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lunes, 27 de junio de 2011

EL CAPITAL, EL HOMBRE Y LA PROPIEDAD EN LA VIEJA Y EN LA NUEVA CONSTITUCION


por Raúl Scalabrini Ortiz

Editorial Reconquista, Buenos Aires, 1948

Amigos, conciudadanos:
Confieso a ustedes que en este momento me siento intimidado por la desmesurada responsabilidad que el tema concede a mis palabras Y por la posibilidad, que como reconfortante ilusión para mí mismo me formulo, de que ellas puedan repercutir en el ánimo y en la conciencia de quienes afrontarán la redacción de la nueva carta orgánica argentina.
Siempre mi pluma, que no es tímida para encontrar el calificativo que merecen los que no fueron en el pasado leales a los ideales de la patria, se sintió amedrentada cuando por obligaciones de amistad debía proyectar el texto de una ley cualquiera.
Toda ley es en cierta manera una profecía, porque presupone que el legislador conoce de antemano la vida venidera sobre la cual imperará la ley. Toda ley es un fruto de la experiencia del pasado que la razón intenta imponer como norma al porvenir, desconociendo, de esta manera al porvenir el derecho a ser distinto del pasado. Y este es un absurdo intrínseco, inmanente e irreparable de toda ley, porque la vida es cambio, mutación constante y casi imprevisible. Sólo las cosas inertes y las osamentas permanecen idénticos a sí mismos, indiferentes al tiempo que pasa sobre ellas.
La vida es una fantasía que muda constantemente de formas y de medios. La vida inmutable es solo una muerte disimulada. Y por eso cada generación tiene ante todo el trabajo de rehacer el legajo de leyes que a veces fueron perfectas y con las cuales las generaciones anteriores quisieron inmovilizarla.
Todos los que escuchan han de conocer seguramente la vieja discusión teórica de los juristas sobre la legitimidad o ilegitimidad del principio de retroactividad de las leyes.
Pero no creo que hayan leído nada sobre la ilegitimidad del derecho póstumo que las generaciones pretéritas se arrogaron para mutilar el pleno desenvolvimiento de las más entrañables convicciones de las generaciones nuevas.
En el transcurso de una sola generación, la mía, han caído todas las cartas orgánicas que la humanidad había creado en el transcurso del siglo pasado para la mejor convivencia de las naciones. Ya no existe el derecho internacional, ni el público ni el privado. La brutal realidad de la vida y de los hechos pulverizó todas las codificaciones tan laboriosamente enhebradas en la centuria pasada. Ya no se respetan las ciudades abiertas ni los derechos de los neutrales. Ya no se cumplen las formalidades pre-bélicas. Las guerras estallan como las tormentas y los civiles caen en mayor número que los soldados regulares. Una sola bomba mató ciento ochenta mil civiles inermes y nadie piensa siquiera en reprochárselo al que la arrojó.
Por mi parte, ni apruebo ni desapruebo el ocurrimiento de estos hechos, que en cierta manera y desde cierto punto de vista parece que van corroyendo las bases de nuestra civilización tal como nos enseñaron a concebirla.

jueves, 3 de febrero de 2011

Nacimiento y transfiguración de una fe, que también puede ser de otros

por Raúl Scalabrini Ortiz

El hombre habla frecuentemente de su vida, pero pocos, en verdad, la habrán palpado como una unidad consistente. Yo, al menos, no la he sentido así. He tenido días, simplemente. Días de sufrir. Días de esperar. Hubo momentos magnéticos, como relámpagos, y grandes zonas de depresión. A mis días le faltó conjunción. Fueron los unos extrañamente ajenos a los otros. Ni aun en la plasticidad del recuerdo se refunden. Les faltó sometimiento a una empresa más grande que ellos mismos. Les faltó subordinación a una fe. Desde ese punto de vista, mis días fueron característicos de una generación que se relajaba en el descreimiento. Por eso hablo en primera persona. Se habla de sí mismo por orgullo o por humildad zoológica, como hablaría de sí el tero, el chajá o el ñandú.

Desde esta colina de los cuarenta y ocho años, recién veo claramente que a través de todas las alternativas yo buscaba una creencia, un sistema de perfección, una tarea irrealizable que podía ser realizada en cualquier momento. Para ser yo mismo quería fundirme en algo más grande que yo mismo.

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Mi búsqueda fue desesperada sin saberlo. Sin una creencia, el hombre vale menos que un hombre. Sus poderes se amenguan, su vitalidad se marchita. Ignoraba que fuera tan arduo el aprendizaje del saber creer. Con premurosa ingenuidad hurgué todos los conocimientos. Mi puericia, mi adolescencia y parte de mi juventud se fraccionaron entre el revelado chacoteo de la calle y la disciplina del estudio.

Bajo la tutela de mi padre, maestro de maestros, me inicié en razonamientos eruditos, descifré textos de filosofía, supe de discrepancias conceptuales y aprendí a arrebañar y conducir abstracciones. Poco obtuve de los filósofos, sin embargo. El filósofo no es gustoso de consignar en las letras la debilidad substancial de sus días. La primera esperanza de una fe se me desgastó en ellos. Luego he seguido leyéndolos, pero ya fue con ánimo mezquino, para aguzar y adiestrar en su manejo los instrumentos de comunicación y de expresión.

