo, angustia y una profunda tristeza. Pero las fuerzas y la esperanza me renacen cuando miro a Perón trabajando incansablemente y al pueblo colaborando con él.
Yo lo observo al General, porque no quiero dentro del movimiento ser nada más que una buena alumna suya; quiero servir al movimiento y no servirme de él. Si actuáramos así siempre, la humanidad sería más feliz y nosotros seríamos mucho más útiles a los pueblos.
El General Perón es humilde a pesar de todo su poder, y no digo poder por ser él el Presidente de la República, sino por su poder espiritual, porque él es mucho más poderoso que por sus títulos, sus galones y sus derechos, porque reina sobre el corazón de millones de argentinos.
Yo lo he visto al General, no con ese empaque humilde y fingido que a veces ustedes advierten en algunos hombres en los pequeños detalles, más que en los grandes, y que es el teatro que hacen muchos políticos que aparecen como humildes para que los vea un grupo, pero que en el fondo son déspotas, soberbios, vanidosos y fríos. A Perón, en cambio, que ha hecho obras extraordinarias, lo veo todas las mañanas, al llegar a la Casa de Gobierno –para dar un ejemplo, porque, como decía Napoleón, un ejemplo lo aclara todo- tocar el timbre y decir, siempre, al ordenanza que acude: "Buenos días, hijo; ¿quiere hacerme el favor de traerme un cafecito?". Y cuando se lo trae, así esté con un embajador, con un ministro o con quien fuera, le da un abrazo agradeciéndole; pero eso es normal en él, le sale de adentro. Eso no es teatro: le sale del corazón. Y yo pienso, entonces, si todos los peronistas seríamos capaces de hacer otro tanto. No podemos tener el privilegio de ser genios y grandes como Perón, pero sí podemos proponernos ser buenos como él.
La gente se olvida muy fácilmente del pueblo, y nosotros, los peronistas, que decimos que queremos a Perón, que amamos profundamente su figura, su nombre, su doctrina y su movimiento, no podemos ni debemos jamás olvidar al pueblo, porque si no traicionamos a Perón, traicionamos su preocupación más grande. No olviden que Perón trabaja, lucha, sueña y se sacrifica por un ideal: su pueblo.
Es que algunos peronistas no se dan cuenta de que todo lo que somos se lo debemos a Perón y al Pueblo, y a veces nos creemos que llegamos por nosotros mismos, nos consideramos importantes e insustituibles, y hasta nos creemos a veces directores de orquesta. ¿De qué orquesta somos directores?
La humildad debe ser una de nuestras grandes preocupaciones, como la bondad, la falta de vanidad y la ausencia de ambición. No debemos tener más que una sola ambición: la de desempeñar bien nuestro cargo dentro del movimiento.
Dijo el General Perón hace unos días: no son los cargos los que dignifican a los hombres, sino los hombres los que honran a los cargos. Nosotros debemos aspirar a ocupar un cargo de lucha, no importa cual fuere, pero cumplirlo honradamente, con espíritu de sacrificio y de renunciamiento, que nos haga ante nuestros compañeros dignos del movimiento y nos eleve en la consideración de todos. Así cumpliremos con el pueblo y con el movimiento. No nos olvidemos del hombre que trabaja de diana hasta ponerse el sol, para construir la felicidad de todo el pueblo argentino y la grandeza de la Nación, y nosotros, bajo su sombra maravillosa, no debemos amargar sus sueños de patriota, con ambiciones mezquinas y desmesuradas como las de algunos peronistas que ya se creen dirigentes importantes.
La característica exclusiva del peronismo, lo que no ha hecho hasta ahora ningún otro sistema, es la de servir al pueblo y, además, la de obedecerlo. Cuando en cada 17 de Octubre, Perón pregunta al pueblo si está satisfecho de su gobierno, tal vez por tenerlo a Perón demasiado cerca, no nos detenemos a pensar en las cosas tan grandes a que nos tiene acostumbrados, a algo que no pasa en la humanidad. ¿Cuándo algún gobernante, alguna vez en el mundo, una vez al año reúne a su pueblo para preguntarle si está conforme con su gobierno?
¿Cuándo algún gobernante en el mundo dijo que no habrá sino lo que el pueblo quiera? En cambio, Perón puede hablar porque tiene su corazón puesto junto al corazón del pueblo. La actitud argentina del General Perón en la Conferencia de Cancilleres: "No saldrán tropas al exterior sin consultar previamente al pueblo", no se ha visto nunca en el mundo, ¿Cuándo algún gobernante ha preguntado, antes de enviar tropas al exterior, si el pueblo está conforme? Nunca loa han hecho, porque cuando han querido, han enviado las tropas en nombre del pueblo sin consultarlo jamás.
Estos tres ejemplos nos demuestran la grandeza de Perón, la honradez de sus procedimientos, el amor profundo y entrañable que él siente por el pueblo y el respeto por "el soberano", que de soberano no tenía, hasta Perón, más que el nombre, porque jamás fue respetado. Eso lo hace el General, y si él lo hace, tratando de auscultar las inquietudes del pueblo, ¿cómo nosotros los peronistas que lo acompañamos y pretendemos ayudarlo, no vamos a extremas nuestras energías y nuestro esfuerzo para acercarnos a él en el deseo de servir leal, honrada y humildemente?
Ese debe ser un deber de los peronistas. Nosotros debemos pensar siempre que el General Perón respeta al pueblo, no sólo en las cuestiones fundamentales sino también en las pequeñas.
Dijo yo los otros días que la masa no hace más que sentir, que no piensa. Por eso los totalitarismos, sean fascistas o comunistas, organizan al pueblo como un militar adiestra al soldado, para que éste sirva mejor a la patria. Perón, en cambio, favorece la agremiación y la organización del pueblo, no para que el pueblo sirva al peronismo, sino para que el peronismo pueda servir mejor al pueblo, entre lo cual hay una gran diferencia. A fin de que el pueblo conserve y conquiste sus derechos, Perón trata al pueblo, no como un militar a sus soldados, sino como un padre a sus hijos. Lo que hace Perón, sirviendo al pueblo, debemos hacerlo nosotros cada día más.
