martes, 11 de mayo de 2010

En la Pampa Cimarrona


por Enrique Rivera

José Hernández nació un 10 de noviembre de 1834, en la chacra Pueyrredón, la cual, aunque muy estrechada por la compresión urbana, subsiste en el partido bonaerense de San Martín, trocada en museo hernandiano, donde se cumplen, cada aniversario del natalicio, los actos centrales del Día de la Tradición.
Un extremo del predio da a la trajinada ruta nacional número 8 y el que, antaño, era un campestre paraje de lomas treboladas, se ve cubierto hoy día de barriadas, sobre todo obreras, de fábricas y talleres. El lugar cobra resonancia histórica al indicar que allí se levantaba el denominado caserío de Pedriel, donde el 1° de agosto de 1806 Juan Martín de Pueyrredón, tío abuelo del poeta, había encabezado a la caballería gaucha que, por vez primera, se enfrentó con las tropas inglesas de Beresford. A pesar de que el ejército regular se impuso a la inexperiencia de los corajudos criollos, que debieron desperdigarse, la acción fue principio de la lucha que, pocos días más tarde, culminó con la Reconquista. Quizás no esté de más acotar que el jefe argentino descendía, por el lado materno, de familia irlandesa -los O'Doggan- y que en el mencionado encruentro peleó también junto a los patriotas el cabo irlandés Miguel Skennon, quien previamente había desertado para sumárseles. ¡Cómo para que los ingleses los persuadieran de sus intenciones "liberadoras"!

Unitarios y federales en la familia

Fueron los progenitores del poeta, por ahora sólo un bebé de "excepcional tamaño", Isabel Pueyrredón y Rafael Hernández. La chacra era propiedad de una hermana de Isabel, llamada Victoria, casada con su primo, Mariano Pueyrredón. Presumiblemente, Rafael conoció a su futura esposa cuando realizaba algunas tareas vinculadas al establecimiento. Su matrimonio representó un ejemplo del "amor que derriba todas las vallas", pues la familia Pueyrredón era unitaria y los Hernández federales natos. Dos hermanos de Rafael, Eugenio y Juan José, eran militares de profesión y revistaban en las filas del rosismo. Juan José, particularmente, se había batido con heroicidad en Ituzaingó y formó parte del Estado Mayor de Rosas durante su campaña al Desierto, plantando "el primer campamento cristiano en Choele-Choele". Moriría mandando las infanterías de Rosas en Caseros.
Pero el joven Rafael no se interesaba mayormente por las cuestiones políticas, Isabel, mujer enamorada, no vaciló en adherir a las creencias federales de su novio y, por entonces, entre unitarios y federales no se había cavado aún la ancha fosa que abrieron el asesinato de Facundo Quiroga, atribuido a aquéllos; el bloqueo e intervención de Francia en nuestras guerras civiles; la conjura de los Maza; la revolución del Sur y la invasión de Lavalle a Buenos Aires, episodios todos que se registran entre los años 1835 y 1840.
Era también federal rosista el padre de Rafael, José Hernandez Plata, de nacionalidad española y ex cabildante; mas su oposición al enlace parece haber radicado sobre todo en la juventud de los novios y en que Isabel llevaba un año a su hijo. Extremó de tal suerte su terquedad que el muchacho, aún menos, debió solicitar la venia judicial para poder casarse, por cuyo motivo el intransigente viejo decidió no verlo nunca más, y hasta se afirma que los desheredó. La llegada al mundo de una nieta, Magdalena, no despejó la paterna ira, que sólo cedió cuando le fue llevado y bautizado con su nombre el nuevo vástago, José, en momentos en que perduraba aún en Buenos Aires los festejos por el ascenso al gobierno, por segunda vez, del Restaurador de las leyes.
La juvenil pareja carecía de peculio propio y en los primeros tiempos vivió en la chacra de sus primos. Rafael se ganaba la vida como acopiador de ganado, conduciendo tropas de vacunos desde las estancias hasta los saladeros situados en Barracas. A causa de estas tareas y por su filiación y parentescos federales estuvo también ligado a los establecimientos de Rosas. Como es lógico, Rafael debía desplazarse de un punto a otro de la campaña y su esposa, a quien tan prolongadas y frecuentes ausencias entristecían sobremanera, se decidió a acompañarlo. Quedaron así sus dos hijos, a quienes visitaban de cuando en cuando, a cargo de la tía Victoria, que les dispensó tales cariños y cuidados que los niños la llamaban "Mamá Totó".