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Mi desasosiego me adentró en ese minucioso escarbar del mundo material que se llama ciencia. El aprendizaje de las ciencias es cautivador, porque a medida que se estudia se sabe cada vez menos. El mundo se escurre de todas las mallas de las sistematización. Cuanto más secretos de arquitectura cósmica, de estructura atómica u orgánica se enumeran y dilucidan, más se multiplican los misterios. No hay ciencia que resista la demolición de tres preguntas candorosas de niños. La tarea fundamental de la ciencia es suplantar las definiciones ajadas por otras de palabras flamantes. Por eso yo manejé la biología, la física, la botánica, las probetas y los frascos de Erlenmeyer con el mismo estado de ánimo de quien tira al blanco: con profunda concentración inmediata, pero sin convicción permanente.

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También fui aplicado en álgebra y en toda matemática. Es un ejercicio mental apenas más laborioso que el juego de ajedrez. Pero hay un límite para la acción sin apego y pronto el ingenio del cálculo infinitesimal y de la geometría proyectiva se fueron al archivo de las recreaciones transpuestas, junto a las bolitas de vidrio y a la pelota de fútbol. Debo confesar que la capacidad de concatenar un razonamiento se fortificó en ellas. Además, las matemáticas me libraron del encandilamiento matemático. La intensidad del pensamiento abstracto me acercó, sorpresivamente, a la intensidad del pensamiento lírico. Cuando se reduce el alcance de un número al de un adjetivo, la fórmula matemática alcanza una fuerte densidad emocional. Quizá en reposo lejano pueda fundar esta inusitada semejanza, que Gauss presintió. Pero hoy mi voluntad es hablar solamente de mis creencias perdidas, fundamentando, así, mi derecho a ser uno cualquiera que sabe que es uno cualquiera.

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Pasé varios años de desafuero educacional. Leía desordenadamente y creía ser ajeno a la ciudad, cuando la ciudad comenzaba a insumirme. Sin saberlo, y más bien suponiéndome distinto, yo estaba comenzando a ser un muchacho porteño. Jugaba al billar, boxeaba y hasta fui campeón en el arte de endosar trompadas. Pero mi intimidad de veinticinco años se encontraba perdida y sin objeto. En mi escaso juicio, yo era un extranjero entre los míos. Poco recibía de ellos y poco les daba, suponía. Fueron días desapaciguados, de acción mortecina y de pasión reticente, tan desvaídos que es casi imposible reconstruirlos. Lo más vitalmente valioso de mi juventud quedó tirado en las calles de Buenos Aires.

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Fueron épocas de vagancia, sacudidas por extremas tentaciones y zarandeadas por deseos escurridizos. Era el tiempo de conocer. Cada día ofertaba un itinerario y una fisonomía forzosamente desemejante. Traté personas de toda laya. La sabiduría leída comenzó a parecerme despreciable. Me percaté de cuánta suma de perspicacia, de ahínco y de vigor se malgasta anónimamente en la simple función de vivir. Oscuramente presentía que el hombre es digno de serlo por lo que calla, no por lo que expone; por lo que sofoca, no por lo que desencadena; por lo que proyecta no por lo que realiza. Me pareció que el fracaso es el mejor temple del corazón humano. La sabiduría, el poder y la riqueza se me ocurrieron plebeyas, y con frecuencia solía avergonzarme de saber un poco más. Al rever esta etapa de mi vida comprendo que la ciudad tenía para conmigo una severidad de maestra de primeras letras. La inédita visión del mundo autóctono subía en mí como sube el zumo de la tierra en el gajo recién transplantado. Una convicción ascendía hasta el espíritu desde lo elemental.

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Pero aún me faltaba una lejanía. La lejanía es una gimnasia del afecto. Y así fue mi alejamiento. Comencé a buscar mi verdad huyendo. Conocí la pampa, los bosques, la cordillera. Anduve en los ásperos altiplanos tocadores de quena y en las orillas de mi río natal, cuyas aguas descienden al mar con un silencio de siglos. Y un día sin importancia, un día cualquiera, un día desproporcionado con la decisión, me fui a Europa en un barco de carga.

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La distancia es el tiempo mismo que está acostado, y por eso lo mío lejano es más mío. Europa es la tierra con la forma sensual del anhelo del hombre. Allí todo es blando y fácil, hasta el morirse. Yo llevaba una estima reverente. Conjeturaba que los europeos eran con relación a sus obras lo mismo que nosotros con relación a las nuestras: infinitamente superiores a sus realizaciones. Me equivoqué. Di con técnicos. Técnicos del saborear. Técnicos de la escritura. Técnicos del querer. Técnicos del cálculo. Me sorprendí al comprobar que la producción era superior al productor. Sus obras resumían lo más valioso de cada uno, acrecentadas por el esfuerzo coincidente de los antecesores. Cada hombre está íntegramente en su órbita. El labriego es el mejor labriego y el historiador, el mejor historiador, nada más. Pero no sentí en ellos esa congestión de posibilidades, ese atrancamiento de pasiones, esa desorientación de solicitudes, ese afán de determinar inhallables que había sentido palpitar en la entraña joven de mi tierra. Días hubo en que me gané mi pan barriendo la nieve de las calles de París, pero en ningún momento se me privó de la posesión de cuanto es más grato al hombre: la doble carne tibia del hambre y del afecto. Sin embargo, nunca me he sentido más solo e incapaz de comunicación. Allá no entienden el vibrante lenguaje de nuestro silencio con que expresamos lo que no podría expresarse de otra manera. Allá, en la butté Montmartre, ella recitaba su técnica de amor, pero lo único mío era una luna lúcida y rechoncha, una luna porteña que espiaba jovialmente por un ojo de la noche.

