viernes, 3 de febrero de 2012

LA OPERACIÓN DE GUERRA PSICOLÓGICA POS-ATENTADOS


por Norberto Ceresole

La sustitución de la realidad

En el Capítulo anterior intentamos señalar un hecho básico: que una vasta y compleja batalla se estaba librando en un remoto lugar del mundo llamado Argentina. Se trata de una guerra global defensiva de la humillación contra la arrogancia. Vimos como una vieja metodología es vuelta a ser usada para falsificar y sustituir la realidad. Ahora, en la Argentina, se trata de demostrar la existencia de un "Holocausto" que tiene que servir de cobertura para justificar lo injustificable. El "Holocausto argentino", en tanto construcción mítica, debería servir para "demostrar" que los atentados de Buenos Aires no fueron obra del terrorismo judío.
Propongo que los lectores no argentinos lean este libro y observen aquellos acontecimientos, los que ocurren en el lejano sur de la América del Sur, dentro de los grandes parámetros de la historia contemporánea del Mundo Occidental, y sus consecuencias en dos grandes regiones "contiguas": el Mundo Antiguo, por un lado, y la Periferia de Occidente, por otro. Argentina está ubicada en la "Periferia de Occidente". No en su periferia geográfica, como es el caso del Mundo Antiguo -Mediterráneo Oriental y Asia Central- sino en su periferia histórica. La historia argentina es un reflejo de la historia del mundo occidental.
En la Argentina no hay historia propiamente dicha, sino sucesión de acontecimientos, como los que se producen entre el 4 y el 9 de febrero de 1998; acontecimientos aparentemente desconectados que se suceden en puntos del planeta muy distantes entre sí. Sin embargo, alguien está re-diseñando y re-construyendo una vieja máquina que será utilizada nuevamente para sustituir la realidad, en este caso, la de un remoto país llamado Argentina. En Davos, Suiza, el asesor especial de William Clinton para América Latina, Thomas McLarty, se reunió con el presidente Menem para anunciarle que a partir de ese momento quedaba formalizada la llamada "alianza extra OTAN" de la Argentina con los EUA. Lo que significa que Argentina pasa a formar parte de un pequeño núcleo de países "privilegiados", junto con Israel, Jordania y
Egipto, entre otros, que son "casi" miembros de la OTAN.
En Beirut, Líbano, donde llegó Menem en "viaje de negocios", la máxima autoridad parlamentaria libanesa, Nabih Berri, le daba la bienvenida en estos términos: "Señor Presidente, evite quedar prisionero de las presiones psicológicas que ejerce Israel* La Resistencia Nacional Libanesa (Berri se refería especialmente a Hezbollah, acusado por Israel de la autoría de los dos superatentados de Buenos Aires) se ha formado como respuesta natural a la ocupación y a las agresiones israelíes, conforme a la legitimidad internacional y a la dignidad de los pueblos libres". Menem respondió ofreciendo su mediación "para impulsar la retirada de Israel del sur del Líbano" y, como de costumbre, mintió: garantizó la neutralidad argentina en caso de un ataque norteamericano a Irak. En Beirut todo el mundo ya sabía que la Argentina era el flamante socio "extra OTAN" de los EUA. Es decir, el aliado natural de Israel. ¿Cómo podría Menem cooperar con Beirut para facilitar la derrota estratégica de su aliado israelí? Nabih Berri se lo recordó con astucia: "Nosotros saludamos su aspiración a que su país desempeñe un papel internacional y contribuya a intentar resolver los conflictos en Oriente Medio. Pero ese papel debe ser conforme a las realidades relacionadas con estos conflictos".
En Washington, el mismo día y casi a la misma hora "* un grupo de exiliados iraníes disidentes le dijo la semana pasada a una subcomisión del Congreso de los Estados Unidos que cuenta con información que vincula al gobierno de Irán con el atentado a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA), ocurrido en Buenos Aires el 18 de julio de 1994". El origen de la información fue Arnold Beichman, investigador del Hoover Institute, organismo "académico" de orientación conservadora, en un artículo publicado el 4 de febrero de 1998 en la edición del diario "The Washington Times". Según Beichman, miembros del "Consejo Nacional de Resistencia" iraní se comunicaron por carta con el congresista Elton Gallegly, titular del subcomité del Hemisferio Occidental de la Cámara de Representantes estadounidense, quien a su vez remitió la información al Departamento de Estado para que la analizara. El "Consejo Nacional de Resistencia" iraní es un grupo de exiliados con base en Irak, "enemigos declarados y de larga data del régimen de Teherán". Hace pocos meses, ese grupo había sido catalogado por el Departamento de Estado como "grupo terrorista". Cuando Beichman fue consultado por "Clarín" sobre la confiabilidad del grupo terrorista iraní dijo: "Yo creo que es totalmente confiable porque está avalado por 245 legisladores del Congreso de los Estados Unidos" (Fuente: Clarín digital, 5 de febrero de 1998). Recuerde el lector que 245 es el número exacto de legisladores que conforman oficialmente el lobby proisraelí en el Congreso norteamericano.
En esos momentos llegaba a Washington el mismo Menem que en Beirut, pocas horas antes, había hablado de la neutralidad argentina en relación con Irak. El camaleón recuerda súbitamente su alianza "extra OTAN" y afirma con rotundidad: "Si hay conflicto con Irak, la Argentina estará al lado de las medidas que tomen los Estados Unidos o las Naciones Unidas". Para el corresponsal de "La Nación" en Washington: "Esta definición* es quizás la muestra más clara de la política de alineamiento incondicional con los Estados Unidos... Menem fijó su orden de prioridades: primero los EE.UU., después las NU* comprometió el respaldo de la Argentina aun en el caso de que Bill Clinton decida atacar a Irak sin la autorización del Consejo de Seguridad" (Fuente; La Nacion Line, 7 de febrero de 1998).
Pocas horas después, en Nueva York, Menem se reúne con la comunidad judía de esa ciudad: el centro de gravedad del lobby judío-norteamericano, o el "gobierno del mundo". Fue el momento de aclarar algunos malos entendidos sobre lo que hizo y dijo en Beirut. El embajador argentino en Washington, el judío Diego Guelar, fue el encargado de hacerlo: "El presidente recordó que sería absurdo (que en el Líbano se haya encontrado con terroristas de Hezbollah), cuando (Menem) tiene una posición crítica sobre los gobiernos que tratan con encapuchados" (Fuente: La Nación Line, 8 de febrero de 1998).
Exactamente al mismo tiempo que sucedían los acontecimientos que hemos relatado, en Beirut, Washington y Nueva York, en la lejana Buenos Aires la Corte Suprema de Justicia queda fracturada moralmente, literalmente descuartizada entre el gobierno cipayo y la oposición "judeo-democrática". Ahora, la Corte trata de que los judíos le perdonen el fatal Informe Técnico que hace más de un año la propia Corte le había encargado a la Academia Nacional de Ingeniería. Ya hemos visto que las conclusiones del Informe fueron lapidarias para la comunidad judía residente en la Argentina, para el Estado de Israel y para el lobby judío-norteamericano: la explosión en la Embajada de Israel en Buenos Aires (1992) había sido en realidad una implosión, ya que se había producido, sin ningún tipo de dudas, en el interior del edificio. A partir de ese momento, la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina se convirtió en algo así como la Corte Nazifascista de la Injusticia Universal. Ahora, la fortaleza del máximo organismo judicial argentino se resquebraja. Los ministros de la Corte están dispuestos a negociar con la comunidad judía. Se trata de un regateo obsceno, un negocio de supervivencia: "Los jueces de la Corte estarían estudiando redactar una resolución en la que se señalará la existencia de `indicios' sobre la participación del grupo fundamentalista proiraní Jihad islámica (sic.)* Para llegar a este punto hizo falta que, después de recibir presiones del gobierno, presionado a su vez por Israel y los Estados Unidos, la Corte decidiera a mediados del año pasado derivar la instrucción de la causa al secretario del tribunal* Desde fines de 1995, la investigación había estado a cargo de todos los miembros de la Corte* " (La Nacion Line, 9 de febrero de 1998).

La sustitución de la realidad (II)

Todos los episodios relatados hasta este momento no son más que mecanismos utilizados para construir una gran máquina que tiene por objeto realizar la sustitución de la realidad. Decir simplemente que el judaísmo residente en la Argentina se ha constituido en un super-gobierno, o en un poder dentro del poder, o en el Estado dentro del Estado, es expresar una verdad pero sólo a medias. El problema es infinitamente más grave. La Argentina está sometida a un proceso de sustitución de la realidad. Como veremos, no se trata sólo de que existe un superpoder en la Argentina, un Estado dentro del Estado, o cualquier otra figura que tenga relación con el aspecto meramente físico de la política. Lo que los judíos construyen a priori es una metafísica de la historia. En el exacto sentido en que el Antiguo Testamento no es la historia sino la "historieta" de Israel. Un Espíritu Absoluto que determina con total arbitrariedad y sin los límites impuestos por el tiempo, qué es la verdad y quién falsea la verdad: esa maldita categoría llamada "realidad".
Nietzsche define a los judíos como "el pueblo más fatídico de la historia universal", porque "han falseado el mundo"; lo han falseado de tal manera "que incluso un cristiano puede tener sentimientos antijudíos sin concebirse a sí mismo como la última consecuencia judía". El pueblo judío es, según Nietzsche, el falseador universal. ¿En qué sentido el pueblo judío falsea el mundo? En el sentido de sustituir la realidad. En el sentido de reemplazar los hechos por los cánones; en el sentido de reemplazar la fe por el rito y a Dios por el Templo, y en el sentido de reemplazar la historia por la mitología.
El primer hecho de falsificación-sustitución lo constituye el Antiguo Testamento. Sus libros fundacionales no sólo adolecen del insuperable defecto que los historiadores llaman "antedatación" (ya que son textos escritos en griego a partir del siglo V-IV aC. , pero en un escenario ubicado en el siglo XII aC.), sino que además son textos sustitutorios. El Antiguo Testamento sustituye la realidad del devenir histórico, por las acciones de los personajes mitológicos (es decir, irreales) que sólo tienen por objeto señalar la diferencialidad de las tribus hebreas. La historia es sustituida por el mito.
Esa actitud permanente de falsificar y de sustituir, sobrevive en el tiempo, y se convierte en una cultura, es decir, en una forma de vida. Un ejemplo. Acabo de leer un artículo del señor Abraham Primor, embajador de Israel en Alemania, que incluye la siguiente frase (textual): "El concepto político de `Palestina' lo habían inventado los romanos tras la destrucción del Estado judío en el año 70 aC.". El señor Primor está tratando de demostrar que los verdaderos "palestinos" son los judíos, en el sentido de que los hebreos fueron los habitantes originales de la región. Para ello sugiere la idea de que Palestina había sido "inventada" por los romanos, enemigos jurados del "Estado judío". A un historiador profesional estas "definiciones" lo sacudirían de indignación, o de risa: el funcionario judío limpia de un plumazo algo así como doce milenios (12.000 años, o 120 siglos) de historia cultural perfectamente datada en la llamada plataforma sirio-palestina. Y además, de paso, se olvida de los philisteos, habitantes originales de Palestina y donadores del nombre "moderno" (poscananeo) a la región.
La sustitución de la realidad es la condición de existencia del judaísmo. A lo largo de la historia se produjeron innumerables ejemplos de falseamientos de los hechos, como el más significativo de todos: la construcción del Mito del "Holocausto". Pero por el momento nos interesa ubicar esa metodología sustitutoria en el núcleo de la cuestión judía en la Argentina. Toda la actividad de Inteligencia desarrollada por los judíos (comunidad residente, lobby judío-norteamericano y Estado de Israel) a partir del segundo de los atentados terroristas es una típica actividad de sustitución de realidad. El objetivo es sustituir los hechos tal cual se produjeron, y en la secuencia en que se produjeron, por el mito judío que reemplazará ese fragmento de historia real. La realidad deja de funcionar porque es reemplazada por el mito que construyen los judíos a partir de retazos de la realidad. Todo lo que contradiga al mito elaborado, debe ser eliminado de la superficie de la tierra. Esas contradicciones entre la realidad y el mito serán definidas como antisemitas. Luego, el resto, será una cuestión de fuerza y de manipulación: de ingeniería social, en suma. Cuando la Corte Suprema de Justicia de la República Argentina hizo público el estudio sobre la implosión de la Embajada, ya mencionado, se produce una contradicción mayúscula entre la realidad y el mito
Dentro de la comunidad judía residente en la Argentina hay sectores fundamentalistas extremadamente duros con el presidente: "Para Menem todo aquel que reclama justicia y esclarecimiento de crímenes contra la humanidad se convierte automáticamente en un enemigo, como si la justicia se administrara honestamente" (Fuente: La Nación Line, 9 de febrero de 1998). El primer paso, entonces, para sustituir "realidad" por "mito", es destruir la credibilidad de la fuente productora de la contradicción, en este caso, el tribunal de justicia más alto que existe en la Argentina. De inmediato se da paso al movimiento sustitutorio, propiamente dicho. Leemos el siguiente texto publicado por un medio local de información de "la máxima seriedad":
"Los dirigentes de la comunidad judía (en la Argentina) reclaman que el máximo órgano de justicia (la Corte Suprema), que tiene a su cargo la instrucción de la causa (la implosión en la Embajada), sostenga expresamente que la Embajada fue destruida por una bomba, colocada en el exterior del edificio, y que quienes cometieron el atentado son personas vinculadas con la República Islámica de Irán, explicó una fuente del alto tribunal (de justicia)", La Nacion Line, viernes 6 de febrero de 1998.[1]
Una lectura absolutamente lícita del mismo texto es la siguiente: Nosotros los judíos ordenamos (decretamos) que se sustituya la realidad (implosión) por nuestra versión de la realidad, es decir por nuestro Mito trabajosamente elaborado: la bomba estaba en el exterior del edificio, en un "coche-bomba" salido de nuestra fértil imaginación, y había sido colocada allí por personas vinculadas con Irán. Ese es el Mito que desde ahora reemplazará a la realidad; a los hechos tal cual fueron. Punto. Poco importa lo que digan los peritos de la Academia Nacional de Ingeniería. Mejor dicho, lo que digan esos estúpidos ingenieros no nos importa en absoluto. Porque si nuestro Mito no sustituye a la realidad: ¿Cómo podría continuar el Estado de Israel y la judería internacional con su estrategia antiislámica, su guerra santa contra un nuevo tipo de espanto: los crímenes genético-religiosos?

