lunes, 21 de marzo de 2011

SEGUNDA CLASE DICTADA EL 29 DE MARZO DE 1951


por Eva Perón

En la primera clase que di en esta Escuela, para demostrar lo que es la historia universal –que no es más que la base de dos historias: la de los grandes hombres y la de las grandes masas-, dijimos que los individualistas creen que la historia se basa solamente en los grandes hombres y que los colectivistas prescinden de los grandes hombres y creen en las grandes masas. Pero nosotros tenemos nuestra tercera posición, y es por eso que yo dije, en mi primera clase, que nosotros aceptábamos a los grandes hombres y a las grandes masas como los que pueden ser los constructores de una gran felicidad y de una gran prosperidad.
En la clase de hoy vamos a analizar cómo se ha escrito la parte de la historia correspondiente a los grandes hombres y vamos a tomar hoy siete puntos para poder desarrollar esta materia de la historia del peronismo que me ha tocado a mí dictar. En esta clase voy a exponer estos siete puntos y después les haré llegar unos trabajos para que ustedes luego me los devuelvan, para que confrontemos la historia universal, sobre distintos puntos, con la historia de nuestro peronismo; o sea, a los grandes hombres de la historia con lo que es nuestro líder, el general Perón, el grande, el genio y el creador de nuestra doctrina peronista.
Existen indudablemente, desde el punto de vista de su relación con la historia, varias clases de hombres comunes o mediocres, hombres superiores y hombres extraordinarios. En esta clasificación no tienen nada que ver ni el origen, ni la clase social, ni la cultura. Existen hombres mediocres y comunes entre los cultos, y existen hombres superiores entre los humildes. Humildes obreros lo han comprendido a Perón como no lo han comprendido los que se creían cultos, y con eso han demostrado los obreros, los hombres humildes de nuestra patria, que eran hombres superiores.
Esto no sucede por primera vez en el mundo. Frente a todos los hombres extraordinarios, lo mismo que frente a las grandes ideas, siempre se han levantado los sabios y los inteligentes para atacarlos, como así los humildes y los menos cultos para apoyarlos. El caso de Colón, un humilde pescador, frente a los sabios de la corte española; el caso de Cristo, a quien los escribas y sacerdotes de aquella época negaron y, en cambio, humildes pecadores lo hicieron conocer por todo el mundo y, además, lo apoyaron.
No puedo resistir a la tentación de analizar un poco este tema de comparación de los hombres mediocres y comunes con los hombres superiores, sobre todo porque yo aspiro a que cada peronista sea un hombre superior. No digo que alcance a ser genial, porque los genios no nacen todos los días ni en todos los siglos; pero sí ambiciono a que lleguen a ser hombres superiores, y es por eso que nosotros queremos es esta Escuela hacer una diferencia entre el hombre superior, el mediocre y el extraordinario, o sea el genio.
Nosotros, por sobre todo, tenemos al genio. Los peronistas contamos con los hombres –y al decir hombres incluyo también a las mujeres- superiores.
Y el pueblo argentino, como todos los pueblos, por desgracia tiene también los mediocres y hombres superiores que hoy vamos a tocar más profundamente. Se entiende, vuelvo a decir, que al hablar del hombre me refiero también a la mujer.
Los mediocres no recorren sino caminos conocidos; los superiores buscan siempre nuevos caminos. A los mediocres les gusta andar sobre las cosas hechas; a los superiores les gusta crear.
Los mediocres se conforman con un éxito; los superiores aspiran a la gloria, respiran ya el aire del siglo siguiente y viven casi en la eternidad. Un pintor que suele copiar cuadros y otro pintor que crea, por ejemplo, uno es un hombre superior, el segundo, y el otro es un hombre mediocre; por eso al creador se lo define con el título de artista.
Los mediocres son los inventores de las palabras prudencia, exageración, ridiculez y fanatismo. Para ellos el fanatismo es una cosa inconcebible. Toda nueva idea es exagerada. El hombre superior sabe en cambio que el fanático puede ser un sabio, un héroe, un santo o un genio, y por eso lo admira y también lo acepta y acepta el fanatismo.