Yo quisiera que a esta clase –y esto es un deseo ferviente mío- ustedes la tengan siempre muy presente en su corazón y en su mente para tratar todos los días de inculcarla a los peronistas y nosotros mismos adoptarla en nuestros procedimientos, y así nos sentiremos más tranquilos en nuestra conciencia de peronistas, de argentinos, de mujeres y hombres del pueblo.
Nuestra consigna debe ser la de servir al pueblo y no servir a nuestro egoísmo, que en el fondo todos tenemos, ni a nuestra ambición, porque eso sería tener lo que yo llamo espíritu oligarca.
Vamos a dar un ejemplo de espíritu oligarca, aunque ya he dado muchos: el funcionario que se sirve de su cargo es oligarca. No sirve al pueblo sino a su vanidad, a su orgullo, a su egoísmo y a su ambición. Los dirigentes peronistas que forman círculos personales sirven a su egoísmo y a su desmesurada ambición.
Para mí, ésos no son peronistas. Son oligarcas, son ídolos de barro, porque el pueblo los desprecia, ignorándolos y a veces hasta compadeciéndolos.
La oligarquía del 17 de Octubre, la que derrotamos ese día, para mí, está muerta. Por eso es que le tengo más miedo a la oligarquía que pueda estar dentro de nosotros que a esa que vencimos el 17 de Octubre, porque aquélla ya la combatimos, la arrollamos y la vencimos. En tanto que ésta puede nacer cada día entre nosotros. Por eso los peronistas debemos tratar de ser soldados para matar y aplastar a esa oligarquía donde quiera que nazca.
Nosotros decimos, con Perón, que no queremos ni reconocemos más que una sola clase de hombres: la de los que trabajan. Esto quiere decir que para nosotros no existe más que una sola clase de argentinos, la que constituye el pueblo, y el pueblo es auténticamente trabajador.
¿Qué diferencia hay entre esta nueva clase y la clase oligárquica que gobernó hasta 1943? Es muy fácil explicarla.
La oligarquía era una clase cerrada, o sea, como lo dije anteriormente, una casta. Nadie podía entrar en ella. El Gobierno les pertenecía, como si nadie más que la oligarquía pudiese gobernar el país. En realidad, como que a ellos los dominaba el espíritu de oligarquía, que es egoísta, orgulloso, soberbio y vanidoso, todos estos defectos y malas cualidades los llevaron poco a poco a los peores extremos y terminaron vendiéndolo todo, hasta la Patria, con tal de seguir aparentando riqueza y poder.
Cuando vemos a un político que no quiere que nadie más que sus amigos entren en el círculo, pensamos que también él es un oligarca. Ese también se quiere preparar otra casta para él, pero se olvida que hay muchos soldados y servidores del General que lo interpretamos, que lo seguimos honradamente, que tendremos el privilegio de ser los eternos vigías de la Revolución.
Por lo tanto, estaremos en guardia permanente para destrozarlos y aplastarlos a esos señores que ustedes conocen, como dije anteriormente.
El peronismo es un movimiento abierto a todo el mundo. Ustedes ven que cualquiera que llega a mí, sea un dirigente de esto o de lo otro, siempre le digo que él, para mí, no es más que un dirigente de Perón. Cuando me dicen que Fulano es un dirigente que responde a Mengano o a Zutano, pienso que no es un dirigente, sino un sinvergüenza, porque bajo el lema Justicialista, el pueblo y la Patria toda constituyen una gran familia, en la que todos somos iguales, felices y contentos, respondiendo sólo a Perón.
Dentro de nuestro movimiento no se necesita tener títulos universitarios, ser intelectual, ni tener cuatro apellidos para integrar el gobierno de Perón. Al lado de él hay hombres de todas las condiciones sociales: médicos, abogados, obreros, ricos y pobres, de todas las clases, pero sin ese espíritu oligarca que es la negación de nuestro movimiento. Por lo menos aspiramos a eso. En ese sentido, tenemos una ardua y larga tarea que realizar. Cualquier peronista puede llegar a ocupar los más altos cargos dentro de nuestro movimiento. Si trabaja honradamente, puede aspirar a cualquiera, y en este sentido debemos tener en cuenta una frase del General Perón que se debería grabar en el corazón de todos los peronistas: "Sean todos artífices del destino común, pero ninguno instrumento de la ambición de nadie".
No sean tontos, aquí no necesitan padrinos; aquí lo único que los valoriza es el sacrificio, la eficacia y el trabajo. Yo siempre he sentido alergia por los recomendados.
Siempre los he atendido muy bien y les he solucionado el asunto, pero siempre me ha dado una profunda pena que esas personas no sepan que no necesitan de la recomendación. En nuestro movimiento no hay más recomendación que la de ser peronista. Es por eso que cualquier peronista, por humilde que sea, puede aspirar, como ya lo he dicho, a los más altos cargos, con sólo tratar de interpretar las inquietudes del General Perón. Esto es fundamental para que nosotros podamos formar un movimiento permanente, consolidado en el espacio y en el tiempo. Nuestro movimiento es el más profundo y maravilloso de todos, porque tiene una doctrina perfecta y un conductor genial como el General Perón.
Yo, que he tenido la debilidad de estudiar profundamente a todos los grandes de la historia, y ustedes, que lo habrán hecho tanto como yo, sabemos que en todos los grandes hombres hay errores y defectos, que se les perdonan porque son genios, y a los genios se les perdona todo. Pero –a veces a los argentinos nos parece mentira- Perón es un genio que no tiene defectos, y si tuviera uno, sería uno solo: tener demasiado corazón, que sería el más sublime de todos los defectos, ya que Cristo perdonó a quienes lo crucificaron. Nosotros debemos pensar en eso, en la grandeza, en las virtudes y en las condiciones morales del General Perón y, sobre todo, en su humildad, que es lo que lo hace más grande.
