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jueves, 2 de junio de 2011

El federalismo de J. Hernández y el raro federalismo de nuestros días


por Enrique Rivera

Sin pena ni gloria terminó el Año Hernandiano. Tal como transcurrió. La temática hernandiana -la reivindicación del gaucho, motivo de su libro Martín Fierro y bandera de sus actividades políticas- estaba muy lejos de coincidir con el tipo de gobierno que el pueblo argentino soportó el año 1972. Pero si miramos las cosas un poco más atentamente, advertimos que la oligarquía hace muchos años abandonó su culto martinfierrista. Cuando a fines del siglo pasado y comienzos del actual la inmigración europea proveyó de obreros a las ciudades y éstos profesaban la ideología anarquista o socialista, las clases conservadoras argentinas se acordaron del Martín Fierro. E intentaron contraponer a los apátridas la nobleza y generosidad del solitario pastor de la llanura. Pero a partir de la segunda guerra mundial cuando el gaucho se transforma en el cabecita negra, en el obrero fabril que apoyaba al peronismo, la oligarquía pensó que su tradicional fuerza electoral la abandonaba. Caído Perón y ante la lealtad de los trabajadores argentinos a su líder, se dedicó furiosa y sistemáticamente a demoler la imagen que había construído.

Un cuchillero desertor

Y ocurren casos como el siguiente. Jorge Luis Borges en los años que van de 1920 a 1930 integra como figura principal un núcleo de escritores modernistas que tenían establecida su sede en plena calle Florida. Publican una revista. Y al elegir el nombre se deciden por Martín Fierro. Encontrándonos que sus páginas nada tienen que ver con su título. Resultando gracioso ver ahora mismo que dicha revista se exhibe en las vitrinas del museo gauchesco de San Antonio de Areco con su primera página dedicada a los cuentos de Rudiard Kipling (escritor inglés) o a las divagaciones del poeta italiano Marinetti (futurista). Actitud que, naturalmente, Borges cambió completamente.

¡Cómo para invocar a Martín Fierro estaba Borges al ver a sus descendientes en la Plaza de Mayo reclamando la presencia de Perón. ¿Qué dijo? Sencillamente que Martín Fierro era un cuchillero desertor y que mal podía ser símbolo de la nacionalidad. Que si todos los milicos hubieran desertado como él los indios dominarían todavía la pampa. A todo esto se agregaron estudios más o menos "científicos" (como los de Coni o los de Ortelli) destinados a demostrar que los gauchos eran unos malandrines y el Martín Fierro la glorificación del malandrinaje. Esta actitud maliciosa, reticente y desconfiada fue la que presidió todo el año hernandiano en cuanto a celebraciones oficiales.

La actualidad de un tema hernandiano

Existe, además, otra razón importante para esta desvaída celebración. Y es la enorme actualidad del tema político fundamental de la vida de José Hernández, el que tratamos en nuestro número anterior al hacer su presentación histórica: la cuestión de la Capital Federal de la República Argentina. Tema al que está estrechamente ligado otro: el de extrañas reivindicaciones federalistas de partidos políticos provinciales.

Como es sabido el problema de la ciudad capital de los argentinos no había sido resuelto ni en 1810, ni en 1816, ni al dictarse la constitución de 1853, ni tampoco al reformarse en 1860 con la reincorporación de la provincia de Buenos Aires a la Confederación Argentina. La provincia retenía a la ciudad de Buenos Aires (con su puerto y aduana) y nada quería saber de cederla para que fuera sede de las autoridades nacionales.

El federalismo democrático

Hernández pertenecía al esclarecido núcleo de porteños que, en cambio, consideraba a la ciudad de Buenos Aires como la capital histórica del país, como la única posible. En la lucha entre provinciales y porteños tomó enérgica y lúcido partido por los federales. En sus trabajos y en sus discursos parlamentarios fundamentó brillantemente su posición desenmascarando la política unitaria que obstaculizaba la solución del problema. En esta política de federalismo democrático no estaba solo. Lo acompañaban muchos otros, entre ellos Hipólito Yrigoyen que votó en el congreso de 1880 con los representantes del interior en favor de la segregación de la ciudad de Buenos Aires para convertila en Capital Federal de la República Argentina.

Trasladar la Capital al interior

La actualidad del asunto, repetimos, ha vuelto a agitar los espíritus argentinos. Bajo la bandera del federalismo y en nombre de las provincias se intenta llevar la Capital Federal al interior. Se ha estructurado toda una ideología basada en la llamada macrocefalía porteña, en la ciudad monstruo que devora las fuerzas nacionales. Escritores del interior hay que a Buenos Aires ni siquiera la llaman así sino que peyorativamente la designan como "el puerto". Concentrándose todo en un movimiento político que postula a Francisco Manrique a presidente de la República. Y que tiene como máximo ideólogo al cordobés Agulla, quien en un reciente reportaje aparecido en la revista Confirmado afirma que Buenos Aires es "el exterior". ¡Delirio puro! Pero que tiene raíces bien concretas.

Las raíces concretas de Manrique

Todo este delirio manriquiano, supuestamente federalista, trata de lograr entre otras cosas, lo siguiente. 1) Encubrir a los verdaderos responsables de los problemas del país o sea a los monopolios y el empresariado apátrida desviando la atención hacia un problema artificialmente planteado. 2) Siguiendo el ejemplo de otros países se procura sacar a la capital del gran Buenos Aires para alejar a sus autoridades nacionales de la presión de los trabajadores, les obsesiona el temor de un nuevo 17 de octubre. 3) Se quiere contraponer a los pueblos del interior con la masa trabajadora de la capital como si sus problemas no fueran los mismos, así como sus luchas y esperanzas. 4) Se quiere suministrar una base teórica y emocional a una increíble candidatura cuyo candidato nunca dice nada, nunca se compromete a nada como no sea trasladar la capital al interior en un asunto que dadas las condiciones porque atraviesa la Argentina podría concentrarse recién para las calendas griegas.

La mistificación ideológica

Consiste en encubrir esos cuatro puntos concretos con el ropaje del federalismo. El federalismo histórico de José Hernández consistió en que todas las provincias le quitaron a la oligarquía la ciudad de Buenos Aires para convertirla en la capital del país, en el hogar de todos los argentinos. Los federalistas de nuevo cuño, en cambio, nada dicen que se hará con la ciudad y el gran Buenos Aires al dejar de ser la Capital.

Porque, naturalmente, los que los Agulla y Manrique intentan es devolverle la ciudad a la provincia de Buenos Aires. Y todo ésto se pretende hacer invocando la lucha contra el centralismo. ¡Cómo si la creación de un organismo político que contaría con más de la mitad del poder económico de la República, pudiera servir a dicho fin!

Una mistificación histórica

El ropaje del federalismo oculta también un hecho fundamental incurriendo en otra mistificación de tipo histórico. Tanto Manrique como Perón son políticos de larga actuación en el país y -para usar una acertada frase- siendo la realidad la única verdad, veamos como procedió uno y otro frente a este problema del centralismo y del federalismo.