Para un hombre superior, una idea nueva puede ser un descubrimiento de algo grande, por ejemplo un mundo nuevo, como el mundo que descubrió Colón, un hombre de origen tan sencillo. Un hombre común o mediocre nunca profundiza una cosa y menos ama; el amor para él es una ridiculez y una exageración. Un hombre superior, en cambio, es capaz de amar hasta el sacrificio. Muchas veces, cuando los hombres aman hasta el sacrificio, son más heroicos. Yo, al ver que hombres humildes de la patria quieren tanto a Perón y hacen sacrificios tan grandes, pienso que estamos seguros, porque la bandera del pueblo, o sea la de
Perón, la de los descamisados, está en manos superiores.
Es por eso que nosotros debemos hacer una diferencia muy grande entre el mediocre y el superior. No porque un hombre tenga mucho estudio ha de ser superior.
Hay que hacer mucha diferencia entre los de gran cultura que creen que lo saben todo, porque algunos tienen también la soberbia del ignorante, que es la más peligrosa de todas.
Los mediocres nunca quieren comprometerse, y de ésos nosotros conocemos a muchos. Son cobardes, nunca se juegan por una causa, ni por nadie; dirigentes políticos de las horas buenas y aprovechadores cuando el río está revuelto. Yo diría, funcionarios de esos, por ejemplo, que usan el distintivo solamente cuando van a Trabajo y Previsión. No alcanzan a ser Judas, pero son tan repudiables, que nosotros les llamaríamos Pilatos. Yo prefiero el enemigo de frente a un "tibio", será porque los tibios me repugnan, y voy a decir aquí algo que está en las Escrituras: "Los tibios me dan náuseas".
Yo admiro más bien a los hombres enemigos, pero valientes. Hay que tener mucho cuidado con los Pilatos dentro de nuestra causa.
Dante ubicó a los mediocres, a los que no quisieron comprometerse ni con el bien ni con el mal, junto a los ángeles, que no fueron ni fieles ni creyentes, pues se dice que una vez los ángeles en el cielo se pelearon. Unos estuvieron a favor de Cristo y otros en contra. Entonces, Dios, a los que estuvieron a favor los mandó a la gloria y a los otros al infierno. Pero hubo uno de los ángeles, de esos que abundan tanto, que no se comprometió; observador. Entonces Dios no lo podía poner en la gloria, ni tampoco en La Divina Comedia –voy a hacer una referencia-, al ponerlo a la entrada, dice Dante a Virgilio, que lo conduce: "Mira y pasa", como diciéndole: "No vale la pena detenerse ante los que no quisieron ni el cielo, ni tampoco los aceptó el infierno". El eterno castigo de los mediocres es el desprecio. Y nosotros, además del desprecio, debemos ignorarlos. A los mediocres los mata el anonimato. "Los mediocres –dice Elliot en su libro El Hombre –son los enemigos más fuertes y más poderosos de todo hombre de genio". Carecen de entusiasmo, de fe, de esperanza y, como es lógico, de ideales.
Son los que se reían de los sueños de Perón, que lo creyeron loco o visionario.
Otros hombres superiores creen en la belleza, en el amor y en la grandeza, creen en todo lo extraordinario; por eso creyeron en Perón. Por cada día que pasa nosotros nos damos cuenta de la estatura del general Perón.
El general Perón es de esos hombres extraordinarios que profundizan la historia universal. Nosotros nos damos cuenta que tiene todo lo bueno de los grandes hombres y que no tiene nada malo de los grandes hombres. Es por eso que los hombres humildes de nuestra Patria –que yo voy a calificar de hombres superiores de nuestra Patria, porque fueron superiores- vieron a Perón y creyeron en él. Y es por eso que el general Perón, con muy pocas palabras, ha calificado a esos hombres superiores, a esos hombres humildes de nuestro pueblo, diciendo que lo mejor que tenemos es el pueblo.
Los hombres extraordinarios forman la tercera categoría, que es la de los hombres que señalan rumbos y que jalonan la historia. Ellos son los sabios, artistas, héroes, filósofos, y están también los grandes conductores de pueblos. A nosotros nos interesan, sobre todo y muy especialmente, los filósofos y los conductores.
