viernes, 12 de octubre de 2012
Manifiesto al pueblo
El pueblo mexicano ha sido constantemente engañado por sus gobernantes, y lo que es peor, por hombres que llamándose sus caudillos, han sido los primeros en traicionarlo, una vez conseguida la victoria. Unos y otros le han impuesto enormes sacrificios y han tenido que contraer onerosos e indignos compromisos con los potentados de la República o del extranjero, para hacer frente a la necesidad de adquirir cantidades fabulosas de dinero, armas y toda clase de elementos de guerra, con ayuda de los cuales han pretendido contener, aunque en vano, el empuje arrollador de las multitudes, ansiosas de tierra, de libertad y de justicia.
La revolución del sur, siempre pura y altiva, jamás ha ido a humillarse ante un gobierno extranjero, para solicitar como un mendigo, armamento, parque o recursos pecuniarios, y sin embargo, teniendo que luchar con un enemigo dotado de poderosos elementos, debido al favor de los extraños, ha conseguido arrebatarle palmo a palmo, y en lucha desigual, una vasta zona del territorio de la República.
Nuestras tropas dominan hoy, merced al heroico e incontenible esfuerzo de los hijos del pueblo, en los Estados de Morelos, Guerrero, Puebla, Veracruz, México, Querétaro, Guanajuato y Michoacán, en todos los cuales el enemigo sólo es dueño, en posesión precaria, de las capitales y de las vías férreas; excepción hecha de los Estados de Morelos y Guerrero, de donde el enemigo ha sido desalojado totalmente.
Las derrotas y los reveses se suceden contra el carrancismo uno y otro día, en el norte, tanto como en el centro y en el sur; las defecciones de los suyos son cada vez más numerosas y más significativas; la desbandada ha empezado y adquiere a cada momento mayores proporciones, grandes partidas y cuerpos enteros desertan o se rinden a nuestras fuerzas, o pasan a incorporarse en las filas de nuestros hermanos, los bravos luchadores del norte.
Sumando todos estos síntomas al absoluto desprestigio de la odiada facción, indican que el organismo carrancista ha entrado en plena descomposición y que su agonía se acerca a toda prisa.
Es por lo mismo, un deber para el Ejército Libertador, formular ante el país, franca y solemnemente, el programa de acción que se propone desarrollar una vez obtenido el triunfo.
Afortunadamente, los errores y los fracasos del carrancismo, bien visibles por cierto, nos marcan con toda precisión el camino, y ahorrarán a la nación el espectáculo de nuevos y formidables desaciertos.
Fresco todavía en nuestra memoria, el recuerdo de cómo se inició la catástrofe financiera del carrancismo, nosotros no incurriremos por ningún motivo en la infamia de explotar miserablemente a ricos y pobres, declarando de circulación forzosa determinado papel moneda, para en seguida desconocerlo sin el menor respeto para la palabra empeñada y los compromisos contraídos.
La cuestión del papel moneda es problema resuelto ya por la experiencia de los siglos. Su emisión produjo en época pasada una tremenda bancarrota en Inglaterra, la provocó aún mayor en la República francesa, durante la Gran Revolución, e idéntico desastre originó no hace muchos años, cuando los Estados Unidos y la Argentina intentaron la misma aventura, para hacer frente a dificultades económicas análogas a las nuestras.
Sabemos también que mientras persista la actual organización económica social del mundo, es un absurdo atentar contra la libertad del comercio, como lo ha hecho en forma brutal el carrancismo, reduciendo a prisión y sacando a la vergüenza pública a pacíficos comerciantes que se defendían contra las medidas gubernativas. No hemos de ser nosotros, ciertamente, los que cometamos la torpeza de agravar con esos procedimientos, la carestía de todos los artículos y la miseria para las clases populares, siempre más castigadas que la gente pudiente, en las épocas de las grandes crisis.
El carrancismo ha implantado el terror como régimen de gobierno, y desplegado a los cuatro vientos, el odioso estandarte de la intransigencia contra todos y para todo. Nuestra conducta será muy distinta: comprendemos que el pueblo está ya cansado de horripilantes escenas de odio y de venganza, no quiere ya sangre inútilmente derramada, ni sacrificios exigidos a los pueblos por el sólo deseo de dañar, o simplemente para satisfacer insaciables apetitos de rapiña.
La nación exige un gobierno reposado y sereno, que dé garantías a todos y no excluya a ningún elemento sano, capaz de prestar servicios a la revolución y a la sociedad. Por lo tanto, en nuestras filas daremos cabida a todos los que de buena fe pretendan laborar con nosotros, y a este fin, el Cuartel General a mi cargo, ha expedido ya una amplia Ley de Amnistía, para que a ella se acojan los engañados por las patrañas del Primer Jefe, y en general los hombres que por inconsciencia o por error hayan prestado su concurso para sostener la presente disctadura, que a todos ha mentido y no ha logrado satisfacer las aspiraciones de nadie. Díganlo, si no, la renuncia de Cándido Aguilar y la separación o el alejamiento de tantos otros jefes que sucesivamente han ido abandonando el carrancismo, para dedicarse a la vida privada o lanzarse a la revolución.
Nuestra obra será, pues, ante todo, una labor de unificación y de concordia. Seremos intransigentes y radicales, solamente en lo que atañe a la cuestión de principios; pero fuera de allí, nuestro espíritu estará abierto a todas las simpatías, y nuestra voluntad pronta a aceptar todas las colaboraciones, si son honradas y se muestran sinceras.
Unir a los mexicanos por medio de una política generosa y amplia, que de garantías al campesino y al obrero, lo mismo que al comerciante, al industrial y al hombre de negocios; otorgar facilidades a todos los que quieran mejorar su porvenir y abrir horizontes más vastos a su inteligencia y a sus actividades; proporcionar trabajo a los que hoy carecen de él; fomentar el establecimiento de industrias nuevas, de grandes centros de producción, de poderosas manufacturas que emancipen al país de la dominación económica del extranjero; llamar a todos a la libre explotación de la tierra y de nuestras riquezas naturales; alejar la miseria de los hogares y procurar el mejoramiento intelectual de los trabajadores creándoles más altas aspiraciones, tales son los propósitos que nos animan en esta nueva etapa que ha de conducirnos, seguramente, a la realización de nobles ideales, sostenidos sin desmayar durante seis años, a costa de los mayores sacrificios.
La nación lo sabe perfectamente. Nuestra lucha es únicamente contra los latifundistas, esos despiadados explotadores del trabajo humano, que han impedido a la raza indígena salir de su letargo, y han provocado sistemáticamente la carestía de las cosechas, la miseria periódica y el hambre endémica en nuestro país, cuyo suelo debiera alimentar pródigamente a sus hijos y que hasta aquí sólo ha podido sostener a una endeble nación de famélicos.
Cumplir el Plan de Ayala es nuestro único y gran compromiso, allí radicará toda nuestra intransigencia. En todo lo demás nuestra política será de tolerancia y atracción, de concordia y de respeto para todas las libertades.
Como tantas veces lo hemos dicho y no cesaremos de repetirlo, la revolución la ha hecho el pueblo, no para ayudar a los ambiciosos ni para satisfacer determinados intereses políticos, sino por estar ya cansado de una situación sostenida por todos los gobiernos durante siglos, y en la que se le negaba hasta el derecho de vivir, hasta el derecho de poseer el más mínimo pedazo de tierra que pudiera proporcionarle el sustento, con lo que se le condenaba, de hecho, a ser un esclavo en su propia patria, o un miserable pordiosero en la misma sociedad que lo viera nacer.
Por esta necesidad de vivir como hombre libre, por ese imperioso derecho de poseer una tierra que sea suya, ha luchado y luchará hasta el fin el pueblo mexicano.
Los que hasta aquí han estorbado su triunfo han sido y son los caudillos ambiciosos que, diciéndose directores de la revolución, la han hecho fracasar momentáneamente y han provocado la prolongación de la lucha, al negarse a dar al pueblo lo que pide y lo que tendrá, a pesar de todas las intrigas y de todas las miserias de la política.
Firmes, pues, en nuestro propósito de hacer triunfar la causa de la justicia y deseosos de que todos vean la honradez y la seriedad con que la revolución procede, cuidemos en esta vez, con mayor empeño que las anteriores, de otorgar amplias y cumplidas garantías a la población pacífica, cuyos intereses, personas y familias serán escrupulosamente respetados. Nuestro mayor orgullo consistirá en aventajar a nuestros enemigos en cultura, en dar ejemplo a todas las facciones y en ser los primeros en inaugurar una era de completo orden, de positiva libertad y de amplia y verdadera justicia.
Reforma, Libertad, Justicia y Ley
Cuartel General de la Revolución
Tlaltizapán, Morelos, 20 de abril de 1917
El General en Jefe, Emiliano Zapata
lunes, 8 de octubre de 2012
EL DESTINO DE UN CONTINENTE (11)
por Manuel Ugarte
CAPÍTULO
X
ANTE LA VICTORIA ANGLOSAJONA
EVOLUCIÓN DEL HISPANOAMERICANISMO. - LA SITUACIÓN DE EUROPA.
- LA PRIMACÍA MUNDIAL
DE LOS ESTADOS UNIDOS. - FRACASO DEL PANAMERICANISMO. -HACIA EL PORVENIR.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Justificación de una tarea
por Leopoldo Zea
1. Críticas
a la búsqueda de una filosofía americana
Numerosos estudiosos de la filosofía en esta América,
al hacer un balance sobre las orientaciones que ésta sigue en nuestros países,
han realizado acerba crítica a quienes orientan sus investigaciones por el
camino de la historia de las ideas o de las posibilidades de una filosofía
americana. En este balance se ha presentado una corriente como si se orientase
hacia lo que llaman el camino de la universalidad, mientras otra es presentada
como si sólo se preocupase, con abandono de la tradición, por tareas de tipo
limitado, por ende, poco filosóficas.
Una corriente aparece como fiel seguidora de la gran
tradición filosófica occidental, persiguiendo fielmente la solución de los
problemas que de acuerdo con esta filosofía forman la temática de lo que se
considera auténtica filosofía. La otra, por el contrario, parece sólo
preocuparse por temas que más bien pertenecen a la historia, la sociología o la
psicología. La primera, como se ha dicho, es calificada de universalista, la
segunda de historicista. Los estudiosos de la filosofía en México son
colocados, al menos provisionalmente, dentro del grupo que se orienta por la
segunda corriente. Su historicismo, patente en varias obras y publicaciones de
carácter filosófico, es visto como una peligrosa desviación del camino que, se
considera, conduce a un auténtico filosofar.
Sin embargo, aunque no creo sea necesario esta
aclaración no está de más hacerla: no todos los estudiosos de la filosofía en
México siguen la corriente indicada. Todo lo contrario, son uchos, quizá los
más, los que están preocupados por seguir las corrientes de lo que se ha
llamado el universalismo filosófico. Entre nosotros hay estudiosos que siguen
al tomismo, la filosofía de los valores, la filosofía crítica, la fenomenología,
etcétera. También los mexicanos han discutido apasionadamente en torno a estas
dos actitudes que se pueden tomar en filosofía. Pero, hay que agregar algo más,
que la preocupación en torno a los problemas de una posible filosofía americana
y la realización de una historia de nuestras ideas, es algo que se encuentra
también en pensadores y estudiosos de otros países de nuestra América. La
bibliografía sobre estos temas, como lo podrá comprobar un lector atento, crece
día a día.
