miércoles, 25 de julio de 2012

DINÁMICA DEL ESTADO

por Jaime María de Mahieu

36. Los antagonismos sociales

Hemos estudiado, en el curso de nuestros tres primeros capítulos, la naturaleza, el origen y la estructura del Estado. Tenemos que analizar ahora su dinámica, vale decir, su modo de funcionamiento en relación con los individuos y los grupos que forman la Comunidad.
Nos encontramos, en efecto, frente a dos aspectos, difícilmente conciliables a primera vista, de la duración social cuyo creador es el Estado: la complejidad de sus elementos constitutivos y su unidad esencial. ¿Habrá que ver en tal dualidad una contradicción fatal e insoluble, que pesa sobre la sociedad humana entre, por una parte, las innumerables tendencias egoístas de los individuos y los grupos y, por otra parte, la Comunidad animada y dirigida por una fuerza misteriosa e inefable de la que el Estado sólo seria agente? Esto supondría olvidar que la vida social no se superpone a los seres que en ella se desarrollan, sino que, por el contrario, es inherente a su naturaleza.
Pero la oposición individual a las necesidades colectivas no por eso es menos natural en el hombre. Los individuos tienen existencia, necesidades y aspiraciones propias. Bien pueden depender de la sociedad, pero no por eso dejan de tener una actividad que no se puede reducir sintéticamente a la actividad social, como tampoco esta última se puede reducir analíticamente a datos individuales. Igual ocurre con los grupos constitutivos de una sociedad cualquiera, cada uno de los cuales posee su vida privada.
Las Comunidades más homogéneas presentan en su seno profundos antagonismos de naturaleza muy variada. El marxismo ha llamado la atención sobre la lucha económica de las clases, que predomina, en efecto, en la sociedad contemporánea. Pero el reinado del capitalismo es relativamente reciente y localizado: durante milenios las sociedades se desarrollaron sin que relaciones de clases hayan pesado sobre su duración histórica. En realidad los antagonismos sociales son tan variados como la naturaleza humana. Económicos y religiosos, étnicos y culturales, se entrelazan en una complejidad tal que su análisis siempre es difícil, Intereses y sentimientos chocan en una interacción continua pero cambiante, de la cual sólo es posible, en el mejor de los casos, captar algunas constantes esenciales o momentáneas.
Lo que es seguro es que todo intento reducir a la simplicidad el complejo que descubrimos dentro de la duración social tropieza con la realidad profunda de la misma naturaleza de la sociedad. ¿Qué hay de más unitario, si se la encara desde lo exterior, que una asociación de productores agrupados en la empresa? La obra que crean exige en cada instante un concurso de fuerzas. Nos da la prueba de la vitalidad del taller. Sin embargo, la más ligera observación revela los poderosos antagonismos que oponen, no sólo a los individuos, sino también a los grupos que se reparten el trabajo. Ahora bien: el taller no estalla por el efecto de semejante guerra intestina y multiforme. Por el contrario, produce. Vale decir que las divergencias y oposiciones de los factores sociales están constantemente dominados por su unidad, y no una unidad que se impone desde el exterior, como la de una cuadrilla de presidiarios, verbigracia, sino que surge de la confrontación misma de los individuos y los grupos y de la necesidad de su actividad común.
Nos encontramos pues ante la siguiente disyuntiva : o bien la complejidad social de que nacen los antagonismos debe considerarse una tara de la Comunidad, lo que no tiene sentido, puesto que la sociabilidad es inherente al hombre, que sólo existe, por lo demás, en la diversidad ; o bien debemos reconocer que no hay por una parte complejidad y por otra parte unidad del cuerpo social, sino unidad de su complejo esencial, vale decir que los antagonismos no son nocivos sino, por el contrario, indispensables para la vida de a Comunidad.
La interpretación unitaria, que niega las contradicciones sociales o, por lo menos, las considera anomalías accidentales, y la interpretación pluralista, que las hipostasía, son dos aspectos de la misma impotencia para captar lo real en su conjunto.