Los filósofos son los que han pensado en mejorar los medios de vida del hombre sobre la tierra. Pero tenemos en cierto modo una filosofía de la vida nueva, ya que por filosofía nosotros entendemos una manera de encarar la vida y algunos hombres extraordinarios se han creído y han enseñado a la humanidad cómo se puede vivir, y de una manera mejor. Estos hombres extraordinarios son los filósofos. Cuando los filósofos han tratado no sólo el problema personal, individual, del hombre, sino todos los problemas sociales del Estado, la autoridad, la sociedad, el bien común, etc., entonces a este tipo de hombres extraordinarios la filosofía los llama filósofos políticos.
Conductores. Para nosotros los conductores, tal como nos enseña Perón, son aquellos que han hecho vivir a los pueblos de una manera determinada, llevándolos como de la mano por los caminos de la historia.
Es esto lo que ha hecho el general Perón con nosotros. Tomó el país en un momento en que los argentinos habíamos perdido la esperanza, en un momento en que los argentinos habíamos llegado a adoptar ciertos sistemas de vida, porque los creíamos bien, porque los creíamos mejor, porque los argentinos, cuando iban a comprar y encontraban "made in England", estaban mucho más contentos que cuando decía "Industria Argentina". Y llegó el momento en que el pueblo había perdido la esperanza de encontrarse a sí mismo, llegó el momento en que las fuerzas del trabajo, los obreros de nuestra patria, habían también perdido la esperanza de un futuro mejor; llegó el momento en que, en el país, sus fuerzas morales, materiales y culturales se estaban perdiendo en una noche que no tenía aurora.. En ese momento llegó el general Perón; en esa noche llegó el general Perón, y con una voluntad extraordinaria, con una clarividencia extraordinaria y con un profundo amor a su patria y a su pueblo, fue abriendo la selva y señalando el camino por el que el pueblo argentino lo iba a seguir para encontrarse con este venturoso día que estamos viviendo todos los argentinos y que tenemos que consolidar y legar a los argentinos del mañana. Para eso no sólo hay que gritar: ¡Viva Perón!; para eso hay que comprenderlo, para eso hay que profundizarlo y para eso hay que amar profundamente a la Patria y a las fuerzas del trabajo, que es amarlo a Perón.
¿Por qué nos interesan a nosotros los filósofos, los políticos y los conductores?
¿Qué tienen que ver con la historia del peronismo?, dirán ustedes. Esta es mi segunda clase y yo sigo hablando con persistencia sobre este asunto porque el peronismo no se puede entender, ya que es una doctrina política, sino como la cumbre de un largo camino, como una etapa, la más alta para la historia argentina, y también -¿por qué no decirlo?- nosotros pretendemos que sea la más alta para la humanidad en el progreso del hombre, y no se puede saber si una cumbre es más alta o más baja, si no se la compara precisamente con las demás, con las otras cumbres, con las más altas.
Por eso estudiamos estos antecedentes universales con los cuales sabremos nuestra propia estatura.
El Peronismo se precia de haber realizado, como yo lo dije hace un momento, lo mejor de los sueños de los hombres grandes y aun por qué no decirlo con toda franqueza y sinceridad, si ése ha de ser el lema de nuestra escuela- el haberlos superado.
El Peronismo realiza los mejores ideales de los filósofos y conductores de todos los tiempos, y para eso no hay más que estudiarlo, y ustedes me darán la razón.
De Sócrates, por ejemplo –el filósofo humilde de Atenas- ha tomado el peronismo el deseo de que los hombres sean justos y buenos; como Sócrates, el peronismo predica la igualdad y la hermandad entre los hombres y el respeto a las leyes, y aspira a una sola clase, que nosotros llamamos la clase de los que trabajan.
De Platón y de Aristóteles desechamos los conceptos de clases y de esclavitud que ellos aceptaban, pero, en cambio, aceptamos lo mejor de ellos: sus altos conceptos de la justicia como virtud fundamental del hombre que vive en la sociedad y, como ellos, creemos y sostenemos en la doctrina y en la práctica, de que por sobre la materia lo superior es el espíritu.