La ciudad y el campo

Muy poco, en verdad, casi nada, se sabe de la infancia y adolescencia de José Hernández. Hasta los seis años vivió en la chacra de su mamá Totó y, aunque los alrededores no configurasen el escenario preciso de la pampa bravía y la proximidad de Buenos Aires se hiciera sentir, allí tuvo su primer contacto con el campo. Nos dice Leumann que el niño "era observador, poco inclinado a los juegos y escuchaba con frecuencia el canto de los payadores". Son estos rasgos que preanuncian al artista. Aprendió, además, a leer como por ensalmo, cuando contaba apenas cuatro años. Esta vida semiidílica se vio bruscamente truncada en 1840, año en que tropas francesas depositaron, en el norte de la provincia de Buenos Aires, a tropas unitarias comandadas por Lavalle, quien luego de vencer al general rosista Pacheco cerca del arroyo del Tala, avanzó hacia la ciudad, acampando con sus efectivos en Merlo. Allí aguardó durante unos días un levantamiento, que finalmente no se produjo, contra Rosas, quien intensificó la represión contra todos los unitarios, aún tivios o pasivos, para asegurarse el frente interno. En tales circunstancias, llegó un día hasta la chacra un negro enviado por el coronel Juan José Hernández, que, haciéndose el borracho, comunicó a los moradores que la Mazorca los visitaría pronto y ni la niña Magdalena se libraría del degüello. Los Pueyrredón no echaron en saco roto la advertencia y abandonaron la chacra, emigrando a Brasil, no sin antes dejar a José y Magdalena en casa del abuelo paterno, en Barracas.
De esta manera, por imperio de la guerra civil, José Hernández es privado, de un día para otro, de la calidez maternal de su tía Victoria, que había suplido a la madre verdadera cuando ésta hubo de ausentarse para seguir al padre. Si la presencia de "Mamá Totó" pudo entonces rescatar al niño de la situación traumática que el alejamiento de la madre debió causarle, su destierro repentino y sin compensación posible, le hirió en lo más hondo del alma y por eso en el Martín Fierro el tema del abandono y de la orfandad es uno de los que más frecuencia y particular relieve dramático cobran, alcanzando nivel casi autobiográfico.
Como hijitos de la cuna
Andarán por ahy sin madre
Ya se quedaron sin padre,
Y ansí la suerte los deja
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.
El abuelo protector, pero naturalmente severo, quedó a cargo del niño y le envió al "Liceo Argentino", colegio particular dirigido por Pedro Sánchez, en el cual se distinguió por su capacidad y conducta. Su hermano Rafael destaca la "percepción rápida y prodigiosa memoria" de José y añade que "desde niño, fue inclinado a la poesía...", con lo cual podemos conjeturar que quizás en el establecimiento de Sánchez, donde cursó estudios hasta 1845, haya pergeñado precozmente sus primeros versos.
El destino, ensañado con el niño, iba sin embargo a golpearle con redoblada crueldad otra vez. En julio de 1843 fallece su madre. Viajaba ésta en una carreta con su esposo y el hijo menor, Rafael, de apenas dos años. Como el vehículo diese tumbos y el niño era llevado por una criada precariamente sentada, Isabel sintió una súbita aprensión y lo tomo en sus brazos. La actitud maternal fue verdaderamente premonitoria, pues unos instantes más tarde la criada cayó bajo las pesadas ruedas y murió aplastada. Pero el susto tuvo sus consecuencias para Isabel, al manifestársele o agravarse un mal cardíaco que, a los pocos días, puso término a su existencia en Baradero.
Ninguna información ha llegado hasta nosotros sobre la reacción de José al enterarse de la desaparición de su madre, pero sabemos que poco después empezó a padecer una dolencia en el pecho, cuya naturaleza no supieron definir los médicos consultados. Como el mal empeorase y el niño llegara a escupir sangre, se temió por su vida y fue parecer unánime que fuese al campo con su padre, con la esperanza de que el aire pampeano le permitiera recuperarse. Y este fue, en verdad, el mejor y único remedio para su enfermedad. En contacto con aquel escenario grandioso y extraño, que dominó su alma, el niño se sobrepuso y absorbió, con todos sus sentidos e inteligencia, la materia épica que, muchos años después, incrementada con otras experiencias, moldeó en su inmortal poema. "Allá, en Camarones y en Laguna de los Padres -nos cuenta su hermano Rafael- se hizo gaucho, aprendió a jinetear, tomó parte en varios entreveros, rechazando malones de los indios pampas, asistió a las volteadas y presenció aquellos grandes trabajos que su padre ejecutaba y de que hoy no se tiene idea. Esta es la base de los profundos conocimientos de la vida gaucha y su amor al paisano que desplegó en todos sus actos".

"Con Hernández basta"

Hasta aquí, nos hemos constreñido a exponer prolijamente cuanto se sabe acerca de Hernández hasta 1852, año en que se derrumba el régimen de Rosas. Aparte del interés propio por conocer la vida del autor de nuestro poema máximo, esta prolijidad se justifica por la necesidad de desmontar desde el principio todo un caprichoso aparato interpretativo encaminado a presentar a José Hernández como un miembro de la oligarquía que, al cantarle al gaucho y a su destino, se puso en contradicción con "su propia casta" y violentó "sus recónditas convicciones"; a su poema, como si fuese en el fondo una protesta de los estancieros contra el gobierno que les privaba de sus peones, al mandarlos a los fortines; y a su actuación pública en 1880, al apoyar la federalización de la ciudad de Buenos Aires, como una capitulación de sus anteriores ideales políticos. En su descripción de la vida en las tolderías y de los malones, se pretende advertir la parcialidad del hombre blanco que arrebata al indio sus tierras y prefiere aniquilarlo, y hasta se le sospecha de racismo, todo porque Martín Fierro en la primera parte del poema tuvo una reyerta con un negro, se dijeron algunas cosas y en duelo criollo le dio muerte.
Uno de los biógrafos más recientes nos revela que Hernández fue criado en la chacra Pueyrredón "a lo patricio". No hemos podido hallar el fundamento posible de esta aserción, un tanto ambigua. Como hemos visto, los padres no tenían bienes. El edificio de la chacra era de construcción más bien modesta, como aún hoy puede colegirse si se lo visita y, en todo caso, distaba enormemente de ser un palacio poblado de sirvientes y esclavos. Mamá Totó y su esposo Mariano, aunque llevaban un apellido merecidamente ilustre, constituían una familia criolla media, cuyo nivel económico no permite equipararla a los grandes estancieros y comerciantes porteños.
José Hernández nunca quiso usar, al lado de su apellido paterno, "casi impersonal" según señala un autor, el de Pueyrredón, contrariando de este modo una práctica habitual. Cuando le preguntaban el motivo respondía: "Porque con Hernández basta". No lo hizo porque abrigase prejuicios falsamente populistas contra el apellido materno, sino simplemente por razones políticas, ya que había abrazado la causa del federalismo. Pero tenía perfecta conciencia de su valor patriótico. Por eso, cuando su tío, el coronel Manuel Alejandro Pueyrredón fue objeto por alguien de un bajo ataque que desconocía sus servicios al país, no vaciló en escribir: "Los Hernández jóvenes pueden enseñarle a ese canalla cómo debe respetarse a un Pueyrredón viejo"

lunes, 10 de mayo de 2010

VERDAD Y VIDA

por Miguel de Unamuno

Uno de los que leyeron aquella mi correspondencia aquí publicada, a la que titulé Mi religión, me escribe rogándome aclare o amplíe aquella fórmula que allí empleé de que debe buscarse la verdad en la vida y la vida en la verdad. Voy a complacerle procediendo por partes.