37. El Estado, órgano de la síntesis comunitaria


La evolución histórica de la Comunidad es, por tanto, de naturaleza dialéctica. Procede de una superación continua de los antagonismos múltiples en que se afirman y oponen las duraciones individuales y colectivas que se desenvuelven en su seno. Dicho con otras palabras, la unidad comunitaria es el resultado de la síntesis de las diversas fuerzas sociales constitutivas, síntesis en constante elaboración por ser repuesta sin cesar sobre el tapete por la evolución misma de los individuos de los grupos.
Pero no hay que olvidar que tal proceso nada tiene de mecánico. La síntesis social no es necesaria, en el sentido filosófico de la palabra, y la historia nos da numerosos ejemplos de Comunidades que se descompusieron y desaparecieron por estallido anárquico. Sin duda el hombre tiene instinto social. Pero dicho instinto es tanto más eficaz cuanto que la exigencia de solidaridad que representa se manifiesta en un círculo más limitado e inmediato. Vale decir que el interés de los grupos básicos y el de las federaciones que los abarcan en segundo grado priva en la mente del ser social sobre el de una Comunidad lejana, cuya utilidad sólo se le presenta de un modo episódico, mientras que las cargas que de ella proceden constituyen una preocupación cotidiana.
 La superación unitaria de los antagonismos internos no puede, por tanto lograrse, por un movimiento espontáneo. Es el resultado de un esfuerzo de dominación por el cual se impone a los individuos y a los grupos, en escala comunitaria, la solidaridad sinérgica, y dicho esfuerzo supone un órgano especializado. Tal órgano,  evidentemente no es sino el Estado, puesto que sabemos que es el creador de la duración histórica unitaria, cuya naturaleza dialéctica conocemos ahora.
El Estado es, por tanto, muy distinto del árbitro conciliador que nos pintan los teóricos liberales y el mismo Maurras. No se limita a suavizar los choques entre fuerzas antagónicas, ni a intervenir como juez supremo en los conflictos que arriesguen perjudicar la unidad preestablecida. No se trata, en efecto, de conseguir un equilibrio que sólo sería estancamiento.
La Comunidad debe progresar en el tiempo, vale decir, afirmarse siempre más en un ímpetu positivo por definición. Por eso, el Estado se apodera de las fuerzas antagónicas realiza su armonía más allá de su contradicción. El compromiso obligaría a los grupos a abandonar en provecho de la paz social una parte de sus reivindicaciones, luego a renunciar a una parte de su poderío. La síntesis, por el contrario, permite a cada uno de ellos una completa realización, constriñéndolo a adaptarse y no a abdicar.
La antigua imagen del carro del Estado toma aquí su pleno sentido: los caballos sólo alcanzan cada uno su total eficacia porque el cochero los obliga a formar un tiro homogéneo en lugar de pelearse o de ir cada cual por su lado. La síntesis de las fuerzas, por tanto, es comunitaria, pero no se logra sino en la medida en que el Estado tenga, en cuanto grupo autónomo especializado, la capacidad, el poderío y la voluntad de desempeñar sus funciones.
No olvidemos, sin embargo, que el Estado es uno de los grupos constitutivos de dicha colectividad, que no existe sin él ni fuera de él. Sería erróneo, pues, creer que el Estado supera a la Comunidad. Es la Comunidad la que supera sus antagonismos internos por obra del Estado.
Se puede concebir, por tanto, apoyándose en innumerables datos de la historia, una Comunidad cuyos grupos constitutivos sean fuertes, menos el Estado, y también una sociedad de grupos decadentes, menos el Estado. El poderío de este último no está ligado, por tanto, al de los grupos cuya síntesis realiza, pero es de dicha síntesis que depende el poderío efectivo de la Comunidad. Dicho de otro modo, una sociedad cuyas fuerzas antagónicas son vigorosas pero cuyo Estado es débil resulta virtualmente poderosa y efectivamente débil. Los ritmos ascendentes de sus elementos constitutivos se con- tradicen en lugar de superarse: la Comunidad se desintegra. Por el contrario, una sociedad orgánicamente débil pero tomada sólidamente en sus manos por un Estado fuerte puede invertir el sentido negativo de su ritmo vital.
Por supuesto el Estado no es todopoderoso en este dominio. La síntesis comunitaria depende sin duda de él, pero ante todo de las fuerzas de las cuales él la hace surgir. Y dichas fuerzas dependen de factores diversos que no siempre el Estado domina. Puede actuar sobre su estructura y hasta sobre su dinamismo; pero es impotente para dar a su materia prima humana las posibilidades raciales que no posea.

38. El orden social.


Hemos notado más arriba el carácter permanente del esfuerzo por el cual rea]iza el Estado la síntesis comunitaria. Esta comprobación nuestra contradice directamente la concepción tradicional del orden social.
En efecto, los historiadores persisten generalmente, a pesar del aporte positivo aunque demasiado sistemático hecho en este campo por Hegel y los marxistas, en considerar la historia de una colectividad organizada como una sucesión de largos períodos de equilibrio y de breves sacudidas revolucionarias. La norma de la vida social, por tanto, seria estática. El Estado mantendría, por la persuasión o por la fuerza, un conjunto de relaciones fijas entre los elementos constitutivos de la Comunidad, y sólo su deficiencia momentánea permitiría a fuerzas anárquicos perturbar la armonía así conseguida. La sociedad sería comparable a una montaña que un temblor animara de vez en cuando, pero que siempre volvería rápidamente a su inmovilidad normal.
En realidad, los conflictos sociales no son ni accidentales ni espasmódicos. No vienen a quebrantar un equilibrio. No son en sí factores de desorden. No resultan de errores o crímenes cometidos por individuos o grupos que olvidaran así, por momentos, su deber de solidaridad. Constituyen, por el contrario, la norma de la vida social y proceden de la misma autonomía de los elementos de que está formada la sociedad unitaria, autonomía que supone la lucha por el poderío.
Por cierto que existe una estática social. Pero sólo está hecha de las constantes de la interacción de los individuos y de los grupos, vale decir, en última instancia, de la naturaleza humana y de la naturaleza del medio cósmico que condiciona la evolución. El orden social no es, por tanto, un estado, sino una creación continua. No es un equilibrio en el cual se anulan mutuamente las fuerzas internas, sino una armonía dinámica constantemente elaborada por superación de los antagonismos normales. Y ya sabemos que tal superación es obra del Estado.
Debemos, pues, rectificar aquí casi todas las comparaciones que hemos empleado en el curso de los anteriores capítulos. Nos fueron útiles en un momento dado de nuestro análisis para hacernos comprender mejor tal o cual función del Estado. Pero son insuficientes porque prescinden sistemáticamente de la naturaleza dialéctica de la evolución comunitaria. El Estado no es verdaderamente la clave de bóveda del edificio social, a pesar de que mantiene la armonía solidaria de los individuos y de los grupos, puesto que actúa sobre los elementos constitutivos de un conjunto fluente. No es verdaderamente el piloto de un buque, a pesar de que dirige a la Comunidad hacia su realización, puesto que domina fuerzas cambiantes. Ni siquiera es verdaderamente el cerebro de un cuerpo individual, a pesar de que unifica un conjunto de órganos, puesto que supera, no sólo diferencias, sino también oposiciones.
Sólo permanece valedera sin retoques nuestra comparación del director de orquesta. El Estado crea, por síntesis de elementos diversos que abandonados a sí mismos tocarían cada uno su parte, tratando de dominar a los demás, una melodía social unitaria y armoniosa. Utiliza las contradicciones instrumentales para elaborar un orden esencialmente móvil, un orden que no tendría sentido y ni siquiera existencia si no fuera cambiante: un orden dialéctico.
Sin embargo, el Estado no es el creador de la duración social porque imponga a las fuerzas internas de la Comunidad una intención histórica preestablecida que las unifique y oriente. Su papel es más importante: improvisa en función del pasado y con vistas al porvenir una armonía de fuerzas autónomas que sólo puede modificar en reducida medida. Armonía inestable, ya lo hemos dicho, orden a merced de un conflicto imprevisto y, a veces, imprevisible, de una voluntad de poderío incontrolable en un momento dado de la historia o, más sencillamente, de una deficiencia accidental del mismo Estado.
Ocurre entonces la crisis que exige un anormal esfuerzo de síntesis, pero sin que la naturaleza del proceso dialéctico sea puesta otra vez en el tapete. Como lo veremos más adelante, la revolución verdadera no es sino la solución difícil de un conflicto excepcional. Como corolario, y si consideramos sólo la naturaleza del fenómeno y no su intensidad, el Estado es el instrumento de una revolución permanente.