Se ha dicho mucho de nuestro movimiento que es materialista. Nada es más falso. ¿O es que nuestros enemigos son tan cobardes que no quieren, tal vez por vergüenza –y en esto tienen razón- ver que tenían sumergido a nuestro pueblo por una explotación, que además de vergonzosa, no era digna de los argentinos, porque no sólo los habían explotado materialmente sino espiritualmente, ya que no les permitieron descubrir sus propios valores y sus propias posibilidades?
¿Es que no son capaces de reconocer que en 50 años, por no decir un siglo, habían sumergido a nuestro pueblo? ¿Es que el general Perón, como conductor, como patriota y, sobre todo, como argentino y como hombre que ama profundamente al hombre, no iba a solucionar un problema apremiante como era el problema –si bien es cierto material- de la familia? Por eso, el entonces coronel Perón, desde la secretaría de Trabajo y Previsión tomó para sí la ardua tarea de resentir, tal vez, a los poderosos, no tanto por su doctrina, sino porque les tocó un poco en sus intereses, les tocó el bolsillo, que es la "víscera" que más les duele.
Además, les hizo sentir que en nuestra patria debían tratar a todos los argentinos con la dignidad que merecen por el solo hecho de llevar el egregio apellido de argentinos.
Es por eso que se atreven a decir todavía que nuestro movimiento es materialista, y ustedes, hombres y mujeres humildes, pero superiores, saben que nuestro movimiento es eminentemente espiritual porque se basa en la moral y exalta los valores morales del individuo y está por sobre la materia.
Uno de los propulsores del peronismo, para nosotros –sobre todo después de haber escuchado las palabras del general Perón los otros días- es Licurgo. He leído con gran cariño la vida de Licurgo, no precisamente porque me haya tocado el privilegio inmerecido de dictar esta clase sobre historia del peronismo, sino porque siempre me ha interesado la historia de los grandes hombres y porque Licurgo ha sido un personaje que hay que estudiar y comprender, ya que cuanto más se lo lee más se lo admira.
Remontándonos a la antigüedad y observando un hombre que trabajaba ya con un sentido tan justicialista, es por lo que el general Perón dijo los otros días que Licurgo fué quien realizó, tal vez por primera vez en el mundo, el ideal peronista que establece que la tierra debe ser de quien la trabaja. Es así como Licurgo repartió la tierra de los espartanos en partes iguales; y se dice que en los tiempos de cosecha, Licurgo comentaba, al ver todas las parvas iguales, que parecía que la Laconia era una herencia que se había repartido entre hermanos, porque todas las parvas de toda la Laconia eran iguales.
Y más aún: para terminar con otra de nuestras preocupaciones fundamentales, de que existieran menos pobres y menos ricos, hizo desaparecer el dinero, realizando, también en eso, una revolución económica. Hizo acuñar monedas de hierro, porque de esa manera se terminaba con la codicia y la avaricia. Asimismo, para destruir el distingo de clases, dictó una ordenanza que obligaba a que todas las puertas fueran iguales, tanto en las mansiones señoriales como en las humildes casas.
Por eso es que nosotros vemos en Licurgo tal vez al primer justicialista que haya tenido la humanidad. Pensamos también que precursores del peronismo fueron, sin duda, otros hombres extraordinarios de la jerarquía de los filósofos, de los creadores de religiones o reformas sociales, religiosas o políticas, y también de conductores. Y yo digo precursores del peronismo, porque como dije antes, nosotros hemos aceptado de las doctrinas y de los grandes hombres –digo nosotros, queriendo decir nuestro conductor, porque Perón ya nos pertenece a todos los argentinos que lo hemos comprendido, que lo apoyamos, y, como somos una gran familia, lo que hace Perón es de todos- todo lo bueno que tienen. Pero lo grande de Perón, es que ha tomado de cada doctrina los conceptos humanos, los conceptos de la seguridad social, los conceptos del respeto a las leyes, los conceptos de la igualdad y de una sola clase. El es un creador; cuanto más leemos la doctrina; cuanto más estudiamos a los hombres, más nos damos cuenta de que estamos frente a un hombre extraordinario, un creador que no tiene nada que envidiar a los grandes creadores de la humanidad. Yo diría que ningún hombre de este tipo puede dejar de considerarse, en cierto modo, de cerca o de lejos, propulsor de una doctrina. Por eso, en este marco de grandes, podríamos colocar a Confucio, a Alejandro, a Santo Tomás, a Rousseau, a Napoleón, e incluso a Marx, aunque en algunos casos no hayan sido más que alentados por las intenciones del bien común. Todos ellos no son más que jefes de rutas de la humanidad, jefes de ruta que algunas veces equivocaron el camino, pero que por sendas derechas o torcidas vienen de muy lejos a terminar en nuestra doctrina y nuestra realidad magnífica que nos da Perón. Fueros creadores, y no fueron de ese grupo numeroso que les gusta andar sobre las cosas hechas; fueron del grupo pequeño de los que les gusta crear.