El nacional-judaísmo destruye el "modelo argentino"

Como en muy pocos otros países, la historia de la Argentina es la historia de su composición y recomposición demográfica. Dentro de la historia demográfica y de la estructura poblacional final de la Argentina, el peronismo fue la expresión política que ocupó el espacio prioritario, en tanto origina su perfil demográfico fundacional. Fue el equivalente a la identidad nacional. Las gentes que integraron el peronismo (que fue algo muy distinto al "partido justicialista" actual, de matriz neoliberal) fueron las "gentes de la tierra".
A mediados de los años '40 de este siglo, a través del peronismo, se produjo una extraordinaria fusión étnica en la Argentina: a partir de allí se originó el perfil demográfico actual de ese país. En ese preciso sentido, el peronismo fue un movimiento fundacional. Los oponentes del peronismo, quienes lo han combatido de una manera violenta e inmisericorde, fueron todos, o casi todos, miembros de una "raza blanca", parte de ella asquenazi, o esquenazi,[2] y, por supuesto, no integrada. Naturalmente, en el peronismo hubo multitudes de individuos provenientes de otras etnias y de otras culturas europeas. Pero ellos estaban integrados, asimilados.
Que el combate peronismo-antiperonismo tenga hoy, también, una lectura antropológica, es algo lógico y natural. Los miembros de la etnia esquenazi no integrada eran -y son- una parte crecientemente significativa dentro del bloque de los detentadores del poder económico, social y cultural. Es por eso que esa clase-étnica (burguesía y pequeña burguesía blanca-judía) combatió al peronismo de forma tan violenta, aunque "en representación" de la llamada oligarquía, o burguesía terrateniente. Esa clase explotadora "representada" había experimentado una importante disminución de poder durante los dos primeros gobiernos, democráticamente consensuados, del general Perón.
La "revolución" que derriba al peronismo en 1955 fue una acción militar salvaje, sangrienta al mejor estilo Libro de Josué, cometida por la etnia blanca no integrada. Desde un principio, desde sus primeros esbozos organizativos en el país, los judíos esquenazis se manifestaron violentamente antiperonistas, a pesar de las enormes ventajas que les proporcionó el peronismo. Esa etnia blanca no integrada reprodujo en la Argentina, con exactitud milimétrica, el odio herzliano[3] y, en definitiva, toránico, hacia los indígenas, o "gentes de la tierra". Esa actitud antropológica del judaísmo radicado en la Argentina representó la más fuerte oposición a la fusión étnica y a las asimilaciones culturales múltiples que facilitó el peronismo gobernante entre mediados de los '40 y mediados de los años '50. En ese sentido, su coincidencia total y sistemática con la "clase patricia"[4] fue emblemática.
Esa confluencia expresa algo más que un reiterado acuerdo político coyuntural entre la "clase media blanca" y la hoy devenida oligarquía financiera, firme sostén de la "globalidad". El judaísmo en la Argentina se instaló como antiperonismo sistemático a partir de una firme alianza –hoy más fuerte que nunca- entre sus orígenes marranos y su continuidad asquenazi. Ello significa que su proyección política y, sobre todo, cultural, haya emergido de esa alianza entre el "marranismo" original de los "patricios fundadores" y los inmigrantes asquenazis, que comienzan a instalarse en el país desde finales del siglo XIX.[5]
Al expresar la cultura peronista original el hecho demográfico fundacional de la Argentina moderna, y la más acabada definición de la independencia nacional en un régimen de justicia social, no es extraño que los ataques hacia él hayan provenido y provengan de grupos étnicos, antiasimilatorios por definición, que expresan no sólo una fuerte vocación de poder sino, además, de apropiación. Como veremos más adelante, esos grupos son la "mayoría" minoritaria. Buscan la disolución de la cultura peronista original porque esa es la vía segura de la disolución nacional argentina.
Lo que hoy está en juego en ese país es la continuidad o la ruptura definitiva del proceso fundacional de fusión étnico-cultural iniciado en la segunda mitad de los años '40 de este siglo. No estamos hablando solamente del mantenimiento de la unidad nacional, sino de la misma supervivencia del país.
Sin duda alguna, en los sectores dirigentes del judaísmo instalado o residente en la Argentina está localizado el antiperonismo más radical. Fue un judaísmo antiasimilatorio que armonizó a la perfección con la cultura de la oligarquía terrateniente, edificada en función de la dicotomía herzliana "civilización versus barbarie". En sus dos variantes étnicas, la criptojudía original y la esquenazi inmigrante, el judaísmo se manifestó sistemáticamente como rechazo étnico a los "indígenas", como odio racial al proletariado nacional, a las "gentes de la tierra". Exactamente igual a como se manifestó el sionismo, esa transitoria ideologización racionalista del judaísmo, en Palestina, a partir de su "partición" en 1947.
La naturaleza del peronismo fue su condición antioligárquica (justicia social) y nacionalista-popular. El peronismo nace de circunstancias históricas y socio-económicas que serán irrepetibles de cara al futuro. Un nuevo movimiento nacional y popular emergerá a partir de la opresión que aportan las tecnologías de la globalidad. Y también a partir de la resistencia contra la guerra psicológica, económica y étnica desatada por la dirigencia judía contra la Argentina, ese nuevo movimiento deberá desarrollar su doctrina original (peronista) para adaptarla no sólo a los tiempos, sino a la misma supervivencia de la nación, sin la cual su función histórica carece de significado.
Los argentinos de la tierra deben ahora encarar y resolver, al nivel doctrinario y práctico, el problema central que hace a la misma supervivencia de la nación: no es posible admitir que en la sociedad argentina existan grupos étnicamente agresivos que no son argentinos (ni en lo cultural, ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo religioso) pero que, sin embargo, están empeñados en poseer derechos políticos no sólo iguales sino superiores a las gentes de la tierra.
Esta realidad, plenamente manifestada en las manipulaciones de guerra psicológica realizadas a partir de las agresiones terroristas sufridas por la Argentina, exige la respuesta política y estratégica adecuada. Es necesario plantear, al nivel popular y con un espectro social lo más amplio posible, la necesidad de la expulsión de esos grupos étnicos agresivos. Ellos no sólo no son integrables al conjunto social-nacional: mantienen lealtades prioritarias con Estados y culturas interesadas en la destrucción de la Argentina.

La manipulación de las agresiones terroristas

Tanto las organizaciones judías, nacionales (residentes) e internacionales, cuanto el propio Estado de Israel y sus dirigentes han asumido una grave responsabilidad dentro del plano de la política interior argentina, y sobre el propio comportamiento internacional de la República:
* Dar la bienvenida (y, en el caso del Estado judío) enviar a un ejército extranjero y clamar ante él (los judíos residentes) su desprotección como comunidad "nacional" diferenciada.
* Acusar de antijudía al conjunto de la sociedad argentina (es decir, adjudicarles una fobia descalificante a todos los argentinos que sospechan de la veracidad de la interpretación y de la responsabilidad judía respecto de los sucesos acaecidos).
* Encabezar una lucha civil contra instituciones del Estado argentino que no puede tener otro objetivo que el desencadenamiento de una grave crisis que hoy puede ser altamente desfavorable para los intereses nacionales.
* Pretender convertir los aspectos positivos de la historia argentina en sus segmentos más descalificables. La historia del peronismo se reduciría a un gobierno receptor de criminales de guerra, y el papel de Eva Perón en el de una agente nazi encargada de transferir fondos de bancos suizos hacia y desde Buenos Aires. La estrategia judía apunta hacia las imágenes más veneradas del pueblo y pretende romper los sentimientos más fuertes y positivamente enraizados en el alma popular argentina.[6]
En conjunto, esta estrategia está obviamente orientada a obtener derechos nacionales para la comunidad judía dentro del territorio argentino (lograr, en principio, un Estado "multinacional"), y buscar las garantías internacionales correspondientes para alcanzar ese proceso de "independencia", etno-social y etno-territorial, dentro de la búsqueda global de un nuevo orden internacional que elimina la soberanía como concepto fundacional. "Bajo tales circunstancias, la comunidad huésped terminará, por el inevitable determinismo del desarrollo social, económico y político, disputando a la comunidad anfitriona el dominio y la soberanía
sobre el territorio histórico de la comunidad gentil".[7]
Muy probablemente los próximos tiempos muestren un incremento de este conflicto que es ya la "cuestión judía" en la Argentina: la natural y lógica "ascensión a los extremos" de todo conflicto. Una vez más, su naturaleza soslaya el núcleo de las preocupaciones cotidianas de los agobiados habitantes de la República Argentina. Sin embargo allí está, bien instalado, como si fuera su viejo problema de siempre. Era su viejo problema de siempre, sólo que algunos no lo supimos hasta la eclosión de los Atentados de Buenos Aires.
Se nos ha impuesto una crisis desde una situación internacional que tiende a agravarse rápida y sistemáticamente en todos los puntos del planeta. En este mundo apolar la operación de Inteligencia realizada en Buenos Aires tuvo por objetivo consolidar, entre nosotros, a un enemigo externo de naturaleza diferente a la de Occidente. Desde un primer momento hemos dicho que la activa cooperación de algunas fracciones del Estado de Israel en este proyecto se origina en la situación de crisis interior límite que afecta a ese Estado, en especial desde el comienzo de ese proyecto globalista llamado "plan de paz". Y ella ha sido totalmente ratificada con el asesinato de Rabin.
La elección del escenario para realizar tanto los atentados terroristas como su posterior manipulación, obedeció a una decisión básicamente correcta. La Argentina es un país extremadamente debilitado y, al mismo tiempo, explícitamente integrado en la "globalidad", desde el punto de vista de la elección del mundo en el que, supuestamente, quiere vivir. Las débiles contraofensivas intentadas por los aparatos del Estado argentino demuestran hasta qué nivel de decadencia puede llevar la opción de pertenecer a una estrategia globalizante, sin disponer, como contrapartida, de ningún poder de decisión propio. En la confrontación Estado argentino versus judaísmo internacional triunfará quien disponga de un discurso de supervivencia más profundo, o quien se desmarque con más claridad de esa estrategia global que marcha rápidamente hacia su inviabilidad final. Es por ello que en Argentina las agresiones culturales, que actúan en paralelo a las agresiones militares de nuevo tipo, como es el caso de ambas explosiones, tienen por objetivo la destrucción de un modelo nacional, que hasta ese momento había sido el único escudo cultural disponible para una sociedad nacional joven, para un país nuevo.
El gobierno de Israel y la dirigencia judía en la Argentina han optado por la maniobra de incrementar la acción psicológica contra la sociedad argentina en general, señalándola -a lo largo de toda la prensa internacional- como estructuralmente "antisemita"[8]. Se supone que a partir de esta agresión la dirigencia judía tiene por objeto generar una ola mundial de simpatía hacia el Estado de Israel, que hoy tanto la necesita.
A partir de acusaciones ideológicas a los servicios de seguridad y de inteligencia argentinos a los que esa misma dirigencia tantas veces utilizó en su provecho en épocas de la doble guerra, fría (exterior) y sucia (interior)- tratan de consolidar la sospecha sobre la existencia de "grupos locales de apoyo". Obviamente, ello tiene por objeto denunciar y perseguir a los argentinos que intenten resistirse a lo que en verdad es: un complot internacional, una fase de la Estrategia Planetaria destinada, entre otras cosas, a fracturar definitivamente la existencia de nuestra nación demoliendo las bases culturales de nuestro modelo argentino (proyecto nacional).
Ello no quiere decir que no existan "grupos locales de apoyo". Estos son mano de obra nativa al servicio de los oficiales israelíes de inteligencia instalados en el país, a los que el gobierno argentino del señor Menem les dio "carta blanca" para actuar en el territorio nacional.