Primero la verdad en la vida.

Ha sido mi convicción de siempre, más arraigada y más corroborada en mí cuanto más tiempo pasa, la de que la suprema virtud de un hombre debe ser la sinceridad. El vicio más feo es la mentira, y sus derivaciones y disfraces, la hipocresía y la exageración. Preferiría el cínico al hipócrita, si es que aquél no fuese algo de éste.

Abrigo la profunda creencia de que si todos dijésemos siempre y en cada caso la verdad, la desnuda verdad, al principio amenazaría hacerse inhabitable la Tierra, pero acabaríamos pronto por entendernos como hoy no nos entendemos. Si todos, pudiendo asomarnos al brocal de las conciencias ajenas, nos viéramos desnudas las almas, nuestras rencillas y reconcomios todos fundiríanse en una inmensa piedad mutua. Veríamos las negruras del que tenemos por santo, pero también las blancuras de aquel a quien estimamos un malvado.

Y no basta no mentir, como el octavo mandamiento de la ley de Dios nos ordena, sino que es preciso, además, decir la verdad, lo cual no es del todo lo mismo. Pues el progreso de la vida espiritual consiste en pasar de los preceptos negativos a los positivos. El que no mata, ni fornica, ni hurta, ni miente, posee una honradez puramente negativa y no por ello va camino de santo. No basta no matar, es preciso acrecentar y mejorar las vidas ajenas; no basta no fornicar, sino que hay que irradiar pureza de sentimiento; ni basta no hurtar, debiéndose acrecentar y mejorar el bienestar y la fortuna pública y las de los demás; ni tampoco basta no mentir, sino decir la verdad.

Hay ahora otra cosa que observar—y con esto a la vez contesto a maliciosas insinuaciones de algún otro espontáneo y para mí desconocido corresponsal de esos pagos—, y es que como hay muchas, muchísimas más verdades por decir que tiempo y ocasiones para decirlas, no podemos entregarnos a decir aquellas que tales o cuales sujetos quisieran dijésemos, sino aquellas otras que nosotros juzgamos de más momento o de mejor ocasión. Y es que siempre que alguien nos arguye diciéndonos por qué no proclamamos tales o cuales verdades, podemos contestarle que si así como él quiere hiciéramos, no podríamos proclamar tales otras que proclamamos. Y no pocas veces ocurre también que lo que ellos tienen por verdad y suponen que nosotros por tal la tenemos también, no es así.

Y he de decir aquí, por vía de paréntesis, a ese malicioso corresponsal, que si bien no estimo poeta al escritor a quien él quiere que fustigue nombrándole, tampoco tengo por tal al otro que él admira y supone, equivocándose, que yo debo admirar. Porque si el uno no hace sino revestir con una forma abigarrada y un traje lleno de perendengues y flecos y alamares un maniquí sin vida, el otro dice, sí, algunas veces cosas sustanciosas y de brío —entre muchas patochadas— pero cosas poco o nada poéticas, y, sobre todo, las dice de un modo deplorable, en parte por el empeño de sujetarlas a rima, que se le resiste. Y de esto le hablaré más por extenso en una correspondencia que titularé: Ni lo uno ni lo otro.

Y volviendo a mi tema presente, como creo haber dicho lo bastante sobre lo de buscar la verdad en la vida, paso a lo otro, de buscar la vida en la verdad.

Y es que hay verdades muertas y verdades vivas, o mejor dicho: puesto que la verdad no puede morir ni estar muerta, hay quienes reciben ciertas verdades como cosa muerta, puramente teórica y que en nada les vivifica el espíritu.

Kierkegaard dividía las verdades en esenciales y accidentales, y los pragmatistas modernos, a cuya cabeza va Guillermo James, juzgan de una verdad o principio científico según sus consecuencias prácticas. Y así, a uno que dice creer haya habitantes en Saturno, le preguntan cuál de las cosas que ahora hace no haría o cuál de las que no hace haría en caso de no creer que haya habitantes en tal planeta, o en qué se modificaría su conducta si cambiase de opinión a tal respecto. Y si contesta que en nada, le replican que ni eso es creer cosa alguna ni nada que se le parezca.

Pero este criterio así tomado —y debo confesar que no lo toman así, tan toscamente, los sumos de la escuela— es de una estrechez inaceptable. El culto a la verdad por la verdad misma es uno de los ejercicios que más eleva el espíritu y lo fortifica.

En la mayoría de los eruditos, que suele ser gente mezquina y envidiosa, la rebusca de pequeñas verdades, el esfuerzo por rectificar una fecha o un nombre, no pasa de ser o un deporte o una monomanía o un puntillo de pequeña vanidad; pero en un hombre de alma elevada y serena, y en los eruditos de erudición que podría llamarse religiosa, tales rebuscas implican un culto a la verdad. Pues le que no se acostumbra a respetarla en lo pequeño, jamás llegará a respetarla en lo grande. Aparte de que no siempre sabemos qué es lo grande y qué lo pequeño, ni el alcance de las consecuencias que pueden derivarse de algo que estimemos, no ya pequeño, sino mínimo. Todos hemos oído hablar de la religión de la ciencia, que no es —¡Dios nos libre!— un conjunto de principios y dogmas filosóficos derivados de las conclusiones científicas y que vayan a sustituir a la religión, fantasía que acarician esos pobres cientificistas de que otras veces os he hablado, sino que es el culto religioso a la verdad científica, la sumisión del espíritu ante la verdad objetivamente demostrada, la humildad de corazón para rendirnos a lo que la razón nos demuestre ser verdad, en cualquier orden que fuere y aunque no nos agrade.