Para tomar un poco la doctrina religiosa, vamos a tomar la doctrina cristiana y el peronismo, pero sin pretender yo hacer aquí una comparación que escapa a mis intenciones. Perón ha dicho que su doctrina es profundamente cristiana y también ha dicho muchas veces que su doctrina no es una doctrina nueva; que fue anunciada al mundo hace dos mil años, que muchos hombres han muerto por ella, pero que quizá aun no ha sido realizada por los hombres.
Yo quisiera que ustedes profundizaran bien esta última frase, porque así comprenderían, y veríamos más claro muchos puntos que a veces no comprendemos.
No está en mi ánimo hacer comparación alguna entre la figura de Cristo y la de Perón; por lo menos yo no lo pretendo al decir estas palabras, pero debemos recordar algo que dijo Perón no hace mucho y fue esto: "Nosotros, no solamente hemos visto en Cristo a Dios, sino que también hemos admirado en él a un hombre. Amamos a Cristo no sólo porque es Dios; lo amamos porque dejó sobre el mundo algo que será eterno: el amor entre los hombres".
Yo pienso que si hay un hombre que ama a los hombres, si hay un hombre humilde, generoso y extraordinario, dentro de su sencillez, ése es el general Perón, porque Perón no sólo es grande por su independencia económica, no sólo es grande por su justicia social, y por lo bien alto que mantiene su soberanía, no declamada como antes, cuando la entregaban por cuatro monedas al mejor postor, sino una soberanía que se mantiene en los hechos.
Perón no es grande solamente por eso, ni por haber creado su gran doctrina.
Perón es grande también en sus pequeños detalles. Yo le oí decir no hace mucho al doctor Mendé, en un comentario que me hizo hablando conmigo, porque conversamos muy a menudo –y sobre que otro tema se puede hablar conmigo que no sea el del General-: "Cuando a mí me llamaron para ser ministro de Perón, tuve un poco de miedo. Lo había idealizado a Perón y pensé si no sería cierto eso que decía Napoleón, de que ningún hombre es grande para su ayuda de cámara". "Después de un año tengo que decir que Perón es tan grande que lo es para su ayuda de cámara. Y nosotros los ministros, ¿qué somos sino un ayuda de cámara de Perón? Somos tan pequeños dentro de su grandeza que yo puedo afirmar que Perón ha superado eso que no ha superado ningún gran hombre". Es que Perón es humilde hasta en sus pequeños detalles.
Pero volviendo al cristianismo. Nosotros los peronistas concebimos el cristianismo práctico y no teórico. Por eso, nosotros hemos creado una doctrina que es práctica y no teórica. Yo muchas veces me he dicho, viendo la grandeza extraordinaria de la doctrina de Perón: ¿Cómo no va a ser maravillosa si es nada menos que una idea de Dios realizada por un hombre? ¿Y en qué reside? En realizarla como Dios la quiso. Y en eso reside su grandeza: realizarla con los humildes y entre los humildes.