39. El Estado, exigencia de la duración dialéctica


El análisis por el cual acabamos de establecer la naturaleza dialéctica de la evolución comunitaria confirma nuestras conclusiones del Capítulo II en cuanto nos prohíbe ver en el Estado sólo una entidad exterior a los materiales dinámicos de la duración social.
La síntesis, en efecto, nunca se impone a fuerzas hostiles como una jaula a pájaros peleadores. Constituye, por el contrario, un nuevo estado de los datos que realiza el solo hecho de superarlos. Sin duda la síntesis social es muy distinta de lo que creía Hegel. Ya lo hemos dicho: no es de ningún modo el producto de una necesidad inmanente a los grupos en conflicto. Nace, por el contrario, de un esfuerzo humano. Pero no por eso es arbitraria. Los antagonismos sociales la llaman por el solo hecho de existir dentro de la Comunidad, puesto que esta última no puede subsistir sino en la medida en que se produce la superación unitaria de sus contradicciones internas.
El Estado, instrumento de la síntesis, no está sobreañadido por tanto, a los elementos constitutivos de evolución. Si lo estuviera, por lo demás, habría que reconocerle una realidad autónoma anterior a su objeto, vale decir, sólo considerar su intervención como accidental o, por o menos, secundaria. Ahora bien: ¿qué sería el Estado así aislado de su campo de acción? Un funcionario sin función, puesto que su razón de ser, desde el punto de vista dinámico, es la superación de las fuerzas antagónicas. Dicho con otras palabras, el Estado es inconcebible sin las contradicciones sociales.
Pero por otra parte, los antagonismo inherentes a la vida misma de los grupos sociales y sin los cuales la Comunidad no existiría, son impensables por lo menos como factores positivos de la duración, sin una resultante armoniosa que son por sí mismos incapaces de producir, puesto que chocan en virtud de su naturaleza esencial. Exigen la síntesis que no pueden realizar, y por lo tanto un instrumento, exterior a ellos, de dicha síntesis. 
Decimos adrede: exterior a los antagonismos, pero de ningún modo exterior a las fuerzas antagónicas. Éstas, en efecto, constituyen, como ya lo hemos precisado, los respectivos dinamismos de los individuos y grupos que dependen, en su existencia o, por lo menos, en las modalidades de su existencia, de la Comunidad de que son partes integrantes, y en cuyo seno, en general, han nacido y, en todo caso, se han desarrollado. Por su historia, pues, tales fuerzas están impregnadas de duración comunitaria, y necesitan que dicha duración prosiga para poder continuar también ellas evolucionando en condiciones semejantes a las que las han modelado en el pasado, y a las cuales están preadaptadas, por  tanto, en cierta medida. Dicho de otro modo, han sido condicionadas por el Estado y hasta, en algunos casos, determinadas por él, y quedarían desamparadas, o desaparecerían, si la intervención del Estado les faltara.
Por cierto, el órgano de conciencia y de mando de la Comunidad es distinto de los demás grupos sociales, pero actúa sobre ellos y no por ellos. No los cubre: los penetra, y su penetración es natural en la medida en que lo es la misma duración comunitaria, vale decir, en que la Comunidad responde a sus propias condiciones históricas. Esto no quiere decir por supuesto, que cada grupo solicite necesariamente ni acepte siquiera siempre de buen grado una acción que bien puede parecerle una intrusión indebida en su vida privada : si los elementos constitutivos de la colectividad tuvieran una conciencia perfecta del bien común y la voluntad de respetarlo siempre, el Estado precisamente se tornaría inútil, puesto que no habría más contradicciones sociales o, por lo menos, éstas se resolverían por sí solas.
Significa simplemente que la duración comunitaria que nace de los antagonismos no tiene más realidad sin el Estado que el Estado fuera de ella, y que los individuos y los grupos que exigen la duración que los supere exigen por eso mismo el Estado, tengan o no plena conciencia de ello.
Ahora vemos mejor hasta qué punto es exacto que la historia crea el Estado, puesto que la historia no es sino dicha duración que, por naturaleza, implica y por lo tanto suscita el instrumento de su propia continuidad.