Deberíamos nosotros elevar todos los días nuestra mirada y nuestro recuerdo hacia la figura patricia del General Perón; seríamos entonces cada día más buenos. Y al acostarnos, deberíamos realizar un balance de lo que hemos hecho, y ver si hemos tratado bien a un compañero, si hemos servido honradamente al pueblo, si hemos cumplido con humildad, con desinterés y con sacrificio nuestra labor. Entonces, nos podremos acostar tranquilos, porque hemos cumplido con la Patria, con Perón y con el Pueblo.
Yo he pretendido que mi despacho sea lo más popular y lo más descamisado; no en sus paredes –porque nosotros no nos vestimos de harapos para recibir al pueblo, sino que nos vestimos de gala para recibirlo con los mejores honores, como se merece-, pero sí descamisado por el cariño, el corazón, la humildad y el espíritu de sacrificio y de renunciamiento. A veces me parece que éstos no son suficientemente grandes como para merecer yo ser la esposa del General Perón; pero pienso que no puedo asemejarme al General, porque Perón hay uno solo, pero trato por lo menos de merecer el cariño y la consideración del General y de los peronistas, trabajando con un gran espíritu de desinterés, de sacrificio, de renunciamiento y de amor. Y es por eso que cuando llegan a mi despacho los ministros, yo me alegro, porque los veo mezclados con los obreros y con los pobres, es decir, con nuestro auténtico pueblo. Y yo creo que así, viéndome trabajar a mí confundida con el pueblo, y viendo lo maravilloso que nuestro pueblo es, no se harán oligarcas.
Eso significa que nosotros queremos una sola clase de argentinos. No quiere decir que querramos que no haya ricos, o que no haya intelectuales ni hombres superiores. Todo lo contrario: lo grande del peronismo es que todos los argentinos pueden llegar a ser lo que quieran, incluso hasta Presidente de la República.
Prueba de que el peronismo quiere eso, es que tenemos un ministro obrero, agregamos obreros en las embajadas, obreros en las Cámaras, obreros en todas partes; y también en el aspecto cultural tenemos el teatro obrero y salones de arte obrero, aunque en este aspecto tenemos mucho, mucho que hacer, para cumplir con los deseos y con las inquietudes del General Perón.
Gracias al General Perón, nosotros hemos logrado tener las universidades abiertas a todo el pueblo argentino. Eso nos demuestra la preocupación del gobierno argentino por elevar la cultura del pueblo y por que nuestro pueblo pueda llegar a las universidades, que ya no estén reservadas a unos pocos privilegiados. Ahora los humildes pueden ser abogados o médicos, según sean sus inclinaciones.
Ellos, con su sentido de pueblo serán más humanos y las futuras generaciones podrán agradecernos que los hayamos comprendido y apoyado.
Ser peronista, para hacer la síntesis de todo lo que he hablado, requiere tener los tres amores a que yo hice mención al principio: el pueblo, Perón y la Patria. El peronismo es la primera victoria del pueblo sobre la oligarquía; por eso hay que cuidarlo y no desvirtuarlo jamás. El peronismo sólo se puede desvirtuar por el espíritu oligarca que pueda infiltrarse en el alma de los peronistas, y perdonen, chicas y muchachos, que les repita tanto esto, pero si así lo hago es porque quisiera que lo llevaran siempre profundamente grabado en su corazón. Es fundamental para nuestro movimiento.
Para evitar que se desvirtúe el peronismo, hay que combatir los vicios de la oligarquía con las virtudes del pueblo. Los vicios de la oligarquía son: en primer término, el egoísmo, Podríamos tomar como ejemplo el de las damas de beneficencia.
Hacían caridad, pero una caridad denigrante. Para dar, hay que hacerse perdonar el tener que dar. Es más lindo recibir que dar, cuando se sabe dar, pero las damas trataban siempre de humillar al que ayudaban. Tras la desgracia de tener que pedir, lo humillaban en el momento de darle la limosna, con la que ni siquiera le solucionaban el problema. En segundo lugar está la vanidad. La vanidad trae consigo la mentira y la simulación, y cuando entra en la mentira y en la simulación, el hombre deja de ser constructivo dentro de la sociedad. En último término, tenemos la ambición y el orgullo, con los cuales se completan los cuatro vicios de la oligarquía: egoísmo, vanidad, ambición y orgullo.
Las virtudes del pueblo son: en primer término, generosidad. Todos ustedes habrán advertido el espíritu de solidaridad que hay entre los descamisados.
Cuando un compañero de fábrica cae en desgracia, en seguida se hace una colecta para ayudarlo, cosa que no ocurre en otros ambientes. Lo mismo es el caso de los obreros y la Fundación. Ellos vieron que la Fundación iba directamente al pueblo, a diferencia de las damas de beneficencia que se guardaban ochenta y daban el veinte de cada cien que recibían, con lo que el pueblo había perdido la esperanza y la fe. ¿Cómo iba a tener prestigio una cosa en la que el pueblo no creía? Cuando vieron que la Fundación realizaba el camino nuevo del peronismo, de ayudar y de defender los centavos como si fueran pesos, los obreros se aglutinaron y desinteresadamente contribuyeron a una obra que iba a servir, honrada y lealmente, a sus propios compañeros. Es así que se ha dado el milagro de que las masas trabajadoras sean las verdaderas creadoras de la obra de la Fundación.
Tenemos luego la sinceridad. La sinceridad es la virtud innata de nuestro pueblo, que habla de su franqueza.
El desinterés: ustedes ven que el descamisado es puro corazón, es desinteresado.
Y la humildad, que debemos tenerla tan presente.