Una de las aspiraciones del gobierno justicialista fue instalar en el país una fábrica de automóviles. Como las potencias industriales se manifestaban remisas en colaborar con este propósito hizo construir los primeros automóviles en la Fábrica Militar de Aviones de Córdoba. Más tarde se presentó una ocasión propicia. Un gran industrial de la costa del Pacífico de Estados Unidos (que durante la guerra había creado un enorme complejo industrial destinado a suministrar a los ejércitos aliados los famosos jeeps y había intentado después de terminada la guerra, competir con los cuatro gigantes de la industria automotriz yanqui) resolvió dedicarse a sus primitivas actividades, el aluminio entre otras. Rápidamente el gobierno justicialista entró en negociaciones con el hijo de dicho industrial, Kaiser, y logró que instalara la actual fábrica IKA-Renault. Llegó inclusive a hacerse un aporte de capital.

El "federalista Manrique y el "centralista" Perón

Cuando el gobierno de Perón, pues, teniendo todas las cartas en la mano, tuvo que decidir donde se instalaba la fábrica, eligió acertadamente la ciudad de Córdoba. Los monopolios internacionales vieron que corrían el serio peligro de perder el mercado argentino. Se les aclaró entonces la mollera y tuvieron que instalar fábricas en el país.

Pero ya el gobierno justicialista había sido derribado llegando la hora política de Manrique. Factotum del gobierno de Aramburu (era jefe de la Casa Militar), ostentando el alto grado de capitán de navío en la Marina, tenía vara alta a través de los gobiernos posteriores al punto que fue ministro de los gobiernos de Onganía, Levingston y Lanusse. ¿Dónde se instalaron las fábricas de automóviles en el período Manrique?

Todas en el gran Buenos Aires. Con lo queda bien claro que el federal Manrique favoreció la política de los monopolios mientras que el gobierno supuestamente centralista de Perón llevó la más importante de las industrias a una ciudad del interior. La realidad, repetimos, es la única verdad.

Monopolios y gobierno popular

La explicación de una y otra conducta es bien simple. El dominio tecnológico logrado en los últimos tiempos por los monopolios, la subordinación financiera del país, su dependencia paralela con respecto a materias primas y maquinarias importadas, hacen que los monopolios prefieran afincarse en los grandes centros productores. Logran con ello un desnivel de desarrollo que favorece sus propósitos de dominación y subordinación económica. En cambio, un gobierno popular, basado en el apoyo del pueblo, integrado en los sindicatos y demás organismos populares, orienta su política hacia la creación de una tecnología nacional que explote los recursos naturales del país y que lógicamente se dirige hacia las zonas más propicias. Vemos, pues, cuán inconsistentes son los argumentos de los trasnochados federalistas de nuestra época.

Todavía más argumentos

Los federales actuales al estilo Agulla-Manrique procuran con toda su cháchara varios objetivos. En primer lugar pretenden dar una explicación de la pobreza y degradación de las masas populares dejando a salvo la acción de los monopolios explotadores de la riqueza nacional. En segundo término quieren proveer de elementos ideológicos a las clases medias del interior para contraponerla a la clase obrera del gran Buenos Aires (los "porteños" como ellos dicen). Y fundalmentalmente seguir la tendencia de las clases dominantes de sacar a las autoridades gubernamentales de los grandes centros productores para llevarlas lejos de las presiones populares.

En este último aspecto y a simple título ilustrativo podemos señalar dos ejemplos: Brasil sacó su capital de Río de Janeiro y creó un centro administrativo en el desierto (Brasilia). La India creó una capital (Nueva Delhi) para apartar al gobierno de Calcuta.

La vida de los "porteños"

Sin embargo ¡cuán lejos está la imagen que quieren presentar estos federalistas de la verdadera manera de vivir de los "porteños"! El provinciano que llega a la capital no sale del centro o de los barrios residenciales y queda naturalmente deslumbrado. Compara la fastuosidad con lo misérrimo de su lugar de origen y saca sus conclusiones. Conclusiones fatales, claro está. Hoy podría repetirse con Rubén Darío: Buenos Aires es dolor, dolor y dolor. Una simple cifra: el 10% de la población o sea casi un millón de personas, vive en villas de emergencia. Otro dato: en casi todo el gran Buenos Aires no hay aguas corrientes ni cloacas. Tampoco universidades porque cinco millones de habitantes del gran Buenos Aires no tienen una universidad y tienen contadísimos establecimientos de enseñanza secundaria. Es decir, que desde el punto de vista de los servicios sanitarios y de la educación, Buenos Aires está en condiciones de absoluta inferioridad con respecto a las más atrasada de los capitales de provincia.

Estos son los "porteños". Donde debe trabajar toda la familia en uno o dos empleos para poder subsistir. En el centro mismo de Buenos Aires infinidad de esos enormes edificios no son sino pensiones o departamentos compartidos por varias familias, es decir, conventillos modernos. En síntesis, miseria y trabajo (cuando lo hay). El núcleo de los privilegiados es muy reducido.

El año hernandiano

Sin pena ni gloria, repetimos, pasó el año hernandiano. Quienes conocen profundamente la realidad saben que en todo ésto de la herencia política e ideológica que nos dejó José Hernández, falta aún el rabo por desollar. En la misma medida en que el año 1973 marcará un comienzo del retorno del pueblo a plantear importantes aspectos de su retorno al comando de su destino, lo será también para cumplir con sus ideales.

lunes, 3 de enero de 2011

La cuestión Capital Federal


por Enrique Rivera

Durante la reciente estadía del Presidente de la Nación en Entre Ríos, le entregó el gobernador un estudio por el cual propíciase el traslado de la Capital Federal al interior. Se fundamenta en la conocida tesis del "macrocefalismo porteño" como causa de los problemas económicos, sociales y políticos del interior y en los principios del federalismo. Hasta aquí, no se trata más que de una reiteración de manifestaciones que, con mayor o menor regularidad, se formulan especialmente en Córdoba y Paraná. La novedad consiste en que ahora se propone un traslado fraccionado, llevando a Paraná el Poder Ejecutivo, a Santa Fe, el legislativo y a Córdoba el Judicial. Debemos prescindir, por ignorar la totalidad del estudio que el Presidente confió a sus asesores, de las razones en que se basa la preferencia de ésas y se excluye a otras ciudades del interior de la propuesta.
Como se sabe, en el Ministerio del Interior se ha estudiado un proyecto para desplazar, en efecto, la Capital Federal al interior, no determinándose aún si a alguna ciudad ya existente o bien mediante la creación de una especie de "Brasilia", siguiendo el modelo del poderoso país hermano por el que tanta atracción sienten la "Nueva Fuerza" y sectores afines. Este proyecto, sobre cuyo destino final no se han suministrado más informaciones, tendía a calmar disconformidades de algunos núcleos burgueses y burocráticos del interior por insuficientes presupuestos e inversiones, restricciones crediticias, aumentos impositivos, etc., con la ilusión de arrimarles eventualmente, por esa vía, "polo de desarrollo" en qué abrevar. Pero estaba, asimismo, concretamente ligado a la tentativa de constituir una suerte de federación de partidos provinciales que sirviera de plataforma política a la frustrada candidatura Lanusse y de la que espera servirse Francisco Manrique, como fruto de la hábil campaña distribuidora realizada en el Ministerio de Bienestar Social. La nueva "Liga del Interior" -aunque el símil con la de 1880 no sea exacto, como veremos-, recogiendo las banderas del federalismo histórico, hubiera blandido como primera arma electoral aquel traslado.
Una proyección de esta tentativa al plano del movimiento sindical cobró expresión en algunas supuestas intenciones, que encontraron pronto reflejo periodístico de constituir una CGT del interior en oposición a la nacional, acompañadas de juicios relativos a un conservadorismo de los trabajadores metropolitanos originado en una coparticipación con su burguesía de la explotación de las provincias (sic); otros, más benévolamente, aludían a inmadurez política y organizativa de estos últimos. Felizmente, el buen sentido del movimiento obrero evitó una división que sólo hubiera tenido un beneficiario cierto.

Cabeza del continente

Que el traslado de la Capital Federal al interior sea susceptible de poner fin al denominado "macrocefalismo porteño" es idea que no resiste un análisis serio. La riqueza y poderío de la provincia de Buenos Aires y sectores del Litoral adyacentes proviene sencillamente de que allí está el grueso de la producción industrial y agropecuaria del país y es donde se concentra, consecuentemente, la mayor parte de la población. El desplazamiento de las oficinas y de los empleados de los tres poderes públicos a alguna ciudad del interior no determinará que toda esa gigantesca estructura agraria e industrial avanzadas, levantadas en esta zona por razones naturales e históricas, vayan a mudarse de sitio; ni creará donde se instalen casi seguramente por más que los servicios y establecimientos que necesita una población burocrática. El "macrocefalismo porteño seguirá existiendo como antes y traducirá igualmente en términos políticos su preponderancia económica y social.
Sin embargo, la noción misma de "macrocefalismo porteño" es tan antojadiza como falsa, sólo explicable por celos o apetencias de burguesías y burocracias locales. En el gran Buenos Aires, con sus 8 millones de habitantes, se encuentran trabajadores de la totalidad del país e inclusive de la Patria Grande, como paraguayos, bolivianos, etc. En esta "cabeza industrial" gigante se concentra hoy toda la nacionalidad argentina y en parte latinoamericana y no, como acaecía en los tiempos históricos que evocamos con estas notas -aunque con reservas que también haremos y de que es notorio ejemplo nuestro biografiado José Hernández-, principalmente petimetres porteños y comerciantes extranjeros. ¿Cómo fué posible? Precisamente porque Buenos Aires fue convertida en 1880 en lo que fue al principio de la revolución emancipadora y en lo que siempre debió ser, la capital de todos los argentinos.
Esa federalización, concretada contra la resistencia armada porteña, permitió que dejara de censarse como "extranjeros" a los provincianos que acudían a ella en busca de oportunidades de trabajo y de progreso. No hay, por consiguiente, tal "macrocefalismo porteño". Puede asegurarse en cambio, con perfecta exactitud, que de viabilizarse el propuesto traslado de la capital federal al interior, se reviviría en alguna forma la "provincia-metrópoli" de que habló Alberdi. Quien busca con empeño fantasías concluye por encontrarlas.

La ironía de la historia

"¡La pucha que trae liciones, el tiempo con sus mudanzas!" exclámase en el Martín Fierro. La experiencia que José Hernández vivió desde 1852 hasta 1880 suministra un caudal de pruebas abrumador en favor de este aserto. Que un congreso federal sancione una ley unitaria y que un gobierno unitario la rechace, es una de ellas. Que los unitarios sean partidarios de una total autonomía y los federales de la unión, otra. Todo eso y mucho más se vio en ese período histórico a que nos referimos.
El mismo día que batallaba el joven José Hernández en el Rincón de los Gregorios -22 de enero de 1853- con el resultado ya visto, el Congreso Constituyente reunido en Santa Fe encomendaba a Urquiza, Director Provisorio de la Confederación, tratar de que los sitiadores -los federales de Lagos- y sitiados -liberales y ex rosistas coaligados- en Buenos Aires se avinieran a un arreglo pacífico. Como ya se indicó, el movimiento del coronel Hilario Lagos era la réplica a la revolución separatista del 11 de setiembre de 1852 y brindaba al caudillo entrerriano una excepcional oportunidad para eliminar ese decisivo escollo opuesto a su plan de organización nacional. Pero en vez de cortar el nudo gordiano, como Alejandro, el general Urquiza prefirió desenredarlo y se introdujo por el camino de estériles negociaciones cuyo único fruto fue a la postre desmoralizar a las fuerzas de Lagos, carentes de los recursos suficientes para mantener un sitio tan prolongado.
En mayo fue sancionada la Constitución Nacional y, cumpliendo con su artículo 3°, la ley que disponía la federalización de Buenos Aires para asiento de las autoridades nacionales. El gobierno porteño rechazó de plano tanto la Constitución como la ley. Mientras tanto, con los recursos de la Aduana, compraba a la escuadra confederal que bloqueaba el puerto y sobornaba a numerosos efectivos de Lagos, cuyo ejército debió finalmente disolverse el 13 de julio de 1853.
El general José María Paz, encargado de la defensa de Buenos Aires, informó a la Legislatura que "para conseguir tan importante y feliz resultado ha sido necesario el sacrificio de inmensas cantidades de dinero que han casi agotado las arcas del erario". Fue la primera batalla que el veterano y genial estratega ganó sin sentir el humo familiar de la pólvora.

Porteños contra la capital

Sostienen los historiadores de este complejo período de nuestra historia, que contribuyó sobremanera a la disolución de las fuerzas de Lagos la ley de capitalización dictada por el Congreso Constituyente, que hería en lo vivo el sentimiento localista porteño, contrario a desprenderse de Buenos Aires. En este sentido, el federalismo popular que expresaba Lagos estaba en la misma vereda que la oligarquía ex rosista y unitaria de Buenos Aires.
Antes de continuar, reparemos que, en todas sus expresiones, la opinión porteña es masivamente contraria a que Buenos Aires se convierta en la capital de la República. ¿Como explicarlo si se parte del supuesto de que esa capitalización conduce al predominio de Buenos Aires sobre el resto del país? Contrariamente, es un congreso constituyente reunido contra la voluntad de Buenos Aires (que retiró los diputados designados y envió inclusive en noviembre de 1852 una expedición militar sorpresiva para liquidarlo), convocado por los gobernadores federales del interior (caciques, según Sarmiento) el que la dispone.

