jueves, 12 de mayo de 2011

LA SOCIEDAD Y LOS LÍMITES DE LA PATRIA CHICA


por Arturo Jauretche

Hacia ese año (1930), la totalidad de las tierras de la región pampeana estaban ya en explotación y la produc¬ción agropecuaria no podía seguir aumentando como lo ha¬bía hecho tradicionalmente por la incorporación de tierras inexploradas a la frontera productiva. Tal dice Aldo Ferrer (Ob. cit) ratificando que en la etapa de la economía primaria exportadora la expansión fue hija de la deman¬da mundial de productos agropecuarios y la puesta en pro¬ducción de las nuevas tierras. Analiza seguidamente una serie de factores que se suman a la desaparición de la fron¬tera de avance en la pampa húmeda como son la quiebra del sistema multilateral de comercio y pagos, la disminu¬ción de la demanda de la población ultramarina de produc¬tos alimenticios, especialmente cereales, pues el aumento del nivel de vida diversifica la alimentación y también crea otros consumos no vinculados a las materias primas de importación, a los que se suman la política sistemática de las metrópolis para aumentar su autosuficiencia; la disminu¬ción del flujo de las corrientes de capitales hacia los paí¬ses productores de materias primas, etc. Por su extensión y lo prolijo del análisis remito al lector al mismo.
Pero si 1930 puede ser fijado como fecha límite de la expansión agropecuaria, 1914 señala ya lo que en 1930 será definitivo; marca la tendencia, porque allí termina el ritmo acelerado que caracterizó al primer decenio del siglo. El decrecimiento de la atracción ejercida por el país sobre los inmigrantes nos lo revela.
El decenio 1901-1910 con 1.120.000 inmigrantes ya en 1921-1930 sólo arroja 878.000. En el decenio 1931-1940 caerá bruscamente a 73.000, juntamente con el momento crítico de 1930 que Ferrer señala, (no se toma el decenio 1911-1920 con sólo 260.000 porque incide la Primera Guerra Mundial, que interrumpe la inmigración de algunos de los países que la proveen, pero no puede escapar que la suma del decenio que le sigue está incrementada por parte de inmigración postergada y que recién se opera entonces). Después de 1930, 1941-1950, con 386.000 inmigrantes, y 1951-1958 con 245.000, ya el número de ingresos al país indica el cambio de condiciones que el autor más arriba señala.
Ha pasado el momento de expansión horizontal en que se ocupa totalmente la pampa húmeda en expectativa del surco y del ganado; la propiedad de la tierra, poco fluyente de sí, se estabiliza y gran parte de ella dejará de ser cerealera, pues, como se ha visto antes, el cereal ya ha cumplido su función preparatoria del alfalfar. En adelante, ganadería y agricultura variarán sus límites, según los años y el mercado, en la ocupación de las tierras donde se excluyen recíprocamente, más allá del aprovechamiento ganadero de los rastrojos o el pastoreo de avenas, trigales, centenos y cebadas de doble propósito, cuando el año excepcional permite cosechar las siembras hechas para los pastoreos de invierno. Ya no aumentarán las hectáreas en explotación agrícola; por el contrario, el aprovechamiento ha sido exhaustivo y numerosas zonas semimarginales sufren los efectos de la disminución de sus reservas y son castigadas por la erosión.
En adelante la producción agrícola tradicional sólo podrá aumentar por las mejores de la técnica, como la genética, los abonos y el mejor manejo de la tierra, es decir por el aumento del rinde por hectárea.
Si 1930 es la fecha límite objetivamente apreciada por Ferrer, en 1914 ya está acupada la frontera agrícola de la pampa húmeda y se pronuncian los factores demográficos que indican el cambio de condiciones en el país. Un índice claro está dado por la desaparición de la inmigración golondrina, que no está incluida en las estadísticas citadas más arriba, que se refieren a saldos, es decir no computan los braceros estacionales, que vienen y retornan después de cada cosecha y que han constituido un contingente numeroso todos los años que duró la expansión; ellos son reemplazados como se ha dicho antes por el “croto”, trabajador nativo. La demanda de brazos el agro irá en disminución, que se acelerará con la mecanización de la pampa húmeda.
Por otra parte, la infraestructura fundamental de la economía exclusivamente agropecuaria estará práctica¬mente terminada y su construcción deja de ser una fuente de ocupación en incremento.

PROGRESISMO Y ANTI-PROGRESO

Todo esto determinará que el progreso adquiera un ritmo más lento que en el momento expansivo de la produc¬ción agropecuaria. Si el país se detiene allí, ya habrá lle¬gado a su límite. Ahora tendrá que mirar hacia adentro o hacia otros mercados y el progreso posible sólo podrá realizarse por la diversificación y la multiplicación de otros consumos. La población y su nivel de vida han de ajustarse a ese límite.(1)
El aumento de población y sus consumos, en aquella economía simplista, se vincula a la capacidad de importación y esta no debe superar la capacidad de exportación; una vez que el país pasó de los 10.000.000 de habitantes toda la población que lo supere es excedente. La historia económica de la República desde entonces será una permanente lucha de los progresistas de ayer, retardatarios de hoy, contra la expansión vertical y horizontal ajena a la producción agropecuaria de la pampa húmeda. Ahora son recetarios nuevos mercados de otras formas de la producción, especialmente el interno que además absorbe cada vez mayor cantidad de lo que antes estaba destinado a la exportación.
Ese es el sentido que tiene el pensamiento de Hueyo (exportación del exceso de población nativa) o la fórmula de Fano (un habitante cada cuatro vacunos).
Ya se ha dicho que Ferrer identifica este grupo retardatario que concentró la propiedad territorial en sus manos, como fuerza represen¬tativa del sector rural; "un grupo social que se orientó en respuesta a sus intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particu¬larmente los británicos), a los cuales se hallaban vinculados hacia una política de libre comercio y opuesta a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra".
Este sector, que también ya se ha visto, fue incapaz de conver¬tirse en la burguesía argentina, por la acumulación capitalista prove¬niente de la expansión agropecuaria, y que aparece como expresión del capitalismo nacional, es el primer regador de sus posibilidades: tan anticapitalista como el socialismo de la cátedra y su partido, adscripto también a la división internacional del trabajo y opuesto a la formación de una burguesía nacional que sólo puede ser hija del cambio de la producción; por motivos aparentemente inversos, los dos coinciden en la práctica, como se verá en su permanente posición paralela frente a los gobiernos de origen popular, yrigoyenismo primero y peronismo después, en cuanto que con plena conciencia o sin ella, inter¬pretan las necesidades y soluciones fuera del esquema tradicional.
Las dos posiciones antiburguesas tienden a conservar la situación dependiente de la Argentina con la previa renuncia a toda posibilidad de grandeza. Los primeros por las razones antes dichas que se decoran ahora de un tradicionalismo aristocratizante; los segundos por aquello que ya Lenin había señalado respecto de la Social-Democracia polaca: temiendo el nacionalismo de las burguesías de las naciones oprimidas, favorecen en realidad el nacionalismo ultrarreaccionario de los grandes rusos. En efecto, el mantenimiento de las condiciones tradicionales de producción, no importa que sea en defensa de privilegios o del supuesto costo de la vida del trabajador, son antinacionalistas respecto de la Argentina y en la misma medida resultan nacionalistas respecto del Imperio Británico; es un común cipavismo con uniforme distinto, porque las cosas se juzgan por sus resultados aunque los fines perseguidos no sean los mismos.
Desde el punto de vista de este trabajo, lo cierto es que desde 1914 y deteniéndonos en el esquema progresismo agropecuario, ya la Argentina ha terminado con las posibilidades de movilidad vertical que la han caracterizado del 80 en adelante como una sociedad en ebullición que per¬mite percibir el rápido ascenso de las burbujas que vienen desde el fondo de la vasija.