Conflictos internos y confrontaciones globales

Contra lo que normalmente creen los ciudadanos "normales" de la República Argentina, ese país siempre procesó sus movimientos internos dentro de los marcos de confrontaciones externas abarcantes y "globalizantes".
El peronismo, por ejemplo, fue un fenómeno que no puede desprenderse de los avatares fragmentativos que generó la segunda guerra civil europea. Y como suceso inverso y opuesto, la concepción "contrainsurreccional" que se instala en la Argentina hacia mediados de los años 60, se fundamenta en el supuesto de que los grupos "insurreccionales" no eran sino "unidades de avanzada" del ejército mundial comunista.
Llama poderosamente la atención que ninguna organización o persona judía en la Argentina haya recordado, en los últimos tiempos, las estrechas relaciones que mantuvo el Estado de Israel -a través de sus fuerzas armadas y servicios de inteligencia y de seguridad- con la casi totalidad de los gobiernos militares que en Iberoamérica, en décadas anteriores, y al día de hoy, servían y sirven fielmente al interés norteamericano en la región y al de sus respectivas oligarquías internas. Durante largos años Israel, especialmente a través del Shin Beth, no sólo se convirtió en un gran proveedor de armamentos de esos gobiernos, sino en el principal asesor en técnicas contrainsurreccionales de todo tipo, especialmente en técnicas de tortura. En el campo de las ventas de material militar a América Latina, Israel utilizó el concepto de la Realpolitik.
Esa relación estaba fundamentada en una admiración profesional ilimitada hacia los militares israelíes, por parte de sus colegas iberoamericanos que defendían al establishment en cada uno de sus países. Esos vínculos afectivos se reforzaban en la existencia de un mutuo entendimiento entre el anticomunismo de los nativos y la posición internacional de Israel como guardiana de la civilización occidental ante los "terroristas" árabes apoyados por la URSS. Muchos autores israelíes, en esa época, subrayaron el hecho de que existía una profunda analogía entre los "irregulares" izquierdistas latinoamericanos y los "terroristas" palestinos que se enfrentaban a Israel en el Oriente Medio.
En esa batalla contra esas "unidades de vanguardia" de un gran ejército agazapado dispuesto a invadirnos juegan un rol antisubversivo muy importante los aparatos policiales, militares y de inteligencia del Estado de Israel. Son oficiales israelíes los que arman, adoctrinan y entrenan a personal militar y paramilitar nativo (y ello ocurre en absolutamente todos los escenarios de conflicto de América Latina)[9] en técnicas contrasubversivas en su más amplio espectro. Para el Estado de Israel, en aquel entonces, la OLP y otras organizaciones palestinas -en ese tiempo nadie hablaba de "fundamentalistas", porque se estaba viviendo en un mundo estrictamente bipolar, aun en lo cultural y hasta en lo religioso-, también constituían comandos de avanzada del ejército enemigo dentro de un conflicto global. A ellos se los enfrentaba a partir de las diferentes escalas que admitía el concepto de "guerra de baja intensidad".
La vigencia inexorable de la bipolaridad hacía que esos "pelotones de avanzada" del "ejército comunista" fueran percibidos, aun los declaradamente nacionalistas y católicos, como los Montoneros argentinos, a partir del modelo soviético, es decir, a partir de un centro decisional (Moscú, para los ortodoxos; Beijín, La Habana o París -"IV Internacional"-, para otros), que actuaba internacionalmente a través de delegaciones "nacionales". En rigor de verdad es exactamente el mismo modelo que utiliza actualmente la organización judía internacional, que busca dirimir sus irreconciliables diferencias internas proyectando hacia afuera a esos conflictos interiores. Para casi todas las facciones en pugna, el centro del sistema lo es todo, las llamadas delegaciones nacionales son "nacionales" sólo en la forma: son meras superposiciones demográficas sobre una cultura, un territorio y una población ajenas. En esencia se trata de organizaciones absolutamente radiales y unilateralmente dependientes del centro. Son en verdad grandes destacamentos de avanzada de una guerra global al servicio de la supervivencia de un Estado nacional-religioso: el Estado confesional judío.

Guerras interiores y lealtades nacionales

Según la Delegación de Asociaciones Israelitas en la Argentina (DAIA), la doble lealtad nacional es una exigencia para la supervivencia del ser judío:
"El judaísmo no es sólo una religión y una cultura, una concepción del mundo y de la vida... Es también, y fundamentalmente, un pueblo y una nación; un grupo humano que, no obstante su dispersión, ha mantenido y mantiene muy clara la conciencia de su pasado, de su presente y de su futuro común".
"Asumir valores nacionales presupone conferirles su ámbito de vigencia. La vigencia plena del judaísmo requiere su ámbito nacional. En esto, no hay opción. La vigencia nacional no es ya una de las formas viables, sino que es la única posibilidad de una vivencia genuina para el pueblo judío. Entonces cuando se cuestiona... la existencia de un Estado judío... bajo la imputación de doble lealtad, lo que se impugna es, lisa y llanamente, la voluntad del pueblo judío de mantenerse como tal".
"La identidad nacional judía se expresa objetivamente en el Estado judío. O, lo que es lo mismo, el Estado judío es la objetivación de los valores nacionales del judaísmo... Y la identidad judía se expresa subjetivamente por la identificación con el Estado judío. Es una identificación de esencia, no de forma, con algo propio. Es una identificación con el ser, no con el hacer". (Doble lealtad, Ediciones DAIA, Buenos Aires, 1974).
No es en absoluto casual que la crisis argentina de estos tiempos coincida con la mayor ofensiva jamás registrada por parte del judaísmo internacional[10] sobre nuestro país. Esa ofensiva es múltiple: a) hacia la sociedad, para desnacionalizarla y descerebrarla; b) hacia el Estado, para debilitarlo y subordinarlo; c) hacia la cultura, para apropiársela, d) hacia la economía, para controlarla.
La vieja configuración de la Argentina dentro de la cual nuestra generación ha crecido, y muchas otras antes que la nuestra, ya no existe. Lo que subyace es sólo una ilusión de que sigue existiendo. Aquella configuración de la Argentina, representada en mapas, ensayos, obras literarias, discursos, instituciones, modales y formas de vida en general, esa configuración se ha fracturado definitivamente. Eso quiere decir que ninguna política podrá reconstruir lo que ha sido irreversiblemente destruido, excepto tal vez desde la guerra de conquista de una de esas Argentinas sobre la otra[11].
Los factores que desarticularon lo que existía no fueron sólo los económicos (la terrible exclusión económica que afecta principalmente a los "negros"[12] -pobres- jóvenes), los institucionales y los militares. En rigor de verdad en todo momento de estas últimas décadas la "clase media blanca" profundamente judaizada a partir de instituciones culturales controladas por judíos asquenazis, convivió siempre forzadamente con la "clase baja negra". Siempre fueron "países" o "naciones" (la "nación judía" y los otros) que no encajaron uno con otro. Dos o más "países" surgirán de los escombros que ocasionará el derrumbe de la vieja Argentina. Ya las fronteras y los espacios geográficos están perfectamente definidos, incluso como realidad
constitucional: la autonomía lograda por la ciudad de Buenos Aires ha sido, en ese sentido, un eslabón vital dentro del proyecto de desestructuración nacional.
Sin embargo, no es razonable sostener que este "fin de época" en la Argentina, esta crisis integral y terminal -al mismo tiempo- sea el producto exclusivo de la acción disociadora del judaísmo internacional. Más bien fue la traición de las clases dirigentes nativas -que operó durante un largo período histórico en el cual se alternaron "democracias" y "dictaduras"- lo que originó un país balbuceante, miserable y dependiente, que se constituye -de manera natural y lógica-, en la base de operaciones del proyecto de apropiación que el judaísmo internacional está aplicando desde hace mucho tiempo sobre nuestro país[13].
Las organizaciones judías en la Argentina ya han superado la vieja dicotomía de la doble lealtad (hacia el Estado nacional que las "alberga" y hacia el Estado de Israel que las ideologiza y disciplina). La doble lealtad deja de tener sentido cuando el Estado y la sociedad gentiles que acogen generosamente a los judíos -como fue y es el caso argentino- se transforman -a partir de una crisis entrópica- en una irrealidad.
A partir de ese momento, ese Estado y esa sociedad -debilitados, empobrecidos, estupidizados y, por lo tanto, carentes de cualquier capacidad de reacción- se convierten en meros objetos de dominio. La totalidad de la lealtad de la comunidad judía local se vuelca hacia el vértice del sistema de poder actuante en la escala internacional: el Estado de Israel y, más concretamente, hacia la alianza integral existente entre los Estados Unidos de América y el Estado judío.
De esta manera se produce una profunda coincidencia de intereses entre una serie de segmentos de una misma dinámica estratégica: voluntad judía de poder (aplicada a la escala internacional y nacional); globalización económica; empresas nacionales y transnacionales no judías cuyo negocio está en la expansión de la globalización; grupos, partidos políticos y gobiernos que sólo pueden existir practicando el "alineamiento automático"; movimientos culturales transnacionales que se benefician con la creciente pérdida de identidad (de poder) de las sociedades nacionales en proceso de desmantelamiento; etc..[14]
Todos esos vectores -y muchos otros aún- conforman una única estrategia que apunta a la existencia de un mundo unipolar, de estructura económica poscapitalista y ultraliberal, y provisto de una ideología judía o judaizante[15], por la cual la población mundial quedaría integrada en un solo "gobierno global" dividido sólo formalmente en "países" ubicados en dos "clases" o jerarquías. La clase "dominante" o clase de los elegidos, y la clase de los dominados y humillados.
Dentro de este contexto, interno y externo, deberemos analizar el desarrollo de la estrategia judía sobre la Argentina, que está obviamente orientada a profundizar una fractura ya existente entre "dos países", para integrar sólo a uno de ellos en la globalidad (económica) y el "gobierno mundial" (político).
Esas comunidades judías repartidas por el mundo también constituyen el escenario (un mismo espacio-tiempo) y fueron actores de todos los conflictos que se dirimieron a lo largo de toda la historia del Estado israelí. Sólo cuando desaparece el enemigo externo (OLP) y resurge el nacional-judaísmo como fundamentalismo religioso-territorial, en ese momento los conflictos internos de esa sociedad cambian de calidad: de parcialmente incruentos se transforman en violentamente cruentos.
No debería extrañar a nadie que esas instituciones delegadas (las juderías, en un sentido estricto), y asimismo representativas de la comunidad judía en la Argentina, sean las plataformas de combate y el amplio marco para el desarrollo de los ajustes de cuentas dentro de lo que en la actualidad es una feroz lucha intra-judía. En la práctica histórica, esas organizaciones (pero no necesariamente la mayoría de sus miembros, en el plano individual, donde los procesos de integración nacional "vertical" -"hacia dentro"- han sido tan amplios, intensos y aceptados como los registrados en cualquier otra comunidad inmigrante) han demostrado fehacientemente que constituyen una parte orgánica del Estado de Israel, y que su ubicación geográfica (en la Argentina, en los EUA, en Francia, en Holanda o en Sudáfrica) no es más que un accidente demográfico, que no tiene nada que ver con la idea de la lealtad nacional.[16]
Al existir como parte orgánica del Estado de Israel, pero sin gozar plenamente de la protección de ese Estado, esas instituciones delegadas, esas juderías, hoy, se constituyen en un escenario perfecto para dirimir una de las disyuntivas más dramáticas que haya tenido que enfrentar en su historia el Estado de Israel: la cuestión de la paz (globalidad) y su principal cuestión aneja, los territorios ocupados por colonos judíos armados y fundamentalizados.
Son muchos los observadores de la comunidad judía de la Argentina que venían percibiendo, durante las semanas anteriores al último atentado terrorista, una creciente tensión entre las distintas componentes políticas y religiosas que hoy integran, contradictoriamente, esa comunidad, en tanto organización. Es que los acuerdos de paz no sólo tienden a impedir la expansión de la base territorial del Estado de Israel: lo que se enfrenta cada vez más violentamente dentro de esa comunidad son dos concepciones opuestas sobre cómo el judaísmo se debe insertar en el proceso de globalización.
Esos analistas de la comunidad judía en la Argentina señalaban que el blanco no fue elegido en forma casual, sino que él fue la sede de una tradicional organización actualmente vinculada al laborismo globalizante sionista. En ese sentido conviene recordar que todas las declaraciones oficiales israelíes después del atentado atacaron y responsabilizaron del mismo a las organizaciones fundamentalistas que están en "contra de la paz". En una especie de "lenguaje eclesiástico" esas declaraciones estaban referidas al fundamentalismo judío y no al Islam identitario.
En el mismo edificio/target funcionaba la DAIA, que en esos momentos estaba dirigida -y aún lo sigue estando- por elementos sefarditas de origen social-sionista. Esos sectores también son militantes activos del "Proceso de Paz", y defensores de la concepción globalista "pacífica" que expone la socialdemocracia europea, israelí y el Partido Demócrata norteamericano; (en el mismo edificio también funcionaba la delegación en la Argentina de la Histadrut, la central sindical israelí). Asimismo, la explosión se produjo el mismo día en que el gobierno israelí iniciaba conversaciones de paz con Jordania en el simbólico puerto de Akaba, hecho que fue percibido por el nacionalismo israelí como un gran golpe al fundamentalismo judío y a la política territorial de los colonos, como quedó reflejado durante los siguientes días en las sucesivas sesiones parlamentarias (Knesset) y en los conflictos callejeros que explosionaron en las principales ciudades de Israel.
La sorprendente celeridad con que Rabin acusa a Irán y a Siria[17], responsabilizando a estos dos países por el ataque, representa no sólo una diferenciación neta respecto al procedimiento seguido con motivo de la explosión en la Embajada, dos años antes (luego, la "responsabilidad" adjudicada a Siria comienza a desdibujarse, en la exacta medida en que se pensó que Damasco comenzaba a participar en algunos aspectos de las conversaciones de paz). En especial esa celeridad adoptada como método diferenciador representó una clara concesión a los sectores duros del ejército judío (gran sostenedor de los colonos fundamentalistas) con el objeto de involucrarlos en una guerra "multinacional" contra Irán, único enemigo exterior serio y de envergadura que le queda en la región (pensando que Siria iba a transigir en el proceso negociador) a Israel y al "mundo libre". Dentro de este contexto, las iniciales alusiones a Siria fueron interpretadas por los entendidos como un mecanismo de presión para inducir a ese país a incorporarse a las "negociaciones de paz".
En definitiva, y desde un principio, los dos actos terroristas sólo podían ser explicados dentro de la hipótesis de una guerra interior entre sectores (fundamentalismo judío contra laborismo judío). La gravedad de la situación radica en que unos y otros saben perfectamente que ese proceso (el de la "pax" para la globalización) no es en absoluto irreversible, y que hay arsenales nucleares de por medio.