Por lo tanto, las virtudes del pueblo son: generosidad, sinceridad, desinterés y humildad. La humildad debe ser la virtud fundamental del peronista. El peronista nunca dice "yo". Ese no es peronista. El peronista dice "nosotros". El peronista nunca se atribuye sus victorias, sino que se las atribuye siempre a Perón, porque si hacemos algo es por el General, no nos engañemos. Y cuando en el movimiento hay un fracaso, observamos a menudo –ustedes que andan por la calle lo habrán notado mejor que yo- que se dice: "Y, la culpa la tuvo Fulano", siempre viene de "arriba". Los éxitos son de ellos, que tanto influyeron y tanto hicieron, lo trabajaron tanto, que lo consiguieron... El fracaso es siempre de arriba, según ellos. El fracaso, desgraciadamente, es debido a la incomprensión, es producto del caudillismo, de que todavía los peronistas no nos hemos podido desprender, pero de los que nos desprenderemos, cueste lo que cueste...
No me refiero, por lo tanto, a esos que dicen que los fracasos vienen de arriba, sino a los peronistas. Los fracasos son nuestros, desgraciadamente. Yo a veces pienso, cuando me equivoco –también yo cometo grandes errores, ya que nadie está exento de ellos, pues el que no se equivoca nunca es porque no hace nada-, pienso cuánto mal le hago al General. Unicamente los genios como Perón no se equivocan nunca. Pero el pueblo no está poblado de héroes ni de genios, y menos de genios que de héroes.
Repito que los fracasos son nuestros. El peronista se debe atribuir siempre los fracasos, y al decir "peronista" lo decimos en la extensión de la palabra. Las victorias, en cambio, son del movimiento, o sea, de Perón. ¿Habría hecho yo todo lo que hecho en la Fundación, si Perón no nos hubiese salvado de la oligarquía?
¿Habría hecho yo todo el bien que hago a los humildes de la Patria, la colaboración que les presto a los gremios del país, si Perón no hubiera hecho en nuestro país esta revolución social tan extraordinaria, independizándonos de la oligarquía, dándonos, además, la justicia social, la independencia económica, la soberanía política y su maravillosa doctrina? ¿Existiría Eva Perón si no hubiera venido Perón? No. Por eso yo digo que el peronismo empieza con Perón, sigue a Perón y termina en Perón.
Ni aun después podrán desplazar al General, porque el General Perón no será desplazado jamás del corazón del pueblo. El día en que alguno, en su ambición y en sus intereses mezquinos y bastardos, piense que él puede ser bandera del movimiento, ese día él habrá terminado.
Por eso yo digo que no tenemos nada más que a Perón, y nosotros, para consolidar y colaborar en su obra, debemos ser buenos predicadores de su doctrina.
Cuando alguien se enoja y se lamenta de errores entre los católicos, yo les contesto que la doctrina cristiana es lo más grande que hay, que los malos son los predicadores y no la doctrina. Aquello es eterno. En esto, que es terrenal, tenemos que tener además de buenos predicadores, también buenos realizadores.
La doctrina de Perón es genial; los malos seremos nosotros, ya que de barro somos, pero tenemos que tratar de ser cada día más superiores y más dignos del maravilloso pueblo y del ilustre apellido de argentinos. Por eso es que nosotros
aspiramos, cada día más, a ser buenos y mejores predicadores de la doctrina de General, pero no sólo buenos en la prédica, sino también en la práctica. Para lograrlo, el peronista debe ser siempre de una gran humildad, reconocer que él no significa nada y que Perón y el pueblo lo son todo.
viernes, 12 de agosto de 2011
TERCERA CLASE DICTADA EL 5 DE ABRIL DE 1951
por Eva Perón
En la primera clase dije que la historia universal era la historia de los grandes hombres y de las masas humanas que se llaman pueblo.
En la segunda clase hemos hablado en líneas generales acerca de lo que han significado en la historia del mundo algunos de los grandes hombres.
Como primeras conclusiones yo podría decir:
1º) Que ningún hombre extraordinario puede dejar de considerarse precursor de nuestro movimiento peronista.
2º) Que el peronismo ha tomado lo mejor que han concebido a través de la historia humana los filósofos y los conductores. El peronismo, no sólo lo ha realizado sino que los ha superado.
Estas son las conclusiones, a mi juicio, de lo hablado en las clases anteriores, las que se pueden comprobar con los hechos.
Lo que los filósofos y conductores querían era la felicidad de los pueblos. Ningún pueblo ha sido tan feliz como lo es el pueblo argentino en este momento, gracias a Perón y a su doctrina.
Esto es en síntesis lo que hemos tratado en las dos clases anteriores.
lunes, 21 de marzo de 2011
SEGUNDA CLASE DICTADA EL 29 DE MARZO DE 1951

por Eva Perón
En la primera clase que di en esta Escuela, para demostrar lo que es la historia universal –que no es más que la base de dos historias: la de los grandes hombres y la de las grandes masas-, dijimos que los individualistas creen que la historia se basa solamente en los grandes hombres y que los colectivistas prescinden de los grandes hombres y creen en las grandes masas. Pero nosotros tenemos nuestra tercera posición, y es por eso que yo dije, en mi primera clase, que nosotros aceptábamos a los grandes hombres y a las grandes masas como los que pueden ser los constructores de una gran felicidad y de una gran prosperidad.
En la clase de hoy vamos a analizar cómo se ha escrito la parte de la historia correspondiente a los grandes hombres y vamos a tomar hoy siete puntos para poder desarrollar esta materia de la historia del peronismo que me ha tocado a mí dictar. En esta clase voy a exponer estos siete puntos y después les haré llegar unos trabajos para que ustedes luego me los devuelvan, para que confrontemos la historia universal, sobre distintos puntos, con la historia de nuestro peronismo; o sea, a los grandes hombres de la historia con lo que es nuestro líder, el general Perón, el grande, el genio y el creador de nuestra doctrina peronista.
