lunes, 18 de abril de 2011

Carta a los gobernantes de América


Augusto C. Sandino.

El Chipotón, 4 de agosto de 1928

Señores presidentes:
Por ser los intereses de esos quince pueblos los que más afectados resultarían si se permite a los yankees hacer de Nicaragua, una colonia del Tío Samuel, me tomo la facultad de dirigiros la presente, dictada no por hipócritas y falaces cortesías diplomáticas, sino con la ruda franqueza del soldado.
Los yankees, por un resto de pudor, quieren disfrazarse con el proyecto de construcción de un canal interoceánico a través del territorio nicaragüense, lo que daría por resultado el aislamiento entre las repúblicas indohispanas; los yankees, que no desperdician oportunidad, se aprovecharían del alejamiento de nuestros pueblos para hacer una realidad el sueño que en sus escuelas primarias inculcan a los niños, esto es: que cuando toda la América Latina haya pasado a ser colonia anglosajona, en el cielo de su bandera tendrá una sola estrella.
Por quince meses el Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua, ante la fría indiferencia de los gobiernos latinoamericanos, y entregado a sus propios recursos y esfuerzos, ha sabido, con honor y brillantez, enfrentarse a las terribles bestias rubias y a la caterva de traidores renegados nicaragüenses que apoyan al invasor en sus siniestros designios.
Durante este tiempo, señores presidentes, vosotros no habéis correspondido al cumplimiento de vuestro deber, porque como representantes que sois de pueblos libres y soberanos, estáis en la obligación de protestar diplomáticamente, o con las armas que el pueblo os ha confiado, si fuere preciso, ante los crímenes sin nombre que el gobierno de la Casa Blanca manda, con sangre fría, a consumar en nuestra desventurada Nicaragua, sin ningún derecho y sin tener más culpa nuestro país que no querer besar el látigo con que le azota, ni el puño del yankee que lo abofetea.
¿Acaso piensan los gobiernos latinoamericanos que los yankees sólo quieren y se contentarían con la conquista de Nicaragua? ¿Acaso a estos gobiernos se les habrá olvidado que de veintiuna repúblicas americanas han perdido ya seis su soberanía? Panamá, Puerto Rico, Cuba, Haití, Santo Domingo y Nicaragua, son las seis desgraciadas repúblicas que perdieron su independencia y que han pasado a ser colonia del imperialismo yankee. Los gobiernos de esos seis pueblos no defienden los intereses colectivos de sus connacionales, porque ellos llegaron al poder, no por la voluntad popular, sino por imposición del imperialismo, y de aquí que quienes ascienden a la presidencia, apoyados por los magnates de Wall Street, defienden los intereses de los banqueros de Norte América. En esos seis desventurados pueblos hispanoamericanos sólo habrá quedado el recuerdo de que fueron independientes y la lejana esperanza de conquistar su libertad mediante el formidable esfuerzo de unos pocos de sus hijos que luchan infatigablemente por sacar a su patria del oprobio en que los renegados la han hundido.
La colonización yankee avanza con rapidez sobre nuestros pueblos, sin encontrar a su paso murallas erizadas de bayonetas, y así cada uno de nuestros países a quien llega su turno, es vencido con pocos esfuerzos por el conquistador, ya que, hasta hoy, cada uno se ha defendido por sí mismo. Si los gobiernos de las naciones que van a la cabeza de la América Latina estuvieran presididas por un Simón Bolívar, un Benito Juárez o un San Martín, otro sería nuestro destino; porque ellos sabrían que cuando la América Central estuviera dominada por los piratas rubios, seguirían en turno México, Colombia, Venezuela, etcétera.
¿Qué sería de México si los yankees lograran sus bastardos designios de colonizar Centro América? El heroico pueblo mexicano nada podría hacer, a pesar de su virilidad, porque estaría de antemano acogotado por la tenaza del Tío Samuel, y el apoyo que esperara recibir de las naciones hermanas no podría llegarle por impedirlo el Canal de Nicaragua y la Base Naval del Golfo de Fonseca; y quedaría sujeto a luchar con el imperio yankee, aislado de los otros pueblos de la América Latina y con sus propios recursos, tal como nos está sucediendo a nosotros ahora.
La célebre doctrina Carranza expresa que México tiene por su posición geográfica, que ser -y en realidad lo es- el centinela avanzado del hispanismo de América. ¿Cuál será la opinión del actual gobierno mexicano respecto a la política que desarrollan los yankees en Centro América? ¿Acaso no habrán comprendido los gobiernos de Iberoamérica que los yankees se burlan de su prudente política adoptada en casos como el de Nicaragua? Es verdad que, por el momento el Brasil, Venezuela y el Perú no tienen problemas de intervención tal como lo manifestaron en la discusión del derecho de intervención en la Conferencia Panamericana celebrada en La Habana en el año actual, por medio de sus representantes; pero si esos gobiernos tuvieran más conciencia de su responsabilidad histórica no esperarían que la conquista hiciera sus estragos en su propio suelo, y acudirían a la defensa de un pueblo hermano que lucha con el valor y la tenacidad que da la desesperación contra un enemigo criminal cien veces mayor y armado de todos los elementos modernos. Los gobiernos que se expresan en horas tan trágicas y culminantes de la historia en los términos en que lo hicieron Brasil, Venezuela, Perú y Cuba, ¿podrán tener mañana autoridad moral suficiente sobre los demás pueblos hermanos? ¿Tendrán derecho a ser oídos?
Hoy es con los pueblos de la América Hispana con quienes hablo. Cuando un gobierno no corresponde a las aspiraciones de sus connacionales, éstos, que le dieron el poder, tienen el derecho de hacerse representar por hombres viriles y con ideas de efectiva democracia, y no por mandones inútiles, faltos de valor moral y de patriotismo, que avergüenzan el orgullo de una raza.
Somos noventa millones de hispanoamericanos y sólo debemos pensar en nuestra unificación y comprender que el imperialismo yankee es el más brutal enemigo que nos amenaza y el único que está propuesto a terminar por medio de la conquista con nuestro honor racial y con la libertad de nuestros pueblos.
Los tiranos no representan a las naciones y a la libertad no se la conquista con flores.
Por eso es que, para formar un Frente Único y contener el avance del conquistador sobre nuestras patrias, debemos principiar por darnos a respetar en nuestra propia casa y no permitir que déspotas sanguinarios como Juan Vicente Gómez y degenerados como Leguía, Machado y otros, nos ridiculicen ante el mundo como lo hicieron en la pantomima de La Habana.
Los hombres dignos de la América Latina debemos imitar a Bolívar, Hidalgo, San Martín, y a los niños mexicanos que el 13 de setiembre de 1847 cayeron acribillados por las balas yankees en Chapultepec, y sucumbieron en defensa de la Patria y de la Raza, antes que aceptar sumisos una vida llena de oprobio y de vergüenza en que nos quiere sumir el imperialismo yankee.

PATRIA Y LIBERTAD

lunes, 11 de abril de 2011

CIPAYOS EN LAS INVASIONES INGLESAS


por José María Rosa

El plan de la invasión inglesa a Buenos Aires, coordinada con otra llevada a Venezuela, fue presentado por Francisco de Miranda al ministro inglés Pitt encomiando la existencia en Caracas y en Buenos Aires, de fuerte núcleos de partidarios de Inglaterra entre los residentes. Después de apoderarse del cabo de Buena Esperanza, el capitán de navío inglés Home Popham dispuso hacerlo con Buenos Aires: en la explicación de su conducta (sir Home Popham’s Trial Lord Melville’s evidence) hace mención de la memoria de Miranda, y de los informes de un marino norteamericano apellidado Wayne, espía británico en Buenos Aires, sobre la facilidad de la empresa por el apoyo de los habitantes.
No eran estos corresponsales de Miranda a través de Wayne ni tantos ni tan “nativos” como para asegurar el dominio británico: el cochabambino Manuel Aniceto Padilla, el porteño Saturnino Rodríguez Peña, otro porteño y alcalde de quintas llamado Francisco González, un portugués de apellido Lima, lanchero del río; el norteamericano White, comerciante y armador, cumplieron perfectamente su cometido, y los dos primeros – Padilla y Rodríguez Peña – recibirían una pensión del gobierno inglés en pago de sus servicios.
Estos fueron los agentes en Buenos Aires de S. M. británica; a lo menos quienes obraron a cara descubierta y arrastraron las consecuencias. Pero el número de “cipayos” (nativos de mentalidad inglesa) debió ser considerable en la clase elevada de Buenos Aires: al día siguiente de llegar Beresford a la Fortaleza empezarán a acudir las corporaciones – el obispo a la cabeza – para jurar al rey Jorge y prestarle su concurso. Y las familias patricias (no toda, y tal vez solamente las “recientes patricias”) emularon para, agasajar a los hijos de Albión.
El pueblo, como siempre ocurre en nuestra historia, quedó hosco y opuesto a los invasores.

Capítulo segundo de El Revisionismo Responde

jueves, 7 de abril de 2011

Ariel (7)

por José Enrique Rodó

Ante la posteridad, ante la historia, todo gran pueblo debe aparecer como una vegetación cuyo desenvolvimiento ha tendido armoniosamente a producir un fruto en el que su savia acrisolada ofrece al porvenir la idealidad de su fragancia y la fecundidad de su simiente. Sin este resultado duradero, humano, levantado sobre la finalidad transitoria de lo útil, el poder y la grandeza de los imperios no son más que una noche de sueño en la existencia de la humanidad; porque, como las visiones personales del sueño, no merecen contarse en el encadenamiento de los hechos que forman la trama activa de la vida.

Gran civilización, gran pueblo, — en la acepción que tiene valor para la historia, — son aquellos que, al desaparecer materialmente en el tiempo, dejan vibrante para siempre la melodía surgida de su espíritu y hacen persistir en la posteridad su legado imperecedero — según dijo Carlyle del alma de sus «héroes»: — como una nueva y divina porción de la suma de las cosas. Tal, en el poema de Goethe, cuando la Elena evocada del reino de la noche vuelve a descender al Orco sombrío, deja a Fausto su túnica y su velo. Estas vestiduras no son la misma deidad; pero participan, habiéndolas llevado consigo, de su alteza divina, y tienen la virtud de elevar a quien las posee, por encima de las cosas vulgares.