El "modelo argentino"

El tipo de lealtad nacional que hegemoniza culturalmente las actividades de todas las delegaciones sionistas esparcidas por el mundo es de naturaleza horizontal: convergen radialmente hacia el Estado judío, y muy especialmente, hacia los aparatos de seguridad de ese Estado. Institucionalmente no existen lealtades nacionales verticales ("hacia dentro"), esto es, lealtades y/o vínculos históricos profundos con el país que alberga a esas delegaciones (naturalmente sí existen honrosas y numerosas excepciones individuales a esta regla genérica, en especial entre las generaciones más jóvenes).
Para desterrar las lealtades verticales y consolidar las lealtades horizontales/radiales, (es decir, para fracturar la asimilación), las principales delegaciones cuentan con poderosas y sofisticadas organizaciones culturales, educativas, de ayuda social intracomunitaria, etc., que son los elementos principales que atan al judío no israelí e, inclusive, no sionista, con la estrategia militar de supervivencia del Estado de Israel. Esas ataduras serán tanto más fuertes cuanto más débil sea el anclaje cultural e histórico de la comunidad judía y de los judíos individuales respecto del país que los acoge y dentro del cual viven.
En la Argentina se desarrollaron numerosas generaciones de judíos sin que jamás hayan existido problemas antisemitas, en ningún caso ni remotamente comparables a los problemas estándares de antisemitismo que surgen cotidianamente en la Europa democrática de posguerra.
Para la mayoría de los argentinos judíos el gobierno del general Perón (1946/55) fue una época especialmente benévola. Ya hemos señalado que antes, durante y después de la segunda guerra civil europea, Argentina recibe más judíos per cápita que cualquier otro país o región del mundo. En la Argentina, los judíos encuentran un espacio de prosperidad y de alta movilidad social y política. Y ello a pesar de los errores garrafales que cometen los representantes de la Agencia Judía, quienes en 1946 apuestan decididamente por el éxito del embajador (norte)americano Spruille Braden quien se enfrentó a Juan Domingo Perón apoyado por la Unión Democrática, un conglomerado de partidos que abarcaba desde los conservadores oligárquicos hasta los socialistas y el propio Partido Comunista (cuyos propios judíos constituían un 90% de su militancia total):
"Al igual que muchos en la Argentina y fuera de ella, los sionistas habían abrigado ilusiones sobre una insurrección antiperonista dirigida por los cada vez menos influyentes exiliados de Montevideo, y también se habían autoengañado sobre la imposibilidad de una victoria de Perón en las elecciones (de 1946). Si se consideran las estrategias preelectorales de la Agencia Judía, orientadas en exclusividad al triunfo de la Unión Democrática, se entiende que los seguidores de Perón albergaran reservas respecto del sionismo" (Ignacio Klich, Universidad de Westminster, Peronistas y radicales ante las aspiraciones sionistas en Palestina, en "Desarrollo económico", vol. 34, Nº 133, abril/junio de 1994).
En todo caso fue el de Perón uno de los primeros gobiernos del mundo en reconocer al Estado de Israel, a pesar de las tensiones suplementarias que ello introdujo en las relaciones entre Buenos Aires y Londres.
El general Perón llevó hasta sus últimas consecuencias la lógica del "modelo argentino" entendido como un "crisol de razas". En ese sentido, la Argentina ha sido una experiencia única en el mundo. No sólo por las intenciones que animaron a los "ingenieros sociales" de los años 60 y 80 del siglo XIX, sino sobre todo por la solidez que había adquirido el modelo con el correr del tiempo.
Las dos decisiones fundadoras del modelo argentino fueron la Ley 1420 de educación y la "Ley Ricchieri", de servicio militar obligatorio. Resultaron ser dos grandes impulsos integrativos orientados a fundir un nuevo perfil racial y cultural -es decir, un nuevo "modelo nacional" hasta ese entonces inexistente en el mundo-, dentro de un vasto y magnífico espacio geográfico a conquistar. Sin embargo, esas dos leyes, en especial la primera de ellas, estaban construidas dentro de la dicotomía "civilización versus barbarie", lo que significó que un segmento importante, tal vez mayoritario, quedó excluido del proceso "civilizador".
Pero, como ya hemos dicho, el movimiento social y nacional integrador más fuerte sobrevino a mediados de los años 40 de este siglo. El hombre de la tierra fue el principal segmento demográfico incluido dentro del proyecto. En el comienzo del peronismo es cuando se produce la fusión étnica y cultural más intensa y extensa que, tal vez, haya registrado jamás sociedad alguna: el poderoso movimiento inmigratorio anterior se asimila, con excepciones menores, a las grandes migraciones internas impulsadas por la industrialización. Sólo a partir de ese momento queda conformado un nuevo país llamado Argentina.
El peronismo fue un gran movimiento inclusivo, es decir, fundacional: en lo social, en lo económico, en lo étnico, en lo territorial y en lo cultural. La inclusión socioeconómica posibilitó la convivencia pero no la total asimilación entre las dos grandes franjas demográficas y culturales que hasta ese momento estaban "juntas" pero no integradas dentro de un territorio aún no dominado.
Que la asimilación no fue total quedó demostrado en 1955. Es a partir de la violencia antiperonista cuando el primer intento de exclusión económica y cultural se manifiesta con toda nitidez. El desprecio contra el "cabecita negra" se fundamentó en el antiperonismo, que fue un movimiento "blanco", basado en una inmigración no integrada y en una cultura de valores "universales". Dentro de este contexto, derechas e izquierdas surgen como fenómenos exógenos al modelo argentino. Surgen como fenómenos culturalmente fragmentadores y casi nunca -y hoy menos que nunca- se constituyeron en el sostén de procesos nacionales integrativos.
Pero la visión integradora (dentro de los límites "civilizatorios") de los "ingenieros sociales" del siglo XIX y, luego, el proceso de fusión integral que se verifica en la década del 45 al 55 conforman una sólida defensa: ambas situaciones habían sido lo suficientemente poderosas y legítimas como para resistir a la fragmentación y a la exclusión posterior.
Se necesitó la tremenda presión psicológica de la globalización (como fenómeno estructural) y de la posmodernidad (como fenómeno cultural) para que comenzaran a producirse, sin conflictos violentos importantes y significativos, exclusiones económicas y sociales nunca registradas hasta este momento, y nítidos procesos de fragmentaciones territoriales, ya que no existe fragmentación cultural sin su correlato territorial.
La fragmentación territorial en la Argentina, al menos desde la derrota en la batalla del Atlántico Sur (Malvinas, 1982), es un fenómeno amplio y profundo, que nos señala la incapacidad política de una determinada sociedad para apropiarse de un espacio geo/económico. Esta fragmentación territorial incluye, naturalmente, la independencia política y administrativa adjudicada por la democracia a la ciudad de Buenos Aires. La incapacidad de la sociedad argentina para dominar su vasta geografía es a su vez la consecuencia de las rigideces y de las limitaciones insalvables de una estructura económica desintegradora que origina un orden económico socialmente improductivo e injusto.
Las exclusiones sociales, las fragmentaciones territoriales y la creciente cretinización cultural de la sociedad en su conjunto, constituyen el amplio escenario donde desembarcan sin resistencia -y hasta con cierto consenso- fuerzas militares y grupos de tareas extranjeros, en este caso, israelíes. Es a partir de ese fatídico punto en que las presiones del judaísmo internacional se incrementan, cuando el "modelo argentino" entra en proceso de desintegración. Hoy fuerzas militares y servicios de inteligencia extranjeros (no sólo judíos) se han adueñado de amplias franjas de los aparatos administrativos y de seguridad de la Argentina. Hoy somos campo de batalla de una guerra ajena.
Es dentro de esas exclusiones y de esas fragmentaciones cuando comienza a plantearse la hipótesis del fracaso del "modelo argentino", esto es, la inexistencia de una identidad nacional única. Surge como alternativa la validez de la fragmentación étnico-cultural; esto es, la legitimidad de los reclamos de autonomía por parte de algunas comunidades étnico confesionales instaladas (residentes) en el territorio nacional.