En Europa se produjo el mágico trueque de escalafones del que aún me sorprendo. Fue un inusitado cambio de niveles, algo así como un sifón que se colma y de pronto vacía el recipiente que iba llenando. El pasado se reincorporaba en mi espíritu con apuros de reconsideración. Comprendí que nosotros éramos más fértiles y posibles, porque estábamos más cerca de lo elemental. La revisión fue brusca y profunda. Hasta la historia de los hombres de mi tierra, de la que estaba atosigado por una didáctica torpe e insistente, se abrió ante mí como si sus hechos fueran las ridículas procuradoras de la sabia del futuro. La probabilidad de una fe encontrada en el seno mejor de mi propia entraña se expandió súbitamente.

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Cada creencia implica una concepción propia e integral del mundo, y la mía naciente presuponía un imperativo de primordialidad, una virginidad mantenida a toda costa. Era preciso mirar como si todo lo anterior a lo nuestro hubiera sido extirpado. La única probabilidad de inferir lo venidero yacía, bajo espesas capas de tradición, en el fondo de la más desesperante ingenuidad.

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Así brotó en mí una fe alegre. La alegría viene de adentro, es una creencia armónica tan bien calzada con el ser que no necesita deshacerse en carcajadas. La legítima alegría es una incandescencia del espíritu. Desde entonces mi vanidad es, no de libros leídos sino de vidas hojeadas en que sentí similitud con la mía. Mi orgullo: el saber licuarme entre los hombres que sienten como yo. Mi fe: la de que los hombres de esta tierra poseen el secreto de una fermentación nueva del espíritu.

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Ausculté la ciudad por todos sus perímetros. Vi el río joven profundizar sus canales y trazar su cauce. Vi la pampa inaccesible y el humo de las chimeneas y del aliento del hombre que asciende en lentos halos incendiados por el recogido sol de la tarde. Ya sé los hipos de los autos, el zumbar de las dínamos, el voceo de los mercaderes, el pregón de los baratilleros y el puntilloso deletrear del niño. Cada casa con su bulla y su color fundidos en un solo ulular grisáceo que cimbra en cadencias sordas...era la magnificencia del progreso hablando y no me interesó. La ciudad se me ocurría opaca e inerte.

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La ciudad es de tierra cocida y extiende entre cilancos su estructura petisa. Está inmóvil. Unas casa son más altas, otras más bajas. Calles hay rectas y torcidas, angostas o anchurosas. Pero hay un pedazo particular en la emoción de cada una. Un pedazo que como un miembro palpitante del recuerdo, un elemento del enternecimiento. Ese edificio, mudo para todos, cuenta la persecución de una muchacha hace diez años. Esa cuadra del primer rubor supo tus quebrantos, luego, y tu aniquilación paulatina. La aventura posible embanderó cada cuadra y cada barrio, y la afección personal da una perspectiva a cada perspectiva chata.

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Mas aún no era mi presentida ciudad. Hay algo, en esta confesión, de vida incompleta, de involuntaria restricción, y el que cercena una parte de su ser más profundo pierde su equilibrio y lo que hubiera sido unidad poderosa se desgaja en violencias, en alternativas o en la concentrada ebullición del desencanto.

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Me reincorporé a la monotonía innumerable de la vida porteña. Me insumí en ella. Vi mis días como granos en que mi vida se desmoronaba. Esa carcoma llegó a mostrarme lo vivo y actual como ya deshecho y podrido. Mi unción seguía implacable descascarando el frente impasible de las casas y de los hombres. Entrevistaba zaguanes con rastros de intimidad, recogía intenciones, reencontraba inocencias en desafueros, castidad en aparente lujuria. Rehacía en la ciudad opulenta la tímida ciudad interior. Recomponía. Imaginaba. Conocía.

Un inmenso vacío circundaba y pesquisé un testimonio trasmisible de mi recóndito conocimiento. Quería formas expresivas para ese silencio adverso en que consientes, para esa prontitud arisca en que te acorralas, para ese mirar como si nada fuera nuevo y todo hubiera sido tuyo, para ese deslizar de tu pasión sobre la pasión ajena, para esa sonrisa sin nada en que disuelves tu ventura, para ese estar en vigencia, así como todos en cada uno y cada uno en ninguno.

*

Presumí incapaz a la sola descriptividad. Mi vocación es de realidad y de atenerse a ella. El mundo es un sueño que no debe desvanecerse, un sueño que debe defenderse a toda costa, un sueño al que de cualquier modo debe conferírsele una eternidad. Pero la realidad no es la materia ni lo sensorial exclusivamente. La casa en edificación asciende y admiramos la casa y la mano que la erigió. Pero la casa nació de una intención anterior. La intención de una voluntad primitiva. La voluntad de un deseo. El deseo de un espíritu. Ese espíritu era el objeto de mi búsqueda y la manera de connotarlo. La realidad de ejecución es despreciable. El espíritu es lo permanente.