En medio de este mundo lleno de sombras en que se levanta esta voz justicialista que es el peronismo, pareciera que la palabra justicialista asusta a muchos hombres que levantan tribunas como defensores del pueblo, mucho más que el comunismo. Yo pensaba estos días, en una conferencia que me tocó presidir, si el mundo querrá la felicidad de la humanidad o sólo aspira a hacerle la jugada un poco carnavalesca y sangrienta de utilizar la bandera del bien para intereses mezquinos y subalternos. Nosotros tenemos que pensar, y llamar un poco a la reflexión a la humanidad, sobre todo a los hombres que tienen la responsabilidad de dirigir a los pueblos. A mi juicio el carnaval no tiene más que seis días al año, y, por lo tanto, es necesario que nos quitemos la careta y que tomemos la realidad, no cerrando los ojos a ella, y que la veamos con los ojos que la ve Perón, con los ojos del amor, de la solidaridad y de la fraternidad, que es lo único que puede construir una humanidad feliz. Para ello, es necesario que no le hagamos la sangrienta payasada que le han hecho los "defensores" del pueblo a los trabajadores. Por ejemplo durante 30 años se han erigido en defensores de ellos y han estado siguiendo a un capitalismo cruento, sin patria ni bandera, y cuando una persona de América levantó la voz para pedir la palabra justicialista, se escandalizaron como si se hubiera pronunciado la peor de las ofensas que se puedan decir.
Yo soy una mujer idealista. He abrazado con amor la causa del pueblo y en eso tengo que dar gracias a Perón y a Dios por haberme iluminado bastante joven, como par poder ofrecer una vida larga al servicio de la causa del pueblo, que, por ser la causa del hombre, ha de ser una causa superior. Como mujer idealista y joven, entonces, no podía aceptar y me daba náuseas –como decía Cristo- que hombres tibios, pero cobardes, no sostuvieran con la sinceridad, con al honradez y con el espíritu de sacrificio que hay que sostener la verdadera bandera que es la de la felicidad y la de la seguridad mundial.
Es por eso que cada vez que trato más a los hombres, amo más a Perón. Me refiero a los hombres que se erigen en dirigentes y que son falsos apóstoles; que lo único que quieren es llegar, para, después de llegar, traicionar. Por eso, cuando veo en este mundo de sombras y de egoísmo, que se levanta la voz justicialista de nuestro peronismo, me acuerdo siempre de aquello que dijo León Bloy: "Napoleón es el rostro de Dios en las tinieblas". Para nosotros, acepto esta frase por lo que significa, y haciéndole un poco de plagio a León Bloy, digo que para nosotros –y con mucha justicia y gran certeza- Perón es el rostro de Dios en la oscuridad, sobre todo en la oscuridad de este momento que atraviesa la humanidad.
Perón no sólo es esperanza para los argentinos. Perón ya no nos pertenece; Perón es bandera para todos los pueblos con sed de justicia, con sed de reivindicaciones y con sed de igualdad. Yo he podido comprobar cómo nos envidian muchos porque lo tenemos a Perón; cómo nos quieren otros por lo mismo y cómo disfrutan otros en que haya tantos malos argentinos, creyendo que los malos argentinos serán más y que lo dejarán pasar a Perón, para poder cumplir ellos su política de imperialismo, ya sea de derecha o de izquierda. Los que las disfrutan son las fuerzas del mal en esta Argentina en que los argentinos nos sentimos orgullosos, pero no como antes, por una cuestión de novelería, porque no éramos argentinos con dignidad. Hoy somos argentinos en toda la extensión de la palabra. Somos los argentinos que soñaron los patriotas de ayer, somos los argentinos ya reivindicados, a quienes ha colocado en el sitio de privilegio, el genio, el creador, el conductor, el guía: el general Perón.
Después de efectuar estas incursiones por la filosofía universal de la historia para hacer las comparaciones doctrinarias con nuestra doctrina y con nuestro Líder, el general Perón, es que, en esta materia de la Historia del Peronismo, he querido que ustedes lo comprendan bien a Perón. Yo no puedo descubrirles a Perón, porque, como bien dije hace poco, si un poeta quisiera cantarle al sol o un pintor pintarlo, yo los consideraría locos. Al sol no hay que cantarle ni pintarlo: hay que salir a verlo y, aun viéndolo, uno se deslumbra. Yo invito a ustedes a que salgan a ver a Perón, a que lo conozcan profundamente: se deslumbrarán, pero cada día lo amarán más entrañablemente y rogarán a Dios para que podamos obtener de este hombre extraordinario el mayor provecho posible para el bienestar y engrandecimiento de nuestra patria y de su pueblo.
Y cuando el general Perón se haya ido definitivamente en lo material, no se habrá alejado jamás del corazón de los argentinos, porque nos habrá dejado su obra y nos acompañará siempre su presencia superior.
Hasta la próxima clase.

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