Una sociedad definitivamente organizada que limite su idea de la civilización a acumular abundantes elementos de prosperidad y su idea de la justicia a distribuirlos equitativamente entre los asociados, no hará de las ciudades donde habite nada que sea distinto, por esencia, del hormiguero o la colmena. No son bastantes, ciudades populosas, opulentas, magníficas, ?para probar la constancia y la intensidad de una civilización. La gran ciudad es, sin duda, un organismo necesario de la alta cultura. Es el ambiente natural de las más altas manifestaciones del espíritu. No sin razón ha dicho Quinet que «el alma que acude a beber fuerzas y energías en la íntima comunicación con el linaje humano, esa alma que constituye al grande hombre, no puede formarse y dilatarse en medio de los pequeños partidos de una ciudad pequeña». Pero así la grandeza cuantitativa de la población como la grandeza material de sus instrumentos, de sus armas, de sus habitaciones, son sólo medios del genio civilizador y en ningún caso resultados en los que él pueda detenerse. De las piedras que compusieron a Cartago, no dura una partícula transfigurada en espíritu y en luz. La inmensidad de Babilonia y de Nínive no representa en la memoria de la humanidad el hueco de una mano, si se la compara con el espacio que va desde la Acrópolis al Pireo. Hay una perspectiva ideal en la que la ciudad no aparece grande sólo porque prometa ocupar el área inmensa que había edificada en torno a la torre de Nemrod; ni aparece fuerte sólo porque sea capaz de levantar de nuevo ante sí los muros babilónicos sobre los que era posible hacer pasar seis carros de frente; ni aparece hermosa sólo porque, como Babilonia, luzca en los paramentos de sus palacios losas de alabastro y se enguirnalde con los jardines de Semíramis.

Grande es en esa perspectiva la ciudad, cuando los arrabales de su espíritu alcanzan más allá de las cumbres y los mares, y cuando, pronunciando su nombre, ha de iluminarse para la posteridad toda una jornada de la historia humana, todo un horizonte del tiempo. La ciudad es fuerte y hermosa cuando sus días son algo más que la invariable repetición de un mismo eco, reflejándose indefinidamente de uno en otro círculo de una eterna espiral; cuando hay algo en ella que flota por encima de la muchedumbre; cuando entre las luces que se encienden durante sus noches está la lámpara que acompaña la soledad de la vigilia inquietada por el pensamiento y en la que se incuba la idea que ha de surgir al sol del otro día convertida en el grito que congrega y la fuerza que conduce las almas.

Entonces sólo, la extensión y la grandeza material de la ciudad pueden dar la medida para calcular la intensidad de su civilización. Ciudades regias, soberbias aglomeraciones de casas, son para el pensamiento un cauce más inadecuado que la absoluta soledad del desierto, cuando el pensamiento no es el señor que las domina. Leyendo el Maud de Tennyson, hallé una página que podría ser el símbolo de este tormento del espíritu allí donde la sociedad humana es para él un género de soledad. — Presa de angustioso delirio, el héroe del poema se sueña muerto y sepultado, a pocos pies dentro de tierra, bajo el pavimento de una calle de Londres. A pesar de la muerte, su conciencia permanece adherida a los fríos despojos de su cuerpo. El clamor confuso de la calle, propagándose en sorda vibración hasta la estrecha cavidad de la tumba, impide en ella todo sueño de paz. El peso de la multitud indiferente gravita a toda hora sobre la triste prisión de aquel espíritu y los cascos de los caballos que pasan, parecen empeñarse en estampar sobre él un sello de oprobio. Los días se suceden con lentitud inexorable. La aspiración de Maud consistiría en hundirse más dentro, mucho más dentro, de la tierra. El ruido ininteligente del tumulto sólo sirve para mantener en su conciencia desvelada el pensamiento de su cautividad.

Existen ya, en nuestra América latina, ciudades cuya grandeza material y cuya suma de civilización aparente, las acercan con acelerado paso a participar del primer rango en el mundo. Es necesario temer que el pensamiento sereno que se aproxime a golpear sobre las exterioridades fastuosas, como sobre un cerrado vaso de bronce, sienta el ruido desconsolador del vacío. Necesario es temer, por ejemplo, que ciudades cuyo nombre fue un glorioso símbolo en América; que tuvieron a Moreno, a Rivadavia, a Sarmiento; que llevaron la iniciativa de una inmortal Revolución; ciudades que hicieron dilatarse por toda la extensión de un continente, como en el armonioso desenvolvimiento de las ondas concéntricas que levanta el golpe de la piedra sobre el agua dormida, la gloria de sus héroes y la palabra de sus tribunos, — puedan terminar en Sidón, en Tiro, en Cartago.

A vuestra generación toca impedirlo; a la juventud que se levanta, sangre y músculo y nervio del porvenir. Quiero considerarla personificada en vosotros. Os hablo ahora figurándome que sois destinados a guiar a los demás en los combates por la causa del espíritu. La perseverancia de vuestro esfuerzo debe identificarse en vuestra intimidad con la certeza del triunfo. No desmayéis en predicar el Evangelio de la delicadeza a los escitas, el Evangelio de la inteligencia a los beocios, el Evangelio del desinterés a los fenicios.

Basta que el pensamiento insista en ser, — en demostrar que existe, con la demostración que daba Diógenes del movimiento, — para que su dilatación sea ineluctable y para que su triunfo sea seguro.

El pensamiento se conquistará, palmo a palmo, por su propia espontaneidad, todo el espacio de que necesite para afirmar y consolidar su reino, entre las demás manifestaciones de la vida. El, en la organización individual, levanta y engrandece, con su actividad continuada, la bóveda del cráneo que le contiene. Las razas pensadoras revelan, en la capacidad creciente de sus cráneos, ese empuje del obrero interior. El, en la organización social, sabrá también engrandecer la capacidad de su escenario, sin necesidad de que para ello intervenga ninguna fuerza ajena a él mismo. Pero tal persuasión que debe defenderos de un desaliento cuya única utilidad consistiría en eliminar a los mediocres y los pequeños, de la lucha, debe preservaros también de las impaciencias que exigen vanamente del tiempo la alteración de su ritmo imperioso.

Todo el que se consagre a propagar y defender, en la América contemporánea, un ideal desinteresado del espíritu, — arte, ciencia, moral, sinceridad religiosa, política de ideas, — debe educar su voluntad en el culto perseverante del porvenir. El pasado perteneció todo entero al brazo que combate, el presente pertenece, casi por completo también, al tosco brazo que nivela y construye; el porvenir — un porvenir tanto más cercano cuanto más enérgicos sean la voluntad y el pensamiento de los que ansían — ofrecerá, para el desenvolvimiento de superiores facultades del alma, la estabilidad, el escenario y el ambiente.

¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la expresión de un rostro infantil cuando en él se revela, al través de la gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta?... Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que tengáis constantemente ante los ojos del alma la visión de esa América regenerada, cerniéndose de lo alto sobre las realidades del presente, como en la nave gótica el vasto rosetón que arde en la luz sobre lo austero de los muros sombríos. No seréis sus fundadores, quizá; seréis los precursores que inmediatamente la precedan. En las sanciones glorificadoras del futuro, hay también palmas para el recuerdo de los precursores. Edgar Quinet, que tan profundamente ha penetrado en las armonías de la historia y la naturaleza, observa que para preparar el advenimiento de un nuevo tipo humano, de una nueva unidad social, de una personificación nueva de la civilización, suele precederles de lejos un grupo disperso y prematuro, cuyo papel es análogo en la vida de las sociedades al de las especies proféticas de que a propósito de la evolución biológica habla Héer. El tipo nuevo empieza por significar, apenas, diferencias individuales y aisladas; los individualismos se organizan más tarde en «variedad»; y por último, la variedad encuentra para propagarse un medio que la favorece, y entonces ella asciende quizá al rango específico: entonces — digámoslo con las palabras de Quinet — el grupo se hace muchedumbre, y reina.

He ahí por qué vuestra filosofía moral en el trabajo y el combate debe ser el reverso del carpe diem horaciano; una filosofía que no se adhiera a lo presente sino como al peldaño donde afirmar el pie o como a la brecha por donde entrar en muros enemigos. No aspiréis, en lo inmediato, a la consagración de la victoria definitiva, sino a procuraros mejores condiciones de lucha. Vuestra energía viril tendrá con ello un estímulo más poderoso; puesto que hay la virtualidad de un interés dramático mayor en el desempeño de ese papel, activo esencialmente, de renovación y de conquista, propio para acrisolar las fuerzas de una generación heroicamente dotada, que en la serene y olímpica actitud que suelen las edades de oro del espíritu imponer a los oficiantes solemnes de su gloria. «No es la posesión de los bienes, — ha dicho profundamente Taine, hablando de las alegrías del Renacimiento; — «no es la posesión de bienes, sino su adquisición, lo que da a los hombres el placer y el sentimiento de su fuerza».

Acaso sea atrevida y candorosa esperanza creer en un aceleramiento tan continuo y dichoso de la evolución, en una eficacia tal de vuestro esfuerzo, que baste el tiempo concedido a la duración de una generación humana para llevar en América las condiciones de la vida intelectual, desde la incipiencia en que las tenemos ahora, a la categoría de un verdadero interés social y a una cumbre que de veras domine. Pero, donde no cabe la transformación total, cabe el progreso; y aun cuando supiérais que las primicias del suelo penosamente trabajado, no habrían de servirse en vuestra mesa jamás, ello sería, si sois generosos, si sois fuertes, un nuevo estímulo en la intimidad de vuestra conciencia. La obra mejor es la que se realiza sin las impaciencias del éxito inmediato; y el más glorioso esfuerzo es el que pone la esperanza más allá del horizonte visible; y la abnegación más pura es la que se niega en lo presente no ya la compensación del lauro y el honor ruidoso, sino aun la voluptuosidad moral que se solaza en la contemplación de la obra consumada y el término seguro.

Hubo en la antigüedad altares para los «dioses ignorados». Consagrad una parte de vuestra alma al porvenir desconocido. A medida que las sociedades avanzan, el pensamiento del porvenir entra por mayor parte como uno de los factores de su evolución y una de las inspiraciones de sus obras. Desde la imprevisión oscura del salvaje, que sólo divisa del futuro lo que falta para terminar de cada período de sol y no concibe cómo los días que vendrán pueden ser gobernados en parte desde el presente, hasta nuestra preocupación solícita y previsora de la posteridad, media un espacio inmenso, que acaso parezca breve y miserable algún día. Sólo somos capaces de progreso en cuanto lo somos de adaptar nuestros actos a condiciones cada vez más distantes de nosotros, en el espacio y en el tiempo. La seguridad de nuestra intervención en una obra que haya de sobrevivirnos, fructificando en los beneficios del futuro, realza nuestra dignidad humana, haciéndonos triunfar de las limitaciones de nuestra naturaleza. Si, por desdicha, la humanidad hubiera de desesperar definitivamente de la inmortalidad de la conciencia individual, el sentimiento más religioso con que podría sustituirla sería el que nace de pensar que, aun después de disuelta nuestra alma en el seno de las cosas, persistiría en la herencia que se transmiten las generaciones humanas lo mejor de lo que ella ha sentido y ha soñado, su esencia más íntima y más pura, al modo como el rayo lumínico de la estrella extinguida persiste en lo infinito y desciende a acariciarnos con su melancólica luz.