LA SOCIEDAD Y EL ADVENIMIENTO DEL RADICALISMO AL PODER

Pero ocurre en ese momento una circunstancia excep¬cional: la primera guerra europea y la neutralidad argentina. Se interrumpen los suministros manufactureros del exterior y el país aprovecha para diversificar algo su producción, reemplazando importaciones y creando actividades nuevas no dependientes del intercambio exterior lo que supone una dinámica en el mercado interno, en la pro¬ducción y en el consumo que no estaba en los papeles impe¬riales. El ascenso que iba a interrumpirse recibe entonces un nuevo empuje, cuya causa está ahora referida a la profundización del mercado interno.
Aparece en escena el radicalismo: la ley Sáenz Peña le ha abierto el camino y a los triunfos electorales parciales de 1912 y 1914 le sucede la elección presidencial que lleva a Hipólito Yrigoyen a la Presidencia en 1916. El momento límite de la expansión agropecuaria es el momento en que la sociedad salida de ella llega al poder político y comien¬zan los balbuceos del cambio que se inicia con la primera guerra.
Se trata de una revolución aunque ella se haya civilizado por el camino del comicio, gracias al genio político de Sáenz Peña e Indalecio Gómez. Le tocó al radicalismo cum¬plir un papel nacionalizador, pues le dio cauce nacional a la inquietud política y a las aspiraciones de las clases me¬dias surgidas de la inmigración, en el momento en que el país pudo constituirse en campamento de colonias extranjeras, si carentes de cauce argentino, los hijos de los inmigrantes se hubieran agrupado sin otra preocupación po¬lítica y cultural que las de las colectividades originarias. La escuela pública y el radicalismo, en la niñez y en la juventud respectivamente, contribuyeron con los demás factores que ya se han enumerado a impedir el enquistamiento en colonias, al recibir en su seno a todos, en pie de igualdad, marginando las influencias nacionales de origen.
Esa clase media considerada en el capítulo anterior ac¬tuó entonces como tal, sabiendo que no era la alta clase argentina sino un componente de la nueva realidad del país; ella nutrió esencialmente las filas del radicalismo, alineándose detrás de viejos conductores que preferentemente provenían, en el litoral del alsinismo y en el interior del roquismo después de la desnacionalización de este, y en los que era fácilmente perceptible en muchos la continui¬dad familiar de la tradición federal como lo documenta Ri¬cardo Caballero (Yrigoyen y la Revolución de 1905).
Pero expresión de la clase media en sus planos directivos inter¬medios, recibió en el interior el sufragio y el apoyo de la antigua "clase inferior". El sufragio hizo de nuevo un elemento activo en la vida política, del criollo postergado desde la caída del Partido Federal. La libreta de enrolamiento le dio al hombre del común una nueva jerarquía que había perdido cuando perdió la lanza; volvió a ser alguien cuando al ser ciudadano, hubo que contar con él. Mucho antes que su presencia en el Estado se tradujera en política social, la existencia de su voto determinó que se lo comenzara a respetar, y frente al juez de paz, el comisario o el patrón, tuvo "palenque donde rascarse" en el caudillo que echó la compensación de su amparo en la desigual balanza de la igualdad teórica; otra vez los "inferiores" pesaron y la política del sufragio obligó al gobernante, aun surgido de las clases privilegiadas, a contemplarlos como entidad humana.
Así, si en el litoral el radicalismo se manifestó como un movimiento de clases medias, en el interior significó el ascenso político de la vieja clase inferior dejada de la mano de Dios en el largo interregno antipopular. Por eso el fenómeno fue más complejo de los que suponen que sólo fue un partido con predominio de clase media de origen inmigratorio en Buenos Aires y el litoral, con apoyo obre¬ro esporádico y parcial como dice Bagú. ("La realidad ar¬gentina en el siglo XX"). Lo acreditó Lencinas en Mendoza y aquí sería de recordar la frase de Don José Néstor: las montañas se suben en alpargatas frente a la alternativa "libros o alpargatas" del socialista Américo Ghioldi; lo mismo, Vera y Bascary en Tucumán, Cantoni en San Juan, Mateo Córdoba, y después Miguel Tanco en Jujuy.
La llegada al poder del radicalismo no significó que el nuevo go¬bierno fuera a replantear las bases de la estructura económica argen¬tina. Me parece acertado Ramos cuando dice (Op. Cit. tomo II): "Las transformaciones llevadas a cabo por el radicalismo yrigoyenista du¬rante su primera presidencia, se dirigían a la superestructura del apa¬rato gubernamental, y no alteraban las bases mismas del sistema oli¬gárquico. Encarnaba un nacionalismo agrario fundado en los presu¬puestos mismos del país agropecuario y exportador heredado del siglo anterior... Yrigoyen buscaba tan sólo redistribuir la renta agraria, fru¬to de la condición semicolonial del país, en un sentido democrático. No se prepuso alterar los fundamentos agrarios del país, sino mejorar las condiciones de vida de aquellos que hasta ese momento habían estado excluidos de los derechos cívicos y de las ventajas económicas que podía facilitar una política nacional... De ahí que en el radicalismo se sintie¬ron representados desde los ganaderos menores vinculados al mercado interno hacia los peones despojados de todo derecho, los hijos de ex¬tranjeros y los criollos nativos, la pequeña burguesía urbana que bus¬caba un lugar bajo el sol y los universitarios sin porvenir en una universidad gobernada por camarillas exclusivas, los obreros que no se sentían atraídos por la prédica del Partido Socialista porteño, los olvi¬dados trabajadores del Nordeste, del Norte, del Centro y de Cuyo.