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Es miserable la consecución de los pueblos erígidores. Los egipcios dejaron dos pirámides para estupor de botaretes, los persas unos leones y perfiles de tachuelas cincelados en la piedra. En cambio aquellos hindúes haraganes encontraron la fuente de toda filosofía. Por occidental que parezca, no hay especulación que de ellos no emane. No hablaron casi, no testificaron nada más que la reducción última de su pensamiento y de su sentimiento más puro, y la energía latente de su estatismo prosigue desconcertando sucesivamente a la dinamicidad europea, El Ganges irreductible, prosigue musitando Inglaterra entera.

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El que nada hace puede hacer más que el que hace, puede elaborar su propio espíritu. El nada hacer no significa inactividad. Para el espíritu, la forma y su presencia es un estado de acción, es la acción misma en toda su posibilidad y extensión. Una rodilla no puede flexionarse lateralmente sin dejar de ser rodilla, y el que tiene alas algún día volará. En potencia, está volando siempre. El espíritu, como el corazón del hombre, no cesa mientras existe. Su detención es su destrucción.

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Penetraba sin determinación en la entraña de la ciudad, porque hay jerarquías de voluntad, de sentidos, de arrojo, de inteligencia; formas de mensurar su tenacidad, su aptitud de aguante, su longitud de constancia, pero no hay jerarquías de espíritu. En él todo se equivale porque es suma y resumen.

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El espíritu yace en el fondo de la realidad. El espíritu es la perla de la realidad. Para alcanzarlo hay que zambullir hasta las napas primordiales, perforar las olas de lo contingible, resistir la comprensión, soportar el ahogo y discernir en la profundidad.

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El espíritu no son las palabras y ni siquiera las ideas. El espíritu es mudo y sordo como otra energía. Por eso, más cerca de su localización y hallazgo está el sentidor que el pensador.

*

En este sorites yo quise determinar una subconsciencia mía:

Las formas del cuerpo son anécdotas del cuerpo, como los gestos, timbres, colores y olores.

El cuerpo es una anécdota del espíritu individual, como la lealtad, la memoria, la perspicacia.

El espíritu individual es una anécdota del espíritu de la tierra, como el clima, el ambiente, la idea fundamental, el tono del cielo, lo que no se precisa: germinación de una esperanza.

El espíritu de la tierra es una anécdota del espíritu cósmico, como es posible que también en otros círculos siderales exista.

El espíritu cósmico es una anécdota de Dios, ser pluscuamperfecto de toda acción.



Para rozar la extremidad hay que someterse a la humildad de no eludirse a sí mismo y sondar en sí lo estructural, catear esa parcela de perdurabilidad que en nosotros anida y que es como el granito básico de nuestro azar emocional e intelectual.

*

Lo imprescindible es a partir de lo propio: de sus ojos, de su emoción, de su impulso. Andar su camino con sinceridad despiadada y sin asombros de sí mismos. Decir empequeñecidamente: yo, y sentir que ese pronombre se hincha hasta ser inconmensurablemente más grande que uno mismo.

*

Así advine a la expansión de voluntad lírica, único vaso comunicante en que una transfusión de esencias es factible. Lo demás puede ser repetido, pero no absorbido. Es información no consubstanciación. Puede ser petulancia o ficticio principio de autoridad, pero no verdadera consolidación. La emoción solamente es transferible y de ella es la imagen. La imagen puede requerir un libro o toda la obra narrativa de un hombre, pero la comunicación es casi siempre instantánea. Una mirada suele bastar, una palabra, un apretón de manos o una idea exactamente emitida. Di, pues, en ser resumido. Lo que así no fuera, no sería de ninguna otra manera. Me exigí mínimos progresivos. Ellos se irguieron en afirmación de imagen.

Cuando es fidedigna, la imagen es la suprema probabilidad de comunicación humana. Los demás productos de la inteligencia son chácharas. Todo lo que se ha corrompido en el mundo, se ha corrompido por buenas razones. Esa frase fue de Hegel. Al repetirla la hago mía. Lo cierto es que el fruto mejor de la inteligencia aislada, la ciencia y su arrogancia, no es más que un bastardo espionaje del mundo. Algún día esto será demostrado y la demostración será también una impotencia, porque provendrá de un sentido del mundo fraccionado.

*

La opción, pues, de estas expresiones no fue sino escasamente decidida. Pero lo sincero es forzosamente pariente de lo sincero. Hay palabras gastadas, pero la pasión que las empapa no puede haber sido manoseada aún por otras palabras. Digo Dios, por ejemplo, y ese Dios no es señor de cultos profesados ni está en servidumbre de dogmas vigentes. El dogma es una fe anquilosada. Los dogmas se pervierten de inmediato en el empleo del hombre y todo dogma pervertido es un concepto enconado contra el hombre, en que yo estoy.

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Este Dios es menos servicial de plegarias, ex votos y salutaciones. Es el módulo intangible del sentimiento. La única solución verbal de la limitación lógica. La ligazón extrema de todas las coexistencias. La respuesta de todos los paralogismos. El nudo de los afectos y pavores. La posible consolación. En una palabra, en la anarquía sin norma de los aconteceres, el concebir de una constancia.