El porvenir es en la vida de las sociedades humanas el pensamiento idealizador por excelencia. De la veneración piadosa del pasado, del culto de la tradición, por una parte, y por la otra del atrevido impulso hacia lo venidero, se compone la noble fuerza que levantando el espíritu colectivo sobre las limitaciones del presente comunica a las agitaciones y los sentimientos sociales un sentido ideal. Los hombres y los pueblos trabajan, en sentir de Fouillée, bajo la inspiración de las ideas, como los irracionales bajo la inspiración de los instintos; y la sociedad que lucha y se esfuerza, a veces sin saberlo, por imponer una idea a la realidad, imita, según el mismo pensador, la obra instintiva del pájaro que, al construir el nido bajo el imperio de una imagen interna que le obsede, obedece a la vez a un recuerdo inconsciente del pasado y a un presentimiento misterioso del porvenir.

Eliminando la sugestión del interés egoísta, de las almas, el pensamiento inspirado en la preocupación por destinos ulteriores a nuestra vida, todo lo purifica y serena, todo lo ennoblece; y es un alto honor de nuestro siglo el que la fuerza obligatoria de esa preocupación por lo futuro, el sentimiento de esa elevada imposición de la dignidad del ser racional, se hayan manifestado tan claramente en él, que aun en el seno del más absoluto pesimismo, aun en el seno de la amarga filosofía que ha traído a la civilización occidental, dentro del loto de Oriente, el amor de la disolución y la nada, la voz de Hartmann ha predicado, con la apariencia de la lógica, el austero deber de continuar la obra del perfeccionamiento, de trabajar en beneficio del porvenir, para que, acelerada la evolución por el esfuerzo de los hombres, llegue ella con más rápido impulso a su término final, que será el término de todo dolor y toda vida.

Pero no, como Hartmann, en nombre de la muerte, sino en el de la vida misma y la esperanza, yo os pido una parte de vuestra alma para la obra del futuro. Para pedíroslo, he querido inspirarme en la imagen dulce y serena de mi Ariel. El bondadoso genio en quien Shakespeare acertó a infundir, quizá con la divina inconsciencia frecuente en las adivinaciones geniales, tan alto simbolismo, manifiesta claramente en la estatua su significación ideal, admirablemente traducida por el arte en líneas y contornos. Ariel es la razón y el sentimiento superior. Ariel es este sublime instinto de perfectibilidad, por cuya virtud se magnifica y convierte en centro de las cosas, la arcilla humana a la que vive vinculada su luz, — la miserable arcilla de que los genios de Arimanes hablan a Manfredo. Ariel es, para la Naturaleza, el excelso coronamiento de su obra, que hace terminarse el proceso de ascensión de las formas organizadas, con la llamarada del espíritu. Ariel triunfante, significa idealidad y orden en la vida, noble inspiración en el pensamiento, desinterés en moral, buen gusto en arte, heroísmo en la acción, delicadeza en las costumbres. El es el héroe epónimo en la epopeya de la especie; él es el inmortal protagonista; desde que con su presencia inspiró los débiles esfuerzos de racionalidad del hombre prehistórico, cuando por primera vez dobló la frente oscura para labrar el pedernal o dibujar una grosera imagen en los huesos de reno; desde que con sus alas avivó la hoguera sagrada que el ario primitivo, progenitor de los pueblos civilizadores, amigo de la luz, encendía en el misterio de las selvas del Ganges, para forjar con su fuego divino el centro de la majestad humana, — hasta que, dentro ya de las razas superiores, se cierne deslumbrante sobre las almas que han extralimitado las cimas naturales de la humanidad; lo mismo sobre los héroes del pensamiento y el ensueño que sobre los de la acción y el sacrificio; lo mismo sobre Platón en el promontorio de Súnium que sobre San Francisco de Asís en la soledad de Monte Albernia. Su fuerza incontrastable tiene por impulso todo el movimiento ascendente de la vida. Vencido una y mil veces por la indomable rebelión de Calibán, proscripto por la barbarie vencedora, asfixiado en el humo de las batallas, manchadas las alas transparentes al rozar el «eterno estercolero de Job», Ariel resurge inmortalmente. Ariel recobra su juventud y su hermosura, y acude ágil, como al mandato de Próspero, al llamado de cuantos le aman e invocan en la realidad. Su benéfico imperio alcanza a veces, aun a los que le niegan y le desconocen. El dirige a menudo las fuerzas ciegas del mal y la barbarie para que concurran, como las otras, a la obra del bien. El cruzará la historia humana, entonando, como en el drama de Shakespeare, su canción melodiosa, para animar a los que trabajan y a los que luchan, hasta que el cumplimiento del plan ignorado a que obedece le permita — cual se liberta, en el drama, del servicio de Próspero, — romper su lazos materiales y volver para siempre al centro de su lumbre divina.

Aún más que para mi palabra, yo exijo de vosotros un dulce e indeleble recuerdo para mi estatua de Ariel. Yo quiero que la imagen leve y graciosa de este bronce se imprima desde ahora en la más segura intimidad de vuestro espíritu. Recuerdo que una vez que observaba el monetario de un museo, provocó mi atención en la leyenda de una vieja moneda la palabra Esperanza, medio borrada sobre la palidez decrépita del oro. Considerando la apagada inscripción, yo meditaba en la posible realidad de su influencia. ¿Quién sabe qué activa y noble parte sería justo atribuir, en la formulación del carácter y en la vida de algunas generaciones humanas, a ese lema sencillo actuando sobre los ánimos como una insistente sugestión? ¿Quién sabe cuántas vacilantes alegrías persistieron, cuántas generosas empresas maduraron, cuántos fatales propósitos se desvanecieron, al chocar las miradas con la palabra alentadora, impresa, como un gráfico grito, sobre el disco metálico que circuló de mano en mano?... Pueda la imagen de este bronce — troquelados vuestros corazones con ella — desempeñar en vuestra vida el mismo inaparente pero decisivo papel. Pueda ella, en las horas sin luz del desaliento, reanimar en vuestra conciencia el entusiasmo por el ideal vacilante, devolver a vuestro corazón el calor de la esperanza perdida. Afirmado primero en el baluarte de vuestra vida interior, Ariel se lanzará desde allí a la conquista de las almas. Yo le veo, en el porvenir, sonriéndoos con gratitud, desde lo alto, al sumergirse en la sombra vuestro espíritu. Yo creo en vuestra voluntad, en vuestro esfuerzo; y más aún, en los de aquellos a quienes daréis la vida y transmitiréis vuestra obra. Yo suelo embriagarme con el sueño del día en que las cosas reales harán pensar que ¡la Cordillera que se yergue sobre el suelo de América ha sido tallada para ser el pedestal definitivo de esta estatua, para ser el ara inmutable de su veneración!



Capítulo 08

Así habló Próspero. Los jóvenes discípulos se separaron del maestro después de haber estrechado su mano con afecto filial. De su suave palabra, iba con ellos la persistente vibración en que se prolonga el lamento del cristal herido, en un ambiente sereno. Era la última hora de la tarde. Un rayo del moribundo sol atravesaba la estancia, en medio de discreta penumbra, y, tocando la frente de bronce de la estatua, parecía animar en los altivos ojos de Ariel la chispa inquieta de la vida. Prolongándose luego, el rayo hacía pensar en una larga mirada que el genio, prisionero en el bronce, enviase sobre el grupo juvenil que se alejaba. Por mucho espacio marchó el grupo en silencio. Al amparo de un recogimiento unánime, se verificaba en el espíritu de todos ese fino destilar de la meditación, absorta en cosas graves, que un alma santa ha comparado exquisitamente a la caída lenta y tranquila del rocío sobre el vellón de un cordero. Cuando el áspero contacto de la muchedumbre les devolvió a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. Una cálida y serena noche de estío. La gracia y la quietud que ella derramaba de su urna de ébano sobre la tierra, triunfaban de la prosa flotante sobre las cosas dispuestas por manos de los hombres. Sólo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacia estremecerse el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en la mano de una bacante. Las sombras, sin ennegrecer el cielo purísimo, se limitaban a dar a su azul el tono oscuro en que parece expresarse una serenidad pensadora. Esmaltándolas, los grandes astros centelleaban en medio de un cortejo infinito; Aldebarán, que ciñe una púrpura de luz; Sirio, como la cavidad de un nielado cáliz de plata volcado sobre el mundo; el Crucero, cuyos brazos abiertos se tienden sobre el suelo de América como para defender una última esperanza...

Y fue entonces, tras el prolongado silencio, cuando el más joven del grupo, a quien llamaban «Enjolrás» por su ensimismamiento reflexivo, dijo señalando sucesivamente la perezosa ondulación del rebaño humano y la radiante hermosura de la noche:

Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella no mira el cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente y oscura, como tierra del surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador.

lunes, 4 de abril de 2011

Amèrica criolla: sumisión o conflicto


por Jorge A. Ramos

Exposición de Jorge Abelardo Ramos en agosto de 1984
durante el "Meeting 84" en Rimin, Italia

Al hablar bajo el cielo de Italia sobre el Nuevo Mundo, sería inexcusable no rendir homenaje a Cristóforo Colombo, el obstinado navegante de Génova que descubrió "por error" la "terra nova" y al sutil cosmógrafo correntino Américo Vespucio, que describió con rigor científico la flora, la fauna y los hombres nuevos. ¡Extraña América Criolla! Como atormentado símbolo de su atormentado destino histórico, fue una hija no deseada y llevará un nombre diferente al de su padre.

Si se mira la cuestión más de cerca se comprobará que para los aborígenes el Nuevo Mundo era el de los europeos, y que el suyo propio era tan viejo como las civilizaciones que los europeos venían a conquistar y destruir. El poder europeo dominó luego a los así llamados "americanos". Fueron "descubiertos"; pero a su vez descubrieron a Europa. Ha llegado el momento que se descubran a sí mismos. En definitiva, ¿qué resulto de aquel "Jardín del Edén", como lo llamara Colón o "Paraíso Terrenal", según las palabras de Vespucio?. La ilustración europea elaboró de alguna manera la justificación filosófica y científica de la ulterior empresa colonial. Un mundo tan diferente a la sociedad civilizada de Europa no podía ser sino "salvaje".

La idea fue fructuosa para los civilizadores. Nada resultaría mas práctico a los codiciosos hijosdalgos españoles que excluir a los habitantes de la tierra nueva del género humano y a sus animales de la geografía zoológica reconocida. Todo aquello que no se parecía a Europa sería clasificado como salvaje o bestial. El eurocentrismo se abrirá camino con los primeros navegantes para alcanzar su culminación plena con dos veredictos inapelables: el de Buffon en el siglo XVIII y el de Hegel en siglo IXX. Buffon afirmó que América era inmadura; que sus hombres eran insignificantes, lampiños y asexuados; que sus batracios eran gigantescos, pero en compensación, sus animales feroces resultaban ridículamente pequeños.