La "nazificación" del peronismo

Debemos recordar que poco tiempo antes de la implosión en la Embajada de Israel en Buenos Aires había comenzado en la Argentina una campaña, que continúa cada día con mayor violencia, destinada a demostrar las raíces "nazis" del peronismo. Obviamente ella es parte de un intento cultural mucho más amplio que tiene por objeto producir la descerebración de la sociedad argentina.
La descerebración, a su vez, tiene una especificidad que podríamos llamar "des-memorización". La desmemorización de la Argentina (y de otros países como Alemania, Suiza, España, Portugal, etc.) es un proceso que va en paralelo con la re-memorización[18] del judaísmo. Ese es un proyecto que persigue la pérdida progresiva de la memoria histórica de pueblos no judíos. Y la ubicación del judaísmo como hecho fundacional del "mundo occidental".
En la Argentina, la metodología empleada consiste en pervertir y/o sepultar en el olvido determinados hechos de la historia. Se pervierte, por ejemplo, la memoria del peronismo en tanto movimiento nacional de liberación, asociándolo con el nazismo y no con las consecuencias globales que tuvo la Segunda Guerra Mundial.
Simultáneamente se sepulta en el olvido la obra de los grandes escritores nacionales, como Raúl Scalabrini Ortiz, Hernández Arregui, Castellani, Puiggrós, Gálvez, Jauretche, Astesano y tantos otros. Ocultación y perversión son dos tácticas que funcionan en forma simultánea y que conforman la esencia de una guerra ideológica contra los fundamentos culturales de la Nación argentina. Como muy bien lo saben los propios judíos, la memoria histórica del pueblo es un formidable instrumento revolucionario que llena de pánico a gerentes y lacayos, ya que representa una forma de institucionalización de una específica voluntad nacional para encontrar los perfiles exactos de su identidad.
El intento por "nazificar" al peronismo, alentado por el gobierno "justicialista" cipayo del señor Menem, implicó una clara intromisión en los asuntos internos de nuestro país. Las presiones para el desarrollo de una campaña de apertura de archivos sobre la supuesta llegada de ex jefes nazis a la Argentina estuvieron directamente relacionadas con el origen de la instauración de un modelo orientado a desterrar el proyecto industrial-nacionalista que representó el peronismo.
El objetivo era demostrar que el gobierno del general Juan Domingo Perón podía ser leído, a partir de ese momento, simplemente, como una dictadura que dio amparo a criminales de guerra nazi. Esta perversión de la memoria histórica está en total correspondencia con el proyecto de lograr en la Argentina la desnaturalización de cualquier movimiento nacionalista, primordialmente aquellos ligados con la ecuación ejército + pueblo. En el sector militar se encontró en otras épocas el núcleo de un proyecto movilizador de la industria, de la investigación científica y del desarrollo tecnológico de la defensa, tal como ello se consolidó durante el gobierno de Juan Domingo Perón.
Ya en 1955, tras el golpe de Estado de la "Revolución Libertadora" (en nuestro país la "Liberación" no es un fenómeno distinto del que somete a Europa a partir de 1945), algunos civiles y militares argentinos, dirigentes de la contrarrevolución británico-judía triunfante, solicitaron la apertura de los archivos alemanes de Potsdam, en ese momento custodiados por los soviéticos, para montar una campaña que redujera el movimiento de dignidad popular y nacional que significó el peronismo, a una mera administración originada en directivas del III Reich. En ese momento, los soviéticos proveyeron al antiperonismo de algunos documentos que "probaban" que Eva Duarte trabajaba para el gobierno alemán durante la guerra, y que su encuentro con el general Perón fue organizado por la Embajada alemana (Evita hubiese tenido, en ese encuentro, unos doce años de edad, aproximadamente). Fueron también los soviéticos quienes originaron el Mito del "Holocausto"; (véase: Robert Faurisson, Le savon juif).
Otra serie de documentos no publicados daban cuenta de la recepción que hacían los Estados Unidos y la propia Unión Soviética de los hombres del III Reich, que acudían en masa a esos países, y los casos de científicos alemanes secuestrados por esas dos potencias, pero en especial por Moscú.
Lejos de tratarse de una alianza con el nazismo, el proceso peronista tuvo un desarrollo endógeno complejo, visto a la luz de la Segunda Guerra Civil Europea. El conflicto internacional produjo una serie de movimientos de liberación en la mayor parte de las colonias, tanto en las británicas como en las de otras potencias occidentales, en donde Londres, París o Ámsterdam ejercían un dominio violento, racista y expoliador. La acción militar de Alemania provocó indirectamente la liberación de innumerables Estados de lo que después se llamó el "Tercer Mundo". Países como Egipto, Indonesia, India, Argentina, y grandes regiones del mundo árabe se erigieron en naciones por primera vez en su historia. Ese proceso nacionalista, del cual la Argentina formó parte, es el que intenta hoy ser degradado por el eje judío-estadounidense. Para ello el peronismo debe ser destruido y desterrado de la memoria colectiva del pueblo argentino. En beneficio de la globalización y de la des-asimilación de miles de argentinos judíos.
Vista de la periferia, la eclosión de la llamada "segunda guerra mundial" fue un hecho altamente positivo, porque destruye casi todos los mecanismos de dominación que habían montado, durante más de un siglo, las grandes potencias occidentales, en nombre de la "civilización", contra la "barbarie" reinante en el resto del planeta. Se pretende ligar núcleos de científicos alemanes traídos para la creación de tecnología militar independiente, con la infiltración y recepción de "nazis". Pero no se señala que fue durante esa misma época, y aún durante los años anteriores a la guerra, y durante la misma guerra, que se produce en la Argentina el ingreso de judíos per cápita más importante del mundo occidental.
La represalia pos-malvínica que desarrolla sobre una Argentina vencida el gobierno británico, junto al lobby judío-(norte)americano, se propone en nuestro país tres objetivos fundamentales:
* La liquidación del peronismo como memoria histórica del pueblo argentino[19].
* El chantaje para lograr negociaciones cada vez más ruinosas para los intereses nacionales.
* La asimilación de cualquier proyecto tecnológico militar argentino con un complot "nazi".