La filosofía, se dice a modo de crítica, es algo
universal y eterno; no se la puede someter a determinaciones geográficas y
temporales. De acuerdo, el que esto escribe ha dicho en otra ocasión:
"Esta tarea de tipo universal y no simplemente americano, tendrá que ser el
supremo afán de esta nuestra posible filosofía. Esta nuestra filosofía no
deberá limitarse a los problemas propiamente americanos, a los de su
circunstancia, sino a los de esta circunstancia más amplia, en la cual estamos
insertos como hombres que somos, la llamada humanidad. No basta querer alcanzar
una verdad americana, es menester, además, tratar de alcanzar una verdad válida
para todos los hombres, aunque de hecho no pueda lograrse. No hay que
considerar lo americano como un fin en sí, sino, por el contrario, como un
límite y punto de partida para un fin más amplio. De aquí la razón por la cual
todo intento de hacer filosofía americana, con sólo la pretensión de que sea
americana, tendrá que fracasar. Hay que intentar hacer pura y simplemente
filosofía, que lo americano se dará por añadidura".
2. ¿Hacemos
auténtica filosofía?
Ahora bien, lo primero que debemos preguntarnos es si
hasta ahora hemos hecho auténtica filosofía, filosofía sin más. Esto es, si los
problemas que nos planteamos o nos hemos planteado dentro de ese terreno que
llamamos la universalidad son auténticos problemas, aporías, "callejones
sin salida", a los cuales hemos tratado de dar una solución. ¿Sentimos los
problemas que nos planteamos como los filósofos clásicos han sentido los suyos?
¿Al plantearnos un problema nos jugamos, en la solución de éste, todo nuestro
ser, tal como se lo han jugado todos los filósofos en sus soluciones? ¿Sentimos
la filosofía, el afán de saber, en nuestra alma, en nuestra carne? O, en otras
palabras, ¿los problemas de nuestro filosofar son nuestros, en la medida en que
lo han sido para cada uno de los grandes maestros de la filosofía?
Los grandes filósofos, nos enseña la historia de la
filosofía, se han puesto simplemente a filosofar, sin más. Esto es, se han puesto
a resolver una serie de problemas que su circunstancia les reclamaba. Las
soluciones que ofrecieron fueron filosóficas, como lo fueron los problemas, por
su afán de dar a éstos soluciones de validez permanente. Para los filósofos
nunca fue un problema la originalidad de estas soluciones. Filosofaban pura y
simplemente. Nunca un filósofo griego habló de una filosofía griega, ni un
francés de una filosofía francesa, ni un alemán de una filosofía alemana. Su
filosofar trascendía todas estas limitaciones espaciales y temporales. Lo
griego, lo francés y lo alemán de su filosofía les fue dado por añadidura, sin
que lo hubiesen pretendido, se les dio a pesar suyo. Más que lo griego, lo
francés y lo alemán se les dio lo humano con todo lo que esto significa. ¿Por
qué entonces los americanos hablamos sobre la posibilidad y aun la necesidad de
una filosofía que podamos considerar como propia?
La necesidad de esta filosofía ha venido a ser la
natural consecuencia de nuestra actitud anterior, siguiendo ese camino que
hemos llamado de la universalidad. Más que filosofar nos ha preocupado
coincidir, aunque fuese por la vía de la imitación, con lo que llamamos
filosofía universal. No hemos filosofado con auténtica pureza. No hemos hecho
filosofía sin más. Nos preocupaba la filosofía como oficio y no el filosofar
como tarea. Para nosotros filosofar equivalía a reflexionar sobre lo
reflexionado por otros, o encuadrar nuestro pensamiento a los sistemas con los
cuales nos encontrábamos. Más que filósofos hemos sido expositores de sistemas
que no habían surgido frente a nuestras necesidades. Nos hemos conformado con
ser buenos profesores de filosofía. Los problemas de la filosofía han sido
nuestros en la misma forma que lo pueden ser los problemas que plantean el
teatro y el cinematógrafo (en la pantalla). Nos interesan, pero no podemos
siempre sentirlos como propios. Sólo nos interesan porque sabemos que eso es
filosofía. En cuanto un problema aparece fuera del cuadro de lo que estamos
acostumbrados a llamar filosofía, lo desechamos considerándolo como no
filosófico. No filosofamos, únicamente nos preocupamos por repetir eso que
llamamos filosofía. La filosofía se nos convierte en letra muerta, en forma sin
sentido. Nos hacemos reflejo de ajena vida, como ya nos criticara alguna vez
Hegel.
Mientras el auténtico filósofo nunca se ha preocupado
por hacer filosofía, sino por filosofar, nosotros nos preocupamos especialmente
porque esta actividad nuestra pueda llevar el nombre de Filosofía. Nuestras
discusiones no han girado tanto en torno al problema de si estamos o no en el
camino de la verdad, sino en torno al problema de si somos o no filósofos. Si
nuestro oponente en la discusión no acepta los postulados del sistema que hemos
adoptado, lo acusamos en el acto, no de que se encuentra en un error sino de
que no es un filósofo. ¡Como si a los auténticos filósofos les hubiese
importado alguna vez ser o no llamados filósofos! Pero que alguien nos pregunte
qué es filosofía, para que de acuerdo con lo que sea podamos distinguir al verdadero
filósofo del que no lo es, entonces vienen los apuros, porque la filosofía se
nos presenta como siendo de diferentes maneras, ninguna de las cuales nos es
propia, salvo que nos sumemos a uno de sus establecidos puntos de vista.
3. Filosofar
es hacer auténtica filosofía
Si queremos hacer filosofía, lo primero que tenemos
que hacer es filosofar. Filosofar sin más, sin preocuparnos porque esta
actividad nuestra sea o no reconocida como filosofía. No debemos empeñarnos
tanto en hacer filosofía como en filosofar. Esto es, debemos empeñarnos en dar
solución a nuestros problemas en forma semejante a como los filósofos clásicos
se han empeñado en dar solución a los problemas que su mundo les fue
planteando. Se plantearon problemas que les eran propios, sin que este serles
propio fuese para ellos una limitación para que aspirasen a dar a sus
soluciones un alcance universal y eterno. Ahora este afán, han reconocido los
mismos filósofos, es un afán inútil, sin que lo sean, por lo mismo, las
soluciones para que fueron hechas. No debemos, por esto, preocuparnos mucho por
la universalidad o limitación de nuestras soluciones, como tampoco por su
eternidad o temporalidad. Simplemente debemos preocuparnos porque nuestras
soluciones sean auténticas soluciones. Soluciones para el hombre de carne y
hueso que la solicita desesperadamente. Aspirar, siempre, a que nuestras
soluciones lo sean de una vez y para siempre, pero conscientes de que esta
aspiración, o pasión nuestra, es y será siempre una pasión inútil.
Así, hablar sobre las posibilidades de una filosofía
americana no tiene ni puede tener otro sentido que el de hablar sobre la
necesidad de que nosotros los americanos hagamos auténtica filosofía. Esto es,
sobre la necesidad de que filosofemos en forma semejante a la forma como lo han
hecho los auténticos filósofos. Sobre la necesidad de que nos planteemos
auténticos problemas para dejar de ser eco y reflejo de ajenas vidas, tal como
nos reprochaba Hegel. Los problemas deben ser nuestros, no sólo en la medida en
que se nos dan como americanos, sino en la medida más universal en que se nos
dan como hombres. Para un europeo no tiene sentido plantearse el problema sobre
una filosofía europea, ya que éste hace filosofía sin más, aspirando en cada
caso a encontrar lo universal. Para un americano sí tiene sentido plantearse
este problema porque no ha hecho auténtica filosofía. Los problemas que hasta
ahora se ha planteado, lo han sido en un sentido profesional, académico, le
preocupan simplemente porque han sido planteados por la filosofía europea.
Partiendo de este punto de vista nuestra filosofía, si así vamos a llamarla,
aparece como un mal reflejo de la europea. Y no es que se niegue la posibilidad
de que los problemas y soluciones de esta filosofía no puedan también serlo nuestros;
de lo que se trata es de no ser racionalista, simplemente, porque está de moda
el racionalismo; ni de sentirnos angustiados simplemente porque sea una moda el
existencialismo. Si hemos de ser racionalistas o existencialistas ha de ser
porque estas posturas resuelven o nos dan los elementos de una posible solución
de nuestros problemas.
4.
Menosprecio de lo propio
"Si Bello hubiera sido escocés o francés —dice
José Gaos—, su nombre figuraría en las historias de la filosofía universal como
uno más en pie de igualdad con los de Dugald Stewart y Brown, Roger Collard y
Jouffoy, si es que no con los de Reid y Cousin. "Lo que se dice de Andrés
Bello podría también decirse de todos los clásicos de nuestro pensamiento.
Analizando con cuidado la obra de éstos se podrá encontrar, sin mucha
dificultad, un gran porcentaje de originalidad en la única forma que se puede
ser original, en la forma como se enfocan determinados problemas. Forma que
tiene su origen en la situación propia del autor que realiza el enfoque. Sin
embargo, poco o nada es lo que nos interesa este pensamiento. Antes de que nos
tomemos la molestia de conocerlo ya damos por supuesto que se trata de una
"mala copia" de lo realizado por la filosofía europea. ¿Para qué leer
a Andrés Bello si podemos leer a Cousin? ¿Para qué leer a Gabino Barreda o a
José Victorino Lastarria si podemos leer a Augusto Comte? ¿Para qué leer a
Antonio Caso si podemos leer a Bergson? Y si acaso leemos a estos pensadores
americanos, siempre tenderemos a encontrar que su pensamiento se halla muy
lejos de parecerse a sus modelos o a lo que suponemos sus modelos. Este hecho
no viene a ser sino una prueba más de lo que consideramos nuestra incapacidad
como americanos para pensar en forma semejante a los europeos. Lo que está ante
nuestros ojos no son sino "malas copias" de Cousin, Comte y Bergson.
Con esta actitud no hacemos sino reflejar nuestra situación como pueblos dentro
del concurso de naciones, nuestra situación de pueblos coloniales.
Mientras Europa valora y revalora la obra de sus
pensadores, artistas y hombres de ciencia, la obra de los hombres que dan
realce a su cultura, potenciando esta obra, nosotros los americanos partimos
del prejuicio de que todo lo hecho por los nuestros en los mismos campos sólo
es una mala imitación de lo realizado por los europeos o, lo que puede ser
peor, un conjunto de disparates y absurdos, producto de nuestra calenturienta
mente "tropical". Por ello es menester observar a Europa y dentro de
ella especialmente a Francia. A ésta nada o casi nada escapa, en el campo de la
cultura, a su valorización potencializadora. Allí están sus historias de la
filosofía en donde encontramos, al lado de los grandes genios de la filosofía
universal, a figuras secundarias, incluyendo, muchas veces, a simples expositores.
En esas historias cada uno tiene su puesto, lo mismo el genio creador que el
expositor que explica y hace comprender la obra de este genio. En estas
historias nada falta ni nada sobra. Lo mismo podemos decir de sus historias de
la literatura, la ciencia, etcétera. Todas las figuras allí expuestas tienen un
papel importante en la formación de la cultura del hombre europeo. Todas ellas
le ofrecen la más segura de las bases. Sobre esta base el europeo puede
sentirse seguro y firme. En ella los grandes maestros creadores toman de un
todo indiscriminado el material con el cual continuar su obra creadora. Nunca
se les ha planteado el problema de si una parte de este todo es o puede ser una
mala imitación de otra cosa. Este peligro no existe; en la valorización que
continuamente se realiza, las malas copias no pueden ser potenciadas, de hecho,
no existen.
5.