Con la mayor seriedad del mundo, Voltaire agregaría que los leones de América eran calvos. Ya en el siglo IXX el padre Acosta decía en una carta al rey de España: "A muchas destas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España". Espejo de infortunio, las clases ilustradas de América Latina siguieron llamando con nombres europeos a las cosas mas propias y originales de la vida latinoamericana. Dominaba la obsesión de la similitud, como patrón de medida para lo óptimo. Y luego avanzó, imponente, inapelable, el filosofo del estado prusiano.

Hegel pronunció una sentencia condenatoria: América del Sur es antes naturaleza que historia. A nuestras espaldas no hay nada: solo el porvenir dirá si hay una historia posible. América del Sur esta fuera del reino del espíritu. Hegel la expulsa de la historia. Pese a tales dictámenes, España había realizado la hazaña inverosímil de desdoblar su propia sociedad hacia las Indias. A diferencia de las empresas de saqueo colonial de las restantes potencias europeas, los españoles mezclaron su sangre con los aborígenes de la Vieja América. Por medio de tal formidable fusión, nació en cuatro siglos una nueva raza cultural, étnica y política, una sociedad mestiza, criolla, de inmigración cristiana y de paganismo cristianizado, algo muy peculiar que no resultó ser en definitiva ni la América original ni la Europa colonizadora, sino una creación histórica nueva, lanzada hacia el azaroso destino de procurarse una identidad nacional. Lo cual no resultó nada fácil. Pues en tanto Europa y Estados Unidos, desde los siglos XVII, XVIII y IXX constituyeron sus estados nacionales y aseguraron de tal manera el marco jurídico para la expansión de su plena soberanía y su libertad económica e intelectual, las grandes potencias se opondrán a que los continentes marginales acometan una tarea análoga.

No era "el fantasma del comunismo" el que acechaba a aquella Europa entrevista por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista sino el fantasma del nacionalismo. Las naciones que lograban constituirse, prohibían esa meta a aquellas que deseaban hacerlo. En la misma Europa, en la lejana América del Norte y con mayor razón en los países así llamados bárbaros, los civilizados cerraban el camino a los que querían civilizarse. La América Criolla, desprendida de España en las guerras de la Independencia, fue "balcanizada" por las potencias anglosajonas. Aparece en la historia del último siglo y medio como un mosaico incoherente de 20 Estados supuestamente soberanos, adornados de todas las baratijas jurídicas, filatélicas, arancelarias y rituales de "naciones" verdaderas.

Pero en realidad se trata de provincias, de repúblicas simbólicas, perpetuamente conmovidas por pronunciamientos militares, la sujeción cultural hacia los Estados Unidos o Europa, sumidas en los cultivos de exportación y con las clases ilustradas hechizadas por las civilizaciones clásicas, la democracia formal inmovilista o los marxistas importados. También el pensamiento político de los hijos de la América Criolla es sometido a la "balcanización". Cada latinoamericano supone pertenecer a una nación. Pero en realidad se trata de naciones no viables.

El imperialismo triunfará en la cabeza de los latinoamericanos, sean de derecha o de izquierda, en tanto los latinoamericanos conciban todas las formulas de redención, aún las mas atrevidas, excepto unirse en Nación o Confederación de Estados. Un siglo de dispersión ha logrado borrar en la memoria histórica colectiva que las 20 provincias deben confluir a la gran Nación posible o privarse de un destino.

Hacia el año 2000 América Latina alcanzará a contar más de 600 millones de habitantes que hablan la lengua hispano-portuguesa, que poseen el mayor reservorio de minerales, energías y alimentos que ha conocido la historia y que constituirá la región que cobijará mayor numero de católicos.

Nadie pondrá en duda que se trata de una larga marcha, y, ante todo, de una batalla intelectual de inmensos alcances. Dante reinventó la lengua italiana y luego Maquiavelo , desde Florencia, reflexionó sobre la constitución de la unidad nacional, que recién llegó para Italia tres siglos más tarde. ¿Cuál sería el destino de la República de Massachussets o de la República de Nueva York, si Lincoln no hubiera fundado los Estados Unidos mediante una guerra revolucionaria que abolió la esclavitud, sometió a los refinados plantadores del Sur y expulsó la influencia inglesa de la economía norteamericana? Cada uno de esos Estados de la América del Norte ¿habría llegado a erigirse en potencia mundial? Es justo dudarlo. Más bien podría conjeturarse que el actual territorio de los Estados Unidos será escenario de una inestabilidad crónica, teatro de aventureros militares y de una armonía social semejante a la que reina en la infortunada Centroamérica.

El conjunto del pensamiento europeo se resistió a concebir la idea de que la exigencia interna de América Latina consistía en procurar su unidad nacional. La escuela liberal burguesa exportó a las grandes ciudades-puerto del Nuevo Mundo los códigos civiles y los textos de la democracia formal, para que su aplicación en cada país latinoamericano por separado, operasen las maravillas que exhibían tales textos en la escena del Occidente capitalista. Pero en la América Criolla no había capitalismo (en un sentido pleno y generalizado) y los textos constitucionales producían resultados grotescos. De la izquierda hegeliana, a su vez, de aquellos jóvenes discípulos del gran maestro, provinieron luego las fórmulas revolucionarias. Pero tanto Marx como Engels aplicaron al pie de la letra las despectivas hipótesis de Hegel en su Filosofía de la Historia Universal, respecto de la América del Sur.

También los fundadores del socialismo llamado "científico" expulsaban a los pueblos latinoamericanos de la historia, así como juzgaban "residuos" destinados al "basurero de la historia", nada menos que a los pueblos eslavos del sur europeo. Marx y Engels juzgaron a los americanos del sur como desprovistos de potencia histórica, perezosos e ineptos para ingresar por sí mismos en el camino de la civilización, salvo con la ayuda de los enérgicos yanquis.

Desde el campo de la ciencia social recién nacida, los fundadores del socialismo moderno desvalorizaban a la América Criolla (y a la India, que según ellos despertaría de su sueño milenario gracias al ferrocarril inglés) de la misma manera que lo hacían con fines menos caritativos y métodos nada teóricos las potencias imperialistas que saqueaban al tercer Mundo. Hubo una coincidencia perfecta entre la izquierda marxista de Europa y en el desarrollo de la supuesta universalización del capital.

La división internacional del trabajo y el mercado mundial reservaba la tecnología compleja a los "países avanzados" y la exportación de productos primarios a los pueblos periféricos condenados para siempre a recibir ayuda de las potencias civilizadas. Cuanta mas ayuda recibían mas crecía la deuda externa. Si algo faltaba actualmente para ligar entre sí a los estados de América Latina, sería justamente la deuda de casi 350.000 millones de dólares, en su mayor parte fruto de la usura lisa y llana, en parte fruto de la estafa bancaria más descarada y de la asociación ilícita entre las oligarquías latinoamericanas con numerosos bancos "serios".

Con dos flotas imperialistas en los mares de América Latina, una norteamericana que pretende intimidar a Nicaragua (sin entrar a juzgar ahora aspectos de su política interna) y otra armada inglesa que ocupa las islas argentinas de Malvinas podemos evaluar el valor real de las democracias occidentales contemporáneas.

Recordemos asimismo, cuando en el Consejo de Seguridad de 1982 se debatía la reconquista argentina de las Malvinas, no solo contra la Argentina votaron Gran Bretaña, Estados Unidos y otros estados satélites, sino que se abstuvieron China, la URSS y Polonia. Solo voto a favor de la Argentina la República de Panamá , aquel pedazo de tierra sagrada donde Bolívar, en 1826, convocó a la unión de la Patria Grande.

Reintegrar a la América Criolla su conciencia histórica perdida quizás sea una aventura tan azarosa como aquella que emprendieron Cristóbal Colón y Américo Vespucio. Pero una gran época define su carácter por el tamaño de las empresas que son capaces de concebir sus contemporáneos. Hemos brindado tolerancia –impuesta o inducida– durante cuatro siglos. Ahora necesitamos cincuenta o cien años de conflicto. Conflicto político, cultural, económico, para unir a la gran Patria disgregada. Después podremos ofrecer al mundo, de igual a igual, milenios de tolerancia. Con la realización de ese magno objetivo, transformaremos una historia pasiva en historia creadora. La utopía se trocara en acto. Y llamaremos pumas, soberbios pumas, a los leones calvos de la leyenda europea.

jueves, 24 de marzo de 2011

Perón habla al campo


25 de octubre de 1973

Señores:

En primer término, tengo el placer de saludarlos y agradecerles la amabilidad que han tenido de llegar a esta casa. Es indudable que, después de haberlos escuchado en una rápida exposición de motivos y de consecuencias, debo manifestarles la inmensa satisfacción que experimento al comprobar que los distintos sectores del agro argentino están en una coincidencia absoluta, porque solamente la coincidencia puede llevarnos a un fin constructivo.
Hace veintiséis años me hice cargo del Gobierno de la República. Era mi primer Gobierno. En ese momento, la producción agropecuaria era buena y el único recurso de la República. La industria estaba, en cambio, bastante atrasada; los alfileres que consumían nuestras modistas eran importados de Francia. Fue necesario, por una razón de equilibrio en la producción y en la demografía del país, dedicarnos a industrializarlo. Entonces nos lanzamos a la industrialización con toda nuestra decisión y nuestro esfuerzo. Las consecuencias fueron que en 1955 el país estaba fabricando sus barcos, sus camiones, sus automóviles, etc.; es decir que grandes posibilidades de desarrollo industrial se habían producido en toda la República. Esto era una cosa indispensable, porque el agro estaba entonces en la tarea de producir para importar manufacturas, perdiendo nuestra mano de obra y comprando caro lo fabricado afuera y, algunas veces, con nuestra propia materia prima.
En un país como la República Argentina, que tenía entonces más o menos cinco millones de habitantes en el campo y el resto en las ciudades y pueblos, era imperativa la industrialización. Porque, en el fondo, nuestro problema no es que nos gusta ser industriales; son las necesidades las que lo imponen. Si nosotros no industrializábamos el país, millones de habitantes que vivían en los pueblos y ciudades estaban pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Ellos eran los que pagaban todo.
Recuerdo que en ese entonces me contaba un galense, de esos que tenemos en el Chubut, que en su pueblo había un reloj con cuatro caras, que giraba y que a cada cuarto del día aparecía una figura. Primero aparecía el pastor, y decía: "Yo cuido vuestras almas". Giraba otras seis horas y aparecía el abogado, que decía: "Yo cuido vuestros derechos". Giraba otras seis horas más y aparecía el gobernante, diciendo: "Yo gobierno para una vida ordenada". Y daba otra vuelta y aparecía el agricultor, que decía: "Yo soy el que pago a los otros tres".
Esto era lo que ocurría en esa época en la República Argentina. Si no se hubiera producido el desarrollo industrial, se podía seguir pensando que el agro argentino estaba sosteniendo al resto del país.
De manera que la industrialización se imponía por una razón demográfica más que de ninguna otra naturaleza. No podíamos seguir en ese desequilibrio en la producción con respecto a la demografía nacional. Eso impuso necesariamente la industrialización.
Desde entonces hasta ahora, la industria argentina se ha desarrollado suficientemente, y los pueblos y ciudades pueden sostenerse con su propio trabajo, sin estar pesando sobre las espaldas de los productores agropecuarios. Es decir, el país, en medio de toda su desorganización, tiene en estos momentos un equilibrio entre el campo y la ciudad, que es indispensable para los países en desarrollo.
Frente a esto, nosotros pensamos que el mundo actual está desalentando el desarrollo tecnológico. Lo está desalentando porque con eso se están destruyendo las fuentes naturales de subsistencia de la Tierra, especialmente materia prima y comida. Está convirtiendo la Tierra en basurales, basurales de plásticos por ahora, pero basurales al fin...
A los ríos los está transformando en cloacas. Ya en la mayor parte del mundo no quedan aguas potables en sus cursos. Eso nos está ocurriendo aquí, en un país que tiene tres millones de kilómetros cuadrados y no alcanza a tener veinticinco millones de habitantes. ¡Cómo será en Europa, y especialmente en los países de intensa superpoblación!
Los bosques los estamos talando, es decir, suprimiendo las grandes fábricas de oxígeno que la Tierra tiene; y como si eso fuera poco, estamos cubriendo el mar con una capa de aceite que no permite la liberación de oxígeno.
El hombre está abocado a un problema pavoroso y a corto plazo. En la materia prima, se cuenta por decenios el agotamiento. Estados Unidos se quedará sin petróleo en pocos años y en un tiempo más se quedará sin hierro. Eso en un país de amplio desarrollo. Imaginen Europa, que ya no tiene prácticamente nada de esto.
Es un mundo que se va quedando sin tierra, sin agua potable, sin oxígeno, es decir, sin aire.
En el momento actual, el mundo, ya superpoblado, tiene 3500 millones de habitantes. iQué será en el año 2000, con siete u cocho mil millones de habitantes!
En este mundo de 3500 millones de habitantes, la mitad está hambrienta. En granos, Europa no cubre sino el 69 por ciento de sus necesidades. El mundo entero se está quedando sin proteínas; y sin proteínas el hombre no puede vivir, como no puede vivir sin oxígeno, sin agua o sin tierra.
Este es un problema que hay que pensarlo. Solamente las grandes zonas de reserva del mundo tienen todavía en sus manos las posibilidades de sacarle a la tierra la alimentación necesaria para este mundo superpoblado y la materia prima para este mundo super-industrializado.
Nosotros constituimos una de esas grandes reservas; ellos son los ricos del pasado. Si sabemos proceder, seremos nosotros los ricos del futuro, porque tenemos lo esencial en nuestras reservas, mientras que ellos han consumido las suyas hasta agotarlas totalmente.
Frente a este cuadro, y desarrollados en lo necesario tecnológicamente, debemos dedicarnos a la gran producción de granos y de proteínas, que es de lo que más está hambriento el mundo actual.
Sería demasiado redundante quizá seguir insistiendo en esto, pero lo que ocurre para nosotros, como posibles grandes productores, es que existe un inmenso mundo de consumidores y los productores vamos siendo cada día menos. Aprovechemos este momento para afirmar una grandeza que es notable, porque se la hace con el trabajo honesto de todos los días.
En nuestra República, desde que comenzamos a pensar en la necesidad de dejarnos de pelear por pequeñeces y empezamos a pensar que todos tenemos un destino común, como el país también lo tiene, debemos despreciar esas insignificancias para dedicamos a lo fundamental, que es engrandecer el país, enriquecerlo y hacer un pueblo digno y feliz.
En este empeño, que ha sido siempre nuestra orientación política, el 18 de noviembre de 1972 pensamos que podíamos llegar al Gobierno y establecer un pacto con todas las fuerzas políticas, superando esas diferencias que el país había heredado.
Hablo muchas veces de una comunidad organizada. Hablemos de una comunidad organizada no solo en lo político, sino sobre las grandes fuerzas de la producción y del progreso, que es el único desarrollo al que debemos aspirar.
Por eso hicimos el pacto político que anuló, diremos así, las controversias políticas; que poco después, el 7 de diciembre, hizo posible una inteligencia a base de coincidencias mínimas, la que dio lugar, desde el 25 de mayo en adelante, a aspirar a esa comunidad organizada que comienza con el primer pacto entre los empresarios, los trabajadores y el Estado, que a su vez hizo posible un equilibrio más estable en la permanente lucha que se libra por los beneficios, ya que nadie trabaja con fines de beneficencia, sino de legítimo provecho.
Después de eso, hemos seguido trabajando para crear una comunidad organizada sobre la fuerza constructiva, no en la destructiva, como pudo haber sido en otro tiempo.
El acuerdo de ustedes o del agro con el Estado y con el resto de las fuerzas económicas completa este cuadro y completa esta comunidad organizada por la cual nosotros hemos venido luchando y con la que hemos soñado muchos años. Esta es la verdadera organización porque es la constructiva, porque es la productiva, la permanente, ya que los hombres no tienen ni amigos ni enemigos permanentes, sino intereses permanentes. Pongámonos de acuerdo y unamos esos intereses, y la amistad podrá ser más permanente de lo que nosotros mismos soñamos.
Nuestra política, desde hace ya treinta años, se ha fundado, precisamente, en un equilibrio entre las fuerzas de la producción y, dentro de ellas, en un equilibrio entre los empresarios y los trabajadores. Este equilibrio, hasta 1955, fue del 47% de beneficio para el trabajador y, el resto del beneficio, para el capital o la empresa. En este momento, esos índices han variado: hemos caído en los beneficios de los trabajadores al 33% y el resto es provecho empresarial. Tenemos que restablecer el equilibrio. Ese equilibrio se puede restablecer con facilidad si aumentamos la producción y también las ventas. Aun el mismo empresario del comercio minorista, que funda su deseo en aumentar el precio unitario de su propia mercadería, comete un grave error, porque jamás, por el aumento de los precios unitarios -hecho que provoca una inflación que es terrible para todos y más con un pueblo sin poder adquisitivo- , podrá tener un gran porvenir.
El secreto está en mantener ese perfecto equilibrio del ciclo económico de la producción, es decir: la producción, la transformación, la distribución y el consumo cada uno de estos cuatro factores es un factor de riqueza.
Algunos creen que se pueden enriquecer haciendo economías y suprimiendo el consumo. No, ese no es el camino. El camino es contar con una masa popular con alto poder adquisitivo, que aumente el consumo. Entonces, la ganancia no va a estar sobre el precio unitario, pero se va a decuplicar por el aumento, diríamos así, de la masa de las ventas. No hay que especular con lo pequeño, sino buscar lo grande. Es el volumen de ventas el que va a dar la gran ganancia, y no el precio unitario de las mercaderías, busquemos el resultado en lo grande. No nos dediquemos a lo pequeño.
En la producción ocurre exactamente lo mismo como se acaba de decir aquí: debemos alcanzar los márgenes de producción que la Argentina puede ofrecer. El agro argentino está explotado en un bajo porcentaje; esos índices pueden aumentar setenta veces.
Pongámonos en la empresa de realizarlo. Para eso necesitamos que se cumplan dos circunstancias. Primera, desarrollar una tecnología suficiente para sacarle a la tierra todo el producto que ella pueda dar, sin tener tierras desocupadas o cotos de caza, como todavía existen en la República Argentina. Ese es un lujo que no puede darse ya ningún país en el mundo. Segunda, utilicemos esa tierra para la producción ganadera (poner en contexto). La República Argentina tiene 58 ó 60 millones de vacas, cuando podría tener doscientos millones; y ovejas, en la misma proporción. Pongámonos a cumplir esos programas.
Todos esos acuerdos, si el Gobierno y las fuerzas de la producción trabajan unidos y organizados, podrán alcanzar irremisiblemente esos objetivos. Los planes que ha esbozado el Ministerio de Economía tienen esa aspiración. Cada uno de ustedes tiene una misión que cumplir.
Cada argentino, en la ciudad o en el campo, tendrá una misión que realizar; el trabajo nuestro está en crear esos objetivos e impartir esa misión, para que un pueblo organizado y decidido las realice. Entonces, no tendremos nada de qué arrepentimos en el futuro.
Tales deben ser nuestros objetivos y nuestras esperanzas. Esperanzas que ustedes tienen que realizar en el sector agropecuario y que otros realizarán en otros sectores, tratando de que lo negativo sea lo mínimo.
El sector bancario también tiene en el agro una función que nosotros le habíamos asignado con preferencia ya en el segundo gobierno justicialista.
El agro debe estar dotado de suficiente crédito para poder trabajar. En esto, no todo es la buena voluntad y la decisión. También son los medios. Un sistema bancario bien trazado y bien orientado debe ser el apoyo más consistente para el agro. Vale decir que la tierra ha de trabajarse, como la industria ha de realizar o transformar.
Las instituciones bancarias han sido creadas para eso, y para eso deben ser utilizadas. En tal sentido, también el Ministerio de Economía está decidido a dar un apoyo financiero suficiente, a fin de que el agro pueda desenvolver sus funciones en las mejores condiciones.
Creo que, si cumplen los planes que hemos trazado y si se mantienen las organizaciones y compromisos que se han establecido entre las fuerzas del trabajo y el Gobierno, se puede alcanzar una etapa altamente constructiva, echando así las bases de una grandeza con la que todos soñamos por la que todos debemos hacer un esfuerzo en la medida que a cada le corresponda.
Finalmente, señores, les agradezco muchísimo; me siento inmensamente feliz de poder contemplar estos acuerdos, que son la base de realización y sin los cuales no podría llegarse a un trabajo organizado una comunidad que quiere triunfar.-