YRIGOYEN FRENTE A LA REALIDAD

Yrigoyen expresó solamente ese ascenso de la socie¬dad argentina que provenía de la economía agropecuaria, pero percibió el cambio de situaciones que motivaba el surgimiento de nuevas bases. Si el ideario del radicalismo estaba limitado en la forma que Ramos expresa, los hechos, la insuficiencia del crecimiento agrario tradicional, que to¬caba sus límites y la transformación operada por la gue¬rra que abría otras nuevas perspectivas con el surgimien¬to de actividades industriales y comerciales dirigidas esen¬cialmente al mercado interno, imponían trascender los sa¬grados principios de la economía liberal que habían sido dogma hasta entonces. El cierre de la Caja de Conversión actuó sobre la moneda como factor proteccionista, la Ley de Alquileres que tendía a un hecho inmediato terminó con la intangibilidad absoluta de la propiedad privada; la po¬lítica ferroviaria del Estado fue a la búsqueda, en el Pa¬cífico de nuevos mercados, la del petróleo propulsó su ex¬plotación oficial y marcó la necesidad de que nuestros yaci¬mientos minerales no se mantuvieran como zonas de re¬serva de los consorcios; la ampliación de las funciones del Estado incorporó servicios imprescindibles a una sociedad moderna y la política obrera dio por primera vez persone¬ría al sindicato como expresión de fuerzas sociales que habían carecido totalmente de representación. (Te invito lector a que busques en los archivos de los diarios "serios" los indignados editoriales fundados en la "inadmisible" pretensión de que los obreros debatieran sus problemas en igualdad de situación con los gerentes de las grandes empresas de servicios públicos, recibidos en el mismo pie de igualdad en la Casa de Gobierno).
La ley 11289 que generalizaba las jubilaciones contó con idéntica oposición en la derecha y en la izquierda. (Estoy viendo la cabeza de la columna que marcharía de la Plaza Congreso a la Plaza de Mayo para pedirle su derogación a Alvear, como se consiguió. Allí está Joaquín de Anchorena y Atilio Dell´Oro Mini, presidente y secretario de la Asociación del Trabajo, fundadora de los “sindicatos libres” de “pistoleros”, junto a la plana mayor del Partido Socialista). La política de la neutralidad en la Primera Guerra fue una piedra de toque: los grandes diarios, la Sociedad Rural, el Jockey Club y el Círculo de Armas, Ricardo Rojas, Leopoldo Lugones, Enrique Larreta, Alfredo Palacios (los recuerdo hablando en el mitin belicista del Frontón Buenos Aires, aquí a la vuelta en la calle Córdoba, donde yo también hacía el “idiota” ante la vibración democrática y culterana que los oradores administraban en dosis para adultos), los socialistas, los radicales “galeritas”, todos los que eran alguien de derecha a izquierda, con la sola excepción de unos pocos como Manuel Gálvez, el General Uriburu, Belisario Roldán a la derecha, del Valle Ibarlucea a la izquierda, todos vistos como desertores por los status consagrados de la inteligencia y la responsabilidad, como serían vistos después los pocos peronistas salidos de estos rangos.
La neutralidad expresaba en el plano de la soberanía lo que Yrigoyen expresaba en el plano económico y social. La existencia de un nuevo país para el que las fórmulas del liberalismo estaban perimidas porque no cabía dentro de ellas. No era un pensamiento orgánicamente definido, pero sí el balbuceo de una tentativa para manejarse por modos propios y hacia fines propios. La presencia del pueblo en el Estado, ahora con descendientes de inmigrantes y criollos, creaba un sentido nacional que había caído con la ausencia de las viejas multitudes federales. La realidad llevó a Yrigoyen a hacerse el intérprete del país que políticamente tenía detrás.