Revaloración de lo propio
El temor a ser simplemente una sombra o un eco de otra
cultura es sólo propio de pueblos coloniales como los nuestros. Mientras el
europeo ha venido partiendo, hasta ayer, de la segura creencia en la
universalidad de su cultura, nosotros hemos estado partiendo de la no menos
segura creencia de la insuficiencia de la nuestra. Mientras Europa crea y
recrea a sus clásicos nosotros ignoramos a los nuestros. Y los ignoramos porque
partimos del falso supuesto que nos ofrece la comparación de lo nuestro con lo
europeo. Partiendo de este supuesto nos empeñamos en no tener nuestros
clásicos, sino los clásicos que nos ofrece Europa. Nos estamos quejando de las
malas imitaciones que realizan nuestros pensadores porque quisiéramos
"imitaciones perfectas". Nos quejamos, por ejemplo, de que varios de
nuestros pensadores no sean otra cosa que malos imitadores de Cousin, Comte y Bergson.
Y nos quejamos porque los encontramos distintos de sus modelos. O lo que es lo
mismo, nos quejamos de que, a pesar de que se apoyen en estos pensadores
resulten originales. Nos quejamos porque tienen personalidad, porque a pesar de
que siguen a un determinado pensador europeo su obra resulta distinta. Nos
negamos a tener nuestros clásicos porque no son semejantes a los clásicos
europeos. Nos negamos a tener un pensamiento americano porque no es semejante
al europeo. Esto es, no negamos como cultura tratando de ser eco y sombra de
una cultura ajena.
De aquí la ya urgente revalorización o valorización de
nuestro pensamiento, ese pensamiento que se resiste a ser semejante a los que
consideramos sus modelos. Es menester ir a este pensamiento, a nuestros
pensadores, a nuestros clásicos; pero ir con otros ojos distintos a los que
hemos llevado hasta ahora. No hay que ver ya "malas copias" de algo
que, si bien les pudo servir de modelo no tiene por qué ser imitado. Hay que
ver a este pensamiento de nuestros clásicos como algo distinto, diverso, de sus
modelos. Es eso, lo que les hace distintos, acaso contra la voluntad de
nuestros pensadores, lo que ha de formar el acervo de nuestra cultura
filosófica original. En eso está lo que nos es propio, lo nuestro. Si en algo hemos
de imitar a Europa es en su capacidad para sentirse siempre original, fuente de
toda universalidad, aun en aquello que imita, que por este hecho mismo se
universaliza.
De hecho, en todo lo humano la imitación perfecta, aun
la consciente, es imposible. Siempre aparece la perspectiva, el punto de vista
personal, la actitud desde una determinada situación. Esto es algo a que no
escapa obra humana alguna. Señalar este hecho ha sido uno de los más grandes
aciertos de la filosofía europea contemporánea, el historicismo y el
existencialismo. Europa ha sido siempre consciente de su originalidad desde los
orígenes de su cultura y recientemente de los límites de esta originalidad
elevada a universalidad. En cambio nosotros sólo lo hemos sido de nuestros
límites para crear cultura original. Europa ha podido hacer de esta su
originalidad algo universal; nosotros, de nuestras limitaciones sólo hemos
podido abstraer nuestra insuficiencia. Se dan así dos actitudes frente a algo
que nos es común a europeos y americanos, frente algo que nos es propio porque
es humano.
Pensadores nuestros han podido captar ya nuestra
capacidad y predisposición para lo universal, en su más amplio sentido. Tanto
José Vasconcelos como Alfonso Reyes han insistido muchas veces en este hecho.
Vasconcelos en su idea de una "raza
cósmica". Reyes en sus ideas sobre la "inteligencia americana".
América, especialmente Hispanoamérica, arrastrada por un sentimiento de
insuficiencia ha procurado asimilarse diversas corrientes culturales en sus no
menos diversos aspectos. Actitud que le ha llevado o le llevará, aun sin
proponérselo a la formación de una cultura mestiza, que por serlo, representará
una síntesis universal de culturas. Europa, por el contrario, apoyada en ese
sentimiento de seguridad y suficiencia que le da el saberse original, pone, en
muchos casos, cerco a influencias que podrían enriquecerla. Europa da, pero
está poco dispuesta a recibir. "Ante el americano medio —dice Alfonso
Reyes—, el europeo medio aparece siempre encerrado dentro de una muralla china,
e irremediablemente, como un provinciano del espíritu. Mientras no se percaten
de ello y mientras no lo acepten modestamente, los europeos no habrán entendido
a los americanos".
De esta forma se deduce que el universalismo de que
siempre hace gala Europa, no es sino una forma de justificación localista con
exclusión de otras corrientes culturales que no se adaptan al punto de vista
europeo. Este universalismo resulta ser mejor expresado por América. Si
quisiéramos cambiar el signo negativo que hace ver en nuestra actitud simple y
puramente una insuficiencia, podríamos cambiar a esta misma en un signo
positivo. Podríamos decir, que esa insuficiencia que parece caracterizarnos, no
es sino el resultado de la conciencia que tenemos sobre la inmensidad de lo que
es menester asimilar culturalmente para alcanzar una auténtica cultura
universal. Sólo se alcanzaría esta suficiencia si se alcanzase lo universal. En
cambio, la misma, a la manera como la puede tener el europeo corriente, no es
sino una forma de limitación, un saberse perfecto con lo que se tiene
imaginándose que ya se tiene todo; que lo que se tiene es lo universal. El
sentimiento de suficiencia europeo no viene a ser sino el sentimiento que se
puede tener dentro de una muralla perfectamente cerrada; una muralla cuyo
interior no pueda ser alterado por nada exterior. De esta manera lo propio, lo
que está dentro de la muralla, puede ser presentado como lo universal por
excelencia. Se trata de una universalidad bien cerrada y redonda. Sólo pueblos
con moldes hechos pueden ver a otras culturas desde el punto de vista de estos
moldes para rechazar todo lo que no se adapte a sus medidas.
Éstos son, precisamente, los moldes que el americano
se ha empeñado en aplicar a sus propias obras. No ha querido ver a través de
sus propios ojos, sino a través de ojos ajenos, de ojos a los cuales concede
una dimensión universal. Ojos que poseen una extraña universalidad porque en
vez de ampliar recortan, dicen qué es lo universal y qué no es. Son estos
moldes ajenos los que han hecho que sintamos lo propio como una "mala
copia" de un determinado modelo, como algo reducido e insuficiente. Tarea
urgente es cambiar este punto de vista; pero no para caer en una especie de
falso nacionalismo o simple localismo, que no vendría a ser otra cosa que
expresión de una actitud igualmente insuficiente. Esto equivaldría a caer en
ese punto de vista limitado que aquí criticamos. La universalidad debe ser una
de las aspiraciones de nuestra cultura; pero partiendo siempre de nuestra
realidad. La universalidad debe dar a nuestras obras una inseguridad creadora;
la realidad, la seguridad de lo creado. En esta forma todo lo que hemos
realizado, por poco que sea, tendrá siempre algo que decirnos. Será expresión
de nuestra realidad, expresión de lo que nos es más inmediato y propio. La
valorización de esta realidad nuestra depende, así, de nuestra propia actitud
frente a ella.
6. La
dependencia, problema cultural de América
El sentido de dependencia, causa y origen de las
actitudes negativas atrás señaladas, es un problema ceñidamente americano. Sólo
a los americanos se nos presenta este problema de la dependencia y, por ende,
el de la independencia, como un problema entrañable. La cultura europea es
nuestro más inmediato pasado; pero aún no hemos sido lo suficientemente capaces
para asimilarlo y hacerlo nuestro. La beatería frente a la cultura europea que
nos caracteriza es el más claro signo de que no hemos asimilado esta cultura.
El europeo, que se sabe heredero de la gran tradición cultural de Occidente, no
se siente nunca amilanado frente a su pasado y es capaz de enfrentarse a él si
se le presenta como obstáculo para su futuro. El pasado está siempre allí, como
pasado que es; como algo que le es propio, pero en la medida en que representa
lo que ha sido. Pero este haber sido es ya una garantía de que no tiene que
volver a ser. A los americanos nos falta esta dimensión. Nuestro pasado está
siempre presente, sin decidirse a ser auténtico pasado.
Europa, ha mostrado muy bien Hegel, ha seguido siempre
en su historia un movimiento dialéctico. Movimiento mediante el cual toda
superación es a un mismo tiempo negación y conservación. Dentro de esta
dialéctica negar no significa eliminar, sino asimilar, esto es, conservar.
Negar significa ser algo plenamente para no tener necesidad de volver a serlo.
De aquí que las culturas que asimilan plenamente no sientan lo asimilado como
algo ajeno, estorboso y molesto. Lo asimilado forma parte de su ser, sin
estorbar su seguir siendo. Este haber sido forma parte de la experiencia que
permite el seguir siendo. Cuando se asimila bien no se tiene necesidad de
volver a repetir experiencias ya realizadas. La historia viene a ser la
expresión objetiva de esta asimilación o negación dialéctica. Es ésta la historia
de la cultura occidental, la historia del hombre occidental, la historia cuyo
movimiento dialéctico ha dibujado magistralmente Hegel. Ésta es también la
historia que América ha de negar como punto de partida para realizar una
cultura que siéndole propia ha de ser también universal.
De aquí la urgencia, para los americanos, de esta
asimilación. Es menester, por una serie de razones sociales, históricas y
políticas, que América asimile su pasado dentro de una dimensión dialéctica.
Tenemos que negar este pasado nuestro con la mejor de las negaciones, la
histórica. Si no queremos repetir la experiencia de nuestros antepasados
viviéndola, es menester que la convirtamos en historia, en auténtica
experiencia. Tal es lo que ha hecho siempre Europa, y ésta es la mejor lección
que podemos aprender de su cultura. Ésta ha sido la tarea de sus historiadores
y filósofos. La historia de la cultura europea no la forman los puros hechos,
sino, además, la conciencia filosófica que de ellos se tiene. Esto es, la
relación que se ha sabido encontrar a estos hechos como conjunto que expresa un
modo de ser propio del hombre que los crea. Ningún hecho histórico, por pequeño
que sea, carece de sentido en la cultura europea. Este sentido se hace patente
en todas las formas de su expresión, aun en las que, aparentemente, se
presentan como las más abstractas, tales como las llamadas ideas, el
pensamiento o la filosofía. Todos los motivos que puede mover a un individuo o
a una nación como conjunto de individuos, a enfrentarse a sus circunstancias
para adaptarlas o adaptarse, se hacen patentes en esta historia. Estos motivos
pueden ser económicos, políticos o religiosos. La conciencia de estos motivos
es lo que forma la conciencia histórica de un pueblo.
7. Toma de
conciencia y comprensión histórica
Cuando se tiene la conciencia, anteriormente señalada,
se ha alcanzado la comprensión histórica. Comprender, desde este punto de
vista, es tener capacidad para colocar un determinado hecho en el lugar preciso
que le corresponde en el presente. En este caso su lugar es el de una
experiencia realizada que, por la misma razón, no tiene por qué volver a
realizarse. Cuando se comprenden los motivos por los cuales en una determinada
época se realizaron determinadas formas de expresión históricas, se comprenden
también los motivos por los cuales estas mismas formas no pueden repetirse en
el presente, salvo negando la historia, esto es, la capacidad del hombre para
progresar sirviéndose de sus propias experiencias. Tal es el papel del
historiador.
Por lo que se refiere a nuestra América esta labor se
va haciendo consciente tanto a nuestros historiadores como a nuestros
filósofos. Ha surgido en nuestro medio el historiador de nuestras ideas que se
ha impuesto la misión de comprender y hacer comprender ese pasado nuestro que
ha de ser asimilado para que sea un hecho nuestra historia. Pero a este
historiador corresponde una tarea más: la de hacer patente el espíritu que es
común a nuestra América en medio de sus múltiples divergencias y distinciones.