40. EL Estado, objetivo de las fuerzas sociales.


Repitámoslo, sin embargo: no hay en la perpetuación unitaria de la duración ningún automatismo idealista. Los hombres que componen el Estado no están inspirados por una voluntad hipostática que los utilice como agentes de su propia afirmación. No están determinados por la historia, sino que sólo son conscientes, en una medida por lo demás variable, de las condiciones planteadas por dicha historia a una acción funcional que supone la continuidad comunitaria.
El proceso dialéctico de la evolución social no respeta en ninguno de sus aspectos el esquema hegeliano, que, en razón de su carácter simplista, tiende demasiado fácilmente a imponerse a nuestra mente. Por una parte, ya lo hemos visto, las fuerzas antagónicas son innumerables y la síntesis final sólo se realiza entre resultantes que son ellas mismas de naturaleza sintética, luego como culminación de una dinámica piramidal correspondiente a la estructura que hemos analizado en el capítulo anterior. Por otra parte, la superación comunitaria no implica la desaparición de sus datos, que permanecen subyacentes a la duración que constituyen. Por fin, no se produce ni realización mecánica de las fuerzas en conflicto ni supremacía necesaria de una de ellas señalada por su posición en el seno del proceso histórico.
El Estado actúa, en efecto, no como una máquina de superar,  sino como un  órgano humano que evalúa la importancia comunitaria de los grupos y otorga a cada uno de ellos un coeficiente de realización que no depende exclusivamente de su poderío sino de una relación variable entre dicho poderío y el bien común. Esto es decir que el Estado está en condiciones de otorgar a uno de los términos de la contradicción una primacía de que no gozaría si la síntesis se hiciera automáticamente y, por tanto, estuviera determinada sólo por el juego de las fuerzas antagónicas.
Ahora bien: dicho Estado no es infalible: puede equivocarse en su apreciación. Pero tampoco es insensible a las presiones que se pueden ejercer sobre él. La tentación es grande, pues, para las fuerzas sociales suficientemente poderosas, de utilizarlo de tal suerte que el proceso de superación sea desviado en su favor, prevaleciendo así, en cierta medida, su interés particular sobre el interés comunitario. El Estado se convierte, a sus ojos, en un arma decisiva en sus conflictos, un arma de la cual basta disponer para que esté asegurada la victoria.
De ahí un aspecto imprevisto del movimiento dialéctico: no sólo las fuerzas sociales se oponen unas a otras sino que también cada una de ellas se opone al Estado, sea por mera resistencia pasiva a la síntesis o, más exactamente, a la acción coercitiva sin la cual la superación no tendría lugar, sea por un ataque directo al órgano del poder.
Ni una ni otra e las dos actitudes implica una intención anarquista. La Comunidad no se rechaza, como lo demuestra la unión espontánea que se produce normalmente en caso de guerra, pero cada ente social busca sacrificarle lo menos posible, a expensas de sus adversarios menos poderosos. Todo ello es muy natural, ya lo hemos visto. Cada uno de los individuos o grupos posee su vitalidad propia y tiene conciencia de sus condiciones inmediatas de existencia, y por tanto de afirmación, de una manera más clara que de las condiciones comunitarias, que son más lejanas y, sobre todo, le parecen aseguradas.
Oponiéndose al Estado, no se da cuenta en absoluto, por lo general, que lo perjudica: busca simplemente inclinar a su favor una relación de fuerzas que nunca encuentra plenamente satisfactoria. De ahí la necesidad de que el Estado tenga poderío suficiente para resistir las presiones que sufre e imponer su autoridad a los individuos y a los grupos normalmente rebeldes, vale decir, un poderío proporcional a cualquier coalición posible de las fuerzas sociales cuyo conflicto tiene por función superar.

41. La crisis revolucionaria


De la relación del Estado con las fuerzas sociales constitutivas depende, pues, la síntesis evolutiva de que surge la duración comunitaria. Si los grupos, o algunos de ellos, ven debilitarse su vitalidad, sea en razón de su disociación estructural, sea por la degeneración de sus miembros, sus rivalidades naturales se suavizan, y ellos tienden a la falsa armonía de una mediocridad vegetativa. Si el Estado ve disminuir su poderío o si no lo aumenta en proporción a as nuevas fuerzas, que se  afirman, si por tanto pierde el dinamismo propio que le permitía adaptarse, en cada instante, a las situaciones que se le presentaban, ya no es sino un órgano fosilizado, capaz sin duda de prestar, a pesar de todo, numerosos servicios, pero que no actúa sino por rutina.
Está entonces a merced de un fuerza más audaz y más conquistadora que las demás, en cuyo instrumento se convierte. Conserva su estructura. Sigue desempeñando, en cierta medida, su papel de órgano de síntesis, pero ya no está libre. Ya no actúa en provecho de la Comunidad sino en el e uno de sus componentes, que se excluye del proceso dialéctico y se enriquece, de aquí en adelante, con una duración social que, normalmente, debería superarlo. La reciente historia nos ofrece dos ejemplos perfectos de semejante subversión del orden comunitario: en l789, cuando la burguesía francesa ocupa el Estado tradicional debilitado; en 1917, cuando el proletariado ruso se adueña del poder en idénticas condiciones.
Hasta es posible que el Estado mismo, en cuanto grupo autónomo, se independice de la Comunidad de que es órgano, hipertrofiándose a sus expensas. Cualquiera sea, pues, la razón por la cual la indispensable síntesis social ya no se efectúe según la intención directriz de la Comunidad, hay crisis revolucionaria, y ésta proviene de una ruptura funcional entre el Estado y el resto del cuerpo social. Se hace entonces necesario recurrir a un procedimiento excepcional que restablezca las condiciones naturales de la síntesis: la revolución.
Ésta, por tanto, sólo tiene sentido dialéctico en cuanto resuelve el problema planteado por la crisis vale decir, devuelve al Estado una independencia y un poderío que le permiten intervenir eficazmente en la evolución comunitaria, sea restituyéndole sus posibilidades perdidas, sea liberándolo de las fuerzas que lo ocupan, sea también reduciéndolo a sus proporciones legitimas y a su actividad histórica.
Es, por consiguiente, tan erróneo definir la revolución por las manifestaciones exteriores – motines, persecuciones, desórdenes accidentales – que generalmente la acompañan pero que no forman esencialmente parte de ellas como por las transformaciones ideológicas y estructurales que son sus consecuencias y no su fin. Con mayor razón – pero aquí el error roza una mala fe de orden pragmático – es inadmisible hablar de revolución o de contrarrevolución según que los resultados del fenómeno social así calificado responden a tal o cual doctrina.
La revolución se debe estudiar en su esencia, independientemente de cualquier idea preconcebida. La única base sólida de muestro análisis nos la suministra la definición que hemos establecido de la crisis revolucionaria y de la cual dimana lógicamente la necesidad de una solución de los problemas planteados. Desde ahora sabemos que la revolución se sitúa en la duración histórica como factor de restablecimiento del Estado en su papel comunitario. Nos queda por ver cómo lo hace.