YRIGOYENISMO Y ANTIPERSONALISMO: ALVEAR

Consecuentemente la unidad del radicalismo hizo cri¬sis y los "galeritas" fundaron el antipersonalismo. El mo¬tivo aparente era su oposición al caudillo; el real es que ellos se aferraban al viejo contenido ideológico e Yrigoyen marchaba con los tiempos. No interesa saber cuáles fueron los móviles del caudillo, si una simple especulación electoral como querían sus adversarios con el socorrido mote de demagógico, o una adecuación de su pensamiento al país que tenía adelante. Lo cierto es que significaba un avance progresista que alteraba el plan de la Patria Chica ya terminada y completa.
A Yrigoyen le sucede Alvear. Este ha disentido con Irigoyen en política internacional. Ausente del país durante largos años, no conoce las transformaciones que éste ha experimentado en su composición social, y cómo se ha modificado la composición de su partido con la del país. Es radical por motivos distintos a los que han llevado al radicalismo a los peones del interior, a los obreros de Buenos Aires y a la clase media que asciende. El radicalismo que rodea a Yrigoyen, de “gringuitos” recién llegados o de criollos de procedencia gauchesca u orillera, es ajeno al que motivó su militancia. Su posición democrática en favor del sufragio universal y el respeto de la Constitución y sus críticas a las corrupciones administrativas del régimen, es un disentimiento dentro de su propia clase, en la cual se siente altivamente impulso de su juventud romántica, rica en audacias que chocaban con los prejuicios de su clase y que ha demostrado en los actos decisivos de su propia vida íntima. Mario y los Gracos, Alcibíades, lo seducen más que Sila, pero es ajeno por completo a lo que ya caracteriza al radicalismo como yrigoyenismo, en la medida en que éste expresa la sociedad del momento de su victoria, mejor que la sociedad de los años de las revoluciones fracasadas. Su radicalismo no ha recibido la impregnación de la Argentina que surge, pertenece al pasado liberal, en el que las diferencias de los partidos se limitaban a esos vagos enunciados formales de la plataforma política originaria. Su alejamiento del país no ha contribuido a su mejor conocimiento: todo lo contrario, y su disentimiento en materia internacional, no es más que su correspondencia con la escala de valores que practica en Buenos Aires en su extranjería, la “intelligentzia” y la “gente bien”.
Mientras Yrigoyen iba conformando su pensamien¬to con la responsabilidad de conducir una nueva rea¬lidad de que tomaba conciencia, a medida que definía su carácter social la fuerza política con que gobernaba, Alvear estaba absorbido por el drama de la Europa en guerra, sin poder percibir a la distancia los factores que los distan¬ciaban cada vez más de su antiguo jefe, que lo hacía presi¬dente, y cuyas motivaciones no podía interpretar. Desde que apareció como candidato la vieja clase comenzó a ro¬dearlo, tras las avanzadas de los radicales "galeritas". La constitución de su gabinete confirmó la nueva orientación y el impulso renovador que había significado Yrigoyen quedó atrás. Así gran parte de las industrias que estaban en sus comienzos cayeron o limitaron su producción. Dice Ricardo Ortiz refiriéndose a ese momento: "En cuanto las circunstancias adversas dejan de actuar, la industria eu¬ropea retoma sus posiciones y ello se traduce por un de¬crecimiento experimentado por las industrias típicamente nacionales."
"Se abre la aduana a los aceites de España e Italia, a los tejidos británicos, a la manufactura europea en general. Ingresa nuevamente libre de derechos la maquinaria agrícola y se gravan los elementos necesarios para la industria nacional que producen esas maquinarias. Los industriales se convierten en importadores", agrega Ramos.
Esta marcha hacia atrás en el proceso económico interno no pro¬dujo sin embargo el impacto social que hubiera provocado en otras circunstancias. Alvear, que fue toda su vida un feliz heredero en lo particular, lo fue también como gobernante: heredó aquel momento próspero de la primera post-guerra en que la producción agropecuaria tuvo factores climáticos tan favorables como los de mercado, y que constituiría el último momento próspero de la economía tradicional. Su gobierno tuvo, en consecuencia, un momento económico de excepción, que ocultó los aspectos negativos de su política, en cuanto interrumpía el necesario desarrollo de la transformación interna. Fue un momento de vacas gordas similar al proceso expansivo de principios de siglo, que contó, además, con el desarrollo interno operado gracias a la gue¬rra y la política de Yrigoyen, y así la incidencia social de la vuelta a la economía tradicional no produjo el impacto social que el país percibiría después de 1930, cuando la detención del progreso interno ya no sería compensada por la curva creciente de las exportaciones.
Esto no impidió que la clase media y las clases popu¬lares tuvieran clara conciencia de la restauración de la vieja política que el gobierno de Alvear había significado, y la nueva elección de Hipólito Yrigoyen desbaratando el "contubernio" de los "galeritas" con las fuerzas conser¬vadoras, ratificó la demanda de una política correspon¬diente a la realidad del país.
Poco duró el nuevo gobierno de Yrigoyen, que llegó precisamente en el momento de la gran depresión mundial que castigó aun más violentamente que a las metrópolis a los países con economías dependientes. Evidentemente las circunstancias reclamaban una personalidad más vigo¬rosa que la del viejo caudillo en declinación y una política económica más recia que la contenida en los enunciados generales y en la voluntad comprensiva que habían bastado en el primer gobierno para iniciar la marcha sobre la ba¬se de las circunstancias favorables creadas por la guerra.
Ahora terminaba el paréntesis eufórico, el último chis¬pazo de la prosperidad agropecuaria. Bruscamente el país se encuentra ante la realidad que Ferrer nos ha señalado para esta fecha. Los ascensos generales de la sociedad y los movimientos verticales dentro de ella que permitieron la ampliación de los estratos intermedios y han operado desde la sustitución de la sociedad tradicional se tornan imposi¬bles. La crisis metropolitana del año treinta lanza sus efec¬tos multiplicados a los países de economía dependiente.
El anterior gobierno de Yrigoyen ha correspondido a la sociedad en ascenso; ahora el fenómeno es inverso y ace¬lerado y precisamente donde el impacto se siente más fuer¬te es en la clase media. El viejo conductor no está en condi¬ciones físicas para afrontar este momento difícil de una economía monoproductiva cuyo mercado cae verticalmente, sin que se den las condiciones sustitutivas que en el go¬bierno anterior proporcionó la primera guerra.

