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martes, 4 de marzo de 2014

La Argentina utilizada como moneda británica para obtener el Tratado de creación de la Comunidad Económica Europea de acuerdo a los objetivos ingleses.


por Julio González

I) El 15 de Febrero de 1990 se firmó en MADRID el ACUERDO ANGLO ARGENTINO que fue el TRATADO DE PAZ por la Guerra de Malvinas.
Por ese Acuerdo la Argentina quedó sometida a Gran Bretaña en lo siguiente:
Art. 5° Las tres Fuerzas Armadas Argentinas condicionadas y subordinadas a Gran Bretaña (Véase “Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas” de Julio González -págs. 6 a 71-).
Art. 12: Todo el patrimonio del Estado Nacional Argentino (empresas del Estado, Organismos del Estado -como puertos, aeropuertos, vialidad nacional, etc.-) se entregaría a empresas británicas que lo pagarían con los títulos fraguados de la Deuda Externa que se emitieron desde el 24 de Marzo de 1976 en adelante. La Deuda Externa del “Proceso” fue fraguada para servir de pago a la entrega de todo el patrimonio argentino. VALOR del patrimonio entregado: un billón de dólares (U$S 1.000.000.000.000,00) PRECIO pagado en TITULOS DE LA DEUDA EXTERNA (sin ningún valor) 4% ó 2%.
LOS BIENES ARGENTINOS ENTREGADOS A GRAN BRETAñA tiene un TRATADO DE GARANTIA DE INVERSIÓN establecido por el TRATADO DE LONDRES del 11-XII-1990 aprobado por ley 24.184. (Ver “Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas” de Julio González -págs. 73 y 74 y páginas 81 a 163).
Art. 16: Las Relaciones Exteriores de la Argentina, para la INTEGRACIÓN DE AMERICA LATINA y para la COMUNIDAD ECONOMICA EUROPEA, serán siempre consultadas con Gran Bretaña.(Ver “Tratados de Paz por la Guerra de Malvinas” de Julio González -págs. 74 y 75 y páginas 245 a 246).

II) Utilizando el art. 16 del ACUERDO ANGLO ARGENTINO DE MADRID DE 15 de Febrero de 1990, Gran Bretaña interviene en la creación del MERCOSUR donde Brasil es la potencia industrial, tecnológica y científica y ARGENTINA el país proveedor de materias primas a precios cada vez más baratos. BRASIL ha de ser la potencia rectora de América del Sur y ARGENTINA el país más pobre. Además BRASIL tiene moneda propia de devalúa y revalúa conforme a sus necesidades económicas y Argentina no tiene moneda propia. El peso está subordinado al dólar norteamericano (por eso ARGENTINA ES EL UNICO PAIS CON CONVERTIBILIDAD EN EL MUNDO). Para peor como el peso está sobrevaluado en el uno a uno, (cuando un dólar debía costar 3 o 4 pesos) se estudia la posterior DEVALUACIÓN DEL PESO CON RELACION AL DÓLAR y luego una DOLARIZACIÓN.
Síntesis: DEVALUACION Y POSTERIOR DOLARIZACIÓN harán de pago imposible las deudas privadas en dólares. Entonces; con la Ley de REFORMA DEL ESTADO (23.696) Gran Bretaña se apoderó de todo el patrimonio del Estado y con las leyes futuras de DEVALUACION Y DOLARIZACIÓN se han de apoderar de todas las propiedades endeudadas en dólares.

III) Francia y Alemania proyectaron la unidad europea con la creación de la COMUNIDAD ECONOMICA EUROPEA (CEE). El programa elaborado por el presidente del Banco Central de Alemania era este:
UNA MARCHA ECONOMICA AL ESTE (hacia los ex países socialistas y hacia el Ex – UNION SOVIETICA) realizando una estructura INDUSTRIAL TECNOLÓGICA Y CIENTÍFICA en estos países que permitiese un inmediato alto nivel de vida para sus pueblos después de setenta años de comunismo.
PERO GRAN BRETAñA (que controla el MERCOSUR por el Tratado Anglo Argentino del 15-2-90) exigió para entrar a la CEE lo siguiente:
-          Reemplazar el proyecto de marcha industrial hacia el Este proyectada por Alemania y Francia, y
-          Volcar todas sus inversiones de la COMUNIDAD ECONOMICA EUROPEA hacia el Atlántico con estos fines:
a)       sacar materias primas de América del Sur para Europa.
b)       realizar empréstitos a Sur América en DOLARES.

NOTA: La moneda de la CEE iba a ser el EURO, pero Gran Bretaña se reservó el derecho de seguir utilizando el dólar. Por eso el EURO que se cotizaba hace un año por arriba del dólar, ahora tiene este valor: UN EURO igual U$S 0,70.

La Argentina vino a ser de esta manera, moneda que usó Gran Bretaña para cambiar el destino de Europa y dominarla.

jueves, 20 de febrero de 2014

LA CULTURA DE RIVADAVIA

por José María Rosa

Bernardino Rivadavia fue tenido por un hombre culto por sus contemporáneos. Más que por un hombre culto, por un sabio: su mote Padre de las Luces no tenía intención irónica. Casi todos creían en el enorme talento y los considerables conocimientos de Rivadavia: hasta San Martín (por lo menos en 1823), y el mismo Rosas en sus cartas de 1830 y 1834, ambos desconfiados por naturaleza de valores ficticios, reconocen su “vasta erudición”. Entre quienes no creyeron en la cultura de Rivadavia, y llegaron a burlarse inexorablemente del Padre de las Luces estuvieron el padre Castañeda hombre de sólida formación filosófica, y Pedro de Angelis, humanista y erudito a toda prueba.
¿Nuestra opinión?... Rivadavia no escribió un libro, ni dictó una cátedra. Su talento y conocimientos se manifestaron, por lo tanto, en su conversación particular, epístolas, discursos y decretos de gobierno. Nadie ha mencionado una frase feliz o un giro brillante de la conversación de Rivadavia, y sus cartas no pasan de una medianía. Los discursos no revelan precisamente ese enorme talento. En el inaugural de la presidencia, dijo: “...Organizar los elementos sociales que ellos tienen (los Estados) de manera que produzcan cada vez, en menor tiempo, el resultado mayor y mejor. Esto es lo que hay de verdad cuando se dice que se crea, y esto también pone delante de vosotros (los diputados) uno de aquellos avisos de refracción que el Presidente no puede dejar de recomendar el que los señores diputados lo tengan siempre delante de sí, y es el que sólo la sanción que regle lo que existe o para cortar el deterioro o para que produzca todo lo que da su vigor natural tiene efecto, y por consiguiente, obtendrá la autoridad que da el acierto y la duración que sólo puede garantir el bien”. En esta frase se encuentra de todo: anfibologia, solecismos, barbarismos, monotonía. Y después de descifrar con trabajo ese aviso de refracción que la Presidencia recomienda a los diputados tener delante de sí, resulta que se reduce a una verdad de Pero Grullo: quitar lo malo y dejar lo bueno.
Quedan sus decretos de gobierno. En el Registro Oficial de Rivadavia han encontrado sus admiradores la prueba de sus conocimientos y su afán civilizador. Aunque sea por las tapas. Alguna vez un diputado o senador comparó a Rivadavia con Rosas, por supuesto en beneficio de aquél, por el número de decretos de gobierno producidos por uno y otro.
En sus decretos de gobierno, Rivadavia enseñaba de todo: para nombrar a un jardinero con 50 pesos mensuales dictaba una cátedra de botánica en quince artículos cuya parte dispositiva se resume: “las funciones del jardinero son... plantar y cultivar todo árbol de utilidad para paseo, combustible y todo género de combustible; plantar y cultivar todo género de flores, árboles frutales, plantas medicinales, granos, pastos y hortalizas”. (Registro Nacional Nº 1998, tomo II, pág. 135). Crea una Academia de Medicina y Ciencias Exactas para encargarse de “formar una colección demostrativa de la geología y de las aves del país”: tamaña colección de despropósitos no puede ser más estrafalaria, pero está allí en el decreto del 31 de diciembre de 1823. Y no solamente hace danzar juntas a la medicina, a las ciencias exactas, a la geología y a las aves del país para ilustración de los lectores del Registro Oficial, sino que dicta un Reglamento para la Escuela de Partos, en enero de 1824, dando una completa enseñanza de ginecología y obstetricia: el objeto del primer año de estudios es conocer “las partes huesosas que constituyen la pelvis, el útero, el feto y sus dependencias, la vejiga, la orina y el recto”.
En estos decretos administrativos está el sólido pedestal de la cultura de Rivadavia. O nuestros gigantes padres los conocieron solamente por las tapas, como el diputado o senador de marras, o se impresionaron demasiado por la música de las palabras.