*

Nada hay más cercano a Dios que el hombre multiplicado por sí mismo en la potencia humana de la muchedumbre, porque ella es la expresión de la tierra y la voz del tiempo que la acuna.. pero la multitud no es nada más que un hombre aislado, reducido a su limpieza elemental de hombre, en que lo inmanente aflora y se proclama. Un solo hombre aislado, también es Dios cuando no es nadie, cuando es un simple festón de tiempo que en él madura, detenido.

*

Esta es la tierra sin nada, tierra, para nosotros, huérfana de seducción visual y de intimidad concreta. Es la tierra de crearlo todo, hasta la tierra misma. Solamente el espíritu del hombre puede engalanarla y acercarla a su Dios, que está esperando.

*

La paleontología y la semántica podrían demostrar, con argumentos razonablemente irrecusables, que el primer hombre del mundo germinó en esta pampa argentina. Pero dentro de nosotros mismos hay una demostración más integral aún. Son chispazos de primitivismo que hienden de cuando en cuando la oscura rutina de nuestra aparente cultura, en que todo es ajeno: la sangre, la técnica, los dioses. En esas efímeras y apenas perceptibles manifestaciones del espíritu de la tierra pervive la única probabilidad de grandeza auténtica, porque en lo elemental Dios y el hombre están frente a frente, creándose mutuamente.


fuente www.scalabriniortiz.galeon.com

jueves, 5 de agosto de 2010

Prólogo de Política británica en el Río de la Plata

por Raul Scalabrini Ortiz

La economía es un método de auscultación de los pueblos. Ella nos da palabras específicas, experiencias anteriores resumidas, normas de orientación y procedimientos para palpar los órganos de esa entidad viva que se llama sociedad humana. En puridad, la economía se refiere exclusivamente a las cosas materiales de la vida: pesa y mide la producción de alimentos de materia prima, tasa las posibilidades adquisitivas, coteja los niveles de vida y capacidad productiva, enumera y determina los cauces de los intercambios y, en momentos de fatuidad, pretende pronosticar las alternativas futuras de la actividad humana. Pero la economía bien entendida es algo más. En sus síntesis numéricas laten, perfectamente presentes, las influencias más sutiles: las confluentes étnicas, las configuraciones geográficas, las variaciones climatéricas, las características psicológicas y hasta esa casi inasible pulsación que los pueblos tienen en su esperanza cuando menos.

El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras. No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo. Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en u destino común. Todo hombre humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él, pero es al mismo tiempo una molécula inseparable del organismo económico de que forma parte. Y así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma.

Temas para extraviar son todos los de la realidad americana. Esa realidad nos contiene, su calidad condiciona la nuestra. Somos un instante de su tiempo, un segmento de su espacio histórico. Ella delimita constantemente la posibilidad del esfuerzo individual. No podemos ser más inteligentes que nuestro medio sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos. Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda.

La realidad se anecdotiza incesantemente en nuestros actos y en nuestros pensamientos sin que la inteligencia americana se preocupe de consignarlos. Solemos referirnos a los pasados de América que se anotaron con trascendencia histórica, solemos hilvanar imaginerías sobre su porvenir, pero el instante vivo en que la historia se confecciona, sólo ha merecido desdén de la inteligencia americana que podía haberlos descrito. Y ésa es una de las grandes traiciones que la inteligencia americana cometió con América.

Cuatro siglos hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos, por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron no se encontrarán, sino ocasionalmente, por ninguna parte.

Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron. Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre. La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras. El aborígen fue sustituído por inmigrantes. ëstos eran hechos enormes, objetivos, claros. La inteligencia americana nada vió, nada oyó, nada supo. Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego op disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas. El hecho americano pasaba ignorado para todos. No tenía relatores, menos aún podía te´er intérpretes y todavía menos conductores instruídos en los problemas que debían encarar.

Sin un contenido vital, las palabras que en Europa determinan una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición. El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos, que no habían nacidop en nuestro suelo y dentro e los cuales nuestro medio no calzaba, ni por aptitudes, ni por posibilidades, ni por voluntad. La deliberación de las conveniencias prácticas fue reemplazada por antagonismos tan sin sentido que más parían antagonismos religiosos que políticos o intelectuales. En esas luchas personales o absurdamente doctrinarias se disipó la energía más viva y pura que hubiera podido animar a estasnacientes sociedades.

Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida. No percibieron siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libretad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas? Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industrias locales.

América no estaba aislada. Fuerzas terriblemente pujantes, astutas y codiciosas nos rodeaban. Ellas sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar, simultáneamente. El imperialismo económico encontró aquí campo franco. Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal. Todo lo que nos rodea es falso o irreal. Es falsa la historia que nos enseñaron. Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron. Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen. Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de alguna de esas falsías.

Volver a la realidad es el imperativo inexcusable. Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos. Bajo espejismos tentadores y frases que acarician nuestra vanidad para adormecernos, se oculta la penosa realidad americana. Ella es a veces dolorosa, pero es el único cimiento incorruptible en que pueden fundarse pensamientos sólidos y esperanzas capaces de resistir a las más enervantes tentaciones. Desgraciadamente, es difícil aprehender con seguridad a nuestro país. Hay que darlo por presente en las meras palabras que lo denominan o en los símbolos que lo alegorizan. O ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y lo corrompido esa materia finísima, impalpable casi e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad.