lunes, 21 de marzo de 2011

SEGUNDA CLASE DICTADA EL 29 DE MARZO DE 1951


por Eva Perón

En la primera clase que di en esta Escuela, para demostrar lo que es la historia universal –que no es más que la base de dos historias: la de los grandes hombres y la de las grandes masas-, dijimos que los individualistas creen que la historia se basa solamente en los grandes hombres y que los colectivistas prescinden de los grandes hombres y creen en las grandes masas. Pero nosotros tenemos nuestra tercera posición, y es por eso que yo dije, en mi primera clase, que nosotros aceptábamos a los grandes hombres y a las grandes masas como los que pueden ser los constructores de una gran felicidad y de una gran prosperidad.
En la clase de hoy vamos a analizar cómo se ha escrito la parte de la historia correspondiente a los grandes hombres y vamos a tomar hoy siete puntos para poder desarrollar esta materia de la historia del peronismo que me ha tocado a mí dictar. En esta clase voy a exponer estos siete puntos y después les haré llegar unos trabajos para que ustedes luego me los devuelvan, para que confrontemos la historia universal, sobre distintos puntos, con la historia de nuestro peronismo; o sea, a los grandes hombres de la historia con lo que es nuestro líder, el general Perón, el grande, el genio y el creador de nuestra doctrina peronista.
Existen indudablemente, desde el punto de vista de su relación con la historia, varias clases de hombres comunes o mediocres, hombres superiores y hombres extraordinarios. En esta clasificación no tienen nada que ver ni el origen, ni la clase social, ni la cultura. Existen hombres mediocres y comunes entre los cultos, y existen hombres superiores entre los humildes. Humildes obreros lo han comprendido a Perón como no lo han comprendido los que se creían cultos, y con eso han demostrado los obreros, los hombres humildes de nuestra patria, que eran hombres superiores.
Esto no sucede por primera vez en el mundo. Frente a todos los hombres extraordinarios, lo mismo que frente a las grandes ideas, siempre se han levantado los sabios y los inteligentes para atacarlos, como así los humildes y los menos cultos para apoyarlos. El caso de Colón, un humilde pescador, frente a los sabios de la corte española; el caso de Cristo, a quien los escribas y sacerdotes de aquella época negaron y, en cambio, humildes pecadores lo hicieron conocer por todo el mundo y, además, lo apoyaron.
No puedo resistir a la tentación de analizar un poco este tema de comparación de los hombres mediocres y comunes con los hombres superiores, sobre todo porque yo aspiro a que cada peronista sea un hombre superior. No digo que alcance a ser genial, porque los genios no nacen todos los días ni en todos los siglos; pero sí ambiciono a que lleguen a ser hombres superiores, y es por eso que nosotros queremos es esta Escuela hacer una diferencia entre el hombre superior, el mediocre y el extraordinario, o sea el genio.
Nosotros, por sobre todo, tenemos al genio. Los peronistas contamos con los hombres –y al decir hombres incluyo también a las mujeres- superiores.
Y el pueblo argentino, como todos los pueblos, por desgracia tiene también los mediocres y hombres superiores que hoy vamos a tocar más profundamente. Se entiende, vuelvo a decir, que al hablar del hombre me refiero también a la mujer.
Los mediocres no recorren sino caminos conocidos; los superiores buscan siempre nuevos caminos. A los mediocres les gusta andar sobre las cosas hechas; a los superiores les gusta crear.
Los mediocres se conforman con un éxito; los superiores aspiran a la gloria, respiran ya el aire del siglo siguiente y viven casi en la eternidad. Un pintor que suele copiar cuadros y otro pintor que crea, por ejemplo, uno es un hombre superior, el segundo, y el otro es un hombre mediocre; por eso al creador se lo define con el título de artista.
Los mediocres son los inventores de las palabras prudencia, exageración, ridiculez y fanatismo. Para ellos el fanatismo es una cosa inconcebible. Toda nueva idea es exagerada. El hombre superior sabe en cambio que el fanático puede ser un sabio, un héroe, un santo o un genio, y por eso lo admira y también lo acepta y acepta el fanatismo.
Para un hombre superior, una idea nueva puede ser un descubrimiento de algo grande, por ejemplo un mundo nuevo, como el mundo que descubrió Colón, un hombre de origen tan sencillo. Un hombre común o mediocre nunca profundiza una cosa y menos ama; el amor para él es una ridiculez y una exageración. Un hombre superior, en cambio, es capaz de amar hasta el sacrificio. Muchas veces, cuando los hombres aman hasta el sacrificio, son más heroicos. Yo, al ver que hombres humildes de la patria quieren tanto a Perón y hacen sacrificios tan grandes, pienso que estamos seguros, porque la bandera del pueblo, o sea la de
Perón, la de los descamisados, está en manos superiores.
Es por eso que nosotros debemos hacer una diferencia muy grande entre el mediocre y el superior. No porque un hombre tenga mucho estudio ha de ser superior.
Hay que hacer mucha diferencia entre los de gran cultura que creen que lo saben todo, porque algunos tienen también la soberbia del ignorante, que es la más peligrosa de todas.
Los mediocres nunca quieren comprometerse, y de ésos nosotros conocemos a muchos. Son cobardes, nunca se juegan por una causa, ni por nadie; dirigentes políticos de las horas buenas y aprovechadores cuando el río está revuelto. Yo diría, funcionarios de esos, por ejemplo, que usan el distintivo solamente cuando van a Trabajo y Previsión. No alcanzan a ser Judas, pero son tan repudiables, que nosotros les llamaríamos Pilatos. Yo prefiero el enemigo de frente a un "tibio", será porque los tibios me repugnan, y voy a decir aquí algo que está en las Escrituras: "Los tibios me dan náuseas".
Yo admiro más bien a los hombres enemigos, pero valientes. Hay que tener mucho cuidado con los Pilatos dentro de nuestra causa.
Dante ubicó a los mediocres, a los que no quisieron comprometerse ni con el bien ni con el mal, junto a los ángeles, que no fueron ni fieles ni creyentes, pues se dice que una vez los ángeles en el cielo se pelearon. Unos estuvieron a favor de Cristo y otros en contra. Entonces, Dios, a los que estuvieron a favor los mandó a la gloria y a los otros al infierno. Pero hubo uno de los ángeles, de esos que abundan tanto, que no se comprometió; observador. Entonces Dios no lo podía poner en la gloria, ni tampoco en La Divina Comedia –voy a hacer una referencia-, al ponerlo a la entrada, dice Dante a Virgilio, que lo conduce: "Mira y pasa", como diciéndole: "No vale la pena detenerse ante los que no quisieron ni el cielo, ni tampoco los aceptó el infierno". El eterno castigo de los mediocres es el desprecio. Y nosotros, además del desprecio, debemos ignorarlos. A los mediocres los mata el anonimato. "Los mediocres –dice Elliot en su libro El Hombre –son los enemigos más fuertes y más poderosos de todo hombre de genio". Carecen de entusiasmo, de fe, de esperanza y, como es lógico, de ideales.
Son los que se reían de los sueños de Perón, que lo creyeron loco o visionario.
Otros hombres superiores creen en la belleza, en el amor y en la grandeza, creen en todo lo extraordinario; por eso creyeron en Perón. Por cada día que pasa nosotros nos damos cuenta de la estatura del general Perón.
El general Perón es de esos hombres extraordinarios que profundizan la historia universal. Nosotros nos damos cuenta que tiene todo lo bueno de los grandes hombres y que no tiene nada malo de los grandes hombres. Es por eso que los hombres humildes de nuestra Patria –que yo voy a calificar de hombres superiores de nuestra Patria, porque fueron superiores- vieron a Perón y creyeron en él. Y es por eso que el general Perón, con muy pocas palabras, ha calificado a esos hombres superiores, a esos hombres humildes de nuestro pueblo, diciendo que lo mejor que tenemos es el pueblo.
Los hombres extraordinarios forman la tercera categoría, que es la de los hombres que señalan rumbos y que jalonan la historia. Ellos son los sabios, artistas, héroes, filósofos, y están también los grandes conductores de pueblos. A nosotros nos interesan, sobre todo y muy especialmente, los filósofos y los conductores.
Los filósofos son los que han pensado en mejorar los medios de vida del hombre sobre la tierra. Pero tenemos en cierto modo una filosofía de la vida nueva, ya que por filosofía nosotros entendemos una manera de encarar la vida y algunos hombres extraordinarios se han creído y han enseñado a la humanidad cómo se puede vivir, y de una manera mejor. Estos hombres extraordinarios son los filósofos. Cuando los filósofos han tratado no sólo el problema personal, individual, del hombre, sino todos los problemas sociales del Estado, la autoridad, la sociedad, el bien común, etc., entonces a este tipo de hombres extraordinarios la filosofía los llama filósofos políticos.
Conductores. Para nosotros los conductores, tal como nos enseña Perón, son aquellos que han hecho vivir a los pueblos de una manera determinada, llevándolos como de la mano por los caminos de la historia.
Es esto lo que ha hecho el general Perón con nosotros. Tomó el país en un momento en que los argentinos habíamos perdido la esperanza, en un momento en que los argentinos habíamos llegado a adoptar ciertos sistemas de vida, porque los creíamos bien, porque los creíamos mejor, porque los argentinos, cuando iban a comprar y encontraban "made in England", estaban mucho más contentos que cuando decía "Industria Argentina". Y llegó el momento en que el pueblo había perdido la esperanza de encontrarse a sí mismo, llegó el momento en que las fuerzas del trabajo, los obreros de nuestra patria, habían también perdido la esperanza de un futuro mejor; llegó el momento en que, en el país, sus fuerzas morales, materiales y culturales se estaban perdiendo en una noche que no tenía aurora.. En ese momento llegó el general Perón; en esa noche llegó el general Perón, y con una voluntad extraordinaria, con una clarividencia extraordinaria y con un profundo amor a su patria y a su pueblo, fue abriendo la selva y señalando el camino por el que el pueblo argentino lo iba a seguir para encontrarse con este venturoso día que estamos viviendo todos los argentinos y que tenemos que consolidar y legar a los argentinos del mañana. Para eso no sólo hay que gritar: ¡Viva Perón!; para eso hay que comprenderlo, para eso hay que profundizarlo y para eso hay que amar profundamente a la Patria y a las fuerzas del trabajo, que es amarlo a Perón.
¿Por qué nos interesan a nosotros los filósofos, los políticos y los conductores?
¿Qué tienen que ver con la historia del peronismo?, dirán ustedes. Esta es mi segunda clase y yo sigo hablando con persistencia sobre este asunto porque el peronismo no se puede entender, ya que es una doctrina política, sino como la cumbre de un largo camino, como una etapa, la más alta para la historia argentina, y también -¿por qué no decirlo?- nosotros pretendemos que sea la más alta para la humanidad en el progreso del hombre, y no se puede saber si una cumbre es más alta o más baja, si no se la compara precisamente con las demás, con las otras cumbres, con las más altas.
Por eso estudiamos estos antecedentes universales con los cuales sabremos nuestra propia estatura.
El Peronismo se precia de haber realizado, como yo lo dije hace un momento, lo mejor de los sueños de los hombres grandes y aun por qué no decirlo con toda franqueza y sinceridad, si ése ha de ser el lema de nuestra escuela- el haberlos superado.
El Peronismo realiza los mejores ideales de los filósofos y conductores de todos los tiempos, y para eso no hay más que estudiarlo, y ustedes me darán la razón.
De Sócrates, por ejemplo –el filósofo humilde de Atenas- ha tomado el peronismo el deseo de que los hombres sean justos y buenos; como Sócrates, el peronismo predica la igualdad y la hermandad entre los hombres y el respeto a las leyes, y aspira a una sola clase, que nosotros llamamos la clase de los que trabajan.
De Platón y de Aristóteles desechamos los conceptos de clases y de esclavitud que ellos aceptaban, pero, en cambio, aceptamos lo mejor de ellos: sus altos conceptos de la justicia como virtud fundamental del hombre que vive en la sociedad y, como ellos, creemos y sostenemos en la doctrina y en la práctica, de que por sobre la materia lo superior es el espíritu.