Comprender el pasado es comprender también el presente. Comprenderse es tener
una clara idea de sí mismo. De aquí que sea una de nuestras más urgentes tarea
la de captar, mediante esta comprensión, la idea que nos es propia. Primero en
forma relativamente circunstancial, comprendernos como mexicanos, argentinos,
peruanos, chilenos, etcétera. Dentro de nuestras múltiples diferencias como
individuos concretos es menester captar lo que nos caracteriza como pueblos
determinados; esto es, qué es lo que hace de un mexicano un mexicano o de un
argentino un argentino, caracterizándole como tal dentro del conjunto de
hombres. Y, a continuación, ¿qué es lo que hace que un mexicano o un argentino
o cualquier otro hispanoamericano, sea además de mexicano o argentino, un hispanoamericano?
Esto es, dentro de las múltiples diferencias que pueden tener entre sí los
hispanoamericanos, qué es lo que hace posible darles este nombre genérico. O,
en otras palabras, cuál es la idea propia de Hispanoamérica. Y, a continuación
qué es lo que tiene de común un hispanoamericano con un brasileño. Qué es lo
propio de Iberoamérica. Y, para culminar, qué tienen de común los
iberoamericanos con los norteamericanos, qué tiene de común la América Ibera con la América Sajona.
Preguntarse si existe una idea propia de América, sin más. Pues bien, esta idea
sólo podrá alcanzarse mediante una tarea de comprensión histórica. Abstrayendo
de la historia de las ideas, el pensamiento y la filosofía de cada uno de los
pueblos americanos, el conjunto de ideas, pensamientos y filosofías que les
sean comunes.
Ésta es la tarea que se han impuesto a sí mismos
varios de los estudiosos de nuestras ideas y estudiosos de la filosofía. Tarea
que podrá aparecer como ambiciosa y pretenciosa. Pero nunca hay tarea
pretenciosa si está motivada por hechos como los que aquí se han señalado:
primero, la necesidad, ya urgente, de tomar conciencia de nuestro pasado, con
el fin de asimilarlo en forma tal que no llegue a representar una amenaza para
nuestro futuro; segundo, la necesidad, igualmente urgente, de tomar clara
conciencia de nuestro sitio o situación dentro de ese conjunto de pueblos al
cual pertenecemos, y que lleva el nombre de América. Primer paso para
comprender, igualmente, nuestra situación dentro del conjunto de pueblos que
forman la llamada humanidad.
Primero es menester que nos comprendamos a nosotros
mismos como pueblos concretos para después saber comprender a otros pueblos
como nuestros semejantes.
8. La
historia de las ideas en América
El estudio de la historia de las ideas, el pensamiento
y la filosofía en América es algo que ha ido tomando un interés cada vez más
creciente en nuestros países, tanto en Norteamérica como en la América Ibera. Por
lo que se refiere a esta última no se quiere decir que, antes de ahora, no haya
interesado este tipo de investigaciones. No, lo que se quiere decir es que
ahora los citados estudios se encuentran estimulados en una forma bien
peculiar. Hasta se podría asegurar que los mueve cierto dramatismo, parece como
si con ellos se estuviese jugando, nada menos que el futuro de nuestra América.
Estos estudios son vistos como una tarea especial, necesaria y urgente. De
ellos, ya se ha dicho antes, depende la toma de conciencia de esta América y,
con la misma, el reconocimiento de nuestras posibilidades, esto es, nuestro
futuro.
La preocupación por la historia de las ideas en
América ha partido, en general, del campo de los estudiosos de la filosofía con
la explicable desconfianza de parte de los estudiosos de la historia.
Desconfianza que se ha ido borrando hasta el grado de que esta preocupación ha
prendido en las nuevas generaciones de historiadores americanos. Ahora la
historia de las ideas es un tema que se incluye en las reuniones de
historiadores concediéndosele una atención especial. No es menester decir que
la misma desconfianza se encontró y, aun, la hostilidad, en el campo de los
estudiosos de la filosofía que seguían considerando a ésta como una tarea
abstracta y ajena a lo temporal, esto es, a la historia. Los estudiosos de nuestras
ideas se han encontrado prácticamente entre dos fuegos: el de los historiadores
que encontraban su labor demasiado abstracta y el de los profesores de
filosofía que la encontraban demasiado concreta. La historia de las ideas era
vista como una labor híbrida que no alcanzaba a ser ni historia ni filosofía.
Sin embargo, el tiempo, nuestro tiempo, ha venido a
justificar esta preocupación en los dos campos: el de la historia y el de la
filosofía. Historiadores y filósofos se han encontrado en nuestros días como
ayer se habían encontrado teólogos y filósofos, científicos y filósofos. La
historia se ha convertido en una preocupación vital en la misma forma como ayer
lo fue la ciencia y en otra época la religión. Con la historia tropiezan en
nuestros días hombres de ciencia, religiosos, políticos, literatos y filósofos.
La historicidad se hace patente y penetra en todas las formas de expresión de
lo humano. La filosofía, su máxima expresión, en tanto que trata de dar una
explicación última y total de su modo de ser, no podía permanecer ajena a esta
su más patente dimensión, lo histórico. En el siglo xix, con Hegel a la cabeza,
se inicia la preocupación de la filosofía por la historia. El marxismo, el
positivismo y el historicismo son expresiones de este filosofar sobre la
realidad cambiante que forma la historia. El primero, el marxismo, vino a
ofrecer un método de interpretación de la historia a partir de un substrato
económico, del cual no vendrían a ser, todas las formas de la cultura, otra
cosa que superestructuras. La metodología marxista permitió desenmascarar lo
que se ocultaba tras lo que se ha dado el nombre de ideología, esto es, manera
o forma de pensar propia de determinado grupo o clase social. Intereses
materiales, concretos, tan concretos como lo pueden ser los intereses
económicos, se ocultan tras una serie de ideas o formas de pensamiento
aparentemente abstractos.
Más tarde este método de interpretación de la realidad
sería recogido y ampliado por la
Sociología del conocimiento de Karl Mannheim y la Sociología del saber de
Max Scheler; buscando, en esta ocasión, la explicación de lo histórico en otros
substratos además de los económicos. Por otro lado, el positivismo se enfrentó
también al problema de la interpretación de la historia, pero sirviéndose de un
método de interpretación demasiado simplista, ya que trató de aplicar a la
historia el mismo método que se aplicaba al llamado campo de las ciencias
naturales, partiendo del hecho de que el mismo había obtenido un gran éxito en
el mundo natural. Guillermo Dilthey, creador del llamado historicismo, trató,
por su lado, de encontrar un método apropiado al campo de las ciencias de la
historia o del espíritu. Un método que evitando todo simplismo tratase de
comprender todas las formas de expresión de lo histórico. En este campo el
problema no era explicar, como se hacía en el campo físico, sino comprender.
Comprender es saber ponerse en una situación ajena a la propia. Es saberse
colocar en la situación de los otros, nuestros semejantes. Todos los hechos
históricos poseen un sentido; pero éste es sólo asequible al que sabe
comprender, al que sabe situarse dentro de determinados hechos ajenos como si
fueran propios. Este método ha dado origen a obras maestras en el campo de la
historia de las ideas como los trabajos de Bernard Groethuysen sobre La
formación de la conciencia burguesa en el siglo XVIII; los de Huizinga sobre la Edad Media y el
Renacimiento; los de Werner Jaeger sobre la cultura griega y, desde luego, los
realizados por Dilthey. En nuestros días la filosofía tiene necesariamente que
ocuparse, en forma muy principal, de la historia.
La filosofía europea ha venido así a justificar el
trabajo que ahora se realiza en América sobre la historia de las ideas. Arturo
Ardao, investigador uruguayo a quien se deben dos magníficos estudios sobre la
historia de las ideas en su país, ha dicho: "La relación existente entre
el historicismo contemporáneo y la actual preocupación por la autenticidad de
la filosofía americana, explica, por otro lado, que dicha preocupación derive
al estudio del pasado filosófico de América". Con esta tarea se inicia una
toma de conciencia de lo que es la auténtica realidad americana. Conciencia que
permitirá a esta América actuar en todos los campos de la cultura haciendo a un
lado toda clase de complejos, los mismos que hasta ahora le han impedido el
conocimiento de su propia realidad. A partir de este reconocimiento será
posible una labor creadora plena y consciente.
capitulo uno de AMÉRICA COMO CONCIENCIA
viernes, 28 de septiembre de 2012
MEXICO Y EL IMPERIALISMO BRITANICO
5 de junio de 1938
La campaña internacional que los círculos imperialistas están
realizando sobre la expropiación de las empresas petroleras mexicanas, hecha
por el gobierno, se ha distinguido por poseer todos los rasgos de las bacanales
propagandísticas del imperialismo: combina la impudicia, el engaño, la
especulación de la ignorancia con la certeza de su propia impunidad.
El gobierno británico inició esta campaña al declarar el
boicot al petróleo mexicano. El boicot, como es sabido, siempre involucra al
autoboicot y por lo tanto viene acompañado de grandes sacrificios por parte de
quien lo hace. Gran Bretaña era hasta hace poco el mayor consumidor de petróleo
mexicano; claro que no lo hizo por simpatía para con el pueblo mexicano, sino
considerando sus propios beneficios.
El mayor consumidor de petróleo en Gran Bretaña, es el mismo
estado, por su armada gigantesca y el rápido crecimiento de su fuerza aérea. El
boicot del gobierno inglés al petróleo mexicano significaba, entonces, un
boicot simultáneo no sólo de la industria británica, sino también de la defensa
nacional. El gobierno de Mr. Chamberlain ha mostrado con una franqueza inusual
que los beneficios de los ladrones capitalistas británicos están por encima de
los intereses del estado. Las clases y los pueblos oprimidos deben aprender
profundamente esta conclusión fundamental.
Tanto cronológica como lógicamente, el levantamiento del
general Cedillo resultó de la política de Chamberlain. La Doctrina Monroe le
aconseja al almirantazgo británico abstenerse de aplicar un bloqueo
naval-militar a las costas mexicanas. Deben actuar por medio de agentes
internos, quienes, en realidad no agitan abiertamente la bandera británica,
aunque favorecen a los mismos intereses que sirve Chamberlain, los intereses de
una pandilla de magnates del petróleo. Podemos estar seguros de que las negociaciones
de sus agentes con el general Cedillo no se han incluido en el Libro Blanco que
publicó la diplomacia británica hace pocos días. La diplomacia imperialista
realiza sus principales negocios bajo el amparo del secreto.
Con el objeto de comprometer la expropiación a los ojos de
la opinión pública burguesa, la presentan como una medida “comunista”.
Se combina aquí la ignorancia histórica con el engaño
consciente. El México semicolonial está luchando por su independencia nacional,
política y económica. Tal es el significado básico de la revolución mexicana en
esta etapa. Los magnates del petróleo no son capitalistas de masas, no son
burgueses corrientes. Habiéndose apoderado de las mayores riquezas naturales de
un país extranjero, sostenidos por sus billones y apoyados por las fuerzas
militares y diplomáticas de sus metrópolis, hacen lo posible por establecer en
el país subyugado un régimen de feudalismo imperialista, sometiendo la
legislación, la jurisprudencia y la administración. Bajo estas condiciones, la
expropiación es el único medio efectivo para salvaguardar la independencia
nacional y las condiciones elementales de la democracia.