1930: EL SALTO ATRÁS Y LA DÉCADA INFAME

La revolución de 1930 viene a consolidar definitiva¬mente la política tradicional: como después de Caseros las multitudes argentinas no pesarán más en las solucio¬nes del Estado y se inmovilizarán los ascensos de las clases porque una sociedad estática es la correspondiente a la economía estática cuyos resortes van a cristalizarse. El doctor Alvear, y sus galeritas, entre tanto se adueñan de la dirección del radicalismo para cumplir la función regu¬ladora que desvía hacia a conformidad, el instrumento que podía expresar resistencias.
Estamos en la "Década Infame". Es la infamia del fraude y el vejamen al ciudadano, pero esta es la infamia de la forma. La infamia de fondo es la traición deliberada y consciente al destino del país, porque el fraude en sí no es más que un medio. (Lo es hasta la misma lucha contra el fraude, porque esta misma tiende a disimular el con¬tenido real de la usurpación del gobierno. Hace creer que su objetivo es determinar quienes son los que gobiernan y no para qué se gobierna, cosa que muchas veces ignoran hasta los mismos ejecutores y beneficiarios de la estafa electoral. Los fraudulentos arguyen su mayor capacidad técnica como gobernantes para justificarse; los defrauda¬dos la autenticidad de su representación. Todos se dicen democráticos, y hasta se lo creen; sólo que unos dicen postergar la hora del sufragio auténtico al momento en que los argentinos se capaciten para ser ciudadanos, los otros creen que éstos ya están capacitados, pero unos y otros son ajenos a las finalidades que van implícitas en la vigencia de un gobierno popular). Pronto el país perci¬birá que el conflicto es exclusivamente un conflicto entre políticos: "res" entre ellos. Las multitudes se irán alejando paulatinamente de la pasión política. Desde las altas tri¬bunas de las canchas de fútbol o de los hipódromos, ter¬minarán por contemplar el espectáculo como la arena de un circo en que sólo son espectadores.
Y este justamente es el momento crítico que señala Ferrer "cuando las nuevas condiciones del desarrollo del país exigían una transformación de su estructura eco¬nómica".
La tarea del gobierno debió ser esa. El gobierno del General Justo y sus continuadores hizo todo lo contrario. Para eso había sido llevado al poder: para cristalizar de una manera definitiva una política "opuesta a la integra¬ción de la estructura económica del país". El tratado Roca-Runciman es un pacto entre Gran Bretaña y la Sociedad Rural, que firma la Argentina. Aquélla se compromete a garantirle a ésta la continuidad de sus compras (de las que no puede prescindir), con alguna mejora de monedas en los precios, y ésta a crear en la Argentina condiciones que impidan su desarrollo progresivo.
El Congreso sanciona todas las leyes que constituyen el "estatuto legal del coloniaje" y los pocos representan¬tes radicales que participan del mismo, colaboran adelan¬tando con esto, a su vez, la garantía de que no obstarán al mantenimiento del sistema con lo que se preparan para el acceso al poder cuando, asegurada la estabilidad del sistema, los grupos de presión ya señalados (entonces no se empleaba todavía esta terminología), consideren que ya no le son necesarios los políticos fraudulentos para la conti¬nuidad del mismo; política que empieza a perfilarse en la presidencia de Ortiz, y sólo se frustra por su ceguera y el sucesivo fallecimiento del mismo. Ya está arreglada la economía ("Estatuto Legal del Coloniaje"); sólo falta de¬mocratizar la política para que el Estado de Derecho rati¬fique y protocolice la intangibilidad del sistema económico.
Se inaugura en el país el dirigismo económico. Los liberales son ahora dirigistas como antes eran anti-intervencionistas de Estado. Volverán al liberalismo clásico cuando el dirigismo se haga nacional. Las doctrinas eco¬nómicas como las doctrinas políticas servirán lo mismo para un fregado que para un barrido: se usará en cada oportunidad la más conveniente para impedir la integra¬ción de la economía nacional.(2)
Lisandro de la Torre dirá en el Senado que "hay pá¬nico entre los propulsores de la mayor parte de la industria argentina, sobre todo de los fabricantes de artículos que también se fabrican en la Gran Bretaña..."
"Alguna explicación hay que buscar ante el hecho enorme de que en la Argentina podrán trabajar persi¬guiendo el lucro privado las empresas extranjeras y no lo podrán las empresas nacionales". Agrega: "el mismo in¬formante decía ayer el gobierno inglés quiere o el gobierno inglés no quiere... y eso que el gobierno inglés quiere o no quiere se refiere a cosas que pertenecen a la República Ar¬gentina, y debieran ejecutarse por el gobierno argentino... En estas condiciones no podría decirse que la Argentina se haya convertido en un dominio británico, porque Inglate¬rra no se toma la libertad de imponer a los dominios bri¬tánicos semejantes humillaciones... Inglaterra tiene, res¬pecto de esas comunidades de personalidad internacional restringida, que forman parte de su Imperio, más respeto que por el gobierno argentino. No sé si después de esto podremos seguir diciendo: "al gran pueblo argentino, salud!"
Todo se votó como lo había querido Gran Bretaña. El cadáver del cenador Berdabehere hizo más roja la roja alfombra del Senado, bajo los disparos de Valdez Cora, un guardaespaldas que habían llevado los ministros al debate.
Lisandro de la Torre se matará pocos años después. "No interrogues el alma del suicida", como dijo en su verso otro suicida, Leandro Alem. Pero puedo vincular el suicidio al derrumbe de toda una vida. Lisandro de la Torre ha sido el niño mimado de la oligarquía terrateniente; es el hombre para las grandes soluciones; el General Uriburu ha querido imponerlo como presidente, y él no ha acepta¬do. Seguramente cuando sale a defender la soberanía na¬cional y el progreso de la sociedad argentina cree que va a tener detrás de sí a todos sus viejos admiradores y sobre el cadáver de su camarada de banca descubre que son sus enemigos. Su mundo se derrumba. En ese momento dra¬mático conoce los verdaderos motores de la historia argen¬tina y el papel que juegan las supuestas élites. Es que ha descubierto el resorte misterioso que ordena las fuerzas en la economía liberal. Ahora sabe, pero siente que es tarde.
Tal vez ha mirado hacia atrás y han desfilado por su memoria su larga lucha de la juventud y descubre que los que le seguían, lo utilizaban. Tal vez también lo des¬cubrió el General Uriburu, pero no tenía las aptitudes de de la Torre para llegar a las últimas consecuencias. Aquel era frívolo y superficial, mientras, Don Lisandro se entre¬gaba con pasión y en profundidad...

ORDEN SOCIAL Y MISERIA POPULAR

Es un momento dramático para la sociedad argentina. Se dirá que la crisis de los años 30 es universal, pero sus efectos en las metrópolis son distintos. El economista ale¬mán Fritz Sternberg, ("Capitalismo o Socialismo", F. de C. Económica, México, 1954), hace notar la escasa dis¬minución del ingreso general en Gran Bretaña y la ex¬plica: "En primer lugar, porque la baja de los precios de las mercancías importadas, en su mayor parte alimentos y materias primas, fue mucho mayor que la de los pro¬ductos industriales que exportaba. La industria mundial reaccionó a la crisis económica reduciendo su producción; la agricultura mundial reaccionó ante todo con una baja en los precios de los productos agrícolas". Así nuestro país alimentó a bajo costo al pueblo británico y "los trabajado¬res europeos que tenían empleo de tiempo completo lo¬graron, pues, un aumento en los salarios reales durante la crisis debido a la baja de los precios". La pobreza argen¬tina subvencionaba el buen nivel de vida de la metrópoli ¡Y qué pobreza! Scalabrini Ortiz lo ha dicho: "ajustaremos acá el cinturón para que allá puedan correrle algu¬nos ojales".
Reproduzcamos alguna de las admirables páginas con que Abelardo Ramos (ob. Cit. Tomo II) nos hace la descripción en Buenos Aires.
“... Discépolo, poeta del asfalto, escribe sus tangos, penetrados de amargura sinistra. ¡Un canto a la desesperanza, un himno al fracaso! En todos los labios se repiten los versos estremecedores de Yira, yira: es la biblia del “raté” en la monstruosa ciudad de cemento”.
“El mate había sido una necesidad en los viejos tiempos de la pampa libre; luego fue un vicio amable en las conversaciones lentas. En 1930 es de rigor como alimento casi exclusivo, con el bizcocho con grasa. Reina del bar automático: con una moneda, baja del tubo sucio de vidrio un sándwich indiscernible. Era el templo gastronómico para los gourmets de la crisis: revestido de azulejos, como el hospital o la morgue, en el local pululaban actores sin trabajo, borrachos disertantes, estudiantes crónicos, vagos sin origen ni destino, empleadillos, mujercitas sin clientes...”
“... De Tucumán, Santiago del Estero o Corrientes, bajaban a la Capital las jóvenes vestidas de negro, macilentas y tristes, de alpargatas y monedero vació, a conchabarse en las familias de la alta o baja pequeña burguesía, por $20 o 30 mensuales, con comida y cama adentro. El zoológico será su fiesta, los conscriptos de la Plaza Italia el amor furtivo en la inmensa ciudad hostil...”
“... En las madrugadas, los desocupados rodean a los canillitas que venden “La Prensa”. Los ofrecidos son muchos más que los pedidos. Los desocupados con bicicleta llegan antes que los otros a la oficina o a la fábrica. No hay vacantes, de todos modos. En el conventillo de cinco patios con las macetas de malvones en las latas de Ybarra, se hierve al infinito la yerba y un solo ejemplar del diario arrugado circula por toda la población de la casa. La Singer jadea en el fondo. La pantalonera trabaja por pieza...”

LA CLASE MEDIA PAUPERIZADA

Pero no es sólo la miseria de los trabajadores. Ella golpea violentamente en la clase media que se creía a salvo de sus riesgos.
"El peso es un peso fuerte, sólido, respetable, exclu¬sivo. Otra canción de la crisis lo busca: "donde hay un mango, viejo Gómez, los han limpiao con piedra pómez". El ejército rechaza a miles de jóvenes por inaptos. La tuberculosis hace estragos. La palabra neumotorax es una palabra del año 30. Los maestros sin empleo, los analfa¬betos con el estómago vacío y los maestros que no cobra¬ban sus sueldos son los fenómenos corrientes de la década. La pequeña burguesía se degrada; se forma una subclase de desocupados. El dolor se combina con la picaresca para sobrevivir. Buenos Aires se puebla de buscavidas y de oficios inverosímiles. Porteños y provincianos hundidos en la desdicha se hacen buscones. El amigo del jockey, que persigue la quimera de un dato preciso para el domingo; el atorrante divagador y filosófico que bebe café a crédito; el abogado que busca un empleo público; el organizador de banquetes o de rifas inexistentes, el falso influyente, el gestor de empleos, que es cesante, el cesante yrigoyenista de 1930 que hace de su desgracia una carrera y sólo acari¬cia durante años la esperanza de reingresar al empleo pú¬blico, el desesperado que corteja a la dueña de la pensión, el escuálido poeta que vive cada quince días, por turno, en casa de algún amigo, el protector de leprosos que vende rifas sin número, el antiguo proxeneta herido como un rayo por la ley de profilaxis y que ahora alquila departa¬mentos por hora para el amor fugaz; el empleado embar¬gado y concursado, el ave negra sin pleito que espera el asunto salvador en el bar Tokio, frente a los Tribunales, el rematador sin remates, el naturista transformado en cu¬randero o yuyero, el grafólogo que adivina el carácter, el astrólogo que descifra el porvenir, el falso médico que ad¬quiere su título por 300 pesos en la frontera de Bolivia, el nihilista y el iluminado, el espiritista y el marinero en tierra, el comerciante quebrado y el conspirador radical que sueña con el regreso. ¡Buenos Aires! La pequeña bur¬guesía tirita bajo el vendaval. En la Chacarita de los automóviles se acumulan todos los modelos y junto a ellos, cala¬veras y gigolós se hunden en la bancarrota".(3)
El Ejercito ha sido utilizado para restablecer la alian¬za entre el Imperio y la clase que lo proyecta dentro de la República. Ahora el General Justo lo disciplina de nuevo y encuentra un Ministro, el Coronel Rodríguez, que pasará a ser el arquetipo del militar que lo devuelve a su "destino específico": asegurar el orden, cuando el orden es el de la Patria Chica, el de la dependencia. Los mismos regimientos de "Empujadores" y "Animémosnos y Vayan" de civiles, que lo han sacado de los cuarteles, lo aplauden cuando re¬torna a ellos una vez que los consolidan en el poder. Historia repetida pero jamás aprendida.
Pero ocurre algo que no estaba en los papeles de los hombres sabios; otra guerra mundial rompe el esquema de la economía tradicional. Ortiz, proclamado candidato por la Cámara de Comercio Británica, antes que por los partidos de la Concordancia, muere antes de finalizar su período y ocupa la presidencia el Doctor Ramón Castillo, su vice, y ante la sorpresa de todos, este viejito provinciano, personalmente honesto y pieza de recambio en el juego de la oligarquía, afirma la posición neutralista, y sobre ella intenta soluciones cuya perspectiva se abre con el nuevo desarrollo industrial que va a ocupar la vacante dejada por la importación. El país, cerrada la puerta de entrada y salida vuelve sobre sí mismo.
La industrialización progresiva genera la ocupación, que a su vez incrementa el consumo y así surge un mer¬cado interno que diversifica la producción y señala un auge de la economía. La demanda de brazos acelera la inmigra¬ción de la gente del interior a los centros industriales que nacen y nos vamos acercando en el campo obrero a la plena ocupación, mientras que la diversificación de las activida¬des multiplica las posibilidades de la clase media.
Es curiosa la situación que se crea: el Presidente de la República se encuentra aislado del pensamiento y de la voluntad de las fuerzas que lo llevaron al poder; su política de la neutralidad y la orienta¬ción económica que se perfila con la creación del Banco Industrial y la Flota del Estado son resistidas por sus partidarios, e igualmente por la oposición, cuyos dirigentes, del radicalismo y el socialismo al Partido Comunista, exigen intervención en la guerra y la subordinación a las políticas imperiales. La unanimidad de la gran prensa, de la cátedra universitaria, de los intelectuales, está en contra de la política práctica. El programa belicista es común a la dirección de todos los partidos políticos del gobierno a la oposición. El presidente está solo.
¿Solo? Solo en la Argentina nominal, la de los títulos de los diarios, de las entidades representativas, de las academias a la Sociedad Rural, de la Universidad a la Unión Industrial, de entidades de los intelectuales. Pero la Argentina real y profunda, la que no tiene medios de expresión ni títulos representativos pero es el país de la multitud que está con el viejo Presidente; en esto solo, porque lo sabe frau¬dulento y mal acompañado, pero sabe que la neutralidad es punto de partida para la marcha hacia adelante o punto de rendición. Pero la ocasión le va grande a Castillo. Sólo tenía que jugarse a la carta del pueblo rompiendo con los círculos políticos de la concordancia y con¬vocar al país alrededor de ese tema central acabando con el fraude y con la entrega. Llegó hasta el borde de la decisión y se echó atrás.
Va a terminar sin pena y sin gloria en un fraude más. La Revolución de 1943 le ahorró esa vergüenza.
El Ejército ha tomado el poder pero no sabe para qué. Un general que al solo mérito de su mayor jerarquía "se ha colado" en el momento decisivo resulta Presidente: Rawson. Expresa la política belicista en lo internacional y en lo interno un nuevo 1930. No alcanza a durar dos días y lo sucede otro general: el General Ramírez. El má¬ximo pensamiento de éste es una convocatoria electoral que asegure el triunfo del radicalismo que había domesti¬cado Alvear. Lo sustituye Farrell, que es un interregno mientras se definen las luchas internas dentro de las fuer¬zas armadas. Termina por perfilarse la personalidad de Perón, que ha ido concitando a través de su política social el apoyo de los trabajadores.
Nada expresa este momento nuevo de la Argentina que se viene realizando desde el principio de la guerra con la transformación de la economía, como la presencia de un proletariado que no tiene nada de común con el que se había nucleado antes alrededor de un sindicalismo escuáli¬do, anarquizado por las tendencias ideológicas importadas. El que ahora está en Buenos Aires y sus alrededores es la expresión máxima de una sociedad en ascenso, que ha hecho posible la brusca expansión industrial que constituye su base de trabajo y de consumo en un mercado en poten¬cialidad creciente.
El ritmo permanente pero pausado de la migración del interior hacia los centros urbanos se ha hecho violento. Los trabajadores, rubios o morochos y de variado idioma que entraban por la dársena hasta hace treinta años, tie¬nen su réplica actual en esas multitudes que día a día desbordan las estaciones de ferrocarril con su "pelo duro" y sus rostros curtidos y el canto de su tonada provinciana. Es migración, pero también de ascenso como la de los grin¬gos de antes. Son peones de "pata al suelo", trabajadores ocasionales y desocupados habituales, que ingresan al trabajo estable y aprenden rápidamente técnicas que pare¬cían reservadas para los "gringos", porque de peones de¬vienen obreros. Desbordan la ciudad que no está preparada para recibirlos y desbordan también el viejo sindicalismo reclamando cuadros que los interpreten.
Ignoran y no les interesan las ideologías transferidas desde Europa. Son el sector obrero de una sociedad en ascenso, pero sin las inhibiciones ideológicas de la antigua conducción sindical, comprende que su ascenso está liga¬do al ascenso general de la sociedad. Tienen la conciencia histórica de su falta de destino dentro de los límites de la Patria Chica estrangulada en la estructura de la depen¬dencia, y ligan su destino a las posibilidades de la Patria Grande.
Porque se trata otra vez de una sociedad en ascenso, su signo no es la lucha de clases según lo exigen los par¬tidos marxistas: sus conflictos empujan a las otras clases porque sus exigencias crean mercado y oportunidades. Es la marcha hacia una frontera interior cuyo signo es el ascenso por la creación de oportunidades imposibles en la sociedad cristalizada. De tal manera la cuestión social es para ellos la cuestión nacional y su prosperidad, la conti¬nuidad de su ascenso, se liga inseparablemente con la gran¬deza de la Nación. Ya su doctrina está hecha con com¬prenderlo: soberanía nacional, liberación económica y jus¬ticia social son inseparables.
No están solos. Las nuevas condiciones han abierto un nuevo horizonte a la clase media que sobrevivía cada vez más empobrecida sin otra perspectiva que el empleo pú¬blico y las profesiones liberales de mísero rendimiento. Las ocupaciones típicas de la misma se multiplican, y se crean las condiciones para que de su seno, y aun de los mismos trabajadores que ya poseen aptitudes técnicas y comerciales, surjan los elementos constitutivos de una bur¬guesía nueva, industrial y comercial, que por otra parte ha madurado bajo la influencia del pensamiento de los grupos nacionalistas, forjistas y muchos de los radicales intransigentes y los pocos marxistas que ajustan el método sobre la realidad; hay una conciencia nacional a la que contribuye gran parte de la oficialidad del Ejército, y dará los elementos políticos de un pensamiento nacional. Perón tiene el talento de capitalizar esa realidad ponién¬dose a la cabeza de la misma y conduciéndola. Pero este momento de la clase media se verá en los capítulos si¬guientes.
La "intelligentzia", con la oligarquía, ha elaborado la peregri¬na tesis de que Perón inventó un país con los recursos del poder y el soborno y al margen de la realidad, cuando la cosa fue totalmente al revés: el país inventó su hombre a falta de una élite conductora. Claro que no lo podía haber inventado si el hombre no hubiera tenido las condiciones para la conducción del proceso. Pero las tuvo y su victoria no fue una victoria de Perón: fue una victoria del país nuevo a través de Perón. Y porque las tuvo profundizó el proceso, lo aceleró y trató de integrarlo hasta las consecuencias que estaban en sus manos frente a la conjunción de todos los intereses locales e internacionales que se oponían a la actualización de la Argentina.
Es extraño a la finalidad de este trabajo el análisis de la política económica peronista, que remito a un trabajo posterior. En él se analizarán las soluciones económicas con sus aciertos y sus desaciertos, así como los aspectos culturales del gobierno peronista. Las referencias que este trabajo contiene en lo económico y lo cultural, como se ha dicho, sólo son las imprescindibles para encuadrar los hechos sociales que estoy tratando.
Realizar una política nacional importaba dar un salto en el vacío al que ninguna ayuda proporcionaban los libros, la cátedra y la doctrina y todo el aparato de la importación ideológica de derecha a izquierda. Por el contrario, aceptar su pensamiento oscilaba entre la alternativa de someterse a la política tradicional de los liberales, o a la de un marxismo desvinculado de la realidad argentina, que también se movía con dos alternativas: el reformismo del Partido Socialista, cuyas soluciones prácticas coincidían con las exigencias de la división internacional del trabajo en su oposición al desarrollo del capitalismo nacional, o una hipotética revolución total en que la Argentina jugaba como pieza insignificante en la estrategia soviética, sin compromiso con la Argentina del presente y del futuro inmediato.
La responsabilidad del gobernante siempre será: hoy y aquí.
Se trataba de realizar lo posible en el mundo de la realidad circundante y para esa realidad y esas posibili¬dades no había literatura doctrinaria, ni teóricos ni maes¬tros. Se trataba de marchar hacia una frontera interior de avance jaqueada por todas las fuerzas internas y ex¬ternas que querían cristalizar el país en la Patria Chica, o utilizarlo como pieza en el juego de una estrategia mun¬dial revolucionaria.
Recién ahora, en 1963, Raúl Presbich ha descubierto (Op. Cit.), como ya se ha dicho, que todas las teorías ela¬boradas en los grandes centros, no tenían en cuenta los problemas de la periferia y resultaban inoperantes, y también contraproducentes. A falta de una doctrina económica elaborada, había que proceder pragmáticamente y ela¬borar sobre la marcha las soluciones. Y así como la política social resultó de la existencia de los hechos, de éstos resultó la política económica. Sólo que se invirtieron los términos empleados en la Década Infame: durante ella la política del gobierno había sido la coerción sobre los mismos para impedir que produjera sus frutos; la nueva consistió en estimulados y dirigirlos en búsqueda de la potencia na¬cional.
En la oportunidad de ese otro libro se verá en detalle cada una de las medidas que se tomaron y se analizarán a mi entender sus aciertos y sus errores, pero por ahora el hecho que nos interesa es que el proceso peronista ha sido el único ensayo de política económica nacional que el país ha tenido.
Entramos en ese momento al desarrollo de las posibili¬dades de una sociedad capitalista nacional, pequeño hori¬zonte para los tremendistas que lo obstaculizaron, facili¬tando, con la postergación, el mantenimiento de las condi¬ciones de dependencia. Gran horizonte para el pueblo ar¬gentino de hoy y del mañana inmediato que no reclama estructuras teóricas ni perfectibilidades absolutas, sino un ascenso colectivo como el que se destruyó en 1955, retor¬nando a la única alternativa posible: la dependencia tra¬dicional.
Ni más ni menos: la Argentina entraba a su propio desarrollo capitalista pero en las condiciones del siglo XX y con una vanguardia de trabajadores que reclamaba y exigía con esa entrada la creación de condiciones sociales de prosperidad, ligada a la grandeza concreta que resul¬taba de la etapa.
Como en 1930 frente a la balbuceante política nacio¬nal yrigoyenista, en 1955 se derrumba ésta mucho más profunda tentativa de política nacional, por una coalición externa e interna similar a la de entonces, pero mucho más aguda e intensa en la medida que era mucho más agu¬do e intenso el carácter nacional de las realizaciones que motivaban la reacción: se trata de cercar el país dentro de la Patria Chica.
Toca ahora, ya en presencia de la sociedad contemporánea entrar al tema específico que motiva el título de este libro.

NOTAS

1 En el decenio 1921-1930 los extranjeros de otras nacionalidades, es decir, ni españoles ni italianos que anteriormente no habían pasado del 10%, llegan al 32%. Predomina la gente de Centro-Europa: alemanes, austriacos, polacos, ucranianos, en general judíos, con lo que está indicado la existencia de nuevas actividades en el mercado interno vinculadas al comercio y la pequeña industria, que son sus actividades preferentes: (La época de la colonización corresponde a principios de siglo, lo mismo que los llamados alemanes del Volga, ya muy asimilados bajo el nombre genérico de rusos).

2 De como las doctrinas económicas más opuestas pueden servir para la misma finalidad es un ejemplo vivo, ¡vivísimo!, el Doctor Federico Pinedo. Socialista en su juventud, sostuvo con su partido la política de la división internacional del trabajo combatiendo, con el pretexto de la defensa del costo de vida, la formación de un capitalismo nacional; ya maduro, fue en el gobierno del General Justo el realizador de la política dirigista, con los mismos fines, y ya en la vejez se vuelve contra el dirigismo en cuanto éste, bajo el gobierno de Perón, utiliza los mismos instrumentos que él había creado para orientarlos en sentido nacional. Vuelve así otra vez a ministro después de 1955, como ortodoxo de la doctrina manchesteriana. Tres personas distintas y un solo Dios verdadero, consustanciadas en un solo personaje, consecuente con el interés imperial bajo los tres antifaces doctrinarios.
Toda la gente que confunde “moralina” con moral y que lo ha apoyado en sus sucesivas transformaciones porque carece también de moral nacional, no se fija tampoco mucho en la moralina cuando se trata de estos casos. Porque el Doctor Pinedo, como lo he recordado, propició como ministro un proyecto que había elaborado como abogado por el precio de diez mil libras esterlinas, jactándose de sus aptitudes técnicas al confesarlo

3 Hablaba yo en Plaza Italia en la tribuna de FORJA allá por 1936, y comentaba los dramáticos días que vivía entonces la clase media condenada a la vagancia o a actividades semimarginales. Señalaba al auditorio la presencia del oficial de policía que controlaba el orden e hice un elogio del funcionario cuya excelente foja de servicio conocía. El oficial, muy agradecido, me hizo dos o tres venias. Pero, continuando en el desarrollo del discurso, agregué: “Imaginemos ahora que este excelente funcionario no hubiera tenido la suerte de poder ingresar en la Escuela de Policía y me pregunto ahora, sin la carrera que consiguió, qué sería en este momento.” Agregué: “Es muy posible que fuera quinielero.”
El funcionario se indignó, cosa razonable, pero todo el auditorio que vivía el drama comprendía perfectamente la dolorosa alternativa. Y no faltó quién me informara poco después que dos hermanos del mismo que no habían conseguido trabajo, se estaban defendiendo con el lápiz. Imagino el drama de ese modesto hogar; en ese tiempo no hacía falta imaginar mucho, pues se vivía en todo Buenos Aires con sus infinitas variantes.

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