42. La revolución


La imprecisión habitual del término y del concepto de revolución, por lo general aplicados a la subversión del orden natural, hace muy a menudo que se considere una catástrofe repentina, provocada por alguna contingencia exterior a la evolución de la colectividad, lo que constituye en realidad una fase estrictamente lógica del movimiento comunitario.
La revolución no es un accidente, lamentable o feliz, que viene a quebrar la duración histórica, ni con mayor razón una enfermedad del cuerpo social. Lejos de ser causa de perturbación, marca, por el contrario, el final de una crisis que resuelve. Por una mutación análoga en alguna medida a la mutación biológica, y cuyos factores tenemos que buscar en la anarquía o el desequilibrio de las fuerzas en presencia, adapta la estructura de la sociedad existente a las condiciones del desarrollo comunitario. Vale decir que no puede ser considerada en ningún caso ni un hecho casual ni el resultado de la voluntad de poderío lisa llana e un hombre o un grupo.
A la revolución la hace necesaria cierta relación de las fuerzas y de las instituciones. Es suscitada por la crisis que nace de una situación social inaguantable. La podemos comparar, mejor aún que con la mutación biológica, con el fenómeno psíquico de la conversión. La sociedad reencuentra su armonía y su fidelidad a sí misma mediante una aceptación repentina de su ser hasta entonces mal conocido. Elige entre la vida y la muerte, entre la duración y el hundimiento. No es más libre de rechazar las nuevas condiciones de su permanencia que el alma a la que se impone, en una revelación fulgurante, su verdadera naturaleza de rechazar la certidumbre inesperada. Puede vacilar, tantear, cometer errores, porque es humana: no le está permitido hacer una buena o una mala revolución.
Semejantes juicios de valor no tienen sentido. Hay o no hay revolución según que la Comunidad restaure o no el Estado en sus funciones de superación dialéctica, resolviendo así por una acción excepcional la crisis excepcional que la llevaba a su fin. Decimos adrede: crisis excepcional. Es normal, en efecto, que el Estado, en cada momento de la evolución histórica, se encuentre frente a nuevas situaciones que necesita superar. Es éste su papel natural, que no puede desempeñar sino adaptándose a las circunstancias, vale decir, reformándose.
La crisis revolucionaria sobreviene, precisamente, por una incapacidad de reforma del Estado. Orgánicamente demasiado débil para efectuar la síntesis de las fuerzas que se confrontan, o convertido en el instrumento de alguna de ellas, ¿cómo podría cambiarse por sí solo? El Estado incapaz de adaptarse a las nuevas condiciones de su misión sólo se sobrevive a sí mismo abandonando la síntesis por la componenda. Ahora bien: no es posible admitir componendas entre movimientos que no se realizan sino en la medida en que su oposición se vuelve inaguantable y cuyo valor dialéctico es, por tanto, función de su in- transigencia.
La síntesis de que nace la duración social no es un acuerdo entre dos opiniones ni un promedio entre dos fuerzas, sino el enriquecimiento de los factores antagónicos en su común superación. La componenda marca, por el contrario, un empobrecimiento de las fuerzas en presencia, puesto que resulta del abandono por cada una de ellas de una parte de su devenir.
La síntesis es afirmación de Comunidad; la componenda es decadencia. Es ésta la razón por la cual el auténtico sistema liberal de gobierno fundado en la componenda no es viable y acaba necesariamente en la revolución.

43. Sentido comunitario de la revolución.


El fenómeno social que estamos estudiando no es, por tanto, una eventualidad entre otras, que encontramos deseable en circunstancias dadas y podemos aceptar o rechazar según nos dé la gana. Es el término de un proceso de evolución, y no podemos elegir ni su marco ni su obra. La lucha de los individuos y los grupos no se desenvuelve en el seno de una sociedad ideal sino en el de la Comunidad histórica que abarca las fuerzas rivales y da un sentido a su conflicto. Sólo, en efecto, una Comunidad histórica, vale decir, una colectividad dueña de su duración, tiene, por eso mismo, el privilegio de la superación sintética, por el cual se afirma y perpetúa.
Toda revolución es comunitaria y, recíprocamente, toda Comunidad dura por un movimiento dialéctico que participa de la esencia de la revolución. Dicho con otras palabras, entre el funcionamiento normal del Estado y la revolución no hay diferencias de naturaleza sino solamente de grado: la superación revolucionaria responde a una crisis excepcional de la Comunidad, mientras que la síntesis que podríamos llamar organísmica no es sino la solución permanente de los antagonismos habituales que el Estado es normalmente capaz de superar.
La revolución es, por tanto, una afirmación de la sociedad que sus contradicciones internas ponían en peligro porque el Estado ya no lograba resolverlas, una victoria de las fuerzas comunitarias presentes en el seno mismo de los grupos antagónicos. Por ella, la lucha se supera por la toma de conciencia de una solidaridad necesaria entre los elementos del conflicto, más poderosa que su rivalidad. La contradicción dialéctica se resuelve en el restablecimiento de la armonía comunitaria, resultado de la acción de un Estado restaurado. La revolución es, por tanto, el producto de la historia, de esta misma historia que la Comunidad va creando según las necesidades de su existencia.
Desde el momento en que se puede discernir un embrión de superación de antagonismos que, llevados a su paroxismo, se vuelven inaguantables, la sociedad posee vida propia. Se crea un pasado que pesa sobre su devenir al modelarla en su presente pero también en su futuro por las condiciones que le impone.
Es exacto, pues, decir que la Comunidad es forjada por la historia, pero por una historia que es la suya, la de su propia evolución. La sociedad, en tanto que histórica, sólo comporta, pues, un valor de hecho. No necesita ser justificada, pero no puede ser rehusada. Su historia da a la Comunidad las posibilidades entre las cuales puede elegir, pero sin poder apartarse de ellas. Es por la elección que haga que expresa su voluntad de vivir, vale decir, la positividad de la relación entre su poderío de superación y los antagonismos que tiene que dominar.
La revolución representa la elección más decisiva, puesto que, por ella, se resuelve una situación de decadencia; mientras que su fracaso marcaría la impotencia de la Comunidad para proseguir su esfuerzo histórico en el sentido de su afirmación. Por la revolución la sociedad vuelve a sus constantes y se reencuentra a sí misma, vale decir, adopta otra vez un modo de vida conforme a su ser y a sus necesidades. La historia, por tanto, pesa con todo su poderío sobre las fuerzas cuyo antagonismo, frente al Estado inútil o nocivo, constituye la crisis revolucionaria, para realizar su síntesis y darles el sentido comunitario que las hará valederas.
La historia es aquí la estructura de la sociedad tal como se ha formado a lo largo de los siglos, el instinto de solidaridad, las costumbres y tradiciones en que se expresa la subconciencia del ser social, y por fin la intención directriz encarnada que se rebela contra la decadencia de la Comunidad.