Existen indudablemente, desde el punto de vista de su relación con la historia, varias clases de hombres comunes o mediocres, hombres superiores y hombres extraordinarios. En esta clasificación no tienen nada que ver ni el origen, ni la clase social, ni la cultura. Existen hombres mediocres y comunes entre los cultos, y existen hombres superiores entre los humildes. Humildes obreros lo han comprendido a Perón como no lo han comprendido los que se creían cultos, y con eso han demostrado los obreros, los hombres humildes de nuestra patria, que eran hombres superiores.
Esto no sucede por primera vez en el mundo. Frente a todos los hombres extraordinarios, lo mismo que frente a las grandes ideas, siempre se han levantado los sabios y los inteligentes para atacarlos, como así los humildes y los menos cultos para apoyarlos. El caso de Colón, un humilde pescador, frente a los sabios de la corte española; el caso de Cristo, a quien los escribas y sacerdotes de aquella época negaron y, en cambio, humildes pecadores lo hicieron conocer por todo el mundo y, además, lo apoyaron.
No puedo resistir a la tentación de analizar un poco este tema de comparación de los hombres mediocres y comunes con los hombres superiores, sobre todo porque yo aspiro a que cada peronista sea un hombre superior. No digo que alcance a ser genial, porque los genios no nacen todos los días ni en todos los siglos; pero sí ambiciono a que lleguen a ser hombres superiores, y es por eso que nosotros queremos es esta Escuela hacer una diferencia entre el hombre superior, el mediocre y el extraordinario, o sea el genio.
Nosotros, por sobre todo, tenemos al genio. Los peronistas contamos con los hombres –y al decir hombres incluyo también a las mujeres- superiores.
Y el pueblo argentino, como todos los pueblos, por desgracia tiene también los mediocres y hombres superiores que hoy vamos a tocar más profundamente. Se entiende, vuelvo a decir, que al hablar del hombre me refiero también a la mujer.
Los mediocres no recorren sino caminos conocidos; los superiores buscan siempre nuevos caminos. A los mediocres les gusta andar sobre las cosas hechas; a los superiores les gusta crear.
Los mediocres se conforman con un éxito; los superiores aspiran a la gloria, respiran ya el aire del siglo siguiente y viven casi en la eternidad. Un pintor que suele copiar cuadros y otro pintor que crea, por ejemplo, uno es un hombre superior, el segundo, y el otro es un hombre mediocre; por eso al creador se lo define con el título de artista.
Los mediocres son los inventores de las palabras prudencia, exageración, ridiculez y fanatismo. Para ellos el fanatismo es una cosa inconcebible. Toda nueva idea es exagerada. El hombre superior sabe en cambio que el fanático puede ser un sabio, un héroe, un santo o un genio, y por eso lo admira y también lo acepta y acepta el fanatismo.
Para un hombre superior, una idea nueva puede ser un descubrimiento de algo grande, por ejemplo un mundo nuevo, como el mundo que descubrió Colón, un hombre de origen tan sencillo. Un hombre común o mediocre nunca profundiza una cosa y menos ama; el amor para él es una ridiculez y una exageración. Un hombre superior, en cambio, es capaz de amar hasta el sacrificio. Muchas veces, cuando los hombres aman hasta el sacrificio, son más heroicos. Yo, al ver que hombres humildes de la patria quieren tanto a Perón y hacen sacrificios tan grandes, pienso que estamos seguros, porque la bandera del pueblo, o sea la de
Perón, la de los descamisados, está en manos superiores.
Es por eso que nosotros debemos hacer una diferencia muy grande entre el mediocre y el superior. No porque un hombre tenga mucho estudio ha de ser superior.
Hay que hacer mucha diferencia entre los de gran cultura que creen que lo saben todo, porque algunos tienen también la soberbia del ignorante, que es la más peligrosa de todas.
Los mediocres nunca quieren comprometerse, y de ésos nosotros conocemos a muchos. Son cobardes, nunca se juegan por una causa, ni por nadie; dirigentes políticos de las horas buenas y aprovechadores cuando el río está revuelto. Yo diría, funcionarios de esos, por ejemplo, que usan el distintivo solamente cuando van a Trabajo y Previsión. No alcanzan a ser Judas, pero son tan repudiables, que nosotros les llamaríamos Pilatos. Yo prefiero el enemigo de frente a un "tibio", será porque los tibios me repugnan, y voy a decir aquí algo que está en las Escrituras: "Los tibios me dan náuseas".
Yo admiro más bien a los hombres enemigos, pero valientes. Hay que tener mucho cuidado con los Pilatos dentro de nuestra causa.
Dante ubicó a los mediocres, a los que no quisieron comprometerse ni con el bien ni con el mal, junto a los ángeles, que no fueron ni fieles ni creyentes, pues se dice que una vez los ángeles en el cielo se pelearon. Unos estuvieron a favor de Cristo y otros en contra. Entonces, Dios, a los que estuvieron a favor los mandó a la gloria y a los otros al infierno. Pero hubo uno de los ángeles, de esos que abundan tanto, que no se comprometió; observador. Entonces Dios no lo podía poner en la gloria, ni tampoco en La Divina Comedia –voy a hacer una referencia-, al ponerlo a la entrada, dice Dante a Virgilio, que lo conduce: "Mira y pasa", como diciéndole: "No vale la pena detenerse ante los que no quisieron ni el cielo, ni tampoco los aceptó el infierno". El eterno castigo de los mediocres es el desprecio. Y nosotros, además del desprecio, debemos ignorarlos. A los mediocres los mata el anonimato. "Los mediocres –dice Elliot en su libro El Hombre –son los enemigos más fuertes y más poderosos de todo hombre de genio". Carecen de entusiasmo, de fe, de esperanza y, como es lógico, de ideales.
Son los que se reían de los sueños de Perón, que lo creyeron loco o visionario.
Otros hombres superiores creen en la belleza, en el amor y en la grandeza, creen en todo lo extraordinario; por eso creyeron en Perón. Por cada día que pasa nosotros nos damos cuenta de la estatura del general Perón.
El general Perón es de esos hombres extraordinarios que profundizan la historia universal. Nosotros nos damos cuenta que tiene todo lo bueno de los grandes hombres y que no tiene nada malo de los grandes hombres. Es por eso que los hombres humildes de nuestra Patria –que yo voy a calificar de hombres superiores de nuestra Patria, porque fueron superiores- vieron a Perón y creyeron en él. Y es por eso que el general Perón, con muy pocas palabras, ha calificado a esos hombres superiores, a esos hombres humildes de nuestro pueblo, diciendo que lo mejor que tenemos es el pueblo.
Los hombres extraordinarios forman la tercera categoría, que es la de los hombres que señalan rumbos y que jalonan la historia. Ellos son los sabios, artistas, héroes, filósofos, y están también los grandes conductores de pueblos. A nosotros nos interesan, sobre todo y muy especialmente, los filósofos y los conductores.
Los filósofos son los que han pensado en mejorar los medios de vida del hombre sobre la tierra. Pero tenemos en cierto modo una filosofía de la vida nueva, ya que por filosofía nosotros entendemos una manera de encarar la vida y algunos hombres extraordinarios se han creído y han enseñado a la humanidad cómo se puede vivir, y de una manera mejor. Estos hombres extraordinarios son los filósofos. Cuando los filósofos han tratado no sólo el problema personal, individual, del hombre, sino todos los problemas sociales del Estado, la autoridad, la sociedad, el bien común, etc., entonces a este tipo de hombres extraordinarios la filosofía los llama filósofos políticos.
Conductores. Para nosotros los conductores, tal como nos enseña Perón, son aquellos que han hecho vivir a los pueblos de una manera determinada, llevándolos como de la mano por los caminos de la historia.
Es esto lo que ha hecho el general Perón con nosotros. Tomó el país en un momento en que los argentinos habíamos perdido la esperanza, en un momento en que los argentinos habíamos llegado a adoptar ciertos sistemas de vida, porque los creíamos bien, porque los creíamos mejor, porque los argentinos, cuando iban a comprar y encontraban "made in England", estaban mucho más contentos que cuando decía "Industria Argentina". Y llegó el momento en que el pueblo había perdido la esperanza de encontrarse a sí mismo, llegó el momento en que las fuerzas del trabajo, los obreros de nuestra patria, habían también perdido la esperanza de un futuro mejor; llegó el momento en que, en el país, sus fuerzas morales, materiales y culturales se estaban perdiendo en una noche que no tenía aurora.. En ese momento llegó el general Perón; en esa noche llegó el general Perón, y con una voluntad extraordinaria, con una clarividencia extraordinaria y con un profundo amor a su patria y a su pueblo, fue abriendo la selva y señalando el camino por el que el pueblo argentino lo iba a seguir para encontrarse con este venturoso día que estamos viviendo todos los argentinos y que tenemos que consolidar y legar a los argentinos del mañana. Para eso no sólo hay que gritar: ¡Viva Perón!; para eso hay que comprenderlo, para eso hay que profundizarlo y para eso hay que amar profundamente a la Patria y a las fuerzas del trabajo, que es amarlo a Perón.
¿Por qué nos interesan a nosotros los filósofos, los políticos y los conductores?
¿Qué tienen que ver con la historia del peronismo?, dirán ustedes. Esta es mi segunda clase y yo sigo hablando con persistencia sobre este asunto porque el peronismo no se puede entender, ya que es una doctrina política, sino como la cumbre de un largo camino, como una etapa, la más alta para la historia argentina, y también -¿por qué no decirlo?- nosotros pretendemos que sea la más alta para la humanidad en el progreso del hombre, y no se puede saber si una cumbre es más alta o más baja, si no se la compara precisamente con las demás, con las otras cumbres, con las más altas.
Por eso estudiamos estos antecedentes universales con los cuales sabremos nuestra propia estatura.
El Peronismo se precia de haber realizado, como yo lo dije hace un momento, lo mejor de los sueños de los hombres grandes y aun por qué no decirlo con toda franqueza y sinceridad, si ése ha de ser el lema de nuestra escuela- el haberlos superado.
El Peronismo realiza los mejores ideales de los filósofos y conductores de todos los tiempos, y para eso no hay más que estudiarlo, y ustedes me darán la razón.
De Sócrates, por ejemplo –el filósofo humilde de Atenas- ha tomado el peronismo el deseo de que los hombres sean justos y buenos; como Sócrates, el peronismo predica la igualdad y la hermandad entre los hombres y el respeto a las leyes, y aspira a una sola clase, que nosotros llamamos la clase de los que trabajan.
De Platón y de Aristóteles desechamos los conceptos de clases y de esclavitud que ellos aceptaban, pero, en cambio, aceptamos lo mejor de ellos: sus altos conceptos de la justicia como virtud fundamental del hombre que vive en la sociedad y, como ellos, creemos y sostenemos en la doctrina y en la práctica, de que por sobre la materia lo superior es el espíritu.
Se ha dicho mucho de nuestro movimiento que es materialista. Nada es más falso. ¿O es que nuestros enemigos son tan cobardes que no quieren, tal vez por vergüenza –y en esto tienen razón- ver que tenían sumergido a nuestro pueblo por una explotación, que además de vergonzosa, no era digna de los argentinos, porque no sólo los habían explotado materialmente sino espiritualmente, ya que no les permitieron descubrir sus propios valores y sus propias posibilidades?
¿Es que no son capaces de reconocer que en 50 años, por no decir un siglo, habían sumergido a nuestro pueblo? ¿Es que el general Perón, como conductor, como patriota y, sobre todo, como argentino y como hombre que ama profundamente al hombre, no iba a solucionar un problema apremiante como era el problema –si bien es cierto material- de la familia? Por eso, el entonces coronel Perón, desde la secretaría de Trabajo y Previsión tomó para sí la ardua tarea de resentir, tal vez, a los poderosos, no tanto por su doctrina, sino porque les tocó un poco en sus intereses, les tocó el bolsillo, que es la "víscera" que más les duele.