Este sentimiento religioso de respeto a la verdad, ni es muy antiguo en el mundo ni lo poseen más los que hacen más alarde de religiosidad. Durante los primeros siglos del cristianismo y en la Edad Media, el fraude piadoso —así se le llama: pia fraus— fue corriente. Bastaba que una cosa se creyese edificante para que se pretendiera hacerla pasar por verdadera. Cabiendo, como cabe, en una cuartilla del tamaño de un papelillo de fumar cuanto los Evangelios dicen de José, el esposo de María, hay quien ha escrito una Vida de San José, patriarca, que ocupa 600 páginas de compacta lectura ¿Qué puede ser su contenido sino declamaciones o piadosos fraudes?

De cuando en cuando recibo escritos, ya de católicos, ya de protestantes —más de éstos, que tienen más espíritu de proselitismo, que de aquéllos— en que se trata de demostrarnos tal o cual cosa conforme a su credo, y en ellos suele resplandecer muy poco el amor a la verdad. Retuercen y violentan textos evangélicos, los interpretan sofísticamente y acumulan argucias nada más que para hacerles decir, no lo que dicen, sino lo que ellos quieren que digan. Y así resulta que esos exegetas tachados de racionalismo —no me refiero, claro está, a los sistemáticos detractores del cristianismo, como Nietzsche, o a los espíritus ligeros que escriben disertaciones tratando de probar que el Cristo no existió, que fue discípulo de Buda, u otra fantasmagoría por el estilo—, esos exegetas han demostrado en su religioso culto a la verdad una religiosidad mucho mayor que sus sistemáticos refutadores y detractores.

Y este amor y respeto a la verdad y este buscar en ella vida, puede ejercerse investigando las verdades que nos parezcan menos pragmáticas.

Ya Platón hacía decir a Sócrates en el Parménides, que quien de joven no se ejercitó en analizar esos principios metafísicos, que el vulgo estima ocupación ociosa y de ociosos, jamás llegará a conseguir verdad alguna que valga. Es decir, traduciendo al lenguaje de hoy ahí, en esa tierra, que los cazadores de pesos que desprecian las macanas jamás sabrán nada que haga la vida más noble, y aunque se redondeen de fortuna tendrán pobrísima el alma, siendo toda su vida unos beocios; y siglos más tarde que Platón, otro espíritu excelso, aunque de un temple distinto al de aquél, el canciller Bacon, escribió que "no se han de estimar inútiles aquellas ciencias que no tienen uso, siempre que agucen y disciplinen el ingenio".

Éste es un sermón que hay que estarlo predicando a diario —y por mí no quedará— en aquellos países, entre aquellas gentes donde florece la sobreestimación a la ingeniería con desdén de otras actividades.

En el vulgo es esto inevitable, pues no juzga sino por los efectos materiales, por lo que le entra por los ojos. Y así, es muy natural que ante el teléfono, el fonógrafo y otros aparatos que le dicen ser invención de Edison —aunque en rigor sólo en parte lo sean de este diestro empresario de invenciones técnicas— se imaginen que el tal Edison es el más sabio y más genial de los físicos hoy existentes e ignoren hasta los nombres de tantos otros que le superan en ciencia. Ellos, los del vulgo, no han visto ningún aparato inventado por Maxwell, verbigracia, y se quedan con su Edison, lo mismo que se quedan creyendo que el fantástico vulgarizador Flammarión es un estupendo astrónomo.

Mal éste que, con el del cientificismo, tiene que ser mayor que en otros en países como ése, formados en gran parte de emigrantes de todos los rincones del mundo que van en busca de fortuna, y cuando la hacen, procuran instruirse de prisa y corriendo, y en países además donde los fuertes y nobles estudios filosóficos no gozan de estimación pública y donde la ciencia pura se supedita a la ingeniería, que es la que ayuda a ganar pesos. Al menos, por lo pronto. Y digo por lo pronto, porque donde la cultura es compleja, han comprendido todos el valor práctico de la pura especulación y saben cuánta parte cabe a un Kant o un Hégel en los triunfos militares e industriales de la Alemania moderna. Y saben que si cuando Staudt inició la geometría pura o de posición esta rama de la ciencia no pasaba de ser una gimnástica mental, hoy se funda en ella mucha parte del cálculo gráfico que puede ser útil hasta para el tendido de cables.

Pero aparte esta utilidad mediata o a largo plazo que pueden llegar a cobrar los principios científicos que nos aparezcan más abstractos, hay la utilidad inmediata de que su investigación y estudio educa y fortifica la mente mucho mejor que el estudio de las aplicaciones científicas. Cuando nosotros empezamos a renegar de la ciencia pura, que nunca hemos cultivado de veras —y por eso renegamos de ella— y todo se nos vuelve hablar de estudios prácticos, sin entender bien lo que esto significa, están los pueblos en que más han progresado las aplicaciones científicas escarmentándose del politecnicismo y desconfiando de los practicones. Un mero ingeniero —es decir, un ingeniero sin verdadero espíritu científico, porque los hay que le tienen— puede ser tan útil para trazar una vía férrea como un buen abogado para defender un pleito; pero ni aquél hará avanzar a la ciencia un paso, ni a éste le confiaría yo la reforma de la constitución de un pueblo.

Buscar la vida en la verdad es, pues, buscar en el culto de ésta ennoblecer y elevar nuestra vida espiritual y no convertir a la verdad, que es, y debe ser siempre viva, en un dogma, que suele ser una cosa muerta.