El vaciamiento de un país

La dirigencia de las organizaciones de la comunidad judía siempre se destacó por su vocación antiasimilatoria respecto de la Argentina, y por una simultánea "transferencia de culpa" que proyecta sobre este país, cuya sociedad no judía -es decir, la inmensa mayoría de la población- es sistemáticamente acusada de "antisemita". Esas acusaciones crecen y se magnifican a través de un proceso cultural judaizante que sufre la clase media no judía, a partir del enorme control que sobre los aparatos culturales del país mantienen los judíos argentinos. El enemigo interno común de judíos y judaizados es el "bajo pueblo", el "cabecita negra", el argentino de la tierra que ingresa en las ciudades a partir de la industrialización de los años 40.
De todas las actividades que realizan las instituciones judías de "ayuda mutua", verdadero corazón de la delegación, se destacan las educativas y culturales, que incluyen desde la enseñanza del hebreo hasta el viaje de los jóvenes, sistemáticamente organizado, a Israel. La educación y la cultura que emanan de las escuelas dependientes de esas instituciones tienden a formar a un judío cultural y religiosamente ubicado lo más lejos posible del país de residencia. Esas instituciones de ayuda mutua son las verdaderas formadoras de los "soldados de Israel" en el mundo, y las verdaderas desterradoras de los jóvenes que, nacidos en un país, pronto le dan la espalda, y si permanecen viviendo en él es para mejor actuar en favor del Estado judío: como agente de inteligencia, como recolector financiero, como lobby dentro del gobierno nativo, o como fuerza operativa.[20]
Los judíos aparentemente asimilados son otra gran fuente de poder del Estado de Israel, ya que convierten a las instituciones culturales del país dentro de las que trabajan en organismos de difusión de los intereses del Estado judío.[21]
Este tipo de lealtad horizontal fue plenamente ratificada por el jefe de la diplomacia israelí, Shimon Peres, quien en 1992 declaró que el atentado contra lo que es legalmente una organización cultural argentina (AMIA), "no quedará impune", y que la intervención del Mossad en cuestiones de política interior argentina es un hecho claro y permanente. Trató públicamente a una institución legalmente argentina como a una institución dependiente del Estado de Israel.
Ya hemos señalado repetidas veces que aquellas funciones de servicio a la seguridad israelí no afectan, siquiera remotamente, a todos los judíos residentes en el país. Sólo afecta a su núcleo institucional más prominente. Pero por desgracia, en muchos casos, una parte significativa del resto de la comunidad actúa finalmente por solidaridad con los núcleos directivos más activos.
La Argentina es teatro de operaciones de conflictos globales, en rigor de verdad, desde el origen mismo de su "historia independiente". En los últimos tiempos lo fue durante la larga y oscura noche del "combate contra el comunismo". Ese es el período de mayor sufrimiento y desgaste de nuestra autoconciencia como país digno y soberano. En relación con el Medio Oriente lo ha sido desde la fundación del Estado de Israel y desde la consolidación en nuestro país de una delegación asentada en una comunidad prominente, tanto en lo cuantitativo cuanto en lo cualitativo.
Las instituciones que representan a esa delegación/comunidad fueron parte constitutiva orgánica del esfuerzo militar israelí y, por lo tanto, hoy deviene en espacio natural de la lucha entre facciones religiosas y militares opositoras a la política coyuntural de ese Estado. Gran parte de los "soldados de Israel" nacidos en la Argentina pero educados como judíos son hoy prominentes militantes del fundamentalismo, en tanto ideología movilizadora de los colonos de las tierras ocupadas. Gran parte de esos soldados de Israel constituyen la proyección de poder (en la Argentina) de ese movimiento.
El bombardeo que en Buenos Aires se produjo sobre un objetivo representativo de la comunidad judía en la Argentina (en la que casualmente no murió ningún dirigente de esa comunidad, pero en cambio, sí, muchos argentinos nativos) fue recibido por algunos grupos de Tel Aviv y de Jerusalén como un golpe militar muy fuerte a la estructura global de seguridad del Estado de Israel. Se trata de acciones que muestran lo vulnerable que es el Estado de Israel, porque esas acciones manifiestan profundas luchas y fisuras interiores.
El Estado de Israel utilizó y está utilizando esta "tierra de paso" que aún es un espacio que nosotros, con desesperación creciente, quisiéramos ver convertido en Patria ¿Qué otra cosa puede ser una Argentina crecientemente desnacionalizada, desmemoriada, descerebrada, estupidizada, humillada y desterrada sino teatro de operaciones de conflictos distantes y distintos?
Operaciones militares, como la del 18 de julio, no han ocurrido antes porque recién ahora se disipa el humo cultural de la bipolaridad. Recién ahora comienzan a emerger confrontaciones culturales y religiosas de naturaleza radicalmente diferente a las que han tenido vigencia durante las últimas décadas.
La supervivencia de la Argentina depende, en grado sumo, de la capacidad de su estructura de poder para convertir el espacio nacional en un territorio no sólo libre de operaciones terroristas, sino sobre todo de blancos (targets) terroristas. Ambos conforman una misma estructura de terror que atenta contra la propia existencia de la Nación. No se puede admitir ni que existan operaciones terroristas en la Argentina ni que perduren estructuras integrantes de la seguridad de otros Estados. El enemigo de nuestra defensa nacional está representado por el encaje entre ambas situaciones.
Las ya mencionadas declaraciones del socialdemócrata Shimon Peres señalan la posibilidad de algún tipo de protectorado militar extranacional (o de seguridad, en general) sobre la comunidad judía, que posteriormente podría extenderse a otras comunidades extranjeras, en especial a las comunidades extranjeras confesionales, como la inglesa. Ello llevaría a la Argentina a una situación de colonialismo físico similar a la sufrida por China durante el siglo XIX.
En rigor de verdad, el acto "contra el terrorismo" que se realizó en la Plaza de los Dos Congresos en la tarde del día 21 de julio de 1994, con la participación de representantes del Estado de Israel y de dirigentes de la comunidad judía, nacional e internacional, escenificó un ensayo general de ese proceso hacia el protectorado. Nunca antes en la Argentina se habían escuchado discursos en hebreo en un acto público ni nunca antes tantas banderas extranjeras ocuparon el lugar de los símbolos nacionales. Nunca antes tantos "demócratas" argentinos se rasgaron públicamente las vestiduras clamando: "todos somos judíos".
Los representantes gubernamentales del Estado judío advirtieron severamente al gobierno argentino, legítimamente constituido y jurídicamente soberano, sobre la "falta de seguridad" que se cernía como una amenaza sobre la pobre comunidad judía residente en la Argentina. Y la dirigencia judía señaló qué tipo de política nacional e internacional debe desarrollar nuestro país de ahora en más: "Si Argentina ya comprendió en algunos aspectos lo que significa un mundo globalizado -dijo David Goldberg-, también debe comprender que al igual que los países centrales, debe integrarse a las medidas de seguridad que se contemplan en el mundo para evitar estos ataques".
Pudo observarse una sutil distinción entre los discursos de los representantes oficiales del Estado de Israel en la Argentina y los directivos nativos de las organizaciones atacadas. Los primeros se encargaron persistentemente de afirmar que el proceso de paz en Oriente Medio es irreversible (un hecho que se está demostrando como absolutamente falso); los segundos clamaron por mayor "seguridad". Dov Schomrak fue el portador de los duros mensajes del gobierno israelí al gobierno y a la sociedad argentinas: "He venido acompañando al Ejército de Israel", dijo.
La dirigencia de la comunidad judía de la Argentina, en tanto elemento orgánico del sector "globalista" de los aparatos del Estado israelí, impulsa un tipo de política internacional que incluye el "derecho a la ingerencia" y las "ayudas humanitarias", esto es, las soberanías (periféricas) restringidas. A las pocas horas de producido el atentado llegaba a la Argentina la primera "misión humanitaria" israelí, reforzada por un fuerte contingente del Mossad. La Argentina ya está en la categoría de "país receptor" de "ayuda humanitaria". De acuerdo al derecho a la ingerencia, ya es un país potencialmente ingerible.
Desde que desembarcan los efectivos israelíes y se dirigieron al lugar del atentado, la organización del operativo de rescate quedó en manos de aquel país, y las fuerzas de seguridad y de defensa civil argentinas subordinadas a sus órdenes. De hecho, una porción de territorio nacional (la del predio del edificio atentado) estuvo en manos de un ejército extranjero. Pero los alcances de la "intervención" son aún más vastos, ya que -de acuerdo con expresiones presidenciales- "el Mossad tiene las manos libres" para operar en el país, con lo que el control de gran parte del aparato de inteligencia y de represión quedó subordinado a él.
Esta singular relación de subalternización del gobierno nacional a la alianza judío-norteamericana, quedó expresada en la organización de una marcha en la que el sistema político "opositor" apareció como el aliado más fiel de la alianza antes mencionada, mientras el gobierno quedó desdibujado y humillado frente al poder admonitorio de los enviados de un gobierno extranjero.
La Argentina deberá enfrentarse en los próximos tiempos a graves problemas originados en el actual funcionamiento apolar del mundo contemporáneo, es decir a la licuación creciente del poder dentro del sistema internacional. Uno de esos problemas es la alternativa de una profundización del conflicto entre globalistas laicos y fundamentalistas judíos. En cualquiera de sus derivaciones posibles, será un proceso inexorablemente violento capaz de proyectar importantes tensiones sobre la seguridad interior de Argentina.
Nadie hace mención a este problema, mientras el gobierno y la opinión pública nacional siguen sometidos a una estúpida hipótesis unilateral respecto del atentado terrorista del 18 de julio. Esa hipótesis fue construida sobre la base de informaciones proporcionadas exclusivamente por el Estado de Israel que en definitiva estuvo implicado en el más grande acto desestabilizador de las últimas décadas: el asesinato de Rabin.
El hecho concreto es que la investigación que se originó a partir de esa "hipótesis unilateral" está colapsada desde hace ya mucho tiempo. Es indudable que esa situación se ha originado en la propia debilidad de la hipótesis original suministrada por el Estado y servicios antes mencionados. Aunque cueste creerlo, aún no se ha elaborado ninguna otra hipótesis, basada en la exposición sistemática de una de las partes afectadas -hasta ahora silenciada y autosilenciada.
Otro hecho concreto es que las presiones de las comunidades judías y sionistas, argentinas e internacionales, continúan ejerciéndose sobre el gobierno y sobre el conjunto de la opinión pública nacional como si el Estado de Israel y la región del Oriente Medio transitaran por la más absoluta de las normalidades. Esas presiones se incrementarán con el correr de los próximos tiempos, porque ellas estarán en función de acontecimientos dramáticos que se sucederán en Medio Oriente, y en su espacio contiguo del Asia Central.
Para darle continuidad a un "plan de paz" que nació muerto se necesitará una dosis muy alta de violencia política. En este contexto, naturalmente, sería lógico prever no sólo un tercero sino una serie de atentados terroristas en las "zonas de frontera" que separan al fundamentalismo del laborismo "globalizante" judío. Argentina está ubicada a plenitud en una de esas "zonas de frontera" entre dos bandos crecientemente irreconciliables de la estrategia global. Sólo a partir de ese señalamiento podemos comprobar el fracaso estrepitoso de una diplomacia alineada y alienada.

El nacional-judaísmo en la crisis argentina

En este punto conviene reflexionar sobre el destino que les espera a las sociedades débiles (debilitadas por el huracán destructor del neoliberalismo), como la Argentina, durante décadas convertida en "hospedadora" de "huéspedes de paso", como los judíos, que llegaron a conformar la más grande sociedad extranjera no asimilada a la cultura nacional.
Si durante los últimos tiempos las organizaciones representativas de la comunidad judía en la Argentina -lideradas por la Embajada que representa al Estado judío en Buenos Aires- comenzaron a tomar decisiones por encima del poder político nativo, no es posible sino esperar que esas organizaciones y esa Embajada de ese Estado reemplazarán, simple y llanamente, al poder político nacional argentino. Podría constituir posiblemente el primer "golpe de Estado" judío en la Argentina, contando con la complicidad de algunos mandos militares del llamado "ejército argentino" que ya adoptaron como "ideólogo" al escritor judío Marcos Aguinis. De esta manera vemos que estamos hablando no de un problema externo a la Argentina, sino de una de sus principales complicaciones interiores. El "problema judío" es hoy en la Argentina un tema tan significativo como el "problema de la desocupación" y él de la catástrofe social que se avecina.[22]
Es preciso tomar conciencia, lo antes posible, de que ninguno de esos problemas tiene solución dentro del sistema político, económico e internacional dentro del cual se encuentra la Argentina. Es decir, que se incrementarán a medida que pase el tiempo. Ya hemos visto, en la Introducción de este libro, que el sistema es el "reflejo" de la estructura de poder étnico-demográfica de la Argentina. Al sistema lo generó el "crisol de razas". La cuestión judía quedó planteada de tal forma que no puede limitarse el poder de los grupos (fácticos o no) que operan en favor del Estado de Israel, del lobby judío-norteamericano y de la alianza esencial existente entre Washington y Tel Aviv. Cualquier intento que en esa dirección pretenda realizar el actual Estado argentino, será (es) percibido por el business de los sectores hegemónicos -judíos y no judíos- como un grave atentado contra sus intereses. De allí en más, la frágil estabilidad de este gobierno saltaría en mil pedazos. Tal el núcleo lógico esencial que inviabiliza hoy el futuro de nuestro país.
En nuestro país estamos viviendo, sin duda, un fin de época, tanto en lo que respecta al "modelo" económico, social y cultural como en lo que hace a la destructora inserción en el mundo que produjo el actual gobierno argentino al aceptar -en su momento, y ahora- la realización de tal modelo. Por lo tanto, un análisis detallado de la crisis que vive la sociedad argentina hoy se impone, ya que se trata de las etapas finales de una estrategia neoliberal que en su momento fue expuesta ante el mundo financiero y académico como modélica, casi "salvacionista". Pero el caso es que la crisis del sistema en la Argentina coexiste con la eclosión de lo que hemos llamado la "cuestión judía".[23] En realidad, ambos elementos son indisociables. Lo que exige mantener un nivel de análisis aparentemente muy polarizado en temas aparentemente muy extraños unos respecto de los otros (escenario de guerra en Oriente Medio y crisis -en el otro extremo del mundo- de un modelo económico neoliberal con "tipo de cambio fijo", por ejemplo).
La lucha por la reconquista de la dignidad del hombre argentino y la lucha por la recuperación de la viabilidad de la Argentina en tanto Patria (ese concepto tan cálido y tan olvidado), son cuestiones que no pueden ser separadas del actual combate mundial de los pueblos -de todos los pueblos- contra una globalidad indiferenciadora y crecientemente perversa. El hiperjudaísmo, como ya hemos dicho, es una parte constituyente esencial del globalismo que separa a la población mundial trazando una frontera infranqueable entre "elegidos" y humillados.
Por una cuestión de geografía, pero también de teología, son los palestinos, los libaneses y otros pueblos árabes y musulmanes los más próximos y por lo tanto los más afectados por el gran tigre nuclear israelí. Que ha sido creado, alimentado y -hasta el día de hoy- mantenido por los intereses del capitalismo globalista y por la enorme influencia mundial del lobby judío-norteamericano. Nuestra participación en esa lucha de toda la humanidad excluida contra "los elegidos" se puede focalizar no sólo en la búsqueda de una limitación de los poderes judíos operantes en y contra la Argentina. Sobre todo se debe canalizar en la comprensión de que nuestra propia catástrofe social y cultural no es ajena a ese vasto nuevo combate
mundial por la dignidad de los humillados y los excluidos, y por la recuperación de sus respectivas identidades nacionales. Una vez más: La "cuestión judía" no es algo exterior a nosotros, sino un componente interior básico de nuestra propia crisis.
En toda esta patética historia de creciente decadencia nacional argentina, la cuestión judía no fue un factor exógeno al modelo. Más bien lo contrario. Las nuevas tendencias del judaísmo jugaron decisivamente en la dirección de atar, de atornillar lo más sólidamente posible el caso argentino al business global. Esas tendencias, que actúan considerando que la Argentina es tierra de nadie, ahora lo sabemos con mayor claridad, están preparando la guerra de exterminio antes señalada. Esa guerra, en etapas posteriores, afectará a nuestra propia estructura demográfica (poder poblacional) y a la de todos los pueblos excluidos en los que su población y su territorio exceda o transgreda los límites de lo aceptable por las percepciones del neoliberalismo globalizante.
No olvidemos, asimismo, que la Argentina siempre fue vista por las diferentes concepciones del judaísmo, como un territorio alternativo a Palestina. De allí que resulte absolutamente vital, para esas tendencias, la permanencia en el tiempo de esta Argentina vaciada de toda identificación y desprovista de toda dignidad y poder, que fue una de las consecuencias perversas aunque necesarias de la implantación del modelo neoliberal. Señalemos que esa implantación se realizó de la mejor forma posible para los intereses de los "elegidos": A partir de una corrupción específica practicada sobre un movimiento nacional esencialmente resistente, como lo fue casi siempre el peronismo.
Un exterminio de población palestina, libanesa y de otros pueblos árabes y persas, puede ser un aterrador anticipo de lo que puede suceder con la población argentina no judía el día en que los globalistas deseen apoderarse firmemente de nuestro territorio, que despierta su codicia desde hace muchas décadas.
No sólo desde el punto de vista teórico e histórico existe una total interdependencia entre capitalismo y judaísmo. Esa interdependencia se manifiesta asimismo en cuestiones prácticas y específicas, como por ejemplo el tratamiento que un país militarmente vencido como la Argentina (Guerra del Atlántico Sur, 1982) debe merecer de los poderes mundiales hegemónicos, como por ejemplo, las distintas organizaciones que conforman el lobby judío-norteamericano.
No deja de sorprender que una coyuntura en la cual la gran mayoría del pueblo argentino comienza a dar forma, nuevamente, a una resistencia de base sindical muy seria ante la progresiva licuación de su existencia, la ofensiva del judaísmo se incrementa, buscando socavar, aún más, la dignidad y, por lo tanto, la viabilidad de nuestro país.
Una recomposición del poder interior dentro de la misma sociedad argentina será una cuestión insoslayable para la reconstrucción del ser nacional provisoriamente perdido. Esa necesaria recomposición del poder tendrá naturalmente una variable económica (que no viene al caso desarrollar en este momento). Pero también deberá modificarse la distancia relativa que los distintos sectores extranjeros o de origen extranjero, o de aquellos que practiquen una doble lealtad nacional, tienen hoy respecto del poder. De la misma forma que será necesario desplazar del poder económico a una burguesía en su mayoría no judía, incompetente para asumir un auténtico liderazgo nacional, se deberá hacer lo propio con los sectores de doble lealtad que hasta este momento mantienen una posición de hegemonía sobre la vida cultural institucional de la nación.
El judaísmo en la Argentina nunca, en ningún momento, fue un factor de integración nacional, "hacia adentro". Siempre fue un factor extraño residente en un territorio y en una sociedad argentina que lo albergó con generosidad. Las organizaciones judías se originaron y se desarrollaron con una lealtad esencial hacia el Estado de Israel y, antes aún, al sionismo internacional. Esta realidad, que se incrementó en los últimos tiempos, imposibilita que ese sector siga jugando un rol decisorio de primer nivel dentro de la política nativa.
La anemia del Estado argentino, su ya absoluta incapacidad de hacer Inteligencia pensándose a sí mismo y a su entorno con independencia, la situación de postración: todo esto llevó al Estado argentino a aceptar una hipótesis que era la más conveniente para la estrategia militar israelí –ya que apunta a uno de sus enemigos más peligrosos en la región-, pero que no tiene nada que ver ni con nuestros propios intereses nacionales ni con la verdad, simple y llana.[24]
De allí que, cuanto mayor sea la conflictitividad de toda la región, y ese es desgraciadamente el camino, mayores serán las necesidades de Israel de eliminar a Hezbollah, quien le causa bajas reales en combates reales en operaciones militares cada vez más difíciles de controlar para el Estado judío. Sobre esta realidad se fabrican las acusaciones y sobre ella se planifica la inclusión de la Argentina en los suburbios de la política mundial.