44. Proceso de la revolución


Es evidente la revolución no puede proceder del Estado mismo, puesto que precisamente sólo es útil y posible cuando este último ha perdido su eficacia comunitaria y se convierte en el objeto inmediato de la necesaria acción.
 Cuando se habla de revolución desde arriba se quiere simplemente decir que las fuerzas revolucionarias victoriosas ya han devuelto su valor social al Estado y que éste ha tomado otra vez en sus manos el trabajo de síntesis que le es propio y se impone, vale decir, que desempeña de nuevo su papel natural.
En caso contrario, el Estado no haría sino recuperarse en un esfuerzo de apariencias revolucionarias, pero que no modificaría esencialmente relaciones de fuerzas que sólo constituirían una apariencia de crisis. La reconquista de su armonía por la Comunidad debe lograrse, pues, con ayuda de fuerzas independientes del Estado debilitado, ocupado o hipertrofiado y que se opongan a él para devolverle su ser histórico.
No es, por tanto, la sociedad la que lucha por su vida, puesto que la conciencia comunitaria reside orgánicamente en el Estado incapaz de desempeñar su función, sino una parte espacial y temporal de la Comunidad que sufre por el desorden y aspira a remediarlo, uniendo así su interés propio, al del conjunto de que forma parte.
Pero la solución de la lucha contra el Estado incapaz no puede, por cierto, resultar de un mero acaparamiento del poder por la minoría revolucionaria, sino de la subordinación de su victoria a la intención histórica de la Comunidad. En caso contrario no habría revolución, sino avasallamiento del Estado por una fracción. La crisis revolucionaria subsistiría, en una forma más o menos diferente. El éxito y, por consiguiente, la existencia misma de la revolución dependen, pues, de la solución dialéctica dada a los problemas cuya permanencia y acuidad creaban la crisis.
No hay revolución parcial ni revolución más o menos lograda, sino solamente una apariencia o una realidad revolucionaria. La revolución es necesariamente total, puesto que el Estado nuevo que ha salido de ella hace la síntesis de todas las fuerzas en juego. Es permitido, por tanto, en este sentido, aplicar al Estado el adjetivo de totalitario, sin por eso subentender ninguna concepción estatista del orden comunitario, vale decir, ninguna confusión entre la función del Estado y la de sus grupos constitutivos.
Un Estado es total por definición en cuanto es el instrumento de la duración social, que está hecha de todas las fuerzas existentes que él pliega a la intención histórica de la Comunidad. No es posible, pues, confundir dicha intención, tal como surge del pasado, con las fuerzas cuyo choque engendra la revolución. La minoría operante sólo es uno de los términos igualmente necesarios de la contradicción dialéctica y no puede, por tanto, pretender representar a toda la Comunidad ni, por consiguiente, tomar el lugar del Estado. A lo más, puede convertirse en el Estado, aun antes de ocupar su posición, pero al precio de una transformación fundamental por la que se supera a sí misma. Recordemos que la revolución consiste en devolver a la Comunidad su orden funcional, y no en imponerle una autoridad cualquiera.
La reestructuración del Estado es indispensable para la transformación necesaria de la Comunidad, pero sólo tiene permanencia y valor por las modificaciones que acarrea en las relaciones entre las fuerzas que constituyen la duración social. De tal interdependencia revolucionaria del Estado y de la Comunidad a que pertenece dimana la prioridad del factor propiamente político en la evolución y solución de la crisis.
Si el Estado sólo fuera una resultante pasiva, de las fuerzas comunitarias, la expresión inerte de una voluntad social de que emanara, la transformación de la sociedad misma determinaría su regeneración. Pero, puesto que es, por el contrario, como ya hemos visto, el creador de la síntesis que se opera en él, y el organizador de la Comunidad según la intención histórica de que es depositario, la revolución no puede realizarse sino en él y por él.
Prioridad del estadio político, mas no primacía, por supuesto; la revolución, tensión excepcional, no tiene valor social sino por la armonía y la eficacia comunitaria que restaura al restablecer al Estado en sus funciones. No puede limitarse a paliar la falta de organización con su dinamismo esencialmente momentáneo. Debe resolver los problemas planteados, cuya consecuencia es la crisis, vale decir, modificar en sus causas las relaciones de fuerzas incompatibles con el orden social.