Todo lo material, todo lo venal, transmisible o reproductivo es extranjero o está sometido a la hegemonía financiera extranjera. Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas. Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario. Extranjero es una gran parte del capital hipotecario y extranjeros son en increíble proporción los accionistas de las sociedades anónimas.

Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo.

Rechazamos ese optimismo como una complicidad más, tramada en contra del país. El disimulo de los males que nos asuelan es una puerta de escape que se abre a una vía que termina en la prevariación, porque ese optimismo falaz oculta un descreimiento que es criminal en los hombres dirigentes: el descreimiento en las reservas intelectuales, morales y espirituales del pueblo argentino.

No es un impulso moral el que anima estas palabras. Es un impulso político. Cuando los Estados Unidos de Norte América se erigieron en nación independiente, Inglaterra, vencida, parecía hundirse en la categoría oscura de una nación de segundo orden, y fue la energía ejemplar de William Pitt la salvadora de su prestigio y de su temple. Decía Pitt: "Examinemos lo que aún nos queda con un coraje viril y resoluto. Los quebrantos de los individuos y de los reinos quedan reparados en más de la mitad cuando se los enfrenta abiertamnete y se los estudia con decidida verdad". Ésa es la norma de este libro.

jueves, 20 de mayo de 2010

La República de Otaria

Raúl Scalabrini Ortiz

Supongamos que en la vasta extensión del Océano Atlántico, entre Sud África y el Río de la Plata, existe una comarca aún desconocida. Es un país fértil cuyas tierras arables suman casi treinta millones de hectáreas. Tiene una población de 20 millones de habitantes. Se denomina en el planisferio del imaginario Mercator, República de Otaria. Sus habitantes responden, pues, a la designación genérica de otarios, lo cual resulta simbólico, porque si bien la palabra otario no figura en el diccionario de la Real Academia, en el lenguaje vernáculo tiene una acepción precisa: otario es el que cambia una cosa real y cotizable por algo sin valor: una palabra, un concepto, una ilusión, un halago interesado; el que cambia, por ejemplo, un jugoso bife por un elogio a su generosidad y a su espíritu democrático. El cuervo era un otario. El zorro, un vivo.

Otaria produce más de lo que necesita para vivir. Cada otario consume anualmente 100 kilos de carne, 200 kilos de trigo, 100 litros de leche y 100 kilos de maíz que en parte se transforma en huevos y en carne de ave. El exceso de producción lo trueca por combustible. No nos ocuparemos de este comercio y daremos por sentado que sus valores se equivalen. Los otarios necesitan emprender algunas obras públicas para abrir horizontes a la vida larval en que viven. Sus economistas los han convencido de que deben recurrir al capital extranjero, porque Otaria está huérfana de ellos. Nosotros nos disponemos a cumplir esa misión civilizadora. Para ello es indispensable que efectuemos una pequeña revolución y asumamos el poder. Nunca faltarán otros otarios dispuestos a servir a altos ideales que simbolizamos nosotros y las grandes empresas que nos aprontamos a ejecutar.

La unidad monetaria de aquel simpático país es el otarino. Tiene el mismo valor legal de un peso argentino y se cotiza a la par. Los alimentos y la materia prima de Otaria valen exactamente lo mismo que sus similares argentinos. Para simplificación del ejemplo y de la interpretación usaremos cifras globales. La técnica no se altera por centavo de más o de menos. Quizás nos convenga abrir una institución de crédito en Otaria. Quizás no la necesitemos. Los instrumentos del crédito internacional pueden suplir perfectamente la ausencia de un banco local. Si queremos abrir un banco, nos muñimos de una carta de crédito en que el Banco Central de la República Argentina afirme que tiene depositada a nuestra disposición una suma dada, cien millones, por ejemplo, en oro o moneda convertible, o que se responsabiliza de ellos. Eso basta. La carta de crédito del Banco Central de la República Argentina es palabra sagrada en la República de Otaria.

Por otra parte, una carta de crédito –digamos una carta de presentación– fue todo el capital inicial que invirtieron en este país los más poderosos bancos extranjeros: el Banco de Londres y América del Sud, el ex Banco Anglo Sudamericano, El First National Bank of Boston y el National City Bank of New York. Nos preocuparemos, eso si, de que la memoria del Banco Central de Otaria diga algo semejante a lo que el Banco Central de la Argentina afirmó en su memoria de 1938, la conveniencia de “transformar las divisas en oro y dejar ese oro depositado en custodia en los grandes centros del exterior ... no sólo por la economía que significa no mover físicamente el metal, sino principalmente por facilitarse de este modo su pronta y libre disposición con el mínimo de repercusiones sicológicas”. Este argumento, que fue convincente para nosotros, puede ser aceptado por los otarios, a quienes nos complacemos en imaginar tan confiados, liberales y democráticos ciudadanos como nosotros. En los Estados Unidos la operación no hubiera podido efectuarse, porque aquellos cow boys son tan desconfiados que hasta 1914 no permitieron el establecimiento de ningún banco extranjero, y, para impedir filtraciones subrepticias, ni siquiera permitían que sus propios bancos tuvieran agencias en el exterior. Con posterioridad, accedieron al establecimiento de sucursales de bancos extranjeros, los que no podían prestar nada más que un dólar más que el capital que genuinamente habían importado desde el exterior. Pero en Otaria son tan liberales como nosotros.