Se ha dicho mucho de nuestro movimiento que es materialista. Nada es más falso. ¿O es que nuestros enemigos son tan cobardes que no quieren, tal vez por vergüenza –y en esto tienen razón- ver que tenían sumergido a nuestro pueblo por una explotación, que además de vergonzosa, no era digna de los argentinos, porque no sólo los habían explotado materialmente sino espiritualmente, ya que no les permitieron descubrir sus propios valores y sus propias posibilidades?
¿Es que no son capaces de reconocer que en 50 años, por no decir un siglo, habían sumergido a nuestro pueblo? ¿Es que el general Perón, como conductor, como patriota y, sobre todo, como argentino y como hombre que ama profundamente al hombre, no iba a solucionar un problema apremiante como era el problema –si bien es cierto material- de la familia? Por eso, el entonces coronel Perón, desde la secretaría de Trabajo y Previsión tomó para sí la ardua tarea de resentir, tal vez, a los poderosos, no tanto por su doctrina, sino porque les tocó un poco en sus intereses, les tocó el bolsillo, que es la "víscera" que más les duele.
Además, les hizo sentir que en nuestra patria debían tratar a todos los argentinos con la dignidad que merecen por el solo hecho de llevar el egregio apellido de argentinos.
Es por eso que se atreven a decir todavía que nuestro movimiento es materialista, y ustedes, hombres y mujeres humildes, pero superiores, saben que nuestro movimiento es eminentemente espiritual porque se basa en la moral y exalta los valores morales del individuo y está por sobre la materia.
Uno de los propulsores del peronismo, para nosotros –sobre todo después de haber escuchado las palabras del general Perón los otros días- es Licurgo. He leído con gran cariño la vida de Licurgo, no precisamente porque me haya tocado el privilegio inmerecido de dictar esta clase sobre historia del peronismo, sino porque siempre me ha interesado la historia de los grandes hombres y porque Licurgo ha sido un personaje que hay que estudiar y comprender, ya que cuanto más se lo lee más se lo admira.
Remontándonos a la antigüedad y observando un hombre que trabajaba ya con un sentido tan justicialista, es por lo que el general Perón dijo los otros días que Licurgo fué quien realizó, tal vez por primera vez en el mundo, el ideal peronista que establece que la tierra debe ser de quien la trabaja. Es así como Licurgo repartió la tierra de los espartanos en partes iguales; y se dice que en los tiempos de cosecha, Licurgo comentaba, al ver todas las parvas iguales, que parecía que la Laconia era una herencia que se había repartido entre hermanos, porque todas las parvas de toda la Laconia eran iguales.
Y más aún: para terminar con otra de nuestras preocupaciones fundamentales, de que existieran menos pobres y menos ricos, hizo desaparecer el dinero, realizando, también en eso, una revolución económica. Hizo acuñar monedas de hierro, porque de esa manera se terminaba con la codicia y la avaricia. Asimismo, para destruir el distingo de clases, dictó una ordenanza que obligaba a que todas las puertas fueran iguales, tanto en las mansiones señoriales como en las humildes casas.
Por eso es que nosotros vemos en Licurgo tal vez al primer justicialista que haya tenido la humanidad. Pensamos también que precursores del peronismo fueron, sin duda, otros hombres extraordinarios de la jerarquía de los filósofos, de los creadores de religiones o reformas sociales, religiosas o políticas, y también de conductores. Y yo digo precursores del peronismo, porque como dije antes, nosotros hemos aceptado de las doctrinas y de los grandes hombres –digo nosotros, queriendo decir nuestro conductor, porque Perón ya nos pertenece a todos los argentinos que lo hemos comprendido, que lo apoyamos, y, como somos una gran familia, lo que hace Perón es de todos- todo lo bueno que tienen. Pero lo grande de Perón, es que ha tomado de cada doctrina los conceptos humanos, los conceptos de la seguridad social, los conceptos del respeto a las leyes, los conceptos de la igualdad y de una sola clase. El es un creador; cuanto más leemos la doctrina; cuanto más estudiamos a los hombres, más nos damos cuenta de que estamos frente a un hombre extraordinario, un creador que no tiene nada que envidiar a los grandes creadores de la humanidad. Yo diría que ningún hombre de este tipo puede dejar de considerarse, en cierto modo, de cerca o de lejos, propulsor de una doctrina. Por eso, en este marco de grandes, podríamos colocar a Confucio, a Alejandro, a Santo Tomás, a Rousseau, a Napoleón, e incluso a Marx, aunque en algunos casos no hayan sido más que alentados por las intenciones del bien común. Todos ellos no son más que jefes de rutas de la humanidad, jefes de ruta que algunas veces equivocaron el camino, pero que por sendas derechas o torcidas vienen de muy lejos a terminar en nuestra doctrina y nuestra realidad magnífica que nos da Perón. Fueros creadores, y no fueron de ese grupo numeroso que les gusta andar sobre las cosas hechas; fueron del grupo pequeño de los que les gusta crear.
Para tomar un poco la doctrina religiosa, vamos a tomar la doctrina cristiana y el peronismo, pero sin pretender yo hacer aquí una comparación que escapa a mis intenciones. Perón ha dicho que su doctrina es profundamente cristiana y también ha dicho muchas veces que su doctrina no es una doctrina nueva; que fue anunciada al mundo hace dos mil años, que muchos hombres han muerto por ella, pero que quizá aun no ha sido realizada por los hombres.
Yo quisiera que ustedes profundizaran bien esta última frase, porque así comprenderían, y veríamos más claro muchos puntos que a veces no comprendemos.
No está en mi ánimo hacer comparación alguna entre la figura de Cristo y la de Perón; por lo menos yo no lo pretendo al decir estas palabras, pero debemos recordar algo que dijo Perón no hace mucho y fue esto: "Nosotros, no solamente hemos visto en Cristo a Dios, sino que también hemos admirado en él a un hombre. Amamos a Cristo no sólo porque es Dios; lo amamos porque dejó sobre el mundo algo que será eterno: el amor entre los hombres".
Yo pienso que si hay un hombre que ama a los hombres, si hay un hombre humilde, generoso y extraordinario, dentro de su sencillez, ése es el general Perón, porque Perón no sólo es grande por su independencia económica, no sólo es grande por su justicia social, y por lo bien alto que mantiene su soberanía, no declamada como antes, cuando la entregaban por cuatro monedas al mejor postor, sino una soberanía que se mantiene en los hechos.
Perón no es grande solamente por eso, ni por haber creado su gran doctrina.
Perón es grande también en sus pequeños detalles. Yo le oí decir no hace mucho al doctor Mendé, en un comentario que me hizo hablando conmigo, porque conversamos muy a menudo –y sobre que otro tema se puede hablar conmigo que no sea el del General-: "Cuando a mí me llamaron para ser ministro de Perón, tuve un poco de miedo. Lo había idealizado a Perón y pensé si no sería cierto eso que decía Napoleón, de que ningún hombre es grande para su ayuda de cámara". "Después de un año tengo que decir que Perón es tan grande que lo es para su ayuda de cámara. Y nosotros los ministros, ¿qué somos sino un ayuda de cámara de Perón? Somos tan pequeños dentro de su grandeza que yo puedo afirmar que Perón ha superado eso que no ha superado ningún gran hombre". Es que Perón es humilde hasta en sus pequeños detalles.
Pero volviendo al cristianismo. Nosotros los peronistas concebimos el cristianismo práctico y no teórico. Por eso, nosotros hemos creado una doctrina que es práctica y no teórica. Yo muchas veces me he dicho, viendo la grandeza extraordinaria de la doctrina de Perón: ¿Cómo no va a ser maravillosa si es nada menos que una idea de Dios realizada por un hombre? ¿Y en qué reside? En realizarla como Dios la quiso. Y en eso reside su grandeza: realizarla con los humildes y entre los humildes.
En medio de este mundo lleno de sombras en que se levanta esta voz justicialista que es el peronismo, pareciera que la palabra justicialista asusta a muchos hombres que levantan tribunas como defensores del pueblo, mucho más que el comunismo. Yo pensaba estos días, en una conferencia que me tocó presidir, si el mundo querrá la felicidad de la humanidad o sólo aspira a hacerle la jugada un poco carnavalesca y sangrienta de utilizar la bandera del bien para intereses mezquinos y subalternos. Nosotros tenemos que pensar, y llamar un poco a la reflexión a la humanidad, sobre todo a los hombres que tienen la responsabilidad de dirigir a los pueblos. A mi juicio el carnaval no tiene más que seis días al año, y, por lo tanto, es necesario que nos quitemos la careta y que tomemos la realidad, no cerrando los ojos a ella, y que la veamos con los ojos que la ve Perón, con los ojos del amor, de la solidaridad y de la fraternidad, que es lo único que puede construir una humanidad feliz. Para ello, es necesario que no le hagamos la sangrienta payasada que le han hecho los "defensores" del pueblo a los trabajadores. Por ejemplo durante 30 años se han erigido en defensores de ellos y han estado siguiendo a un capitalismo cruento, sin patria ni bandera, y cuando una persona de América levantó la voz para pedir la palabra justicialista, se escandalizaron como si se hubiera pronunciado la peor de las ofensas que se puedan decir.
Yo soy una mujer idealista. He abrazado con amor la causa del pueblo y en eso tengo que dar gracias a Perón y a Dios por haberme iluminado bastante joven, como par poder ofrecer una vida larga al servicio de la causa del pueblo, que, por ser la causa del hombre, ha de ser una causa superior. Como mujer idealista y joven, entonces, no podía aceptar y me daba náuseas –como decía Cristo- que hombres tibios, pero cobardes, no sostuvieran con la sinceridad, con al honradez y con el espíritu de sacrificio que hay que sostener la verdadera bandera que es la de la felicidad y la de la seguridad mundial.
Es por eso que cada vez que trato más a los hombres, amo más a Perón. Me refiero a los hombres que se erigen en dirigentes y que son falsos apóstoles; que lo único que quieren es llegar, para, después de llegar, traicionar. Por eso, cuando veo en este mundo de sombras y de egoísmo, que se levanta la voz justicialista de nuestro peronismo, me acuerdo siempre de aquello que dijo León Bloy: "Napoleón es el rostro de Dios en las tinieblas". Para nosotros, acepto esta frase por lo que significa, y haciéndole un poco de plagio a León Bloy, digo que para nosotros –y con mucha justicia y gran certeza- Perón es el rostro de Dios en la oscuridad, sobre todo en la oscuridad de este momento que atraviesa la humanidad.
Perón no sólo es esperanza para los argentinos. Perón ya no nos pertenece; Perón es bandera para todos los pueblos con sed de justicia, con sed de reivindicaciones y con sed de igualdad. Yo he podido comprobar cómo nos envidian muchos porque lo tenemos a Perón; cómo nos quieren otros por lo mismo y cómo disfrutan otros en que haya tantos malos argentinos, creyendo que los malos argentinos serán más y que lo dejarán pasar a Perón, para poder cumplir ellos su política de imperialismo, ya sea de derecha o de izquierda. Los que las disfrutan son las fuerzas del mal en esta Argentina en que los argentinos nos sentimos orgullosos, pero no como antes, por una cuestión de novelería, porque no éramos argentinos con dignidad. Hoy somos argentinos en toda la extensión de la palabra. Somos los argentinos que soñaron los patriotas de ayer, somos los argentinos ya reivindicados, a quienes ha colocado en el sitio de privilegio, el genio, el creador, el conductor, el guía: el general Perón.
Después de efectuar estas incursiones por la filosofía universal de la historia para hacer las comparaciones doctrinarias con nuestra doctrina y con nuestro Líder, el general Perón, es que, en esta materia de la Historia del Peronismo, he querido que ustedes lo comprendan bien a Perón. Yo no puedo descubrirles a Perón, porque, como bien dije hace poco, si un poeta quisiera cantarle al sol o un pintor pintarlo, yo los consideraría locos. Al sol no hay que cantarle ni pintarlo: hay que salir a verlo y, aun viéndolo, uno se deslumbra. Yo invito a ustedes a que salgan a ver a Perón, a que lo conozcan profundamente: se deslumbrarán, pero cada día lo amarán más entrañablemente y rogarán a Dios para que podamos obtener de este hombre extraordinario el mayor provecho posible para el bienestar y engrandecimiento de nuestra patria y de su pueblo.
Y cuando el general Perón se haya ido definitivamente en lo material, no se habrá alejado jamás del corazón de los argentinos, porque nos habrá dejado su obra y nos acompañará siempre su presencia superior.
Hasta la próxima clase.