El espíritu rivadaviano

Con todo, el Congreso Constituyente había cometido un error. La estrella de Rosas subió en el firmamento cuando se apagó la de Rivadavia, el último gran hombre civil de los argentinos según unos y el mejor intendente que tuvo Buenos Aires según otros. Nada más natural que, caído el caudillo bonaerense, volviera a proyectarse la estampa rivadaviana. Pusieron en ello especial empeño los unitarios vueltos del destierro y los ex rosistas ansiosos de adaptarse a los "nuevos tiempos".
Allí por el año 1826 Rivadavia presentó al Congreso Constituyente de entonces, que lo había electo entre gallos y medianoche Presidente de la Nación, un proyecto de ley que federalizaba Buenos Aires, a fin de disponer de un lugar, donde asentar su gobierno, que le fuese propio. Por razones que hemos de examinar con más detalle, la ley rivadaviana, que fue sancionada, no abarcaba sólo el municipio porteño sino un extenso territorio -200 leguas cuadradas, aproximadamente- cuyos límites comprendían: al norte, Tigre; al este, el Río de la Plata; al sur, la Ensenada y al oeste una línea que atravesara el actual Merlo. Esto significaba, como lo haría notar muchos años después José Hernández al debatir el asunto en la Legislatura Bonaerense, arrebatarse a la provincia una porción sustancial y floreciente de su suelo en una época en que los indios llegaban por el oeste hasta Mercedes y, por el sur, hasta el Salado.
El Congreso Constituyente de Santa Fe, sin efectuar un análisis en profundidad de este aspecto de la vieja ley rivadaviana, decidió exhumarla con la creencia de que los rivadavianos vueltos al poder en Buenos Aires no irían a rechazarla, como lo habían hecho los dorreguistas y rosistas en aquel año de 1826 defendiendo la integridad de la provincia metrópoli. Cometió así una fatal equivocación porque el tiempo había traído mudanzas y el papel de dorreguistas y rosistas lo tomaron ahora los unitarios, que prefirieron crear un Estado aparte del resto de la Argentina, antes que aceptar la capitalización. El espíritu rivadaviano, al que se habían confiado con respeto y docilidad los autores de la Constitución federal de 1853 les había jugado una mala pasada.

viernes, 9 de julio de 2010

Las dos políticas


por Enrique Rivera

Concluimos nuestra nota anterior haciendo referencia a la "federalización o capitalización de Buenos Aires", lograda en 1880 por la fuerza de las armas, con la cual se cierra el terrible y sangriento período de la "organización nacional", iniciado el día siguiente de la batalla de Caseros. Precisamente en torno a la "Cuestión Capital" se produjo el primer enfrentamiento entre la oligarquía de Buenos Aires y el General Urquiza. Este, que había ya convocado a los gobernadores de provincias a reunirse en San Nicolás, citó a un grupo de notables porteños pocos días antes con el propósito de allanar cualesquiera diferencias que pudiesen malograr aquella convocatoria. La conversación se llevó a cabo el 5 de marzo de 1852, en la quinta de San Benito de Palermo, que había pertenecido a Rosas. En la oportunidad se dió lectura a un proyecto preparado por el Dr. Juna Pujol, un correntino asesor de Urquiza, el que sería puesto a consideración de los gobernadores.
Uno de los artículos del proyecto declaraba a la ciudad de Buenos Aires capital de la Confederación y otro nacionalizaba "su territorio. propiedades públicas, su Aduana, establecimientos y empleados". Todos los participantes porteños de la reunión hicieron conocer su opinión absolutamente contraria a sus artículos. Coincidieron en ello hombres que habían militado en las filas del Rosismo (como el general Guido y el Dr. Vélez Sarsfield y el Dr. Valentín Alsina (jefe del partido unitario y rivadavianao convencido). También otros pertenecientes a la nueva generación como el Dr. Vicente Fidel López, el Dr. José Benjamín Gorostiaga y Francisco Rico. Pujol se quedó solo con su proyecto.
La actitud del Dr. Valentín Alsina pudiera parecer especialmente sorprendente si agregamos que el proyecto de capitalización que leyó Pujol no era otro que la ley sancionada por el ex presidente Rivadavia y el unitarismo en 1826. La explicación de la paradoja es sencilla. El país estaba gobernado de hecho por el vencedor de Caseros, un provinciano.
El unitarismo había capitalizado Buenos Aires en 1826 cuando el poder le pertenecía para potenciarlo mediante la posesión de la renta aduanera del puerto único.
En cambio, aceptar ahora la federalización implicaba que el tesoro y el crédito público fueran a manos de Urquiza primero y del gobierno que después resultare del congreso constituyente nacional.

Unitario y federal

Durante muchos años se atribuyó a José Hernández la paternidad de un célebre folleto intitulado Las dos políticas, que ha sido considerado como "el alegato más formidable" en la defensa de la unidad nacional y publicado en 1866. La crítica histórica reivindicó posteriormente la autoría para el poeta entrerriano Olegario Andrade. Pero la atribución no era caprichosa. Ambos, con ligeros matices, sostuvieron las mismas ideas, que no son otras que las expresadas por Juan Bautista Alberdi, teórico de esa generación.
Vale la pena reproducir aquí algunos párrafos de Las dos políticas, cuya lucidez no deja nada que desear y que muestran la política bifronte de la oligarquía bonaerense, unitaria o "federal", según las circunstancias.
"La historia dirá algún día que ha existido en Buenos Aires un partido localista y retrógrado que se ha llamado Unitario, que ha sido el apóstol fervoroso de la "unidad indivisible"... hasta que se convenció de la impotencia de sus afanes por la absorción de las soberanías locales en una sola soberanía nacional. Y que se ha llamado Federal, que ha proclamado la federación pura, que ha querido organizar el país por medio de una simple alianza de territorios independientes, cuando ha comprendido que esta federación importaba la ausencia de un gobierno supremo, y eternizaba de este modo el provisoriato de nuestra legislación comercial, ponía en manos de Buenos Aires la renta de la Nación y la dirección de la política exterior.
"Unitario, hasta que la fuerza de las armas obligó a firmar a Buenos los tratados domésticos de 1820 y 1831, en que reconocía como igual en derechos políticos a cualquier otra provincia argentina, prometiendo a los pueblos vencedores que la navegación fluvial iba a ser arreglada en el interés de toda la Nación, promesa retardada indefinidamente bajo frívolos y caprichosos pretextos, hasta que la espada de Caseros cortó las cadenas que cerraban la embocadura de nuestros grandes ríos.
"Federal mientras este sistema ha significado el aislamiento, que convertía en propiedad de una provincia el territorio y la capital de las otras (referencia a la ciudad de Buenos Aires) mientras este sistema significaba los beneficios de un gobierno regular en Buenos Aires y el desquicio y la desolación de las demás provincias, sistema consagrado en los pactos y convenios interprovinciales, en la constitución local de Buenos Aires de 1854, en la célebre ley de 1833, en la autorización dada al general Rosas para ejercer la suma de poder público, sin más limitaciones que no atentar contra la religión ni alterar el sistema federal establecido.
"¡Partido de mercaderes políticos, que ha negociado con la sangre y los sufrimientos de la República! ¡Partido sin fe, sin dogma, sin corazón, que mientras azuzaba a los pueblos a que se despedazacen en el ensangrentado circo para divertir a los Césares, ha estado haciendo los cálculos del provecho que le produce la desunión y el desquicio de la República".