45. Dinámica de la estratificación social


Entendemos ahora cuán equivocado sería estudiar la dinámica del Estado prescindiendo del principio de legitimidad tal como lo hemos definido en el capítulo Il.
En efecto, lejos de proceder de un juicio cualquiera de preferencia, el respeto de la intención histórica de la Comunidad se confunde con el funcionamiento natural de su órgano de síntesis, y la perfección dialéctica de la evolución social es su resultado positivo.
Sin duda es posible y legítimo mostrar que subversión y revolución se reducen a un cambio repentino, técnicamente idéntico, de minoría dirigente, cambio éste que constituye el instante crucial de una substitución de capa dirigente. Hasta podemos, con Ernesto Palacio, trazar el esquema de tal movimiento: presión de las fuerzas populares sobre la capa dirigente y de esta última sobre la minoría que de ella ha nacido pero que adquiere con respecto a ella, por el mismo hecho de su función, cierta independencia. También podemos agregar la presión, en el seno de la minoría dirigente (a la que Palacio llama, a nuestro parecer de un modo demasiado estricto, poder personal ), de la administración sobre el gobierno.
En período de estabilidad relativa sólo resulta de todo eso un ascenso social progresivo por selección. En período de perturbación por el contrario, el desplazamiento es repentino y violento. Semejante análisis, sin embargo, es puramente formal. Enfocado desde este solo punto de vista, en efecto, el Estado siempre permanece en su lugar, aun cuando su personal cambie de vez en cuando. Su estructura sigue invariable, así como también la estratificación política de la Comunidad (Estado, capa dirigente, pueblo). Palacio llega así a considerar igualmente naturales y valederos los regímenes aristocrático, oligárquico y democrático, cuya necesaria substitución cíclica no cambiaría en nada el orden social.
Ahora bien: hemos visto que el Estado, según qué minoría lo anima, cumple su función de síntesis comunitaria o falsea más o menos la duración social en provecho de una de las fuerzas que tiene por misión superar. Tenemos que reconocer, por tanto que su funcionamiento, dejando a un lado cualquier problema cualitativo, no depende sólo de su estructura, sino también de la intención que orienta su política; intención que no está ligada a la buena o mala voluntad , ni menos aun al nivel moral de la minoría dirigente, sino a la naturaleza social, vale decir, a su posición dentro de la Comunidad y con respecto a ella.
Es ésta a razón por la cual un mismo movimiento de estratificación toma un carácter positivo o negativo si lo consideramos desde el punto de vista de la duración histórica.
Nuestras conclusiones nos apartan, pues, tanto del indiferentismo de Palacio como del mesianismo de Marx. El primero considera el orden social como un equilibrio de fuerzas periódicamente quebrado por una revolución que marca el acceso al poder de una nueva capa dirigente. El segundo lo define como un antagonismo de fuerzas periódicamente superado por una revolución que marca la conquista del Estado por una nueva clase dominante. Para uno, la historia se reduce a un torbellino, a un movimiento rotativo sin intención directriz. Para el otro, procede por una serie de saltos que constituyen las etapas, siempre positivas, de su realización. Pero en ambos casos el Estado no es sino un instrumento de dominación que las fuerzas sociales se pasan de una a otra.
Sabemos, por el contrario, que la duración histórica evoluciona según una curva sinusoidal compleja, y que el Estado, su órgano, actúa más o menos eficazmente según su poder de síntesis, poder éste que depende en primer lugar del grado de especialización comunitaria de la minoría dirigente.

46.  Egoísmo y función comunitaria del Estado


El término especialización comunitaria, que implica un contenido intencional, supone igualmente la diferenciación orgánica de que hemos hablado en varias oportunidades en el curso de nuestro estudio. Dicho con otras palabras, el Estado sólo desempeña su función organísmica en la medida en que posee vida propia, vale decir, autonomía de existencia y actividad. Constituye un grupo social, tan caracterizado como es posible, que si bien no está desprovisto de antagonismos internos (por ejemplo, el que opone a gobierno y administración) los supera por el juego natural de la solidaridad que nace no sólo de una colaboración constante sino también de un interés común: el de por lo menos conservar el poder y las satisfacciones morales y materiales que da a quienes lo tienen en sus manos. De tal superación procede la duración propia que expresa su unidad, su continuidad y su voluntad de poderío.
Pero sabemos que el poder del Estado se ejerce sobre las fuerzas constitutivas de la Comunidad. Tenemos, pues, que proseguir el análisis que hemos empezado más arriba: si bien es cierto que las fuerzas sociales se oponen al Estado para limitarlo y hasta conquistarlo, no lo es menos que el Estado se opone a las fuerzas sociales para dominarlas. El órgano de síntesis se inserta, por tanto, en el proceso dialéctico, no como un instrumento inerte que actúa por mera posición, sino como una fuerza cuya misión peculiar con respecto a las demás no excluye la actividad antinómica, y que, por el contrario, la exige, puesto que su trabajo depende de su voluntad de poderío. Dicho de otro modo, el egoísmo orgánico del Estado, lejos de contradecir su naturaleza funcional organísmica, resulta ser su condición.
Por eso comprobamos que, en el curso de la, historia, los Estados constituidos por derecho de conquista se comunitarizan por el solo hecho de su interés. Pero también comprobamos que los EstacIos electivos adquieren, por el solo desempeño de las funciones que les están confiadas, una autonomía que los diferencia de las fuerzas de que han nacido.
Nada más normal que este doble fenómeno: para el Estado, conservar el poder es conservar su función; y desempeñar su función es afirmar su poderío.  Un Estado que renuncia a imponerse se elimina por sí solo; bien se lo vio en Francia en 1789 y en Rusia en 1917. Luis XVI y Nicolás II eran soberanos que amaban a sus pueblos, y tan bien intencionados como era posible: les faltaba la voluntad de poderío; les faltaba el egoísmo de Estado.
Esto no significa, por supuesto, que el egoísmo sea el único motor de la síntesis comunitaria, sino simplemente que el altruismo no es eficaz en el estadista sino en la medida en que se confunde con la voluntad de mando, vale decir, de dominación. Pero entonces, ¿cómo es posible que, en ciertas circunstancias, el Estado se hipertrofie dentro de la Comunidad y absorba las fuerzas que tiene por misión superar, es decir, ante todo, respetar?
Parece, en efecto, a primera vista, que semejante fenómeno es inconcebible, puesto que el Estado nunca tiene interés en debilitar el organismo de que forma parte. Se produce, sin embargo, no por expansión de un Estado superpoderoso, como lo cree Jouvenel, sino como consecuencia de una anomalía dialéctica. Un Estado débil, y por tanto ilegítimo, un Estado que por naturaleza (como ocurre cuando una ocupación), por insuficiencia institucional o simplemente por incompetencia política se siente incapaz de dominar las fuerzas sociales, se esfuerza naturalmente, salvo que abdique, en destruirlas una después de la otra. Un Estado fuerte que se encuentra en la imposibilidad de realizar una síntesis comunitaria que corresponda a su voluntad de poderío propio,  porque las fuerzas sociales de que dispone son débiles con respecto a él, tiende a tomarlas en su mano para vigorizarlas.
Aquí también el carácter positivo o negativo de un mismo hecho social no puede determinarse sino en función de la legitimidad del Estado. Se admitirá sin mayor dificultad que no hay nada de común entre la actividad del Estado liberal, ocupado por la burguesía, que suprime las corporaciones y se encarniza con la familia (especialmente con el régimen de sucesión), y el Estado fascista que reconstituye los gremios y se esfuerza en restablecer el orden familiar; entre el Estado tecno-burocrático que hace de los sindicatos meros instrumentos de coacción y el Estado justicialista que hace de la confederación obrera la fuerza más importante del país.