Ya estamos instalados en Otaria y disponemos de un capital virtual –como son todos los capitales– de cien millones de pesos argentinos que respaldan nuestra responsabilidad sin necesidad de salir de esta república. En Otaria vive habitualmente un técnico de gran reputación, el doctor Postbisch, cuyos servicios profesionales nos hemos asegurado con la debida anticipación y cuya consecuencia y lealtad hacia nosotros se acrecienta en la medida en que nos sirve. El doctor Postbisch, tras un breve estudio de una semana, descubre que los otarios estaban viviendo sobre un volcán. Sin darse cuenta atravesaban “la crisis más aguda de su historia”. Los otarios no se habían percatado de ello, primero, porque los otarios estaban muy ocupados en crearse una industria que abriera los cerrados horizontes de la monocultura; segundo, porque habían pagado sus deudas y no debían nada a nadie, con excepción de algunos pequeños saldos comerciales; tercero, porque vivían aceptablemente bien, y cuarto, porque en realidad se trataba de “una crisis oculta” que necesitaba la pericia clínica de Postbisch para ser diagnosticada. Para equilibrar el presupuesto nacional –que se desequilibrará más que nunca, para nivelar la balanza de pagos con el exterior, que daba superávit y dará déficit en adelante– el doctor Postbisch, dotado de poderes ejecutivos tan extraordinarios que envidiaría el mismo Superhombre de las historietas infantiles, decide desvalorizar la moneda de Otaria a la tercera parte de su valor. El otarino, que valía un peso moneda nacional, desciende hasta no valer nada más que treinta y tres centavos de los nuestros.

El doctor Postbisch designa a esa operación “corrimiento de los tipos de cambio”. Nuestro capital de cien millones, que permanecía en expectativa en su moneda originaria, se triplica si se lo calcula en otarinos. Los productos de Otaria siguen, como es lógico, cotizándose en otarinos y el alza que el doctor Postbisch les acuerda es tan pequeña que desdeñaremos considerarla, porque de todas formas no varía los resultados en su conjunto. Postbisch, cuya facundia es asombrosa, ha convencido a los otarios de que tanto la desvalorización de su moneda como la estabilización de los precios son indispensables para escapar del vórtice de la espiral inflacionista y que esas medidas deben ser complementadas con la inmovilización de los salarios y de los sueldos. En Otaria, pues, todo queda como antes de la desvalorización, Pero el genio creador de Postbisch se revelará en todo su poder en la multiplicación de nuestro capital. Jesucristo multiplicó los panes. Postbisch multiplicó el dinero extranjero con que se adquieren los panes. Vamos a usar la nueva capacidad adquisitiva de nuestros capitales. Utilizaremos un solo peso, por si acaso nos equivocamos. Ni siquiera en los ejemplos deben arriesgarse los capitales que se confían a nuestra custodia.

En Otaria con un peso argentino se compraba un kilo de carne, que en el mercado interno de Otaria valía un otarino. La desvalorización de la moneda de Otaria, por recomendación de Postbisch, no ha alterado los precios internos. Con un peso argentino virtual se adquieren tres kilos de carne. Si exporto a la República Argentina un kilo de carne, como allí sigue valiendo un peso moneda nacional, con ese kilo de carne saldo la deuda que había contraído en mi país con la apertura del crédito. Me quedan dos kilos de carne que vendo en la misma República de Otaria a un otarino cada uno. Y de esta manera, el capital virtual que había movilizado en el papel se transforma en un fondo real de doscientos millones de otarinos, con el que podemos iniciar la ejecución de grandes obras que son indispensables para la vida de esa república, pero que los otarios no hubieran podido emprender nunca por falta de capitales. La ración diaria de los otarios habrá descendido en un tercio.

lunes, 29 de marzo de 2010

Los medios de comunicación


por Raúl Scalabrini Ortiz


En un país empobrecido, los grandes diarios son órganos de dominio colonialista. El periodismo es quizás la mas eficaz de las armas modernas que las naciones eventualmente poderosas han utilizado para dominar pacíficamente hasta la intimidad del cuerpo nacional y sofocar casi en germen los balbuceos de todo conato de oposición. Su acción es casi in denunciable porque fundamentalmente opera, no a través de sus opiniones sino mediante el diestro empleo de la información que por su misma índole no puede proporcionar una visión integral y so1o transfiere aquella parte de la realidad que conviene a los intereses que representa. En su extraordinariamente documentado libro América conquers Britain (América conquista Inglaterra), Ludwell Benny nos relata la lucha silenciosa, públicamente disimulada, invisible para los pueblos, pero no por eso menos encarnizada y decidida, en que se trenzaron EE. UU. y Gran Bretaña durante el decenio 1920-1930 para conquistar mercados, el uno; y para evitar ser desplazada la otra.

Uno de los capítulos del libro esta dedicado a detallar aspectos desconocidos y a veces de carácter reservado de los procedimientos puestos en juego para lograr el predominio de; la información periodística en China. La técnica utilizada no se caracteriza por su corrección y quizás tampoco por su moralidad, pero no, eran esos valores el objetivo por los cuales pugnaban ni los británicos; ni los norteamericanos. La documentación de Ludwell Denny, es aparentemente imparcial y muy completa pues tenia todos los documentos a mano, en su carácter de Jefe de prensa del Departamento de Estado.