El estado de Buenos Aires

Urquiza, al advertir la unánime oposición a los artículos que disponían la federalización de Buenos Aires y la aduana, resolvió no insistir en ello para no echar al traste su política, tendiente a una conciliación y optó por dejar que el problema quedara en definitiva a resolución del futuro congreso constituyente. Confiaba que en el seno de este la rica y orgullosa Buenos Aires se avendría a concertar con sus hermanas más pobres la organización nacional. Pero esta no fue sino una ilusión del caudillo entrerriano. La oligarquía bonaerense, sin distinción de colores políticos, ex rosistas y unitarios rechazó el acuerdo sinado en San Nicolás y siguiendo una táctica inveterada acusó a Urquiza, designado Director provisorio de la Confederación por las provincias, de querer erigirse en dictador. El 11 de setiembre de 1852 la oligarquía dió un golpe por el cual Buenos Aires se separó del resto del país y recuperó el control de la aduana, que Urquiza había nacionalizado unos días antes. La provincia fue declarada Estado independiente y soberano y hasta mantuvo relaciones exteriores propias. La unidad nacional no interesaba a Buenos Aires sino tenía en ella preeminencia. Los unitarios practicaban un federalismo que les hubiera envidiado el propio Artigas.

La corriente nacional

Sin embargo no todos los emigrados que habían retornado del destierro compartían la política antinacional de la oligarquía, no todos los federales bonaerenses sellaron una alianza con los unitarios. En la propia Buenos Aires se formó un movimiento que reivindicó la unidad nacional y demandó el retorno al seno de la Confederación.
Como expresión de esa corriente se produjo el 1° de diciembre de 1852 la sublevación del comandante de la campaña bonaerense, coronel Hilario Lagos, quien lanzó como consigna la incorporación de la provincia a la Confederación, apoyo al Congreso Constituyente de Santa Fé y exigió la renuncia del gobernador Alsina. Encontró inmediato apoyo en jefes y oficiales del ejército de Buenos Aires, entre ellos del coronel Pedro Rosas y Belgrano, hijo adoptivo de Juan Manuel de Rosas y compadre del jefe sublevado.
La extensión del movimiento determina que Alsina renuncie y se designe como gobernador interino al General Pinto, presidente de la Legislatura, quien forma gobierno con Lorenzo Torres, el general Angel Pacheco y Francisco de las Carreras. Tanto Torres como Pacheco habían sido notorios rosistas y aparecen ahora enfrentados a jefes como Lagos. el coronel Jerónimo Costa y otros, que habían combatido en Caseros contra Urquiza. Este es un testimonio fehaciente de la división política que se había producido en la provincia: el ala popular del federalismo rosista hace causa común con el interior del país contra la oligarquía porteña.

La batalla de San Gregorio

El coronel Pedro Rosas y Belgrano que inicialmente había adherido a Lagos, cambio su posición y resolvió concurrir con fuerzas del sur de la provincia en apoyo del bloqueado gobierno porteño. Lo hace juntamente con los coroneles Faustino Velazco y Agustín Acosta. El 22 de enero de 1853, en San Gregorio, al sur del río Sanborombón, a unos 50 kilómetros de Chascomús, milicianos, gauchos e indios comandados por el hijo adoptivo de Juan Manuel se baten contra los efectivos del coronel Gregorio Paz, lugarteniente de Lagos. Entre aquellos se halla José Hernández que cuenta 18 años de edad. Rosas y Belgrano es derrotado y capturado. Los restos de su fuerza emprenden la huída. El coronel Velazco es apresado y degollado y Acosta se ahoga al cruzar el Salado. Los dispersos - "una flor de cardo que lleva el viento"- han pasado por las tierras donde mora el futuro escritor Guillermo Enrique Hudson, que rememora el episodio en su libro Allá lejos y hace tiempo. En vano solicitan caballos que les son negados, probablemente por temor a las represalias. Entre los perseguidos que logran salvar la vida se encuentra el muchacho Hernández.
Algunos autores efectuan disquisiciones con motivo de la participación de Hernández en las fuerzas de Rosas y Belgrano y llegan a asignarle una posición política favorable a la causa separatista porteña, que estaría en contradicción con su trayectoria posterior en el campo federal.
Sin embargo, es razonable no atribuir aún a Hernández una posición política formada y militante a los 18 años. Simplemente, al igual que otros miembros de la milicia a la que había ingresado, acataba las órdenes de Rosas y Belgrano que tenía cierto prestigio en la campaña bonaerense. Por otra parte, según hemos visto, el escenario político estaba sumamente quebrado y confuso. Muchas personas habían cambiado la casaca. Tendencias que hoy, analizadas retrospectivamente nos parecen claras, no debían serlo entonces. Pero importa anotar un hecho, José Hernández ha ingresado como actor temprano en nuestras guerras civiles. La mano de la historia lo ha superado y no lo soltará.

martes, 11 de mayo de 2010

En la Pampa Cimarrona


por Enrique Rivera

José Hernández nació un 10 de noviembre de 1834, en la chacra Pueyrredón, la cual, aunque muy estrechada por la compresión urbana, subsiste en el partido bonaerense de San Martín, trocada en museo hernandiano, donde se cumplen, cada aniversario del natalicio, los actos centrales del Día de la Tradición.
Un extremo del predio da a la trajinada ruta nacional número 8 y el que, antaño, era un campestre paraje de lomas treboladas, se ve cubierto hoy día de barriadas, sobre todo obreras, de fábricas y talleres. El lugar cobra resonancia histórica al indicar que allí se levantaba el denominado caserío de Pedriel, donde el 1° de agosto de 1806 Juan Martín de Pueyrredón, tío abuelo del poeta, había encabezado a la caballería gaucha que, por vez primera, se enfrentó con las tropas inglesas de Beresford. A pesar de que el ejército regular se impuso a la inexperiencia de los corajudos criollos, que debieron desperdigarse, la acción fue principio de la lucha que, pocos días más tarde, culminó con la Reconquista. Quizás no esté de más acotar que el jefe argentino descendía, por el lado materno, de familia irlandesa -los O'Doggan- y que en el mencionado encruentro peleó también junto a los patriotas el cabo irlandés Miguel Skennon, quien previamente había desertado para sumárseles. ¡Cómo para que los ingleses los persuadieran de sus intenciones "liberadoras"!