Qué dirección tome el posterior desarrollo económico de
México depende, decisivamente, de factores de carácter internacional. Pero esto
es cuestión del futuro. La revolución mexicana está ahora realizando el mismo
trabajo que, por ejemplo, hicieron los Estados Unidos de Norteamérica en tres
cuartos de siglo, empezando con la Guerra Revolucionaria de la Independencia y
terminado con la Guerra Civil por la abolición de la esclavitud y la unidad
nacional. El gobierno británico no sólo hizo todo lo posible a finales del
siglo XVIII para retener a los Estados Unidos bajo la categoría de colonia,
sino que más tarde, durante los años de la Guerra Civil, apoyó a los
esclavistas del sur contra los abolicionistas del norte, esforzándose, en
beneficio de sus intereses imperialistas, en hundir a la joven república, en un
estado de atraso económico y de desunión nacional.
También para los Chamberlains de ese tiempo, la expropiación
de los esclavistas aparecía como una diabólica medida “bolchevique”. En
realidad, la tarea histórica de los del norte consistía en limpiar el terreno
para un desarrollo de la sociedad burguesa democrático e independiente.
Precisamente esta tarea está siendo resuelta en esta etapa por el gobierno de
México. El general Cárdenas es uno de esos hombres de estado, en su país, que
han realizado tareas comparables a las de Washington, Jefferson, Abraham
Lincoln y el general Grant. Y, por supuesto, no es accidental que el gobierno
británico, también en este caso se encuentre a sí mismo al otro lado de la
trinchera histórica. Por absurdo que parezca, la prensa mundial, y
particularmente la francesa, continúa arrastrando mi nombre alrededor de la
expropiación de la industria petrolera. Si ya he negado esta estupidez, no es
porque le tema a la “responsabilidad”, como insinuó un locuaz agente de la GPU.
Al contrario, consideraría un honor asumir, aunque fuera una parte, de la responsabilidad
de esta medida valerosa y progresista del gobierno mexicano. Pero no tengo las
menores bases para ello. Supe por primera vez del decreto de expropiación por
los periódicos. Pero, naturalmente, esta no es la cuestión.
Se proponen dos metas al involucrar mi nombre. Primero, los
organizadores de la campaña desean impartirle a la expropiación un colorido
“bolchevique”. Segundo, se proponen darle un golpe al respeto nacional de
México. Los imperialistas se empeñan en presentar el hecho como si los hombres
de estado mexicano fueran incapaces de determinar su propio camino. ¡Una
psicología esclavista hereditaria, indigna y mezquina! Precisamente porque
México todavía hoy pertenece a aquellas naciones atrasadas, que apenas ahora se
ven impulsadas a luchar por su independencia, se engendran ideas más audaces en
sus hombres de estado que la que corresponde a las escorias conservadoras de un
gran pasado. ¡Hemos presenciado fenómenos similares en la historia más de una
vez!
El semanario francés Marianne, un destacado órgano del
Frente Popular francés, llegó a asegurar que en la cuestión del petróleo el
gobierno del general Cárdenas actuó no sólo con Trotsky, sino también... a
favor de los intereses de Hitler. Como pueden ver, se trata de privar del
petróleo, en caso de guerra, a las grandes “democracias” de corazón y, como
contrapartida, suplir a Alemania y a otra naciones fascistas. Esto no es ni una
pizca más sensato que los Juicios de Moscú. La humanidad se entera, no sin
asombro, que a Gran Bretaña se le ha privado del petróleo mexicano por la mala
voluntad del general Cárdenas y no por el propio boicot de Chamberlain. Pero
entonces, las “democracias” plantean una forma simple de paralizar el complot
“fascista”: ¡déjenlos comprar petróleo mexicano, una vez más petróleo mexicano
y de nuevo petróleo mexicano! Para cualquier persona honesta y sensible estaría
ahora fuera de toda duda que si México se encontrase forzado a vender oro
líquido a los países fascistas, la responsabilidad de este acto recaería total
y completamente sobre los gobiernos de las “democracias” imperialistas.
Detrás de Marianne y su gente están los instigadores de
Moscú. Esto parece absurdo a primera vista, ya que otros instigadores de la
misma escuela utilizan libretos diametralmente opuestos. Pero todo el secreto
está en el hecho de que los amigos de la GPU adaptan sus puntos de vista a las
graduaciones geográficas de latitud y longitud. Si algunos de ellos les promete
apoyo a México, otros pintan al general Cárdenas como aliado de Hitler. Desde
el último punto de vista, la rebelión del petróleo de Cárdenas debería de ser
vista, según parece, como una lucha en favor de los intereses de la democracia
mundial.
Sin embargo, abandonemos a su propia suerte a los payasos e
intrigantes. No estamos pensando en ellos sino en los obreros con conciencia de
clase del mundo entero. Sin sucumbir a las ilusiones y sin temer a las
calumnias, los obreros avanzados apoyarán completamente al pueblo mexicano en
su lucha contra los imperialistas. La expropiación del petróleo no es ni
socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente
progresista. Por supuesto, Marx no consideró que Abraham Lincoln fuese un
comunista; esto, sin embargo, no le impidió a Marx tener la más profunda
simpatía por la lucha que Lincoln dirigió. La Primera Internacional le envió al
presidente de la Guerra Civil un mensaje de felicitación, y Lincoln, en su
respuesta, agradeció inmensamente este apoyo moral.
El proletariado internacional
no tiene ninguna razón para identificar su programa con el programa del
gobierno mexicano. Los revolucionarios no tienen ninguna necesidad de cambiar
de color y de rendir pleitesía a la manera de la escuela de cortesanos de la
GPU, quienes, en un momento de peligro, venden y traicionan al más débil. Sin
renunciar a su propia identidad, todas las organizaciones honestas de la clase
obrera en el mundo entero, y principalmente en Gran Bretaña, tienen el deber de
asumir una posición irreconciliable contra los ladrones imperialistas, su
diplomacia, su prensa y sus áulicos fascistas. La causa de México, como la
causa de España, como la causa de China, es la causa de la clase obrera
internacional. La lucha por el petróleo mexicano es sólo una de las escaramuzas
de vanguardia de las futuras batallas entre los opresores y los oprimidos.
lunes, 24 de septiembre de 2012
SOBRE LA NECESIDAD DE UNA FEDERACIÓN GENERAL ENTRE LOS ESTADOS HISPANOAMERICANOS Y PLAN DE SU ORGANIZACIÓN.
por Bernardo Monteagudo
Cada siglo lleva en sí el germen de los sucesos que van a desenvolverse en el que sigue. Cada época extraordinaria, así en la naturaleza como en el orden social, anuncia una inmediata de fenómenos raros y de combinaciones prodigiosas. La revolución del mundo americano ha sido el desarrollo de las ideas del siglo XVIII y nuestro triunfo no es sino el eco de los rayos que han caído sobre los tronos que desde la Europa dominaban el resto de la tierra.
La independencia que hemos adquirido es un acontecimiento que, cambiando nuestro modo de ser y de existir en el universo, cancela todas las obligaciones que nos había dictado el espíritu del siglo XV y nos señala las nuevas relaciones en que vamos a entrar, los pactos de honor que debemos contraer y los principios que es preciso seguir para establecer sobre ellos el derecho público que rija en lo sucesivo los estados independientes cuya federación es el objeto de este ensayo y el término en que coinciden los deseos de orden y las esperanzas de libertad.
Ningún designio ha sido más antiguo entre los que han dirigido los negocios públicos, durante la revolución, que formar una liga general contra el común enemigo y llenar con la unión de todos el vacío que encontraba cada uno en sus propios recursos. Pero la inmensa distancia que separa las secciones que hoy son independientes y las dificultades de todo género que se presentaban para entablar comunicaciones y combinar planes importantes entre nuestros gobiernos provisorios, alejaban cada día más la esperanza de realizar el proyecto de la federación general. Hasta los últimos años se ignoraba en las secciones que se hallan al sur del Ecuador lo que pasaba en las del norte, mientras no se recibían noticias indirectas por la vía de Inglaterra o de los Estados Unidos. Cada desgracia que sufrían nuestros ejércitos hacía sentir infructuosamente la necesidad de estar todos ligados. Pero los obstáculos eran por entonces superiores a esa misma necesidad.
En el año 21, por primera vez, pareció practicable aquel designio. El Perú, aunque oprimido en su mayor parte, entró, sin embargo, en el sistema americano: Guayaquil y otros puertos del Pacífico se abrieron al comercio de los independientes: la victoria puso en contacto al septentrión y al mediodía: y el genio que hasta entonces había dirigido y aún dirige la guerra con más constancia y fortuna, emprendió poner en obra el plan de la confederación hispanoamericana.
Ningún proyecto de esta clase puede ejecutarse por la voluntad presunta y simultánea de los que deben tener parte en él. Es preciso que el impulso salga de una sola mano y que al fin tome alguno la iniciativa, cuando todos son iguales en interés y representación. El presidente de Colombia la tomó en este importantísimo negocio: y mandó plenipotenciarios cerca de los gobiernos de Méjico, del Perú, de Chile y Buenos Aires, para preparar, por medio de tratados particulares, la liga general de nuestro continente. En el Perú y en Méjico se efectuó la convención propuesta; y con modificaciones accidentales, los tratados con ambos gobiernos han sido ya ratificados por sus respectivas legislaturas. En Chile y Buenos Aires han ocurrido obstáculos que no podrán dejar de allanarse, mientras el interés común sea el único conciliador de las diferencias de opinión. Sólo falta que se pongan en ejecución los tratados existentes y que se instale la asamblea de los estados que han concurrido a ellos.
Mas observando que su instalación sufriría tantas demoras como la adopción del proyecto, si no la promoviese una de las partes contratantes, el gobierno del Perú se ha dirigido a los de Colombia y Méjico, con la idea de uniformarse sobre el tiempo y lugar en que deben reunirse los plenipotenciarios de cada estado. El aspecto general de los negocios públicos y la situación respectiva de los independientes, nos hacen esperar que en el año 25 se realizará sin duda la federación hispano americana bajo los auspicios de una asamblea, cuya política tendrá por base consolidar los derechos de los pueblos y no los de algunas familias que desconocen con el tiempo, el origen de los suyos.
Este es el resumen histórico de las medidas diplomáticas que se han tomado sobre el negocio de más trascendencia que puede actualmente presentarse a nuestros gobiernos. El examen de sus primeros intereses hará ver si merece una grande preferencia de atención o si ésta es de aquellas empresas que inventa el poder para excusar las hostilidades del fuerte contra el débil, o justificar las coaliciones que se forman con el fin de hacer retrogradar los pueblos.
Independencia, paz y garantías, estos son los intereses eminentemente nacionales de las repúblicas que acaban de nacer en el nuevo mundo. Cada uno de ellos exige la formación de un sistema político que supone la preexistencia de una asamblea o congreso donde se combinan las ideas y se admitan los principios que deben constituir aquel sistema y servirle de apoyo.
La independencia es el primer interés del nuevo mundo. Sacudir el yugo de la España, borrar hasta los vestigios de su dominación y no admitir otra alguna, son empresas que exigen y exigirán, por mucho tiempo, la acumulación de todos nuestros recursos y la uniformidad en el impulso que se les dé. Es verdad que en Ayacucho ha terminado la guerra continental contra la España; y que, de todo un mundo en que no se veían flamear sino los estandartes que trasplantaron consigo los Corteses, Pizarros, Almagros y Mendozas, apenas quedan tres puntos aislados donde se ven las armas de Castilla, no ya amenazando la seguridad del país, sino alimentando la cólera y recordando las calamidades que por ellas han sufrido los pueblos.
San Juan de Ulua, el Callao y Chiloé son los últimos atrincheramientos del poder español. Los dos primeros tardarán poco en rendirse, de grado o por fuerza a las armas de la libertad. El archipiélago de Chiloé, aunque requiere combinar más fuerzas y aprovechar los pocos meses que aquel clima permite emprender operaciones militares, seguirá en todo este año, la suerte del continente a que pertenece.
Sin embargo, la venganza vive en el corazón de los españoles. El odio que nos profesan aún no ha sido vencido. Y, aunque no les queda fuerza de que disponer contra nosotros, conservan pretensiones a que dan el nombre de derechos, para implorar en su favor los auxilios de la Santa Alianza dispuesto a prodigarlos a cualquiera que aspire a usurpar los derechos de los pueblos que son exclusivamente legítimos.
Al contemplar el aumento progresivo de nuestras fuerzas, la energía y recursos que ha desplegado cada república en la guerra de la revolución, el orgullo que ha dado la victoria a los libertadores de la patria, es fácil persuadirse que, si en la infancia de nuestro ser político, hemos triunfado aislados, de los ejércitos españoles superiores en fuerza y disciplina, con mayor razón podemos esperar el vencimiento, cuando poseemos la totalidad de los recursos del país y después que los campos de batalla, que son la escuela de la victoria, han estado abiertos a nuestros guerreros por más de catorce años. Mas también es necesario reflexionar que si hasta aquí nuestra lucha ha sido con una nación impotente, desacreditada y enferma de anarquía, el peligro que nos amenaza es entrar en contienda con la Santa Alianza que, al calcular las fuerzas necesarias para restablecer la legitimidad en los estados hispano americanos, tendrá bien presentes las circunstancias en que nos hallamos y de lo que somos hoy capaces.
Dos cuestiones ofrece este negocio cuyo rápido examen acabará de fijar nuestras ideas: la probabilidad de una nueva contienda y la masa de poder que puede emplearse contra nosotros en tal caso. Aun prescindiendo de los continuos rumores de hostilidad y de los datos casi oficiales que tenemos para conocer las miras de la Santa Alianza con respecto a la organización política del nuevo mundo, hay un fuerte argumento de analogía que nace de la marcha invariable que han seguido los gabinetes del norte de Europa en los negocios del mediodía. El restablecimiento de la legitimidad, voz que, en su sentido práctico, no significa sino fuerza y poder absoluto, ha sido el fin que se han propuesto los aliados. Su interés es el mismo en Europa y en América. Y sin en Nápoles y España no ha bastado la sombra del trono para preservar de la invasión a ambos territorios, la fuerza de nuestros gobiernos no será ciertamente la mejor garantía contra el sistema de la Santa Alianza. En cuanto a la masa del poder que se empleará contra nosotros en tal caso, ella será proporcional a la extensión del influjo que tengan las cortes de San Petersburgo, Berlín, Viena y París. Y no es prudente dudar que le sobran elementos para emprender la reconquista de América no ya en favor de la España que nunca recobrará sus antiguas posesiones, sino en favor del principio de la legitimidad, de ese talismán moderno que hoy sirve de divisa a los que condenan la soberanía de los pueblos, como el colmo del libertinaje en política.
Es verdad que el primer buque que zarpase de los puertos de Europa contra la libertad del nuevo mundo, daría la señal de alarma a todos los que forman el partido liberal en ambos hemisferios. Las Gran Bretaña y los Estados Unidos tomarían el lugar que les corresponde en esta contienda universal: la opinión, esa nueva potencia que hoy preside el destino de las naciones, estrecharía su alianza con nosotros y la victoria, después de favorecer alternativamente a ambos partidos, se decidiría por el de la justicia y obligaría a los sectarios del poder absoluto a buscar su salvación en el sistema representativo. Entretanto no debemos disimular que todas nuestras nuevas repúblicas en general y particularmente algunas de ellas, experimentarían en la contienda inmensos peligros que ni hoy es fácil prever, ni lo sería quizá entonces evitar, si faltase la uniformidad de acción y voluntad que supone un convenio celebrado de antemano y una asamblea que le amplíe o modifique según las circunstancias. Es preciso no olvidar que, en el caso a que nos contraemos, la vanguardia de la Santa Alianza se compondría de la seducción y de la intriga, tanto más temibles para nosotros, cuanto es mayor la herencia de preocupaciones y de vicios que nos ha dejado la España. Es preciso no olvidar que aún nos hallamos en un estado de ignorancia, que podría llamarse feliz sino fuese perjudicial algunas veces, de esos artificios políticos y de esas maniobras insidiosas que hacen marchar a los pueblos de precipicio en precipicio con la misma confianza que si caminasen por un terreno unido. Es preciso no olvidar, en fin, que todos los hábitos de la esclavitud son inveterados entre nosotros; y que los de la libertad empiezan apenas a formarse por la repetición de los experimentos políticos que han hecho nuestros gobiernos y de algunas lecciones útiles que hemos recibido en la escuela de la adversidad.
Al examinar los peligros del porvenir que nos ocupa, no debemos ver, con la quietud de la confianza, el nuevo imperio del Brasil. Es verdad que el trono de Pedro I, se ha levantado sobre las mismas ruinas en que la libertad ha elevado el suyo en el resto de América. Era necesario hacer la misma transición que hemos hecho nosotros del estado colonial al rango de naciones independientes. Pero es preciso decir, con sentimiento, que aquel soberano no muestra el respeto que debía a las instituciones liberales cuyo espíritu le puso el cetro en las manos, para que en ellas fuese un instrumento de libertad y nunca de opresión. Así es que, en el tribunal de la Santa Alianza, el proceso de Pedro I se ha juzgado de diferente modo que el nuestro: y él ha sido absuelto, a pesar del ejemplo que deja su conducta, porque al fin él no puede aparecer en la historia sino como el jefe de una conjuración contra la autoridad de su padre.
Todo nos inclina a creer que el gabinete imperial de Río de Janeiro se prestará a auxiliar las miras de la Santa Alianza contra las repúblicas del nuevo mundo: y que el Brasil vendrá a ser, quizá, el cuartel general del partido servil, como ya se asegura que es hoy el de los agentes secretos de la Santa Alianza. A más de los datos públicos que hay para recelar semejante deserción del sistema americano, se observa, en las relaciones del gobierno del Brasil con los del continente europeo, un carácter enfático cuya causa no es posible encontrar sino en la presente analogía de principios e intereses.
Esta rápida encadenación de escollos y peligros muestra la necesidad de formar una liga americana bajo el plan que se indicó al principio. Toda la previsión humana no alcanza a penetrar los accidentes y vicisitudes que sufrirán nuestras repúblicas hasta que se consolide su existencia. Entretanto las consecuencias de una campaña desgraciada, los efectos de algún tratado concluido en Europa entre los poderes que mantienen el equilibrio actual, algunos trastornos domésticos y la mutación de principios que es consiguiente, podrán favorecer las pretensiones del partido de la legitimidad, si no tomamos con tiempo una actividad uniforme de resistencia; y si no nos apresuramos a concluir un verdadero pacto, que podemos llamar de familia, que garantice nuestra independencia tanto en masa como en el detalle.
Esta obra pertenece a un congreso de plenipotenciarios de cada Estado que arreglen el contingente de tropas y la cantidad de subsidios que deben prestar los confederados en caso necesario. Cuanto más se piensa en las inmensas distancias que nos separan, en la gran demora que sufriría cualquiera combinación que importase el interés común y que exigiese el sufragio simultáneo de los gobiernos del Río de la Plata y de Méjico, de Chile y de Colombia, del Perú y de Guatemala, tanto más se toca la necesidad de un congreso que sea el depositario de toda la fuerza y voluntad de los confederados; y que pueda emplear ambas, sin demora, donde quiera que la independencia esté en peligro.
No es menester ocurrir a épocas muy distantes de nosotros, para encontrar ejemplos que justifiquen la medida de convocar un congreso de plenipotenciarios que complete las disposiciones tomadas en los tratados precedentes, aunque parece que ellos bastan para que se lleve a cabo la intención de las partes contratantes. La historia diplomática de Europa, en los últimos años, viene perfectamente en nuestro apoyo. Después que se disolvió el congreso de Chatillón en 1814, se celebró el tratado de la cuádruple alianza de Chaumont entre el Austria, la Gran Bretaña, la Prusia y la Suecia. En él se garantizó el sistema que debía darse a la Europa, se determinaron los subsidios que cada aliado daría por su parte y se acordaron otras medidas generales; extendiendo a veinte años la duración de la alianza. Tres meses después se firmó la paz de París y cada uno de los aliados concluyó un tratado particular con la Francia, aunque todos eran perfectamente idénticos con excepción de los artículos adicionales. En este tratado, que contiene varios declaraciones sobre el derecho público europeo y sobre la legislación de diferentes naciones, se dispone la reunión de un congreso general en Viena, para que reciban en él su complemento los arreglos anteriores. La historia de este célebre congreso y sus resultados con respecto a los intereses del sistema europeo, después de prestar un argumento en favor de nuestra idea, ofrece varias analogías aplicables al sistema americano y a las circunstancias en que nos hallamos.
Nuestros tratados de 6 de junio de 1822 y de 3 de octubre de 1823, participan del espíritu de la cuádruple de Chaumont y del tratado de París de 30 de mayo de 1814. Ambos contienen el pacto de una alianza ofensiva y defensiva; detallan subsidios y anuncian la determinación de continuar la guerra hasta destruir el poder español, así como los aliados de Chaumont se ligaron para destruir a Nápoles. También abrazan el convenio de celebrar una asamblea hispano americana, que nos sirva de consejo en los grandes conflictos, de punto de contacto en los peligros comunes, de fiel intérprete en los tratados públicos y de conciliador de nuestras diferencias, guardando en todo esto una fuerte analogía con las estipulaciones de la paz del 30 de mayo.
Nos falta sólo insistir en una observación acerca del congreso de Viena. El se celebró después de la paz de París en el centro, por decirlo así, de la Europa, donde siendo tan fáciles y frecuentes las correspondencias diplomáticas, podría creerse menos necesaria su reunión con objetos que, a pesar de su importancia, podían arreglarse por medio de los mismos embajadores que residen en cada corte. Al contrario, la asamblea hispano americana de que se trata, debe reunirse para terminar la guerra con la España: para consolidar la independencia y nada menos que para hacer frente a la tremenda masa con que nos amenaza la Santa Alianza. Debe reunirse en el punto que convengan las partes contratantes, para que las conferencias diarias de sus plenipotenciarios anulen las grandes distancias que separan a sus gobiernos respectivos. Debe, en fin, reunirse, porque los objetos que ocuparán su atención, exigirán deliberaciones simultáneas que no pueden adoptarse sino por una asamblea de ministros cuyos poderes e instrucciones estén llenas de previsión y de sabiduría.
El segundo interés eminentemente nacional de nuestras nuevas repúblicas es la paz en el triple sentido que abraza a las naciones que no tengan parte en esta liga, a los confederados por ella y a las mismas naciones relativamente al equilibrio de sus fuerzas. En los tres casos, sin atribuir a la asamblea ninguna autoridad coercitiva que degradaría su institución, con todo podemos asegurar que al menos en los diez primeros años contados desde el reconocimiento de nuestra independencia, la dirección en grande de la política interior y exterior de la confederación debe estar a cargo de la asamblea de sus plenipotenciarios, para que ni se altere la paz ni se compre su conservación con sacrificio de las bases o intereses del sistema americano, aunque en la apariencia se consulten las ventajas peculiares de alguno de los confederados.
Sólo aquella misma asamblea podrá también con su influjo y empleando el ascendiente de sus augustos consejos mitigar los ímpetus del espíritu de localidad que en los primeros años será tan activo como funesto. La nueva interrupción de la paz y buena armonía entre las repúblicas hispano americanas causaría una conflagración continental a que nadie podría substraerse, por más que la distancia favoreciese al principio la neutralidad. Existen entre las repúblicas hispano americanas, afinidades políticas creadas por la revolución, que unidas a otras analogías morales y semejanzas físicas, hacen que la tempestad que sufre o el movimiento que recibe alguna de ellas, se comunique a las demás, así como en las montañas que se hallan inmediatas, se repite sucesivamente el eco del rayo que ha herido alguna de ellas.
Esta observación es aplicable, no sólo a los males de la guerra de una república con otra, sino a los que trae consigo la pérdida del equilibrio de las fuerzas de cada asociación, causa única de los movimientos convulsivos que padece el cuerpo político. No es decir que alcance el influjo de la asamblea ni el de ningún poder humano a prevenir las enfermedades a que él está sujeto. Pero desechar por esto uno de los mejores remedios que se ofrecen sería lo mismo que condenar la medicina sólo porque hay dolencias que ella no alcanza a curar radicalmente. No es, pues, dudable que la interposición de la asamblea en favor de la tranquilidad interior, las medidas indirectas y en fin, todo el poder de la confederación dirigido a su restablecimiento, serán la tabla en que salvemos de este naufragio que podría hacerse universal, porque una vez subvertido el orden, el peligro corre hasta los extremos. Debemos examinar, por conclusión, el género de garantías que necesitamos y las probabilidades que tenemos de encontrarlas todas en la asamblea hispano americana, que en este nuevo respecto será tan ventajosa para nuestros gobiernos, como lo fue el Congreso de Viena para las monarquías del viejo mundo.
Cada uno de nuestros gobiernos ha adquirido, durante la contienda gloriosa que hemos sostenido contra la España, derechos incontestables a la consideración de las autoridades que rigen el género humano, bajo las varias formas que se han adoptado en los países civilizados. La resolución intrépida de ser libres, el valor en los combates y la constancia en más de catorce años de peligros, han hecho familiares en todo el mundo los nombres de pueblos y ciudades de América, que antes sólo eran conocidos de los mejores geógrafos. Naturalmente se interesó al principio la curiosidad y por grados se ha fijado la atención en nuestros negocios.
El comercio ha encontrado nuevos mercados, el buen éxito de sus especulaciones ha revelado a los gabinetes de Europa grandes secretos para aumentar su respectivo poder, aumentando sus riquezas: todo ha contribuido a encarecer la importancia política de nuestras repúblicas; y los mismos partidos en que está dividida la Europa acerca de nuestra independencia, hacen más célebres los gobiernos en que se ha dividido el nuevo mundo, al sacudir el yugo que le oprimía.
Los grados de respeto, de crédito y poder que se acumularán en la asamblea de nuestros plenipotenciarios formarán una solemne garantía de nuestra independencia territorial y de la paz interna. Al emprender, en cualquier parte del globo, la subyugación de las repúblicas hispano americanas tendrá que calcular el que dirija esta empresa, no sólo las fuerzas marítimas y terrestres de la sección a que se dirige, sino las de toda la masa de los confederados, a los cuales se unirán, probablemente, la Gran Bretaña y los Estados Unidos: tendrá que calcular, no sólo el cúmulo de intereses europeos y americanos que va a violar en el Perú, en Colombia o en Méjico, sino que en todos lo estados septentrionales y meridionales de América, hasta donde se extiende la liga por la libertad: tendrá que calcular el entusiasmo de los pueblos invadidos, la fuerza de sus pasiones y los recursos del despecho a más de los obstáculos que opone la distancia de ambos hemisferios, el clima de nuestras costas, las escabrosas elevaciones de los Andes y los desiertos que en todas direcciones interrumpen la superficie habitable de esta tierra.
La paz interna de la confederación quedará igualmente garantida desde que exista una asamblea en que los intereses aislados de cada confederado se examinen con el mismo celo o imparcialidad que los de la liga entera. No hay sino un secreto para hacer sobrevivir las instituciones sociales a las vicisitudes que las rodean; inspirar confianza y sostenerla. Las leyes caen en el olvido y desaparecen los gobiernos luego que los pueblos reflexionan que su confianza no es ya sino la teoría de sus deseos. Mas la reunión de los hombres más eminentes por su patriotismo y luces, las relaciones directas que mantendrán con sus respectivos gobiernos y los efectos benéficos de un sistema dirigido por aquella asamblea, mantendrán la confianza que inspira la idea solemne de un congreso convocado bajo los auspicios de la libertad, para formar una liga en favor de ella.
Entre las causas que pueden perturbar la paz y amistad de los confederados, ninguna más obvia que la que resulta de la falta de reglas y principios que formen nuestro derecho público. Cada día ocurrirán grandes cuestiones sobre los derechos y deberes recíprocos de estas nuevas repúblicas. Los progresos del comercio y de la navegación, el aumento del cultivo en las fronteras y el resto de leyes y de formas góticas que nos quedan, exigirán repetidos tratados: y de estos nacerán dudas que servirán para evadirlos, si al menos en los primeros años la confianza en la imparcialidad de aquella asamblea no fuese la garantía general de todas las convenciones diplomáticas a que diese lugar el desenlace progresivo de nuestras necesidades.
Independencia, paz y garantías: éstos son los grandes resultados que debemos esperar de la asamblea continental, según se ha manifestado rápidamente en este ensayo. De las seis secciones políticas en que está actualmente dividida la América llamada antes española, las dos tercias partes han votado ya en favor de la liga republicana. Méjico, Colombia y el Perú han concluido tratado especiales sobre este objeto. Y sabemos que las provincias unidas del centro de América han dado instrucciones a su plenipotenciario cerca de Colombia y el Perú para acceder a aquella liga. Desde el mes de marzo de 1822, se publicó en Guatemala, en el Amigo de la Patria, un artículo sobre este plan, escrito con todo el fuego y elevación que caracterizan a su ilustrado autor el señor Valle. Su idea madre es la misma que ahora nos ocupa: formar un foco de luz que ilumine a la América: crear un poder que una las fuerzas de catorce millones de individuos: estrechar las relaciones de los americanos, uniéndolos por el gran lazo de un congreso común, para que aprendan a identificar sus intereses y formar a la letra una sola familia. Tenemos fundadas razones para creer que las secciones de Chile y el Río de la plata deferirán también al consejo de sus intereses, entrando en el sistema de la mayoría, como el único capaz de dar a la América, que por desgracia se llamó antes española, independencia, paz y garantías.
miércoles, 19 de septiembre de 2012
JOSÉ GERVASIO DE ARTIGAS
por José María Rosa
Un día llega al Fuerte de Buenos Aires un capitán de blandengues orientales, hombre de cuarenta años, de pocas y precisas palabras. Es 1811 y gobierna la Junta Grande; el deán Funes lo recibe: pide cincuenta pesos y ciento cincuenta sables para insureccionar la Banda Oriental contra los españoles.
– ¿Nada más?
– Nada más.
– Pero, ¿quién es usted?
– ¿Yo? El jefe de los orientales.
Con esta jactancia entraba José Gervasio de Artigas en la Historia. Poco después, provisto de los pesos y las espadas, derrotaba a los españoles en Las Piedras y ponía sitio a Montevideo.
El Caudillo
Artigas es el primer caudillo rioplatense en el orden del tiempo. Es también el padre generador de todo aquello que llamamos espíritu argentino, independencia absoluta, federalismo, gobiernos populares. Todo aquello que hicieron triunfar y supieron mantener los grandes caudillos de la nacionalidad: Güemes, Quiroga, Rosas.
Un caudillo es la multitud hecha símbolo y hecha acción. Por su voz se expresa el pueblo, en sus ademanes gesticula el país. Es el caudillo porque sabe interpretar a los suyos; dice y hace aquello deseado por la comunidad; el conductor es el primer conducido. José Gervasio de Artigas, oscuro oficial de Blandengues, podía jactarse de ser el jefe de los orientales; porque nadie conocía e interpretaba a sus paisanos como él.
Al frente de su montonera, el caudillo es la patria misma. Eso no lo atinaron o no lo quisieron comprender, los doctores de la ciudad, atiborrados de libros. No era, seguro, la república que soñaban con sus libros de Rosseau o Montesquieu; pero era la patria nativa por la cual se vive y se muere. Los doctores se estrellaron contra esa realidad que su inteligencia no les permitía comprender. Ese continuo estrellarse contra la realidad, esa lucha de liberales, extranjerizantes, monárquicos y unitarios contra algo que se obstinaba en ser nacionalista, popular, republicano y federal, es lo que se llaman “guerras civiles” en nuestra Historia.
El Triunvirato de Buenos Aires
A la Revolución Nacionalista y espontánea del 25 de Mayo de 1810, había sustituido el gobierno de los doctores, empeñados en interpretar con “las ideas del siglo” el hecho revolucionario. A la eclosión popular y Argentina había seguido la fase obstinadamente porteña y tontamente liberal del Primer Triunvirato. Tres porteños formaban el gobierno, pero el nervio estaba en el secretario, Bernardino Rivadavia, ejemplo de mentalidad ascuosa. Una llamada asamblea, formada solamente por porteños de “clase decente”, completaba el cuadro de autoridades. A la Revolución (con erre mayúscula), por la independencia, había sustituido la revolucioncita ideológica de Rivadavia (el mayo liberal y minoritario), que quieren festejar como si fuera el auténtico. Detrás de éste se encubría el predominio de una clase de nativos: la oligarquía – la “gente principal y sana” o gente decente – del puerto. La revolución consistía para ellos en cambiar el gobierno de funcionarios españoles por la hegemonía de decentes porteños. Los demás – provincias, pueblo, independencia – no contaba: todo con música de “libertad”, para engañar a los incautos.
Empezó Rivadavia por sustituir a Artigas del mando militar en el sitio de Montevideo. Un porteño, Rondeau, reemplazaría al jefe de los orientales; no era conveniente que alguien de prestigio popular y que además no era porteño, mandara las tropas. Artigas obedeció; aún era disciplinado y aún creía, el desengaño sería formidable, en el patriotismo de los hombres de la Capital.
Luego Rivadavia retiró la bandera azul y blanca que Belgrano inaugurara en las barracas de Rosario. ¿A qué izar banderas que podían tomarse como símbolos de una nacionalidad, si la revolución (con erre minúscula) no era nacionalista sino puramente liberal? Belgrano también obedeció aunque a regañadientes y a la espera del desquite.
Finalmente, Rivadavia ordenó que todos los ejércitos dejaran sus frentes de lucha y vinieran a proteger a Buenos Aires. El del Norte debería descender por “el camino del Perú” (Jujuy, Salta, Tucumán, Córdoba) y estacionarse en las afueras de la Capital. El de la Banda Oriental, dejar el sitio de Montevideo, abandonando a los españoles toda la provincia y aun parte de Entre Ríos.
Ocurre entonces uno de los episodios más emocionantes de la historia del Plata, silenciado o retaceado por los programas oficiales en su afán de callar todo lo que huela a pueblo.
Los orientales rodean a Artigas, que se apresta, a dejar el sitio, conforme a la orden superior, para replegarse sobre Buenos Aires. ¿Abandonará el Jefe a su pueblo? La orden es clara, y Artigas no quiere insubordinarse. Pero le duele dejar a los suyos a merced del enemigo. Medita un momento: no puede irse y dejar a los orientales; pero tampoco puede dejar de irse. Y da la orden extraordinaria: que todos, todos se vayan con él. Saca la espada de Las Piedras y señala el rumbo: hacia el Ayuí, en Entre Ríos, emigrará la provincia en masa.
Allá va la caravana interminable, inmensa. Todo un pueblo se desplaza para afirmar su voluntad de independencia contra los liberales porteños que lo entregan a los enemigos. A caballo, en carretas, a pie van hombres, mujeres, ancianos, niños; blancos, negros, indios. Cincuenta mil, prácticamente todos los habitantes de la campaña, que transportan con ellos lo que pueda llevarse y dejan sus casas y sus campos para salvar su patriotismo. A la cabeza marcha el caudillo, con una bandera acabada de crear: azul y blanca como la de Belgrano, pero en listas horizontales y cruzada en diagonal por la franja punzó del federalismo. Son argentinos todavía esos orientales, que Buenos Aires se empeña en arrojar de la nacionalidad; pero entendamos bien: argentinos y no porteños. Hermanos, que no entenados en Buenos Aires: eso significa la franja punzó sobre los colores patrios.
Se atemoriza el Triunvirato. Por un instante teme que Artigas venga en son de guerra contra Buenos Aires. “Aquí está acampado todo un pueblo arrancado de sus raíces” – escribe desde el Ayui el general Vedia, enviado a inspeccionar el éxodo –. Pero que no haya temor en el Triunvirato ni en el señor Rivadavia: están en el Ayuí pacíficamente a la espera que las cosas cambien y puedan volver a su querida provincia.
La Revolución del 8 de Octubre de 1812
Desde febrero está en Buenos Aires el coronel de caballería José de San Martín. Es un auténtico patriota que sueña con una patria grande, y se ha encontrado con la revolución pequeña de los rivadavianos. No, para eso se hubiera, quedado en Cádiz. Allí se podía luchar mejor por el liberalismo y el constitucionalismo.
No obstante, forma el regimiento de Granaderos a Caballo, plantel de un nuevo ejército ordenado y eficiente. En los diarios ejercicios de la plaza de Marte, conversa con sus soldados: mocetones traídos de las provincias, especialmente de las Misiones correntinas, donde naciera el coronel; también hay “orilleros” de Buenos Aires (siempre muy argentinos), y no faltan jóvenes “decentes”, pero de probado patriotismo. Todos se quejan de los errores del gobierno; todos quieren una verdadera Revolución por la independencia.
Un día – el 6 de octubre de 1812 – llega una noticia que llena de gran júbilo. A todos, menos a los hombres del gobierno. Belgrano ha desobedecido al Triunvirato y presentado batalla en Tucumán el 24 de setiembre. Tuvo una gran victoria. El 7 la ciudad se llena de manifestantes: ha ganado la Patria, pero también ha sido derrotado el gobierno. Hay pedreas contra los edificios públicos. En la mañana del 8 la conmoción popular es enorme. A San Martín se le encomienda poner orden con sus granaderos. El regimiento sale a la plaza, pero se hace intérprete del clamor del pueblo y marcha contra el Fuerte. ¡Que caiga el Primer Triunvirato, incapaz de comprender la Revolución! Lo reemplazará otro Triunvirato, con la misión de convocar a una auténtica Asamblea Nacional, donde estén representados todos los pueblos del interior. ¡Ah! Y esa Asamblea declarará la independencia, como lo quieren todos.
La Revolución (con mayúscula) ha retornado su cauce. Los liberales se ocultan derrotados o protestan de su inocencia.
El Congreso de Peñarol
Jubiloso, Artigas recibe en el Ayuí la noticia del 8 de octubre. Sin pausa, su pueblo cruza el Uruguay y retorna a su tierra. Artigas vuelve a poner sitio a Montevideo.
Llama a un “congreso provincial” en Peñarol, junto a los muros de Montevideo. Están representados los distintos pueblos y villas de la campaña oriental y también los patriotas emigrados de Montevideo, aún en poder de los españoles. Ilustres figuras se sientan en el pequeño recinto: el sacerdote Dámaso Larrañaga, Joaquín Suárez, Vidal, Barreiro. Designan los diputados a la Asamblea Nacional de Buenos Aires, les dan instrucciones precisas de declarar “la independencia absoluta” de España, conforme al clamor “de lo; pueblos” y establecer un régimen federal de gobierno, con capital fuera de Buenos Aires. Nombran a Artigas primer gobernador-militar de la provincia Oriental.
Desdichadamente, había fuerzas que conspiraban contra la Revolución. Los partidarios de la “revolucioncita”, vencidos el 8 de octubre, son hábiles y saben infiltrarse en las filas vencedoras. Al tiempo de reunirse el Congreso de Peñarol, San Martín ya ha sido desplazado de la orientación política revolucionaria.
capitulo seis de El Revisionismo Responde
viernes, 14 de septiembre de 2012
Socialismo y Ejército en la semi-colonia
por Jorge Abelardo Ramos
Dice el Evangelio que el número de tontos es infinito: y Lenin (citemos a Lenin, que siempre da prestigio) coincidía en cierto modo con ese aforismo, comentando que el socialismo solucionara los problemas fundamentales de la humanidad, pero no todos, porque aún en la sociedad socialista habrá lugar para los tontos.
Cubriéndonos cautelosamente bajo estas dos autoridades, es que nos atrevemos, un poco tímidamente, a mencionar esta del Ejército. Como la ciudad de Buenos Aires engendra cipayos a mayor velocidad que nuestras ubérrimas vacas paren terneros en la infinita pampa, porque para eso nació como ciudad puerto, vuelta de espaldas al país, y donde los cipayos pululan como masa consumidora de productos de importación (sea nylon o ideologías) es lógico que la mayor parte de los temas difundidos entre los muchachos de “la izquierda” europeizante sobre todo si es de cuño eslavo y cubre sus desnudeces teóricas con el pabellón “leninista”, se encuentra el de la interpretación del Ejército argentino. Nada suscita entre los neófitos más aversión que el planteamiento de una posición nueva: la observan como una aberración y la juzgan como una “revisión” del marxismo. ¡Qué destino el de Marx, el de Lenin, el de Trotsky y en general el de todos los maestros del socialismo! No los han enterrado sus adversarios de clase, sino sus seguidores ciegos. No por casualidad Marx exclamó un día amargamente que había sembrado dragones y cosechado pulgas.
La cuestión del Ejército argentino, tiene sin embargo, la más alta importancia. Viene de muy lejos, desde los orígenes de la vieja izquierda europea en nuestro país, esa negativa a considerar el Ejército como un fenómeno vivo, en evolución, contradictorio y sujeto a las luchas internas del pueblo argentino. Esto se explica; los fundadores de los movimientos socialista y comunista en la Argentina provenían, en su inmensa mayoría de países europeos, en especial del Imperio zarista, o de su dominio polaco, de los países eslavos atrasados en general y también del extinto Imperio austro húngaro, que oprimía a múltiples nacionalidades menores. La aplicación de las nociones socialistas, o del marxismo “en general”, a la realidad argentina, era improcedente, desde luego, pero en lo relativo a la función del Ejército, estaba envuelta en la visión que traían los inmigrantes de sus lugares de origen. Para ellos, el Ejército, en general y el argentino en particular, era similar a las castas prusianas, a las castas grandes rusas del zarismo (que hablaban francés entre el generalato, ahondando más aún el abismo entre ellas y el pueblo) y a las castas autro–húngaras, con los brillantes oficiales cubiertos de alamares y condecoraciones, lanzados de los salones con espejos al huracán de las represiones sangrientas.
Dicho de otro modo, asimilaban los ejércitos de los países opresores e imperiales a los ejércitos de los países dependientes o semicoloniales. Los inmigrantes de izquierda proyectaron esa visión de su pasado nacional a la óptica deformada de un país que apenas conocían y cuyo desarrollo histórico les era profundamente extraño. Hicieron escuela y las generaciones posteriores adoptaron ese criterio antimilitarista a secas, coincidiendo, cosa harto sospechosa, con la doctrina “antimilitarista” de “La Nación” y de “La Prensa”, de la “United Press” y de los partidos oligárquicos, que sólo admiten a los abogados y a los civiles como estadistas legítimos. Esta confusión de ideas e intereses se explicará si se juzga el problema diciendo que también el imperialismo angloyanqui es antimilitarista, pero en América Latina, no en Estados Unidos, donde cuando les conviene hacen de un inepto general como Eisenhower héroe nacional y dos veces presidente. Para el imperialismo, alentar a la izquierda latinoamericana, “fubista” o “marxista” en un antimilitarismo abstracto, significa imbuirlo de su propio contenido, esto es, impedir al marxismo o a sus portavoces influir en las corrientes del Ejército, así como en el pasado argentino influyeron en él el partido federal, el alsinismo, el roquismo, el yrigoyenismo, el peronismo y el nacionalismo católico. Del mismo modo, el imperialismo no mira con malos ojos la propagación de la doctrina del “socialismo puro”, del “internacionalismo” vacío y de tendencias aquellas que prescinden de considerar en su programa las tareas nacionales de nuestra revolución democrática.
Persigue con esa actitud, a la cual sirven los grupos “marxistas puros”, separar a la clase obrera del resto de la población no proletaria, despojarla de su condición de caudillo natural de la Nación y someterla, por ese aislamiento, sea a la la dirección de los jefes burgueses nacionales o a la acción reaccionaria del imperialismo y la oligarquía que pueden así imponer su voluntad al país y a la clase obrera simultáneamente.
El Ejército argentino puede jugar, como las restantes clases, un papel muy diverso. Se trata, en primer lugar, de una formación estatal armada, compuesta esencialmente de oficiales provenientes de la clase media; de ahí su heterogeneidad política, sus vacilaciones y sus reagrupamientos. Los estratos más altos del ejército han representado, y no solamente en nuestros días, la doble condición a que ha estado sometido el país en su conjunto: los intereses nacionales y los intereses de las potencias extranjeras. De ahí que hubo un ejército de Rondeau y uno de San Martín, un ejército montonero y otro del mitrismo porteño, un ejército contra la clase obrera en la Semana Trágica y otro con la clase obrera en las jornadas del 45.
La condición preliminar que define a un revolucionario es su aptitud para comprender la naturaleza de las fuerzas reales que desempeñan un papel en la sociedad argentina. Pero como el marxismo ha sido en nuestro país un artículo de importación, en muchos cerebros aun no ha florecido con raíces propias. La esencia del pensamiento socialista es su poder crítico para repensar lodo de nuevo y para extraer de la realidad nacional sus propias originalidades. Frente a los generales golpistas, gorilas y cipayos que se han empatotado desde 1955, no cabe sino una sola posición. Pero el Ejército en su conjunto refleja todas las tendencias de la sociedad argentina, no una sola.
Ya sabemos que el número de tontos es infinito, y que no se reclutan tan solo entre los izquierdistas del viejo estilo. Pero no nos interesan los tontos de otros campos, sino los de éste. Que recuerden, si esto no constituye un esfuerzo intelectual exagerado, que Lenin no vaciló en saludar la gesta de los “dekabristas”, oficiales zaristas jóvenes que subrayaron con su sangre su oposición al absolutismo. Se nos dirá que eran “dekabristas”, célebre palabra rusa, y no algo tan prosaico como “montonero” o “Perón”. Pero para Lenin, esa palabra era extranjera sino propia, porque casualmente Lenin también era ruso, y Chernichevsky era para él algo tan cercano como para nosotros el apellido Gómez. Por eso, porque era un revolucionario, no temió ser él mismo en su país. No participó jamás del “occidentalismo” y del “europeismo” de los refomistas mencheviques. Esa fue la causa de su triunfo.
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