El pueblo chino no tuvo nunca conocimiento de esa lucha que se desarrollaba para decidir quien iba a ser el informante. Las acciones rivales aparecen como actos individuales, independientes los unos de los otros. La voluntad y la inteligencia central, que los dirigen en ambos bandos permanecen absoluta y totalmente ignorados por el pueblo chino.

Los grandes diarios cambian de propietario sin que la operación trascienda al público. Se establecen agencias informativas que compiten y desalojan con la modicidad y amplitud de sus servicios a las agencias locales y a las establecidas con anterioridad. Los directores y redactores de los periódicos influyentes y a veces de segundo orden son sobornados con tan hábil y distinguida urbanidad que el soborno aparece como un mezquino honorario de actividades profesionales. Hasta las transmisiones cablegrafías son monopolizadas. Cuando eso ocurre, el rival instala poderosas estaciones radiotelegráficas desde las cuales propala noticias que pueden ser reproducidas gratuitamente. A primera vista, sorprende la tenacidad y la amplitud de los medios puestos en juego para obtener el predominio en la información periodística china. Pero a poco de pensarlo se comprende que esa información es el único lazo que une el cuerpo nacional chino con el resto del mundo, es el equivalente nacional de sus ojos, de sus oídos, de su tacto.

El pueblo chino se enterara de los hechos mundiales que a las agencias les interese difundir. Esos conocimientos serán sus puntos de referencia para medirse a si mismo, para fundamentar sus pretensiones o para consolarse de sus desventuras. Si el pueblo chino cree que el resto del mundo come tan poco como el, nadie se quejara, si cree que el resto del mundo paga por el petróleo el mismo precio que el paga, no protestara. Si cree que para su arroz no se obtiene mas precio que el que el logra, no discutirá. Si cree que para progresar necesita recibir al capital extranjero, nadie podrá validamente oponerse a que recurra.

En una palabra, desposeído de sus medios colectivos de información, el pueblo chino queda a merced de sus infamantes extranjeros que poco a poco, insensiblemente, influirán hasta en sus sentimientos nacionales, en la jerarquía de sus apreciaciones y en la calidad e intensidad de sus gustos y apetencias.

jueves, 4 de febrero de 2010

Cinco principios de cooperación colectiva


por Raúl Scalabrini Ortiz


Primero: Principio del hombre colectivo, porque la voluntad del número, que es como el apellido de la colectividad, debe tener primacía sobre lo individual. Ni la riqueza ni el ingenio ni la sabiduría tienen derecho a acallar o burlar la grande voz de la necesidad de cada conjunto colectivo, que es la voz que más se aproxima a la voluntad de destino.


Segundo: Principio de la comprensión del hombre, para que esta unidad compleja esté siempre presente con sus necesidades biológicas, morales, intelectuales y espirituales y no se sacrifique jamás la realidad humana a una norma abstracta o un esquema desprovisto de vida.


Tercero: Principio de protección al más débil, para que se elimine la ley de la selva y se establezca una verdadera posibilidad de igualdad. Todo lo que no se legisla, se legisla implícitamente a favor del fuerte. La igualdad teórica es una desigualdad práctica a favor del poderoso.


Cuarto: Principio de la comunidad de la riqueza natural, porque la propiedad es una delegación de la fuerza de la organización colectiva que la hizo posible y la mantiene.


Quinto: Principio de la utilidad colectiva del provecho, para que nadie tenga derecho a obtener beneficios de actividades perjudiciales o inútiles para la sociedad y por tanto toda ganancia o lucro del ingenio ajeno o de la retención infructuosa de un bien, debe ser considerados nulos e ilícitos en la parte que no provienen del trabajo o del ingenio propio.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Fragmentos



Por Raúl Scalabrini Ortiz


Unir sobre lo fundamental

Unir sobre lo fundamental es tarea americana y de legítima reivindicación, así como desunir por futilezas o por doctrinas ajenas a la conveniencia americana es tarea de interés europeo y de sus cómplices. Para unir es preciso comprender. Para comprender hay que conocer. Enseñar la comunidad de los intereses es practicar el sentimiento fundamental de América, inmensa fraternidad sin hermanos.


No reza con los de aquí

La Nación es una sociedad de grado superior eminente, que debe ejercer sus derechos con una independencia total en el dominio que es suyo. Y el Estado, que asume y resume la representación de la nación, tiene el irrecusable deber d impedir las acciones de agresivo nacionalismo extranjero que amenazan a sus miembros, y considerar, por su parte, que de ninguna manera, y desde ningún ángulo, puede calificarse de nacionalismo excesivo a la voluntad de defender a nuestra industria, mantener el salario de nuestros obreros y su plena ocupación, querer continuar manejando nuestra propia moneda y la distribución del crédito, proponemos proseguir poseyendo los medios de transporte que son nuestros, e intentar, sin perjuicio para nadie, la diversificación de la vida colectiva individual.


La política tradicional argentina

Cuando las civilizaciones llegan a un grado de complejidad insuperable para la mente, son los pueblos sencillos los encargados de rehumanizar las doctrinas morales.


La batalla de la soberanía

De un lado está el pueblo de la nación. Del otro los agentes extranjeros, y algunos núcleos de mercenarios y ciertos engañados por las banderas que los extranjeros nos hurtaron, como las palabras libertad y democracia cuando no están henchidas de sentido popular, es como embriagarse bebiendo en un vaso vacío.