Unitarios y federales en la familia

Fueron los progenitores del poeta, por ahora sólo un bebé de "excepcional tamaño", Isabel Pueyrredón y Rafael Hernández. La chacra era propiedad de una hermana de Isabel, llamada Victoria, casada con su primo, Mariano Pueyrredón. Presumiblemente, Rafael conoció a su futura esposa cuando realizaba algunas tareas vinculadas al establecimiento. Su matrimonio representó un ejemplo del "amor que derriba todas las vallas", pues la familia Pueyrredón era unitaria y los Hernández federales natos. Dos hermanos de Rafael, Eugenio y Juan José, eran militares de profesión y revistaban en las filas del rosismo. Juan José, particularmente, se había batido con heroicidad en Ituzaingó y formó parte del Estado Mayor de Rosas durante su campaña al Desierto, plantando "el primer campamento cristiano en Choele-Choele". Moriría mandando las infanterías de Rosas en Caseros.
Pero el joven Rafael no se interesaba mayormente por las cuestiones políticas, Isabel, mujer enamorada, no vaciló en adherir a las creencias federales de su novio y, por entonces, entre unitarios y federales no se había cavado aún la ancha fosa que abrieron el asesinato de Facundo Quiroga, atribuido a aquéllos; el bloqueo e intervención de Francia en nuestras guerras civiles; la conjura de los Maza; la revolución del Sur y la invasión de Lavalle a Buenos Aires, episodios todos que se registran entre los años 1835 y 1840.
Era también federal rosista el padre de Rafael, José Hernandez Plata, de nacionalidad española y ex cabildante; mas su oposición al enlace parece haber radicado sobre todo en la juventud de los novios y en que Isabel llevaba un año a su hijo. Extremó de tal suerte su terquedad que el muchacho, aún menos, debió solicitar la venia judicial para poder casarse, por cuyo motivo el intransigente viejo decidió no verlo nunca más, y hasta se afirma que los desheredó. La llegada al mundo de una nieta, Magdalena, no despejó la paterna ira, que sólo cedió cuando le fue llevado y bautizado con su nombre el nuevo vástago, José, en momentos en que perduraba aún en Buenos Aires los festejos por el ascenso al gobierno, por segunda vez, del Restaurador de las leyes.
La juvenil pareja carecía de peculio propio y en los primeros tiempos vivió en la chacra de sus primos. Rafael se ganaba la vida como acopiador de ganado, conduciendo tropas de vacunos desde las estancias hasta los saladeros situados en Barracas. A causa de estas tareas y por su filiación y parentescos federales estuvo también ligado a los establecimientos de Rosas. Como es lógico, Rafael debía desplazarse de un punto a otro de la campaña y su esposa, a quien tan prolongadas y frecuentes ausencias entristecían sobremanera, se decidió a acompañarlo. Quedaron así sus dos hijos, a quienes visitaban de cuando en cuando, a cargo de la tía Victoria, que les dispensó tales cariños y cuidados que los niños la llamaban "Mamá Totó".

La ciudad y el campo

Muy poco, en verdad, casi nada, se sabe de la infancia y adolescencia de José Hernández. Hasta los seis años vivió en la chacra de su mamá Totó y, aunque los alrededores no configurasen el escenario preciso de la pampa bravía y la proximidad de Buenos Aires se hiciera sentir, allí tuvo su primer contacto con el campo. Nos dice Leumann que el niño "era observador, poco inclinado a los juegos y escuchaba con frecuencia el canto de los payadores". Son estos rasgos que preanuncian al artista. Aprendió, además, a leer como por ensalmo, cuando contaba apenas cuatro años. Esta vida semiidílica se vio bruscamente truncada en 1840, año en que tropas francesas depositaron, en el norte de la provincia de Buenos Aires, a tropas unitarias comandadas por Lavalle, quien luego de vencer al general rosista Pacheco cerca del arroyo del Tala, avanzó hacia la ciudad, acampando con sus efectivos en Merlo. Allí aguardó durante unos días un levantamiento, que finalmente no se produjo, contra Rosas, quien intensificó la represión contra todos los unitarios, aún tivios o pasivos, para asegurarse el frente interno. En tales circunstancias, llegó un día hasta la chacra un negro enviado por el coronel Juan José Hernández, que, haciéndose el borracho, comunicó a los moradores que la Mazorca los visitaría pronto y ni la niña Magdalena se libraría del degüello. Los Pueyrredón no echaron en saco roto la advertencia y abandonaron la chacra, emigrando a Brasil, no sin antes dejar a José y Magdalena en casa del abuelo paterno, en Barracas.
De esta manera, por imperio de la guerra civil, José Hernández es privado, de un día para otro, de la calidez maternal de su tía Victoria, que había suplido a la madre verdadera cuando ésta hubo de ausentarse para seguir al padre. Si la presencia de "Mamá Totó" pudo entonces rescatar al niño de la situación traumática que el alejamiento de la madre debió causarle, su destierro repentino y sin compensación posible, le hirió en lo más hondo del alma y por eso en el Martín Fierro el tema del abandono y de la orfandad es uno de los que más frecuencia y particular relieve dramático cobran, alcanzando nivel casi autobiográfico.
Como hijitos de la cuna
Andarán por ahy sin madre
Ya se quedaron sin padre,
Y ansí la suerte los deja
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.
El abuelo protector, pero naturalmente severo, quedó a cargo del niño y le envió al "Liceo Argentino", colegio particular dirigido por Pedro Sánchez, en el cual se distinguió por su capacidad y conducta. Su hermano Rafael destaca la "percepción rápida y prodigiosa memoria" de José y añade que "desde niño, fue inclinado a la poesía...", con lo cual podemos conjeturar que quizás en el establecimiento de Sánchez, donde cursó estudios hasta 1845, haya pergeñado precozmente sus primeros versos.
El destino, ensañado con el niño, iba sin embargo a golpearle con redoblada crueldad otra vez. En julio de 1843 fallece su madre. Viajaba ésta en una carreta con su esposo y el hijo menor, Rafael, de apenas dos años. Como el vehículo diese tumbos y el niño era llevado por una criada precariamente sentada, Isabel sintió una súbita aprensión y lo tomo en sus brazos. La actitud maternal fue verdaderamente premonitoria, pues unos instantes más tarde la criada cayó bajo las pesadas ruedas y murió aplastada. Pero el susto tuvo sus consecuencias para Isabel, al manifestársele o agravarse un mal cardíaco que, a los pocos días, puso término a su existencia en Baradero.
Ninguna información ha llegado hasta nosotros sobre la reacción de José al enterarse de la desaparición de su madre, pero sabemos que poco después empezó a padecer una dolencia en el pecho, cuya naturaleza no supieron definir los médicos consultados. Como el mal empeorase y el niño llegara a escupir sangre, se temió por su vida y fue parecer unánime que fuese al campo con su padre, con la esperanza de que el aire pampeano le permitiera recuperarse. Y este fue, en verdad, el mejor y único remedio para su enfermedad. En contacto con aquel escenario grandioso y extraño, que dominó su alma, el niño se sobrepuso y absorbió, con todos sus sentidos e inteligencia, la materia épica que, muchos años después, incrementada con otras experiencias, moldeó en su inmortal poema. "Allá, en Camarones y en Laguna de los Padres -nos cuenta su hermano Rafael- se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entreveros, rechazando malones de los indios pampas, asistió a las volteadas y presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de que hoy no se tiene idea. Esta es la base de los profundos conocimientos de la vida gaucha y su amor al paisano que desplegó en todos sus actos".

"Con Hernández basta"

Hasta aquí, nos hemos constreñido a exponer prolijamente cuanto se sabe acerca de Hernández hasta 1852, año en que se derrumba el régimen de Rosas. Aparte del interés propio por conocer la vida del autor de nuestro poema máximo, esta prolijidad se justifica por la necesidad de desmontar desde el principio todo un caprichoso aparato interpretativo encaminado a presentar a José Hernández como un miembro de la oligarquía que, al cantarle al gaucho y a su destino, se puso en contradicción con "su propia casta" y violentó "sus recónditas convicciones"; a su poema, como si fuese en el fondo una protesta de los estancieros contra el gobierno que les privaba de sus peones, al mandarlos a los fortines; y a su actuación pública en 1880, al apoyar la federalización de la ciudad de Buenos Aires, como una capitulación de sus anteriores ideales políticos. En su descripción de la vida en las tolderías y de los malones, se pretende advertir la parcialidad del hombre blanco que arrebata al indio sus tierras y prefiere aniquilarlo, y hasta se le sospecha de racismo, todo porque Martín Fierro en la primera parte del poema tuvo una reyerta con un negro, se dijeron algunas cosas y en duelo criollo le dio muerte.
Uno de los biógrafos más recientes nos revela que Hernández fue criado en la chacra Pueyrredón "a lo patricio". No hemos podido hallar el fundamento posible de esta aserción, un tanto ambigua. Como hemos visto, los padres no tenían bienes. El edificio de la chacra era de construcción más bien modesta, como aún hoy puede colegirse si se lo visita y, en todo caso, distaba enormemente de ser un palacio poblado de sirvientes y esclavos. Mamá Totó y su esposo Mariano, aunque llevaban un apellido merecidamente ilustre, constituían una familia criolla media, cuyo nivel económico no permite equipararla a los grandes estancieros y comerciantes porteños.
José Hernández nunca quiso usar, al lado de su apellido paterno, "casi impersonal" según señala un autor, el de Pueyrredón, contrariando de este modo una práctica habitual. Cuando le preguntaban el motivo respondía: "Porque con Hernández basta". No lo hizo porque abrigase prejuicios falsamente populistas contra el apellido materno, sino simplemente por razones políticas, ya que había abrazado la causa del federalismo. Pero tenía perfecta conciencia de su valor patriótico. Por eso, cuando su tío, el coronel Manuel Alejandro Pueyrredón fue objeto por alguien de un bajo ataque que desconocía sus servicios al país, no vaciló en escribir: "Los Hernández jóvenes pueden enseñarle a ese canalla cómo debe respetarse a un Pueyrredón viejo"

viernes, 19 de marzo de 2010

¿Por qué fracasó F.O.R.J.A.?


por Enrique Rivera

¿Por qué razón FORJA, que permanecía en la posición democrática y nacionalista del viejo yrigoyenismo, heroicamente, durante la década infame, no tuvo viabilidad? Una razón (…) es la actitud organizativa de Frondizi y sus amigos que contribuyó a aislarla. Pero hay una explicación más profunda y es que desde la primera guerra y particularmente desde el año 1930, la burguesía mundial en su conjunto se había tornado reaccionaria. Quedaba así cerrado el ciclo del liberalismo democrático y nacionalista, que se expresó todavía en el viejo Yrigoyen. En el terreno de la democracia burguesa, la única posición cómoda que podía sustentarse era la de Frondizi y otros, que prestaban a la oligarquía y al imperialismo el color democrático y hasta la quejumbre ‘nacional’ que les hacía falta para arrastrar al pueblo argentino a la carnicería imperialista, política que ensayaron a través de la presidencia de Ortiz.
En nuestra época, en los países coloniales y semicoloniales, el motor de la revolución no es el desarrollo de la burguesía industrial, sino la imposibilidad de seguir viviendo bajo el dominio del imperialismo en crisis, que para salvarse acogota a sus esclavos coloniales. Se originan así grandes movimientos populares nacionalistas. Pero la década infame dejó a nuestras masas populares sin posibilidad de expresión política y, al producirse una solución militar al problema, los elementos burgueses, que tuvieron el control del proceso, tomaron las garantías para que la lucha nacional no se desarrollase con la correspondiente ideología revolucionaria. Así resultó que el ‘nacionalismo clerical’, al que FORJA caracterizaba con toda precisión en su verdadero carácter, representó la ideología concreta de un proceso que, sin embargo, era económica y socialmente revolucionario. De este modo, Perón se apoyaba en el proletariado, pero a la vez tranquilizaba a la burguesía, que mantenía el control a través del nacionalismo clerical y a ella se lo dejó cuando vio que para continuar en el poder, había que profundizar el proceso y prescindir de las formas ideológicas reaccionarias. FORJA no podía tener viabilidad, porque se hubiera necesitado para ello una burguesía democrática y nacional que no existe. Esto a la vez nos permite explicarnos por qué cuando dominan la oligarquía y el imperialismo implantan un régimen superestructural “democrático, liberal, izquierdista, etc.” Sencillamente, como el proceso económico y social es reaccionario, no necesitan tomar sus garantías en la esfera ideológica. Ahora, todos estos elementos demoliberales, que sólo pueden brillar en el candelero cuando dominan la oligarquía y el imperialismo, vale decir, cuando el proceso estructural es reaccionario, al triunfar el movimiento nacional en la única manera en que según hemos visto pudo darse, y que ellos mismos provocaron, aparecieron frente a las formas y representantes ideológicos reaccionarios, como si fuesen elementos progresivos. Pero “frente” al movimiento nacional, FORJA, en cambio que estaba con el contenido de éste, se disolvió. Más que disolverse, quedó al margen, luego de haber desempeñado su papel, para retornar algunos de sus hombres en las postrimerías del régimen. Es notable constatar que, cuando para ir adelante, la revolución nacional y popular necesitaba su propia ideología progresiva, dándole mayor papel al proletariado en la conducción del proceso, los nacionalistas clericales y los demoliberales se unieron para dar el golpe contrarrevolucionario, un setiembre de 1930 con una mayor amplitud histórica.
Rey dice que cierto “negativismo esencial” limitaba las perspectivas de FORJA, debido tal vez a que este movimiento fue producto no de una época de ascenso, sino de retroceso. En realidad, era precisamente esta última circunstancia la que permitía a un grupo de jóvenes radicales dar una expresión programática clara, popular y democrática al movimiento nacional.
El movimiento nacional encabezado por la burguesía, cuando está en el llano, en la oposición, puede permitirse y se permite en efecto, expresiones ideológicas democráticas, populares, que dejan espacio inclusive a un ala izquierda que refleja o procura reflejar los intereses del proletariado y sueña que el triunfo del movimiento nacional, encarnado por el líder de turno, le traerá un predominio político cada vez mayor. Así se presenta, bajo esta faz progresista, avanzada y conmovedora, la burguesía cuando la oligarquía y el imperialismo tienen el comando. Pero, en cuanto comienza a ascender al poder, o cuando se trata siquiera de alguna posibilidad electoral más o menos seria, se alía con la reacción para darle el golpe a los pequeños burgueses que creen en la burguesía democrática y nacional y al ala izquierda. Por ejemplo, el mismo Frondizi, ante la Pastoral del Obispado, en vísperas de las elecciones del 28 de julio, se nos aparece de repente como partidario de la enseñanza libre, enemigo del divorcio y buen padre de familia, que educó a su hija en un colegio religioso. ¡Qué disgusto para el ala izquierda de la UCR Intransigente! El único consuelo que Frondizi le dejó fue que, entre tantos santos de la iglesia, unos más, otros menos reaccionarios, era Francisco de Asís, aquel al que por sus antecedentes estaba más próximo. Ahí fue a parar el izquierdismo del cuco de la oligarquía y el imperialismo. Pero el ala izquierda, como antes laboristas y otros, dicen: No reduzcamos las posibilidades del triunfo discutiendo antes de las elecciones; no nos coloquemos fuera del movimiento; después veremos. “Después”, en cuanto la burguesía adquiere elementos de poder, no discute; los aplasta con su fuerza material, la misma que le dio el proceso revolucionario cuando, en el caso más desdichado, no los utiliza a ellos mismos para volverlos contra el mismo sector progresivo que encarnaron. Frente a este mecanismo, previsto teóricamente en 1945, y confirmado reiteradamente, no existe otra garantía que la independencia “política” del proletariado en el seno del movimiento nacional. Y decimos proletariado, porque la pequeña burguesía democrática no tiene salida. Como no la tuvo FORJA. A lo sumo, proporcionará excelentes críticos de lo que pudo haber sido y no fue, de lo que debía ser y no es, etc. etc.

domingo, 24 de enero de 2010

LA CUESTION NACIONAL


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por Enrique Rivera

La formulación de la cuestión nacional efectuada por F.O. señalaba que ésta se plantea en nuestra época como consecuencia de la crisis definitiva del sistema capitalista mundial. Cierto ascenso capitalista nacional en los países coloniales y semicoloniales, en estas condiciones, es considerado, valga la metáfora, como el crecimiento de las uñas que continúa durante un tiempo en el cadáver. Por eso, la cuestión nacional sólo podía ser resuelta por la clase obrera; la buerguesía sólo podía acompañar por um tiempo el proceso; la organización política independiente de la clase obrera era por ello fundamental dentro del frente antimperialista. Los populismos son, pues, insuficientes.
Pero de la formulación de que la cuestión nacional sólo puede resolverse por la clase obrera políticamente organizada de modo independiente, como parte de la lucha más amplia por el socialismo en escala mundial, no se desprende automáticamente que la clase obrera consiga organizarse de tal suerte. Significa, eso sí, que mientras esto no se produzca, la cuestión nacional estará condenada a '' cortarse por la mitad'', a no resolverse y esto explica la debilidad de los denominados populismos, es decir, grandes movimientos nacionales y populares encabezados por dirigentes de la burguesía. Esta debilidad se traduce históricamente en la desvirtuación y copamiento de los populismos por el enemigo imperialista , que puede operarse total o parcialmente.
De todos modos, no puede de ningún modo prescindirse del denominado ''populismo'', puesto que en el denominado tercer mundo la lucha nacional no es sólo patrimonio del proletariado, sino también de otras clases populares ( campesinado, etc. ). El frente nacional antimperialista continúa, pues, siendo la estructura de la lucha. Más aún si tenemos en cuenta de que la clase obrera únicamente puede llegar a su conciencia y organización política propias en esa lucha y dentro de este frente. Los llamados clásicamente partidos obreros, ''socialistas'' y ''comunistas'', entendiendo por ellos la socialdemocracia internacional y, digamos, el ''stalinismo'', no expresan la conciencia y la independencia del proletariado nacional, sino a fuerzas internacionales, que podríamos expresar sintéticamente en la palabra ''sinarquía''. Por supesto, incluimos a la llamada IV Internacional.
Expresado esto, corresponde ver más de cerca el periódo 1945-1950. Fue una ''fase fundacional y ascendente'' de los ''capitalismos indígenas burgueses nacionales''? Esta fase no puede entenderse sino como un producto de la crisis del capitalismo mundial. Precisemos. El capitalismo, como sabemos, es un sistema condenado a la incesante expansión, horizontal y vertical. La razón de ello, demostrada por R. Luxemburgo, es que necesita realizar la plusvalía y esto es posible sólo absorbiendo, al modo de un vampiro, los modos de producción y clases precapitalistas. El predominio que ha tomado en la década del 70 el capital financiero y el crecimiento irresistible de los gastos militares, está indicando que ya se ha llegado a un límite histórico y que, en adelante, el capitalismo está condenado a sobrevivir como el pelícano, comiéndose sus propias entrañas ( en realidad, primero comiéndonos a nosotros). A diferencia de épocas o ciclos anteriores, el progreso technológico no le da solución, pues desemboca en la automación, o sea en la liquidación de la clase obrera por liquidación de esta misma; de ahí el incremento permanente de la desocupación. Pero esto mina la base misma del sitema capitalista, es decir, la expropiación de ''valor''.
El capitalismo mundial ha tenido tres grandes ''crisis'' en este siglo: la primera guerra mundial, de 1914-1918; la crisis de 1930; la segunda guerra mundial. Y estamos en pleno curso de la cuarta, iniciada en la década del 70. Las ha solucionado con la expansión incesante, que al mismo tiempo lo acerca más al abismo final. Es durante esas grandes crisis que, en la hoy denominada periferia, se han producido los movimientos nacionales. Al revés, en los períodos de properidad entre ellas, estos se han debilitado.
Aquéllo que se denomina ''descomposición social y nacional'', no es sino la consecuencia de la falta de soluciones a las tareas nacionales. La industrialización nacional se detiene o incluso retrocede y el proletariado industrial disminuye; aumentan en cambio, mas parasitariamente, el sector terciario y la llamada economía informal o cuentapropismo, etc. El capital financiero deviene usurario; la especulación sustituye a la producción. Antes de llegar a desarrollarse, el capitalismo nacional se descompone.