Además, les hizo sentir que en nuestra patria debían tratar a todos los argentinos con la dignidad que merecen por el solo hecho de llevar el egregio apellido de argentinos.
Es por eso que se atreven a decir todavía que nuestro movimiento es materialista, y ustedes, hombres y mujeres humildes, pero superiores, saben que nuestro movimiento es eminentemente espiritual porque se basa en la moral y exalta los valores morales del individuo y está por sobre la materia.
Uno de los propulsores del peronismo, para nosotros –sobre todo después de haber escuchado las palabras del general Perón los otros días- es Licurgo. He leído con gran cariño la vida de Licurgo, no precisamente porque me haya tocado el privilegio inmerecido de dictar esta clase sobre historia del peronismo, sino porque siempre me ha interesado la historia de los grandes hombres y porque Licurgo ha sido un personaje que hay que estudiar y comprender, ya que cuanto más se lo lee más se lo admira.
Remontándonos a la antigüedad y observando un hombre que trabajaba ya con un sentido tan justicialista, es por lo que el general Perón dijo los otros días que Licurgo fué quien realizó, tal vez por primera vez en el mundo, el ideal peronista que establece que la tierra debe ser de quien la trabaja. Es así como Licurgo repartió la tierra de los espartanos en partes iguales; y se dice que en los tiempos de cosecha, Licurgo comentaba, al ver todas las parvas iguales, que parecía que la Laconia era una herencia que se había repartido entre hermanos, porque todas las parvas de toda la Laconia eran iguales.
Y más aún: para terminar con otra de nuestras preocupaciones fundamentales, de que existieran menos pobres y menos ricos, hizo desaparecer el dinero, realizando, también en eso, una revolución económica. Hizo acuñar monedas de hierro, porque de esa manera se terminaba con la codicia y la avaricia. Asimismo, para destruir el distingo de clases, dictó una ordenanza que obligaba a que todas las puertas fueran iguales, tanto en las mansiones señoriales como en las humildes casas.
Por eso es que nosotros vemos en Licurgo tal vez al primer justicialista que haya tenido la humanidad. Pensamos también que precursores del peronismo fueron, sin duda, otros hombres extraordinarios de la jerarquía de los filósofos, de los creadores de religiones o reformas sociales, religiosas o políticas, y también de conductores. Y yo digo precursores del peronismo, porque como dije antes, nosotros hemos aceptado de las doctrinas y de los grandes hombres –digo nosotros, queriendo decir nuestro conductor, porque Perón ya nos pertenece a todos los argentinos que lo hemos comprendido, que lo apoyamos, y, como somos una gran familia, lo que hace Perón es de todos- todo lo bueno que tienen. Pero lo grande de Perón, es que ha tomado de cada doctrina los conceptos humanos, los conceptos de la seguridad social, los conceptos del respeto a las leyes, los conceptos de la igualdad y de una sola clase. El es un creador; cuanto más leemos la doctrina; cuanto más estudiamos a los hombres, más nos damos cuenta de que estamos frente a un hombre extraordinario, un creador que no tiene nada que envidiar a los grandes creadores de la humanidad. Yo diría que ningún hombre de este tipo puede dejar de considerarse, en cierto modo, de cerca o de lejos, propulsor de una doctrina. Por eso, en este marco de grandes, podríamos colocar a Confucio, a Alejandro, a Santo Tomás, a Rousseau, a Napoleón, e incluso a Marx, aunque en algunos casos no hayan sido más que alentados por las intenciones del bien común. Todos ellos no son más que jefes de rutas de la humanidad, jefes de ruta que algunas veces equivocaron el camino, pero que por sendas derechas o torcidas vienen de muy lejos a terminar en nuestra doctrina y nuestra realidad magnífica que nos da Perón. Fueros creadores, y no fueron de ese grupo numeroso que les gusta andar sobre las cosas hechas; fueron del grupo pequeño de los que les gusta crear.
Para tomar un poco la doctrina religiosa, vamos a tomar la doctrina cristiana y el peronismo, pero sin pretender yo hacer aquí una comparación que escapa a mis intenciones. Perón ha dicho que su doctrina es profundamente cristiana y también ha dicho muchas veces que su doctrina no es una doctrina nueva; que fue anunciada al mundo hace dos mil años, que muchos hombres han muerto por ella, pero que quizá aun no ha sido realizada por los hombres.
Yo quisiera que ustedes profundizaran bien esta última frase, porque así comprenderían, y veríamos más claro muchos puntos que a veces no comprendemos.
No está en mi ánimo hacer comparación alguna entre la figura de Cristo y la de Perón; por lo menos yo no lo pretendo al decir estas palabras, pero debemos recordar algo que dijo Perón no hace mucho y fue esto: "Nosotros, no solamente hemos visto en Cristo a Dios, sino que también hemos admirado en él a un hombre. Amamos a Cristo no sólo porque es Dios; lo amamos porque dejó sobre el mundo algo que será eterno: el amor entre los hombres".
Yo pienso que si hay un hombre que ama a los hombres, si hay un hombre humilde, generoso y extraordinario, dentro de su sencillez, ése es el general Perón, porque Perón no sólo es grande por su independencia económica, no sólo es grande por su justicia social, y por lo bien alto que mantiene su soberanía, no declamada como antes, cuando la entregaban por cuatro monedas al mejor postor, sino una soberanía que se mantiene en los hechos.
Perón no es grande solamente por eso, ni por haber creado su gran doctrina.
Perón es grande también en sus pequeños detalles. Yo le oí decir no hace mucho al doctor Mendé, en un comentario que me hizo hablando conmigo, porque conversamos muy a menudo –y sobre que otro tema se puede hablar conmigo que no sea el del General-: "Cuando a mí me llamaron para ser ministro de Perón, tuve un poco de miedo. Lo había idealizado a Perón y pensé si no sería cierto eso que decía Napoleón, de que ningún hombre es grande para su ayuda de cámara". "Después de un año tengo que decir que Perón es tan grande que lo es para su ayuda de cámara. Y nosotros los ministros, ¿qué somos sino un ayuda de cámara de Perón? Somos tan pequeños dentro de su grandeza que yo puedo afirmar que Perón ha superado eso que no ha superado ningún gran hombre". Es que Perón es humilde hasta en sus pequeños detalles.
Pero volviendo al cristianismo. Nosotros los peronistas concebimos el cristianismo práctico y no teórico. Por eso, nosotros hemos creado una doctrina que es práctica y no teórica. Yo muchas veces me he dicho, viendo la grandeza extraordinaria de la doctrina de Perón: ¿Cómo no va a ser maravillosa si es nada menos que una idea de Dios realizada por un hombre? ¿Y en qué reside? En realizarla como Dios la quiso. Y en eso reside su grandeza: realizarla con los humildes y entre los humildes.
En medio de este mundo lleno de sombras en que se levanta esta voz justicialista que es el peronismo, pareciera que la palabra justicialista asusta a muchos hombres que levantan tribunas como defensores del pueblo, mucho más que el comunismo. Yo pensaba estos días, en una conferencia que me tocó presidir, si el mundo querrá la felicidad de la humanidad o sólo aspira a hacerle la jugada un poco carnavalesca y sangrienta de utilizar la bandera del bien para intereses mezquinos y subalternos. Nosotros tenemos que pensar, y llamar un poco a la reflexión a la humanidad, sobre todo a los hombres que tienen la responsabilidad de dirigir a los pueblos. A mi juicio el carnaval no tiene más que seis días al año, y, por lo tanto, es necesario que nos quitemos la careta y que tomemos la realidad, no cerrando los ojos a ella, y que la veamos con los ojos que la ve Perón, con los ojos del amor, de la solidaridad y de la fraternidad, que es lo único que puede construir una humanidad feliz. Para ello, es necesario que no le hagamos la sangrienta payasada que le han hecho los "defensores" del pueblo a los trabajadores. Por ejemplo durante 30 años se han erigido en defensores de ellos y han estado siguiendo a un capitalismo cruento, sin patria ni bandera, y cuando una persona de América levantó la voz para pedir la palabra justicialista, se escandalizaron como si se hubiera pronunciado la peor de las ofensas que se puedan decir.
Yo soy una mujer idealista. He abrazado con amor la causa del pueblo y en eso tengo que dar gracias a Perón y a Dios por haberme iluminado bastante joven, como par poder ofrecer una vida larga al servicio de la causa del pueblo, que, por ser la causa del hombre, ha de ser una causa superior. Como mujer idealista y joven, entonces, no podía aceptar y me daba náuseas –como decía Cristo- que hombres tibios, pero cobardes, no sostuvieran con la sinceridad, con al honradez y con el espíritu de sacrificio que hay que sostener la verdadera bandera que es la de la felicidad y la de la seguridad mundial.
Es por eso que cada vez que trato más a los hombres, amo más a Perón. Me refiero a los hombres que se erigen en dirigentes y que son falsos apóstoles; que lo único que quieren es llegar, para, después de llegar, traicionar. Por eso, cuando veo en este mundo de sombras y de egoísmo, que se levanta la voz justicialista de nuestro peronismo, me acuerdo siempre de aquello que dijo León Bloy: "Napoleón es el rostro de Dios en las tinieblas". Para nosotros, acepto esta frase por lo que significa, y haciéndole un poco de plagio a León Bloy, digo que para nosotros –y con mucha justicia y gran certeza- Perón es el rostro de Dios en la oscuridad, sobre todo en la oscuridad de este momento que atraviesa la humanidad.
Perón no sólo es esperanza para los argentinos. Perón ya no nos pertenece; Perón es bandera para todos los pueblos con sed de justicia, con sed de reivindicaciones y con sed de igualdad. Yo he podido comprobar cómo nos envidian muchos porque lo tenemos a Perón; cómo nos quieren otros por lo mismo y cómo disfrutan otros en que haya tantos malos argentinos, creyendo que los malos argentinos serán más y que lo dejarán pasar a Perón, para poder cumplir ellos su política de imperialismo, ya sea de derecha o de izquierda. Los que las disfrutan son las fuerzas del mal en esta Argentina en que los argentinos nos sentimos orgullosos, pero no como antes, por una cuestión de novelería, porque no éramos argentinos con dignidad. Hoy somos argentinos en toda la extensión de la palabra. Somos los argentinos que soñaron los patriotas de ayer, somos los argentinos ya reivindicados, a quienes ha colocado en el sitio de privilegio, el genio, el creador, el conductor, el guía: el general Perón.
Después de efectuar estas incursiones por la filosofía universal de la historia para hacer las comparaciones doctrinarias con nuestra doctrina y con nuestro Líder, el general Perón, es que, en esta materia de la Historia del Peronismo, he querido que ustedes lo comprendan bien a Perón. Yo no puedo descubrirles a Perón, porque, como bien dije hace poco, si un poeta quisiera cantarle al sol o un pintor pintarlo, yo los consideraría locos. Al sol no hay que cantarle ni pintarlo: hay que salir a verlo y, aun viéndolo, uno se deslumbra. Yo invito a ustedes a que salgan a ver a Perón, a que lo conozcan profundamente: se deslumbrarán, pero cada día lo amarán más entrañablemente y rogarán a Dios para que podamos obtener de este hombre extraordinario el mayor provecho posible para el bienestar y engrandecimiento de nuestra patria y de su pueblo.
Y cuando el general Perón se haya ido definitivamente en lo material, no se habrá alejado jamás del corazón de los argentinos, porque nos habrá dejado su obra y nos acompañará siempre su presencia superior.
Hasta la próxima clase.
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