47. Dirigismo y estatismo


La tesis del Estado-Minotauro, del órgano que por el mismo efecto de su voluntad de poderío tendería ineludiblemente a absorber el organismo, proviene de una confusión habitual en los liberales, entre concentración y dirigismo por una parte, y centralización y estatismo por la otra.
Se trata sin embargo aquí de conceptos bien diferenciados. Para desempeñar su función comunitaria el Estado necesita la integridad del poder político.  Si no la posee, tiende a adquirirla despojando de su autoridad abusiva a órganos de mando que no son sino supervivencias de Comunidades soberanas históricamente superadas, o también excrecencias sociales puramente parasitarias. Así los Estados dinásticos del antiguo régimen absorbieron poco a poco los poderes políticos feudales. Así los Estados confederales tienden, por su misma existencia, a convertirse en Estados federales, y los federales en unitarios. Así los Estados restablecidos en su independencia por una revolución eliminan los partidos de clase que detentaban una parte del poder. Dicho con otras palabras, el Estado concentra en sus manos toda la autoridad política, y es éste un proceso indispensable.
Puesto que, por otra parte, el Estado debe, por función, dominar el conjunto de las fuerzas constitutivas de toda naturaleza y penetrarlo de intención comunitaria, su campo de acción político abarca todos los órdenes de la actividad social. El dirigismo, pues no supone en absoluto una intrusión del Estado en la vida privada de los grupos y de las comunidades especializadas, sino el desempeño normal de sus funciones de mando y de síntesis.
Al dirigir la economía, verbigracia – y es éste el punto crucial para los liberales – el Estado no sale de su papel político, puesto que las fuerzas económicas forman parte de la polis vale decir, de la Comunidad, y deben concurrir como las demás a la imprescindible síntesis, lo que, por cierto, no harían por sí mismas.
Muy distinto es el asunto cuando el poder central absorbe los poderes que corresponden por naturaleza a las fuerzas sociales, atribuyéndose de este modo funciones que son de éstas.
Luis XIV aseguraba la federación, vale decir, la síntesis comunitaria, de las provincias francesas por intermedio de gobernadores e intendentes reales que él designaba, pero cada comunidad histórica conservaba su vida propia, su legislación particular y sus fueros: sólo se trataba, pues, de una concentración de poder político. Por el contrario, la llamada Revolución Francesa sustituye las provincias naturales por departamentos arbitrariamente trazados, meras entidades administrativas sin vida orgánica, y Napoleón, completando su obra, promulga un código civil único para el conjunto de la nación: ya se trata de una centralización abusiva. El Estado fascista constreñía a las distintas fuerzas económicas a colaborar con vistas al interés general y orientaba su actividad: dirigismo. El Estado soviético se convierte en jefe de empresa y comerciante: estatismo.
Los dos procesos de concentración y de centralización podrán tener algunas apariencias comunes, pero no son por eso menos antinómicos. Pues la concentración del poder político permite a los grupos y comunidades internas llevar libremente su vida orgánica sin que surja por eso peligro alguno de disgregación para el todo de que forman parte, mientras que la centralización tiende a suprimir toda vida intermedia entre la del individuo y la del Estado. El dirigismo procede del mismo funcionamiento del orden social. El estatismo es el producto de una macrocefalia patológica que perjudica la vitalidad de dicho organismo.
Esto aclarado, precisemos que la salud y la enfermedad nunca son absolutos y que, por otra parte, el Estado constituye un grupo humano y por consiguiente sujeto a error. No está excluido, por tanto, que el estatismo se mezcle, por crisis, al dirigismo, y ni siquiera que siempre esté un poco presente en el seno de la actividad legítima del Estado, del mismo modo que la tendencia a usurpar el poder político siempre está un poco presente en el seno de la actividad legítima de las grandes fuerzas sociales. Todo eso es muy normal.