capitulo nueve de El Revisionismo Responde

sábado, 28 de diciembre de 2013

EL ENGAÑO SUDAMERICANO


por Luis Alberto de Herrera

Es curioso que la opinión sudamericana parezca no advertir la enorme distancia que media entre sus ensueños democráticos y la realidad de su timbre republicano.
Ya hemos salido, en verdad, de las dominaciones siniestras, del Imperio de nuestros Saint-Just, pero
no es menos exacto que estamos bajo el yugo de los jacobinos, en su segunda época. Despojados, hoy como ayer, de la esencia libre, con el único distingo de que antes no se perdía el tiempo en decorar el atentado y ahora se cumple, en todas sus partes, un grotesco simulacro de derecho.
Cometimos la insensatez lírica de proclamar el sufragio universal, al independizarnos, en hora en que los Estados Unidos consideraban oportuno restringirlo. Jamás se pensó en abonar su ejercicio. Apenas había tiempo para las cargas a lanza de todos los días. Pero es que, ni después ni ahora, ni nunca, ha conocido América el arraigo orgánico de esa institución madre que es tan necesaria a la libertad como la quilla ai barco.
Y sin embargo, porque los ganados procrean, y porque la inmigración salvadora so filtra por las fronteras, y porque se cotizan a alto precio nuestros productos, y porque empezamos a ocupar sitio, menor que nuestra personería geográfica, en el seno de la familia humana, nos olvidamos de que, así como Norteamérica ha salvado ¡ella sola! el honor de la palabra república, nosotros, los sudamericanos, hemos agotado fuerzas ingentes en la tarea doloroso de llevar al naufragio a  ese mismo honor. Al igual de los sordos, que no oyendo ellos creen que a las demás personas les ocurre lo mismo, los sudamericanos estamos persuadidos de ser la promesa mundial del derecho y, tal vez, ya su realización única; mientras Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Sudáfrica desfilan por nuestro lado y nos aventajan, en mucho, pero sin comprometer su seriedad con declamaciones, con el ruido de parches y clarines.
También, a impulsos de esa infantil vanidad, creemos que no hay montañas como nuestras montañas, ni coraje como nuestro coraje.
Lejos de nuestro pensamiento la inclemencia lapidaria para aquella borrascosa juventud.
Sólo los soñadores pueden concebir a la libertad como una gran dama, irreprochable en su belleza. Fuera de que pedir a los hechos que sean ideales, sin mancha, es como exigir a los ríos que corran en línea recta por la superficie de la tierra que es espléndida y perfecta por ser negación de esa misma recta.
Los sucesos son monstruosos en tiempos anormales, semejantes al estilo incoherente de un Carlyle, sin perjuicio de tener, ellos también, su clave anormal.
Si rendimos la frente ante el soberano principio de causalidad, que preside la caída de una hoja, ¿es posible no acatarlo también cuando él gobierna, implacable, la evolución de los organismos humanos?
Por esc rumbo de criterio sereno y justo, se ilumina el fondo apocalíptico de la historia y todo se perdona porque todo se explica!
Lo que asombra, cuando el raciocinio parle de esa eminencia equitativa, es que después de comprender el carácter irregular de la sociedad sudamericana; después de aquilatarla adolescente y bajo el letargo colonial, ajena a las fecundaciones del derecho, sin sufragio, tolerancia de cultos, hábito de deliberar, sin prensa, sin contacto recíproco, sin comercio, sólo con el desierto a la espalda y al frente; lo que asombra, repetimos, es que, conocidas las imperfecciones enormes de ese linaje, todavía se insista en describir a los pueblos de Sudamérica como aptos para figurar, con éxito, en las luchas cívicas que sucedieron a la independencia, en suponerlos con el instinto libre y las adivinaciones de su cumplimiento victorioso.
Pero todavía asombra más que al internarse en el laberinto de los orígenes y estudiar las sacudidas y catástrofes subsiguientes al primer vagido libre, se empeñen muchos pensadores en exhibir ese pasado como la lucha entre dos tendencias contradictorias, ilustre, la una, ignominiosa, la otra: las virtudes patricias frente a las delincuencias montoneras.
Es indudable que las jornadas de la emancipación contaron con una pléyade de distinguidos apóstoles y servidores que ofrendaron vida, ideales, fortuna y sinceridad a la aventura augusta; pero nadie ignora que esa hermosísima devoción no satisfizo las exigencias turbulentas de la época, viéndose ella muy pronto vencida por el avance de muchedumbres arremolinadas.
El inmenso desencanto sembrado por el desorden irrefrenable; la persuasión adquirida de que no había manera legal de fundar la estabilidad política; el dolor de ver que se confundía con libertad a la licencia y al atentado con la república, colmaron la derrota de los guías intelectuales y soñadores del movimiento. Algunos de esos varones fuertes tuvieron entonces el hermoso coraje de rendirse al ensayo monárquico, sacrificando la popularidad liviana a la voz honorable de su conciencia cívica. Otros, pactaron con la borrasca, acertados también al someterse a la corriente irresistible de los tiempos. En hora de naufragio no se hace cátedra. Ejemplar en esos días la franqueza del general Belgrano, que decía:
"¿Será posible que, después de seis años de revolución, aún no se haya fijado opinión acerca del sistema de gobierno que nos es más conveniente? ¿Qué especie de gobierno hemos vivido después de la recuperación de nuestros derechos en 1S10, a que tan injustamente se da el título de insurrección? No hemos conocido más que el despotismo bajo los gobernadores y virreyes, y bajo las Juntas, los Triunviros y Directores, pero sin el orden que en aquél proporciona el terror y con todo el compuesto de ideas tan brillantemente pintadas por los escritores de la nación que alborotó al mundo, para darle el ejemplo de los tristes resultados de que todos somos testigos y a que vamos marchando con la mayor aceleración". (1)
También al vencedor de Salta le deberá la posteridad saldo de agradecimiento por esta advertencia profética. Ya en 1816 el general Belgrano señalaba la influencia corrosiva, en el escenario indígena, de las demagogias francesas.
Civilización y barbarie, ha dicho Sarmiento. Sin irreverencia al genial ciudadano, ¿no podría afirmarse que todos padecían de incapacidad para el ejercicio verdadero de la democracia, por girondinos, unos, por jacobinos inconscientes, los otros, y que dentro de la civilización suda­mericana había barbarie y dentro de la barbarie vigorosos gérmenes de civilización?
De un extremo al otro del continente ardió la hoguera anárquica, bien alimentada por todas las fracciones. Todos, por igual, renunciaron al precioso pilotaje de la experiencia y enamorados de los dogmas ensorde­cedores de 1789 se batieron, en nombre de una mentida soberanía del pueblo, porque todos los bandos recogían la imagen con la imperfecta fidelidad del espejo que no da relieve propio a las figuras.
En la oposición, se conspiró; en el poder, se abusó de la autoridad. El ideal afiebrado de la época era batir al adversario, quebrarlo, sustituirlo, y, con tal de llegar a ese fin, no se estilaban grandes escrúpulos. Testimonio preciso de esas incurables agitaciones y motines lo ofrece esa Buenos Aires, cuyos escritores fulminan, desde la altura de su soberbia política, al federalismo, a los bárbaros, que dicen.
Antes de 1820, Balcarce, Soler, Alvear, convirtieron a la capital en foco de sediciones diarias, ahogados por el odio recíproco y ocurriendo a lodos los medios para exterminarse. A las huestes artiguistas pedirían ellos alianza y amparo, [1]
Por lo demás, es curiosa la imputación anárquica lanzada por las plumas unitarias al federalismo cuando, serenada la atmósfera crítica, si alguna tendencia destaca inspirada y próxima a la verdad democrática, en el seno de aquella espantosa vorágine, eso privilegio corresponde al clamor federativo que invocó, sin descanso, el derecho de cada región a , condensar sus emociones cívicas, que tuvo la personería de los localis­mos precursores de la comuna inexistente y que recorrió las campañas desiertas echando, en surco ancho, y tal vez sin saberlo, mucha simiente de autonomía.
Pero la demagogia unitaria que, apoyada triunfal, durante casi un siglo, en las declamaciones a priori de la Revolución Francesa, ha ejercido dominio absoluto en el campo de las ideas americanas, negó hasta sombra honrada y fecunda a los anhelos discrepantes con sus decretos soberbios.
Apoderada de la prensa, tenaz en su propaganda calumniosa y gozando de todos los prestigios radicales, ella ha impuesto opinión a la opinión pública. El Uruguay, así intrigado en el culto de su fundador y héroe nacional, ofrece dato elocuente de ese proceso hecho en nombre del sofisma y de exclusivismos de partido. Chile, con su libertador el general Carrera, y sus hermanos, disfrazados de bandidos por el odio unitario, rarifica la probanza, si no bastara, en otro campo, el alud provocado de las invasiones portuguesas.
Habla así el general Mitre:
"Esta palabra es Federación. Pronunciada por la primera vez por Moreno, el numen de la Revolución de Mayo, en 1810, los diputados nombrados par a formar el primer Congreso Nacio­nal la renegaron falseando su mandato. Repelida por e l Paraguay, por es­píritu de localismo y aceptada solemnemente por un tratado público, la segregación de esta provincia fue el primer golpe dado a la antigua unidad colonial. Adoptada, sin comprenderla, por Artigas y los suyos, se convir­tió en sinónimo de barbarie, tiranía, antinacionalismo, guerra y liga de caudillos contra pueblos y gobiernos". [2]
Pero aunque la enorme autoridad de un gran historiador plantee la antítesis infernal: los pueblos y los gobiernos de un lado y, en fila opuesta, socavando sus cimientos nacionales, la tiranía, la barbarie y la liga de caudillos, el sentido lógico se rebela contra esa clasificación caprichosa, irreal, que, por definir mucho, no define nada. Porque si en la actualidad marcamos con estigma a esa fuerza irregular, nacida, como el torrente,
en el fondo de las soledades americanas, no hacemos otra cosa que sellar la infamación de nuestra evolución autonómica. Porque la libertad de un mundo voló en alas de esa titulada barbarie que, rival del viento, venció fronteras y montanas. Porque ese gauchaje, ese artiguismo -orgánico en todas las regiones- de cáscara ruda, inculta, salvó al verbo como defiende a la perla la concha rústica de la ostra. [3]
Así califica un autor mexicano el primer alzamiento, en su país, de los patriotas: "Despoblábanse las rancherías, peones, niños, mujeres, ancia­nos a pie, a caballo, en muía y en asnos, lodos seguían en tropel a ¡os caudillos del pueblo gritando vivas, desfogando caler as, prorrumpiendo en desahogos, no para explicados, contra la dominación española y a favor de Fernando VII; en una palabra, toaos los delirios de la venganza, el fanatismo y la barbarie, y todos los instintos de la libertad y del derecho".[4]
Tarea difícil, imposible, la de sostener en pie aquellas denominaciones antagónicas, en el comentario clínico de la epopeya sudamericana, cuando todos nuestros
despotismos han sido la obra cooperativa de todos, tan solicitados ellos por el exceso doctrinario y atentatorio de los unos como por el exceso activo y también atentatorio de los otros.
Exacto afirmar que la emancipación se honró con la labor selecta de un grupo de hombres de primera fila, superiores a su tiempo y a las dolorosas circunstancias en que actuaron y, por ese preciso mérito, sacrificados por la ingratitud pública. Abren la lista cruel Bolívar y San Martín. Pero, ¿cómo podría extenderse esa calificación excepcional a ésta o a aquélla de las muchedumbres contradictorias que, movidas por la ambición, por el despecho, por el odio, por la revancha -todo eso muy distante del sufragio, de la comuna y de los grandes fueros sociales-, se mataron, se vencieron y volvieron a matarse, para vencerse de nuevo y matarse, otra vez, en el curso de cincuenta años? No; aunque su filo corte,  es necesario someterse a la ley de los hechos y recordar siempre que la América despoblada de 1810, ajena al culto inicial de la democracia y dibujada por el modelo de la España de Felipe II, no la de Carlos III, sólo por obra de milagro sociológico pudo dejar de ser un desastre republica­no; levantisca, anárquica, dictatorial, despótica.
Esas eran las únicas tradiciones doradas a fuego en su memoria. Las multitudes pastoras adquirirían pronto, ensenadas por las ciudades, el gusto de ese desenfreno, pero de sus entrañas saldría también la curación del mal: las crecientes destruyen y construyen.
Injusticia máxima fulminar a la arcilla porque, extendida sobre una superficie, ella repita sus rugosidades. El delito social de los americanos ha estribado sólo en parecerse a América, en ser idénticos, como el destino adverso los hizo, a sus mayores.
Muchas irregularidades democráticas han empalidecido nuestro ensa­yo libre; pero esos contrastes fueron engendrados por causas orgánicas, casi científicas, y ya no se satisfacen las impaciencias de la investigación retrospectiva con la referencia de los agravios sectarios y con el recuerdo iracundo de las épocas muertas. Tomando un ejemplo al caso, ya es recurso baladí presentar como elemento de juicio fundamental, adverso a Rosas, las tablas de sangre de Rivera Indarte, los versos de Juan Cruz Várela, o los artículos de los diarios de entonces.
Con idéntico criterio tampoco hacen volumen, en su favor, la espada enviada por el general San Martín, como obsequio, las notas de don Felipe Arana, ni los escritos cortesanos de Angelis. Para todo espíritu recto presentará siempre carácter odiosísimo aquella sombría dominación personal; pero, basta recordar que ella perduró por espacio de veinticinco años, para comprender su profundo arraigo social y penetrarse de que ella respondió, en ancho concepto, a los vacíos y oscuridades de los tiempos. Fueron sus solidarios, en mayoría, ilustres guerreros de la Independencia; las más distinguidas damas porteñas creyeron honrarse arrastrando en un carruaje el retrato del Restaurador; la religión le prestó hospitalidad en sus altares; las provincias le rindieron acatamiento unificado, como no lo conocieran los gobiernos anteriores, ninguno menos que el de Rivadavia; millares de hombres se sacrificaron, gustosos, en su defensa; otros millares encontraron placer en ser sus instrumentos; las clases inferiores del pueblo estaban de su lado.
¡Tenía muchos poderosos tentáculos la oprobiosa tiranía! Más que la obra de un hombre era aquel el fruto de un sistema, necesitándose el peso de la intervención extranjera -brasileña y oriental- para atacarlo, con éxito, en sus centros vitales.
¿El medio hacía a Rosas, o Rosas hacía al medio?
Sin soñar en decidirlo, basta estudiar los antecedentes de su ascensión despótica para apercibirse de que ella fue la consecuencia obligada de todos los errores acumulados y, sobre todo, de una incurable impotencia republicana.
Porque Rosas, al igual de sus congéneres continentales, no llega al poder por favor de un zarpazo felino, sorprendiendo a sus conciudadanos con la audacia de un inesperado asalto. Si algo puede vaticinarse, al leer la historia de su época, es el crecimiento de su dañina influencia, arrancada a las pampas por el petitorio de la ciudad, que luego lo aclama salvador, agradecida al socorro decisivo prestado en la guerra civil.
Dice Ayarragaray:
"Si recorremos los anales argentinos, después del año 26, se presiente el advenimiento de un gobierno fuerte y personalista, capaz de asegurar mecánicamente, al menos, el orden público y los intereses sociales más rudimentarios. El descrédito de los ensayos institucionales, la extenuación de los sistemas violentos, el cansancio y la displicencia pública, eran factores suficientes para precipitar la evolu­ción. Existía una fuerte aspiración social y el órgano correspondiente no podía faltar; si Rosas no hubiera surgido, cualquier otro caudillo habríalo quizás reemplazado. ..Y se llega a Rosas después de haberse agotado, durante veinte años, los procedimientos más irregulares y monstruosos, sin el precedente de una elección legal, sin la práctica leal de un derecho político, sin una renovación de poderes que no hubiera tenido por origen, o el motín militar o las maquinaciones del fraude; más aun: habiéndose encarnado en los hábitos la legitimidad de lodos los excesos demagógi­cos, Rosas fue confirmado en sus facultades extraordinarias por comicios unánimes de la población de Buenos Aires, con una disidencia de tres votos".
Así, con valentía dolorosa, exhibe la verdad entera un argentino distinguido que se niega a aceptar, sin inventario, el lote de las viejas iracundias.
Si alguna esperanza prometieron las entrañas sudamericanas, después de la independencia, esa esperanza fue la tiranía, que cruza las fronteras de sus nacionalidades como una diagonal de sangre y de vergüenza. La ley de esa fecundación regresiva estaba escrita en sus propios orígenes. De mentidas instituciones y de mentidos derechos y tolerancias debía derivar una mentida república, apoyada en las deficiencias ambientes. Cuando estadistas de la talla de Rivadavia intentan adelantarse a su época, ellos reciben, en premio, la caída fatal, porque ellos interpretan la voluntad avanzada de la minoría. No así los dueños y señores de las provincias, al estilo de Quiroga, López y Bustos, bien comprendidos por la masa y fortificados por sus enormes excesos, porque los días son de exceso.                                                            
Al tirano Rosas lo derroca su teniente Urquiza, también de horca y cuchillo, para ser, a su vez, combatido por la orgullosa provincia liberada. Idéntico espectáculo se desenvuelve desde México hasta el Cabo de Hornos.
Es que todas las fuerzas sociales se agitan en la más pavorosa descomposición y todas llaman al toro, es decir, a las multitudes, con el trapo rojo de la misma demagogia. [5]
Según el pensamiento exacto de Quinet, en el seno de los pueblos sin libertad las palabras juegan el papel inmenso que juegan las cosas en el seno de los pueblos libres.
Todas nuestras tiranías han sido cabezas del cáncer despótico, que recibimos íntegro de los siglos coloniales; la revancha póstuma de las indiadas sacrificadas por la crueldad de los encomenderos; la herencia impuesta de las generaciones que vivieron en el analfabetismo y en la servidumbre, "Profesábase por aquellos tiempos y en todos los dominios españoles, el axioma de que sin la ignorancia, la sujeción de los indios y su esclavitud, no sólo no se sacaría fruto alguno de la conquista, sino que ésta se perdería perjudicando entretanto a la Península". [6]
Arrancados, de súbito, a esas tinieblas, nos abrazamos al ideal ardoro­so, olvidando que él también enceguece como la luz intensa mirada de frente.
Quisimos saltar del pasado al porvenir, sin hacer alto en las escabro­sidades del presente, cuando hasta la sabia naturaleza no viola en vano el curso ordenado de las estaciones, La liquidación de ese vértigo no podía dejar de ser explosiva: el despotismo era el punto de llegada de la loca carrera.. Por eso define el resabio hueco de la historia romántica el estribillo desacreditado de las fulminaciones implacables a nuestro ciclo feudal.
Ahora bien, ¿es creíble que la copia servil, que hiciéramos en 1810, de los principios de la Revolución Francesa fuera la indicada para atenuar el vuelo de nuestros defectos anárquicos y antisociales?
En su primer esfuerzo autonómico América del Sur debía ser soñado­ra, porque en todos los órdenes de la vida la inexperiencia es sonadora y lírica; fuera también de que en la propia sangre bullían su credo las leyendas apasionadas.
Pero ese lirismo que, contenido, se resuelve en lluvia mansa, capaz de las altas fecundaciones, puede degenerar, si exagerado, en verdaderas tempestades.
Los dogmas de 1789 -sin perjuicio de algunos bienes- desempeñaron ese cometido huracanado en el desarrollo de los destinos continentales.
Ellos agregaron, a nuestros defectos orgánicos y de visión, el grueso capital de los ajenos defectos, con la agravante de venir abrillantados por  seductores sofismas.
En medio dé las desorientaciones colectivas cayeron los ejemplos transatlánticos como hechos de medida para resolver las dificultades inmensas del momento histórico.
Se estaba en lucha con la monarquía y esos ejemplos enseñaban a condenar, como maldita, a esa forma de gobierno. Francia había decla­rado guerra a muerte a la realeza; pues América del Sur debía alistarse en esa actitud rabiosa. ¿A qué fin? ¿Con qué resultado útil? ¿En respuesta a qué exigencia pública? Estas interrogaciones estaban de sobra.
Idéntico criterio de cerrada imitación nos llevó a implantar el sufragio universal, a perseguir la conquista inmediata de los más temerarios anhelos políticos, a preparar, por su intermedio, el acceso de todas las demagogias, a aplicar, aquí, en este mundo inocente de vejeces sociales, las doctrinas del Contrato Social, a vestir, con declamaciones deslum­brantes y embriagadoras, el texto de nuestras cartas constitucionales, a hacer bandera legítima de la intolerancia, a recoger agravios seculares que no teníamos; en resumen, a gobernarnos entregados a influencias exóticas, reñidas con nuestro medio.
Porque la Revolución Francesa nos causó el daño positivo que produce, en ciertas ocasiones, el mal consejo: extravió nuestro criterio. Ella nos lanzó en la senda de las ideas generales. Por ella hicimos leyes prescindiendo de los hechos, para precipitarnos de cabeza en el abismo de la anarquía.
Ella nos dijo, y lo creímos, con Rousseau, que era deber humanitario reconstituir a la sociedad suprimiendo jerarquías, convencionalismos y preconceptos y, sobre todo, ella nos empujó al desvarío democrático, con su interpretación descabellada de la soberanía del pueblo.
Fuera de nuestro propósito desconocer el intenso significado de la Revolución, en el escenario europeo, al que concurrió, en mucho, la misma índole de sus agitaciones volcánicas. Localizando opiniones, renunciando al afáncorriente y jactancioso de ser ciudadanos del mundo, consideramos que, en el escenario sudamericano, ese torrente de lava humana sembró muchos desconciertos apartándonos del buen rumbo republicano.
Bien sabemos que este aserto hiere conceptos establecidos entre nosotros. Estamos tan dominados por los sectarismos de 1789 que todavía les guardamos fidelidad de enamorados, más entusiastas por ellos que la sociedad que los engendrara.
Es que, respecto a esa jornada, se nos ha enseñado un culto idolátrico, de intensidad universal. Creemos en América, y nuestras multitudes y nuestros universitarios lo juran a pie juntillas, que todos los bienes democráticos de que gozamos en la actualidad derivan de la Revolución Francesa, siendo deudores a ella de su libertad todas las naciones del orbe, cuyo régimen de derecho cívico parte de allí, como arrancan del mismo punto polar imaginario todos los meridianos que abrazan el haz de la Tierra.
En alas de esa hipérbole, el criterio exagerado vuela hacia las grandes caídas.
Ha acentuado el perjuicio de ese entusiasmo parcial la circunstancia de haber los sudamericanos cristalizado sus ideas políticas en los sucesos de 1789, no queriendo convencerse de que, con posterioridad a aquella borrasca, nuevas ideas han cruzado el ambiente social, exigiendo otras orientaciones. Mientras este ingenuo mundo nuestro continúa repitiendo el credo de la Revolución Francesa, el criterio moderno sólo ve en ella una crisis formidable, lápida de una época: del feudalismo y de la vieja monarquía.
Encarnadas en la realidad inconcusa las aspiraciones libres engendra­das por el espíritu del siglo y surgidos nuevos motivos de preocupación colectiva -ignorados en 1789- Europa ya ha dejado atrás aquel capítulo clamoroso y tiende la mirada hacia debates más militantes. En cambio, nosotros estamos bajo la impulsión anticuada de las lecturas clásicas.
Lo singular es que no declina esa pasión juvenil. Vencedora de la edad y del tiempo, ella continúa inspirando a la opinión continental en lodos los asuntos ligados al ejercicio de la democracia. Vivimos en pleno auge jacobino y, tanto el problema político, como el religioso, como el social y el económico, piden luces de solución turbulenta a los procedimientos violatorios del derecho y de la equidad que recibieron carta de ciudadanía en los días de la Convención.
La Revolución Francesa sigue, pues, desde la tumba, gobernando nuestros destinos independientes. Esa imantación exclusiva señala otro de sus trastornos morales. Con ímpetu sincero, creemos que, como ocurre con la preferencia del italiano para escribir óperas, sólo en idioma francés se ha sabido honrar a la libertad. Esta ofuscación la hemos purgado con muchos desastres internos.
Si hubiéramos sido menos limitados en nuestro horizonte, el pensa­miento habría descubierto más felices perspectivas, otros países gober­nados con alta sabiduría, donde la declamación no usurpa terreno a la autoridad, ni el despotismo se confunde con la soberanía, ni se erige el dogma filosófico en norma de la organización pública, ni se extirpa al adversario como a raíz de veneno, ni se persigue al culto en nombre de la tolerancia, ni se confisca, ni se ahoga en sangre a los disidentes, ni se hace una mentira del derecho y una verdad del crimen y del latrocinio.
La confirmación de estos asertos, que son el eje de nuestra tesis, nos impone entrar en el comentario más preciso de la gran marejada pasional que caracterizó el final de una centuria célebre.
Tenaces en sostener que su ejemplo candente fue pernicioso para el desarrollo cívico de América del Sur, debemos empezar por exhibir al modelo en sus rasgos contradictorios con el prestigio de las instituciones libres.


capitulo IV de LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y SUDAMÉRICA

NOTAS

1. AYARRAGARAY, —La Anarquía Argentina, "El Cabildo de Buenas Aires felicitó a Artigas por haber contribuido a libertar la dudad de la 'tiranta ominosa y bárbara de la Asamblea General Constituyente'",
2. MITRE. —Historia de Belgrano.
3. Nota del general Belgrano: "Tampoco deben los orientales al terrorismo la gente que se les une ni las victorias que lo   anarquistas han conseguido sobre las armas del orden: aquélla se les ha aumentado y les sigue, por la indisciplina de nuestras tropas y los excesos horrorosos que han cometido, haciéndose odioso hasta el nombre de patria. La menor parte ha tenido el terror en la agregación de hombres y familias".
4. PRIETO. —Lecciones de Historia Patria.
5. MITRE. —
Historia de Belgrano. "Como única satisfacción de ¡a guerra provocada por las autoridades nacionales (y derribadas por las mismas fuerzas de Buenos Aires) se pedía el juicio público de ellos; en el cual no hacían sino Imitar el ejemplo de los partidos de principios, que, desde al año de 1812 hasta 1815, se habían perseguido implacablemente, unos a otros, procesándose mutuamente con menos motivo y con más crueldad que tos mismos montoneros, según ha podido verse en el curso de esta historia".
6. PRIETO. – Lecciones de Historia Patria. México

sábado, 24 de agosto de 2013

RIVADAVIA, UN PERDUELLI

por José María Rosa

La Ley del Olvido de 1821 no es obra de Rivadavia, aunque así lo haya dicho Vedia y Mitre. El proyecto de Rivadavia, entonces ministro de gobierno, es de fecha. 27 de septiembre de 1821, y prometía “no acordarse más de la ingratitud, ni de los errores, ni de las debilidades que habían degradado a los hombres o afligido a los pueblos”. Pero en la Sala de Representantes se entendió que esa literatura era inaceptable para adversarios políticos en exilio, y se transformó el perdón en una verdadera amnistía que permitiría regresar a “todos los que se habían ausentado voluntariamente para ponerse a cubierto de los riesgos de las agitaciones populares” (ley de 9 de noviembre de 1821). Pero Rivadavia, que no quería una amnistía total redujo, por decreto de 13 de noviembre, el permiso para regresar a solamente nueve personas.
Rivadavia era llamado por sus amigos el Padre de las Luces, pero no como cree Alberto Palcos por sus desvelos por el alumbrado público, sino por sus vastísimos conocimientos en todas las ramas del saber humano. Es cierto que no ha dejado un solo libro, pero volcaba esta sabiduría en el Registro Oficial viniera o no al caso. Como ese decreto de 6 de junio de 1826 (cuando era presidente y en plena guerra con Brasil) en que para nombrar un jardinero lo precede de catorce artículos "repletos de granos y hortalizas” como dice Groussac. Algunas veces esos conocimientos se entremezclaban, como en el decreto de 31 de diciembre de 1823, en que encarga a una Academia que llama curiosamente de Medicina y Ciencias Exactas la formación de una “colección demostrativa de la geología y aves del país”. Conocía de todo, hasta de obstetricia, y en el decreto reglamentario que dio para una Escuela de Partos dispone el estudio “de las partes huesosas que constituyen la pelvis; el útero, el feto y sus dependencias, la vejiga, la orina y el recto”. No agregó más porque por allí no había otra cosa que nombrar.
Nunca habíamos supuesto que Rivadavia tuviera otro interés en la Río Plata Minning Association,, que el puramente patriótico de civilizar las minas del país entregando su explotación a una compañía extranjera. Que hiciera preceder el lanzamiento de las acciones de esos famosos prospectos en que pintaba al Famatina como el venero de oro más grande del mundo que “afloraba con la lluvia” o “las pepitas ruedan por las laderas de los cerros y obstruyen las puertas de las casas”, no explotado por la incuria de españoles y criollos, nos pareció obra de su fantasía convenientemente estimulada por la casa Hullet de Londres, emisora de las acciones. Que aceptara la presidencia de la compañía, con sueldo de 1.200 libras, escribiera esas cartas comprometedoras que trae López en su “Historia”, trastocara todo el régimen político del país para hacerse elegir presidente, diera esa ley llamada de Consolidación de la Deuda que ponía las minas provinciales bajo la jurisdicción del presidente de la República, y acto seguido Bernardino Rivadavia, presidente de la República, entregara a Bernardino Rivadavia, presidente de la Mining Association, la concesión del Famatina, nos pareció algo tan absurdo, tan inexplicable, que juzgamos al prócer como un ingenuo que inconscientemente servía los intereses de profesionales de la estafa, bursátil. Tanto más cuando eso ocurría en plena guerra con Brasil, cuando se hacía más necesaria que nunca la unidad nacional, quitando todo motivo de recelo de las provincias. Vimos en esa conducta, en la guerra civil contra Quiroga, que se negaba a entregar el Famatina a la Mining en el dinero girado a Lamadrid (general del “ejército presidencial” destinado a apoderarse de La Rioja) cuando no había plata para mandar a los inmovilizados vencedores de Ituzaingó, y en tantas otras cosas, solamente la ingenuidad de un hombre que anteponía a todo su afán de civilizar las minas haciéndolas explotar por el capital extranjero, y que no llegó a advertir el desastre que provocaba su conducta. Nunca sospechamos que hubiera otra cosa, y atribuimos a pasión política la grave acusación de Dorrego y de Manuel Moreno de que Rivadavia había cobrado de Hullet Brothers cantidades mayores como “retribución de servicios” que el sueldo asignado como presidente de la compañía. Todo era tan grave, tan evidente, tan claro, que paradójicamente lo eximía de responsabilidad a don Bernardino. Nos pareció demasiado comprometido para ser el verdadero culpable del delito; que eran muchas las impresiones digitales que dejó en el negociado, para no sospechar la intervención de una mano oculta que se valdría de su ingenuidad simple y candorosa. Y creíamos que Rivadavia no obtuvo del affaire otro provecho que el descrédito y la pérdida total de su prestigio político.
Ahora Piccirilli, en su libro sobre Rivdavia, ha buscado pruebas de la honestidad de éste. Y encuentra que en la cuenta corriente de Hullet Brothers había, un saldo acreedor contra don Bernardino por miles de libras esterlinas, porque el austero prócer giraba a fines de 1825 (a su regreso de Londres, y mientras se desenvolvía el negociado de la Mining) letras de cambio contra Hullet, que éstos en Londres pagaban sin tomarse el trabajo de exigirle al patricio el saldo de la misma. Piccirilli, que ignora en su libro los pormenores de la compañía minera, saca en conclusión que Hullet no cobraba este saldo de cuenta porque Rivadavia estaba muy pobre, y que esta pobreza era prueba de su honestidad. Con ese descubrimiento de su biógrafo, ahora sabemos que Rivadavia obtenía de Hullet, al tiempo de asumir la presidencia de la República y entregar las minas a la compañía formada por éstos y de la, cual era presidente, cantidades respetables de miles de libras esterlinas en préstamo que nunca pagaría. Eso de “préstamo” va, por cuenta de Piccirilli, pues los herederos de Rivadavia ganaron el pleito que promovió Hullet contra la sucesión por esas cantidades, y el juez sentenció que Hullet en 1825 no había prestado nada a Rivadavia, sino dado en pago esas libras. Eso también lo sacamos del libro de Piccirilli. Así, gracias a Piccirilli, podemos ahora rectificar nuestro juicio: Rivadavia no fue tan sonso en el negociado de la Mining como nos parecía.

capitulo ocho de El Revisionismo Responde

miércoles, 3 de julio de 2013

UN PLAGIO PERNICIOSO

por Luis Alberto de Herrera

Compárese aquella prudencia preventiva con la temeridad sudamericana idéntico caso.
Mientras la colonia británica, familiarizada con las instituciones libres, se afana en restringir el radio democrático, al extremo de que algún autor se pregunta a qué capítulo de su legislación lo confina, la colonia española, ajena en absoluto al aprendizaje de la independencia, sólo acierta a vestirse con las más avanzadas teorías, sin detenerse a meditar sobre la oportunidad de esa improcedente indumentaria.
¡En proporción a la arrogancia del ímpetu ha sido la caída!
Pero tan purgado desvarío tiene la triste explicación que prestan a todas las catástrofes sus mismos antecedentes. América del Sur no estaba preparada para el desposorio republicano —nadie lo ignora— cuando el destino lo quiso así. El imperio de sucesos exteriores precipitó el desprendimiento de España. En la primera jornada de lucha, a brazo partido, heroica, se disimularon, con abundante contingente de sacrificios, las imperfecciones políticas del medio social. Pero el día en que fue sellada la independencia, en la segunda jornada, adquirieron aquellas imperfecciones, que eran fundamentales, su natural transparencia.
Después de combatir había que organizar, que dirigir, que pensar. ¿Concebible coronar la luminosa tarea sin levadura de pueblo? Porque el pueblo efectivo, hábil, capaz de derechos y de deberes republicanos, era una metáfora en nuestro continente.
¡Suprema injusticia fuera procesar por sus derrotas a nuestras muche­dumbres turbulentas!
Lo extraordinario hubiera sido que de su seno, oscuro y amorfo, brotara en seguida la luz.
Todavía bajo el ardor de la dura brega, rencorosos para el pasado ibérico que, negativo de la vida, no había labrado hondos amores, nuestros padres se entregaron ciegos, seducidos, deslumbrados, a los dogmas delirantes de la Revolución Francesa.
"Tener siempre en el pensamiento las santas escrituras de los apóstoles franceses fue en las primeras décadas de nuestra revolución, la preocupación de los raros técnicos y especialistas de derecho que las conocían por lecturas de ocasión. Aspiraban entonces a legislar sin violar los principios del Pacto Social, para erigir con él barreras insalva­bles al analfabetismo nacional, a la incapacidad del indígena y del mestizo para el gobierno representativo y a la barbarie de Quiroga o de !barra y a la gauchocracia de Bustos y López. ¿Qué pensar de la eficacia de estos finos instrumentos y delicadas mallas soñados por Montesquieu o Rousseau, meditando en el silencio del bosque sagrado, para trasladar­los a Sudamérica y domeñar con ellos la bestia anárquica?” [1]
En el ingenuo entusiasmo de la hora ellos olvidaban que no basta decirse libres para serlo, como no basta, para adquirir derechos, flamear una bandera.
Algunos patriotas eminentes propiciaron la conveniencia de una transición suave, utilizando el intermedio de la forma monárquica; pero estos sabios consejos se perdieron en el tumulto clamoroso.
Vale la pena mencionar que, a pesar de la renegación de la herencia española, ese repudio no pudo sancionarse en la práctica del gobierno, pues las costumbres, las ideas generales, las tradiciones, la creencia religiosa, los prejuicios de raza, el analfabetismo, las pasiones desorde­nadas quedaron en pío, más poderosos en su arraigo étnico que la soberbia de le nublo de airados decretos. Se asistió, entonces, al injerto de fórmulas exóticas en el árbol secular, con la agravante de abrigar los ensayistas la convicción, muy sincera, de cumplir un cometido redentor.
De dos elementos sociales mutilados se hizo un todo, llamado al mas irremisible desastre. Porque el gobierno de los pueblos no es una ciencia exacta; su éxito no se abona, como en geometría, con una democracia dibujada sobre la pizarra; por el contrario, sus formulas, después de demostradas, exigen la sanción efectiva de la practica.
Esa práctica confirmatoria no pudo existir en Sudamérica porque su revolución no modifico en esencia a la unidad hombre; atacó la forma y no el fondo de las cosas. Libres, continuamos siendo colonos, pues no es tan fácil como se quisiera defenderse del medio y de sus influencias complejas. Suele verse a los autores de nuestra raza, después de procesar las incurables aberraciones de la dominación española y de exhibir a las poblaciones de América vegetando en el desconocimiento de las más elementales regalías públicas, aceptar un cambio radical de decoraciones a partir de la independencia, concediendo ellos gestos de soberanía avanzada a las masas informes, en su mayor parte compuestas de mestizos, que iniciaron, atónitas, sin saber cómo, un nuevo capitulo de su historia.
No; no hay benevolencia de criterio capaz de convencer de esa maravillosa transición del férreo pupilaje a la libertad consciente. La vida de los organismos se desenvuelve como un efecto lógico, sin ángulos rectos, coordinándose los sucesos unos a otros, para engendrar nuevos sucesos, todos solidarios, ligados entre sí, al igual de los puntos de una trayectoria.
Estéril empeño, pues, gastar dialéctica en la probanza de fulminantes capacidades cívicas que no eran posibles. Las cosechas se encargan de hacer el elogio de la semilla y ahí están de pie en el recuerdo continental los desastres del régimen democrático entre nosotros, ratificados todos los días por nuevas tristezas.
Claro está que a tan doloroso testimonio se contesta con socorro imaginativo y casi bendiciendo tales naufragios, por aquello de que el huracán destruye para fecundar.
Víctimas de las declamaciones de 1789, todavía continuamos atados a su espíritu de sofisma y rebeldes a las más claras evidencias.
Ya, entre las luces de la aurora, Bolívar y San Martín, los dos grandes libertadores, afianzados por las más eminentes cabezas de la época, desesperaron de la aptitud libre de las sociedades por ellos redimidas. ¿Acaso habrían "arado en el mar'"! [2]
No es cierto que las generaciones siguientes hayan levantado la lápida de ese descreimiento. Las instituciones republicanas no son en Sudamérica lo que se jura que sean. En los orígenes surge más desnuda la ficción.
Para contener el desorden popular que se bosquejaba, los organizado­res de 1810 pensaron en el freno regulador de un poder fuerte y constitucional, siendo asunto secundario que ese poder llevara el nombre de monarquía; pero el calor de la reyerta y la ideología, ya en auge, inutilizaron esa fórmula de salvación común levantando, ante el alma ingenua de los pueblos, el fantasma del absolutismo de Fernando VII, cuando sólo se quería el ensayo de un sistema de moderación liberal.
Desautorizado por la calumnia este recurso prudente, preliminar de una república verdadera, quedó el campo por las irreflexiones líricas. Entonces, como lo hemos dicho, se quiso y se consumó el traslado íntegro, a nuestros territorios desolados, de los dogmas resplandecientes de la Revolución Francesa, olvidando que esas adaptaciones violentas nunca reemplazarán a las fuerzas fecundas de la naturaleza, sabia y coronada trabajadora dentro de cada clima moral.
Fue ese el peor ejemplo que pudieron elegir las colonias españolas. [3]
Para abonarlo así dejamos correr la pluma; porque todos nuestros defectos orgánicos, en vez de encontrar correctivo, recibieron estímulo y mi ampliación de los mismos defectos imperantes en Francia y empeorados, | intensidad, por su prestigio europeo.
Pero es del caso observar que, a no ser un mando inconmovible y de hierro, ninguna teoría constitucional era capaz de apartar a los sudamericanos del abismo, cautivos ellos de su ineptitud democrática.
Ni la sabiduría concreta de las leyes sajonas habría conjurado el peligro. Bien lo abona así el quebranto político de Colombia, Venezuela, México y Argentina, organizados bajo la forma federal.
"Los habitantes de México, queriendo restablecer el sistema federativo , tomaron por modelo y copiaron, casi enteramente, la Constitución federal de los angloamericanos, sus vecinos. Pero, al transportar la letra de  la ley, ellos no pudieron transportar, al mismo tiempo, el espíritu que la vivificaba. Se les vio, pues, tropezar repetidamente en los rodajes de su doble  gobierno. La soberanía de los Estados y la de la Unión, saliendo del i aculo que la Constitución les había trazado, chocaron de continuo la una con la otra. Actualmente todavía México es llevado, sin cesar, de la anarquía al despotismo militar y del despotismo militar a la anarquía". [4]
Muy poderoso este comentario, porque es ingenuo crear leyes sin contar con hombres capaces de comprenderlas y cumplirlas.
"¿No dividimos, desde los primeros estatutos, nuestros gobiernos, en las tres ramas clásicas? ¿Y acaso por eso alteramos el uti possidetis del poder personal y sórdido del mandatario colonial, que en su integridad se trasfiere al caudillo? ¿No nos decretamos el sistema representativo y el sufragio universal? ¿Y acaso por eso se improvisaron capacidades que el país no pudo crear, entre otras causas, porque ellas no encontraban elementos en su constitución hereditaria? ¿No dictamos leyes para asegurar la responsabilidad de los funcionarios conculcadores? ¿Y acaso por eso se reforzaron los frenos que jamás sirvieron para contener los abusos extorsiones de los gobernadores de Indias? ¿Existe, por ventura, alguna ley que sea capaz de salvarnos de nosotros mismos?" [5]
Por eso sería exagerado optimismo suponer que la imitación apasio­nada de las instituciones norteamericanas pudo salvarnos de todas las caídas sufridas, resultando exagerado pesimismo la opinión contraria, según la cual, a no mediar el plagio de las ideas francesas, navegaríamos ya en mar manso, de derecho.
Ninguna de esas elecciones poseía el secreto de la enfermedad mortal o de su curación. En la propia carne estaba la decisión del problema. Pero, de cualquier modo, no puede dudarse que el entregamiento a los dogmas demagógicos de 1789 aumentó nuestros males orgánicos; siendo también cierto que la aproximación al precioso concepto republicano de Estados Unidos habría atemperado el fuego de nuestros errores.
Caracterizan a nuestra raza, la arrogancia en el extravío; la preconiza­ción permanente de la libertad, desmentida por los hechos; el sofisma esgrimido con habilidad en todas las encrucijadas del deber, para rehuir­lo; la poesía del desinterés decorando a la prosa interesada; arrestos de equidad, sin perjuicio de medirla siempre con metro de vencedor; protestas de respeto a la ley, pero sin disciplina para acatarla cuando ella decide en contra; una fiebre declamatoria que descompone las mejores iniciativas, invasora, además, del terreno privado; la malaria politiquera, en pleno desarrollo, adueñada de todos los ánimos y haciendo costumbre de las murmuraciones de barrio; el hábito heredado de la desobediencia en lo trivial y en lo solemne; el encarnizamiento en las pasiones; la ignorancia de las virtudes tolerantes, aunque vivamos en su incienso; el espíritu leguleyo, que tranquiliza al despotismo siempre que
encuentre ¡ y la encuentra! nueva fórmula literaria de justificación; y, culminando esas flaquezas, la peor de todas, o sea lo que consiste en cerrar los ojos a ese índice adverso y creerse, por ende, en el soberano ejercicio de las calidades que le faltan.
A la Revolución Francesa debemos el afianzamiento de esas deficiencias sociales y a Francia contemporánea la continuación de tan pernicio­sos extravíos.
Todos nuestros tiranuelos y todas nuestras calamidades políticas organizadas, han encontrado en aquella fuente de inagotable declama­ción sobre el derecho, la libertad, la soberanía, la realeza, el pueblo reivindicados, la salud social, el sufragio universal, etc., formidable escudo defensivo para sus atentados.
Los jacobinos de allende el océano, la ínfima minoría del país, se apoderaron, como de bien propio, de la cosa pública; ellos se dijeron redentores y mataron para redimir. Cada comuna de Francia tuvo su guillotina, su delegado sangriento, con facultades extraordinarias; su dueño de vidas y haciendas. Exterminar al adversario, decían, era obra santa, pues él encarnaba el error y, ¿acaso el error no debe extirparse? Su credo fue el terrorismo, el crimen político justificado, ¡qué decimos? glorificado, que tan nutridos discípulos recogería en el mundo nuevo.
Nuestros jacobinos de la primera época no les van en zaga a sus maestros, los del extranjero. También ellos se juzgaron siempre instru­mentos de una misión providencial, llamados a ser salvadores de pueblos. Evocando esc lema, proclamándose rehabilitadores del derecho, ellos hicieron vilipendio de las naciones y las gobernaron como grandes estancias, "parando rodeo" a los vecindarios despavoridos. Nunca faltó a su lado una hoja periódica que repitiera, con cargada fraseología, el estribillo clásico del jacobinismo francés. Como éste, también tuvieron ellos sus "'sociedades restauradoras", su "guerra a muerte a los emigra­dos" , sus apelaciones al pueblo para "salvar a la patria en peligro", sus Dantones para contestar, con la cabeza de un rey, al reto de Europa.
También América del Sur ha derramado torrentes de sangre en homenaje al Contrato Social que, si en manos de los espíritus sensatos fue palanca ocasional de reparación humana, explotado por la plebe dictado­ra, en el seno de una nación, sirvió de pretexto a los más feroces atentados que registra la historia moderna.
Véase cómo aprecia Taine a los demagogos de esa adulterada doctrina de la soberanía del pueblo tan mal practicada por los latinos:
"Que un especulativo, en su gabinete, haya fabricado esa teoría, se comprende: el papel todo lo tolera y los hombres abstractos, los simula­cros vacíos, las marionetas filosóficas que aquél inventa se prestan a toda combinación. Que un maniático, en su cueva, adopte y predique esta teoría, también se explica: él tiene la obsesión de los fantasmas, él vive fuera del mundo rea- y, por tanto, en esta democracia incesantemente sublevada él es el eterno denunciador, el provocador de toda revuelta, el instigador de todo crimen, que, bajo el nombre de 'amigo del pueblo', se convierte en arbitro de toda vida y en verdadero soberano. Que un pueblo, abrumado de impuestos, miserable, hambriento, endoctrinado por declamadores y sofistas, haya aclamado y practicado esta teoría, esto todavía se comprende: en el extremo sufrimiento se hace arma de todo y, para el oprimido, una doctrina es verdadera cuando ella le ayuda a sacudir ¡a opresión. Pero que políticos, legisladores, hombres de Estado, minis­tros y jefes de gobierno, se hayan solidarizado con esta teoría, que ellos la hayan abrazado más estrechamente a medida que ella se hacía más destructiva, que todos los días, durante tres años, ellos hayan visto desplomarse al orden social bajo sus golpes, pieza a pieza, y no hayan jamás reconocido en ella al instrumento de tantas ruinas; que bajo las claridades de la más desastrosa experiencia, en vez de confesar sus perjuicios, ellos hayan glorificado sus beneficios; que muchos de entre ellos, todo un partido, una asamblea casi entera, la hayan venerado como un dogma y la hayan aplicado hasta el fin con el entusiasmo y la pasión de la fe; que, empujados por ella a un corredor estrecho, cada vez más estrecho, ellos hayan marchado siempre hacia adelante, aplastándose los unos a los otros; que llegados al fin, al templo imaginario de libertad pretendida, ellos se hayan encontrado en un matadero; que en el recinto de esta carnicería nacional ellos hayan sido, por turnos, verdugos y víctimas; que, bajo sus máximas de libertad universal y perfecta, ellos hayan instalado un despotismo digno del Dahomcy, un tribunal semejan­te al de la Inquisición, hecatombes humanas parecidas a las del antiguo México; que, en medio de sus prisiones y sus cadalsos, ellos no hayan jamás cesado de creer en su buen derecho, en su humanidad, en su virtud, y que, en su caída, ellos se hayan considerado como mártires; esto, ciertamente, es extraño: tal aberración de espíritu y tal exceso de orgullo no se encuentran y, para producirlo, se ha necesitado un conjunto de circunstancias que sólo una vez se han reunido".[6]
Esta soberbia y autorizada referencia condensa, de manera admirable, el juicio que comparten los pensamientos elevados.
Difundir en América esa página de proceso vale hacer obra buena, porque, invocando esa misma explotada soberanía del pueblo, han sido tiranizadas, una y diez veces, todas y cada una de sus fracciones terri­toriales, con excepción de Chile y Brasil, salvados del derrumbamiento, aquél, por su organización aristocrática, y, éste, por el amparo que le prestara la monarquía constitucional.

capitulo III de LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y SUDAMERICA  

NOTAS

1. AYARRAGARAY -La Anarquía Argentina
2. MITRE – Historia de San Martín. “Las ideas políticas de Pueyrredón, en cuanto a forma de gobierno, que siempre habían tenido un tinte aristocrático, eran entonces acentuadamente monárquicas – como las de mayor parte de los notables contemporáneos -, aun cuando pensase, como San Martín, que era un medio y no un fin”
3. SUMNER MAINE – Popular Government. “Las Colonias españolas en Norte, Centro y Sudamérica se rebelaron y fundaron republicas en las cuales los crímenes y Los desordenes de la Republica Francesa fueron repetidos en caricatura. Las republicas latinoamericanas fueron, con respecto a la francesa, lo que Hébert y Anacarsis Clootz habían sido con respecto a Saltón y a Robespierre”.
4. TOCQUEVILLE. — De la Démocratie en Amérique.
5. AYARRAGARAY. —La Anarquía Argentina.
6. TÁINE. — La Révolution

jueves, 23 de mayo de 2013

Orígenes hispánicos de la Revolución de Mayo


por Pablo Yerman

Es casi un lugar común es­cu­char, a me­di­da que nos acer­ca­mos a un aniver­sa­rio de la Re­vo­lu­ción de Mayo, que aquel su­ce­so ha­bría pre­ten­di­do tras­la­dar hasta no­so­tros los prin­ci­pios de la Re­vo­lu­ción Fran­ce­sa de 1789, cual ga­ji­to de “igual­dad-li­ber­tad-fra­ter­ni­dad” que se pre­ten­día hacer bro­tar en otros si­tios so­me­ti­dos a crue­les ti­ra­nías. Como uno de los pa­dres es­pi­ri­tua­les del mo­vi­mien­to de Mayo se suele in­vo­car a Juan Ja­co­bo Rous­seau y cuan­to fi­ló­so­fo pac­tis­ta de fines del siglo XVIII apa­re­ce en es­ce­na.
La reali­dad de aque­llas jor­na­das, y fun­da­men­tal­men­te su do­cu­men­ta­ción, re­ba­te lo antes afir­ma­do. Nues­tro mo­vi­mien­to eman­ci­pa­dor no se fundó –dicho esto con el mayor res­pe­to- en los apo­teg­mas de la Re­vo­lu­ción Fran­ce­sa, sino en la teo­ría del ori­gen del poder ela­bo­ra­da más de dos si­glos antes por el sa­cer­do­te Fran­cis­co Suá­rez junto con sus co­le­gas y dis­cí­pu­los de la Es­cue­la de Sa­la­man­ca, alen­ta­da du­ran­te los reina­dos de Car­los I y Fe­li­pe II.
Como re­cuer­da Héc­tor Pe­tro­ce­lli: “[Ni] el pue­blo es­pa­ñol ni sus doc­tri­na­rios ad­mi­tie­ron nunca que el poder lo dis­cier­ne di­rec­ta­men­te Dios al so­be­rano, ni que el único papel a jugar por el pue­blo es obe­de­cer­lo cie­ga­men­te. Esto es de ori­gen fran­cés, de la época de Luis XIV, cuan­do el ab­so­lu­tis­mo fue sis­te­ma­ti­za­do por Bodin o Bos­suet, y de pro­ce­den­cia in­gle­sa, en tiem­pos de los Es­tuar­dos … Fue de la cul­tu­ra po­lí­ti­ca del pue­blo es­pa­ñol, que si el rey era rey, era por­que la co­mu­ni­dad así lo con­sen­tía.”
Así se en­tien­de mejor, en­ton­ces, que en la Fran­cia de los mo­nar­cas ab­so­lu­tis­tas hu­bie­ra su­fi­cien­tes mo­ti­vos para una re­vo­lu­ción, y que en cam­bio en los do­mi­nios es­pa­ño­les lo que hi­cie­se falta fuera, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, ir al res­ca­te de una an­ti­gua con­cep­ción acer­ca del poder y la so­be­ra­nía.
Todo ello con­flui­ría en las jor­na­das de Mayo.

El ca­bil­do como reunión ve­ci­nal

Nues­tro ima­gi­na­rio co­lec­ti­vo ate­so­ra el re­cuer­do, a veces de modo di­fu­so, de las dis­cu­sio­nes ocu­rri­das du­ran­te el fa­mo­so Ca­bil­do Abier­to del 22 de mayo de 1810 que an­te­ce­dió al 25 de mayo y que, si se lo ana­li­za con de­te­ni­mien­to desde el punto de vista ins­ti­tu­cio­nal y po­lí­ti­co, fue in­clu­so el día más im­por­tan­te de aque­lla se­ma­na re­vo­lu­cio­na­ria.
El ca­bil­do era la en­ti­dad de go­bierno mu­ni­ci­pal exis­ten­te en estas tie­rras desde la lle­ga­da de los pri­me­ros es­pa­ño­les. Si algo había ca­rac­te­ri­za­do a los pri­me­ros ha­bi­tan­tes y luego, a sus hijos na­ci­dos en Amé­ri­ca, los crio­llos o “man­ce­bos de la tie­rra”, fue su pro­fun­do lo­ca­lis­mo y amor a la pro­pia tie­rra. Pre­ci­sa­men­te, esos sen­ti­mien­tos au­to­nó­mi­cos van a estar en parte re­pre­sen­ta­dos en el ca­bil­do, ins­ti­tu­ción que bajo el nom­bre de ayun­ta­mien­to o con­ce­jo había sur­gi­do en las duras jor­na­das de la re­con­quis­ta de la pe­nín­su­la his­pá­ni­ca a mano de los moros que la ha­bían in­va­di­do va­rios si­glos atrás.
Todos los ca­bil­dos con­ta­ban con dis­tin­tos tipos de fun­cio­na­rios que man­te­nían re­gu­lar­men­te reunio­nes en las que se de­ci­día sobre las más di­ver­sas me­di­das de go­bierno. Esas reunio­nes ha­bi­tua­les se lla­ma­ban “ce­rra­das” por­que en ellas par­ti­ci­pa­ban so­la­men­te los fun­cio­na­rios que in­te­gra­ban el cuer­po, sin pú­bli­co. Pero cuan­do el ca­bil­do debía tra­tar un asun­to de mucha im­por­tan­cia para la ciu­dad, se con­si­de­ra­ba que debía darse in­ter­ven­ción al ve­cin­da­rio, es decir, a los ve­ci­nos de la ciu­dad (aun­que cabe acla­rar que no todo re­si­den­te de la ciu­dad era au­to­má­ti­ca­men­te ve­cino), y por lo tanto se in­vi­ta­ba a par­ti­ci­par de un ca­bil­do “abier­to”.
Esto fue lo que su­ce­dió en mayo de 1810: ante la gra­ve­dad del tema con­vo­can­te, es decir, el cau­ti­ve­rio del rey y la po­si­ble au­sen­cia del go­bierno cen­tral en Es­pa­ña, el Ca­bil­do de Bue­nos Aires, ca­pi­tal del vi­rrei­na­to y lugar de re­si­den­cia de la má­xi­ma au­to­ri­dad co­lo­nial de en­ton­ces, el vi­rrey, de­ci­dió lla­mar a un ca­bil­do abier­to o con­gre­so ve­ci­nal, como tam­bién se lo llamó.
Una de las pri­me­ras di­fe­ren­cias entre el vi­rrey, Bal­ta­sar Hi­dal­go de Cis­ne­ros, y el Ca­bil­do, tuvo que ver con la can­ti­dad de in­vi­ta­cio­nes que se iban a im­pri­mir y a en­viar: según el vi­rrey había que man­dar in­vi­ta­cio­nes a apro­xi­ma­da­men­te 3.000 ve­ci­nos. En cam­bio, el Ca­bil­do pen­sa­ba dis­tin­to y mandó im­pri­mir al­re­de­dor de 600 es­que­las. No obs­tan­te, y a pesar de lo que pueda su­po­ner­se, hubo un cier­to de­sin­te­rés por con­cu­rrir a la reunión ex­tra­or­di­na­ria ya que asis­tie­ron, o al menos vo­ta­ron, 251 ve­ci­nos. Es decir, menos de la mitad de quie­nes ha­bían re­ci­bi­do in­vi­ta­ción.

Reinos de In­dias o sim­ples co­lo­nias

En el in­te­rior del edi­fi­cio del Ca­bil­do la dis­cu­sión se cen­tró en es­ta­ble­cer si ha­bien­do des­a­pa­re­ci­do el go­bierno es­pa­ñol re­si­den­te en la pe­nín­su­la tam­bién había ce­sa­do la au­to­ri­dad del vi­rrey Cis­ne­ros. Los pri­me­ros en tomar la pa­la­bra te­nían com­pro­mi­sos con Cis­ne­ros, o in­clu­so es­ta­ban con­ven­ci­dos de que su au­to­ri­dad no había con­clui­do.
Luego tomó in­ter­ven­ción Juan José Cas­te­lli. Aún hoy ad­mi­ra su dis­cur­so, que pa­re­ció res­ca­tar la vieja y ofi­cial­men­te ol­vi­da­da vi­sión es­pa­ño­la de Amé­ri­ca, vi­gen­te de 1500 a 1700 mien­tras la casa de los Aus­tria o Habs­bur­go go­ber­nó en Es­pa­ña, pero aban­do­na­da adre­de al ac­ce­der la fa­mi­lia de los Bor­bo­nes al trono es­pa­ñol. Ex­pre­só que los Reinos de In­dias no eran co­lo­nias del Es­ta­do Es­pa­ñol, sino que en sus mis­mos orí­ge­nes, mucho antes de 1810, ha­bían sido in­cor­po­ra­dos a la Co­ro­na de Cas­ti­lla, pero como po­se­sión per­so­nal del Rey y, en con­se­cuen­cia, en caso de au­sen­cia del mo­nar­ca, po­dían darse a sí mis­mos un go­bierno au­tó­no­mo.
Y lo más im­por­tan­te, re­cor­dó la vieja teo­ría de Fran­cis­co Suá­rez acer­ca del ori­gen del poder po­lí­ti­co con­for­me lo dicho más arri­ba.
La in­ter­ven­ción de Cas­te­lli en el Ca­bil­do Abier­to sus­ci­ta el agudo co­men­ta­rio de Vi­cen­te Sie­rra: “La po­si­ción de Ca­te­lli fue ne­ta­men­te le­ga­lis­ta, si bien la re­vo­lu­ción es­ta­ba im­plí­ci­ta en sus pa­la­bras, como lo es­tu­vo en la for­ma­ción de las Jun­tas de Es­pa­ña en 1808, pues en ambos casos se afir­ma­ron nor­mas ju­rí­di­cas tra­di­cio­na­les que se opo­nían a los prin­ci­pios del ab­so­lu­tis­mo bor­bó­ni­co. Ésta es la cues­tión esen­cial del 22 de mayo de 1810, como lo había sido la de los al­za­mien­tos jun­tis­tas de las pro­vin­cias de Es­pa­ña. Se pro­cla­mó que la so­be­ra­nía habia re­ver­ti­do sobre el pue­blo desde el mo­men­to que había des­a­pa­re­ci­do quien la po­seía le­gí­ti­ma­men­te, o sea, se afir­mó un prin­ci­pio que venía del Fuero Juzgo y que jus­ti­fi­ca lo que dice el his­to­ria­dor in­glés J.M. Carly­le, de que toda li­ber­tad pro­vie­ne del Me­dioe­vo.”
Vol­vien­do al de­ba­te de aquél Ca­bil­do Abier­to, tras la ora­to­ria im­pe­ca­ble del abo­ga­do Cas­te­lli, tocó el turno de hacer uso de la pa­la­bra al Fis­cal de la Real Au­dien­cia, Ma­nuel Vi­llo­ta, quien si bien coin­ci­dió con lo afir­ma­do por Cas­te­lli, vino a poner el dedo en la llaga con una va­rian­te im­por­tan­tí­si­ma en los años ve­ni­de­ros, al afir­mar que el Ca­bil­do de Bue­nos Aires era un ente mu­ni­ci­pal que no tenía ju­ris­dic­ción sobre todo el Vi­rrei­na­to y en con­se­cuen­cia, si el poder re­tro­ver­tía en todo el Pue­blo, debía co­no­cer­se la opi­nión del resto de los pue­blos del in­te­rior, a quie­nes debía in­vi­tar­se a man­dar dipu­tados a Bue­nos Aires.
Le re­tru­có Juan José Paso, quien dijo que efec­ti­va­men­te había que in­vi­tar a los pue­blos a que die­ran su opi­nión, pero como eso lle­va­ría meses, pro­vi­so­ria­men­te debía ser Bue­nos Aires quien asu­mie­ra, en la ur­gen­cia que se vivía, el go­bierno a tra­vés de una Junta Pro­vi­so­ria. Sus pa­la­bras fue­ron ce­rra­das con una gran ova­ción de todos los pre­sen­tes, in­clu­so por la gente con­gre­ga­da en la plaza.
Debe te­ner­se en cuen­ta que como la se­sión se ex­ten­dió de­ma­sia­do, hacía frío y la reunión se desa­rro­lló en la ga­le­ría ex­ter­na que daba a la plaza, al­gu­nos in­vi­ta­dos se fue­ron antes de la vo­ta­ción. Por eso los re­sul­ta­dos fue­ron: 161 votos por la des­ti­tu­ción del vi­rrey y por­que el Ca­bil­do eli­gie­ra una Junta de Go­bierno;  54 votos por que el vi­rrey con­ti­nua­ra en el ejer­ci­cio; 21 per­so­nas in­vi­ta­das y re­gis­tra­das se re­ti­ra­ron sin votar. La vo­ta­ción ter­mi­nó al­re­de­dor de las doce de la noche.
Pero to­da­vía no es­ta­ba dicha la úl­ti­ma pa­la­bra y ha­bría que es­pe­rar otros tres días hasta el 25 de mayo, pero lo cier­to es que atri­buir orí­ge­nes fran­ce­ses a la Re­vo­lu­ción de Mayo es, como diría un amigo, “más falso que guión de la pe­lí­cu­la Ágora”.

fuente:MovCondor

lunes, 25 de febrero de 2013

SAN MARTÍN Y LA ASAMBLEA DEL AÑO XIII


por Jose María Rosa

Treinta y cinco años tenía al pisar, aquel 9 de febrero de 1812, nuevamente el suelo de la patria que abandonara 28 años atrás. Había pasado su juventud en España, la tierra de sus padres, sirviendo en el ejército del rey. Pero este hijo de un capitán español, nacido por accidente en las Misiones correntinas, amaba el suelo que lo vio nacer con una intensidad que pocos pueden disputarle en nuestra historia. Tal vez fue por ese mote, “el americano”, que le pusieron sus compañeros en el Colegio de Nobles de Madrid: era despectivo, pero él lo reivindicó como título de honor.
A los treinta y cinco años, dejaba su brillante carrera en el ejército español y se despedía para siempre de su madre y sus hermanos, a quienes el destino le impediría volver a ver. Su patria, su verdadera patria lo necesitaba, e iba a darle todo su esfuerzo. Debió ser un grave conflicto entre su amor a la lejana tierra natal, idealizada por el recuerdo y la distancia, y sus deberes como militar español, y como hijo y hermano. Pero triunfó la patria.

San Martín y la Logia Lautaro

En Londres, y hacia 1811, ingresó San Martín en la filial de la Logia Lautaro. ¿Era una entidad masónica o simplemente una agrupación de revolucionarios cubiertos por el ritual y protegidos por el secreto y la obediencia de las entidades masónicas? Aún se discute. Pero lo cierto es que San Martín prestó juramento de perpetua obediencia, secreto y lealtad con el ceremonial de las logias secretas: que, junto con otros masones, fue enviado a Londres, donde allí embarcaría en la fragata Canning hacia Buenos Aires.
Que la Logia fuera masónica o no, San Martín cometería el error de ligarse definitivamente por su juramento. Atraído por el bello programa de independencia nacional, libertad y fraternidad que se presenta a los neófitos, y creyendo que una entidad secreta y poderosa sería eficacísima en la tarea revolucionaria, prestó los irreparables juramentos que habrían de pesarle toda su vida. Después de ingresar en una entidad semejante enajenaba su futuro político a una voluntad desconocida que podría arrastrarlo a cometer actos contra sus mismas ideas, ya que la Logia mostraba a los iniciados un magnífico programa, no era menos cierto que quedaban atados para siempre a las variaciones de su dirección.
Esa fue la tragedia de San Martín. Había ingresado en la Logia para servir, como militar y como político, a la independencia de su patria; pero al poco tiempo comprendió que la entidad secreta tomaba un rumbo opuesto a sus ideales. No quiso servir de instrumento a los enemigos de la nacionalidad, pero tampoco podía oponerse a la Logia de frente. Prefirió alejarse de toda actividad política en Buenos Aires. Por el conflicto entre su conciencia de patriota y sus juramentos de logista, fue solamente el Libertador de su patria, y no el Constructor de la Argentina, como lo llamaba el destino. No quiso aceptar el gobierno en 1822 y 1829, ya que estaba trabado para toda acción eficiente y nacionalista. Por eso vivió sus últimos años en Europa, aplaudiendo (en oposición a los logistas) la obra patriótica y constructiva de Rosas, quien, por carecer de ataduras logísticas, podía apoyarse en el pueblo y arremeter contra los intereses imperialistas e imperializantes de la oligarquía nativa, apoderada también del manejo de las logias. Por renuncia de San Martín (pero con su apoyo moral), sería Rosas quien creara y defendiera la férrea Confederación Argentina, último resto de las antiguas Provincias Unidas del Plata, disueltas por los intereses extranjeros y sus gerentes locales.

La Asamblea del Año XIII

La revolución del 8 de octubre de 1812 había sido obra del pueblo de Buenos Aires (del auténtico pueblo de Mayo), conducido por San Martín, cuando todavía Logia, Pueblo y Patria eran cosas semejantes. El segundo Triunvirato llamó a una Asamblea General Constituyente, que debía ser plena representación nacional (la anterior “asamblea” de Rivadavia estaba formada solamente por porteños y aporteñados) a fin de declarar la independencia nacional y sancionar una constitución: para que “vote y decrete la figura con que debe aparecer (la Patria) en el gran teatro de las naciones”, decía la circular del 24 de octubre invitando a la elección de diputados.
Pero la Asamblea no declaró la independencia, ni sancionó una Constitución. Ni fue tampoco un “cuerpo nacional”. Algo se introdujo en la Logia Lautaro para torcer, una vez más, el curso de la Revolución. La oligarquía desplazada el 8 de octubre rodeó al joven Carlos María, de Alvear, compañero de San Martín y 2º jefe de Granaderos, alentando sus ambicianes políticas y las de su círculo. Alveár les abrió las puertas de la Logia a Rivadavia, Manuel José García, Valentín Gómez y todos los desplazados, para contrarrestar las influencias de San Martín y los auténticos patriotas. Desde ese momento se perdió la Logia Lautaro como instrumento de liberación.
San Martín fue alejado, o se alejó, de las actividades políticas. Y la nueva Logia preparó las elecciones para dominar la Asamblea.

Los Diputados Orientales

Artigas – ahora gobernador-militar de la federal provincia Oriental – y los representantes del Congreso oriental de Peñarol, reconocieron la soberanía de la Asamblea por suponerla un “cuerpo nacional”. Nombraron los cinco diputados de su provincia, dándoles instrucciones de votar la independencia “absoluta” de España, crear un sistema de Confederación de provincias y establecer la capital nacional fuera de Buenos Aires.
La Asamblea rechazó a los diputados orientales por “vicios de forma” en su designación; aunque fueran los más auténticos representantes en ese cuerpo digitado, en su gran mayoría desde la Logia. Reelectos, salvándose los presuntos “vicios” (los orientales no querían suponer otra intención en los porteños), serían nuevamente rechazados. Ya no cabía duda posible: la Asamblea porteña y oligárquica nada quería con Artigas y el federalismo popular. Poco después, el “sujeto José Artigas” era despojado de su grado militar y desconocido en su calidad de gobernador de la provincia Oriental.
Artigas abandonó entonces (recién entonces) el campamento que sitiaba Montevideo. Había recibido con paciencia las ofensas de los oligarcas porteños y solamente cuando se le desconoce su grado militar abandonará las filas sitiadoras. No desertaba; la Asamblea lo expulsaba. Tomó en su mano la, bandera partidaria (azul y blanca, cruzada en diagonal con la franja punzó del federalismo) y se marchó solo, absolutamente solo; pero al día siguiente, notada su ausencia, todos los orientales abandonaban también las filas sitiadoras para seguir al jefe. El Director Posadas (en enero de 1814, la Asamblea había sustituido al Triunvirato por un Director) puso a precio la cabeza del “bandido José Artigas” y mandó una división a prenderlo. Los porteños fueron completamente derrotados en Guayabo.
A poco el pabellón de Artigas tremolaba en el Fuerte de Montevideo, entregado por los españoles a los porteños-, y que éstos acabaron por abandonar a Artigas. Impotente para derrotarlo, Alvear ofrecería a Artigas la independencia “nacional” de la Banda Oriental, para que el federalismo y los gobiernos populares no se extendieran por las demás Provincias Unidas. Artigas se negó. Era argentino, y quería seguir siéndolo.

La Obra de la Asamblea General

Mientras San Martín, alejado por los nuevos orientadores de la Logia, tomaba el comando del ejército del Norte primero, y la gobernación de Cuyo después; mientras Artigas consolidaba la autonomía de la Provincia Oriental, embrión de su futura Liga de Pueblos Libres; la Asamblea de Buenos Aires realizaba su obra, tan exagerada o tergiversada por nuestra historia olígárquica.
Se ha batido hasta el cansancio el parche de la obra de la Asamblea. Se ha dicho que, si no declaró formalmente la independencia, tomó muchas disposiciones (fiesta nacional del 25 de Mayo, Himno Nacional, Escudo nacional, abolición de las armas realistas, etc.) que significan una independencia de hecho. Y que sus muchas leyes por la libertad y la igualdad (libertad de vientres, liberación de esclavos que pisen el territorio argentino, abolición de mayorazgos, quema de los instrumentos de tortura, de la Inquisición, etc.) son “progresistas” y encomiables.
Es cierto que la Asamblea dictó muchas resoluciones simpáticas al espíritu popular, ardientemente pronunciado a favor de la independencia. Pero no se atrevió a declararla lisa y llanamente, como estaba obligada por la circular de su convocatoria. Empleó todos los sustitutos posibles (el 25 de Mayo como “fiesta cívica”; el Oid, mortales como “canción patriótica, etc., etc.), sin emplear la palabra nacional. Y no se arriesgó al acto supremo, in tergiversable, de la independencia, reclamado por todo el país.
Lo demás (libertad de vientres, etc., es simple copia de lo resuelto en 1812 por las Cortes españolas de Cádiz. Los asambleístas porteños no podían aparecer como menos liberales que los congresales españoles. Plagiaron a la letra sus leyes, llegando hasta la comicidad: en España se habían quemado los instrumentos de tortura de la Inquisición, porque allí había Inquisición. En Buenos Aires hubo que fabricar unos bancos y maderos para quemarlos “públicamente”, porque nunca hubo aquí Inquisición.
Cuando desde Brasil protestaron por la libertad de los esclavos “por el solo hecho de pisar el territorio argentino”, que favorecía la fuga de esclavos brasileños, la Asamblea soberana abolió de un plumazo la disposición que perjudicaba a los esclavistas brasileños.


capitulo siete de El Revisionismo Responde

lunes, 14 de enero de 2013

Antecedentes Coloniales

por Luis Alberto de Herrera
   
Para acentuar el concepto sensato, evoquemos la transición libre de las colonias norteamericanas. Ellas ofrecen el reverso de la medalla.
España había querido convertir a medio hemisferio en un Escorial, lapidar sus energías vitales, tapiarlo, levantar empalizadas en la línea de su horizonte, cerrarlo, a cal y cantona la vacuna de todos los intercambios.(1)
Inglaterra toleró el desenvolvimiento natural de la parte del mundo elegida por sus vasallos para edificar su dicha. Esa condescendencia no tuvo siempre el mérito de la espontaneidad y, más de una vez, la celosa metrópoli quiso detenerla evolución autonómica de su prole ultramarina. Pero algunas reacciones autoritarias de ese género desaparecen, perdidas, en el torrente triunfal de aquella emancipación en marcha.
Es común en los historiadores colocar en oposición el tipo de esas dos colonizaciones y, lanzados en el declive de la prueba antagónica, cargar las tintas en el elogio de una y en el proceso de la otra. Así, frente al conquistador ibérico, atributado, en exceso, con cualidades rapaces y sanguinarias -que no fueron ciertas en muchos casos- se bosqueja siempre la silueta del proscrito puritano que, abrazado al evangelio y a su derecho, llegó náufrago, pero más altivo que su monarca, a las remotas playas del norte. Así, la sed del oro, que alentó la ambición de casi todos los exploradores del sur, ha sido marcada con reprobaciones a fuego, con injusto olvido del atraso de los tiempos. Así, se flagela, sin piedad, en nombre de la moderna tolerancia, a ¡a intolerancia religiosa de la conquista. Así, se extrema el reproche merecido por la legalización de la trata de negros y por el exterminio tenaz de los indígenas, reproche cxtcnsiblc al funesto régimen económico de la metrópoli.
Todo eso es exacto; pero no es del lodo exacto suponer a las colonias inglesas ajenas a idénticas imperfecciones.
Según la ley de Massachusetts,
"quien, gozando de buena salud y sin razón suficiente, omita, durante tres meses, rendir a Dios un culto público, será condenado a diez chelines de mulla". Media diferencia entre esc castigo a la incredulidad y los excesos que han visto otros ambientes; pero el mismo error vibra ahí.
Dice Tocqucville:
"Virginia recibió a la primera colonia inglesa. Los inmigrantes llegaron en 1607. En esa época Europa estaba todavía singularmente dominada por la creencia de que las minas de oro y de plata fundan la riqueza de los pueblos, idea funesta que más ha empobre­cido a las naciones europeas que las aceptaron y destruido más hombres en América que la guerra y todas las malas leyes juntas. Fueron, pues, buscadores de oro los que se enviaron a Virginia; gente sin recurso y sin conducta, cuyo espíritu inquieto y turbulento mortificó la infancia de la colonia e hizo inciertos sus progresos. Enseguida llegaron los industriales y cultivadores, raza más moral y más tranquila, pero que no excedía, por ningún motivo, al nivel de las clases inferiores de Inglaterra. Ningún noble pensamiento, ninguna combinación inmaterial presidió a la funda­ción de los nuevos establecimientos. Apenas creada la colonia se intro­dujo en ella la esclavitud. Este fue el hecho capital que debía ejercer una inmensa Influencia sobre el carácter, las leyes y el porvenir todo entero del Sur", (2)
En cuanto al concepto restringido del comercio, inspirado por un engaño semejante al que hacía mágico el metal precioso y desdeñables las riquezas de
la tierra, no era patrimonial de nuestra metrópoli, También Inglaterra le dio cursó legal y, aun después de las sonadas revelaciones económicas de Adam Smith, que rectificaron rumbos, se continuó exigiendo el monopolio de la producción transatlántica.(3)
Pero resta decir, para no extraviar las opiniones, que si el gobierno inglés, dueño de los mares y de una poderosa marina mercante, podía permitirse el lujo deesas aberraciones -pues de todos modos el desahogo productor de las colonias estaba en sus playas-, el gobierno español, sin buques y con su bandera perseguida por todos los corsarios, moroso hasta para jxmer en el istmo los galeones semestrales, abastecedores de todo un mundo, no estaba en condiciones de incurrir, sin enorme perjuicio, en
esos extravíos de la época.
Por otra parte, la crueldad de los invasores la conocieron todos los aborígenes de este hemisferio. Esta certidumbre la abonan las crónicas viejas.
A ese respecto leemos lo siguiente:
"Los indios recorrían, desde siglos, las soledades. Ellos podían considerarse como los propietarios del suelo. Los blancos se habían creído con el derecho de desposeerlos por la violencia. Los españoles no conocieron otra práctica. Los puritanos ingleses la habían adoptado y, viviendo en una guerra continua con los indígenas, comprometieron a su religión en más de un acto de pérfida barbarie".(4)
No procedieron así, dígase en su honor, aquellos cuáqueros admira­bles, que sólo aspiraban a obtener la libertad interior y a respetar en los demás ese sagrado.
Responden estas observaciones, que formulamos de paso, al deseo de no aparecer en solidaridad con juicios radicales y de muy cómodo simplismo que presentan opuestas a las civilizaciones iniciales de las dos Américas: luminosa,
impecable, allá; despótica, vergonzante, como flor de ignominia, aquí. Cada cuerpo dibuja su sombra; pero nunca con esa intensidad.
Acaba de decir en la Sorbona un reputado escritor americano:
"Jamás la intolerancia religiosa y las diferencias sociales han sido más exageradas que en la Nueva Inglaterra y en Virginia. En ¡as colonias del centro, como Nueva York, Pensilvania y Delaware, donde la proporción de colonos de Holanda, de Francia y de Alemania era mucho mayor, prevalecía un espíritu mucho más tolerante y más liberal. Pero, con todo, es necesario reconocer que, al principio, en ninguna parte de América el espíritu de confianza en sí mismo fue realmente unido a ese complementonecesario: el espíritu de equidad".(5)
La homogeneidad de la colonización en el norte, destruida por perniciosos mestizajes en el sur, fue, desde luego, una sólida garantía de éxito social, fortificada por el individualismo sajón, fundador de la fuerza de las unidades, primero, de la familia, más tarde, y de los gobiernos, después. Puritano o descreído, capitalista o desamparado, de clase elevada o de baja extracción, todos los hijos de la vieja Inglaterra y de la ejemplar Holanda, trasplantados al país virgen, traían en el alma un tesoro inagotable: la voluntad férrea de bastarse a sí mismos.
Para nada intervinieron en su odisea las administraciones centrales, a no ser en el otorgamiento de cartas de dominio regional.
Esos subditos emigraron para no volver y tan así lo cumplieron que hubo época en que hasta de ellos se perdió memoria.
Por eso no sorprende, es derivación lógica, el pacto sobre libertad de comercio y derecho de votar los impuestos propios, sellado, casi de potencia a potencia, entro la colonia y Cromwell.
¡En este sentido sí que se ahonda la diferencia de orígenes políticos entre unas y otras sociedades del continente!
Conociendo el tan divergente punto de arranque no se concibo a los
<>vecinos de Boston atados al capricho inapelable del soberano y buscando la fórmula de su prosperidad en la orilla del Támesis, como tampoco Alcanza el pensamiento, a los pobladores de nuestro escenario, bosque- la vida propia con prescindencia de la corte de Madrid. Procedentes 11 <>absurdos, los mismos títulos, las mismas ordenanzas rigieron en la gran <>casa matriz y en la sucursal inmensa. Todas las ideas de la monarquía señora y del vasallo, sometido de rodillas, estaban en el mismo meridiano.
Purgaron con su vida la rebelión contra esta regla de monasterio político los heroicos comuneros del Paraguay y Tupac-Amarú.
Esas dos conductas metropolitanas corresponden a la idiosincrasia lípica de España y de Inglaterra. El britano nace sabiendo que no hay poder sobre la tierra superior a la autonomía de su conciencia; que la
realeza merece su respeto mientras ella no intente atacar el fuero privado de sus gobernados; que la inviolabilidad de, su domicilio, aunque ese domicilio sea una choza, vale por la de cualquier palacio ducal.
Para el hispano todas estas afirmaciones, que consolidan la libertad de los pueblos desde el momento que la tutelan en sus individuos, valdrían tanto como una sublevación; y, aun en el caso de que la letra escrita de los códigos lo autorizara, es tal el hábito del sometimiento que, por costum­bre, nadie se escudaría en ellas para resistir al avance atentatorio de la autoridad.
Mal puede parecer excesivo este criterio a los sudamericanos cuando, corridos siglos, todavía los comisarios dispensan derechos a los habitan­tes de las campañas, en las ciudades se reputa desafío desobedecer a una citación ilegal de la policía y los presidentes reciben, sin pedirlo y por lo común sin merecerlo en algo, el homenaje de las abdicaciones cortesanas.
Sin embargo, en abono elocuente de lo poco que aprovechan los sacrificios sinceros, cuando mal dirigidos, conviene notar que, a pesar de haber sido ingentes los caudales de energía noble aportados por España B la elaboración honrada de nuestros destinos, Inglaterra, que hizo mucho menos por su descendencia nómada, recogió muy superior, espléndida cosecha de satisfacciones morales.
Pocas veces se hace acto de justicia estricta reconociendo que la metrópoli, a la vez de darnos todos sus defectos bien cultivados por nosotros nos entregó también la esencia de sus más elevados propósitos.
Absurdo fue su programa económico; absurdos sus afanes celosos de cerramos al contacto exterior, no bastándole la cinta de castidad remacha­da por las nativas soledades; absurdo el empeño pueril de conservar, por siempre, una dominación negatoria de todas las fuerzas naturales. Pero ese extravío de orientación sólo quita brillo fecundo a la obra mal emplazada, sin reducir la abnegación valerosa, estéril, si se quiere, de la maternidad que se secó los pechos creyendo alimentar al fruto de su vientre.
Tal vez sea éste el aspecto más doloroso de la conquista española. Ninguna tristeza más lacerante que la de acusar el volumen extraordinario del esfuerzo puesto en una empresa nula. ¡Qué despilfarro inútil de audacias, de dineros, de hombres, de leyes y de autoritarismos!
Por si hubiéramos olvidado la visión de ese drama antiguo, donde súbditos y señores salen derrotados de la justa, vencidos por el mismo error el despotismo y la libertad, el mar de México nos ofrece el espectáculo de una isla que ha sido teatro del último episodio de la porfiada equivocación. Y el progreso, que no entiende de sentimentalis­mos, ha castigado la tenacidad, ya insensata, en la falta del poseedor empotrado en prejuicios de piedra, por manos de aquellos otros colonos desdeñables de los siglos oscuros.
Todavía más. Si no creyéramos expresivo tan duro y aleccionador testimonio, volvamos la cara al reciente pasado, a la misma actualidad sudamericana, y en las acciones y reacciones de nuestro ser social, en el exceso de mando ilegítimo y en las violencias irregulares del ideal en marcha, que no atina a cristalizar en la paz, porque aquí la paz no se cimenta en la libertad verdadera, en esas acciones y reacciones encontra­remos el linaje de los viejos errores de la madre patria.
España hizo a América del Sur a su imagen, es decir, unitaria en todos sus servicios públicos y también en sus ideas. El rey, por intermedio del Consejo de Indias y de la Casa de Contratación de Sevilla, ejercía dominio paternal sobre inmensos dominios, mal conocidos, resolviendo por expediente lodos los asuntos, aun los secundarios, surgidos en lejanísimas
tierras. El resorte comunal, la entidad ciudadano, no ocupaba sitio eficiente en esa organización hermética y del más perfeccionado centra­lismo.
Inglaterra también fundió a América del Norte dentro del molde nacional dándole, por tanto, la naturalidad y la soltura de sus hábitos políticos. Su monarca no aspiró jamás a monopolizar, como señor absoluto, la vida interior de sus nuevos Estados y a imponer en ellos su veredicto inapelable, por la sencilla razón de no caber esta tentación en un cerebro inglés. Tan caprichosa injerencia hubiera sido inconcebible en ceno de la sociedad humana que mejor ha honrado las instituciones Ubres y que rinde culto de emblema a la autonomía municipal.
Entrañas de esa diversidad debían, por fuerza lógica, producir frutos Opuestos. Mientras el retoño sajón crecería fiel a su tradición, en la practica saludable del derecho, sin dudar que en su persona y no en el país de origen residía la suerte de la propia voluntad, soberana, el retoño latino solo comprendió ese mismo derecho como una concesión bondadosa del jefe semi-divino de la gran máquina colonial y nunca pudo, ni supo, poner en actividad ese criterio -su sufragio-privado de la ocasión de ejercitarlo.
Por entendido que el primer tipo de la apuntada cultura llevaría, por suave derivación, al régimen republicano, existente mucho antes de pasar por el sacramento de su bautismo.
Tampoco sorprende que el segundo ensayo haya sido escuela de despotismo, necesitándose dar arriesgado salto en las tinieblas para obtener de la democracia sólo su denominación.
Enamorada de su engendro contra natura, España se agotó en el afán imposible de detener la evolución de un mundo, afán tan insensato como el de prohibir al árbol su desarrollo aprisionando con hierros su corteza.
En cambio Inglaterra, sin incurrir en sacrificios mayores, que nadie le exigía, asistió a la ascensión victoriosa de sus colonias enriqueciéndose con su independencia. Una metrópoli quiso remontar la corriente irresistible y todo lo perdió en la demanda quimérica. La otra acató las leyes de la vida y fue honrada por sus hijos. Esta emancipación se señala como un simple suceso complementario.
En efecto, las colonias norteamericanas poseían todos los atributos libres cuando pensaron en declararse automáticas; y el mismo pretexto ocasional de esa revolución -una contienda tributaria- acredita el perfeccionamiento democrático del medio social.
"Nuestra revolución, hablando filosóficamente y con exactitud, no fue lo que se llama una revolución. Fue una resistencia. No se trataba de conquistar derechos nuevos; pero sí de defender los antiguos. Las reivindicaciones de Washington, Adams, Franklin, Jefferson, Jay, Schuyler, Witherspoon y sus colaboradores, se referían a ciertas liberta­des dentro de cuyo concepto los reyes de Inglaterra habían establecido las colonias y que el parlamento se esforzaba en arrebatar. Esas libertades, opinaban los americanos, les pertenecían, no solamente por derecho natural, sino también por derecho de tradición".(6)
Para M. Ribot,
"la América goza la suerte de no haber tenido revolución, porque la revolución de 1776, hecha en nombre de la independencia dé las colonias, no ha sido una ruptura con el pasado".
En opinión de Tocqucville,
"resulta de todos estos documentos que los principios de gobierno representativo y las formas exteriores de la libertad política fueron introducidos en todas las colonias desde su nacimiento. Esos principios habían recibido más grande desarrollo al norte que al sur, pero existían en todas partes".
¿Cómo temer, por otra parte, de la aptitud republicana de una sociedad que ostentaba, orgullosa, entre sus costumbres capitalizadas, la libertad de reunión, de asociación, de cultos, de prensa, el jurado, la inviolabilidad del domicilio y el sagrado de la propiedad?
Ni aun al presente goza América del Sur de ese lote íntegro y efectivo de bienes públicos y ¡cuántas veces no se ve en su seno esgrimir el sofisma atroz para torturar a la hoja suelta, hostilizar el ejercicio religioso, coartar las asambleas ciudadanas antipáticas al sumo Poder Ejecutivo, descono­cer el escudo domicilial y herir el solar del adversario con leyes de confiscación, negativas de todo principio honorable!
Es curioso comprobar que ya en 1623 los vecinos de Virginia, colonia muy posterior en origen a las similares de nuestro continente, le declara­ban al rey, en un memorial, que preferían ser ahorcados antes de tolerar a gobernadores arbitrarios.
Pero mayor precocidad consciente señala el derecho reclamado del rey y obtenido, por ese núcleo inicial de mil individuos, de elegir su asamblea legislativa.
De la manera siguiente calificó Franklin ese admirable temperamento individualista, cívico:
"Tengo alguna fortuna en América; yo gastaría con gusto diecinueve chelines de cada libra para defender el derecho de dar o rehusar el olio chelín, y, después de lodo, si yo no puedo defender ese derecho, sí puedo retirarme alegremente con mi familia a los libres bosques de América, que ofrecen libertad y subsistencia a todo hombre capaz de encebar un anzuelo o de disparar un fusil".
En 1621 los holandeses de Nueva Ámsterdam fundan la primera escuela; en 1636 Boston los imita con la tan celebre universidad de Harvard y con el primer diario, en 1704; en 1731 ese Franklin, sin paralelo, llena de luces, con sus iniciativas, a la docta Filadelfia.
Sobre semejante yunque se forja el alma de las naciones elegidas y nada debe sorprender que ciudadanos salidos de esa fragua fueran celosos de sus derechos hasta el punto de rebelarse los miembros de algunas comunas de Long-Island contra un pequeño impuesto, creado con el fin de pagar la construcción de los fuertes de Nueva York, a título de que tal gravamen no tenía sanción popular. Así definieron ellos la divisa de su ideal democrático:
"Sin diputados no hay impuestos".
Años más tarde se manifestaba, en un petitorio al duque de York, que era
"un intolerable abuso" la demora en otorgar la constitución de asambleas delegadas del pueblo.
En 1693, casi un siglo antes de la independencia, el gobernador de Nueva York escribía a su jefe metropolitano:
"Las leyes de Inglaterra no tienen ningún efecto en esta colonia; ella pretende ser un estado libre.
Las colonias acuñaban monedas, sancionaban leyes y constituciones, levantaban milicias, construían caminos, fundaban escuelas y universidades, decretaban impuestos, desarrollaban el comercio y, esto último, no sin violar o eludir, en ancho concepto, las leyes marítimas de Ingla­terra". (7)
No vacilamos en decorar nuestros párrafos con opiniones corroboran­tes en virtud de que no tenemos la pretensión absurda de sustituir nuestros asertos a los muy autorizados asertos de los maestros. Cabe también decir que estos comentarios no nos separan del fondo del asunto porque, realzando el timbre republicano de las colonias inglesas, que practicaban la libertad verdadera, sin pagarse de pragmáticas y de huecos formulis­mos, y colocando, luego, a su frente a las naciones de América del Sur, lanzadas todavía más al desastre institucional por las declamaciones de la Revolución Francesa, improcedentes en este hemisferio, nos será dado poner en mayor transparencia el error de copia en que hemos incurrido y seguimos incurriendo, nosotros, republicanos sin república.
Edificado el nuevo organismo social sobre el bosquejado cimiento de derecho, su acceso a la mayoría de edad no debía provocar temibles desgarros. Era una juventud en perfecta maduración que, con paso corriente y firme, iba ensayándose en el uso de sus facultades viriles.
Por cierto que a Inglaterra, como a todas las madres, le pareció temprana la fecha en que su descendencia quiso formar hogar propio y presidir nuevas evoluciones fecundas. Pero ¿qué fuerza de raciocinio detiene al grano que, entibiado por el sol, comienza a vivir?
Apenas emancipadas sus antiguas colonias, empezó Inglaterra a ser honrada por la alta sabiduría política de su prole.
Como que siempre había conocido las bendiciones de la libertad, no tuvo necesidad la nueva organización de demoler su pasado adolescente para construir su presente autonómico; al revés de lo que ocurriría a las nacionalidades de cepa española, precipitadas a la renunciación ruda y hasta exagerada de su tradición política a fin de iniciar otra era con otro Estado Civil.
Nada hubo que cambiar; todo estaba hecho.
"La declaración de la Independencia no creó —y ni siquiera quiso crear—un nuevo estado de cosas. Ella reconoció simplemente un estado de cosas ya existente. Ella declaró que las colonias unidas son, y tienen el derecho de serlo, Estados libres e independientes". (8)
Confirma Boutmy:
"Esas colonias tenían de la corona franquicias tan extendidas que ellas renunciaron a elaborar un nuevo texto y decidieron seguir viviendo bajo sus antiguas Cartas". (9) Pero el espíritu liberal de las leyes iniciales no era suficiente para llenar las exigencias, más complejas, del nuevo sistema político, comportando la coordinación federal, por sí sola, un escabroso problema. También necesitaban los listados Unidos darse un dogma constitucional, en armonía con esos llamantes apremios, y dibujar sus alientos de futuro.
Las impaciencias idealistas de nuestro temperamento latino, coloca­das en aquellas circunstancias, se habrían precipitado a la proclamación ruidosa de las más avanzadas doctrinas de gobierno, con descuido de las conveniencias prácticas que siempre, por fatalidad, nos parecen secunda­rias.
No incurrieron en este grave error los legisladores norteamericanos, a pesar de la resonancia mundial de su evolución libre había despertado la admiración del mundo civilizado.  (10)
Por el contrario, ellos pusieron su mayor empeño en producir una obra legal, capaz de consultar las demandas del bien público sin descender a los teoricismos del ensueño; aunque poco pueden temerse semejantes excesos en el hermoso medio político que jamás ha conocido las fiebres malsanas de la demagogia.
Ajenos a todo viento de abstracción, sin embriaguez de ideas, preo­cupados de cumplir a conciencia el mandato de sus comitentes, los legisladores de la Unión sólo se preocuparon de hacer una constitución para los Estados Unidos, limitando su campo doctrinario en las propias fronteras. Cabe advertir, de paso, en abono de la fragilidad de los engendros efímeros, que los decretos universales, con intención de redimir a la humanidad entera, emanados de la Revolución Francesa, no han tenido las benéficas proyecciones positivas del admirable cuerpo de leyes locales, pero de sabiduría perdurable, consagrado, con gesto maduro, por los representantes de una soberanía que no se manchó con crímenes ni despotismos.
El resultado de aquella labor legislativa fue sólido y de eficaz aplicación nacional. En las peripecias de su campaña armada para llegar a la definitiva liberación, los norteamericanos habían podido ver de cerca, en la tela de los hechos, los inconvenientes secundarios de su organiza­ción política y las fricciones provocadas por el juego de las diversas instituciones públicas. De ahí que su mayor empeño fuera ponerse en guardia contra las llamadas enfermedades del gobierno representativo. Cortar las alas a ciertos ímpetus anárquicos en germen; tutelar la libertad, amenazada por el unitarismo doctrinario; poner a cubierto de absorciones futuras la autonomía de los Estados y de los municipios, que la justa cavilosidad federal creía amagada por la fuerza del poder central.
Al conjuro de esa atinada prudencia nació la Constitución de los Estados Unidos, sobria, clarísima, restringida y remachada con creacio­nes originales, tales como la Corte Suprema, habilitada para dirimir diferencias entre los núcleos confederados en los puntos de su texto que ofrecieran sombra de eventuales conflictos internos.
En ese cordón sanitario opuesto al abuso de la libertad estriba el mérito excepcional de la mencionada carta.
"A juzgar por una primera impresión, la Constitución federal podría ser definida como la organización la menos democrática posible de una democracia. Recuérdese que su texto había sido redactado en medio de desórdenes y de violencias que pusieron en peligro los resultados de la guerra de la Independencia. El pesimismo había dominado a más de un antiguo apologista del régimen popular. Se diría que los constituyentes americanos tomaron lo menos que pudieron de ese régimen; ellos toleraron aquello que les imponía el estado de una nación en la cual lidiaban los elementos históricos, económicos y sociales que forman la Sustancia de la aristocracia y de la monarquía. La democracia fue allí, más o menos, lo peor que pudo suceder. Se la encuentra en la base de la Constitución, porque en ese nivel no había otro suelo consistente donde poder asentar el edificio. Pero toda la superestructura, si así puedo hablar, lleva el sello de la tendencia la más extrañamente antidemocrática que jamás haya inspirado a una asamblea constituyente".
En opinión de Sumner Maine, esta vigilante actitud represiva descu­bre el secreto del éxito libre de los Estados Unidos, debido, insiste, a
"la hábil aplicación de freno a los Impulsos populares". (12)
Nada más distante, pues, del concepto latino sobre la democracia que el carácter de las instituciones de esc género en la Unión. El interés común llevó a la confederación, pero con la firmísima y no desmentida voluntad de las partes de sufrir el menor cercenamiento posible en sus fueros locales.
"Considérese la estructura política de la nación. Ella es muy original. Cada Estado de la Unión tiene su existencia distinta, su personalidad, su autonomía, que guarda con celoso cuidado. Massachuselts, New York, Virginia. Ilinois, Texas, California, todos, hasta los más pequeños, como Rhode Island y Maryland, son entidades políticas tan reales, tan conscientes de su propia existencia como la misma Unión de que forman parte. Ellos tienen
sus leyes, sus tribunales, sus impuestos regionales, su bandera, su milicia, sus escuelas y universidades".(13)
De manera que el anhelo legislativo en vista fue, sobre todo, defender la libertad de los Estados como cuerpos, como núcleos de individuos de fisonomía colectiva determinada, con preferencia al individuo en sí mismo, ya garantido en el uso de su libertad por órganos fundamentales aceptados desde los orígenes. .
"La Unión jamás ha cesado de ser concebida, por la inmensa mayoría de la Convención, como un pueblo de Estados más que como un pueblo de individuos. El individuo estaba, por así decirlo, fuera de la cuestión. Los derechos del hombre y del ciudadano, fundamento del régimen democrático, no entraban en la ecuación que la Convención se proponía resolver. Las dos únicas incógnitas que ella buscaba resolver eran la parte referente a las autoridades municipales de los Estados y la parte referente a la autoridad federal". (14)
La composición del Senado, sus facultades y el método de su elección a dos grados, responde a la misma defensiva temerosa, así como también el número de senadores, igual para todos los Estados, grandes o pequeños, sin consultar la población, ni la importancia de cada uno.
Idéntico caso conservador se da en la elección de presidente, no venciendo quien obtiene la mayoría de la opinión nacional —lo que sería más fidedigno— pero sí quien alcanza la mayoría de los sufragios de los Estados, pesando por igual los delegados de New York, con su capital millonaria, como los del más desploblado Estado del Far West.
Pero se acentúa más el significado a antidemocrático de la Constitución de los Estados Unidos apreciando, un instante, el propósito restrictivo, autoritario, inapelable, a que respondió la adjudicación de poderes políticos dirimentes a la cabeza del Poder Judicial.
Es la apuntada una creación propia do los norteamericanos y su valer debe medirse, descendiendo de las nubes, por sus felices resultados nacionales.
¡Singular excepción a la regla electiva! La Corte Suprema, extraña en su composición a las veleidades del sufragio, integrada por funcionarios vitalicios, resuelve todas las dudas constitucionales, todos los conflictos entre los Estados; en una palabra, todas las cuestiones que afectan en lo más hondo a la soberanía americana.
El veredicto de nueve personas corta, como un sablazo, todas las diferencias, sin recibir la tortura de las abstracciones y remitiéndose al campo concreto de las cosas.
Veintiuna vez la Corte Suprema, que no tiene origen popular, ha anulado actos del Congreso, que representa al pueblo, y más de doscien­tas ha observado la legislación extralimitada de los Estados.
Pues la Corte Suprema, opuesta como valla a todas las anarquías, no consulta, por cierto, el teoricismo latino; pero, en cambio, y lo que vale mucho más, responde a las exigencias organizadas de una maravillosa sociedad política que se ofrece como modelo, indiscutido, a la imitación universal.
No es, a buen seguro, la Revolución Francesa, ahogada por ¡a espuma de sus lirismos hiperbólicos, la llamada a dar semejantes soluciones de ventura pública.
¡Pena grande que las naciones de América del Sur persistan en abra­zarse a las ideas generales que, a fuerza de mucho definir, nada definen, en vez de optar por el temperamento de las preciosas contradicciones políticas que nos enseñan los maestros en el cultivo de las instituciones libres!
“No conozco autonomía política más llamativa que esa supremacía de una autoridad no elegida en el seno de una democracia reputada del tipo más extremo; de una autoridad que sólo se renueva de generación en generación en ese medio inestable, que cambia de año en año; de una autoridad, en fin, que podría, en rigor, Invocando un mandato moralmente caducado, perpetuar tos prejuicios de una época cerrada y lanzar un desafío, aun en la esfera política, al espíritu transformado de la nación. Es sabido que el cuarto presidente de la Corle Suprema, John Marshall, estuvo treinta y cinco años en ejercicio".(15)
Para cerrar el cuadro de estas breves observaciones, recordaremos que el sufragio en los Estados Unidos está sujeto a severas limitaciones impuestas, a su arbitrio, por el gobierno de cada fracción territorial.
Al respecto la constitución sólo estipula que el voto no puede ser menoscabado por razones de raza. Después de la guerra separatista se extendió esa prerrogativa a todos los libertos que formaban en las filas políticas de sus liberadores. Pero, así que se suturó el desgarro fratricida, desapareciendo todo peligro de disolución nacional, nada se dijo a los Estados del Sur cuando ellos impusieron barreras indirectas al gobierno de los negros, anulándolo en el hecho.
"Tal es, como yo la siento, la esencia de la democracia en América. Ella no consiste en una teoría abstracta de sufragio universal o de infalibilidad de la mayoría; porque en realidad, el sufragio universal no ha existido jamás, ni existe, en los Estados Unidos. Cada Estado tiene el derecho de determinar sus propias condiciones de sufragio. Pueden exigir títulos: un derecho basado sobre la propiedad o un derecho basado sobre la educación. Al presente ciertos Estados los exigen. Pueden excluir a los chinos: California, Nevada y Oregón los excluyen. Pueden sólo admitir a los indígenas y a los extranjeros naturalizados, como lo hacen la mayoría de los Estados. Pueden también admitir a los extranjeros que simplemente han declarado su intención de naturalizarse: once Estados proceden así. Pueden dar el voto sólo a los hombres o acordarlo a cada ciudadano, hombre o mujer, como lo hacen Idaho, Wyoming, Colorado y Utah".
Por este índice de legislaciones puede medirse toda la intensidad del sentido práctico que deja a cada región resolver sus problemas internos, sin atarla al juego de una doctrina uniforme. Así los Estados del Oeste encaran a su modo la cuestión china, ellos, que sienten el peso de aquella inmigración; y guiado por idéntico cono, .miento, se desenvuelve cada uno dentro de su ambiente social particularísimo.
Ninguna novedad poseen los anteriores comentarios. Con ellos sólo hemos querido avivar las propias memorias del lector, para estar en
latitud de reconocer, luego, en su compañía, que el pueblo de los Estados Unidos, forjado en el ejercicio verdadero de la libertad y legislador desde nii cuna, no quiso auxilio de doctrinas simples para afirmar sus destinos.
A pesar de ser el hábito democrático una segunda naturaleza en el ciudadano norteamericano, se creyó necesario defender el patrimonio común contra posibles excesos y anarquías; y entonces, al bronce Invalorable de la educación se le puso cimiento de granito en forma de leyes celosas y tutelares de su estabilidad.
¡Admirable ejemplo, único en la historia del mundo, el presentado por la nación que, superior a su victoria, no sufre el marco orgulloso de la vanidad y se defiende, ella misma, contra sus eventuales delirios demagógicos!
Ha corrido casi siglo y medio desde esa primavera independiente y ahí continúa decretando éxitos y felicidad pública la carta fundamental de la lejana juventud.
La constitución hija va en camino de ampliar el elogio tributado por Mme. de Staël a la constitución madre, la inglesa, definida por la gran escritora como
"el más hermoso monumento de grandeza moral de Europa".


capitulo II de LA REVOLUCIÓN FRANCESA Y SUDAMERICA

NOTAS

1. PRIETO.—
Lecciones de Historia Patria, México. "El comercio extranjero llegó a prohibirse con pena capital".
2. < >TOCQUEVILLE.
— De la Démocratie m Amérique
3. BOUTMY. — Le Développement de la Constitution en Angleterre. "En 1750, los propietarios se unieron a los curtidores para impedir la entrada del hierro en barras importado de las colonias, por temor de que se fundiera menos cantidad de ese metal en Inglaterra y que el consumo de madera no disminuyese. Los propietarios también son productores de lana; entonces ellos se combinan con los fabricantes de paríos y gravan con un impuesto los percales y de 1721 al 774 los prohíben en absoluto. Este impuesto, renovado en 1774, recién desaparees en lêll ",
4. ALLIER. Morales et Religions.
5. VAN DYKE. —Le Génie de l'Amérique.
6. VAN DYKE. — Le Génie de Amérique.
7. VAN DYKE. —Le Génie de l'Amérique.
8. ídem.
9. BOUTMY.— Etudes de droit constitutionnel.
10. SOREL. —L'Europe et la Révolution française. "La Revolución de America inflamó al continente. A falta de soldados, que enviaban los franceses, los alemanes dirigieron a los americanos volúmenes de poesías. Recuerdo todavía vivamente, escribía un noruego, lo que pasó en Elseneur y en la rada el día en que fue concluida la paz que aseguraba el triunfo de la libertad. La rada estaba llena de barcos de todas las naciones... Todos estaban empave­sados. Los equipos daban gritos de alegría. Mi padre quería penetrarnos del sentimiento de la libertad política. Nos hizo ir a la mesa y beber con él y sus huéspedes a la salud de la nueva república".
GOETHE. — "Se habían hecho mil votos en favor de los americanos: los nombres de Franklin y de Washington resplandecían sobre el horizonte."
11. BOUTMY. — Etudes de droit constitutionnel.
12. SUMNER MAINE, — Popular Government.
13. VAN DYKE. —Le Genie de l'Amértque,
14. BOUTMY. — Eludes de droít conslliutloñnel.
15. BOUTMY. — Etudes de droit constitutionnel.
16. VAN DYKE. —Le Génie de tAmérique