El caso de las "profanaciones" de los cementerios judíos de Buenos Aires.

Previendo que el discurso argumental estructurado por el Estado de Israel, la comunidad judía residente en la Argentina y el propio juez Galeano, está llegando a su fin, sin que aparezcan, después de cinco y de tres años de investigación internacional acumulada, los culpables previamente anunciados (terroristas islámicos+nazis criollos), el lobby judío en la Argentina sacó de la galera, hacia finales de 1997, dos nuevos "atentados", ahora bajo la forma de "profanaciones" a los dos cementerios judíos del Gran Buenos Aires. El objetivo oculto de la operación es mantener en vilo, y aterrorizada, a la población argentina.
Las profanaciones -destrucción de las lápidas de algunas tumbas; en ningún caso profanación de restos humanos - se produjeron en dos fechas claves: en la Nochebuena de 1997 (cementerio de La Tablada) y en la Nochevieja (cementerio de Ciudadela) de ese mismo año, una sobre cada uno de los dos cementeros judíos. "Estos atentados -señaló uno de los líderes del lobby desde la mismísima Jerusalén[25]- podrían ser un intento para socavar el orden legal en la Argentina, en general, y en la provincia de Buenos Aires, en particular. Detrás estarían los sectores más reaccionarios de la policía provincial* ".
Días antes, e impulsada por una acusación circunstancial contra 4 ó 5 oficiales de esa fuerza, derivada del sumario judicial del caso AMIA, nada menos que 300 comisarios de la policía de la Provincia de Buenos Aires fueron pasados a retiro. De esa purga, sin precedentes en la historia insitucional del país, sólo fueron exceptuados los oficiales de confianza del lobby judío en la Argentina. Tal el poder alcanzado por ese lobby.
La totalidad de la prensa "seria" de la Argentina, y desde un primer momento, ya que baila al compás de la música de ese lobby, acusó de las "profanaciones" de los cementerios judíos a los comisarios pasados a retiro pocos días antes:
>Los principales sospechosos de dirigir las profanaciones, en Nochebuena y Año Nuevo, de las tumbas de los cementerios judíos de La Tablada y Ciudadela, son dos comisarios inspectores recién expulsados de la policía" (Clarín, 3 de enero de 1998, Buenos Aires.).
>Un dirigente de la comunidad judía (Rubén Beraja, presidente de la DAIA) atribuyó la profanación de las tumbas a agentes recientemente separados de la policía" (AP, 26 de diciembre de 1997). El propio gobernador de la Provincia lo apoyó: "No se puede descartar la posibilidad que está manejando Beraja".
>Rubén Beraja sale al paso de las afirmaciones de algunos miembros de la policía, que sostienen que las agresiones a los cementerios judíos fueron obra de pandillas y de borrachos. "El hablar de pandillas es una simplificación del análisis* todo indica que se trata de utilizar un canal de gran repercusión para instalar en la sociedad el debate acerca de la reestructuración policial y generar cierta zozobra" (La Nación, 3 de enero de 1998, Buenos Aires).
En forma paralela a las acusaciones, la comunidad judía residente en la Argentina realizó muchos actos de "desagravio", con una gran cobertura de los medios internacionales, especialmente gráficos y televisivos: "Los familiares conjugaron dolor, indignación y temor" (título de La Nación, el 3 de enero de 1998, Buenos Aires). Uno de esos familiares "dolorido, indignado y atemorizado" no se priva de decir: "El responsable de este atentado racista es el gobierno, que ni siquiera pudo encontrar a los culpables de la voladura de la AMIA".
De inmediato el terror se instala en el mismo gobierno acusado, quien se expresa a través de Víctor Ramos, hijo de un conocido dirigente trotskysta ya fallecido, de origen sefardí, que ahora es el titular del Instituto Nacional Contra la Discriminación. Ramos emitió un tembloroso comunicado donde se sostiene: "Que esos ataques antisemitas han ultrajado las tumbas de nuestros padres y abuelos* se trata de reiteraciones que vertebran un discurso ideológico profundamente antidemocrático que encierra peligros mayores" (La Nación, 4 de enero de 1998, Buenos Aires).
Llegamos finalmente al 12 de enero de 1998. Es decir que estamos a 12 días del descubrimiento del último de los atentados. Ese día el diario Clarín –el de mayor tiraje en lengua española- quien se ha transformado en el órgano paraoficial del lobby judío, publica una nota editorial donde, después de volver a acusar a los policías exonerados, solicita el aumento de las penas para delitos vinculados con profanación de tumbas (Título de la nota: "Ataques impunes a cementerios judíos").
Pero ese mismo día 12, en una noticia publicada en páginas interiores por el mismísimo Clarín, se da cuenta de que "uno de los casos ya está resuelto". No hubo tiempo de quitar el editorial que seguramente había sido redactado unos días antes. La información no puede ser más clara: "Según confirmaron fuentes judiciales la profanación del cementerio de Ciudadela fue cometida por cuatro adolescentes que realizaban `una prueba de valentía'. Eran cinco varones y una chica. Apostaron quién se animaba a entrar, y sólo lo hicieron cuatro. Dentro del cementerio esos chicos habrían roto las lápidas a patadas -19 en total- y después se habrían escapado olvidando migas de pan dulce y una botella de sidra". Los menores de edad fueron puestos en libertad por el juez actuante en la causa. (Clarín, 12 de enero de 1998, Buenos Aires).
Sin entrar en ningún tipo de comentarios, creemos haber expuesto una metodología, que ya ha sido utilizada por numerosas comunidades judías en los países occidentales donde residen (el caso del cementerio judío de París es paradigmático). Ella apunta a satanizar al conjunto de la comunidad gentil, la inmensa mayoría de la sociedad argentina; que a partir de ese momento pasa a ser "antisemita", sin paliativos.