lunes, 14 de marzo de 2011

Maestros ambulantes


por José Martí

"¿Pero cómo establecería usted ese sistema de maestros ambulantes de que en libro alguno de educación hemos visto menciones, y usted aconseja en uno de los números de La América, del año pasado que tengo a la vista?" —Esto se sirve preguntarnos un entusiasta caballero de Santo Domingo.
Le diremos en breve que la cosa importa, y no la forma en que se haga.
Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria.
Es necesario mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida.
Los hombres han de vivir en el goce pacífico, natural e inevitable de la Libertad, como viven en el goce del aire y de la luz.
Está condenado a morir un pueblo en que no se desenvuelven por igual la afición a la riqueza y el conocimiento de la dulcedumbre, necesidad y placeres de la vida.
Los hombres necesitan conocer la composición, fecundación, transformaciones y aplicaciones de los elementos materiales de cuyo laboreo les viene la saludable arrogancia del que trabaja directamente en la naturaleza, el vigor del cuerpo que resulta del contacto con las fuerzas de la tierra, y la fortuna honesta y segura que produce su cultivo.
Los hombres necesitan quien les mueva a menudo la compasión en el pecho, y las lágrimas en los ojos, y les haga el supremo bien de sentirse generosos: que por maravillosa compensación de la naturaleza, aquel que se da, crece; y el que se repliega en sí, y vive de pequeños goces, y teme partirlos con los demás, y sólo piensa avariciosamente en beneficiar sus apetitos, se va trocando de hombre en soledad, y lleva en el pecho todas las canas del invierno, y llega a ser por dentro, y a parecer por fuera, —insecto.
Los hombres crecen, crecen físicamente, de una manera visible crecen, cuando aprenden algo, cuando entran a poseer algo, y cuando han hecho algún bien.
Sólo los necios hablan de desdichas, o los egoístas. La felicidad existe sobre la tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad. El que la busque en otra parte, no la hallará: que después de haber gustado todas las copas de la vida, sólo en ésas se encuentra sabor. —Es leyenda de tierras de Hispanoamérica que en el fondo de las tazas antiguas estaba pintado un Cristo, por lo que cuando apuran una, dicen: "¡Hasta verte, Cristo mío!" ¡Pues en el fondo de aquellas copas se abre un ciclo sereno, fragante, interminable, rebosante de ternura!
Ser bueno es el único modo de ser dichoso.
Ser culto es el único modo de ser libre.
Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.
Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza. La naturaleza no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie. Los hombres siempre necesitarán de los productos de la naturaleza. Y como en cada región sólo se dan determinados productos, siempre se mantendrá su cambio activo, que asegura a todos los pueblos la comodidad y la riqueza.
No hay, pues, que emprender ahora cruzada para reconquistar el Santo Sepulcro. Jesús no murió en Palestina, sino que está vivo en cada hombre. La mayor parte de los hombres ha pasado dormida sobre la tierra. Comieron y bebieron; pero no supieron de sí. La cruzada se ha de emprender ahora para revelar a los hombres su propia naturaleza, y para darles, con el conocimiento de la ciencia llana y práctica, la independencia personal que fortalece la bondad y fomenta el decoro y el orgullo de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo.
He ahí, pues, lo que han de llevar los maestros por los campos. No sólo explicaciones agrícolas e instrumentos mecánicos; sino la ternura, que hace tanta falta y tanto bien a los hombres.
El campesino no puede dejar su trabajo para ir a sendas millas a ver figuras geométricas incomprensibles, y aprender los cabos y los ríos de las penínsulas del Africa, y proveerse de vacíos términos didácticos. Los hijos de los campesinos no pueden apartarse leguas enteras días tras días de la estancia paterna para ir a aprender declinaciones latinas y divisiones abreviadas. Y los campesinos, sin embargo, son la mejor masa nacional, y la más sana y jugosa, porque recibe de cerca y de lleno los efluvios y la amable correspondencia de la tierra, en cuyo trato viven. Las ciudades son la mente de las naciones; pero su corazón, donde se agolpa, y de donde se reparte la sangre, está en los campos. Los hombres son todavía máquinas de comer, y relicarios de preocupaciones. Es necesario hacer de cada hombre una antorcha.
¡Pues nada menos proponemos que la religión nueva y los sacerdotes nuevos! ¡Nada menos vamos pintando que las misiones con que comenzará a esparcir pronto su religión la época nueva! El mundo está de cambio; y las púrpuras y las casullas, necesarias en los tiempos místicos del hombre, están tendidas en el lecho de la agonía. La religión no ha desaparecido, sino que se ha transformado. Por encima del desconsuelo en que sume a los observadores el estudio de los detalles y evolvimiento despacioso de la historia humana, se ve que los hombres crecen, y que ya tienen andada la mitad de la escala de Jacob: ¡qué hermosas poesías tiene la Biblia! Si acurrucado en una cumbre se echan los ojos de repente por sobre la marcha humana, se verá que jamás se amaron tanto los pueblos como se aman ahora, y que a pesar del doloroso desbarajuste y abominable egoísmo en que la ausencia momentánea de creencias finales y fe en la verdad de lo Eterno trae a los habitantes de esta época transitoria, jamás preocupó como hoy a los seres humanas la benevolencia y el ímpetu de expansión que ahora abrasa a todos los hombres. Se han puesto en pie, como amigos que sabían uno de otro, y deseaban conocerse; y marchan todos mutuamente a un dichoso encuentro.
Andamos sobre las olas, y rebotamos y rodamos con ellas; por lo que no vemos, ni aturdidos del golpe nos detenemos a examinar, las fuerzas que las mueven. Pero cuando se serene este mar, puede asegurarse que las estrellas quedarán más cerca de la tierra. ¡El hombre envainará al fin en el sol su espada de batalla!
Eso que va dicho es lo que pondríamos como alma de los maestros ambulantes. ¡Qué júbilo el de los campesinos, cuando viesen llegar, de tiempo en tiempo, al hombre bueno que les enseña lo que no saben, y con las efusiones de un trato expansivo les deja en el espíritu la quietud y elevación que quedan siempre de ver a un hombre amante y sano! En vez de crías y cosechas se hablaría de vez en cuando, hasta que al fin se estuviese hablando siempre, de lo que el maestro enseñó, de la máquina curiosa que trajo, del modo sencillo de cultivar la planta que ellos con tanto trabajo venían explotando, de lo grande y bueno que es el maestro, y de cuándo vendrá, que ya les corre prisa, para preguntarle lo que con ese agrandamiento incesante de la mente puesta a pensar, ¡les ha ido ocurriendo desde que empezaron a saber algo! ¡Con qué alegría no irían todos a guarecerse dejando palas y azadones, a la tienda de campaña, llena de curiosidades, del maestro!
Cursos dilatados, claro es que no se podrían hacer; pero sí, bien estudiadas por los propagadores, podrían esparcirse e impregnarse las ideas gérmenes. Podría abrirse el apetito del saber. Se daría el ímpetu.
Y ésta sería una invasión dulce, hecha de acuerdo con lo que tiene de bajo e interesado el alma humana; porque como el maestro les enseñaría con modo suave cosas prácticas y provechosas, se les iría por gusto propio sin esfuerzo infiltrando una ciencia que comienza por halagar y servir su interés; —que quien intente mejorar al hombre no ha de prescindir de sus malas pasiones, sino contarlas como factor importantísimo, y ver de no obrar contra ellas, sino con ellas.
No enviaríamos pedagogos por los campos, sino conversadores. Dómines no enviaríamos, sino gente instruida que fuera respondiendo a las dudas que los ignorantes les presentasen o las preguntas que tuviesen preparadas para cuando vinieran, y observando dónde se cometían errores de cultivo o se desconocían riquezas explotables, para que revelasen éstas y demostraran aquéllos, con el remedio al pie de la demostración.
En suma, se necesita abrir una campaña de ternura y de ciencia, y crear para ella un cuerpo, que no existe, de maestros misioneros.
La escuela ambulante es la única que puede remediar la ignorancia campesina.
Y en campos como en ciudades, urge sustituir al conocimiento indirecto y estéril de los libros, el conocimiento directo y fecundo de la naturaleza.
¡Urge abrir escuelas normales de maestros prácticos, para regarlos luego por valles, montes y rincones, como cuentan los indios del Amazonas que para crear a los hombres y a las mujeres, regó por toda la tierra las semillas de la palma moriche el Padre Amalivaca!
Se pierde el tiempo en la enseñanza elemental literaria, y se crean pueblos de aspiradores perniciosos y vacíos. El sol no es más necesario que el establecimiento de la enseñanza elemental científica.