Durante un largo siglo pelearon los hombres, apasionándose, por si el Espíritu Santo procede del Padre solo o procede del Padre y del Hijo a la vez, y fue esa lucha la que dio origen a que en el credo católico se añadiera lo de Filioque, donde dice qui ex Patre Filioque procedit; pero hoy ¿a qué católico le apasiona eso? Preguntadle al católico más piadoso y de mejor buena fe, y buscadlo entre los sacerdotes, por qué el Espíritu Santo ha de proceder del Padre y del Hijo y no sólo del primero, o qué diferencia implica en nuestra conducta moral y religiosa el que creamos una cosa o la otra, dejando a un lado lo de la sumisión a la Iglesia, que así ordena se crea, y veréis lo que os dice. Y es que eso, que fue en un tiempo expresión de un vivo sentimiento religioso a la que en cierto respecto se puede llamar verdad de fe —sin que con esto quiera yo afirmar su verdad objetiva— no es hoy más que un dogma muerto.

Y la condena del actual Papa contra las doctrinas del llamado modernismo, no es más sino porque los modernistas —Loisy, Le Roy, el padre Tyrrell, Murri, etc.— tratan de devolver vida de verdades a dogmas muertos, y el Papa, o mejor dicho sus consejeros —el pobrecito no es capaz de meterse en tales honduras—, prevén, con muy aguda sagacidad, que en cuanto se trate de vivificar los tales dogmas, acaban éstos por morirse del todo. Saben que hay cadáveres que al tratar de insuflarles nueva vida se desharían en polvo.

Y ésta es la principal razón por qué se debe buscar la vida de las verdades todas, y es para que aquellas que parecen serlo y no lo son se nos muestren como en realidad son, como no verdades o verdades aparentes tan sólo. Y lo más opuesto a buscar la vida en la verdad es proscribir el examen y declarar que hay principios intangibles. No hay nada que no deba examinarse. ¡Desgraciada la patria donde no se permite analizar el patriotismo!

Y he aquí cómo se enlazan la verdad en la vida y la vida en la verdad, y es que aquellos que no se atreven a buscar la vida de las que dicen profesar como verdades, jamás viven con verdad en la vida. El creyente que se resiste a examinar los fundamentos de su creencia es un hombre que vive en insinceridad y en mentira. El hombre que no quiere pensar en ciertos problemas eternos, es un embustero y nada más que un embustero. Y así suele ir tanto en los individuos como en los pueblos la superficialidad unida a la insinceridad. Pueblo irreligioso, es decir, pueblo en que los problemas religiosos no interesan a casi nadie —sea cual fuere la solución que se les dé—, es pueblo de embusteros y exhibicionistas, donde lo que importa no es ser, sino parecer ser. He aquí cómo entiendo lo de la verdad en la vida y la vida en la verdad.

viernes, 7 de mayo de 2010

El Partido Socialista contesta a la Falange Nacional

por Salvador Allende


Declaración pública. Publicada en el periódico del Partido Socialista CONSIGNA. 21.01.1939.

La Falange Nacional ha dirigido una comunicación al Comité Central del Partido Socialista planteándole la necesidad de asegurar la corrección del acto electoral del domingo próximo y proponiéndole, como medida práctica, el intercambio de delegados en las Secretarías de los bandos en lucha.
A este respecto, el Comité Central del Partido Socialista ha considerado:
1.- Que la candidatura de Gerardo López no sólo representa en el acto eleccionario al Partido Socialista, sino que ha recibido el apoyo de todas las fuerzas populares y partidos de izquierdas, siendo elemental deber de convivencia política proceder de consuno en los trámites de la elección;
2.- Que el Partido Socialista estima, por su parte, no sólo inconveniente este intercambio sino perturbador para la política de clarificación nacional que sostiene el Frente Popular. Es necesario advertir que la candidatura Leighton no representa únicamente a las fuerzas falangistas que en Santiago constituyen tres o cuatro mil votos, sino a todas las fuerzas reaccionarias coaligadas contra el candidato del pueblo y contra el pueblo. .
Apoyan decididamente esta candidatura los sectores recalcitrantes de la oligarquía chilena, los mismos que en estos momentos conspiran económica y políticamente contra el Gobierno deI Frente Popular, a fin de extrangularlo por el sabotaje financiero y provocar en un futuro próximo violentas subversiones de tipo reaccionario, antipopular y fascista. Sus nefastos propósitos son conocidos por todos los dirigentes del Partido Socialista y demás fuerzas de Izquierda. No puede, por lo tanto, existir contacto de ninguna especie entre el Partido Socialista y la Falange mientras ésta no se despoje de todo contubernio con la reacción oligárquica que ha oprimido a nuestro país durante más de un siglo. Las actitudes políticas de la Falange en el Congreso Nacional (aprobación de Facultades Extraordinarias, Ley de Seguridad Interior, Estado de Sitio, permiso constitucional a Alessandri) y fuera del Congreso (apoyo electoral a Ross) demuestran la falta absoluta de sinceridad en las declaraciones que formulan constantemente sus personeros.
Estas declaraciones teóricas y demagógicas, revelan un supremo esfuerzo para atraer sectores indecisos independientes y para retener la pequeña fuerza popular que ya abandona las tiendas del viejo Partido Conservador y se une a los contingentes de la izquierda chilena.
3°.- Que aparte de estas apreciaciones de orden político, el Comité Central del Partido Socialista estima innecesaria cualquiera gestión entre las fuerzas en lucha porque el Gobierno actual es suficiente garantía de que la elección se desarrollará dentro del cumplimiento estricto de la ley y de la corrección de procedimientos que el Partido Socialista y el Frente Popular han reclamado siempre como elemental norma de moral cívica. La Falange nada tiene que temer del pueblo si se sujeta a estos procedimientos de corrección electoral y si no acude, como lo han hecho sistemáticamente las fuerzas que hoy la apoyan, a la vergonzosa y denigrante práctica del cohecho, baldón de la vida republicana. No puede existir violencia cuando no hay motivos que la provoquen; ni puede existir temor de incorrecciones o arbitrariedades bajo un Gobierno que el pueblo se ha dado precisamente para defender la legalidad y el amplio ejercicio de los derechos democráticos.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Ante la aparición de los Cuadernos de FORJA

por Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina

F.O.R.J.A. quiere afrontar los problemas argentinos con criterio argentino, porque considera que el vicio más funesto que padecemos es la entrega permanente y ominosa de la economía nacional a la colonización de las grandes potencias imperialistas, servidas onerosamente por nuestras más destacadas personalidades políticas y profesionales. Sin la total emancipación de la República, liberándola de estos vínculos coloniales, jamás podremos retomar la trayectoria de nuestra grandeza inicial, con grave ofensa para la dignidad de la Nación...

......

Es necesario, para disponerse a la acción heroica y salvadora, empezar por la propia purificación. Ningún hombre que continúe participando, activa o pasivamente, en la complicidad que comporta no repudiar sin piedad la corrupción política del ambiente, empezando por los propios círculos donde actúa, estará en condiciones de colaborar en la gran obra reparadora que exige la salud de la República.

martes, 4 de mayo de 2010

DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA


por Arturo Jauretche

EL "AUSENTISMO" DE LA ALTA CLASE


Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también el "luto social" im­puesto a las familias rosistas recalcitrantes.

La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se

lunes, 3 de mayo de 2010

Guamán Poma de Ayala: Pionero de la Teología de la Liberación. Pt.1


por Manuel García Castellón


Introducción


En 1908, el erudito alemán Richard Pietschmann descubrió en la Biblioteca Real de Copenhague el manuscrito de la Nueva Corónica y Buen gobierno (¿1615?), obra del indio peruano Felipe Guamán Poma de Ayala. Desde entonces, se han sucedido las ediciones y los trabajos de crítica textual, antropológica, histórica e iconográfica que versan sobre dicha obra, verdadera singularidad bibliográfica. En efecto, la obra de Guamán Poma es el primer discurso indio escrito en la lengua de los vencedores y, a pesar de los frecuentes pasajes donde desmaya el relato, se considera un vivo exponente de la vida del virreinato del Perú en la segunda mitad del siglo XVI.

Pero la mayor singularidad de la exposición es que el autor la concibe a partir de la problemática del indio, y no desde el estamento dominador. He ahí la razón de que el autor prometa como “nueva” su propia crónica. Habiéndose criado con fuertes influencias clericales (ya fueran éstas testimoniales o contratestimoniales) y habiendo aceptado fervorosamente el Evangelio, el indio Felipe Guamán Poma, nieto de Incas y nobles Yarovilcas, testimonia abrazando él mismo las condiciones objetivas de pobreza, por lo que instaura la primera visión cronística desde la perspectiva del indio, es decir, del pobre.

Parte de la obra es una simulada conversación entre el autor y el rey de España, lo que bien podría representar el diálogo del indio (y desde el sentir indio) con la ideología de la metrópolis. Guamán quiere que el rey, lejano en Castilla, sepa que su pueblo peruano es víctima de crudelísimos abusos por parte de funcionarios, clérigos y colonos; que los españoles son advenedizos y déspotas y que sólo al monarca hispano toca el título de propiedad de la tierra, pues a él se acogieron los naturales como nuevo Inca para dirimir así la querella fratricida entre Atahualpa y Huáscar. Dice también Guamán que, en aquellas circunstancias, el pueblo precisa un valedor, a lo que él mismo se brinda. Para hacer la lectura llevadera a su Majestad, el autor la ilustra con más de 400 dibujos propios, complemento plástico de la denuncia textual. En general, puede decirse que se trata de un clamor genuinamente indio, traducido grosso modo a la altura, a la religión e incluso al arte de los amos.

Si bien las implicaciones de la teología jurídica lascasiana y salmantina están presentes, el caso de Guamán no consiste en un mero pleito. Más bien, la actitud de Poma de Ayala —autor, narrador y protagonista de la Nueva Corónica— es con certeza personal y profética. Fundada en un Evangelio bien asumido, viene suscitada por el escándalo de la postración del pueblo bajo el poder extranjero.

Paradójicamente, el hombre nuevo o redimido no se hará sin el cumplimiento de una retro-utopía de antiguos valores andinos restaurados. En busca de dignidad humana se contempla volver a los días del Inca, cuya previsión alimentaria hacía innecesaria una caridad degradante y cuya intransigente justicia criminal, laboral y social mantenían una rígida virtud en el pueblo. Como la protesta se hace en nombre del Evangelio, ello implica que lo cristiano cuenta en la re-estructuración de un mundo peruano feliz y exento de malos “viracochas” o españoles. El autor es consciente del peligro de su compromiso político: no sólo él mismo ha sufrido persecución y prisión por su actitud rebelde, sino también alguno de sus discípulos ha sido encarcelado y torturado.

Hasta la fecha, el aspecto religioso en la obra de Guamán ha sido tratado sucintamente y siempre con relación a la antropología (Ossio) o a la crítica textual, semiótica, etc. (McCormack, Adorno, López Baralt). En el presente trabajo hemos querido aplicar los principios de la Teología de la Liberación a la obra de Guamán Poma de Ayala. Con ello se afirma que las actitudes evangélicas de rechazo de un orden injusto preexisten a las modernas formulaciones de la Teología de la Liberación. En efecto, dichos principios, por ser aplicables a la obra de Guamán, no hacen más que manifestar su propio arraigo en el ser histórico de América.

A fin de establecer el marco teórico en el que se funda este trabajo, esbozamos brevemente lo que son las grandes líneas de la TL. Asimismo, damos una rápida ojeada a la cronología del movimiento en su moderna aparición. Resumiendo mucho el rico pensamiento de sus formuladores (Gutiérrez, Boff, Ellacuría, Vidales, Dussel, etc.), veremos que la TL comprende principalmente la atención que el hombre de fe da a las realidades terrestres (en particular, al problema de la pobreza, al Reino de Dios y su justicia en la tierra y la especificidad del “hombre nuevo” o redimido); el requerir la mediación de las ciencias sociales para el quehacer teológico; una manera de redescubrir en la Sagrada Escritura la carta de liberación de todas las alienaciones; la dimensión política del compromiso de fe; la ética dirigida hacia una opción por los pobres. Por último, se afirma la “americanidad” inicial de una forma de hacer teología que, a su vez, aspira a ser universal.

Gustavo Gutiérrez afirma que no debe perderse de vista “el aporte de la vida y de la reflexión de la comunidad cristiana en su peregrinar histórico [...] ‘dando cuenta de su esperanza’ hacia ‘nuevos cielos y nueva tierra” (1987: 80-81). Por ejemplo, en el proceso dialéctico de construcción de la conciencia cristiana, el humanismo renacentista es momento especial por su fluir de critica social. De dicha crítica depende el surgimiento de actitudes teológicas en diálogo con lo real. Por entonces, frente a la escolástica estática de las Universidades y Estudios Generales, iba surgiendo una teología en libertad, espontánea, multifacética, informal, pero dimanante del más puro compromiso evangélico. Podemos citar aquí el profetismo de Montesinos y Las Casas acusando a los que esclavizan y exterminan a los antillanos; el entusiasmo de Vasco de Quiroga, obispo de Michoacán, en que Dios suscite una inédita y ejemplar cristiandad americana; el erasmismo que en España inclinaba a la autenticidad y a la simplicidad evangélicas; el Papa Paulo III pronunciándose en favor de la humanidad y libertad de los indios de América y decidiendo, en persona, la cristianización de ultramar; la misión jesuita con su fe en el hombre de las nuevas tierras y su voluntad de formarlo integralmente. Como se ve, del seno mismo de la Iglesia oficial, que a veces con sus ortodoxias y codificaciones perdía de vista el punto de partida del simple y directo Evangelio, surgían también elementos dedicados a ver de qué manera la Escritura estaba en relación con la vida del siglo, en especial para redescubrir en dicha Escritura las claves de la libertad del cristiano. En América, la atención a los signos de los tiempos forzó a muchos religiosos a la opción por el pobre —el indio indefenso, en este caso— pronunciándose así frente al contratestimonio de otros.

El nuevo fermento espiritual salía de los púlpitos de sacerdotes testimoniales y pasaba al corazón y a la conciencia de los vencidos. A veces, favorecido por la imprenta, se convierte en tratadística de denuncia, como ocurrió, con la Brevísima relación de la destruyción de las Indias, del dominico Bartolomé de las Casas, autor también de trataditos más elaborados como el que versa acerca de la mansedumbre como única forma de llamar a los naturales a la fe, De único vocationis modo. Surgía, pues, una teología tan modesta como directa, que comenzaba a interesarse más por lo inmanente —el hombre— incurriendo así en su primer temporalismo cristiano o preocupación por las condiciones que indican la actualidad del Reino de Dios en la tierra.

Dicha teología comenzaba a dar algunos frutos de justicia hacia mediados del siglo XVI, con la llegada a la colonia de funcionarios humanistas y magnánimos como La Gasca o Polo de Ondegardo, y posteriormente con los jesuitas. Pero, en definitiva, lo único que unos y otros hacían no era sino prestarle voz al indio, quien como pobre esclavizado no precisaba ni siquiera aprender a emitir su grito de dolor para constituir, por si mismo, el gran escándalo que aqueja a la Iglesia. Por su propia presencia en el Nuevo Mundo, aquellos pobres impulsaban una forma nueva de comprender el Evangelio; es decir, verlo como palimpsesto de una carta de liberación integral.

Con el tiempo, empero, muchos indios llegaron a apropiarse del útil de la letra escrita y a servirse de él en sus querellas contra los dominadores. Es entonces cuando el mensaje adquiere una virtualidad propia y extraña. Uno de dichos indios escritores es Guamán Poma de Ayala, “cacique y príncipe”, como a sí mismo se nombra, quien a pesar de su espíritu díscolo se ha disciplinado lo suficiente como para escribir su “carta al Rey”. Respecto a sintagmación y ortografía, Guamán escribe como Dios le da a entender, pero nunca está carente de una articulación: dado que los peruanos se ofrecieron voluntariamente al amparo del rey de España, nuevo Inca por legado de Atahualpa, no hubo ni “guerra justa”, ni conquista, ni el consiguiente derecho a subyugar al pueblo (según el derecho de gentes de la época). Los españoles son extranjeros o “mitimaes” que deben volverse cuanto antes a Castilla. Su presencia en el virreinato es nefasta para la vida temporal y espiritual de los andinos. La fidelidad al rey, no obstante, queda garantizada; se infiere que una administración autóctona hará llegar al monarca su “quinto real” de la fabulosa plata del Potosí y Huancavélica.

Así pues, es de todo punto posible afirmar que la Nueva Corónica y Buen Gobierno es ya un producto primigenio de teología testimonial. Por supuesto, no se pretende aquí presentar la obra de Poma de Ayala como tratado teológico, pues no es eso, pero sí como poseedora de serios alcances teologales. La teología no es siempre sistema orgánico; a veces es gesto, plegaria, profecía, en fin, mínimos teológicos que, a su vez, son generativos de los tratados formales. En este sentido, la Nueva Corónica puede incluirse en lo que Dussel llama “palabras políticas primeras” (1977: 107), grito teológico primordial del pobre hacia un dios del que espera justicia y liberación, inicio de la historia de la conciencia testimonial americana.

sábado, 1 de mayo de 2010

ORDEN GENERAL AL EJERCITO LIBERTADOR


por Emiliano Zapata


El General Emiliano Zapata, Jefe de la revolución del sur y centro de la República, hace saber a las fuerzas de su mando:


Primero. Todos los jefes que tengan bajo su mando fuerza armada, procurarán darle la mejor organización posible, a fin de que tengan buenos resultados en las operaciones militares y movilicen su tropa con más exactitud y rapidez. Por cuatro soldados nombrarán un cabo, por cada dos cabos nombrarán un sargento, quedando al arbitrio del Jefe Superior designar el número de sargentos a cada capitán y demás jefes de subordinación, para mantener el buen orden y la disciplina.

Segundo. Todos los soldados prestarán la debida subordinación y respeto a los jefes superiores que les sean designados; asimismo, tendrán iguales atenciones para los demás jefes y superiores de las diversas compañías que forman el ejército libertador. Todo soldado o soldados, bajo ningún pretexto desobedecerán las órdenes aún cuando no militen bajo su mando. Cualquier falta de obediencia o de respeto a un jefe será debidamente castigada.

Tercero. Todos los soldados en general tienen la obligación, tanto en los combates como en las marchas que se originen, de permanecer al lado de los jefes a que están subordinados, pues de ninguna manera deben mezclarse con otra gente o compañia, porque serán causantes de desórdenes y confusión, siendo responsables de este acto.

Cuarto. Todo soldado que se aparte de sus jefes, sin motivo legal; que los abandone en el campo de batalla, que al ejecutar marcha vuelva atrás, sin causa justificada, con el fin de no concurrir al ataque donde se dirijan las fuerzas, será considerado como desertor y como tal irremisiblemente desarmado.

Quinto. Todo soldado o soldados que abandonen la compañia a que correspondan para ir al desempeño de una comisión o mandato de cualquier naturaleza que sea, debe constar por escrito; pues de otra manera quedarán sujetos a las penas que se aplican a los desertores.

Sexto. Toda clase de tropa, compañias, guerrillas o cuerpos de gente armada, que se han puesto bajo la sombra de la bandera revolucionaria, deben otorgar completas garantías a las personas y propiedades; pues bajo ningún pretexto ni causa personal, deben cometerse atentados contra las vidas y propiedades. La revolución no tolerará, sino que, por el contrario, castigará a los culpables de la manera más severa, para dejar satisfecha a la justicia y a la sociedad.

Séptimo. Solamente a los enemigos de la revolución que se compruebe que ayudan o están en connivencia con el mal gobierno ilegal, directa o indirectamente, para hostilizar nuestra obra revolucionaria, se le suspenderán las garantías constitucionales. Igual pena tendrán todos aquellos que, en calidad de voluntarios, tomen las armas en favor del mal gobierno ilegal de Huerta.

Octavo. Todos los voluntarios que se han puesto al servicio del mal gobierno ilegal de Huerta, por el solo hecho de que al avistarse las fuerzas revolucionarias se pongan al lado de ellas, tendrán derecho a la protección y garantías de que se trata.

Noveno. Cuando se ponga sitio a una población o se efectúe el ataque a una ciudad, o cualquier poblado de la importancia que fuere, queda absolutamente prohibido que la gente se dedique al saqueo, al robo o a otra clase de depredaciones; quedando bajo la más estrecha responsabilidad de los jefes de operaciones vigilar y evitar a todo trance los desmanes de referencia, castigando enérgicamente a los infractores y reprimiendo esos actos contrarios a nuestro credo y a la causa que defendemos. Los habitantes de las poblaciones que sin pertenecer al Ejército libertador, se entreguen al pillaje o cometan depredaciones, aprovechándose del fragor del combate o ataque que se haga a los defensores del mal gobierno, serán igualmente castigados por los jefes revolucionarios que tengan fuerzas a su mando en el lugar de los acontecimientos.

Décimo. Los soldados de la revolución, lo mismo que la gente pacífica que salgan de dentro de la población estando en vigor el ataque, con mercancía u otros objetos, serán aprehendidos inmediatamente pará ser juzgados, y comprobados los delitos sertin castigados con severidad.

Décimoprimero. Cuando una plaza, ciudad o población sea tomada por las fuerzas revolucionarias, el Cuartel General, de acuerdo con los demás jefes y adictos a la causa de cada población o lugar de que se trate, ocupado por las fuerzas libertadoras, nombrará de entre los revolucionarios una comisión que se encargue de recolectar entre los principales comerciantes y capitalistas de la localidad, la contribución de guerra que en efectivo o mercancías de antemano impusiere el Cuartel General, y la misma comisión se encargará de distribuir entre los jefes, oficiales y soldados, bien sea en dinero o en mercancías, lo que cada quien necesite, de una manera equitativa, satisfaciendo hasta donde sea posible las necesidades de cada cual, según las circunstancias lo demanden.

Décimosegundo. De los saqueos y depredaciones que se cometan en las poblaciones al ser atacadas, cada jefe revolucionario responderá de la zona en que ha operado y todo soldado o jefe subalterno tiene el deber de denunciar en el acto a todo culpable o culpables de depredaciones, a fin de evitar la mancha que se arroja sobre la revolución y sus principios.

Décimotercero. Hago presente a los jefes revolucionarios que están bajo mi mando, que redoblen sus esfuerzos a fin de que a todo trance, cuiden de que no se emborrachen en calles y plazas públicas los revolucionarios que estén bajo sus órdenes, con el noble propósito de infundir en las fuerzas el mayor orden y disciplina posibles; que comprendan que la constante práctica de orden y de justicia nos hará fuertes; que nuestra bandera es de salvación en favor de los pueblos, no de exterminio, que la revolución y la patria estimarán a sus buenos hijos que hagan de nuestro credo la sentencia de la equidad y la justicia, de nuestros esfuerzos la tumba de los tiranos y del triunfo de nuestros ideales la prosperidad y bienestar de la República.


Dado en el Cuartel General en Tlacozoltitlán, Estado de Guerrero, a los cuatro días del mes de octubre de mil novecientos trece.


El General en jefe del Ejército libertador del sur y centro