CAPÍTULO 3 de La Falsificación de la Realidad

NOTAS

[1] "La Corte Suprema de Justicia de la República Argentina estaría dispuesta a sostener, antes del 17 de marzo, fecha en la que se cumplen seis años del atentado a la Embajada de Israel, que hay indicios de que fueron integrantes de la Jihad islámica y ciudadanos de Irán quienes cometieron el ataque terrorista (¡Extraordinaria confusión entre dos organizaciones; la palestina y sunnita Yihad Islámica y la libanesa y chiíta Hezbollah! -NC). Esa es la línea argumental que impulsa el ministro de la Corte Enrique Petracchi y que expuso en el acuerdo de ministros de ayer, y hasta este momento indica el límite de lo que dirá el tribunal ante la insistencia de la colectividad judía para que se pronuncie sobre el tema antes de aquella fecha. Los dirigentes de la colectividad judía reclaman que el máximo órgano de Justicia, que tiene a su cargo la instrucción de la causa, sostenga expresamente que la Embajada fue destruida por una bomba, colocada en el exterior del edificio, y que quienes cometieron el atentado son personas vinculadas con la República Islámica de Irán, explicó una fuente del alto tribunal. `Nosotros no nos vamos a pronunciar ahora sobre el lugar en el que estaba colocada la bomba, porque no es la oportunidad procesal para hacerlo', dijo una fuente. En cambio, la Corte sí estaría dispuesta a satisfacer el reclamo de la colectividad (judía residente en la Argentina), hasta un cierto punto, en cuanto al origen del atentado. Antonio Boggiano impulsa la idea de afirmar que el responsable del ataque terrorista fue el Estado de Irán, pero Petracchi sostiene que los responsables sólo pueden ser personas físicas y que no hay pruebas concluyentes para llegar a respaldar la posición de Boggiano. Por eso, según Petracchi -afirma una fuente, la Corte debería decir que hay `indicios' para sostener que fueron personas de la Jihad e iraníes los autores del ataque". Fuente: La Nacion Line del viernes 6 de febrero de 1998.
[2] Asquenazis (o: esquenazis), etnia judía de origen este y centro europeo. Viene de Azkenaz, palabra hebrea para designar a Alemania. Los asquenazis se diferencian de los sefardíes, la otra gran etnia judía, de origen ibérico. La tercera etnia judía en importancia son los judíos orientales, propiamente dichos. Ver: Hilda Sa Aban Sayeg, La discriminación contra los judíos orientales en Israel, en especial el capítulo 1: División entre judíos orientales y judíos occidentales en la sociedad israelí, Fundamentos, Madrid, 1977.
[3] En referencia a Theodor Herzl, fundador del movimiento sionista (Congreso de Basilea, 1897) y autor del Estado Judío. Sus restos están sepultados en el Monte Sión, actual Israel.
[4] La oligarquía agraria en la Argentina, al igual que la totalidad de la "clase dirigente" iberoamericana, es el producto del contrabando, de la trata de negros y de la explotación sistemática de los indígenas americanos. El componente criptojudío -o marrano- dentro de esa clase-raza es enorme y ello está plenamente demostrado en la actualidad. Ver: Norberto Ceresole, España y los judíos (1492-1970): expulsión, inquisición, Holocausto, op.cit. El escritor favorito de esa clase étnica, Jorge Luis Borges, lo dijo con todas las letras: "Soy descendiente de marranos, y en mi familia existen tres apellidos judíos que son Acevedo, Rubio y Pinedo" (26-10-85).
[5] Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía (1810-1950). Este libro ha sido editado en forma conjunta por la Editorial Universitaria Magnes, la Universidad hebrea de Jerusalén y la AMIA (Comunidad de Buenos Aires), en 1983. "El Estado Nacional Judío impondrá -de hecho- su ley (la Torah) y su presencia imperial a Estados gentiles desnacionalizados en un mosaico bizantino de múltiples nacionalidades (Pluralismo nacional) amalgamadas por el sionismo, en una Babel de zombies despojados de nacionalidad"."Se trata de la proclamación de la Nación judía mundial, la que se compone de dos partes: a) la cabeza, el Estado de Israel, que es el Estado de todos los Estados y que goza de independencia territorial; b) el cuerpo, los judíos del Galut residentes en el resto del mundo. En cada país los judíos gozarán de un doble 'status' jurídico. Por un lado gozarán del derecho de 'autonomía nacional' y, al mismo tiempo, de los derechos que les correspondan como ciudadanos de dichos países -cuyos nacionales pasarán a ser ciudadanos de segunda categoría en su propia tierra." Pedro Catella, El sionismo y las naciones, Buenos Aires, 1996.
[6] Cierta prensa argentina acogió como a un héroe la visita al país del dirigente judío Shimon Samuels, uno de los jefes de la campaña mundial sobre el "oro suizo", quien señaló con mucha contundencia que "alguien debe aclarar qué rol jugó Eva Perón". (Página 12, 27 de noviembre de 1996, Buenos Aires, en un reportaje realizado por Raúl Kollman, periodista judío trotskista residente en la Argentina, quien pocos días antes había sido invitado a Jerusalén "en mérito a su labor en la denuncia de la discriminación racial y religiosa").
[7] Pedro Catella, El sionismo y las naciones, Buenos Aires, 1996.
[8] Los conceptos "semita" y, por contraposición "antisemita" se estructuran a partir de tres niveles básicos: el lingüístico, el étnico y el cultural. Desde el punto de vista lingüístico no se puede ser, naturalmente, antisemita (ni anti-nada, en este plano, aunque hoy, muchos judíos en Israel -los llamados "camisas amarillas", por ejemplo- combaten activamente la difusión de la lengua árabe). Las lenguas de raíz semita son innumerables hoy en el mundo antiguo. Árabe, arameo, hebreo y una larga lista que sería imposible enumerar aquí. Desde el punto de vista étnico, la práctica totalidad del mundo musulmán -en Oriente Medio-, a excepción de turcos y persas, tienen su origen en tribus semitas. Por lo demás, culturalmente hablando, el concepto "antisemita" es de raíz europea, es un eurocentrismo del cual no nos sentimos, para nada, responsables. Recordemos a un "antisemita" europeo clásico, Voltaire: "Los judíos han hecho con la historia y con la leyenda antigua lo mismo que sus ropavejeros hacen con las prendas usadas, les dan vuelta y las venden como nuevas al precio más alto que pueden. Un ejemplo especial de la necedad humana es el hecho de que durante tanto tiempo hayamos creído que los judíos eran una nación que habían enseñado todo a las demás, cuando su propio historiador Josefa reconoce lo contrario* Este pequeño pueblo nuevo, ignorante, grosero* copió como pudo a la nación más antigua, floreciente y trabajadora" (Diccionario filosófico, "Abraham").
[9] Ver el excelente trabajo de Israel Shahak titulado Israel arma a las dictaduras del Tercer mundo, fechado en Jerusalén, el 17 de junio de 1981. En Revista de Estudios Árabes, Nº 4, p.157 y ss.
[10] La naturaleza teológica y la evolución histórica, demográfica y económica hacen del judaísmo un movimiento esencialmente internacional. En ese sentido, por ejemplo, el judaísmo y no el protestantismo fue la ideología del capitalismo desde los comienzos de la modernidad. La etapa actual de globalización capitalista es la infraestructura óptima para la realización del proyecto judío de origen bíblico orientado a generar un gobierno mundial a partir de las desnacionalizaciones y de la creciente pérdida de identidad de un conjunto muy grande de sociedades, tanto periféricas como centrales.
[11] Sobre este tema de la guerra necesaria véase mi libro Subversión, contrasubversión y disolución del poder (guerra y sociedad en la Argentina contemporánea). En especial el Capítulo 8, donde se incluye el manifiesto de los pueblos del noroeste argentino y los fundamentos de la idea del mito fundador.
[12] "Cabecitas negras", gentes de la tierra, personas racialmente distintas de los inmigrantes blancos esquenazis, quienes se constituyeron en el principal propagador cultural en el proceso de instalación de un sentimiento irreductible de desprecio originario de la "clase patricia" y, luego, por ósmosis, adoptado por la "clase media", respecto de los "negros".
[13] No sólo las organizaciones judías participan de esa apropiación. Un espectro muy amplio de grupos transnacionales hacen lo mismo. La diferencia radica en que los grupos transnacionales no judíos carecen, en general, de sustento teológico, es decir, de proyectos estratégicos sacralizados a largo y muy largo plazo.
[14] En este punto es necesario señalar una cuestión fundamental que en todo momento debe ser recordada. Existe una influencia íntima y profunda de los judíos en todos los tiempos del proceso de formación del capitalismo moderno y contemporáneo. Y esa influencia se intensifica en esta etapa actual de globalidad. Hoy es más aplicable que nunca el siguiente concepto de Werner Sombart formulado hacia los años 20 de este siglo: "Encuentro en la base de la religión judía las mismas ideas directrices que caracterizan al capitalismo, y hallo que ambas están animadas del mismo espíritu" (Los judíos y la vida económica). Un crítico contemporáneo de la teoría de Sombart sobre el origen judío del capitalismo es el filósofo judío-español Reyes Mate, quien reflota la concepción weberiana, pero le reserva al judaísmo el papel de "Memoria de Occidente". Ver: Reyes Mate, Memoria de Occidente, actualidad de pensadores judíos olvidados, Anthropos, Barcelona, 1997.
[15] Como es el caso del catolicismo posmoderno. Véase al respecto: Hans Küng, El judaísmo, Ed. Trotta, Madrid, 1993. Para este autor, que tanta importancia tuvo como teólogo en el Concilio Vaticano II, el Tercer Reich alemán es, en una parte sustancial, el producto "... del arraigadísimo antijudaísmo cristiano, religioso, que fue para un católico como Joseph Goebbels... el fundamento de su compromiso nacionalsocialista... El antisemitismo racista ... habría sido imposible sin la prehistoria casi bimilenaria del antijudaísmo religioso de las Iglesias cristianas" (p.228). En ningún punto de su extenso volumen Küng hace la menor referencia al anticristianismo militante de la diáspora judía.
[16] Véase: el "Acuerdo entre el Estado de Israel y la Organización Sionista Mundial" del 24 de noviembre de 1952, reproducido en: Pablo Cristiano, Los Argentinos y Palestina, Buenos Aires, 1976.
[17] Es la tesis que sigue sosteniendo hasta el día de hoy el señor Rubén Beraja, presidente de la Delegación de Asociaciones Israelitas en la Argentina (DAIA). Beraja, luego de entrevistarse con el presidente del Paraguay el día jueves 21 de noviembre de 1996, realizó declaraciones de prensa en las cuales sostuvo que la comunidad judía en la Argentina, estimada en unos 300.000 miembros, está afectada por una gran vulnerabilidad proveniente de la zona de las "Tres Fronteras" (punto de unión de los territorios paraguayo, brasileño y argentino), donde existen grupos terroristas de Hezbollah, los "verdaderos" autores del atentado a la AMIA (Clarín, Buenos Aires, 22 de noviembre de 1996). A partir de ese momento la zona de las "tres fronteras", donde existe una importante comunidad libanesa, se ha convertido en el espacio geográfico más vigilado de Suramérica.
[18] Sobre la dicotomía "Memoria versus Historia" se basa principalmente la construcción del Mito del "Holocausto". Ver capítulo 7 y: Norberto Ceresole, España y los Judíos, op. cit. El problema de la teología de la globalidad o, como lo llama Roger Garaudy, el "monoteísmo de mercado", está desarollado en la sección "La hermenéutica posmoderna o la judaización del cristianismo".
[19] En la quietud de su residencia, en Chennevières-Sur-Marne, cerca de París, hablamos, por primera vez, un día entero, Roger Garaudy y yo, hacia fines de agosto de 1996. Hablamos sobre la Unión Soviética, la guerrilla de los años 70, la democracia en Europa, los socialismos, las religiones emergentes, y también sobre el Frente Nacional del señor Le Pen. Habíamos coincidido, casualmente, en Beirut, unas semanas antes.
Me preguntó:
-¿Qué es el peronismo?
- En principio, una definición precisa del marco nacional, sin el cual nada es posible. Nosotros o ellos, "Perón o Braden". Luego, de inmediato, la dignificación del proletariado. En poco tiempo dejaron de ser siervos y pasaron a ser personas. Así de simple.
-Me habían contado otra cosa.
- Me lo imagino.
-¿Y quién fue Evita?
-Para utilizar una gran imagen de la historia/mito francesa le diré que fue nuestra Juana de Arco social.
-¿De verdad?
-Absolutamente. Argentina tuvo "Estado de Bienestar", dignificó a sus humildes mucho antes que cualquier país europeo, dentro de un marco de identificación nacional. En Rusia luego de la caída del comunismo, que iba a crear nada menos que un "hombre nuevo", no hubo resistencia popular. En la Argentina sí y fue heroica y larga. Había algo bueno que recordar.
[20] Para una visión global de las comunidades judías en América ver: Haim Avni, Judíos en América, cinco siglos de historia, MAPFRE, Madrid, 1992. Judith Laikin Elkin, Gilbert W. Merkx, The Jewish presence in Latin America, Allen&Unwin, Boston, 1987. J.X. Cohen, Jewish life en South America: a survey study for the American Jewish Congress, Ann Arbor, Michigan, 1991.
[21] Para ampliar la visión de las actividades de la comunidad judía residente en la Argentina ver: Alberto Klein, Cinco siglos de historia: una crónica de la vida judía en Argentina, Comité Judío Americano, Buenos Aires, 1976. Ana Epelbaum de Weinstein, Beatriz Senkman, Bibliografía sobre judaísmo argentino, Centro de Documentación e Información sobre judaísmo argentino Marc Turkow, Buenos Aires, 1984.
[22] Las opiniones de Marcos Aguinis -un modesto aficionado a las cuestiones sociológicas y un novelista de escasas dimensiones literarias- sobre el futuro de las fuerzas armadas argentinas fueron calurosamente elogiadas ("Un esfuerzo intelectual") por el secretario general del ejército, general Ernesto Bossi, en "Clarín", segunda sección, 18 de agosto de 1996. Tratemos de evitar que esta alternativa ("nuevas relaciones entre judíos y cúpula militar") emigre hacia el territorio de la ciencia ficción, o sea interpretada sólo como un episodio secundario o jocoso. Es algo bien real y de alta dramaticidad, dado el contexto internacional en que se desarrolla.
[23] Ello es así por el simple hecho de que en la Argentina vivió la tercera comunidad judía más importante del mundo, que llegó a nuestro país en momentos en que la mayoría de las democracias occidentales rechazaban a los inmigrantes de esa religión. La comunidad judía en la Argentina en estos momentos decrece cuantitativamente.
[24] La Argentina estaba exportando a Irán casi 2000 millones de dólares anuales, y existía la firme intención, en Teherán, de incrementar esa cifra. Primero se produce el incumplimiento argentino para la provisión de materiales nucleares a Irán, que iban a ser utilizados con fines pacíficos. Luego de la explosión en la AMIA nace la acusación judío-norteamericana contra Irán/Hezbollah, cuya vigencia perdura al día de hoy. Es así que en la actualidad las exportaciones de la Argentina a Irán no sobrepasan los 100 millones de dólares anuales, mientras el Brasil exporta hoy a ese mismo país la suma de 3000 millones de dólares anuales, cuando al comienzo de toda esta historia las relaciones comerciales entre esos dos países eran prácticamente insignificantes. Para las autoridades brasileñas los problemas de seguridad deben ser inexistentes, ya que actualmente los ciudadanos iraníes pueden viajar a Brasil sin necesidad de visado, lo que facilita la expansión de las relaciones económicas, políticas y culturales entre ambos Estados. Puede decirse que cuando un país deja de producir su propia Inteligencia Estratégica, lo que está cometiendo es, simplemente, un acto de suicidio.
[25] Reportaje a Oscar Hansman, presidente de la AMIA. Clarín, 4 de enero de 1998, Buenos Aires.



No hay comentarios: